Alarme, n.º 5, julio-agosto-septiembre de 1979 (págs. 4-6). PDF del número completo · Texto original en francés

«[Los obreros] solo son seres humanos mientras sienten la cólera contra la clase dominante; se vuelven animales en cuanto se someten pacientemente a su yugo y solo procuran hacerse agradable la vida bajo el yugo, sin querer romper el yugo mismo.»

F. Engels (La situación de la clase obrera en Inglaterra, 1844-45)1

El proletariado, cuando no reacciona, no es más que la fuerza gracias a la cual el capitalismo se reproduce, aprovechando la apatía general de su enemigo histórico. La clase obrera no es entonces más que un conglomerado de gente amorfa que se las arregla como puede para sobrevivir en una sociedad invivible, reproduciendo el espíritu de competencia, de enemistad, el espíritu malsano del capitalismo. En una palabra, no actúa como clase que tiene intereses comunes frente a la gusanera capitalista.

En otros momentos, en cambio, el proletariado actúa unido en cuanto clase portadora del único devenir humano posible: el comunismo. Pueden enfrentarse entonces dos tipos de sociedad, una reaccionaria y otra revolucionaria. Entre estos dos estados de hecho, y en estos hechos mismos, hay individuos que son revolucionarios independientemente del estado momentáneo en que se encuentre la clase en su conjunto; solo su número varía según la situación social. Son revolucionarios porque son conscientes de que su meta, y la de la clase en su conjunto, es el comunismo.

Estos individuos revolucionarios tienden a organizarse por afinidad de ideas, ideas que no caen del cielo, sino que proceden de una interpretación particular de la historia de la lucha de clases. De cada enfrentamiento entre proletariado y capital se sacan lecciones: de ahí nace la teoría revolucionaria y eso es lo que la hace evolucionar. No es, pues, ni puede ser invariante, como creen algunos cretinos que despliegan sin cesar textos sagrados que, evidentemente, no pueden existir. Pero ¿cuál es y cuál debe ser la actitud de los revolucionarios respecto del conjunto del proletariado, del que no son sino una parte, a menudo ínfima?

Para la gran mayoría de los grupos se trata, en realidad, de mimar al proletariado; sus comentarios periodísticos no tienen nada que envidiar a los de los comentaristas de los partidos de fútbol, sobre todo cuando creen que su equipo domina. No hablaremos aquí, crítica demasiado fácil, de los que se dicen consejistas, puesto que su actitud no es más que el relato más o menos optimista de lo que ocurre: intervenir sería convertirse en un dirigente grande y malo. En fin, pasemos.

Mimar al proletariado es también no actuar cuando no se manifiesta y contentarse, puesto que no se puede influir directamente en él, con mantener en un círculo de íntimos iniciados la inminente y religiosa idea de la revolución comunista. Es el momento ideal, casi soñado, para que la fracción más decidida (¡no se ve realmente en qué!) haga balance del pasado, comprenda casi matemáticamente el momento en que el proletariado se verá llevado de nuevo a sacar las garras y, por tanto, espere a que el período contrarrevolucionario se transforme en su contrario. Esto es lo que esos grupos han entendido del método científico y del materialismo histórico... Esta comprensión los convierte en «máquinas de la revolución» y, por tanto, en seres desprovistos de toda sensibilidad humana. Deberían volver a leer en qué criticaban Marx y Engels a los utopistas. No era, desde luego, en lo que tenían de profundamente humano ni en su voluntad de cambiar las relaciones sociales. Lo que los socialistas científicos comprendieron y pusieron de relieve son las fuerzas motrices de la historia y, por consiguiente, el proletariado como única fuerza capaz de destruir para siempre toda sociedad basada en la división de clases. Su concepción ya no se basaba, pues, en ideales nacidos de una voluntad sana y loable, sino en la realidad. El comunismo es posible porque el proletariado existe en cuanto clase, y solo él es portador del devenir humano, porque, negándose en cuanto clase, destruirá toda posibilidad de dominación del hombre por el hombre.

