Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 26-28). PDF del número completo · Texto original en francés
El fracaso de las elecciones del pasado 29 de noviembre en Haití ha suscitado en todo el mundo la indignación y la reprobación de la gente demócrata. Este fracaso, provocado por el Consejo Nacional de Gobierno, compuesto en sus tres cuartas partes por militares y presidido por el general Namphy, ha permitido percibir un poco en todas partes el estremecimiento reaccionario de los cantores más o menos declarados del parlamentarismo y de la soberanía popular. Ni que decir tiene que no mezclaremos nuestras voces con las de los chacales que han lamentado este fracaso electoralista, por la razón que sea.
Desde la caída de Duvalier en febrero del 86 se estableció un consenso nacional para poner el poder en manos del ejército, que aparecía como la única fuerza ya organizada y capaz, por ello, de asegurar el buen funcionamiento social y económico del país. La situación social se había vuelto explosiva, y la marcha de «Baby Doc» fue alentada por Estados Unidos, que prefería orientar el país hacia la «solución democrática» para no perder el control sobre él, entregado como estaba a la cólera de las masas. Edulcorado con algunos civiles, el CNG debía dar así la ilusión de que se tendrían en cuenta las aspiraciones populares, de que quedarían garantizadas las aspiraciones del pueblo a una democratización de las costumbres políticas y sociales. La Iglesia católica aportaba su piedra a ese hermoso edificio de «liberalización» alentando a la junta con sus letanías antiduvalieristas, contra un régimen que, sostenido durante cerca de treinta años por Estados Unidos, se había vuelto tan insoportable para la población como para la clase dirigente haitiana.
Desde febrero del 86 se ha elaborado una nueva constitución que se propone la Democracia como sistema político, con todas las «libertades» concomitantes a esta forma de funcionamiento y de representación social: libertad sindical, oposición legal, libertad de prensa, justicia social, etc. Este guion clásico de sustitución de una dictadura que se ha vuelto molesta o incapaz de resolver sus problemas internos llevaba en sí el germen, hoy prolífico, de un desvío de la lucha de clases del proletariado haitiano hacia el encierro en la mistificación electoral, en el sindicalismo y en el diálogo legalista para la salvaguardia del Pueblo. Hacia ese objetivo reaccionario se ha volcado la clase obrera, y ese blanco ilusorio es el que la ha expuesto a las matanzas del 29 de noviembre.
Una clase obrera que lucha cuando no existen organizaciones capaces de frenarla y traicionarla se convierte en una clase peligrosa para el conjunto de quienes tienen interés en perpetuar el orden capitalista y preconizan el cambio de la forma política de su dictadura económica. Ni la nueva constitución ni la perspectiva electoral habían conseguido reducir el entusiasmo del proletariado haitiano, convertido bruscamente de nuevo en protagonista esencial de la tensión social: fueron numerosos los intentos de los aparceros de apropiarse de tierras, las liquidaciones sumarias de tontons macoutes, mientras las reivindicaciones salariales y las exigencias de libertades políticas se desarrollaban sin barreras. Vuelta incontrolable, había que devolver lo más rápidamente posible a la clase obrera a un carril en el que su combatividad quedara canalizada hacia un fin común a todas las clases: el respeto del proceso democrático y la «desmacoutización». La actitud del CNG, que oponía a las huelgas y manifestaciones la represión y el asesinato a manos de un ejército ampliamente pertrechado por Estados Unidos y Francia, debía canalizar la rabia de los explotados sensibles a los cantos de sirena de la oposición y de la Iglesia.
