Alarme, n.º 26, octubre-noviembre-diciembre de 1984 (págs. 8-11). PDF del número completo · Texto original en francés

Convergence 841 ha renovado, un año después, la «marcha de los beurs» sobre París. El endurecimiento de la izquierda «fraternal» contra la fracción inmigrada del proletariado en Francia (controles policiales, cuestión del reagrupamiento familiar, etc.) se compensa aquí con una recuperación a lo grande. Sindicatos, partidos, ligas; LICRA, MRAP, izquierdistas, antirracistas, P«C», P«S», CGT, CFDT: toda la flor y nata estaba allí, indignada contra el racismo, para que los inmigrantes se sientan a gusto en Francia, «tierra de acogida y de asilo».

Para estos dignos practicantes del bulldozer2, expulsores y policías, todos los que viven en Francia tienen derecho a la dignidad y quizá a la ciudadanía.

Pero ¿de qué dignidad, de qué ciudadanía se trata?

¿De la del trabajador, embrutecido por ese trabajo del que tiene demasiado y cuya falta reduce al parado a la mendicidad? ¿De la del elector, eterno pavo de la farsa electoral, periodo digno de la fiesta de los locos, en que los esclavos creen convertirse en amos una vez al año?

Sobre ruedas o a pie, quieren acabar con el racismo, ese arrebato abyecto del miserable contra otro miserable al que por fin puede pegar porque es extranjero. Pero la miseria y las fronteras no separan a los defensores del orden establecido, cualesquiera que sean su raza, sexo, edad o partido. Mientras que, precisamente, los proletarios están separados en razas, pero también en sexos, edades, cualificaciones, jerarquías, situación ante el empleo, etc... Están separados en una multitud de categorías antagónicas que no son más que fracciones competidoras en el mercado de trabajo.

Estar separados en capas antagónicas significa de hecho que los individuos (pretendidamente indivisibles) están a su vez separados en varios seres distintos, como un salchichón cortado en finas lonchas que se mantienen juntas con un envoltorio de aluminio. En efecto, el individuo empieza por ser un proletario, productivo o no, y su vida está dividida en dos grandes momentos: el trabajo y el no trabajo (conviene ser prudentes con las palabras ocio, descanso, etc.). El momento del trabajo es aquel en que cambia su fuerza de trabajo por un valor que le permite reconstituirla. La cantidad de fuerza de trabajo puesta en acción crea más que el valor de su reconstitución. Ese suplemento es la plusvalía, la riqueza del capital. Cuanto más productivo es el trabajo, menos tiempo hace falta para producir el equivalente necesario (el salario) para la reproducción de la fuerza del trabajador, y cuanto más valor suplementario crea este en el mismo tiempo, más explotado está.

Enajenando su existencia a la fuerza que tenga a bien tomarla, queda separado del producto de su trabajo, privado de los instrumentos de producción y, finalmente, separado de ese otro, el ser vivo que podría ser.

Dividido por la actividad esencial para su supervivencia y en ella, el individuo no recupera por eso la integridad de su ser fuera de la esfera del «trabajo». Al contrario, a sus múltiples necesidades, que derivan de la riqueza de su personalidad y de la sociedad, no corresponden relaciones y actividades libremente realizadas, sino momentos de vida congelados en categorías que se autonomizan, rompen toda unidad de la vida individual, la desmenuzan y forman falsas unidades colectivas.

Así, el sentimiento de ser mujer, fuera de las relaciones patriarcales, se convierte en feminismo; amar el bosque se convierte en ecologismo; hablar una lengua dialectal, no nacional, se convierte en regionalismo, nacionalismo; no jerarquizar a los hombres según su color o nacionalidad se convierte en antirracismo; el horror a la guerra se convierte en pacifismo; la indignación ante el hambre se convierte en tercermundismo, etc...

Todas estas comunidades, a las que se puede pertenecer sucesiva o simultáneamente, enmascaran la ausencia total de vida colectiva a título humano (el comunismo), porque enmascaran el fundamento de la vida presente: la explotación, el intercambio mercantil, la ley del valor. Todas estas miniideologías derivan de la principal deformación de lo que es el comunismo; es decir, solo pueden aparecer en y por la descomposición del stalinismo, lo que significa que son un producto del fracaso de la revolución y de la ausencia presente de una perspectiva comunista clara.

El antirracismo, al buscar ante todo construir una comunidad humana sin tener en cuenta las relaciones sociales ya existentes, no hace más que permitir su perpetuación. Peor aún: al reducir los problemas de clase a cuestiones de razas, de derechos humanos y de convivencia interclasista, se opone directamente a la constitución en clase de los proletarios.

