Alarme, n.º 20, abril-junio de 1983 (págs. 3-4). PDF del número completo · Texto original en francés

La izquierda llegó al poder en Francia sin que hubiera movimiento alguno de agitación social. El asunto se desarrolló en un terreno electoral, y no tuvo que domar un movimiento obrero como en 1936, la huelga general. El poder «socialista» ha podido atacar los problemas de competencia de la economía francesa activando la concentración del capital en el marco nacional, sin tener que preocuparse (de inmediato) de una reacción obrera.

Las pocas medidas aparentemente favorables a los trabajadores (39 horas, quinta semana de vacaciones, jubilación a los 60 años) han sido o bien vaciadas de todo contenido pretendidamente progresista por la acentuación de los controles horarios, o bien ampliamente contrarrestadas por las leyes y reglamentos sobre los seguros sociales, el paro, los impuestos, la situación de la vivienda y el aumento masivo de los poderes de los polis sindicales o de uniforme. La ausencia de reacción se debe a la confianza tradicional que los proletarios depositan en la izquierda, que aquí sigue siendo un mito poderoso pese a todas las derrotas puestas bajo su signo. La izquierda conserva esa influencia gracias a su asiento sindical en la clase obrera, asiento reforzado por las leyes que favorecen la expresión sindical y aplastan toda expresión directa (tanto orgánica como propagandística) de los proletarios.

El apoyo que los sindicatos han dado al gobierno es el precio que hay que pagar por las ventajas otorgadas. Mitterrand bien puede practicar la misma política que Giscard (¡e incluso más!): sabe que él, a diferencia de su predecesor, tiene el apoyo de los sindicatos, y que eso es lo que desmoviliza y desmoraliza a los proletarios. El sindicato hace todo lo posible para que los trabajadores no entablen combate, y muy rara vez se aventura a proponer jornadas de «acción».

Cuando hablamos de combate, se trata, por supuesto, del combate de clase. No se trata de llamar a «luchas» de tipo sindical, aunque desacreditasen a esos sindicatos. Si los trabajadores se pusieran de nuevo a «luchar» como bajo Giscard, aun fuera de los sindicatos (como pide a veces Lutte Ouvrière), sería otra manera de ser derrotados. El ejemplo de las huelgas del automóvil, controladas por los sindicatos tras un gran esfuerzo, está ahí para mostrarlo.

A eso hay que añadir que hacía mucho tiempo que no se veía en Francia semejante concierto de voces para salvar la Patria, la Economía Nacional, las Fábricas Francesas..., a la vez que se fustiga a las multinacionales, que son americanas, japonesas, alemanas, en suma, extranjeras. Todo ello con un brutal reforzamiento del dispositivo policial: los últimos proyectos de ley sobre los controles de identidad son una copia de las leyes de Pétain de 1943.

La lucha sindical refuerza la desunión de los trabajadores mediante el corporativismo y el nacionalismo, el democratismo burgués y el legalismo. Estos dos últimos proliferan, por lo demás, en la extrema izquierda en particular, aunque la teoría revolucionaria los ha condenado siempre y la práctica ha mostrado que conducían a la matanza.

Poco importa saber cómo seremos explotados. No tenemos nada que negociar: ya no queremos ser explotados. Toda renuncia (etapas transitorias, fases progresistas...) al objetivo histórico como resultado de las luchas inmediatas significa, en versión moderna, que «el objetivo no es nada, el movimiento lo es todo» (Kautsky)1. Esa renuncia, que de hecho preconizan los izquierdistas, equivale a obrar contra la revolución, y no por ello los caracteriza como reformistas (del tipo del siglo XIX). Desde entonces ha habido el hundimiento de la II Internacional en 1914, el aplastamiento de los revolucionarios alemanes por la socialdemocracia, la revolución y la contrarrevolución en Rusia y en España, y la capitulación patriótica de los trotskistas durante la segunda guerra mundial.

Las luchas sin envergadura, bajo el signo de las separaciones entre proletarios, el respeto de la democracia burguesa, el legalismo, la separación entre lucha inmediata y lucha histórica, constituyen la práctica sindical, se desarrolle dentro de un sindicato o fuera de él. Bajo la izquierda como bajo la derecha, hace falta en primer lugar que la lucha se desarrolle en el más completo desprecio de los intereses de la economía nacional, sin intermediarios entre los trabajadores: organización y acción directa, control de los delegados... Solo en esas condiciones creará la lucha la unión creciente de los trabajadores.

  1. La fórmula es de Eduard Bernstein («el objetivo final, sea cual sea, no es nada para mí; el movimiento lo es todo»), no de Kautsky. ↩