L'Arme de la critique, n.º 4, junio de 1988 (págs. 13-20). PDF del número completo · Texto original en francés

En tecnología y transparencia

«De seguro que rostros "humanos" están ya preparados para una vasta maniobra de diversión a la Khruchev, pues la rebelión podría estallar en cualquier instante».

Partido-Estado, stalinismo, revolución (1974, pág. 100)

No es la primera vez que altos jerarcas de la falsamente llamada Unión Soviética, hablan de nuevas implantaciones técnicas. Pero ahora su rezago en tal aspecto es del dominio general, peligroso por varios conceptos, y la intención de colmarlo, mucho más cacareada, constituye una de las diversas bribias sembradas a voleo por Gorbatchev bajo el lema, transparencia. Se revelará éste de imposible realización porque, al revés de lo que en sí dice, es pregonado para mejor ocultar la cruda realidad.

Opacidad hay ya, en efecto, y aún tiniebla, en el hecho enorme de que a estas alturas tenga que hablarse, allí igual que en cualquier país atrasado, de modernización instrumental. Se comprende a la primera reflexión que si la economía rusa fuese socialista, su técnica ocuparía, de muy largo, la delantera mundial. Porque el principal y más fecundo factor técnico del socialismo es una relación entre el trabajador y el utillaje, entre los productores y los productos, entre la sociedad entera y la tecnología, que facilitan y requieren al máximo sus innumerables aplicaciones prácticas, más el saber científico que las determina y guía. Pregúntese pues quienquiera: ¿Cómo diablos ocurre que 70 años después del gran Octubre de 1917, casi la totalidad de la población viva en la penuria, cuando no en la privación, bastante peor y con menos libertad que en los países occidentales reconocidamente capitalistas? La razón más general de tal fiasco es que la economía rusa guarda, arreciada, la relación entre fuerza de trabajo e instrumentos de trabajo característica de la explotación, tratándose, por consecuencia, de vulgar capitalismo, al contrario de lo que propala.

Ese es el fondo estructural de la explicación, pero no da cuenta cabal de la realidad cotidiana en Rusia. Otro factor inmediato, político e importantísimo, ha hecho que la técnica no haya acarreado en sus parajes efectos semejantes a los de otros capitalismos. Es que el capitalismo estatal ha sido coactivamente impuesto allí, a contrasentido del curso comunista inscrito en, y determinado por la revolución de 1917. No se trata de un capitalismo que haya proseguido su crecimiento como cualquier otro, es decir, sin solución de continuidad. Hubo una ruptura tajante, y tan radical que su único sentido era entrar en la estructuración social comunista. Aniquilando ese impulso a sangre y fuego, la contrarrevolución introdujo una distorsión enorme y destructiva en todos los aspectos; trabó y pervirtió inclusive las relaciones sociales de la explotación, y de la cultura de su propio capitalismo de Estado, diametralmente opuestas a la marcha hacia el comunismo. Si durante tantísimos decenios la economía rusa se ha mostrado incapaz de igualar tecnológicamente a sus semejantes occidentales, la principal razón de ello se encuentra en el exterminio y la calumnia de los revolucionarios de 1917, en la bárbara represión de millones y millones de hombres incompatibles con el reaccionario camino atrás; se encuentra también, y no secundariamente, en la inmunda falsedad de decirse socialista siendo lo contrario.1 A partir de entonces, el mérito más relevante y el mejor pagado, fue el servilismo hacia el poder. Una contrahechura social tan monstruosa tenía que causar efectos devastadores, no sólo en la economía rusa, ni limitados a eso. Todavía duran.

