Alarme, n.º 39, enero-febrero-marzo de 1988 (págs. 1-4). PDF del número completo · Texto original en francés

«Con la valorización del mundo de las cosas crece en razón directa la desvalorización del mundo de los hombres».1

Karl Marx

La ampliación de la pretensa Comunidad Europea a doce países occidentales, con su proyecto de abolición aduanera en 1992, nos arroja en medio de una situación no nueva, pero sí más acuciante que cualquier otra anterior. Es también, como se verá luego, producto bastardo de la carencia de unidad social vera, revolucionaria y supranacional.

Así como antes la clase trabajadora debía esforzarse en abarcar el ámbito nacional en cada una de sus luchas, en la actualidad el ámbito inmediato va dado por el Mercado Europeo en cualquier ramal económico, en su todo, y por inseparable reflejo en lo político también. Hay que imaginar, a fin de ponernos en condiciones de llevarlo a la práctica, una huelga en las industrias metalúrgicas, del transporte, etc., unánime en los doce países del Mercado en cuestión. Piénsese más allá, en una huelga de todas las actividades, general y de esa extensión. Sería, no ya invencible en cuanto tal, cualesquiera fuesen sus exigencias, sino palanca potentísima para lanzar a la lucha al proletariado del resto de Europa, lo que repercutiría en otros continentes. Y si orientada aposta al corazón del sistema capitalista, podría originar un levantamiento generalizado de posibilidades máximas. Eso y más nos lo ofrece la espontaneidad histórica ya presente.

Se objetará que el proletariado no se encuentra en disposición de emprender cualquier lucha generalizada, no ya en las dimensiones del Mercado Europeo, sino en el propio cerco nacional. Es que la experiencia anterior, amarga, ha depositado en su mente pasividad y un escepticismo político que le dificulta discernir entre lo falso y lo verdadero. Es evidente que está aquejado de un importante retraso por relación a lo que el capitalismo pone a su alcance en escala europea y mundial. Precisamente por ello, hay que comprender que su estado de indefensión, de ignorancia e indiferentismo ideológico, más la aparición del Mercado Europeo, han sido determinados entre sí por un mismo acaecer social. Se trata del rechazo de la revolución en el período anterior. Caso de haberse realizado, la revolución habría dado a Europa la unidad requerida por la técnica y por la necesidad de los hombres, lo que era ya, y sigue siéndolo superlativamente, la espontaneidad del devenir histórico.

Dicho quede al pasar, esa sí que sería una comunidad vera; la de mercado lo es por y para los propietarios del capital, nadie lo ignora. Es un coto mucho mayor de explotación mediante la producción y venta de mercancías, dentro y fuera de él. La mercancía clave de todas las otras, la mercancía de mercancías, seguirá siendo, con mayor productividad, la fuerza de trabajo comprada por el capital. Ahora bien, es esa fuerza de trabajo y producción, que determina el consumo y toda la organización capitalista, la que debió ser suprimida durante el período revolucionario anterior, y su incumplimiento es lo que ha causado atonía y desorientación en la clase obrera. Sin embargo, importa precisar que la prolongación de ese estado de hecho ha sido posible gracias al rezago de los sectores revolucionarios, al propio desquiciamiento teórico de estos ayer, y hoy mismo en gran parte.

El problema de cubrir la distancia entre lo hacedero y el retraso de la clase que ha de hacerlo brota de la mismísima existencia de tal retraso. No se trata de proponer reclamaciones en consonancia con este, ni oquedades como la «extensión de las luchas» en abstracto, sin objetivos concretos. Eso equivale a dejar las cosas tal como están, o peor, a permitir chanchullo libre a los enemigos disfrazados del proletariado. Lo que se precisa es enarbolar las medidas y soluciones decisivas, aquellas que el proletariado deberá tomar una vez desvencijado el aparato capitalista y tomado el poder. El retraso en cumplir un cometido histórico no lo anula ni lo achica, menos aún obliga a recomenzar a un nivel inferior. Al revés, lo realza y lo aumenta, en cuanto la evolución ha ido añadiéndole en el intervalo. Lo hace, pues, más perentorio.

No puede siquiera haber otra manera de ganar a las ideas revolucionarias conscientes militantes aptos, ni de estremecer al proletariado. Porque son los hombres quienes deben plasmar, mediante su acción subjetiva, las ideas, o sea, las posibilidades, en nuevas objetivaciones sociales, lo hacedero en hecho realizado.

