Alarme, n.º 40-42, abril-diciembre de 1988 (pág. 7). PDF del número completo · Texto original en francés
Ojeadas
Tal es la monstruosa, la siniestra, la cínica paradoja que las autoridades rusas están organizando. Se trata de erigir un monumento a la memoria de las víctimas de la represión bajo Stalin. La decisión se tomó en la conferencia del partido de este verano, y para ello se ha creado una asociación llamada «Memorial». En Polonia, cuando el poder se descomponía en 1980 ante la ofensiva de la clase obrera, se encontró este engañabobos, con ayuda de la Iglesia y de sus Walesa, para hacer creer al proletariado que había ganado la partida. Pero en Rusia lo que está en juego es incomparablemente mayor.
Millones de personas perecieron en los campos de concentración, ejecutadas o agotadas por el trabajo forzado; cientos de miles, y ante todo la generación bolchevique de 1917, fueron asesinados en los calabozos, los aisladores políticos y los campos de exterminio, y vilmente calumniados. «Agentes de Hitler», tronaba la propaganda stalinista en todas las lenguas del mundo, con la complicidad de sus partidos y de legiones de intelectuales. Al mismo tiempo, el gobierno de Stalin se disponía a firmar el conocido pacto con Hitler.
El proyecto de monumento, así como las supuestas rehabilitaciones, forman parte evidentemente de lo que el charlatán Gorbachov llama transparencia («glásnost»). Es incluso una de sus facetas más importantes. Y es también la que pone al desnudo la odiosa mentira de toda la operación Gorbachov. Al lado de la matanza de judíos por Hitler, el stalinismo, que nunca fue solo Stalin, asesinó a millones de hombres, diez, veinte o treinta millones, imposible saberlo sin hurgar en los archivos gubernamentales. Y entre esos hombres, nunca se insistirá bastante, toda la generación de Lenin y Trotski.
Ahora bien, Gorbachov y todos los que lo aplauden no quieren ver en esa inconmensurable carnicería más que un error, una ofensa que reparar con excusas y con su monumento canallesco.
Como ayer Jruschov, Gorbachov, hijo él mismo de la contrarrevolución stalinista, no puede actuar sino como stalinista, para tratar de mejorar las condiciones y la imagen de esa contrarrevolución. No puede decir ni dejar que otros digan: «Los crímenes de Stalin solo se explican como el aspecto represivo de la contrarrevolución capitalista de Estado que hemos heredado. No es posible librarse de ella sin un levantamiento más general y más profundo que el de 1917».