Su impacto es particularmente claro en los Estados Unidos de los años sesenta y setenta, o hoy en Sudáfrica, donde desde hace una decena de años los proletarios, estudiantes de bachillerato u obreros, parados o mineros, se enfrentan con huelgas, motines, etc..., a sus condiciones de explotados, frente a una represión y una organización social particularmente odiosas. Pero, a la par que se amplía su movimiento, no es una organización proletaria la que se desarrolla, sino la organización sindical y clerical de los proletarios. Pese a la voluntad inconsciente de comunismo que brota en cada refriega en que los proletarios se baten, el objetivo consciente y claramente indicado, el encuadramiento ideológico y la práctica cotidiana contribuyen a imponer una alternativa para este sistema y dentro de él, y a ahogar una alternativa comunista, y hasta ahora lo consiguen.

La concesión del premio Nobel de la paz a un obispo negro de Sudáfrica3 es un síntoma precursor de lo que puede ocurrir allí si los proletarios no se libran de esa influencia nefasta. Tras la marcha de los «racistas blancos», vendrá la república antirracista en que los proletarios negros serán explotados democráticamente. Basta echar un vistazo al Zaire para ver que la explotación antirracista no conviene más a los proletarios que la anterior, una vez pasada la euforia de la «liberación». En cuanto a la independencia y la dignidad nacionales, Angola y Rodesia-Zimbabue son la realización viva de las victorias del «pueblo negro», liberado de todo salvo del salariado. Así como el dinero no tiene olor, ¡el capital no tiene color!

La insistencia muy particular que ponen los gobiernos occidentales u orientales en condenar el régimen del apartheid se explica por el carácter particularmente violento de la dominación del capital allí. Sirve de coartada, de contraste: «¡Mirad qué terrible es aquello, y callaos!». «Apoyad la justa lucha democrática y antirracista en Sudáfrica, y sabed consumir y apreciar con moderación las miserables migajas de los países libres».

El reconocimiento de los dirigentes religiosos o sindicalistas a escala internacional representa un aval y un ejemplo que mostrar para los gobernantes, que así «educan» a «sus» proletarios «libres» al mismo tiempo que a los de Sudáfrica o de cualquier otro país en el mismo caso (Polonia).

Es la garantía del apoyo de otras naciones interesadas en un cambio de equipo gobernante, y la amenaza subyacente de hostilidades si todo no transcurre dentro de los límites democráticos fijados y reconocidos internacionalmente.

Es este el proceso que se desarrolla en todo movimiento de liberación nacional, y que adquiere proporciones tanto mayores cuanto más rica es en potencia la nación en cuestión.

Que las luchas de «liberación nacional» se desarrollen en antiguas colonias cuya posesión se justificaba, entre otras cosas, por una ideología racista fundada en un discurso científico complica superficialmente esos procesos, pero sin alterar su mecanismo fundamental. El objetivo es la gestión de las riquezas del territorio por una capa capitalista autóctona, en nombre de la libertad escarnecida por los colonos y en pro de la igualdad, la dignidad y la ciudadanía de todos los que han sufrido la injusticia...

Así ocurre en Nueva Caledonia, donde los burócratas del FLNKS4 llaman a los proletarios, esencialmente rurales, a combatir por «Nueva Caledonia para los neocaledonios», por la «identidad neocaledonia» y demás sandeces: como los proletarios están desposeídos de todo, no poseen ni patria ni más identidad que la de la explotación.

El programa de todos estos movimientos, de Convergence 84 a Nueva Caledonia pasando por Sudáfrica, copia en el mejor de los casos el de las revoluciones burguesas de los siglos XVI, XVII y XVIII. En cuanto a la organización, es sindical, cuando no stalinista. Por todos los conceptos, tanto en sus fines como en sus medios, estos movimientos son reaccionarios y se oponen a la constitución en clase del proletariado y, por tanto, a la revolución.

Su carácter antiproletario proviene en primer lugar del desfase entre su contenido capitalista y su realidad práctica, en la que son proletarios quienes se movilizan por esos objetivos y no hacen así más que construir armas para sus adversarios sin abrirse una perspectiva propia, dada la sujeción de todas las capas capitalistas «nacionales» a un bloque, a un imperialismo u otro.

Pero lo más importante es, precisamente, que exista esa ausencia de perspectivas propias del proletariado, es decir, ausencia de organización y, por tanto, de memoria consciente y actuante de la clase. Esto no puede entenderse si no se concibe la profundidad de la contrarrevolución mundial a partir de Rusia, contrarrevolución que quiebra el asalto mundial del proletariado contra el viejo mundo, asalto que da las pruebas de la madurez y luego de la senilidad de este a comienzos de siglo; prueba completada por la realización del mercado mundial y por la guerra (1914-1918). Al romper todas las trabas locales de los antiguos regímenes, el capitalismo creó a su antagonista irreductible, el proletariado internacional, y las condiciones de la subversión completa de este mundo. Entre esas condiciones objetivas del comunismo y la supervivencia de un sistema que ya no desarrolla ningún porvenir para la humanidad hay un desfase que constituye la decadencia, cuyo origen se remonta al fracaso de la revolución mundial (1917-1937) y cuyo cerrojo es la contrarrevolución stalinista, motor y fosa séptica de la gigantesca reacción que constituye este sistema.