Fuera de eso, se cae en la necedad desmoralizante de quienes achacan la pasividad del proletariado al crecimiento capitalista y esperan la reactivación de la clase de una crisis de sobreproducción con su cortejo de miseria y hambre. Es uno de sus fallos y retrasos teóricos, enmarañado con otros. Cuantos caen en él, desde los cónclaves dichos trotskistas hasta Battaglia, la C.C.I. y Programma-Le Prolétaire, incurren en una incoherencia enorme. En efecto, de una manera u otra todos admiten la existencia de condiciones materiales para la revolución comunista, pero, en lugar de inducir al proletariado a hacer de ellas la base de su actividad y renacimiento revolucionario, miran a las nubes a ver si cae el maná de la sobreproducción. Lo peor es que, a fuerza de anunciarla y hasta de saludarla, se ponen a hablar y a manotear como si ya estuviese devorando al capitalismo. Se trata, en verdad, de un Credo nulo como cualquier otro, y solo apto para amodorrar a sus creyentes.

Diversas concepciones erradas se entreveran para engendrar ese Credo. La principal de ellas consiste en no concebir la decadencia del sistema sino como imposibilidad de crecimiento económico. Lo que sería el completamiento de ella, su postrer resultado, lo dan por cumplido desde el principio. Se vedan así encontrar las ideas que fomentarán la recuperación del proletariado y su combatividad revolucionaria. No coligen que la decadencia del capitalismo la engendra su propia tecnología, que no puede en ningún caso emplear sino para explotar más al trabajador, crear paro y conferir al capital una capacidad destructiva desparramada por todas las actividades, a más del amenazante acabose termonuclear. A partir de tal momento, plenamente actual, cualquier crecimiento industrial es negativo, es reaccionario, es decadente. Pero es obligado aquí precisar que lo sería también, y no menos irremisiblemente, incluso absorbiendo todo el paro obrero y aumentando los salarios. Lo que genera la decadencia consiste precisamente en aquello de que procedió la progresividad y el desarrollo social del capitalismo. Ello mismo implantaba en su mismísima estructura un tope de progresividad a cuyo alcance el signo positivo mudaba en negativo. Dicho con extremada precisión: la contradicción, hoy paroxísmica, entre las necesidades del hombre y las condiciones sociales que padece actualmente, he ahí la decadencia. Así tenía que ser, porque el capitalismo no es una sociedad humana, sino una travesía en la explotación del hombre hacia una sociedad sin explotación, no ya progresiva, sino entera, profundamente humana.

Sin partir de esa concepción, y los primeros nosotros, los revolucionarios, la clase obrera no conseguirá levantar cabeza, o bien, caso de movilizarse, el fracaso la acecha otra vez. El enorme retraso que la entorpece lo debe al lastre tan negativo del período anterior, no a la prosperidad capitalista de la posguerra. Lo contrario es la estricta verdad. Y la incapacidad de verlo y sacar todas las consecuencias, importantes y numerosas, ha hecho que los revolucionarios anden también con demora, se ofusquen y enreden en ideaciones, prolongando el retraso combativo del proletariado.

Visto así el problema, la manera de cubrir la distancia entre lo hacedero y la actividad de la clase que ha de hacerlo se presenta por sí misma, en contraste absoluto con lo que el Mercado Europeo es ya, y con lo que proyecta. Mercado significa producción y venta de mercancías, es elemental. También lo es que lo uno y lo otro presuponen la existencia de una mano de obra en calidad de mercancía, una parte cada vez mayor de cuya producción se la birla el capital. Menos elemental, cuando no ignorado, es que esa parte birlada (plusvalía), antaño reducto obligado de desarrollo social dentro de la explotación, carcome hoy el desarrollo existente y corta el paso —obstáculo y amenaza ingente— al desarrollo social posible, grandioso. Luego debemos proponernos y ofrecer a la clase como motivo inmediato de lucha cuanto es indispensable para abatir dicho obstáculo y suprimir la amenaza.

En primer lugar, contra la unidad de Europa bajo los propietarios del capital, hay que oponer la unidad de esa misma Europa —y muy allende— por los propietarios de la fuerza de trabajo. Además de ser abrumadoramente mayoritarios, son —repítase— la mercancía de mercancías, clave de la producción de la totalidad de ellas, y también de su supresión. Supresión que intervendría desde el momento mismo en que desapareciese la compra de la fuerza de trabajo por el capital, secreto único de la explotación. El Mercado Europeo medita, por el contrario, agravar el imperio del capital sobre el conjunto de la fuerza de trabajo-mercancía y birlarle aún cantidades mucho mayores. La ganancia adicional de conjunto prevista asciende a la bicoca de 1,4 billones de francos anuales.2 La tecnología utilizada por el capital necesita menos trabajadores a medida que se perfecciona, aunque cree nuevas actividades. Así, la Comisión de Bruselas prevé tan solo 5 millones de puestos de trabajo nuevos en el transcurso de 5 años, a partir de 1992.

