Alarme, n.º 7, enero-febrero-marzo de 1980 (págs. 16-17). PDF del número completo · Texto original en francés

ALARMA, n.º 21, segunda serie (segundo trimestre de 1972)

Tres tesis cimentan nuestra posición sobre la cuestión nacional1. Las tres están interdeterminadas y se desprenden derechamente de la historia contemporánea. Una de ellas es económica, otra política y la tercera filosófica. En ese mismo orden van aquí expuestas y comentadas.

El capitalismo de hoy constituye una unidad mundial, sin excepción de país alguno. A despecho de las diferencias de desarrollo de sus diversas zonas, ha creado instrumentos de producción, técnicas, conocimientos y necesidades más que suficientes para negarlo, es decir, para aniquilarlo y acometer la organización del comunismo en la misma escala. Trátase de una civilización capitalista desigualmente implantada, a sustituir por una civilización comunista ninguno de cuyos puntos geográficos quede en retraso por relación a cualquier otro. La potencia del capital internacional —de hecho la de los países avanzados— convierte en quimera cualquier proyecto de desarrollo nacional y, por consecuencia, de independencia. A cada ciclo de producción se agranda el desnivel entre los países pobres y los países ricos, y por tal conducto también la dependencia de los primeros por relación a los segundos. Esa es ley inherente a la naturaleza misma del sistema2. Por lo demás, a menos de negar que la civilización capitalista como un todo puede y debe ser superada, es obligatorio asignar a los países atrasados la misma tarea que a los países avanzados, igual que si se tratase de regiones de un país muy industrializado que no hubiesen seguido el ritmo general. Engendradas por las relaciones de producción capitalistas, las aspiraciones nacionales pierden porvenir desde el momento en que esas mismas relaciones, implantadas en todo el planeta, alcanzan un alto grado de centralización. Desde ese momento la soberanía nacional se convierte en ilusoria allí donde no existe, y en todos los casos en algo reaccionario, realidad o aspiración. Lo dicho es a nuestros ojos de una evidencia irrecusable después de la constitución de tan numerosas naciones formalmente soberanas.

Ahora véase nuestra tesis política reducida a su más escueta expresión: los movimientos nacionales no tienen base en las necesidades ni en el porvenir inmediatos de la humanidad; la tienen en la continuidad del capitalismo y en la competencia dominadora de las diversas grandes potencias. Ha sonado la hora de la revolución mundial.

De 1917 a 1937 retumba una serie de movimientos revolucionarios que no pueden ser interpretados sino en calidad de componentes de una sola ofensiva del proletariado mundial3. Fue condenada al fracaso por una contradicción muy singular, cuyas consecuencias padecemos todavía. Doquiera entraban en acción, las masas miraban hacia la «URSS, país del socialismo», por intermedio de sus partidos, a tiempo que esta estaba convirtiéndose en la segunda potencia imperialista mundial. Y así Moscú llevó a la derrota o reprimió con sus propias manos una tentativa revolucionaria tras otra. En ninguna parte, puede asegurarse, han sido vencidos los trabajadores por la burguesía, ni siquiera en la China de 1926, sino por la intervención política o policíaca del stalinismo. E incumbe un poco de responsabilidad a cuantos, a comenzar por Trotski, sin dejar de combatir al stalinismo, no vieron sino con retraso cuanto él acarreaba, no de oportunismo reformista, como algunos afirman todavía, sino de contrarrevolucionario, de profundamente anticomunista4. Es que el maretazo de la victoria de 1917 arrebató el pensamiento más allá de las realizaciones. Se habló de revolución social cuando era tan solo permanente, y su transformación sin «solución de continuidad» en revolución social nunca tuvo lugar5. Sin embargo, era esa su única razón de existencia, como ese fue también el impulso primordial de su desencadenamiento. Ahora bien, la expropiación de la propiedad privada por el Estado no alteró la función de los instrumentos de trabajo, que se hacían cada vez más alienantes al paso de la acumulación ampliada del capital. En suma, así como el proletariado ruso se había elevado al ápice de la acción revolucionaria mundial, la burocracia, convertida en propietaria colectiva, llevaba la centralización del capital y el despotismo político resultante, su superestructura, al grado más alto consentido por la relación capital-salariado en el mundo contemporáneo.

