Alarme, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (págs. 6-7). PDF del número completo · Texto original en francés

Todas las tendencias y fuerzas capitalistas, de la mayoría a la oposición, pasando por los izquierdistas, los policías, los ecologistas, las feministas, etc., han llamado a sus adeptos a manifestarse contra el fascismo1. El rebaño de borregos se ha volcado sobre París y la provincia, y ha balado bien alto que el fascismo no pasaría.

Sí, es seguro, el fascismo —en su significado exacto— no pasará; pero no porque tenga enfrente fuerzas políticas que se pretenden dispuestas a combatirlo, sino porque está muerto. Está muerto porque los dos factores que le permitieron existir ya no existen. A saber, por una parte, la situación social, económica y nacional de crisis y de poscrisis; por otra parte, y sobre todo, el nivel de acumulación del capital de entonces (antes de la Segunda Guerra Mundial). En efecto, ese nivel requería los primeros intentos de dirigismo de Estado en tiempos de paz y dejaba todavía posibilidades de creación de imperialismos fuera de los EE. UU. y de Rusia. Hoy el nivel de acumulación alcanzado es mucho más elevado, y la hora es la de la concentración y la centralización última de los medios de producción en manos del Estado; la hora es la del capitalismo de Estado y, por tanto, la de los partidos que luchan por esta forma del capitalismo, estén enfeudados directamente a Moscú (los P«C» y sus lacayos trotskistas) o a Washington (China y compañía). La hora ya no es, pues, la de aquellos primeros ensayos de dirigismo de Estado, totalmente superados. Si el fascismo tomó el poder en Alemania, fue porque correspondía a los intereses de una gran parte de los capitalistas alemanes. Hoy los capitalistas franceses e internacionales invierten en su gran mayoría en los Giscard, Rocard y Marchais y en los partidos que representan. Las inversiones en los grupos que se reclaman del fascismo son extremadamente débiles. A presupuestos distintos, métodos distintos. Unos se pagan partidos de masas, periódicos diarios, sucursales en toda Francia; los otros no tienen más que un auditorio muy reducido y unas pocas publicaciones. Unos actúan como fuerzas capitalistas dominantes, reprimen cuando lo estiman necesario con sus poderosos servicios de orden (policías, servicios de orden sindicales, ejército); los otros actúan como fuerza capitalista exasperada por no poder dominar la situación actual del capitalismo, actúan como fuerza capitalista superada, que coloca explosivos en medio de esas «masas» que ya no controla. Además, su existencia depende únicamente de la buena voluntad de quienes detentan actualmente el poder.

En fin, hoy no existe para un país distinto de los EE. UU. y de Rusia la posibilidad de convertirse en un tercer bloque imperialista con el mismo rango que esos dos países. El fascismo y el nazismo se concebían como tales, igual que quienes todavía hoy se reclaman de ellos.

¡Qué valentía, entonces, la de querer matar ese cadáver que quieren resucitar tanto quienes lo defienden como quienes pretenden combatirlo! ¡Qué victoria para los capitalistas cuando el proletariado acepta seguir un terreno de lucha que no puede ser el suyo! Luchando así, el proletariado está en un terreno capitalista, ahogado, fundido dentro de una entidad, de una entidad nacional que se consolida a medida que el capital aumenta su dominación sobre él.

