Alarme, n.º 43-46, enero-diciembre de 1989 (págs. 17-18). PDF del número completo · Texto original en francés
El conflicto de Peugeot, como todo guion bien urdido, ha terminado con esa clase de frase fuertemente inspirada en aquélla: «¡Hay que saber terminar una huelga!»,1 palabras que los sindicatos saben hacer respetar tan bien. En fin, el conflicto de Peugeot habrá mostrado una cosa cierta: que los sindicatos, desacreditados un año antes con los conflictos de la SNCF y de las enfermeras, han sabido esta vez redorar su blasón manejando el conflicto de principio a fin.
En todo caso, hay que constatar que el sindicalismo sigue desempeñando igual de bien, y sin andarse con finuras, su papel de cómitre del capital.
Esto recuerda una vez más la incapacidad del proletariado para organizarse al margen, pero sobre todo contra los sindicatos. Y hoy es este factor esencial el que puede llevar al proletariado a organizarse revolucionariamente. Sin esa toma de consciencia y sin organización revolucionarias, toda lucha del proletariado se hará en terreno sindical, o será recuperable por partidos capitalistas y sus apéndices sindicales.
Eso significa negarse a dejarse encerrar en la empresa, negarse a dejarse confiscar la palabra por esos organismos, poner por delante en las reivindicaciones la disminución del tiempo de trabajo y de su intensidad, a la par del aumento de los salarios, la solidaridad con los parados, y medidas autoritarias como la paralización de la producción, la confiscación de todo lo realizado en los nuevos modelos, las delegaciones a las demás empresas, etc.
Los obreros de Peugeot han sido derrotados y manipulados de lo lindo por los sindicatos, sobre todo por la CGT, que ha logrado transformar un conflicto, al principio contra los métodos del capitalismo paternalista, en un conflicto contra un individuo «malo» (Calvet).2 En suma, los métodos sindicalistas no han cambiado ni cambiarán. Hoy como ayer, hay que reafirmarlo: el proletariado es revolucionario o no es nada. Después de este conflicto y de muchos otros, no hay más remedio que constatar que el proletariado no es más que una mercancía que suda plusvalía.
Si es cierto que existe un descontento indudable respecto del sindicalismo, éste se manifiesta en la baja de las afiliaciones y de las renovaciones de carné, pero siempre con el sentimiento de haber sido traicionado.
Pues bien, no: los sindicatos no traicionan, y el sindicalismo en general no es sospechoso de traición alguna, sino más bien de un combate encarnizado contra la clase obrera entendida como la clase históricamente revolucionaria.
Eso es lo que hay que tener en cuenta, para la organización de clase, en la lucha cotidiana, agrupando las ideas y los individuos que ya desconfían de esta policía capitalista en el seno de la clase obrera y le son hostiles. Eso es lo que permitirá librarse de este corsé contrarrevolucionario.