Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 18-20). PDF del número completo · Texto original en francés

Cualquiera sabrá a primera vista de qué partido se trata. La denominación neta que más le cuadra, aunque todavía desconcertante para muchos lectores, es la de Partido ANTIcomunista. Pues bien, el partido en cuestión se encuentra en descomposición a fuerza de pudrirse. Pero, para comprender a fondo lo que le sucede y el porqué, la primera disposición que hay que tomar es no tener en cuenta en absoluto lo que declaman Marchais-Lajoinie y sus respectivos corifeos, ni las peroratas de los dimisionarios, expulsados o escindidos anteriores, del tipo de Juquin, Fiszbin y demás Tillon. Ninguno de ellos ha sido nunca comunista; stalinistas, sí, ¡y con qué meneos obscenos y serviles! Además, porque solo se distinguen por su marrullería, su elocuencia y demás zancadillas, sus palabras no pueden tener otro designio que conservar puestos de mando, acceder a ellos o lavarse de graves felonías políticas anteriores. Por último, argumento decisivo, porque en este caso, mucho más que en otros, la lucidez requiere, entre otras cosas, una honradez que todas las personas en cuestión han tirado por la borda para ser lo que son o lo que fueron.

Dicho de manera más cruda y sucinta, el problema del Partido viene de que, desde mucho antes de 1936 (en realidad, 3 o 4 años después de su creación en 1921), es una gigantesca estafa ideológica en cualquiera de sus manifestaciones y, orgánicamente, una guarida de arribistas, con excepción —aunque no siempre— del cotizante de base, engañado como un pardillo.

Una década u otra, la estafa tenía que perder rentabilidad. Demasiado tiempo ha cotizado alto en la bolsa de valores politiqueros. No se trata precisamente del partido francés solo, sino de todos y cada uno de sus semejantes, de modo que lo que con razón se afirma de uno vale igualmente para todos, y ello aunque la agudeza de los síntomas de descomposición esté desigualmente repartida entre ellos. El Partido francés no ha inventado ninguna estafa particular. Ni peor ni mejor que sus colegas, ha sido una caja de resonancia del epicentro: el Partido-Estado ruso. Esa es la verdad desnuda, ni más ni menos. Que Rusia sea un país socialista, obrero, revolucionario, democrático, protector de los oprimidos y qué sé yo qué más, es una pérfida mentira que se hace cada año más patente. Está de hecho tan desacreditada que incluso los dignatarios de todos los partidos saben que esa mentira pierde eficacia como engañabobos, como medio de reclutamiento y de encuadramiento paramilitar, que es lo que venía siendo desde mediados de los años 20.

Por eso hacen ahora de estribo al capitalismo rival de su propia matriz capitalista y se esfuerzan por hacer muecas humanoides. Y es que están muy lejos de sentirse tranquilos en cuanto al porvenir de su madre nutricia. Más particularmente, sucede —acontecimiento grave y de mal agüero para ellos— que cuanto más se sabe de Rusia y de sus calcos, más fuerte es la repugnancia que inspira. La mentira retrocede ante la realidad. Para servir a esa mentira todavía pueden encuadrarse funcionarios venales, pero la clase obrera ya no se deja engañar de verdad.

Disputas, palabrería, insultos, calumnias, rupturas, expulsiones, etc.: todo responde a la misma necesidad para los mandamases del Partido, a saber, qué grado de identificación o de distancia adoptar respecto de Rusia, al menos en apariencia. Se pelean entre ellos por la dosis que mejor conviene, en un sentido o en otro, a su razón social. Y chocan con esta realidad: ninguna dosis les conviene del todo. Demasiado cerca del Kremlin, toda la aversión que este inspira recaería sobre ellos; demasiado lejos y «críticos» con él, perderían las ventajas financieras, de desplazamientos y de maniobras transfronterizas que les permite (con largueza) su afiliación al segundo bloque imperialista. Perderían así el favor, aun declinante, que todavía sacan del capitalismo de Estado ruso disfrazado de socialismo. Podrían desprenderse de este si lograsen ganarse la confianza del imperialismo occidental. Pero para ello habrían tenido que romper mucho antes el collar del imperialismo oriental.

El partido francés (y todos los que están bajo la obediencia del Kremlin) ha prestado al capitalismo occidental servicios mucho más importantes que los prestados por los falsos socialistas desde 1914. En efecto, fueron ellos quienes impidieron y reprimieron la revolución proletaria a partir de 1923; ellos también quienes reavivaron la defensa nacional durante la segunda guerra mundial y, al final de esta, ellos todavía quienes empujaron a la clase obrera a la reconstrucción capitalista. Hasta entonces, los gobiernos occidentales, agradecidos, aplaudían unánimemente1. Pero en seguida se vio que el Partido (todas las nacionalidades confundidas), aun prestando servicios decisivos para la existencia del sistema y otros menos espectaculares pero no menos indispensables para su rutina funcional, trabajaba para los intereses materiales y estratégicos, inmediatos y futuros, de su imperialismo. Digámoslo sin rodeos: los gobiernos de nuestras latitudes temen las actividades del Partido como quinta columna, no porque actuaría a favor de la clase obrera y de la revolución, sino más bien a favor de Moscú.

Ahora bien, semejante situación conviene tanto menos a los líderes en funciones cuanto que la naturaleza capitalista y reaccionaria del sistema económico y del régimen político rusos se hace cada vez más evidente. Por zoquetes que sean, la aritmética les salta al cerebro: las ganancias obtenidas por la obediencia a Moscú ya no compensan las pérdidas que esa misma obediencia les inflige. La descomposición es entonces inevitable. Disponen todavía de un gran aparato y de muchos recursos financieros dentro del país y fuera de él; además, conservan una buena capacidad de maniobra por medio de los sindicatos que les están enfeudados. Con eso podrán sin duda frenar el desmoronamiento, pero no evitarlo, porque ya no tienen los medios, hagan lo que hagan.

Otro factor obsesiona las cabezas, mucho más calculadoras que pensantes, de los líderes: el porvenir de Rusia, no ya como mito o mentira monstruosa, pues está acorralada, sino como simple potencia imperialista. Conocen mejor que muchos otros la relación de enemigos mortales que existe entre el Partido-Estado ruso y los millones y millones de trabajadores de la industria y de la agricultura. No ignoran que un enfrentamiento generalizado podría instaurar un poder revolucionario que hiciera pedazos la potencia imperialista y falsa unión de las falsas repúblicas falsamente socialistas y soviéticas. Esa eventualidad, que sería gloriosa para el proletariado mundial y para los revolucionarios, la perciben los amigos del Partido en el mundo entero como su sentencia de muerte. Lo cual da idea de hasta qué punto su fuero interno está acosado desde hace años por la descomposición, lo que la hace todavía más irremediable en el plano organizativo.

El papel de los revolucionarios en esta coyuntura tan importante consiste en acelerar la descomposición del Partido anticomunista. Para ello hay que poner en claro la enorme acumulación de razones que la determina y que la ha preparado durante decenios, así como el porqué de sus repercusiones beneficiosas para la lucha comunista del proletariado mundial.

Nota. Este artículo se reimprimió sin cambios, con la indicación «(ALARME, DEC.87)», en Alarme, n.º 43-46, enero-diciembre de 1989 (págs. 11-13 del PDF de ese número); no damos aparte esa reimpresión.

  1. A la muerte de Thorez, su hijo recibió de De Gaulle un telegrama de pésame por los «grandes servicios» prestados por su padre a Francia, es decir, a la explotación del proletariado nacional. (Nota del original.) ↩