Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (pág. 17). PDF del número completo · Texto original en francés
Ligachov, la sombra del número uno de todas las Rusias, se ha estrujado el cráneo para sacarnos otra vez el «culto a la personalidad» como «causa de los errores de los años treinta». Unos errores que costaron la vida a varios millones de hombres, asesinados de un tiro en la nuca o por agotamiento en los campos de trabajos forzados. Pero, ni que decir tiene, el segundón no iba a decir (aunque lo sabe) que esos ríos de sangre se derramaron para ahogar la revolución en Rusia y para poder impedirla dondequiera que surgiese. Esa es la única causa material eficiente de lo que modeló las características económico-policiacas del Partido-Estado, así como de lo que en su día desencadenó la exaltación admirativa y agradecida de la casta burocrática por su amado maestro: STALIN.
Ahora esa casta, que husmea cierto peligro, quema archivos del KGB (el rumor corre por Moscú y la gente lo cree). El humo de los expedientes en que están consignados los horrores de la contrarrevolución: he ahí el incienso más voluptuoso para las narices de Stalin y de sus criaturas vivas.