Alarme, n.º 43, enero-febrero-marzo de 1989 (págs. 2-4). PDF del número completo · Texto original en francés
Los acontecimientos se precipitan en Polonia. Solidarnosc ha sido legalizado, la oposición presenta candidatos al Senado y a la Asamblea Nacional, la prensa de oposición sale de la clandestinidad.
Pero ¿qué hace correr al general Jaruzelski? Pues todo le hace correr. ¡Un verdadero complot! En el exterior, Estados Unidos le promete cambiar sus papeletas de voto por dólares, en préstamos primero, en inversiones después, al menos si Polonia vuelve a ser «invertible». Dicho claramente: si Jaruzelski garantiza la paz social, tiene derecho a algunas golosinas monetarias y financieras que, se espera, harán durar la paz social haciendo fructificar el capital. A propósito, ¿quién es ese «se»? Por el momento, podemos meter ya en el saco al general Jaruzelski en persona (¿quién dudaría de su apego a la «buena marcha» política y financiera de Polonia?), a los lobbies estadounidenses que apoyan la iniciativa Reagan-Bush y a todos aquellos que se licuaban de miedo en agosto del 80, en el momento de la gran ofensiva del proletariado polaco.
Pero eso no es todo, ¡habrá para todos! En las fronteras de Polonia, la agitación está en pleno auge. Agitación nacionalista en los Estados bálticos (Lituania, Letonia, Estonia), que siempre puede desbordarse sobre Polonia; agitación general en casa del hermano mayor ruso, con ocasión de la Gorbachada y de la campaña electoral en Rusia. Los dirigentes del centro stalinista ajustan sus cuentas políticas y financieras, y han dado a entender claramente que no hay que contar con ellos para resolver los problemas de los países hermanos. Sin tomar ellos mismos la iniciativa, velan por que las que se toman en Polonia les resulten aceptables. Están dispuestos a soltar mucho, a condición de conservarlo todo: el poder y la mejora de la explotación del proletariado ruso. Por otra parte, para Gorbachov Polonia es un país de prueba, como lo fue a su manera la Hungría de los años 60, para el mantenimiento del proletariado dentro de los marcos del sistema de explotación capitalista.
Por último, en el interior, la situación no es nada brillante para el POUP.1 Vencido en 1981, el proletariado ya ha levantado la cabeza y vuelve al asalto del Estado, mal que bien, con más o menos eficacia, pero con tenacidad. Hasta ahora, cada concesión del poder, que debía expresar su fuerza y su calma, ha sido utilizada por los trabajadores para relanzar la agitación y medir las debilidades de ese mismo poder. Además, todas esas concesiones han sido hasta ahora negociadas y preparadas con la Iglesia y los dirigentes de Solidarnosc, con un espíritu ecuménico de «cogestión» caro a los fundadores del KOR (cf. Kuroń).2 La oposición eclesiástica y sindical —es casi lo mismo, con preponderancia de la primera hasta ahora— reclama cada vez una asociación más estrecha a la dirección del país.
Ahora bien, Jaruzelski, de grado o por fuerza, le concede ese lugar, no tanto para amordazarla como con la esperanza de hacerle amordazar a los proletarios. Una vez más. En el ánimo de los dirigentes stalinistas, la colaboración de la Iglesia y del Sindicato es una garantía frente a las presiones a la vez externas e internas. En el frente exterior, la táctica parece tener éxito y demuestra que los capitalistas saben reconocer a sus semejantes, aliados y pilares, por encima de las religiones y de los bloques imperialistas.
La alianza del Partido, del Ejército, de la Iglesia y del Sindicato dibuja con nitidez los contornos del bloque del Capital, virtualmente constante. Esta alianza sólo se suelda de veras frente al peligro común: el proletariado, portador de la subversión comunista. Esta Santa Alianza estaba ya subyacente en la elección de Juan Pablo II al papado y, sobre todo, en su viaje a Polonia, que auguraba la constitución del sindicato Solidarnosc para el proletariado:
«En Polonia, el proletariado ha mostrado en varias ocasiones, hace todavía poco tiempo, que era poderoso y estaba dispuesto a intervenir violentamente contra el Estado capitalista. Por esa razón, Polonia es el punto sensible del bloque del Este, el eslabón débil. Para intentar desactivar la bomba proletaria, el gobierno ha recurrido al papa, pues la conjuración del espectro del comunismo concierne a todos los interesados en la existencia de la opresión del hombre por el hombre, sin distinción de religión o de bloque imperialista. Impedir la aparición de la oposición comunista concentrando la atención del proletariado en la supuesta oposición católica, intentar desviar al proletariado hacia una falsa alternativa: eso es lo que ha presidido el viaje del papa a Polonia».
Después denunciamos la supuesta oposición sindical y a todos aquellos que, al apoyarla, defendían, quisiéranlo o no, la perennidad de la relación social capitalista.
Lo que era latente en 1979 se hizo patente en 80-81 y ahora se exhibe sin vergüenza. Hasta tal punto que algunos de los defensores (trotskistas, entre otros) de Solidarnosc ya no se atreven a defenderlo hoy, adoptando aires dignos y ofendidos ante la integración espontánea, normal y abierta de un sindicato en el Estado. Sin embargo, al poner de manifiesto abiertamente la naturaleza estatal y capitalista del Sindicato, por «obrero», «democrático» y «combativo» que sea, el poder ha corrido un gran riesgo y no ha hecho sino aplazar un poco más los mismos problemas, que volverán a plantearse con mayor agudeza todavía. La oleada de huelgas espontáneas de abril-agosto del 88 mostró claramente que toda una franja (todavía minoritaria) del proletariado había dejado de confiar en Solidarnosc. Los últimos acontecimientos no pueden sino reforzarla en esa desconfianza y empujarla por la única vía concebible en sus luchas:
Ante todo, denunciar la naturaleza capitalista del poder en Polonia. Esto es de la mayor importancia, no sólo para los países del bloque stalinista, sino también para el conjunto de los proletarios del mundo entero. En efecto, se sabía, y queda confirmado, que es de la más alta importancia disociar lo más nítidamente posible en las mentes el socialismo de los regímenes stalinistas, productos y agentes contrarrevolucionarios principales de este siglo. Toda lucha que se emprendiera declarándose opuesta al poder socialista (?!) en Polonia se condenaría al aislamiento y a la reproducción de las confusiones más graves que reinan todavía en el seno del proletariado. Acabaría también debilitando su propia combatividad, abriendo así la puerta a todas las recuperaciones y oportunismos posibles. En efecto, fue ya esa falta de claridad ideológica lo que permitió a Walesa ser el líder auténtico de las luchas de 1980.
Además, constituirse en organización independiente, contra las fracciones capitalistas, sobre una base antirreligiosa e internacionalista. Estas dos cuestiones son particularmente agudas en Polonia y, más en general, en los países del Este, donde obstaculizan toda manifestación de solidaridad auténtica, cuando se desarrollan allí simultáneamente luchas obreras. Su unión reforzaría considerablemente su alcance y tendría consecuencias positivas y ejemplares para los trabajadores occidentales.