Simultáneamente, Rusia se situaba como una potencia capitalista más en la maraña mundial de intereses contradictorios. Y sacó el mayor beneficio posible gracias a sus alianzas sucesivas con los imperialismos «democráticos», con Hitler y otra vez con los primeros. Pero a pesar de todo sigue siendo una potencia bastante inferior a los Estados Unidos. En un futuro choque militar sus posibilidades son mínimas, por no decir nulas, a menos de una modificación muy importante de la distribución de las zonas de influencia, sobre todo en el viejo continente. Con tal objeto, el apoyo a los movimientos nacionalistas, o bien su creación de pies a cabeza las más de las veces, ha revelado ser un arma utilísima, desde Corea hasta Argelia, amén de Cuba6. Rusia está poniendo a contribución, por métodos a fin de cuentas no muy diferentes, la que fue política de los Estados Unidos durante más de un siglo frente a los viejos imperialismos europeos, pero en la época en que la nación está totalmente sobrepasada como forma de organización económica y política. En una palabra, es el aplastamiento de la revolución mundial entre 1917 y 1937 lo que ha consentido primero la guerra imperialista y después toda esa barahúnda nacionalista y esas guerras locales donde se mata y se muere por cuenta de los grandes amos del capitalismo mundial... a tiempo que se prepara la tercera guerra7. En fin, la independencia nacional revela ser más formal que real, y en todas partes ha agravado el sojuzgamiento económico y político de los trabajadores, de las masas en general. Ni siquiera ha debilitado a las viejas metrópolis, lo que era el resultado más importante que el movimiento revolucionario esperaba de la emancipación de las colonias.

Nada tan claro como lo que ocurre en Bengala. El país va a caer bajo la zarpa de la India, que ya practica una represión implacable en su parte occidental, mientras que la «presencia» de Rusia será en él dominante. Es su estrategia contra China lo que ha llevado al Kremlin a la voltereta desfavorable a Pakistán que acabamos de presenciar. Antes de ser proclamada, la soberanía de Bengala es ya la más completa de las servidumbres8.

Cerrando el comentario a esta segunda tesis, es preciso añadir que ni el aplastamiento de la revolución mundial ni la terrible debilidad de los revolucionarios cambian lo más mínimo la necesidad histórica de revolución comunista en toda la superficie de la tierra. Por el contrario, la evolución del capitalismo, las exigencias del proletariado y del hombre, a más de la amenaza nuclear, hacen esa necesidad más perentoria.

En tercer lugar, desde el punto de vista dialéctico, la existencia precede a la consciencia, pero también, desde el momento en que esa consciencia ha hecho aparición en cualquier parte como producto de la historia anterior y de los factores objetivos actuales, puede reflejarse y actuar allí donde estos últimos no están directamente presentes. Dicho de otro modo: la presencia mediata, para los países atrasados, de las condiciones creadas por el capitalismo mundial y de la consciencia revolucionaria (siempre viva a despecho de los hachazos stalinistas y de la degeneración que han causado en otros: «trotskismo», anarquismo y otros en menor grado) producen en los países débilmente desarrollados las mismas necesidades y posibilidades de acción en el mismo sentido. Cualquier movimiento real de masas es hoy, ignórelo o no, una expresión de la necesidad de revolución comunista. Sin elevarse a la consciencia de su verdadera naturaleza, se convierte en juguete de intereses reaccionarios. Ninguna habilidad táctica de apoyo a los movimientos nacionales podrá sustraerse a tal destino. Por lo demás, recurrir a ella es aceptar que las engañifas nacionalistas heredadas del pasado, arraigadas en el capitalismo, contienen una fuerza subversiva de que carecerían las ideas de revolución social. De cualquier manera que sea, el enorme desacople del factor subjetivo relativamente a los factores objetivos, de la consciencia de la clase revolucionaria por relación a la existencia, a saber, a la madurez del mundo exterior para la revolución, no pueden en modo alguno revigorizar las antiguas creaciones del sistema capitalista.

Las tres tesis convergen en el mismo punto: el carácter irreal y reaccionario, porque innecesario, de la lucha nacional.

Así pues, no somos nosotros quienes negamos el derecho de un país cualquiera a la independencia; es el monstruoso poderío del capitalismo mundial. Por otra parte, está presente la necesidad de pasar a una civilización comunista en la cual la libertad individual y colectiva supere con mucho lo que la independencia nacional ha consentido en sus mejores momentos a un número restringido de países9. Creemos haber dicho lo esencial al respecto en el capítulo «Imperialismo e independencia nacional» de Pro Segundo Manifiesto Comunista.

Apenas merece decir que la libertad de hablar la propia lengua debe ser respetada. No es esa, en sentido estricto, una característica nacional. Pero no se ve cómo los negros de Estados Unidos podrían encontrar un tronco cultural propio. ¿En África? Se sentirían allí más extranjeros que en Alabama. Su cultura es hoy la nuestra y solo con la nuestra podrá desarrollarse. A nuestro juicio, ese problema ha sido creado por el imbécil desprecio de los blancos y las vejaciones de toda suerte que les han hecho soportar. No existe en países como Brasil y Cuba, donde han gozado de una condición relativamente igual a la de los blancos10.

