Alarme, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (pág. 10). PDF del número completo · Texto original en francés

Después de haber hecho correr a sus militantes por los cuatro rincones de Francia para recoger las firmas de unos quinientos generosos demócratas (nada menos), Arlette Laguiller, portavoz de Lutte Ouvrière, vuelve a la carga con las urnas y las instituciones democráticas1. Otras candidaturas «trotskistas», o más en general de extrema izquierda, seguirán este peligroso primer paso. En cualquier caso, todas tendrán que plegarse a esa ley de las quinientas firmas de cargos electos locales.

Nosotros, revolucionarios, no somos de los que añoran, con la lágrima en el ojo, aquellos tiempos benditos en que cualquiera podía presentarse a las elecciones presidenciales sin tener que exhibir una «petición-tarjeta de invitación». Porque, para nosotros, no se trata de santificar cada siete años nuestra explotación, la miseria social y el caos estúpido de la humanidad entera. Porque, para nosotros, el «proletariado es revolucionario o no es nada»2. Es decir, que objetivamente es la única clase social que puede transformar nuestro cubo de basura humano en un mundo comunista. Inconsciente de esa capacidad y de su deber, el proletariado es una masa de maniobra sometida a distintas fracciones capitalistas. Y las elecciones son un periodo que esas fracciones eligen para enfrentarse públicamente y coronar oficialmente a la ganadora. Cada una de esas grandes ferias es una derrota más para los proletarios.

Así que, si un día los proletarios tienen que votar, será para elegir o revocar a sus representantes en el seno de unidades activas que extenderán por todas partes la llama de la revolución social. Pero ¿de dónde vienen esas firmas que coleccionan piadosamente las organizaciones reaccionarias L«O», L«C»R y compañía? De cargos electos de los partidos capitalistas de «izquierda» (P«C», P«S») y de algunos independientes, sin contar las firmas necesarias procedentes de la propia mayoría. Esa oposición ha sabido reconocer desde hace mucho a sus hijos. Ha sabido apreciar su papel de ojeadores y de mistificadores en las elecciones, y mucho más todavía en las fábricas, por su empeño en sostener o en construir esos órganos de gestión capitalista y de represión que son los sindicatos. Sabe apreciar que esos pretendidos revolucionarios sigan proclamando bien alto que Rusia es un Estado obrero degenerado, pero un Estado obrero al fin y al cabo. He ahí el término que faltaba en el trato.

¿Cuándo dejarán los proletarios de ser objeto de todas las hipocresías y de todos los regateos?

  1. Para las elecciones presidenciales francesas de abril de 1981. La ley orgánica de 1976 exigía a cada candidato quinientas firmas («padrinazgos») de cargos electos. ↩

  2. Frase de Marx en su carta a J. B. von Schweitzer del 13 de febrero de 1865, que copia en la carta a Engels del 18 de febrero: «La clase obrera es revolucionaria o no es nada». ↩