Tomemos un ejemplo preciso de anonadamiento total del proletariado: la guerra imperialista, momento en que cada proletariado nacional se deja enrolar detrás de un trapo con los colores nacionales. ¿Deben los revolucionarios enarbolar la bandera del internacionalismo proletario (transformación de la guerra imperialista en revolución social) a riesgo de ser exterminados, o bien atrincherarse en lugares sagrados para hacer balance del pasado y poder así reconstruir el futuro partido proletario, que defenderá por principio el derrotismo revolucionario, salvado por estar escrito en unos irrisorios trozos de papel que se exhibirán más tarde gracias a las colecciones personales preciosamente conservadas durante la guerra?

Señores «revolucionarios», hay que elegir. El derrotismo revolucionario, así como la relación entre la clase en su conjunto y las fracciones más conscientes de esa clase, no son lecciones aprendidas que se exhiben a toro pasado: son actos. No hay cuadros que salvar en nombre de la futura victoria de la revolución. Se puede prescindir de ellos, sobre todo cuando solo sirven para parlotear. Curiosa coincidencia: esos grupos suelen ser los que tiemblan de indignación cuando alguien se atreve a criticar la falta de combatividad o las debilidades del proletariado. Volveremos sobre ello un poco más adelante.

Tomemos ahora un período como el que vivimos hoy y, más concretamente, para aligerar nuestra exposición, acontecimientos como los del Norte y Lorena.2 En el momento de esos acontecimientos hay, como siempre, más o menos organizaciones en la «escena política». No hablaremos, naturalmente, de las que (¡más conocidas!) se sitúan de hecho en el terreno del capital y, por tanto, contra los obreros (sindicatos, P«C», P«S», extrema izquierda), sino de las que las anteriores tachan de fascistas o de ultraizquierda, aunque por nuestra parte no reivindiquemos ninguno de los dos términos. Esas organizaciones, incluida la nuestra, han llegado a posiciones más o menos precisas. Esas posiciones, suyas mientras quienes las defienden no las pongan públicamente en tela de juicio, no caen, pues, del cielo, sino que proceden de cierta interpretación de la lucha del proletariado en el pasado. Lo que vamos a examinar es la actitud de algunos grupos respecto de las posiciones que deberían defender. Tomemos, por ejemplo, la cuestión sindical.

Ataquemos de inmediato a los que, gracias a sus geniales cerebros, han comprendido que los sindicatos son organizaciones contrarrevolucionarias, entregadas en cuerpo y alma al capitalismo en general y al capitalismo de Estado en particular, pero piensan que los revolucionarios deben moverse dentro de los sindicatos porque allí se encuentra el proletariado, sin dejar de proclamar en ellos que los verdaderos órganos de combate serán los organismos que el propio proletariado adopte. ¿Cómo pueden ser tolerados un solo instante en el seno del sindicato quienes lo denuncian en cuanto tal, y no por culpa de «los malos dirigentes», si mantienen posiciones verdaderamente antisindicales? En realidad, militando en ellos no hacen más que justificar la existencia de esos organismos. Una de dos: o bien militan en ellos para transformar los sindicatos desde dentro, para empujarlos a ir más lejos, y no comprenden lo que es la contrarrevolución, o bien adoptan la posición siguiente: «sal tú del sindicato, que yo me quedo para hacer salir a otros». Una vez más triunfa el obrerismo, que reduce a la nada su «actividad». No se puede ser a la vez gato y ratón, tanto más cuanto que el gato tiene tendencia a zamparse al ratón. Nuestra actitud en cuanto individuos revolucionarios, así como nuestra actitud en cuanto organización, será denunciar y atacar en todas partes a los sindicatos, incluida la gente que los critica pero que en realidad ayuda a mantenerlos vivos. Los sindicatos, en cuanto órganos capitalistas, no escapan a la regla del capitalismo en general: saben ceder ante el peligro para aniquilar mejor todo movimiento auténticamente proletario. Quienes militan en los sindicatos no pueden, pues, sino ser denunciados y combatidos.