Prueba contundente de su presencia nos la ofrece la faramalla de la «reestructuración» tecnológico-administrativa, la «transparencia» y otros camelos de la gorbatchíada. El capitalismo es siempre, por su propia trama y circulación social, un obstáculo a la máxima renovación técnica posible en cada instante. Acogiéndose a él, la contrarrevolución añadía a ese obstáculo congénito al sistema, los creados por su propia actividad destructora, también congénitos a ella, y de ella inseparables mientras siga en pie. He ahí la causa de que su capitalismo se haya revelado de eficacia tecnológica tan endeble relativamente a otros. Lo mismo explica que de cuando en cuando sus prohombres hagan alardes de charloteo en busca de mayor eficacia. De todos modos, nada, absolutamente nada lo pondrá en condiciones de sobrepasar la mezquindad y la bestialidad de su contrarrevolución.

No hay disquisición en recordar que los líderes chinos -pura escuela moscovita- declararon hace tiempo a visitantes occidentales que se equiparían con armas atómicas aunque la población tuviese que ir descalza. Tenemos ahí una definición involuntaria, siquiera incompleta, de la perversidad de las aplicaciones tecnológicas en el mundo actual, si bien el grado de desnudez de las masas varía de país a país. La verdad entera respecto de la tecnología es muchísimo peor. Verlo en toda su amplitud e interpretarlo, requiere huir de una señalización detallada de sus aplicaciones concretas y focalizar la atención en sus impulsos determinantes. De ellos derivan todas las consecuencias sociales, inclusive la pugna concurrencial y militar. Así pues, precísase verlo panorámicamente, en cuanto función de producción y reproducción del tipo de civilización existente. Imposible descubrir otra clave interpretativa. Además, cifras verídicas al respecto son inalcanzables, no ya por nosotros, revolucionarios a seco de finanzas, sino también por los grandes centros estadísticos del capital. Pero sí es factible calibrar de cerca el trajín económico de la sociedad actual y de cada una de sus partes alícuotas, las condiciones y los adyacentes de cualquier innovación técnica.

Aislando imaginativamente un ciclo cualquiera de producción mundial, lo primero a señalar es que su valor redondo, incluyendo el representado por la riqueza inmueble (acumulación anterior), cantidades tan ingentes que resultan imprecisables, es propiedad de las capas privilegiadas de la sociedad. La proporción de éstas en el conjunto es, con seguridad, inferior al 15% de la población total del Planeta, unos 5.000 millones de personas contando largo. Que tal propiedad sea de grandes compañías, del Estado o individual no hace al caso. Una vez cumplido el ciclo de producción, el valor mercantil, o sea dinerario de todo lo producido, pertenece a ese 15% de poseyentes, como quiera les corresponda entre ellos.

Del total hay que restar el monto de los salarios pagados a la población que efectúa la producción general, monto que se encuentra contenido en las mercancías resultantes del trabajo. Habida cuenta del rendimiento moderno eso no representa, inclusive deduciendo la parte de amortización del utillaje, también contenida en el producto, más de un 20% de la cifra global. La otra parte, o sea, el 80%, son productos de nueva creación, propiedad exclusiva de la capa social dirigente que dispone de ella como le da la gana. Antes de pasar adelante, precísese: el 85% de la población, la que ha hecho directa, o indirectamente el esfuerzo recibe alrededor de un 20% de lo creado por ella misma; en cambio, el 15% de jerarcas arrampla con el 80%, o sea, con su valor mercantil, siempre con la mira puesta en la continuidad de su imperio económico-político sobre toda la redondez terrestre, lo que no niega sino que engendra su partición en zonas nacionales rivales o conchabados. Tan colosal, tan ingente riqueza es aniquilada en su mayor parte, se volatiliza, sin otra utilización que apretar las amarras del capital sobre la sociedad. Y no importa cuál de los sectores prepondere.

Una parte nada exigua del 80% dicho, es despilfarrada en gastos suntuosos o atesorada por el 15% de privilegiados, desde los más modestos hasta los más encumbrados. En segundo lugar vienen los gastos de policía y sobre todo los militares, industrias bélicas y compra de armas incluidas, cantidades en aumento incesante; a continuación los gastos de administración y fisga de los incontables sectores particulares en el proceso general de la producción, en crecimiento acelerado (es lo que infla el llamado sector terciario); después, los gastos escolares -todas las categorías comprendidas- y los de sanidad, si bien una parte indiscernible de ellos, representando trabajos correlativos a la producción necesaria, se encuentra incluida en el 20% que reproduce la fuerza de trabajo utilizada en el ciclo entero. En fin, y pasando por alto segmentos menos visibles, el remanente, de importancia variable según los ciclos, arroja la acumulación ampliada del capital, o riqueza agrandada un ciclo tras otro.

