Alarme, n.º 39, enero-febrero-marzo de 1988 (págs. 14-16). PDF del número completo · Texto original en francés

La sabiduría popular que rezuma el burlón dicho puesto aquí como título debiera bastar como definición de la sangrienta trifulca israelo-palestina. En los tiempos que corren, sin embargo, tal sabiduría parece ciencia hermética no tanto para la gente de escasas letras cuanto para el cacumen de cultos y sabihondos de todo ese batiburrillo de partidos, sindicatos e intelectuales reputados de izquierda. La degradación de las ideas políticas y sociales ha llegado a tan bajuno punto que términos y conceptos significan casi siempre de hecho lo contrario de su contenido verdadero, sano. El caso de la «revolución» palestina es solo el más reciente de una larga ristra de añagazas destinadas a reclutar carne de cañón tratándose de lucha armada, o bien masa borreguil de maniobra para cualquiera de ellas. En este caso también va implícito el preparativo del gran exterminio humano inequívocamente perfilado tras dos bloques imperialistas.

Un breve recordatorio: desde el fin de la última guerra mundial —sin ir más allá— hemos presenciado lo ocurrido en China, Vietnam y el resto de la península indochina, en Cuba, Argelia, Angola, Bangladés, Yemen, Etiopía y otros «nicaraguas» de menor monta. Invariablemente la grita de todo el batiburrillo seudoizquierdista mencionado era: «¡Independencia nacional! ¡Revolución!», e incluso: «¡Socialismo!»; el cebo constante era: «¡Abajo el imperialismo!». La realidad, una vez instalados en el poder los nuevos regímenes, ha sido diametralmente opuesta. No ha habido revolución ni socialismo, y la independencia nacional ha sido dependencia del otro imperio, cuando no una vuelta descarada o disimulada al primero. En el interior de cada uno de los países atañidos, explotación del proletariado y despotismo político han sido recrudecidos como medio único de afianzar los poderes resultantes de la reorganización del capitalismo en forma estatal parcial o completa. De manera que el tropel de jaleantes que les dio la mano hasta izarlos al Estado, y aún después, es culpable de complicidad con sus incontables crímenes de sangre, mera repercusión de su naturaleza reaccionaria en lo económico y en lo político, crimen principal.

Los mismos continúan dándoselas de izquierdismo, generosidad, etc., repitiendo su grita, o sea, su estafa, que no se queda en ideológica, en favor de un futuro Estado palestino. Por si no estuviese clara esa estafa, esta vez sus autores aparecen en compañía de toda la antigua canalla reaccionaria mundial, sin más excepción que la israelita. Desde los gobernantes rusos y afines hasta los esclavistas de Arabia Saudí, de otros campos petrolíferos, los neonazis y el imperialismo americano, pasando por cuantos se dicen de izquierda, trotskistas y anarquistas incluidos, el copo mundial, por así decirlo, está hecho en pro de Palestina.1

Que haya podido producirse dicho copo débese —causa general— a una situación del mundo socialmente empantanada, con un gran retraso respecto a las posibilidades de transformación radical existentes en su seno mismo, a una situación globalmente reaccionaria en definitiva; en segundo lugar débese —causa particular al caso— a los yacimientos petrolíferos del llamado mundo árabe y a la importancia estratégica territorial de la mayoría de países incluidos en esa denominación. Ambos factores son envites de primera importancia para los dos bloques militares con vistas a la tercera guerra mundial o a otras guerras imperialistas secundarias, las hechas por interpósitos clientes.

Desde hace no pocos decenios, cualquier progreso o desarrollo de la sociedad resulta imposible por vía nacional. Que los promotores independistas invoquen a Alá a cuatro patas, a Jehová dándose de topetazos contra el muro de las lamentaciones (versión la cristiana) o a Marx y la revolución atea, nada cambia. El resultado en caso de victoria, la «causa» misma antes de ella, e independientemente de la buena fe de quienes sirven de carne de cañón, son contrarios a la emancipación de la ingente masa pobre. Como lo ha dicho Fomento Obrero Revolucionario repetidas veces, la existencia misma de tales luchas presupone la inactividad propia de los explotados, la eliminación de su lucha de clases en ventaja de los intereses de sus explotadores. De ahí que el tal para cual, en singular o en plural, haya venido a ser la primera letra del abecedario revolucionario. Quien no sienta un profundo desprecio —hoy hasta la náusea— por todos esos promotores y apoyadores de falsos independismos cae, intencional o inconscientemente, en el campo enemigo.

