Alarme, n.º 6, octubre-noviembre-diciembre de 1979 (pág. 5). PDF del número completo · Texto original en francés

Quienes, como profetas, anuncian a fuerza de folletos teóricos una «reanudación proletaria» ya iniciada a sus ojos harían bien en volverse hacia la triste y sombría realidad, de la que forma parte el recobrado poder de la religión. Millones de personas se congregan al paso del papa para aclamarlo y recibir su bendición divina... desde lo alto de helicópteros militares o desde el asiento trasero de limusinas descapotables. Si el proletariado se volviera ya hacia la subversión del capitalismo, eso nunca habría podido ocurrir. Que el papa, al emprender sus viajes, haya tenido otros objetivos que el de difundir sus necedades pontificias por micrófono y altavoz es evidente. Que haya tenido como objetivo intentar evitar los disturbios llamando a una «unión de las fuerzas populares» es innegable. Para asegurarse de ello basta con recoger algunas de sus frases, que la gran prensa ha exhibido con gran despliegue publicitario: «Los pobres de Estados Unidos y del mundo son vuestros hermanos y hermanas en Cristo. No debéis contentaros con dejarles solo las migajas del festín», «No se trata de detener el progreso ni de condenar la riqueza en cuanto tal, sino de reprobar el egoísmo de quienes no comparten con los pobres», «Os suplico, de rodillas, que os apartéis de los senderos de la violencia y volváis a los caminos de la paz», «amar a los enemigos», etc. El papa está al servicio del oscurantismo, y el oscurantismo se asocia hoy estrechamente al capitalismo mundial. Como fiel lacayo de este último, el papa ha intentado, pues, contribuir a prevenir disturbios, pero no por ello hay que concluir que todos esos disturbios tendrían su raíz en el proletariado y perseguirían objetivos obreros. Entre los países que ha visitado, el papa ha estado ciertamente en países como Polonia o Estados Unidos, donde el peligro de disturbios propiamente proletarios es real e inmediato. Pero en Estados Unidos recorrió también los barrios negros, donde los disturbios de tipo racial son tan de temer como los disturbios proletarios. En cuanto a Irlanda, el peso de las mistificaciones capitalistas es grande, y el proletariado no muestra hasta hoy, por así decirlo, ninguna veleidad de lucha independiente y opuesta al capital. Lo que el capitalismo teme, históricamente, es el proletariado, porque este es portador de un proyecto concreto, a saber, el comunismo; pero, en lo que respecta únicamente a la molestia que pueda sentir en su marcha, el capitalismo puede temer tanto los disturbios proletarios como cualquier otro tipo de disturbios.

El proletariado puede surgir de nuevo en la escena de la historia como fuerza revolucionaria mañana, o dentro de años, o incluso nunca. Una cosa es segura: mientras no haya iniciado una lucha abierta y masiva contra el capitalismo —y no contra su crisis ficticia o real—, no podremos hablar en modo alguno de «reanudación proletaria», porque una «reanudación» real no podría contentarse con ser una simple respuesta a las amenazas de despido o a los ataques al nivel de vida material, aunque tampoco se trata de subestimar esa expresión de la lucha de clases. No hay que confundir disturbios con disturbios proletarios, por una parte, y menos aún disturbios proletarios con ataque del proletariado al capitalismo.

En cuanto a quienes, profetas ofendidos, a raíz de la presente nota o de otros artículos de nuestro grupo aparecidos anteriormente, pudieran tratarnos de «pesimistas», les responderemos categóricamente que de pesimismo, nada. Mirar la verdad de frente, por amarga que sea, no hacerse ilusiones y seguir luchando pase lo que pase: estas consideraciones están, en primer lugar, en la base misma de nuestro juicio sobre el período presente y, en segundo lugar, no prejuzgan en nada lo que será el mañana; porque nuestros críticos, con su esquematismo habitual, nos suponen un esquematismo paralelo al suyo, creyendo que elaboramos todos nuestros conceptos sobre los estados económicos provisionales (crisis o prosperidad económicas) del sistema capitalista, mientras que el fundamento real de nuestro pensamiento es la base económica formada por el capitalismo en cuanto sistema general, la evolución que ha sufrido y sigue sufriendo históricamente y sus interacciones con lo social.