En algún lugar, Engels expresa la idea de que los movimientos nacionales constituyen una diversión al gran cometido revolucionario, el único que puede darles solución11. Una nación es algo muy distinto de algunas características físicas, psíquicas o lingüísticas. Estas permanecerán después de la desaparición de las naciones, algunas por siempre; la nación no, porque no tiene sentido sino como unidad de explotación.

(Texto escrito en respuesta a algunos corresponsales de Europa y de América que nos pedían precisar nuestro rechazo a apoyar los movimientos nacionales.)

Nota. Texto español según el original del FOR, «Otra vez sobre el nacionalismo», Alarma, nueva serie, n.º 21, segundo trimestre de 1972 (reproducido en el n.º 28, primer trimestre de 1975), firmado «ALARMA». La versión francesa abrevia y retoca el texto en varios lugares; aquí se sigue la versión de Alarme, con las palabras del original español allí donde ambos coinciden, y se dan en nota las diferencias de contenido.

  1. Alarma: «sobre la lucha por la independencia nacional, sea real o embustera». El texto español iba precedido de una entradilla en cursiva: «Algunos camaradas se han dirigido a nosotros pidiendo se les esclarezca la posición de Fomento Obrero Revolucionario tocante al problema nacional. Aunque la creemos suficientemente explícita a través de diversos textos, he aquí algunos párrafos particularmente destinados a nuestros solicitantes, valederos para cualquier movimiento político o militar patriótico». Alarme la sustituye por la nota final entre paréntesis. ↩

  2. Alarma añade: «la misma que agrava la sujeción de los trabajadores a medida de la concentración y el agigantamiento del capital», y en la frase siguiente habla de «la misma tarea revolucionaria». ↩

  3. Alarma: «Durante 20 años a partir del Octubre ruso retumba de un país a otro una serie de movimientos revolucionarios...». Más abajo, donde el francés dice «por intermedio de sus partidos, a tiempo que esta...», Alarma dice «por intermedio de sus partidos filiales, a tiempo que la URSS, volviendo a ser Rusia, estaba convirtiéndose...», y «reprimió con sus propios polizontes» donde el francés dice «con sus propias manos». ↩

  4. Alarma: «E incumbe un poco de responsabilidad indirecta a cuantos [...] no vieron sino con retraso cuanto él acarreaba, no de oportunismo, sino de contrarrevolucionario, de profundamente anti-comunista, sin hablar de la responsabilidad gravísima de quienes siguen considerándolo aún como un simple oportunismo burocrático». ↩

  5. Alarma: «Se habló de revolución socialista cuando era tan sólo permanente (democrático-burguesa hecha por el proletariado) y su transformación sin “solución de continuidad” en revolución socialista nunca tuvo lugar». ↩

  6. Alarma: «desde Corea hasta Vietnam y Bengala, amén de Cuba». En la frase siguiente, Alarma precisa que los viejos imperialismos europeos eran entonces «más fuertes que Estados Unidos». ↩

  7. Alarma: «es el aplastamiento de la revolución mundial entre guerra y guerra lo que ha consentido toda esa barahunda nacionalista [...] y se prepara la tercera gran matanza»; Alarma empieza aquí párrafo nuevo y dice «Satisfecha, la independencia nacional...». ↩

  8. Bengala oriental, hasta entonces Pakistán oriental, se separó de Pakistán en diciembre de 1971, con la intervención del ejército indio, como Estado de Bangladés; la Unión Soviética apoyó a la India. En Alarma: «El país está cayendo bajo la zarpa de la India [...] y la “presencia” económica de Rusia será dominante [...]. Antes de ser proclamada, la soberanía de Bengala era ya completa servidumbre». ↩

  9. Alarma: «Por otra parte, está presente la posibilidad de pasar a una civilización comunista, en la cual la libertad individual y colectiva reduzca a nada lo que la independencia nacional ha consentido en sus mejores momentos a un número restringido de países». ↩

  10. Alarma: «la libertad de hablar y de enseñar la propia lengua debe ser respetada siempre»; «Su cultura es hoy la nuestra y sólo con ella se desarrollará o perecerá. Ese problema negro ha sido creado por el imbécil desprecio de los blancos y las bestialidades de que se han hecho reos. No existe en países mucho más atrasados, donde los negros han gozado de condiciones semejantes a las de los blancos, buenas o malas». ↩

  11. Alarma: «los movimientos nacionales constituían una diversión al gran cometido revolucionario, cuyo cumplimiento los hará desaparecer. Por nuestra parte, creemos que será imposible desembarazarse siquiera lentamente de la venalidad de las relaciones sociales capitalistas y del Estado, si se conserva tras de la revolución el revoltijo de naciones». Y a continuación: «Estas permanecerán después de la revolución». ↩