Menester es decirlo sin ambages y a voz en cuello: los palestinos no tienen derecho a constituirse en nación, a poseer un territorio y un Estado. El Derecho capitalista terminará otorgándoselo de una u otra manera, incluso con asentimiento de Israel. Pero ese derecho precisamente es el que se trata de abolir para poder hablar sin estafa de revolución. Prueba irrefutable de lo dicho la ofrece el mismísimo Israel, el pueblo perseguido por excelencia, el del «holocausto» a manos nazis y sin distinción de clases, imagen del apaleado «judío errante» desde la dominación religiosa del cristianismo. Apenas constituido en entidad nacional, organiza un Estado semiteocrático, militarmente ultraequipado como las grandes potencias, dependiente de uno de los bloques imperialistas e incapaz, por exclusivismo nacionalista y cerrazón mental de «pueblo elegido», de ofrecer a sus cohabitantes palestinos mejor situación económico-política que la anterior al establecimiento de Israel. Le hubiera sido fácil sin necesidad de romper su propia estrechez hebraico-capitalista. El «problema palestino» habría dejado de existir como tal. Y entonces hubiese aparecido clara la posibilidad inmediata —expresión de la necesidad social— de una lucha anacional común a los trabajadores israelitas y palestinos contra sus explotadores, cuya traza humana actual nos la dan Beguin2 y Arafat, y en lo ideológico judaísmo e islamismo.

De evitar que la necesidad social se convierta en posibilidad práctica es de lo que se tratará siempre y en cualquier caso para todos los de la grita atañida: gobiernos, partidos y sindicatos, unidos o divididos.

Tras de lo dicho, cae por su propio peso que tampoco los judíos tenían derecho a erigirse en nación, si bien tenían el derecho de vivir donde les petase, y particularmente allí donde sus ancestros antes de la diáspora; así también los palestinos, llegados después al mismo terruño. Crear una nación es ante todo organizar la explotación dentro de determinadas fronteras y darse la posibilidad de explotar incluso extrafronteras. Cualquier razón verídica que se alegue, se sacan por tal modo nacional consecuencias no ya falsas, sino contrarias al devenir de la historia, superlativamente reaccionarias. No es siquiera imaginable otra solución que arrancar lindes y borrar patrias. Ello requiere simultánea, si no preventivamente, arrancar de cuajo al capital los instrumentos de trabajo.

Eso, no otro avío o chanchullo cualquiera, constituye la revolución; son sus medidas iniciales. En su defecto, la estafa social es permanente, y las matanzas de Beirut, de los campos de refugiados o de la rue des Rosiers de París no cejarán excepto por rendición de uno de los bandos. De los asesinados en cada caso, el bando víctima es culpable por su política reaccionaria tanto como el bando victimario, grado de repulsividad aparte.

La revolución de que habla sin cesar la OLP no es necesario conjeturarla. Los modelos que se le ofrecen abundan dentro y fuera del mundo islámico, que no árabe. El más sonado y drástico de estos, el de Irán, es el que lleva las características negativas de los otros en todos los dominios —político, económico, cultural y cuanto cada uno de ellos engloba— hasta lo más abyecto entre lo abyecto. Se dice revolución y la prensa mundial repercute la palabra, pero empezó, y desde su primer paso, como contrarrevolución. El odioso y sanguinario régimen del sah suscitó un levantamiento general, pero encuadrado por el sacerdocio islámico e inspirado por el Corán, y mulás y ayatolás impusieron acto seguido un régimen mucho más odioso y sanguinario que el del sah. La bestialidad teocrática de Jomeini y sus bandas de clérigos, polizontes y asesinos, armazón del Estado, alía la antigua barbarie coránica a la barbarie de la ciencia moderna a su servicio. Que haya podido producirse un hecho semejante da idea de hasta qué punto los tales para cuales dominan y manejan el mundo a su mayor gloria y provecho. Darles apoyo directo o indirecto, práctico o solo verbal, es traicionar la causa del proletariado.

(Traducido de Alarma, n.º 14. Artículo de G. Munis, septiembre de 1982.)


Nota. Texto español de G. Munis según «Tal para cual», Alarma, tercera serie, n.º 14, finales de 1982, págs. 11-12, del que Alarme da una traducción fiel; seguimos la disposición de los párrafos y las notas de Alarme. El FOR volvió a publicar el texto en Alarma, tercera serie, n.º 25, julio de 1988 («Tal para cual»).

  1. Recuérdese: Franco era también un paladín de la «causa» palestina y árabe en general, así como lo son sus descendientes «chapeados» a la europea. (En Alarma este recordatorio va entre paréntesis en el texto y añade: «Y no se quedan a la zaga los militares castizos con su Tejero por intelecto»; Alarme lo pasa a nota y omite esa frase.) ↩

  2. Hoy, Rabin-Shamir. (Nota de Alarme, 1988, que escribe «Rabbin-Shamir»: en el gobierno israelí de unidad nacional, Isaac Shamir era primer ministro e Isaac Rabin ministro de Defensa.) ↩