El 19 de junio, la Central Autónoma de Trabajadores Haitianos, con unos 150.000 afiliados, lanzaba una orden de huelga general para el 22 y el 23 de junio. Este llamamiento fue denunciado de inmediato por todos los componentes políticos, incluido el Partido Unificado de los Comunistas Haitianos, mientras los demás sindicatos, poco deseosos de exhibir un radicalismo suicida, unían sus voces a las de los partidos: «¡primero las elecciones!». Pero, para sorpresa general, la huelga fue un éxito y se puso abiertamente contra el CNG, que la había prohibido, reclamando su destitución. Ante el éxito del movimiento, que paralizó numerosas ciudades, entre ellas Puerto Príncipe, las organizaciones políticas y los sindicatos se apresuraron a cambiar de chaqueta: el Congreso de los Movimientos Democráticos y el Partido Nacional Progresista creaban un comité de coordinación de 57 organizaciones que llamaba a su vez a dos jornadas de huelga general el 29 y el 30 de junio, jornadas que confirmarían la voluntad de los explotados haitianos de vérselas con la junta en el poder. Inútil decir que esta nueva huelga convenía a todos los opositores de Namphy, sencillamente porque les permitía ser creíbles, pero, sobre todo, porque les permitía desviar la violencia de clase de los manifestantes hacia la vía del legalismo y de la reivindicación democrática capitalista.
La tensión social había de durar cerca de un mes, ensangrentada por una represión salvaje, por matanzas de poblaciones a manos del ejército y de los tontons macoutes, cuyos intereses se confunden con los del lobby económico haitiano. Ni que decir tiene que esas matanzas no suscitaron entre los «progresistas» haitianos e internacionales más que las habituales lamentaciones legalistas, que ataban las manos a los proletarios y los entregaban a la venganza del capitalismo haitiano e internacional.
Desde la caída de «Baby Doc», muchos proletarios creyeron que su situación iba a evolucionar positivamente, ilusión nacida de su propia fuerza y de las perspectivas que entonces parecían abrirse. Pero la realidad de la división de la sociedad en clases no puede acomodarse hoy a medias tintas y a ilusiones que, aunque sean inevitables y aparezcan en el proceso de la lucha, no por ello dejan de ser trabas para la consciencia revolucionaria del combate por el comunismo. A este respecto, la represión salvaje que oficia el CNG, tan atraído por el poder como la clase política haitiana, es con todo una represión aceptada por la clase dominante, que ve en él el único garante del orden y, por tanto, de la perennidad del beneficio y de las medidas necesarias para aumentarlo: reducciones de plantilla en los ingenios azucareros y en los servicios públicos, recorte del gasto público, congelación de salarios, etc. Pero esta represión física no supera en nada a la represión ideológica que hace estragos como la peste en Haití: convertir al CNG en chivo expiatorio de las contradicciones sociales y de la miseria local, poniendo por delante la necesidad de una democracia «popular» o burguesa, es mucho peor que los desmanes militaro-macoutes. Ese papel asqueroso es el que han asumido todas las fracciones políticas «socialistas» (Conacom), stalinistas y maoizantes (PUCH, Asamblea Popular), los sindicatos y la Iglesia, todos portadores de consignas que no buscan sino debilitar la lucha proletaria y reforzar la dictadura capitalista: reforma agraria, defensa de la economía nacional, parlamentarismo, soberanía del pueblo, antiimperialismo limitado solo a Estados Unidos, etc.
La influencia de la Iglesia católica cubre por sí sola el inmenso foso que debe salvar la lucha por la abolición del trabajo asalariado, única perspectiva realista desde hace cerca de un siglo para acabar con la miseria relativa y absoluta que destruye a la humanidad un poco más cada día. En efecto, numerosas capas de pequeños campesinos, de obreros agrícolas, de lumpenproletarios, de parados, han visto nacer y afirmarse su consciencia política en el seno de estructuras que la Iglesia ha creado para organizarlos, instruirlos y vigilarlos, afirmando al mismo tiempo su papel «caritativo» de sumisión de las masas míseras a la mendicidad organizada, a la creencia religiosa en su liberación por la no violencia, la fraternidad popular y la providencia divina.
