Alarme, n.º 25, julio-agosto-septiembre de 1984 (págs. 8-10). PDF del número completo · Texto original en francés

Bajo el reinado del capital sobre el trabajo, del capitalismo sobre la sociedad, el proletario es una mercancía y nada más. Está desposeído de todo excepto de su fuerza de trabajo, que se ve obligado a vender al poseedor/administrador de los medios de producción. Está desposeído de toda humanidad y no constituye más que un engranaje necesario para la supervivencia de una sociedad basada en el beneficio y no en las necesidades de cada ser social.

Así es como se considera fundamentalmente a los explotados sobre la corteza terrestre, pese a las diversas fraseologías humanistoides de la chusma dirigente que se sucede en el poder.

«Lo que se le reprocha (a Ricardo *), que, despreocupado de los “hombres”, al considerar la producción capitalista solo tenga a la vista el desarrollo de las fuerzas productivas —cualesquiera que sean los sacrificios en hombres y en valores de capital con que se compre—, ES PRECISAMENTE LO IMPORTANTE EN ÉL».

(Marx, El capital, libro III)1

Sí, ese es precisamente su mérito, en cuanto científico que estudia los hechos y nada más que los hechos. Nuestro mérito, en cuanto fuerza viva y actuante, será aniquilar las causas que producen esos hechos tan justamente descritos. Esos hechos, por duros que sean, no los negamos: queremos combatirlos. Es combatiéndolos como dejamos de ser una vulgar mercancía que solo se distingue del trigo y del algodón por su capacidad de añadir valor al valor ya existente. Por lo demás, no hay diferencia. Exactamente igual que el valor de toda mercancía, el valor de la fuerza de trabajo se determina, por término medio, por la cantidad de trabajo necesaria para su producción. Bajo el régimen del trabajo asalariado, como las diferentes clases de trabajo tienen valores diferentes, necesariamente han de tener precios diferentes en el mercado de trabajo. Reclamar una remuneración igual, o incluso justa, bajo el régimen capitalista es reclamar la libertad sobre la base del sistema de la esclavitud.

Por crudo que pueda parecer, hay que mirar la realidad de frente para estar en condiciones de coger el toro por los cuernos.

Por otra parte, la explotación del hombre por el hombre bajo la dominación asalariada es mucho más pérfida que bajo el dominio de los sistemas anteriores. En efecto, en un caso (el de la explotación capitalista) el trabajo no pagado parece suministrado voluntariamente, puesto que las partes pagada y no pagada del trabajo están inseparablemente entremezcladas, y en el otro (el caso de la servidumbre, por ejemplo) es arrancado por la coacción. Esa parte no pagada del trabajo es lo que se llama plusvalía, valor indispensable al capital para su acumulación. Sin ella no puede vivir.

Esta forma de explotación es el resultado de la evolución de la humanidad, por sacudidas sucesivas, hasta nuestros días. Domina íntegramente la superficie del globo, del hemisferio norte al hemisferio sur, con Castro como con Deng Xiaoping, con Pinochet como con Mitterrand, en el momento mismo en que se reúnen todas las condiciones objetivas para abolir fronteras, Estado y clases sociales. De ahí proceden su decadencia y su barbarie, que acentúan al extremo lo que de antihumano contenía inicialmente.

El proletariado, por su parte, en virtud de su lugar en las relaciones de producción, tiende a actuar como fuerza antitética frente al capital. Pero su consciencia revolucionaria de clase no se afirma de forma lineal y progresivamente ascendente. Victorias y derrotas jalonan el camino de su emancipación. Desgraciadamente, la derrota que sufrió durante su primera y única oleada internacional de lucha (1917-37) corrompió la esencia misma de su combate de clase. Esa derrota tiene como catalizador la apisonadora que el stalinismo, como elemento más consciente y decidido, empleó contra la subversión de la sociedad mercantil. A ello se añade, como factor antiproletario, el engranaje en adelante indispensable al capital que es el sindicalismo, más apto todavía, sea cual sea su tendencia, para inmiscuirse allí donde el combate de clase podría afirmarse con más vigor.

Entre la Rusia llamada socialista y el sindicato «preocupado» por el bistec del obrero, los proletarios, salvo algunas escapadas de las que debemos sacar provecho, han sido exprimidos para que no se manifiesten como clase social consciente.

El mito ruso se derrumba cada día un poco más. Los sindicatos, que siguen desempeñando activamente su papel, se quejan de las deserciones en su seno. Las luchas defensivas de un proletariado acorralado por las reestructuraciones se sitúan, con o sin desbordamiento de la estructura sindical, generalmente en el terreno y en la lógica capitalistas. En cuanto a los revolucionarios organizados, caben en un pañuelo y a menudo están más preocupados por fraguar grandes vuelos líricos y generales sobre la inevitabilidad del resurgir de las luchas que por mojarse, en la medida de sus fuerzas, en todos los aspectos de la lucha de clases (organización, contenido de las reivindicaciones, antisindicalismo práctico...).

