Alarme, n.º 6, octubre-noviembre-diciembre de 1979 (pág. 13). PDF del número completo · Texto original en francés

«¿Nicaragua? ¡Revolución!» Esa es la necedad que se puede leer desde hace ya muchos meses en toda la prensa, de la «extrema derecha» a la «extrema izquierda». ¡Necedad, en efecto!, porque ¿por qué milagro de deformación de las palabras y de su definición puede asimilarse a una revolución lo que ha ocurrido y sigue ocurriendo en Nicaragua? Por desgracia, no es la primera vez que el significado del término «revolución» queda completamente desfigurado, y no será sin duda la última. Los acontecimientos de Irán nos demuestran también con qué cinismo y con qué aplomo puede llamarse «revolución» lo que está tan lejos de esa profunda conmoción social como la inercia del movimiento, como lo blanco de lo negro.

Un movimiento de multitudes, la supresión de un dictador (poco importa incluso que otro lo sustituya), y ya está confeccionada de arriba abajo una «revolución».

Si eso es una revolución, más vale quedarse en casa.

Pero si toda la prensa, la radio y la televisión llaman «revolución» a lo que no es más que un golpe de Estado con la aquiescencia de la multitud popular, que reúne en revoltijo al clero, a la patronal, etc., hasta a los representantes del gobierno de EE. UU., no es por casualidad. Los medios de comunicación de masas habrían podido llamarlo «garbanzo» o «calabaza», lo que habría tenido tanta relación con la realidad descrita como el nombre que le han dado; pero precisamente lo han bautizado «revolución», retomando con ello el nombre de bautismo que dieron a este golpe de Estado quienes lo realizaron. Para eso hay una razón: lo que más teme el capitalismo mundial desde hace más de medio siglo es precisamente la revolución, la verdadera, la revolución social que trastornará todos los edificios sociales que hoy nos aplastan, la revolución realizada por nosotros, proletarios, es decir, por todos los que se alcen para abolir el trabajo asalariado, imponiendo nuestra dictadura revolucionaria contra la dictadura que todavía triunfa hoy y que nos quieren hacer olvidar agitando ante nuestros ojos la dictadura militar de tal o cual de sus títeres más miserables. ¡Sí!, la revolución, la verdadera, la única que puede haber hoy y que forjarán nuestras manos, las manos de aquellos a quienes se explota y se oprime, esa revolución será algo muy distinto de la eliminación de un Somoza o de un sha de Irán: será la destrucción violenta de la dictadura mundial que hace de nosotros ganado, a saber, la dictadura sangrienta del capital, de la que los Bokassa, Idi Amin Dada y otros Pol Pot no son más que lacayos entre tantos otros.