Alarme, n.º 43-46, enero-diciembre de 1989 (págs. 4-6). PDF del número completo · Texto original en francés
Tras numerosas dilaciones y tergiversaciones, Jaruzelski ha llegado a un acuerdo con Solidarnosc: la concesión parcial, pero evolutivamente total (en promesa), de la democracia. La negociación tripartita, EE. UU.-POUP-Iglesia, se ha hecho en torno al intercambio de bienes de consumo y de préstamos por papeletas de voto y, a plazo, la apertura de un mercado a los productos estadounidenses, la neutralización o el cambio de alianza de Polonia. Todo ello sobre un fondo de laisser-faire y de observación rusos. El POUP debe arreglárselas solo para gestionar la situación. Polonia, mucho más que la Hungría actual, sirve de laboratorio y de observatorio al partido ruso, y más aún ahora que éste debe hacer frente a huelgas obreras masivas. Pues detrás de todos esos protagonistas, sudorosos de miedo y afanados desesperadamente en la conservación del orden social existente, se perfila sordamente el proletariado.
Hasta ahora, éste ha impugnado regularmente las condiciones de vida que se le imponen, planteando cada vez las cuestiones de su propia organización y del poder. La violencia del choque de 1980-81, acumulada a lo largo de decenios de luchas aplastadas, fue absorbida en parte por Solidarnosc, la organización que el proletariado se dio entonces. Sin embargo, las migajas entonces concedidas (se trataba de migajas, en relación con lo que podía obtenerse o con lo que estaba en juego) permitieron simplemente la preparación del golpe de Estado, que Solidarnosc no intentó prevenir en absoluto. El sindicato quedó así dispensado de la obligación de confesar en aquel momento que nunca tomaría el poder mediante la insurrección obrera, puesto que ésta implica medidas radicales, revolucionarias, anticapitalistas.
Solidarnosc ya había mostrado su papel de «bombero de las huelgas» antes del golpe de Estado, justificando éste a priori por el temor a la intervención rusa, semejante a las de 1956 y 1968. Por supuesto, nunca hubo una preparación material seria ante esa eventualidad, evocada sin embargo tan a menudo que se convirtió en espantajo, en coco. Semejante preparación habría obligado al sindicato (o a cualquier otra organización) a asumir tareas militares, y por tanto el armamento de al menos una parte del proletariado y la imposibilidad de un golpe de Estado para el Partido. El motivo real que empujaba al sindicato a pedir el fin de las huelgas estaba en otra parte. Se trataba ya de erigirse en negociador con el poder (y no en antagonista capaz de negociar) y en gestor responsable de la economía nacional. De los banqueros a los trotskistas, todos los que apoyaban a Solidarnosc se inscribían en esa misma política, que conducía al golpe de Estado, ante el cual pudieron fingir el mayor de los dolores. Ya en aquella época fue la Iglesia la que aportó lo esencial del trabajo que permitió al aparato de Solidarnosc integrarse en el del Estado.
Ahora bien, a medida que su integración se manifestaba con mayor claridad, capas obreras se fueron apartando de él poco a poco, y cada vez más resueltamente. Esto se expresó ante todo en una indiferencia hacia las consignas del Sindicato —sobre todo las que tendían a restablecer el trabajo— y ese desapego culminó en las huelgas de 1988, en las que los siderúrgicos se opusieron a las consignas, pero sobre todo eligieron a jóvenes delegados no afiliados al sindicato.
La payasada electoral, cocinada por el Partido y su «Leal Oposición», ha dado resultados poco apreciados. El número de elegidos y su reparto entre el POUP, Solidarnosc y los demás partidos estaban previstos, pero no el número de abstenciones: alrededor del 50 % en las grandes ciudades y concentraciones industriales (30 % en el conjunto del país). Los votos emitidos, por su parte, daban entre el 70 y el 90 % a Solidaridad, desembocando en una victoria tan completa que la existencia misma del POUP se volvía grotesca. Este resultado puso en un buen aprieto a los tres aparatos (Partido, Iglesia, Solidaridad), hasta el punto de que Walesa prohibió a sus tropas celebrar la victoria. Todos los cálculos de transición progresiva de Solidaridad, del estado de interlocutor al de interlocutor de Estado, se derrumbaban ante la impaciencia de una población que odiaba el régimen existente.
Polonia entra, pues, en la era de la democratización, condenada de entrada al desprecio o a la indiferencia de un tercio (¡pronto, sin duda, más!) de la población, y principalmente de los proletarios.