En esa fuente beben todos los movimientos que plantean parcialmente o deforman la cuestión de la explotación. Ahora bien, sea cual sea su situación —inmigrante, colonizado, metropolitano, «segregado», etc.—, un proletario es un esclavo asalariado que no puede resolver en el marco de este sistema su problema fundamental: el de la explotación.

Y si la aprehensión, la exposición y la resolución del problema no pueden hacerse en los marcos capitalistas (nacionalistas, stalinistas, sindicalistas, clericales y demás ideologías que de ellos derivan), sino fuera de ellos y contra ellos, no por eso puede uno confiarse a la espontaneidad de la revolución, aunque espontáneamente (lo que difiere radicalmente de «obligatoriamente»), por su situación en las relaciones sociales, el proletario se vea llevado a la revuelta.

A diferencia del periodo anterior a la decadencia, la organización del proletariado no surge espontáneamente de la sociedad, a causa de su destrucción mundial y masiva en el curso de la primera mitad de este siglo. Por eso las ínfimas minorías revolucionarias no ven disminuir su papel ante «una creciente organización de los trabajadores», sino que lo ven crecer frente a la desorientación individual de los proletarios sublevados, engañados, escarnecidos y vencidos en orden disperso. La organización se ha convertido hoy en la prioridad, en la condición sine qua non de la irrupción victoriosa de la clase revolucionaria. Lo que equivale a decir que la intervención de los revolucionarios ya organizados debe ser tajante y plantear una alternativa comunista a los problemas que plantea el capital, en todos los planos y particularmente en el del ataque al capital mismo, a la plusvalía, piedra de tropiezo de la lucha inmediata en la perspectiva de la transformación radical de la sociedad.

Esto significa que la intervención debe pesar cualitativamente en las luchas, no tanto llamando a la violencia o a la extensión del movimiento como definiendo e indicando su contenido, sus fines.

Desde hoy mismo hay que rechazar los despidos, las expulsiones, los aumentos de horario y de intensidad del trabajo, los recortes de las prestaciones de paro y de sanidad; hay que proclamar alto y claro que la inseguridad es la de quien no tiene nada frente a la propiedad privada y la policía, que el racismo no se resolverá con la igualdad de derechos (al contrario), sino con la lucha común por objetivos anticapitalistas (¡pues sí!, y no iremos a llorar para conseguir el apoyo de los sindicatos), etc.

El movimiento de los mineros británicos nos recuerda que la violencia contra la policía no es nada mientras no se dirija primero contra los sindicatos y los partidos legislativos, que deben ser expropiados (locales, imprentas, medios de transporte...) como parte del Estado capitalista. Pero ese aspecto del movimiento, la lucha por el poder, no significa nada si la menor parcela de poder proletario no se dedica a disolver y romper los lazos sociales capitalistas, imponiendo el trabajo para todos y, por tanto, el derecho a la pereza, es decir, la disminución masiva de las horas laborables en proporción al número de trabajadores y a los nuevos medios técnicos. A la expropiación de los medios de producción corresponden la de las viviendas, la distribución de los productos, la refundición del urbanismo como prefiguración de la supresión del antagonismo entre ciudad y campo, y la recuperación de los medios de comunicación para llamar a los proletarios del mundo entero a unirse y a luchar contra su explotación, contra «su» nación, y a centralizar sus realizaciones, cuyo ejemplo suscitará nuevos entusiasmos revolucionarios, no tanto por la toma del poder como por la naturaleza y las realizaciones de ese poder, cuyo principio rector es la abolición del salariado: ¡a cada cual según sus necesidades!

  1. Convergence 84 pour l'égalité: recorrido de jóvenes en ciclomotor por Francia que llegó a París el 1 de diciembre de 1984, un año después de la Marcha por la igualdad y contra el racismo de 1983, llamada por la prensa «marcha de los beurs» (en argot, jóvenes franceses de origen magrebí). ↩

  2. Alusión, probablemente, al derribo con una excavadora de un hogar de trabajadores malienses ordenado por el alcalde comunista de Vitry-sur-Seine en diciembre de 1980. ↩

  3. Desmond Tutu, premio Nobel de la paz en 1984. ↩

  4. Frente de Liberación Nacional Canaco y Socialista, fundado en septiembre de 1984. ↩