Alarme, n.º 21, julio-agosto-septiembre de 1983 (págs. 5-6). PDF del número completo · Texto original en francés
«El capital presupone el trabajo asalariado, y el trabajo asalariado presupone el capital. Se condicionan recíprocamente; se producen recíprocamente.» Marx1
Esta evidencia, enterrada demasiado a menudo por quienes temen la auténtica y definitiva revolución proletaria, significa exactamente lo que significa. Para abatir el capital hay que acabar con la compra y la venta de la fuerza de trabajo. El hombre debe dejar de ser una vulgar mercancía; dejando de serlo, destruye el reino de la explotación en general y de la mercancía en particular.
En la historia del movimiento obrero, aunque los revolucionarios nunca perdieron de vista lo que acabamos de decir, las tácticas para llegar a ello no fueron siempre las mismas. En el siglo XIX se hablaba de programa mínimo y de programa máximo. El primero tenía por proyecto su realización en el marco del capitalismo, a la espera de la oportunidad que permitiera entablar el combate por la realización del programa máximo. Posteriormente, los fundadores de la IV Internacional pretendieron fundir en uno solo programa mínimo y programa máximo. Así nació el célebre programa de transición, programa que desde sus orígenes no correspondió a las tareas del proletariado, es decir, a la realización del único programa hoy revolucionario, el programa comunista. No nos ocuparemos en el presente artículo de atacar a quienes, intencionadamente o por incomprensión, defienden programas superados y, por tanto, reaccionarios, o peor aún, contrarrevolucionarios. En realidad no defienden sino programas plenamente capitalistas, y hace tiempo que han olvidado, o esconden, lo que significa destruir el capital, pues no tienen más perspectiva que la de gestionar un sistema que no acaba de pudrirse: el capitalismo. Nos referimos aquí a las organizaciones de «izquierda» y de «extrema izquierda».
En cierto medio, en cambio, no se les cae esa expresión de la boca. Poco falta para que, ante un problema planteado por la falta de higiene en los lavabos de una fábrica, salgan coreando: «Abolición del trabajo asalariado». Esa es la originalidad de quienes se creen campeones de la subversión porque han vislumbrado que el salariado no es más que una cosa abyecta que hay que destruir, y lo más rápidamente posible. Esta consigna, así petrificada, no es más que un mito más, y quienes la defienden de esa manera la vacían de todo su contenido. En realidad, el rechazo de toda reivindicación que no sea la abolición del trabajo asalariado denota la incomprensión práctica de lo que es el capitalismo y, por consiguiente, de lo que es la revolución proletaria. En efecto, en teoría todo el mundo está de acuerdo en hablar de movimiento obrero, de movimiento comunista, pero en los hechos la concepción que tienen del ataque del proletariado al capital es totalmente estática y petrificada. El movimiento empezaría con la abolición del trabajo asalariado; antes de eso, la nada: no hay lucha de clases (ni capitalismo ni proletariado). La abolición del trabajo asalariado queda reducida así a un simple decreto-ley emancipador. Bastaría con que cada proletario lo comprendiera, y asunto resuelto. Con visiones tan simplistas no se llega a nada, y el problema no avanza ni un salto de pulga, pese a toda la buena voluntad del mundo.