A Jaruzelski, pequeño mago de la Democracia, no le quedó más que sacar de su gorra el conejo Mazowiecki, todavía húmedo de los fluidos benditos del Vaticano. El general esperaba sacar a Walesa por las orejas, pero todo el mundo le dio en los dedos: «demasiado tarde», le dijo Roma; «demasiado pronto», le dijo Moscú.
Walesa se ha pasado el tiempo organizando esas negociaciones entre el POUP, Moscú, Roma, Estados Unidos y la CEE; pero sobre todo ha pasado tiempo haciéndose abuchear por asambleas obreras que lo consideraban un traidor (lo cual es falso), enemigo de toda política auténticamente obrera y revolucionaria (lo cual es perfectamente exacto). Entendámonos bien: antes incluso de conocer la notoriedad nacional y luego internacional, Walesa defendía la Iglesia y la Patria. No puede haber traicionado al proletariado, pues nunca ha defendido siquiera la idea de la supremacía de la clase obrera en la lucha contra el Partido-Estado. Y todas las organizaciones que lo apoyaron en un momento u otro lo hicieron sobre esa base y no sobre otra. Walesa siempre ha proclamado orgullosamente su admiración por Piłsudski,1 a diferencia de quienes, como Kuroń y otros fundadores del KOR, se sumaron a Walesa tras haber defendido durante años la necesidad de la «revolución comunista democrática» en Polonia. ¡Y peor para quienes creyeron en esa gente, que traicionó sus ideas por un asiento plegable (en el sindicato en 1980, en el gobierno en 1989)!
Mientras Mazowiecki, alma bella, se debate entre las fracciones y multiplica las gestiones, Walesa se escabulle y se transforma en plenipotenciario, de gira europea. Así «todo el mundo» puede estar orgulloso de él. Se hace olvidar un poco y trae algo con que taponar las fugas de las empresas polacas, a cambio de la garantía suprema: «Con Solidarnosc a la cabeza, los proletarios van a sudar como bestias». En efecto, el acceso al señuelo democrático no se hace gratis. Los proletarios polacos deben aceptar a cambio más trabajo y, sobre todo, más productividad. Walesa se parece cada vez más a un líder bien conocido que proclamaba en la oposición, frente a la huelga de masas: «¡Hay que saber terminar una huelga!», y decretaba, una vez llegado al gobierno: «hay que arremangarse».2
«Impeliendo las masas obreras al antiguo orden carcomido, el trabajo asalariado, la productividad por hora-hombre, la concordia mediante la negociación, etc., quedaba establecida la condición más indispensable para la reanudación del crecimiento industrial capitalista».
(Partido-Estado, pág. 88)3
Esta frase, que se aplica al stalinismo de la posguerra, corresponde a la actividad de Solidarnosc hoy. El parecido no se detiene ahí. Así, Walesa defiende con encarnizamiento a la Iglesia, pero sobre todo, sobre todo, intenta paralizar al proletariado mediante la alucinación stalinista. Usa todo su prestigio para difundir la gigantesca mentira stalinista según la cual toda tentativa revolucionaria del proletariado conduce al stalinismo. Lo que vale para el líder vale para la organización que lo puso a su cabeza. Solidarnosc defiende, de grado o, en cuanto a sus militantes, a veces por fuerza, la misma orientación que su dirección.
Walesa, Mazowiecki, Michnik, Kuroń, etc. no están ahí por casualidad. Convencidos o sumados, están a la cabeza de un aparato, y pronto quizá a la cabeza del aparato de Estado, porque defienden la patria contra el internacionalismo, la Iglesia contra la consciencia de clase, la democracia contra la dictadura del proletariado, la mejora del consumo contra la supresión de la explotación y del salariado, el capitalismo contra el comunismo.
El éxito de Solidarnosc y de sus dirigentes se debe en parte a su capacidad, pero esencialmente a la incapacidad actual del proletariado para dotarse de una organización propia, tanto en el plano de la definición de los fines como en el de los medios necesarios para alcanzarlos.
Si es cierto que los proletarios construyeron Solidarnosc, aún es más seguro que el proletariado lo designará como su enemigo y lo destruirá, al igual que al Partido-Estado.
Józef Piłsudski (1867-1935), nacionalista polaco, jefe del Estado tras 1918 y dictador desde su golpe de 1926. ↩
Alusión a Maurice Thorez, secretario general del P«C» francés, que en junio de 1936 declaró «Hay que saber terminar una huelga» y que, ministro en 1945-1947, llamaba a los mineros a «arremangarse» por la producción. ↩
Texto español de Munis, según Partido-Estado, stalinismo, revolución; la versión francesa dice «de la reanudación y del crecimiento capitalista». ↩