Esta es la que alimenta todas las inversiones nuevas, y, con ella y para ella, las investigaciones científicas y las aplicaciones tecnológicas subsecuentes.

Menester es afinar aún el examen. De todas las porciones en que se desgaja el 80% de la producción, la absorbida por el consumo fastuoso o individualmente atesorada por los privilegiados, con ser copiosísima, queda en cuantía muy por debajo de cualquier otra, en particular de la que devora lo militar. En cambio, es la parte determinante y decisiva en todos los dominios, inclusive en los de enseñanza elemental, la sanidad y en la científica. Por y para ella funciona el sistema de cabo a rabo. Quienes disfrutan de la dicha primera porción constituyen el elemento subjetivo del mecanismo económico mundial, son los impostores del orden y de la patria en cada coto nacional, el cuajo antropomórfico de la civilización capitalista. Nada, absolutamente nada de oficial o de semi-oficial se hace en ella que no responda a la conveniencia actual y a la afirmación futura de su sistema. En suma, su conveniencia de clase, o de capa social explotadora. Dicho de modo más restricto y directo, cualquier aplicación tecnológica, desde la más sencilla hasta la más perfeccionada, ha de servir para agrandar la parte de los privilegiados y restringir la de los trabajadores: todavía más del 80% para los primeros, y menos del 20% para los segundos. Referido a las cifras humanas correlativas, la modernización tecnológica da a los 750 millones de jerarcas, parte mayor del 80% de la producción, y parte menor del 20% a los 4.250 millones de habitantes de la Tierra.2 Y la tendencia divergente continuará en medida proporcional a los perfeccionamientos técnicos. De no ser así, ninguna innovación la aplica ningún capitalismo, es de cajón. Tanto, que las existentes en cada momento funcionan con calculada, planificada cortapisa. Otro resultado por completo negativo de la tecnología al servicio del sistema, es el paro obrero.

Él añade, al empobrecimiento relativo de quienes trabajan, un empobrecimiento absoluto de los sintrabajo de toda clase, pues la propia técnica va aumentándolo, sin hablar ahora de la regimentación semi-militar de todas las actividades, cuyo modelo está en el Japón. Ha sido este país del Lejano Oriente el que, poniendo en todos los continentes un diluvio de mercancías, de buena calidad y más baratas a pesar del larguísimo transporte, ha desencadenado la carrera a la competitividad en que todavía se encuentran embargados los occidentales, y que ahora Gorbatchev quiere remendar en Rusia.

Ni Gorbatchev ni nadie de los de su bordo podrá escapar a los imperativos del sistema mundial en que Rusia se ha incrustado. Los jerarcas del partido dictador han pretendido siempre que en sus dominios el paro obrero está ausente. Franco pretendía otro tanto para España, porque también disimulaba. Franco lo hacía por «caridad cristiana», los dictadores rusos, por exigencias de su inveterada falacia. Pero, han llegado a tal punto de degradación mental, que ni siquiera se dan cuenta de que su propia expresión les inflige un rotundo mentís. En efecto, el único, pero insoslayable requisito para que no haya ni pueda haber paro, es que la clase obrera en cuanto tal haya desaparecido. Ralo, profuso, mal o bien escondido, el paro es inseparable de la funcionalidad misma del trabajo explotado. Hasta ahora, la ocultación del paro en Rusia se hacía mediante la vuelta al pueblo original; los campos de trabajo forzado, el vagabundaje favorecido por la corrupción, mediante ocupaciones peor pagadas que cualquier parado occidental, y también por la baja productividad, redoblada por el atraso tecnológico precisamente. Añádanse 7 u 8 millones de movilizados militares en permanencia. Todo eso, más lo dicho sobre los efectos arrasadores de la contrarrevolución, es lo que hace la debilidad material de Rusia como potencia imperialista, su fragilidad doquier domina, e incluso fronteras adentro, donde la población desprecia cuanto viene del poder o con él se relaciona, y lo que deja por los suelos su competitividad internacional.

