Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 12-13). PDF del número completo · Texto original en francés
La pasada primavera, Italia conoció una movilización y una actividad proletaria relativamente intensas, con huelgas en el sector público y numerosos paros en el privado.
La originalidad de estos conflictos residía en la creación espontánea de Comités de Base al margen de los sindicatos, comités en cuyo origen se encontraba el cuerpo docente italiano. Estos comités pusieron abiertamente en cuestión los convenios entre sindicatos, gobierno y patronos negociados a costa de la clase obrera (¿quién lo dudaba?) para someterla a las necesidades del capital nacional: flexibilidad, reducción de plantillas, regulación de los aumentos salariales, etc. La iniciativa del cuerpo docente constituía el eje organizativo que numerosas luchas habían de seguir.
Segundo punto interesante: los sindicatos de todas las tendencias fueron rechazados, así como su participación en las huelgas. Estos dos puntos, comités de base y rechazo de los sindicatos oficiales, permiten pensar que la experiencia de la autoorganización no es un fenómeno aislado en Europa (al menos como tendencia) y que la mistificación de los aparatos sindicales tiende a resquebrajarse cada vez más.
Desde el «Mayo rampante» de 1969,1 en el que los sindicatos italianos se vieron completamente desbordados mientras surgían las asambleas de trabajadores y los primeros comités de base, la clase obrera de Italia apenas se había manifestado con tanta voluntad y en tan gran número, de nuevo con el afán de volver a tomar en sus manos las riendas de la lucha. En esa perspectiva comenzó en julio la huelga de los maquinistas de tren, quienes, apoyándose en el ejemplo francés del invierno pasado, creaban una coordinadora nacional de maquinistas. Esta coordinadora organizaba en septiembre y octubre huelgas de un día que seguían masivamente los… maquinistas, lo que provocaba una casi paralización ferroviaria. Este estado de cosas tenía que engendrar, desde luego, una respuesta sindical (¿han dicho «rompehuelgas»?) que no se hizo esperar: recuperación del control de las tropas en la base, comités y asambleas de base artificiales, llamamientos a la huelga; el dirigente de la UIL se hacía incluso eco enternecido de un proyecto de ley que restringía el derecho de huelga. Y para rematar la sucia faena, los delegados de base demostraban su capacidad para devolver a los proletas a sus «queridos» sindicatos responsables, previniendo una verdadera autoorganización de clase que, justamente, solo puede afirmarse contra los sindicatos, mediante su destrucción pura y simple.
En ese sentido se inscribe la huelga general del 25 de noviembre, a la que habían llamado las tres grandes centrales sindicales y que fue un éxito. Desde la vuelta de vacaciones, la misma tendencia a la creación de comités de base, con su posible generalización, prevalecerá en los transportes, los aeropuertos y los servicios públicos, pero no hay que hacerse ilusiones por ello: si una vez más el trabajo de recuperación orquestado por las direcciones sindicales y por los delegados de base «radicales» y combativos da sus frutos, es porque el propio proletariado italiano está abierto a la recuperación capitalista.
Conviene precisar aquí que muchos delegados de base, criados con los biberones del trotskismo y del sindicalismo rojo, no tienen la voluntad expresa de reconducir a los proletarios combativos hacia tal o cual sindicato. El deseo de algunos se orienta también hacia la creación de un sindicalismo colocado directamente bajo su férula; en ese sentido, lo que pasa en Italia se emparienta mucho con lo que se produce y se reproducirá en Europa: la desconfianza confesada o larvada respecto del sindicalismo no es su puesta en cuestión como órgano del capital, que equivaldría entonces a poner en cuestión el capitalismo mismo, y eso sin titubeos.
La consciencia de la necesidad de luchar, y de luchar sin los sindicatos, no basta, pues, para sentar los jalones de una lucha de clases revolucionaria: es el contenido de esa lucha lo que determina la validez de la forma que se ha dado. A este respecto, la coordinadora de maquinistas es una buena ilustración, en Francia como en Italia, y más en particular en este último caso, puesto que, al no disolverse tras las luchas de julio, al quedarse confinada en reivindicaciones corporativistas, al no buscar abrirse al resto de la clase, parados incluidos, y al no trazar ninguna perspectiva política, la coordinadora nacional se convierte de hecho en una competidora de las organizaciones sindicales oficiales. Lo que quiere decir que es apta para desviar hacia el sindicalismo a los proletarios asqueados de los sindicatos. La diferencia se sitúa en el grado de credibilidad que el capital concederá a los comités de base y a los sindicatos para seguir asentando su dictadura económica sobre la clase obrera.
La lucha de clases es inherente a las sociedades de explotación, y el nivel de consciencia de la clase obrera de hoy solo puede elevarse mediante una crisis abierta contra la ideología corporativista y de sumisión nacional, mediante una crítica en actos de la explotación que sufre. En Italia como en Francia, la tendencia a la autoorganización, aunque señala un potencial nuevo de comprensión del papel del sindicalismo, no podrá ahorrar al proletariado un replanteamiento de la mezquindad, del egoísmo y de la estrechez de sus reivindicaciones actuales. A los obreros más lúcidos y a los militantes comunistas corresponde activarse en ello, prácticamente, desarrollando una verdadera solidaridad de clase, solidaridad económica tanto como política y social, capaz de romper con la mendicidad sindical y centrada en medidas anticapitalistas:
- menos trabajo, y aumento de los salarios reales;
- autoorganización contra los sindicatos mediante la convocatoria de asambleas generales abiertas a todos, con elección de delegados revocables inmediatamente, rechazo de todos los convenios establecidos por la santísima trinidad patronos-Estado-sindicatos, impulsando reivindicaciones antisectoriales;
- puesta en primer plano de la naturaleza de clase de la lucha del proletariado, lucha política y social contra la explotación asalariada, con la necesidad de la unión para acabar con la miseria social inherente al capitalismo.
La propaganda en torno a este eje de reivindicaciones anticapitalistas es, y no puede ser sino, una actitud diferente de la clase obrera, una actitud antisindical de hecho, que reniega de la naturaleza misma del sindicalismo, de su papel de ojeador ideológico para la supervivencia del capital.
El «Mayo rampante» (maggio strisciante) es el nombre dado en Italia al largo ciclo de huelgas y luchas obreras de 1968-1969, que culminó en el «otoño caliente» de 1969. ↩