Alarme, n.º 20, abril-junio de 1983 (págs. 7-9). PDF del número completo · Texto original en francés
El capitalismo, lo hemos dicho muchas veces y lo repetiremos hasta su muerte, es un sistema antihumano que domina la totalidad del globo mediante la explotación de la fuerza de trabajo del individuo-mercancía por encima de «las fronteras nacionales».
Toda elucubración sobre la persistencia de vestigios feudales, esclavistas, tribales, etc., en determinados sectores del mundo no sirve más que de justificación y de valorización al orden que se impone de hecho sobre el mundo, para que los explotados traguen el credo de las necesarias y largas etapas susceptibles de llevarlos a la emancipación. Así son justificadas las luchas denominadas de liberación nacional y sus matanzas, cuando las potencias dominantes y los dos imperialismos a que están sometidas y que se reparten el mundo, Rusia-EEUU, sacan tajada de esas matanzas, cuando no las dirigen directamente. Toda la vida social está hoy en día sometida al capital y supeditada a él. Es pues la alternativa comunista la única que se puede dar ya a la sociedad de clases para abolirla de una vez para todas sin posibilidad alguna de vuelta atrás. Sea dicho de paso, dejamos el terreno de la especulación —para combatirlos mejor— a los dialécticos de pacotilla1, que deberían esperar, si se sigue su propio planteamiento, a que la más primitiva de las tribus primitivas de Amazonia haya pasado por todas las etapas «científicamente reconocidas como necesarias» para poder hablar por fin de la posibilidad inmediata de la sociedad sin clases.
El comunismo no es sólo una posibilidad inmediata, sino que es una necesidad urgente, partiendo del aniquilamiento de todas las estructuras en las cuales se basa el mundo alienado.
«Evidentemente, la hora actual ya no es sazón para desarrollar el capitalismo en parte alguna, sino para abatirlo en todas. La arborescencia mundial del aparato imperialista moderno fuerza por sí sola al proletariado a acometer su acción en escala planetaria y de igual manera en los países atrasados o coloniales que en las metrópolis, en el terreno de la revolución social y no en el de la nación capitalista...»
(Pro Segundo Manifiesto. FOR)2
Otro aspecto no menos importante del «planteamiento por etapas» es cotidianamente inculcado a millones de proletarios que viven en países dueños de la economía mundial y que no deben pasar (¿no es cierto, estimados revolucionarios en sotana, apóstoles del materialismo vulgar?) por el largo camino de los cruzados.
Este otro aspecto del refrán reaccionario es el muro de cemento armado construido para separar lo más netamente posible lucha inmediata y lucha histórica, lucha económica y lucha política, etc. Tal organismo conviene para esto, y tal otro para aquello. De lo que se trata es de hacernos olvidar el «aquello», la sociedad sin clases, dando prioridad a un «esto», lucha inmediata vaciada de su contenido clasista, es decir, ligado al devenir histórico revolucionario3. Esta situación, donde domina la separación en detrimento del todo, la división en detrimento de la unidad, es obra histórica de la reacción y de la contrarrevolución, obra esencial de las organizaciones que, todo y reivindicándose de la clase obrera y de su emancipación, son en realidad necesarias hoy al mantenimiento del capitalismo y por ende de nuestra explotación.
El sindicalismo es un ejemplo patente para comprobar lo dicho, ya sea fuerte y reconocido legalmente, ya sea perseguido por regímenes cuyas aspiraciones son más que anacrónicas, regímenes, es importante señalarlo, impuestos, mantenidos o defendidos por los todopoderosos «países avanzados».
En ambos casos, el sindicalismo sintetiza la sumisión servil al capital, imponiéndose, con la complicidad de los que pretende combatir, como solo representante del mundo trabajador en la lucha que este no tiene más remedio que empeñar. Es esta lucha cotidiana reivindicativa la que está canalizada y aniquilada. Marx decía que lo más importante en las luchas reivindicativas del proletariado no era tanto imponer y lograr reivindicaciones como la unión creciente del proletariado en su lucha. Precisemos que era en la época en que el proletariado empezaba a manifestarse como clase independiente y que, por consecuencia, el peso enorme de la contrarrevolución rusa no aplastaba todavía el movimiento obrero. Desde entonces, desgraciadamente, a causa del reino de la separación y a través de esta separación, mantenida sobre todo por la rocalla sindical, la lucha reivindicativa se ha transformado en NO-LUCHA en la mayoría de los casos, pone trabas a la unión creciente de los trabajadores, impide la materialización de esta unión, cuando la materialización de dicha unión siempre ha sido y no puede ser otra cosa que la unión de clase frente a todas las separaciones impuestas por el mundo mercantil o, para ser más precisos, por el capitalismo hoy en día.
