Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 14-17). PDF del número completo · Texto original en francés
Mirad esas moscas abalanzarse sobre un osario y embriagarse con su olor pestilente. Franceses, chinos, ingleses, saudíes, rusos, japoneses, kuwaitíes, alemanes, italianos, norteamericanos, austriacos: buen número de intereses capitalistas están presentes, a la luz del día y entre bastidores, en el conflicto iraní-iraquí y en su prolongación en el golfo Pérsico. Hasta el hampa italiana, aliada con industriales, saca tajada y aprovecha los envíos de armas a Irán para importar droga en los barcos de vuelta. Todos intentan ganar o conservar posiciones económicas y estratégicas más o menos mezcladas con intereses sórdidos y mediocres. La situación parece inextricable, y la ambición capitalista, sin límites. Del mafioso al ministro necesitado de un prestigio que se mide por el número de rehenes liberados, de la maraña de las economías nacionales competidoras a los manejos de los servicios secretos, el mundo capitalista es uno solo, omnipresente en el planeta y en las relaciones dominadas por la ley del beneficio. Este hecho es ineludible, a menos de creer en una justicia capitalista por encima de toda sospecha, cosa que desmienten regularmente sus propios magistrados, justicia que pretende hoy distinguir mediante comisiones de investigación los envíos de armas «limpios» de los envíos de armas «sucios». Pero sobre todo la omnipresencia del capitalismo es ineludible, a menos de ceder a las tesis maniqueas de los ayatolás iraníes, que designan como únicos enemigos de la humanidad al gran y al pequeño Satán, Estados Unidos y Rusia.
Es cierto que la rivalidad interimperialista domina el mundo capitalista y que la estrategia norteamericana consiste en hacer todo lo posible para impedir que Rusia vuelva a hacer pie en Oriente Medio, aun a costa de modificar y volver a modificar los métodos para devolver a Irán a las órdenes de la Casa Blanca. Entre el Irangate, es decir, la venta encubierta de armas a Irán por Estados Unidos, y la intervención antiiraní de la flota norteamericana, se afirma una misma voluntad capitalista de dominación contra todo riesgo de desestabilización de la región. Para medir ese riesgo, recordemos que Kuwait, a fin de proteger sus petroleros amenazados por Irán, emprendió en 1986 serias gestiones ante Rusia y fingió así un cambio de alianzas en detrimento de Estados Unidos. Pero eso prueba una cosa. Si la rivalidad interimperialista es dominante, los demás intereses capitalistas, lejos de dejar de existir, se ajustan en torno a ella, y siempre, no hay que olvidarlo, gracias a la explotación del proletariado, sin la cual esos mismos intereses no podrían existir. Por consiguiente, la contradicción fundamental de la humanidad sigue siendo la que opone el Capital al Trabajo asalariado, y su resolución, reclamada entre otras cosas por el despilfarro humano del golfo Pérsico, no podría venir del Corán y de sus fieles que se proclaman antiimperialistas. Solo la acción revolucionaria del proletariado mundial puede aspirar a esa resolución y sancionarla en la práctica.
A esa acción, y solo a ella, debemos dar fuerza y razón en la niebla de los acontecimientos del Golfo.
Hoy Francia e Inglaterra intervienen, de manera timorata, al lado de Estados Unidos contra Irán. Pero este es el principal proveedor de petróleo de Francia, que le vende armas en secreto, igual que se las vende abiertamente a Irak. Irak, a su vez, se abastece también de armas en Rusia, pero aplaude la intervención occidental. Rusia propone tratados de amistad a Irán, que sin embargo no se privó de liquidar físicamente al partido Tudeh, o sea, al partido prorruso iraní. Por último, Kuwait y Arabia Saudí hacen y deshacen en el mercado del petróleo contra Irán y Rusia; y hemos visto que el acercamiento entre Kuwait y Rusia no era imposible. Podríamos citar también los envíos de armas chinas a Irán y a Irak, pero bastará un gran etcétera. En semejante revoltijo ni una cerda reconocería a sus lechones, por mucho que los creyera en peligro de muerte. ¡Y el problema es tanto más inextricable cuanto que el proletariado mundial se niega a plantarse en medio del asunto y a afirmarse revolucionariamente! ¡Y cada cual da su explicación fantasiosa, cuando no mentirosa, en provecho de tal o cual nación! Que surja un riesgo de conflicto generalizado, poco importa que sea real o no, y el mundo entero pide al capitalismo que no sea lo que es y que exhiba relaciones sanas y límpidas, con bellos tratados inviolables o bellas alianzas sin componendas. Que surja un riesgo de conflicto generalizado, y el caos se instala en las mentes que intentan explicarse de otro modo que por la ambición capitalista unas relaciones económicas complejas, precisamente por el dominio de las dos superpotencias. En fin, que estalle el conflicto mismo, y el capitalismo mundial queda sepultado en los pensamientos bajo el dominio satánico o angélico de tal o cual bloque, cuando no de los dos a la vez.