En cuanto proletarios revolucionarios, debemos intervenir en todos los niveles posibles con relación a la situación, sin esperar a que el conjunto del proletariado en lucha comprenda lo que nosotros ya hemos comprendido. En este sentido reafirmamos aquí mismo las bases enunciadas en nuestro Pro Segundo Manifiesto Comunista, así como la orientación general de las «tareas de nuestra época» que de él se desprende. Nuestro combate debe, hoy más que nunca, atacar el fundamento mismo de la esclavitud moderna: el trabajo asalariado. «Abolición del trabajo asalariado» es una consigna revolucionaria, e incluso la consigna revolucionaria por excelencia. Pero ante todo es un compendio de perspectivas de acción propiamente revolucionarias que deben ser comprendidas, aunque sea confusamente, por quienes han de emanciparse del trabajo alienado. Esas perspectivas de acción, inextricablemente ligadas entre sí, afectan a todos los aspectos de la sociedad actual: lo político, lo económico, lo organizativo, lo social.

Para sobrevivir, el capitalismo lucha por todos los medios contra nuestra constitución en clase independiente, a fin de aprovechar plenamente la plusvalía necesaria para su constante necesidad de acumulación. Para romper esa acumulación y hacer efectiva la unión creciente de los proletarios, debemos intervenir activamente:

  • por la reducción radical de la jornada de trabajo y de su intensidad, así como por el aumento masivo del salario real;
  • contra ese apéndice capitalista que es el sindicato, mediante la organización independiente de clase;
  • contra la economía capitalista privada, estatal, nacional y supranacional.

Como en ningún caso puede tratarse de mejorar o desarrollar la economía fundada en el «capital-trabajo asalariado», sino de acabar con ella, es indispensable ligar las perspectivas de acción, sin solución de continuidad, a las medidas supremas de la revolución proletaria mundial, que solo son realizables con la dictadura revolucionaria del proletariado.

Pero de estas orientaciones generales de lucha hay una que se deja de lado con demasiada frecuencia, incluso entre los revolucionarios que no se contentan con soltar de carrerilla tres o cuatro credos del programa comunista, dejando que la espontaneidad de las masas se debata en los fondos fangosos de la lucha cotidiana: nos referimos a la jerarquía.

Tomada en su conjunto, en general, la clase proletaria, desde un punto de vista capitalista, percibe más o menos el precio de su valor mercantil estimado en dinero. Pero no olvidemos el célebre adagio «divide y vencerás», y constatemos la increíble jerarquización que existe en el seno mismo del proletariado; jerarquía fomentada y defendida por los mismos que pretenden defenderlo, el sindicato principalmente. De esas migajas, obtenidas por abdicación individual o colectiva de los elementos sociológicamente constitutivos de nuestra clase, no queremos ninguna. A esos elementos debemos denunciarlos y combatirlos del mismo modo que a los esquiroles durante las huelgas. El proletariado necesita «su valor, su conciencia de sí, su orgullo y su sentido de la independencia mucho más todavía que su pan»2. Sobre todo cuando ese pan se obtiene traicionando a su clase. Esa jerarquía debemos combatirla allí donde nos encontremos y en todos los movimientos, si queremos contribuir efectivamente a la unión creciente del proletariado con vistas a la subversión comunista de la sociedad.

Pero, claro, a menudo es más fácil hablar en abstracto de la sociedad futura que impulsar lo que debería ser el abecé de todo comunista en la práctica. Por otra parte, el rechazo de la jerarquización en nuestra clase debe constituir la base del rechazo de la jerarquización en general. Con un movimiento unido y solidario haremos saltar en mil pedazos el capital y su lógica. Esta perspectiva de acción y su puesta en práctica constituyen, además, una garantía suplementaria contra todos los riesgos de degeneración de la futura revolución comunista. Del mismo modo que es organizándose como aprende a organizarse, es luchando contra todas las divisiones en su seno como el proletariado aprende la unión fraterna de clase. A esta tarea nos hemos dedicado desde siempre. A esta tarea hay que dedicarse.

Este aprendizaje mediante la lucha de clases es fundamental para que la abolición del trabajo asalariado no sea solo una bonita frase escrita en algunas paredes, y para que la supresión de la división del trabajo, así como de las clases sociales mismas, sea un día realidad. Es el edificio tal como está actualmente lo que debemos derribar para que el conjunto de la humanidad pueda beneficiarse de sus enormes posibilidades, y para que las capacidades individuales y colectivas puedan aprovechar al conjunto de la especie sin diferenciación social alguna.

  1. Traducido del alemán (Das Kapital, III, cap. 15, MEW 25, pág. 269). Alarme cita una versión francesa que dice «C'est là justement son mérite» («ese es precisamente su mérito»), donde Marx escribe «ist gerade das Bedeutende an ihm» («es precisamente lo importante en él»), y «valeurs» por «valores de capital» (Kapitalwerten). El comentario que sigue retoma la palabra «mérito» de la versión francesa. (N. del T.) ↩

  2. Marx, «El comunismo del Rheinischer Beobachter» (1847), según la traducción de la Escuela. (N. del T.) ↩