Las fuerzas capitalistas casi en su totalidad (mayoría, oposición, «izquierdistas») están dispuestas a sacrificar la ínfima minoría de fuerzas capitalistas que se reclama del fascismo para poder llevar al proletariado a un callejón sin salida: el de la lucha contra el fascismo, presentado por todos los «demócratas» como la ignominia consagrada. Se nos quiere hacer perseguir los vestigios de una época pasada, los «malvados fascistas». Vencido militarmente por otros países capitalistas, a causa de sus propios intereses capitalistas y no por su consideración hacia «el ser humano, demócrata por esencia», el fascismo fue lo que se mostraba como el nec plus ultra del horror, cuando el stalinismo hacía estragos ya, de un modo todavía más bestial, contra el movimiento obrero y contra los hombres en general. Hoy les resulta fácil a los defensores del capitalismo hacer pagar a quienes fueron vencidos militarmente en un combate interimperialista, para llegar a un embrutecimiento todavía mayor del proletariado y obtener de él una docilidad mayor frente a sus explotadores «antifascistas». Las cabezas fascistas son entonces, como en el caso de los atentados de Bolonia, Múnich y París, el cemento de la unidad nacional. Semejantes atentados bien podrían estar maquinados directamente por el Estado; ya están protegidos por él directa o indirectamente. El fascismo realizó durante un tiempo en Alemania la unidad nacional gracias, entre otras cosas, a la lucha antisemita; hoy el capitalismo francés intenta realizar la unidad nacional gracias a la lucha antifascista. Los revolucionarios que luchan por la aparición del proletariado revolucionario en la escena de la historia no pueden sino luchar enérgicamente contra todas esas tentativas del capitalismo, que quiere disolver al proletariado en un conglomerado anacrónico y reaccionario: la unidad nacional. Para el proletariado no hay más fronteras que las fronteras de clase.

Hoy, cuando las armas están más que forjadas para la victoria de la revolución social mundial, el capitalismo, que sigue con vida, es un sistema sin razón de ser social, un sistema decadente. En un momento en que el proletariado tiene más que la capacidad potencial para destruir el capitalismo internacional, y esto desde comienzos de siglo, solo la revolución social y las tareas que se derivan de ella están a la orden del día para los revolucionarios.

Se trata, pues, de luchar contra todos los partidos que defienden el sistema basado en nuestra explotación, y principalmente contra los que llevan en sí mismos la evolución reaccionaria última del capitalismo: el capitalismo de Estado.

Esos partidos son principalmente los P«C». Añadamos que su antifascismo es falso: ellos son los que ayer ayudaron al acceso al poder del fascismo en Alemania y de los franquistas en España, y los que hoy, por el mundo, principalmente en los países donde gestionan el capitalismo de Estado, persiguen, torturan y encarcelan a millones de proletarios. Los capitalistas rusos, como sus homólogos occidentales, están plenamente interesados en mantener en el seno del proletariado el racismo como medio de división del proletariado, digan lo que digan, y esto del Norte al Sur y del Este al Oeste. Si el racismo existe es porque es inherente al sistema de explotación y porque, además, este lo fomenta.

Todos los partidos, todas las fuerzas que llamaron al desfile, son directa o indirectamente partícipes de la barbarie capitalista, ya sea porque la defienden, ya porque la justifican, lo que viene a ser lo mismo. Este sistema ya no puede aportar más que barbarie. El centenar de muertos por atentados de este verano no ha sido más que una parte ínfima de la cantidad de proletarios muertos por la barbarie capitalista durante el mismo periodo. En efecto, ¿han desaparecido los «accidentes» de trabajo? ¿Ha dejado la guerra de asolar una parte del mundo un solo instante? ¿Han dejado de funcionar los campos de trabajo y de exterminio rusos, chinos...?

Así que basta de hipocresía y de mentiras: proletarios, no nos aliemos más que con nosotros mismos contra quienes nos explotan o quieren explotarnos si todavía no están en el poder. Y está claro que nuestro principal enemigo no es el fascismo, cadáver desde el punto de vista histórico, sino todos aquellos que pretenden estar en el campo obrero y que defienden la propiedad de Estado para sacarnos plusvalía (P«C» y consortes). Enemigo mucho más peligroso, aunque solo sea por su número, sus medios y su hipocresía abyecta.

  1. Tras el atentado contra la sinagoga de la calle Copernic de París (3 de octubre de 1980), que siguió a los de la estación de Bolonia (2 de agosto) y de la Oktoberfest de Múnich (26 de septiembre), se celebraron en Francia grandes manifestaciones antifascistas. ↩