El FOR defiende un programa de acción, «Las tareas de nuestra época»,2 que los místicos de la abolición del salariado tachan a menudo de programa reformista, y a veces incluso de «programa de transición trotskista», reconociéndole además cierta dosis de radicalismo. Eso demuestra una vez más su total incomprensión. 1.º) No puede considerarse reformista, puesto que no contempla (a menos de estar ciego) su aplicación en el marco del capitalismo para mejorarlo o acercarlo al socialismo y, además, presupone la acción decidida del proletariado en cuanto fuerza revolucionaria. 2.º) No puede compararse con el programa de transición trotskista, en la medida en que este no ataca en primer lugar al salariado y, además, considera la concentración y la centralización capitalistas (defensa de las nacionalizaciones) como medidas progresivas, exactamente lo contrario de lo que nosotros defendemos. Antes de lanzarse a una verborrea de radicalidad ejemplar y barata, más vale leer atentamente lo que escribimos. La lucha de clases es una dinámica en la que los revolucionarios deben esforzarse por intervenir de manera que contribuyan a llevarla a su extremo, la revolución socialista, es decir, a que amplias masas perciban el fundamento de la economía capitalista y los medios de destruirla, o sea, ante todo, un ataque al valor mediante el ataque al salariado. «Abolición del trabajo asalariado» es una consigna revolucionaria, e incluso la consigna revolucionaria por excelencia. Pero es ante todo una recopilación de perspectivas de acción propiamente revolucionarias que deben comprender, aunque sea confusamente, quienes han de emanciparse de la alienación del trabajo asalariado. Esa es la gran diferencia entre un programa revolucionario y un programa capitalista camuflado bajo una fraseología falsamente obrera. Un ejemplo: las «reivindicaciones» sindicales forman parte en realidad de la programación capitalista; una «reducción» de las horas de trabajo está así en relación con un aumento de la explotación, una subida de los salarios con una subida de los precios, etc. Las «reivindicaciones» sindicales tienen, pues, por objetivo ocultar y permitir un aumento de la explotación y la continuidad de la pauperización relativa del proletariado. Lo cual no impide que el sindicato, acorralado por una radicalización de la clase, retome algunas de las consignas que nosotros enunciamos para mistificar mejor al proletariado, del mismo modo que el capitalismo está dispuesto a hacer concesiones para retomar el control de la situación y, a fin de cuentas, aplastar al proletariado. El sindicato, engranaje indispensable del capitalismo, cierra el paso a toda consciencia de clase, impide al proletariado atacar el fundamento mismo del sistema. Ninguna «reivindicación» sindical ataca la plusvalía obtenida a costa de los obreros. Y de eso se trata, a menos que haya que esperar a la dictadura del proletariado a escala casi mundial para decretar: «Abolición del trabajo asalariado». El ataque del proletariado al capital, y por tanto al salariado, no puede sino comenzar, y debe comenzar, incluso antes de la toma del poder por el proletariado: eso es lo que hace del movimiento proletario un movimiento. Es ese movimiento lo que los sindicatos traban, desvían, ahogan. La necesidad de la abolición del salariado debe ser comprendida por el proletariado en su lucha. A él le corresponde, en efecto, realizar ese acto emancipador. Es necesario, pues, que la propia lucha obrera lleve al acto de abolición del trabajo asalariado. Ahora bien, ese acto no puede provenir de una idea lanzada en paracaídas como eslogan por los revolucionarios desde lo alto de su mirador. La lucha por la abolición del salariado es una práctica; los revolucionarios conscientes deben tomar parte en ella, si no quieren quedar acantonados en el dominio de la pura ideología. Como, por otra parte, no puede tratarse en ningún caso de mejorar o desarrollar la economía fundada en el capital/salariado, sino de acabar con ella, es indispensable ligar toda reivindicación, sin solución de continuidad, a las medidas supremas de la revolución proletaria mundial. Confundir ataque al salariado y abolición del salariado impide a quienes caen en esa confusión participar realmente en el seno del movimiento proletario y, por tanto, denunciar claramente las fuerzas que lo traban (sindicatos, «izquierda» y «extrema izquierda»).
Este artículo, publicado en Alarme n.º 6, nos ha parecido interesante y, como salió mal impreso, lo publicamos de nuevo.
Nota. Reimpresión, con leves cambios tipográficos (algunas cursivas y comillas), del artículo de Alarme, n.º 6, octubre-diciembre de 1979; damos la misma traducción.
Según nuestra traducción de Trabajo asalariado y capital. ↩
Véase Alarme, n.º 3. (Nota de la redacción.) Es la tercera parte de la «Presentación del F.O.R.»; el texto español es el apartado «Tareas de nuestra época» del Pro segundo manifiesto comunista, publicado también en Alarma, tercera serie, número especial (1979). ↩