Alarme, n.º 5, julio-agosto-septiembre de 1979 (págs. 7-8). PDF del número completo · Texto original en francés
Militantes de Lutte Ouvrière, ¿creéis trabajar (y trabajar a destajo) por la revolución? Os equivocáis y os engañan. Creéis gastar vuestras fuerzas para que desaparezcan el capitalismo y la explotación del hombre por el hombre, pero en realidad os desgastáis por la conservación del capitalismo. Consumís vuestra vitalidad y vuestra buena voluntad en un trabajo militante extenuante que os relega al papel de simple engranaje de la Organización, y todo ese gasto de energía se hace no por el socialismo, sino por la instauración del capitalismo de Estado, estadio superior de la concentración del capital.
Toda la táctica de L. O. gira en torno a las nacionalizaciones y al control obrero de la producción, y para realizar esos objetivos, que presenta como una etapa en la transición del capitalismo al socialismo, apoya a los partidos presentados como «obreros», PC-PS, y emplea a sus militantes en trabajar dentro de los sindicatos con el fin de llegar a los proletarios y, eventualmente, tomar su dirección. Señalemos además el apoyo de L. O. a las «luchas de liberación nacional» y su consideración de Rusia como un Estado «obrero degenerado», cuya defensa asume.
El proletariado mundial no se encuentra en estado cataléptico desde 1917, y muchas cosas han cambiado. La táctica de los comunistas debe evolucionar, y no puede sino evolucionar, en relación con las perspectivas del combate proletario; y una organización o una corriente política, revolucionarias en un momento dado, si fijan la táctica que adoptaron entonces, pasan rápidamente de revolucionarias a no revolucionarias, y luego, eventualmente, a contrarrevolucionarias. Además, la fijación de las posiciones acarrea de rebote, y como naturalmente, deformaciones de estas por el simple hecho de que se las fija cuando no estaban destinadas a serlo.
Trotski defendía aparentemente la mayoría de las posiciones que vosotros defendéis hoy, pero Trotski murió hace cuarenta años, y él mismo no tenía suficiente perspectiva respecto de los acontecimientos que había vivido y que estaba viviendo. Ha pasado el tiempo, y las enseñanzas acumuladas desde 1917 son muy ricas. Después de la revolución ha habido la contrarrevolución rusa, cuyas consecuencias negativas siguen haciéndose sentir fuertemente y en todas partes, hasta en vuestras concepciones. La derrota, entre 1917 y 1937, de una oleada revolucionaria internacional sin precedentes, la segunda matanza imperialista, el restablecimiento y el crecimiento consecutivo del capitalismo occidental, la desorientación de las masas, no han sido posibles sino gracias a la contrarrevolución stalinista y a sus partidos. «Sí —responde L. O.—, eso ha sido consecuencia de los errores oportunistas de la burocracia stalinista.» No —afirmamos nosotros—, no hay tal oportunismo; esa sucesión de acontecimientos, tan catastrófica que el proletariado mundial no ha conocido jamás semejante período de servidumbre, cuadra perfectamente con los más profundos intereses del sistema económico (capitalismo de Estado) que constituye la base de la contrarrevolución stalinista; ha sido su apoteosis. La unidad es completa entre esa economía y su poder. No puede tratarse de una «excrecencia burocrática sobre el cuerpo del socialismo».
Ahora bien, L. O. mantiene siempre entre sus dogmas el de un stalinismo reformista que oscilaría entre el proletariado y la burguesía. En realidad, el stalinismo no se opone a la burguesía y a los trusts sino en la medida en que él mismo representa un capitalismo todavía más homogéneo, aparte las rivalidades entre imperialismos. L. O. se da el postín del bolchevismo frente a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques, representados hoy, según ella, por el PC-CGT y por potenciales Kerenski surgidos de su dirección; pero el día que aparezca semejante Kerenski, en lugar de la libertad en los sóviets de que gozaron los bolcheviques, vosotros tendréis la cuerda al cogote, o por lo menos un calabozo para reflexionar sobre la relación entre economía y política, mientras que vuestros dirigentes, convertidos en miembros de la burocracia dirigente, sacarán quizá provecho del papel que hayan desempeñado.
