Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (pág. 3). PDF del número completo · Texto original en francés

Los telespectadores han podido admirar la cara risueña del célebre Walesa mientras depositaba, acompañado del vicepresidente de Estados Unidos, Bush, una corona de flores en Varsovia ante el monumento a los obreros asesinados en 1970. El segundo de Reagan, sacándose del bolsillo una banderita de «SOLIDARNOSC», la colocó ostensiblemente sobre la corona. Detrás de Walesa y los suyos, que acababan de banquetear con George Bush, la Iglesia polaca y —¿quién lo ignora?— el propio Vaticano. Detrás de todos los comensales, presentes o ausentes, Jaruzelski y su Vaticano particular, el Kremlin, que habían dado su permiso, pero también el Pentágono de Washington, que había aportado su aval.

Ese lenguaje es luminoso: el homenaje de la corona, por no hablar de los tratos entre bastidores, no iba dirigido a los asesinados que habían asaltado los locales del Partido-Estado, sino a quienes en 1980-81 impidieron que la revuelta general del proletariado culminara en la toma del poder. Las misas papales de antaño derribaron a la clase obrera, que había logrado poner al partido dictador en estado de descomposición. Ahora Solidarnosc y sus despreciables curas están a las órdenes del Partido, y aunque hablen de decir no en el referéndum, será sí, porque las relaciones entre el poder y la Iglesia son excelentes.

El camino está claramente trazado para la próxima ofensiva del proletariado: ¡Abajo el Partido-Estado capitalista! ¡Abajo Solidarnosc y todos los sindicatos! ¡Abajo la Iglesia! ¡Viva el armamento y el poder comunista de todos los trabajadores!