Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 22-23). PDF del número completo · Texto original en francés

En mayo de 1980, unos motines antigubernamentales son reprimidos a sangre y fuego por los paracaidistas, que causan más de un millar de muertos tras el golpe militar que llevó al poder al general Chun Doo Hwan, con el general Roh como brazo derecho.

El 18 de mayo de 1987, en el aniversario de aquellos motines de Kwangju, se producen enfrentamientos en 11 campus universitarios de Seúl; los estudiantes reclaman que se reanude el proceso de democratización interrumpido por el presidente Chun y las «fuerzas del orden». El 13 de junio, 350 estudiantes se atrincheran en la catedral de Myongdong. La población los apoya y los abastece; la policía duda en intervenir. El 26 de junio, el partido de oposición del señor Kim organiza una marcha por la paz que provoca violentos enfrentamientos en Seúl y en otras 36 ciudades (573 policías heridos, 39 comisarías y vehículos policiales quemados). Al día siguiente, el gobierno llama a la calma y se declara dispuesto a «escuchar el deseo popular»; así, el 29 de junio el Partido de la Justicia Democrática (gubernamental) anuncia una reforma constitucional para ese mismo año, y el señor Roh, candidato designado para suceder al presidente, declara haber pedido al gobierno que la reforma permita elegir al jefe del Estado por sufragio universal.

Agosto del 87: esta vez es el proletariado surcoreano el que se pone en huelga, reclamando aumentos de salario, la supresión de las horas extraordinarias y el reconocimiento de los derechos de los trabajadores, entre ellos la creación de sindicatos independientes. Hasta ahora es imposible hacer huelga sin infringir la ley; en efecto, son las autoridades las que deciden la legitimidad de una reivindicación, y después unos procedimientos de conciliación y arbitraje cierran a cal y canto el proceso. El 15 de agosto las huelgas se han extendido; los mineros saquean las ciudades atacando los domicilios de los mandos; el gobierno amenaza con intervenir contra las huelgas, amenaza que quedará sin efecto. Así, algunos patronos aceptan, no sin despecho, negociar con los sindicatos «libremente» constituidos y dan satisfacción a los huelguistas en cuanto al aumento de salarios, lo que lleva a la vuelta al trabajo el 17 de agosto.

En los barrios obreros de Seúl se lee el llamado periódico de los trabajadores, cuyo primer número salió el 15 de agosto y que unos meses antes habría sido considerado un libelo incendiario y confiscado en el acto. En el metro, vendedores ambulantes ofrecen libros sobre Kim Dae Jung, uno de los dirigentes de la oposición y bestia negra del régimen de Chun. Hasta la televisión, medio sometido a las exigencias del poder y a la glorificación del presidente, adopta otra actitud en sus programas. Da regularmente la palabra a las personalidades de la oposición, que preparan ya las elecciones para final de año.

Es un proceso de paso de una dictadura odiada y gastada a un régimen llamado democrático. Se ha visto muchas veces, y una de las más significativas ha sido España, de Franco a Felipe González en diez años. Cuando cae una dictadura bestial, la clase obrera y todo lo que no es abiertamente reaccionario se alegra y canta victoria, pero en realidad la victoria es para las fuerzas capitalistas, de las que los partidos y los sindicatos llamados democráticos son factores integrantes. De hecho, la mejor de las democracias constitucionales es también una dictadura del capital. Los trabajadores surcoreanos van a aprenderlo muy pronto.

Entonces, proletarios, con el fin del régimen de Chun, ¿se habrá acabado para vosotros el consumo (salario) según la cantidad y la calidad del trabajo que suministráis? ¿Se habrá acabado el principio de restringir vuestros gastos de existencia a lo justo indispensable para reponer vuestras fuerzas físicas e intelectuales, agotadas en el trabajo? ¿Se habrá acabado la sacralización del buen trabajador obediente y orgulloso de su obra?

¡Democracia, y un cuerno! Porque todo eso, y más, seguirá, y esta vez lo defenderán contra la clase obrera los líderes de la oposición y los sindicatos.

Proletarios coreanos, para que vuestra lucha no resulte una derrota que os desmoralice y os deje a merced de los explotadores por mediación de los partidos y sindicatos «democráticos», tenéis que atacar las bases de la explotación, tomar en vuestras manos la totalidad de la economía y del poder político, organizar la producción de manera que se acabe con las clases; en una palabra, tenéis que destruir la sociedad capitalista. El proletariado es la única fuerza capaz de hacerlo, porque está en contradicción absoluta con el capital y es su víctima constante.

Hoy existe todo lo necesario para permitir el pleno desarrollo de cada uno, pero para ello hace falta una lucha a muerte contra el capitalismo y sus vacas lecheras, y no un arreglo de las condiciones de explotación, que es lo que representa en la actualidad la democracia burguesa. La única solución para la humanidad es internacional. Y con ese fin, una primera tarea de los proletarios surcoreanos consiste en denunciar la dictadura del capitalismo de Estado en Corea del Norte, presentada hipócritamente como socialista. Hay que proponer un combate simultáneo a los proletarios del Norte. ¡Abajo esa división impuesta por las rivalidades interimperialistas! ¡Barramos por las armas todo lo que se opone a la emancipación proletaria, a la desaparición de las naciones, de las clases sociales, del Estado!

¡Guerra de clases mundial!