En contraste, las orientaciones de lucha aquí enunciadas llevan implícita la utilización de la técnica por y para los trabajadores, arrebatándosela al capital. Entonces desaparecería el paro, disminuyendo el tiempo individual de trabajo, mientras que la cantidad de productos sustraída a la venta, a la competitividad, al negocio, en una palabra, convertida de su carácter de mercancía en objetos de uso, no encontraría más límite de aumento que las exigencias del consumo social. Lo que proyectan los 12 como mercado común del capital sería sobrepasado de largo en todos sus aspectos, pero no como ganancia, no como mercado, sino como producción colectiva, según exigencias de los productores. No existe ni puede existir otra sociedad humana concebible. Ahí empieza el comunismo.

Esas orientaciones generales necesitan ser desgranadas en cuantos aspectos requiera la lucha tal como vaya presentándose. Fomento Obrero Revolucionario ha enumerado, en su Pro Segundo Manifiesto Comunista, los principales lineamientos a defender en cada país. Serán los mismos de contenido en la escala de los 12 del Mercado Europeo, es decir, con multiplicada importancia. No obstante, deben precisarse determinados aspectos salientes.

Contra la producción de mercancías y la competitividad, luchar por —hasta ponerla por obra— una producción exclusivamente destinada a cubrir las exigencias del consumo, es decir, que no dependa de la venta o solvencia dineraria de las personas.

La tecnología puesta al servicio, no de la explotación, sino de los trabajadores, exige la expropiación del capital antes acumulado.

Contra el paro, ningún despido, e incorporación al trabajo de cuantos no lo tienen. Esa lucha concierne, mucho más que a los parados, a los obreros en activo. Deben esforzarse en imponerla, disminuyendo proporcionalmente el tiempo de trabajo.3 La falta de solidaridad en tal sentido equivale, para toda la clase, a una capitulación ante las exigencias de sus explotadores.

En cada conflicto, sea el que sea, hay que reclamar e ir a exigir en los demás países la acción común de la rama de que se trate, de todas ellas tan pronto se pueda.

Conversión de la producción de guerra en producción para el consumo.4

En fin, contra los sindicatos y los partidos inspiradores, que constituyen un bloque con el capital, organización independiente y decisión soberana de los trabajadores en cada lucha. De lo contrario, el proletariado no se batirá contra su explotación, sino en favor del Mercado Europeo. Los propios sindicatos se definen ya como sindicatos de mercado, después de larga actuación como compinches del capital.

Esta última condición, importantísima, consentirá a la clase obrera del Mercado Europeo una fuerza también redoblada para llegar a una acción revolucionaria supranacional. Ante semejante acometida, el proletariado ruso, americano, japonés, chino, arrancaría en el mismo sentido.

Como corolario, añádase que la condensación de lo aquí postulado como acción en un partido obrero precipitará el movimiento de la clase en los 12 países y la consecución del cometido histórico.

Abril de 1988

G. Munis


Nota. Texto español de G. Munis según el editorial de Alarma, tercera serie, n.º 25, julio de 1988, págs. 1-3 («Editorial»), con las erratas corregidas y los párrafos dispuestos como en Alarme. Cotejado con el francés, las diferencias son menores: además de las señaladas en nota, la versión francesa no tiene la frase «Porque son los hombres quienes deben plasmar […] lo hacedero en hecho realizado», y dice que el rechazo de la revolución en el período de entreguerras «es la causa de la situación que conocemos actualmente» donde el español habla de la «atonía y desorientación en la clase obrera».

  1. Manuscritos económico-filosóficos de 1844, primer manuscrito («El trabajo extrañado»); citamos por la traducción de la Escuela. El epígrafe falta en la versión española de Alarma. ↩

  2. El texto de Alarma está aquí estropeado («(1.400 millar 14 mil billones anuales de francos)»); damos la cifra de la versión francesa, «1400 milliards de francs par an», que la atribuye a la Comisión de Bruselas. ↩

  3. La versión francesa añade: «pero no el salario». ↩

  4. Esta consigna falta en la versión francesa. ↩