Alarme, n.º 37-38, julio-diciembre de 1987 (págs. 9-11). PDF del número completo · Texto original en francés

Los peores procedimientos de explotación de la fuerza de trabajo, los más aborrecidos antaño por la clase obrera, reinan hoy sobre ella sin rival. Empleos temporales y precarios oficializados, ritmos infernales impuestos por la famosa y falsa revolución tecnológica, cronometrajes y controles personalizados, prolongación de la jornada más allá de la duración legal; con un trabajo considerado casi unánimemente como trabajo a destajo: he ahí el presidio asalariado moderno, el de las promesas gubernamentales, patronales y sindicales de ayer. Cada mañana millones de obreros acuden, o esperan acudir, en el caso de los parados, a ese presidio donde domina la ley capitalista de «todos contra todos», para arrancar esas primas de rendimiento o de servilismo hacia la empresa que hay que añadir a los pluses por horas extraordinarias.

Sin el conjunto de esas primas y pluses, además de las «ventajas» corporativistas que los atan a sus empresas, nuestros millones de obreros serían incapaces de asegurarse siquiera techo y comida. Hay que rendirse a la evidencia: la clase obrera trabaja más y gana relativamente menos, y a ese precio absurdo, para ella, puede a veces aspirar al ocio, a la cultura y a las relaciones humanas necesarias, y necesariamente desnaturalizadas por semejante sistema. Cuando decimos que la clase obrera trabaja más y gana relativamente menos, apuntamos a su condición general, pues, por una parte, la reducción de la duración legal del trabajo y, por otra, el enriquecimiento del sistema de primas sobre los salarios parecen contradecir esa condición en cada caso particular. Y el capitalismo, con casos concretos escogidos con lupa, no duda en teorizar y afirmar que se puede trabajar menos o ganar más.

¡Menudo negocio el que encierra esa o! La legislación laboral hace milagros sobre el papel e interpreta a su antojo, a golpe de o quiméricas, una realidad muy distinta. Hay, por un lado, «tucistas»1 a 1.200 francos mensuales obligados a realizar tareas insignificantes y degradantes y, por otro, los obreros de los astilleros de La Ciotat, por ejemplo, que hacen semanas de 70 horas de trabajo; unos y otros subyugados por el miedo al paro. En una palabra, los milagros sobre el papel que se atiborran de progreso social y de libertades individuales significan ganar casi nada o trabajar como una bestia de carga; cosa de la que se da cuenta rápidamente la clase obrera en su conjunto al considerar sus miserables salarios base en relación con las capacidades productivas existentes. Obligada a trabajar más en intensidad y en duración, o a no trabajar en absoluto, la clase obrera no deja de empobrecerse relativamente en proporciones gigantescas. El ridículo de la reivindicación cegetista de un SMIC2 de 6.000 francos (los tucistas no entran) salta a la vista —a condición de dejar de contemplar únicamente la miseria del mundo—, y tanto más cuanto que esa reivindicación solo apunta a una categoría de asalariados. Pero volveremos después a la CGT. Mientras tanto, nos vemos obligados a reconocer que la concertación social, de ayer y de hoy, entre patronos, Estado y sindicatos solo sirve para hacer milagros sobre el papel que constituyen en realidad una adaptación de la economía nacional a los imperativos, reconocidos por todos, de una economía internacional que no deja planear, ella, equívoco alguno sobre su salvajismo. Los obreros deben, en última instancia, someterse… Punto final. Por lo demás, todos los discursos políticos y sindicales terminan así, tras locas digresiones sobre la Libertad y el Progreso.

Por consiguiente, la respuesta de la clase obrera tampoco puede, en la práctica, admitir equívocos, es decir, la falsa libertad de elegir entre la reducción del tiempo de trabajo y el aumento de los salarios. Debe a la vez trabajar menos y ganar más; solo eso condiciona su libertad, y es lo mínimo que puede exigir de los supuestos progresos técnicos. Pero el abismo que separa a la clase obrera de la riqueza social, producida por ella y detentada por los capitalistas, es hoy tan grande que, para ser en definitiva menos explotada, no debe serlo en absoluto. La implicación es clara. El sistema social basado en la compra y la venta de la fuerza de trabajo debe ser barrido inmediatamente por la clase obrera, y solo la consciencia de esa necesidad puede ensanchar y cimentar su lucha de clase contra la explotación capitalista.

