Alarme, n.º 47, enero-mayo de 1991 (págs. 4-7). PDF del número completo · Texto original en francés

Ha llegado el nuevo orden mundial: no puede uno sino admirar la concisión muy militar de este producto, que coloca dos mentiras (por lo menos) en tres palabras. Es menos fuerte que cuatro mentiras en cuatro letras (URSS), pero bien se nota que los oligarcas progresan día a día en lenguaje acartonado. El hundimiento del bloque del Este deja el campo libre a las potencias de segundo orden para intentar ahora labrarse pequeños imperios regionales. Semejante esfuerzo por su parte depende esencialmente de la magnitud de lo que está en juego en la estrategia económica, frente a las agrupaciones de intereses ya existentes, y de la sumisión de los proletarios arrojados en esas ocasiones a la hoguera de la guerra, tanto en el frente de la producción como en las primeras líneas de combate.

Cuando un complejo tan vasto de dominación capitalista se desmorona, se crea una verdadera aspiración de aire para nuevos candidatos capitalistas a la dominación de las porciones más interesantes (contengan materias primas, instrumentos de producción o reservas de mano de obra). Las aves de presa se disputan los pedazos de la potencia debilitada o moribunda; las antiguas zonas de influencia se descomponen y van a gravitar hacia una nueva red más poderosa, o intentan formar a su vez un «Dominio» más o menos grande.

Desde el final de la segunda guerra mundial hasta los años 90, todas las tentativas de crear complejos o alianzas capitalistas desembocaron en la agregación al bloque yanqui o al rival ruso-stalinista. La lenta parálisis del segundo (1) hizo que primero se desprendieran de él, para pasar al otro lado, las zonas menos firmemente sometidas; luego, poco a poco, la desbandada ha ganado hasta las marcas de Rusia, y las grietas amenazan al propio centro, incapaz de adaptarse a la crisis que lo amenaza desde hace mucho (2). La amenaza pesó sobre el bloque stalinista antes incluso de su constitución, puesto que se moldeó sobre la armadura rígida e indeformable de la contrarrevolución surgida de la revolución mundial iniciada en Rusia y vencedora de ella.

Así, los llamamientos de Alemania a Rusia y al Japón (¿un viejo eje...?), la marginación de Europa por Estados Unidos en el conflicto con Irak, la lucha entre checos y eslovacos, la opresión de los abjasios por los georgianos (cuando ni siquiera han liquidado la ocupación rusa), la tentativa iraquí de constituir una potencia petrolera significativa, etc., tienen todos el mismo origen (la situación rusa) y representan cada uno una variedad de la pululante lucha de todos contra todos que caracteriza al capitalismo.

Puede resumirse provisionalmente la situación diciendo que la unidad del capital se opone a la unidad del capitalismo. Sin embargo, una desesperante unidad del Capital no podría existir sino religiosamente, en los comunicados de prensa que lo identifican con la libertad. Como la santísima trinidad, se descompone en otras tantas fuerzas antagónicas. El capital constante, medios de producción ya acumulados o descubiertos; el capital variable, trabajadores que producen y reproducen su fuerza de trabajo presente y futura (con sus propias leyes demográficas), que producen y reproducen el espíritu santo del capital, la plusvalía, valor nuevo añadido al capital ya existente por la fuerza de trabajo de quienes no tienen más que eso en su vida: los proletarios.

La unidad del capitalismo sólo puede hacerse negando el carácter unitario del capital, reconociendo en él un enemigo irreductible y disolvente: el proletariado. Lo que une a los capitalistas, por lo demás en guerra permanente unos contra otros, es la acción del proletariado y la reacción contra sus propiedades: mediatización del pensamiento contra inmediatez de la praxis, parcelación y fragmentación del individuo contra totalidad de la persona y unidad colectiva.

Todo debilitamiento del complejo capitalista debe entenderse como resultado de este antagonismo permanente, incluso y sobre todo si los carroñeros vienen a cebarse en el cadáver de uno de los suyos. Ello es tanto más importante cuanto que se trata actualmente del corazón de la última contrarrevolución, la más larga y la más profunda que haya sufrido nunca la clase obrera. Ese debilitamiento incita a los proletarios a manifestarse contra el capital y a manifestar la unicidad de su condición, prenda de su unidad y de la ausencia de cualquier otra fuerza para derribar la opresión fundada en la extracción de plusvalía, y por eso mismo toda opresión.

Si creer en la unidad del capital es una ilusión mayor, la religión se apresura a darle todas sus cartas de bajeza.1 Todas las confesiones juntas, la defiende con uñas y dientes, negando los antagonismos que la atraviesan y sin reconocer más que la democrática comunidad de los creyentes, todos iguales ante su dios. Los religiosos vituperan contra los excesos del capitalismo y contra el stalinismo (proyectando ahí una ilusión de doble efecto, puesto que bautizan como comunistas a los mejores asesinos del comunismo).