Esto no implica ni mucho menos que se tenga que esperar boquiabierto la llegada del gran día emancipador, satisfaciéndose con divulgar su propaganda pontifical sin mezclarse en lo que debe ser emanación espontánea de la vox populi misma en su lucha. A nosotros nos importa el contenido de la lucha; no basta con que se generalice. Hacen falta militantes obreros conscientes para combatir el sindicalismo y contribuir a la radicalización de la lucha cotidiana4.
Tan estúpido es descuidar la lucha cotidiana porque no corresponde pura y simplemente todavía con la negación inmediata del trabajo alienado, del trabajo asalariado.
¡Es tan evidente abolirlo en una fábrica en huelga!
Con esta santísima pureza, los eruditos en materia de radicalismo verbal se enredan en los meandros tortuosos del pensamiento metafísico que ellos mismos deben de haber inventado. Predicando la desalienación, creen en la santa revelación celeste de la salvación universal. ¡AMÉN!
La lucha cotidiana sigue siendo la escuela de guerra del comunismo. La tarea de los revolucionarios consiste en combatir todo lo que le pone trabas, todo lo que la parcela, la pasa por el molinillo y la reduce a puré, incluso si son ideas y prácticas del movimiento comunista pasado. El atavismo y el dogmatismo son barreras que el proletariado echará por tierra constituyéndose en clase revolucionaria. Echémoslas por tierra y hagámoslo ya, ahora mismo.
Las ideas de la reacción, de la clase dominante, son todavía fuerza material; las de los revolucionarios están casi reducidas a la nada, sin concreción práctica, y por eso relegadas a un hipotético museo de la utopía. Demostremos precisamente en la lucha que ellas son también fuerza material, más fuertes incluso porque pertenecen a la única clase histórica capaz de aniquilar definitivamente la sociedad dividida en clases y las ideas que le están ligadas.
Para este cometido no existen 800.000 soluciones.
- Demostremos que no somos esclavos especialistas de la negociación y respetuosos del orden establecido5.
- Demostremos que no tenemos nada que ver con reivindicaciones decididas entre patrón, Estado y sindicatos.
- Demostremos en la lucha que son las bases mismas de nuestra explotación lo que queremos hacer saltar y que es sobre esta base como somos una fuerza internacionalmente revolucionaria.
Con estas perspectivas perderemos batallas, pero no la guerra revolucionaria. Los jalones de derrota son promesa de victoria6.
Seremos cada vez más conscientes de nuestra fuerza y de la necesidad vital de la solidaridad de clase. La unión creciente en la lucha será entonces efectiva, y nuestros explotadores, después de cada interrupción o derrota momentánea, temblarán de miedo en espera de un nuevo ataque más duro y amplio por nuestra parte.
Como los mineros asturianos en 1934, que contestaban que sus armas estaban enterradas para la próxima vez7, hagámosles comprender que si reivindicamos es con la perspectiva de no tener que hacerlo nunca más, porque, preparados a través de la lucha, los habremos aniquilado para siempre.
Es en la lucha fuera y contra los sindicatos donde lo demostraremos.
Nota. Texto español según Alarma, tercera serie, n.º 16, septiembre de 1983 (págs. 1-3), donde se publicó con el título «Lucha sin tregua ni divisiones» y la firma «E.», cotejado con el francés de Alarme (las diferencias de contenido, en nota) y con algunas erratas corregidas.
El francés añade: «“materialistas”, por añadidura». ↩
La cita no lleva atribución en Alarme, que la da algo abreviada (sin «Evidentemente» ni «y de igual manera en los países atrasados o coloniales que en las metrópolis»). La damos según Alarma. ↩
El francés desarrolla este paso de otro modo: «Por lo general, el aquello, si existe, debe ceder el paso al esto, es decir, a la lucha llamada inmediata. ¡Para el “aquello” ya se verá más tarde! Es decir, nunca; de modo que el propio esto queda vaciado de su contenido, puesto que no es nada sin el aquello». ↩
En lugar de lo que va desde «A nosotros nos importa» hasta aquí, el francés dice solo, con ironía contra los espontaneístas: «¡Poco importa el contenido, con tal de que se generalice!». ↩
El francés dice «interlocutores sociales» (partenaires sociaux) en lugar de «esclavos». ↩
El francés dice en su lugar: «En esta perspectiva ninguna de nuestras luchas será una derrota, porque seremos cada vez más conscientes de nuestra fuerza y de la necesidad vital de la solidaridad». «Jalones de derrota: promesa de victoria» es el título del libro de Munis sobre la revolución española (1948). ↩
El francés precisa: «respondiendo ante los tribunales». ↩