Tomemos ahora el caso de quienes, considerando contrarrevolucionarios a los sindicatos, no militan en ellos, pero apoyan algunas de sus manifestaciones, como hizo Révolution Internationale el 23 de marzo en París.3 En realidad, esta actitud no difiere mucho de la anterior. Una vez más, ¡obrerismo obliga! Allí donde están los obreros, allí van ellos cantando victoria, unos por principio, otros por un análisis más «profundo» del período actual: reanudación de las luchas, curso hacia la revolución. No solo hay que ir, sino llamar a los obreros a unirse a la manifestación sindical. ¡No y no! Ser una fracción más consciente y decidida es defender posiciones netas y precisas, sin equívoco posible. Es algo que se demuestra en los hechos, aun a riesgo de ir contra la corriente. Cuando se conoce la naturaleza y la manera de actuar de los sindicatos, no se los puede respaldar en ningún caso, ni siquiera si se cree que, forzados por un empuje de las luchas, se suben al tren en marcha. Las ideas revolucionarias, una vez más, no caen del cielo: son fruto de la experiencia de la lucha de clases, y no vamos a pasarnos el tiempo repitiendo esas experiencias. No porque la clase en su conjunto no haya comprendido la naturaleza totalmente reaccionaria de ciertas organizaciones hay que llamar a manifestarse detrás de ellas o con ellas, con la esperanza de que los obreros las desborden. No se participa como revolucionarios en los conflictos de clase extasiándose ante el proletariado y repartiendo numerosas octavillas que no rebasan el nivel real de la lucha; así se llega, como mucho, a un solo resultado: engrosar las filas de la propia organización. El revolucionario no es una campana que tañe cuando ya han sonado todos los despertadores.

En conclusión: los revolucionarios deben defender abiertamente las posiciones en que creen, independientemente del nivel de consciencia del conjunto del proletariado y del nivel de la combatividad proletaria, y ello en todo momento. De todos modos, son las propias situaciones las que limitan esa actividad cuando hay pasividad total del proletariado; no hay por qué autolimitarla en nombre de la crítica del activismo. Los revolucionarios deben mostrar y defender los objetivos de clase, y saber criticar a la clase cuando esta no actúa en su terreno. Por eso saludamos con una gran reverencia a los numerosos grupos que, por motivos diferentes, han criticado nuestra octavilla del 1.º de Mayo. ¡Insultábamos a la clase, por lo visto! Pero ¿a qué clase? ¿Al compuesto de gente embrutecida por el capital que desfila detrás de todas las organizaciones contrarrevolucionarias? Para nosotros eso no es la clase actuando en cuanto tal, sino la suma aritmética de gente mistificada, de gente engañada, llevada al matadero por canallas y crápulas. Quienes renuncian expresamente a luchar contra la corriente y a no decir a la clase obrera nada «que no pueda comprender» están abocados a su propia quiebra, sean expectantes, voluntaristas o activistas.4

«...El objetivo final no es nada, el movimiento lo es todo. NO, al contrario, el movimiento en cuanto tal, sin relación con el objetivo final, el movimiento como fin en sí mismo, no es NADA; el objetivo final lo es TODO.»

Rosa Luxemburgo

  1. Citamos por nuestra traducción de La situación de la clase obrera en Inglaterra, donde la frase tiene por sujeto, implícito, a los obreros; la versión francesa de Alarme dice «bestias» donde traducimos «animales». ↩

  2. Las luchas de los obreros siderúrgicos del Norte y de Lorena contra los despidos del plan de reestructuración de la siderurgia, a comienzos de 1979. ↩

  3. La «marcha sobre París» de los siderúrgicos, convocada por los sindicatos el 23 de marzo de 1979. Révolution Internationale es el órgano en Francia de la Corriente Comunista Internacional. ↩

  4. Hay una versión española posterior de este artículo, no debida al FOR, en el archivo de la Escuela: «Textos del FOR sobre organización política y consciencia de clase»; la hemos consultado, pero traducimos de nuevo del francés. ↩