Esa necesidad y esa consciencia nos ponen directamente frente a nuestro peor enemigo, el sindicalismo, cuya duplicidad capitalista, aunque sospechada, domina todavía las filas obreras por la ausencia de una oposición revolucionaria consecuente. Esa laguna permite por lo demás a Krasucki y a la CGT, en Francia, mentir groseramente a la clase obrera y declarar, contra lo que esta pudo ver hace un año:

«El otoño pasado, a raíz de iniciativas de la CGT, las luchas de los estudiantes, y luego de los ferroviarios y de los electricistas, con la democracia como denominador común en la manera de conducirlas, abrieron la vía a un curso nuevo». (Le Monde, 9/10/87)

¡Olvidados los piquetes de trabajo «democráticos» de la CGT contra el arranque de la huelga ferroviaria!

Hoy la CGT, ilustrando la campaña electoral del P«C»F, «no dejarse hacer» (?), pretende combatir la renuncia y oponerse, la citamos, a las fuerzas del Capital. ¡Mentiras, una vez más! Es solo la confederación que más ruido hace en torno a sí misma y en torno al partido más anticomunista que pueda existir. Más allá de esa campaña, por la que sacrifica a unas cuantas decenas de militantes, la CGT no tiene nada más que proponer que medidas llanamente capitalistas, que se dirigen más a los patronos y al Estado que a la clase obrera. Todas las resumió así Krasucki en el foro de RMC del 25/10/87: menos especulación y más inversión (pues no, no es Laguiller), y Krasucki recordaba entonces, como buen capitalista, que la riqueza de un país reside en su capacidad para valorizar el trabajo humano, es decir, para explotar lo mejor posible la fuerza de trabajo. Las «fuerzas del Capital», y Lajoinie el primero, debieron de temblar ante semejante temeridad.

Y si seguimos bien el pensamiento de Krasucki, cuyos balbuceos dificultan la tarea, la CGT teme que los obreros renuncien a ser esclavos asalariados durante toda su vida. ¿No es ese el sentido de esta entrevista en Le Monde del 9/10/87?:

«En un sistema así, los asalariados, sea cual sea su cualificación, no son otra cosa que vendedores de su fuerza de trabajo. Pero ¿cómo renunciar sin ser aplastado? ¿Hay que darla gratis, esa fuerza de trabajo?».

Además de que son los sindicatos quienes regatean el precio de la fuerza de trabajo y no los asalariados, el argumento final contra la supresión del trabajo asalariado es tan viejo como el capitalismo, y nos apresuramos a responder. Nuestra fuerza de trabajo debe costar tan cara al capitalismo —y a la economía nacional, a la que nuestras reivindicaciones anticapitalistas amenazan con aplastar— que se imponga una conmoción social a escala planetaria que entregue a la clase obrera mundial todos los instrumentos de producción, destinados en adelante a satisfacer las necesidades y no ya los beneficios. Patronos, Estado, sindicatos, ¿nos darán «gratis» esos instrumentos de producción?

Esa pregunta entusiasmante, que llama a la revolución social y a nuestra dictadura de clase, no pueden planteársela Krasucki y su CGT nacionalista, que se conmueven por el declive de Francia. Están en el banquillo de los acusados entre todas esas fuerzas capitalistas que predican la renuncia a la lucha y la organizan mediante «jornadas de acción» sin pies ni cabeza a las que los obreros combativos ni siquiera responden. ¿Es casualidad que los ferroviarios brillaran por su presencia en el trabajo durante la jornada de acción de la Función Pública del 15/10/87? ¡No! Y más que nunca nuestro deber consiste en ahondar el divorcio entre la clase obrera y el sindicalismo. Pero, lo repetimos, ese divorcio, que hoy existe superficialmente, no podría iniciarse en profundidad sin una fuerte toma de partido por la revolución socialista en el seno de las luchas mismas, a las que dará una capacidad de extensión y una audacia sin límites. Esa toma de partido es la que las vanguardias revolucionarias dignas de ese nombre deben organizar contra el sindicalismo.

¡MENOS TRABAJO Y MÁS PAGA!
¡TRABAJO PARA TODOS!
¡ABAJO LA NACIÓN Y EL TRABAJO ASALARIADO!
¡ABAJO EL SINDICALISMO!
¡VIVA LA REVOLUCIÓN SOCIALISTA MUNDIAL!


  1. Jóvenes empleados en los TUC (travaux d'utilité collective), empleos subvencionados creados en Francia a mediados de los años ochenta. ↩

  2. Salario mínimo interprofesional de crecimiento, el salario mínimo legal en Francia. ↩