Sin captar la naturaleza del sistema social ruso, chino, etc., y por ende la del stalinismo en cuanto partido de oposición dondequiera que sea, resulta imposible comprender el capitalismo contemporáneo, sus luchas de rapiña por intermedio de naciones débiles, su crisis de decadencia, muy distinta de una crisis cíclica o de una crisis generalizada de sobreproducción; se hace sobre todo imposible combatirlo como es menester y abatirlo, aunque no sea esa condición suficiente. La concentración del capital y el dirigismo en Occidente han sido traídos por la rotación característica del sistema, varias veces centenaria, mientras que en Rusia, lejos de ser una conquista de la revolución de Octubre, como vosotros afirmáis, resultan de su fracaso. La no transformación de esa revolución permanente en revolución socialista, a consecuencia de la no extensión espacial de la revolución proletaria, engendró una contrarrevolución que, para concordar mejor con la tendencia inmanente del gran capital, tenía necesariamente que ser no burguesa, pues los burgueses en cuanto propietarios individuales se encontraban ya más que sobrepasados por el volumen del capital internacional.
Ese sobrepase es la fuente de la decadencia del sistema, cualquiera que sea aquí o acullá su régimen o su nivel industrial, mientras que su incomprensión deja muy atrás de las exigencias del combate proletario toda política del tipo de la de L. O., y, más aún, las opone radicalmente.
En Occidente, igual que en Rusia, el proletariado no puede erguirse contra el sistema en alianza con el stalinismo y los sindicatos. Mas vosotros buscáis esa alianza, la practicáis de hecho; confundís la oposición entre dos tendencias de defensores del capitalismo con la oposición entre capital y salariado, las organizaciones destinadas a encuadrar y vender la fuerza de trabajo (en espera de comprarla) con las organizaciones de los trabajadores mismos. Y así vuestros llamamientos al stalinismo sirven sobre todo para velar a los obreros su naturaleza reaccionaria, y vuestros esfuerzos para crear grupos en los sindicatos os prohíben la transformación de los obreros rebeldes en revolucionarios, al mismo tiempo que ahogan vuestras propias posibilidades.
Ninguno de los textos «sagrados» que os tranquilizan puede probar que el stalinismo sea reformista, ni tampoco negar que los sindicatos han revelado ser piezas del capitalismo, el andamiaje de la legislación dicha social, que es el estatuto de la esclavitud salarial. No existen textos sagrados para los revolucionarios.
Las reivindicaciones obreras deben sacarse de las posibilidades de la técnica junto con las exigencias de la revolución; ahora bien, las de L. O. están sacadas en realidad de las reivindicaciones del stalinismo y de los sindicatos, que a su vez son retales de la programación capitalista, casi siempre tácitamente acordadas antes de simulacros de huelga. Ninguna tiende a sublevar a la clase obrera contra el sistema. ¿Y de qué otra cosa puede tratarse en la hora actual? ¿Puede uno considerar revolucionarios a quienes no se esfuerzan en hacer girar cualquier motivo de agitación proletaria en torno a la consigna: ABOLICIÓN DEL SALARIADO?
Ha transcurrido un siglo desde que Marx y Engels propusieran sustituir con esa reivindicación las reaccionarias reclamaciones de un «salario justo». No sospechaban que individuos que se pretenden comunistas se revelarían incapaces de enarbolarla y de hacer de ella el eje de su actividad, hoy que la técnica consiente una rápida desaparición de las clases económicas, dintel del comunismo.
Pero solo lo que se desprende de esa exigencia puede hacer la unidad del proletariado en cada país, diametralmente opuesta a la unidad con los sindicatos y el stalinismo, y provocar, en otro plano, la sublevación internacionalista del proletariado ruso, americano y chino, acto decisivo de la revolución mundial. Y la lucha del proletariado revolucionario contra el stalinismo será también una lucha contra vuestra organización y las de su mismo género (L«C»«R», O«C»«I», maoísmo, etc.).1
Buena parte de esta octavilla retoma, adaptado, un artículo del FOR publicado en español: «¿Dónde estáis, militantes de Lutte Ouvrière?», Alarma, nueva serie, n.º 21, segundo trimestre de 1972. En los pasajes comunes seguimos aquel texto español, corregido donde la versión francesa de 1979 lo modifica o lo amplía; los dos primeros párrafos, casi todo el tercero, la primera mitad del cuarto y la frase final son traducción nuestra. Diferencias principales: en 1972, «las reclamaciones rutinarias de un “salario justo”» (en 1979, «reaccionarias»), «izquierdistas» (en 1979, «individuos que se pretenden comunistas») y una comparación con la España franquista («Tanto valdría querer combatir, aquí en España, el capitalismo dominado por el Opus Dei con ayuda de Falange y de sus organismos “obreros”») que la octavilla suprime. ↩