Alarme, n.º 35, enero-febrero-marzo de 1987 (págs. 8-9). PDF del número completo · Texto original en francés
¡Decididamente, Mijaíl no dejará nunca de asombrarnos! ¿Astuto o inteligente? Difícil decirlo; en todo caso, su propuesta de retirada de los misiles de alcance intermedio en Europa ha sido muy favorablemente acogida por los Estados Unidos y por numerosos países de Europa directamente afectados. Esta reforma ha venido a sumarse a la serie de medidas que los dirigentes rusos han iniciado para cuidar la imagen de marca del régimen que representan, juzgado demasiado despótico por la Democracia internacional. Gorbachov ha comprendido que, sin dejar de ser amo del Kremlin, su régimen podía darse un rostro más democrático y abierto.
Por otra parte, mientras su compadre ruso está en plena forma, el amo del otro lado del Atlántico se enfrenta a graves problemas que han mellado seriamente su imagen de marca, y esta propuesta resulta para él la mejor ocasión de desviar la atención de su opinión pública. Es evidente que la propaganda estruendosa en torno a esta propuesta no puede sino convenir a todo el mundo, ¡o casi! Pero creer que todas las partes del capital implicadas van a ponerse de acuerdo para reducir el armamento nuclear es una ingenuidad. E incluso en el caso hipotético de semejante acuerdo, eso no cambia en nada el carácter asesino y decadente de la sociedad que defienden. Pese a los discursos o a ciertos actos, Gorbachov, Reagan, Mitterrand o Thatcher seguirán armados hasta los dientes y, si hace falta, ¡disponen de todos los medios para hacernos reventar de otra manera!
A falta de poder utilizar efectivamente el arsenal nuclear, este se utiliza como arma diplomática de presión recíproca. No podemos creer que, después de años de carrera de armamentos en que toda la economía y la técnica de los países capitalistas avanzados se han dirigido a la construcción de armas cada vez más sofisticadas y mortíferas, hoy, en un arrebato de humanidad, el capitalismo vaya a reducirlas gratuitamente; si lo hace, será únicamente para sacar algún provecho. Sea como sea, la firma de este tipo de acuerdo no pone en peligro la defensa física de los países en cuestión. En efecto, estipula que se mantendrán los misiles instalados en el territorio asiático de Rusia (cerca de un tercio del total) y que los Estados Unidos podrán conservar sus 100 cabezas situadas en territorio americano. Por otra parte, se conservarán también los centenares de bombarderos pesados rusos, los misiles de la meseta de Albion, los submarinos nucleares, etc. Queda por añadir a esta panoplia de paz el armamento convencional y químico de que disponen todas las partes en juego, arsenal suficiente para asegurar varias veces la aniquilación del planeta.
En esta partida, los americanos no pueden dejar caer tan fácilmente a sus aliados europeos firmando este acuerdo, puesto que estos representan una baza importante para los intereses de su defensa; por su parte, los europeos están obligados a padecer la política de los Estados Unidos, pues de otro modo serían incapaces de hacer frente a un conflicto con Rusia, ya que su fuerza de disuasión dista mucho de ser suficiente.
Pero ¿cabe considerar la eventualidad de una guerra nuclear entre las dos superpotencias capitalistas? Es imposible responder categóricamente; en cambio, podemos afirmar que existen sobradamente las condiciones materiales para alimentar un conflicto mundial. Pero el capitalismo no tiene hoy un interés real en declarar un conflicto de ese tipo: asegura su supervivencia mediante toda una serie de guerras intercapitalistas cuyo número de víctimas no tiene nada que envidiar a la segunda carnicería mundial. Para el capitalismo, el mantenimiento de esos conflictos locales un poco por todo el planeta es preferible a un conflicto generalizado: por una parte, porque el mercado de armamento constituye una base fundamental del crecimiento de la economía de los países capitalistas desarrollados, y reducirlo sería un factor de desequilibrio que no haría sino añadir dificultades suplementarias al sistema; por otra, porque los dos grandes imperialismos y los países avanzados circunscriben los conflictos locales a buena distancia de sus propias fronteras, donde se encuentra lo esencial de sus intereses.
Por su lógica misma, basada en el beneficio y el trabajo asalariado, y por tanto en la explotación —que alimenta de hecho la desconfianza y el miedo recíprocos tanto como el aterrorizamiento de la clase obrera—, el capitalismo se ve empujado a lanzarse a una carrera loca y desmesurada hacia un armamento cada vez más sofisticado y eficaz. En su afán de expansión imperialista y en nombre de los intereses nacionales, las dos grandes potencias capitalistas nunca han dudado en darse medios bélicos gigantescos, que superan toda lógica humana y cuyo desencadenamiento puede escapárseles en cualquier momento por la propia dinámica de las contradicciones inherentes a la explotación de clase.
Por eso el capitalismo nunca reducirá su armamento en su conjunto. Si restringe un sector, será en provecho de otro. Que quede bien claro, sobre todo en la cabeza de los pacifistas que gritan que la supresión de las armas nucleares es siempre posible en el marco de este sistema.
Afirmamos que esta parodia de «buena voluntad» por parte de Gorbachov, imitada por sus compinches, no es más que una maniobra (¡y qué inteligente!) que solo tiende a afirmar mejor su dominación capitalista. Señor Gorbachov, ¿cómo creerle, cuando, en el momento en que usted proponía una reducción de los euromisiles, en su país y bajo sus órdenes se reanudaban los ensayos nucleares subterráneos? ¿Y usted, señor Mitterrand, que parece decir: «no me toques mi fuerza de disuasión ni mis negocios con Irán e Irak»? ¿Qué credibilidad tiene usted, señor Reagan, con sus sórdidos chanchullos en América Central?
Hagan lo que hagan, digan lo que digan, los servidores de esta sociedad son criminales dispuestos a todo para defender el sistema capitalista decadente, ¡que no tiene más que Pershing y SS-20 que ofrecernos como perspectiva de futuro!
En el marco de esta sociedad, los esfuerzos de la inteligencia humana solo sirven para desarrollar cada vez más una tecnología asesina destinada a instalar la barbarie en todo el planeta, y más allá si fuera necesario. Es falso creer que la ciencia y la tecnología pueden desempeñar en sí mismas un papel progresista y emancipador: todo depende de la orientación que se les dé y de la manera de servirse de ellas. ¡Para el capitalismo, ciencia y progreso son sinónimos de guerra y dominación! ¡Para nosotros, comunistas, significan liberación y pleno desarrollo del individuo!