Este discurso, tan trivial que resonó en boca de Pétain, De Gaulle, Hitler o Roosevelt, conoce un notable recrudecimiento y promete, islámica o cristianamente, la salvación a todos los justos que sepan someterse a la injusticia de este mundo. Este recurso a la vieja y untuosa cataplasma deísta es la justa vuelta de las cosas tras el fracaso de la nueva iglesia stalinista, con su dios vivo, sus apóstoles, papas, santos y agraciados por los milagros del estajanovismo, sus diablos, demonios, herejes y sus procesos fabricados «como en los buenos tiempos».

El antagonismo entre proletariado y capital es todavía más clamoroso cuando, bajo una lluvia de óleo santo, de agua bendita y de siniestros murmullos de «santas aleyas», los Estados y los grupos capitalistas se lanzan a nuevas guerras. Intentan entonces asegurarse la sumisión o, en el mejor de los casos, la pasividad de los proletarios a los que dominan directamente. La piedad desvergonzada cede ante la propaganda desenfrenada, relevada por la represión policíaca (y sindical), para hacer aceptar a los productores la lucha por «la patria, el Estado, la nación, la religión... libre». Se les «incita vivamente» a dejarse agujerear el pellejo en el campo del honor, a agotarse por el armamento o, por lo menos, a callarse por completo.

Sin embargo, la recíproca de esta dinámica es igual de presente y violenta: si la sumisión es necesaria para las guerras de rapiña que se libran los capitalistas, las guerras de rapiña sirven, además de para el botín inmediato y futuro, para mantener sometidos a los proletarios. La guerra permite eliminar a los proletarios más combativos y a los parados más numerosos, trascender la miseria en la aventura guerrera, purgando las frustraciones de la triste vida cotidiana en el combate, el saqueo y la violación. El ejército se incluye en la ilusión religiosa, rechazando —¡por la fuerza de las armas!— toda irrupción del antagonismo social y fundando una comunidad sobre el sufrimiento puesto en común.

Por eso la ilusión de la unidad sólo se disipa cuando los proletarios demuestran su indiferencia y su hostilidad hacia los manejos de quienes pretenden gobernarlos y hablar en su nombre.

La actitud derrotista de los proletarios en Irak frente a los mercenarios de Estados Unidos (y de sus seguidores calzonazos, presentes para la rebatiña) ha sido completamente clara. Su indiferencia respecto de la voluntad de los dirigentes locales y de su patria acortó la guerra y provocó inmediatamente la guerra civil, sin que ésta tomara, no obstante, el menor aspecto revolucionario. Será tanto más difícil cuanto que los ejércitos siguen siendo garantes del orden capitalista y que ninguna organización comunista estaba presente para catalizar un proceso subversivo.

No obstante, al rechazar la guerra —como en Rusia otros proletarios intentan rechazar su condición de mercancía asalariada—, los proletarios iraquíes han reafirmado que no tienen patria, y su solidaridad con los cientos de miles de proletarios inmigrados en Kuwait o en Irak, tratados como ganado, encerrados en campos a la espera de que las necesidades del capital dicten su nueva utilización: vuelta al trabajo o condena a muerte.

El nuevo orden mundial no tiene nada de nuevo: arrastra el mismo torrente de inmundicias, siguiendo su propia lógica antihumana, sembrando el caos y el desorden para quienes lo sufren. Ciertamente, este viejo desorden es mundial; eso es lo que constituye su fuerza y lo que mejor prepara su caída, pues toda tentativa de los proletarios de constituirse en fuerza de clase repercute inmediata y duramente hasta los confines de la tierra. Los capitalistas saben ya que, uniéndose contra los proletarios, los obligan a reconocerse como proletariado, y que no pueden sino aplazar su desaparición en beneficio de un «nuevo orden mundial» sin clases, sin salariado ni guerras.

(1) Léase a este respecto «La Gorbachada» en L'Arme de la critique n.º 4.

(2) Véase Partido-Estado, stalinismo, revolución, en particular el capítulo «La crisis de la revolución rusa, parte de la crisis del capitalismo mundial».

Los reyes nos emborrachaban de humo: ¡paz entre nosotros, guerra a los tiranos! Apliquemos la huelga a los ejércitos, ¡culatas arriba y rompamos filas! Si se obstinan esos caníbales en hacer de nosotros héroes, pronto sabrán que nuestras balas son para nuestros propios generales.

La Internacional.2

Hay una versión española anterior de este artículo, que no es del FOR, en La Perestroika y la implosión de la URSS stalinista; la hemos consultado, pero traducimos de nuevo del francés, porque contiene contrasentidos (por ejemplo, «la contrarrevolución que surgió y ganó la revolución mundial que comenzó en Rusia») y una frase duplicada.

  1. Juego de palabras del original: lettres de bassesse («cartas de bajeza») por lettres de noblesse («cartas de nobleza», es decir, títulos de legitimidad). ↩

  2. Estrofa de La Internacional de Eugène Pottier, que traducimos literalmente del francés. ↩