Este poder de mistificación se ve además acentuado por el cisma que existe entre la jerarquía católica, que rechaza toda politización de su acción, y su fracción más radical, que se quiere Iglesia popular de clase. No es de extrañar que el padre Aristide, cantor de la «pequeña Iglesia», se haya convertido en el opositor más popular al CNG en Haití. De hecho, tras la fachada de una seudopráctica de clase, es vital para la clase obrera haitiana e internacional comprender que la lucha de clases, en el sentido en que la afirman el padre Aristide y sus colegas del ministerio divino, no es más que la contrapartida del stalinismo, ¡la antítesis de cualquier emancipación humana y bien terrenal! En el mismo espíritu, es del todo comprensible que los «teólogos de la liberación» lleguen a denunciar el imperialismo norteamericano del Norte, descargando sobre este y sobre su diktat económico en Haití la furia de sus ovejas. Tras esta nueva estafa de liberación nacional-religiosa se encuentra emboscada la mano de la ideología stalinista, a la que el trotskismo internacional tiende la suya, en Nicaragua como en El Salvador, en Vietnam como en Occidente, donde no dejan de apoyar e influir en las luchas de «liberación nacional», la «autodeterminación de los pueblos», las paparruchas sobre el carácter progresivo de las revoluciones «anticolonialistas», y dando su aval a Rusia y a su nacionalismo bestial como imagen del socialismo.
Esta ideología nauseabunda, que relega la destrucción de las fronteras al rango de la superstición, no puede sino quebrar la lucha de clases real, la que lleva a los explotados a la subversión social para acabar con la bajeza de la explotación del hombre por el hombre.
Así, sea cual sea el resultado de las futuras elecciones, si llegan a celebrarse (y en tal caso tendrá que aparecer claramente una coalición política capaz de asumir el mantenimiento de la explotación de clase y de beneficiarse entonces del apoyo de Estados Unidos para desalojar a la junta), marcará el nacimiento de un consenso social que mezclará a antiguos macoutes, grandes propietarios y capitalistas, militares, sindicatos y demócratas con el proletariado, para quebrarlo forzándolo a sudar la plusvalía nacional, pero en... el júbilo de la «fraternidad» recobrada.
¡No! La clase obrera solo deberá su salvación a la afirmación de sus intereses de clase explotada:
Los proletarios haitianos deben armarse tanto para defenderse de los escuadrones macoutes y del ejército como con vistas a imponer su fuerza de clase para reducir a la nada a quienes quieren encadenarlos a los «intereses superiores de la nación». Armarse también para cortar de raíz cualquier intento de que broten grupos de «liberación nacional», aptos tan solo para sembrar el terror entre los explotados que quieren acabar con la explotación, el nacionalismo y la dictadura del Estado.
La clase obrera debe rechazar toda reforma agraria (que no hará más que multiplicar los pequeños propietarios aferrados a «su parcela de tierra») y afirmar, por el contrario, su derecho a apropiarse de la tierra, las fábricas y los servicios públicos para someterlos a la producción de sus propias necesidades.
El proletariado haitiano debe exigir la incorporación de todos, parados incluidos, a la producción, reduciendo a la vez la duración del trabajo y distribuyendo a los más desposeídos las existencias de bienes sociales disponibles.
La clase obrera debe apelar a la solidaridad de clase del proletariado internacional, y en primer lugar del de Santo Domingo, fronterizo con Haití, para romper el aislamiento de sus luchas.
Pero para llegar a desarrollar semejante eje de lucha, los explotados haitianos tendrán que destruir los sindicatos y partidos políticos que quieren mantenerlos bajo el yugo del trabajo asalariado; deben crear sus propios órganos de lucha mediante asambleas generales, imponiendo la revocabilidad inmediata de los mandatarios y promoviendo así una forma de representación acorde con una perspectiva anticorporativista y antinacional del combate de clase.
Atacando la plusvalía capitalista y su acumulación mortífera es como puede resolverse de manera satisfactoria la suerte de los proletarios haitianos. Parte del problema del conjunto de la clase obrera, la necesidad inmediata de la revolución comunista es lo único que está al orden del día: solo ella permitirá acabar con la miseria social que devora el planeta, rompiendo este infecto mundo mercantil y sus anacrónicas fronteras geográficas y de clase. ¡Lo demás, legalismo, nacionalismo, democracia o fascismo, es anticomunista!
Diciembre del 87.