Tal es la vena de las declaraciones hipócritas y de los análisis capitalistas que pretenden asustarnos o apaciguarnos. Todos son para tirarlos a la basura, y con ellos los de la ONU, ese consorcio de mercaderes de cañones que pretende poseer una mercancía rara: ¡la paz! Todas esas declaraciones no pueden significar más que una cosa: ¡TEMBLAD, PROLETARIOS! Ante los ayatolás fanáticos, los maleantes, la fuerza de disuasión yanqui, los solapados pesqueros espías rusos y los reyes del petróleo. ¡Temblad! Por la paz, la libertad, la democracia, la nación, el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, y por qué no por esa identidad etnorreligiosa tan apreciada por los neofascistas de la nueva derecha europea: todo vale, proletarios, para pacificaros, a fin de que la realidad de un mundo dividido en naciones se imponga a la realidad de un mundo dividido en clases sociales. Ahora bien, es precisamente esta segunda realidad la que el dominio tumultuoso de los dos grandes bloques acaba por hacer olvidar, enmascarando la naturaleza capitalista de los países llamados antiimperialistas. Por eso, además de que Rusia es tan capitalista e imperialista como Estados Unidos, el proletariado debe tener en cuenta lo siguiente en los acontecimientos del Golfo: las relaciones capitalistas dominan el planeta, y todas las naciones son capitalistas, incluidas las más débiles. Hasta estas últimas pueden tener ambiciones expansionistas y otras de la misma naturaleza, tanto más cuanto que a veces están en condiciones de negociar con el equilibrio del terror establecido por las dos superpotencias en competencia. Ni que decir tiene que esas ambiciones no pueden encarnarse sin una buena dosis de fanatismo nacionalista y antiimperialista en el seno de poblaciones totalmente aplastadas por la competencia económica internacional y, sobre todo, por la ausencia de toda alternativa revolucionaria verdadera que apunte a la supresión del capitalismo en todos los países.
He ahí la podredumbre sobre la que se alzan los nacionalismos belicosos a la manera de Irán e Irak; he ahí la podredumbre de la que se nutre el islam para reinar sobre el mundo árabe y persa, y el mundo capitalista árabe y persa para imponerse gracias al islam. ¡Una religión, un pueblo! ¡Un pueblo, una religión! Tal es la ideología del panislamismo de los ayatolás y del panarabismo del partido Baaz iraquí, que intentan ambos utilizar, con el antiimperialismo bajo el brazo llegado el caso, los intereses estratégicos de Estados Unidos y de Rusia en Oriente Medio. Ciertamente, como se ve hoy en el conflicto iraní-iraquí y en sus repercusiones, esta situación tiene unos límites que las dos superpotencias están en condiciones de hacer respetar en función de sus intereses respectivos, de sus propias ambiciones devoradoras y de su rivalidad dominante a escala internacional. Pero también las poblaciones en guerra, iraníes e iraquíes, están más que probadas por siete años de matanza y de represión interior feroz, inquisitorial, contra el menor espíritu derrotista. Ponemos por testigo, entre otras cosas, las deserciones y las revueltas de poblaciones fronterizas como signos de la exasperación que acompaña al conflicto.
Estos acontecimientos tienen de elocuente para la clase obrera mundial, y de doloroso para los obreros iraníes e iraquíes, que subrayan las consecuencias desastrosas de la ausencia de partidos revolucionarios, verdaderos enemigos de todas las naciones capitalistas y los únicos capaces de transformar el derrotismo de desgaste que acompaña a la guerra en un derrotismo por la revolución socialista mundial.
Pero estos acontecimientos dan también el tono del internacionalismo proletario al poner de relieve la mugre capitalista, los límites y, en definitiva, la inexistencia del famoso derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, ampliamente ilustrada por el conflicto iraní-iraquí y su anclaje en la rivalidad interimperialista. En efecto, ese derecho, reivindicado principalmente por Irán, ya no puede visualizarse de otro modo que por esas oleadas humanas que disponen de sí mismas sobre campos de minas, para mayor gloria de Dios, zarandeadas entre el Kremlin y la Casa Blanca. Es muy cierto que Estados Unidos presiona hoy a Irán, que amenaza con desestabilizar la región en provecho de Rusia. Sí, los mercaderes de cañones occidentales se llenan los bolsillos. Muchos lo dicen, vilipendian al capitalismo occidental, omiten los chalaneos de Rusia y solo mencionan con la boca pequeña el compromiso militar iraní. Ciertamente, las grandes potencias occidentales han amagado con prender fuego a la pólvora o amenazan con hacerlo. ¿Y qué? ¿Podemos contentarnos con esas medias verdades, que constituyen de hecho medias mentiras cargadas de capitulaciones ante el bloque ruso e Irán? ¡No! Porque debemos remover el obstáculo que se opone a la subversión generalizada, poniendo en evidencia la urgencia de la revolución comunista mundial por un mundo sin clases y, por tanto, sin fronteras.
Basta de lástimas, reaccionarias en sordina, ante las naciones débiles o supuestamente tales. Basta de concesiones al nacionalismo, basta de fábulas en torno al derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, negadoras de todo progreso social y peores falsificaciones del internacionalismo proletario.
¡Contra la guerra Irán-Irak, contra el nacionalismo y el islam que esclavizan al proletariado! ¡Contra todas las naciones, contra el capitalismo mundial, su competencia económica devastadora y sus ejércitos!
¡Contra la paz de los cementerios y la paz social!
La divisa internacional debe ser:
¡Proletarios de todos los países, uníos!
¡Naciones y pueblos oprimidos, callaos!
¡Armas, poder, economía al proletariado!
Agosto del 87