Tan sólo para intentar corregir esos males o fallos, la gorbatchiada tiene que recurrir a la escuela de sus semejantes occidentales y japoneses. Ya no le valdrá esconder el paro aunque sus estadísticas lo minimicen.

Más de 15.000 obreros han sido despedidos sólo en los ferrocarriles de Bielorrusia. «Se habla» (porque la opacidad tildada transparencia deja poco trasluz), de centenares de miles en la región industrial nórdica, millones seguirán, aparte los anteriormente ocultos. Mientras más efectiva sea la reorganización tecnológica mayor número de trabajadores parados arrojará, amén de los diversos efectos negativos redundantes. Dentro del sistema existente, es un resultado no sólo insoslayable, sino necesario para la prosperidad del mismo en cada país e internacionalmente. En Estados Unidos la reanudación del crecimiento está lejos de reabsorber todo el paro. En Inglaterra, el crecimiento y la buena marcha de los negocios conlleva aumento del paro. En Alemania, igual, en Francia, responsables gubernamentales hablan de dos millones y medio de parados, incomprensibles, una vez alcanzado el máximo crecimiento.

La concurrencia mercantil, la tan cacareada competitividad, cuenta por mucho en los proyectos de Gorbatchev y adláteres, puesto que es en definitiva el fondo material que enfrenta el Bloque militar capitaneado por Rusia, al capitaneado por Washington. Empero, su acometida preliminar consiste en hacer marcar a su economía interna, tan macilenta, el paso exigido hoy por cualquier mediano capitalismo. No se les escapa a los cabezas del Partido-Estado su peligrosa inferioridad en ese dominio. Ello debilita también su capacidad militar, a despecho de ser allí la más esmerada y dispendiosa de todas las producciones. Esa doble consideración inspira las maniobras tocantes al armamento atómico. Se trata pues de un determinante de la concurrencia mercantil mundial, y por ende militar, a largo plazo, salvo incidencias imprevisibles. De todos modos, el aspecto concurrencial del capitalismo en su actual coyuntura, a partir de la cual el perfeccionamiento tecnológico, sea abundoso o escuálido, lejos de comportar desarrollo social lo obstaculiza y lo carcome, no nos interesa a los revolucionarios sino para denunciar lo que es: un requerimiento reaccionario a desbaratar. Es una de las condiciones indispensables para la reanudación de la actividad revolucionaria en general.

Está dicho en documentos de nuestra tendencia, y lo respalda cuanto ocurre hoy en ambos bloques, en países delanteros y zagueros por igual, que el capitalismo ya no está en condiciones de utilizar la ciencia de manera plenamente científica, sino al contrario oponiéndose a los intereses inmediatos de cada individuo, cuyo conjunto da el interés colectivo e histórico de la humanidad. Por ende, también contra la ciencia misma.

Mucha mayor consideración que la cháchara tecnologizante de Gorbatchev o de quien fuere, adquiere para nosotros, revolucionarios, el quite político de la transparencia. Como Khrutchev tiempo atrás y otros en la penumbra, el nuevo Secretario General se da cuenta, chitacallando, de que el impedimento mayor al funcionamiento siquiera normal de la economía rusa, sin inferioridad respecto de las principales potencias, procede de la resistencia pasiva universalmente opuesta a las condiciones de vida, de trabajo y de avituallamiento, más a la mentira informativa cotidiana, que padece la población, en particular la clase obrera. Por consecuente añadidura, débese al desprecio, hasta la náusea, que inspira la casta dictatorial. Mientras no se supriman tales impedimentos, ni robótica, ni informática, ni descubrimiento científico alguno hará al apaño de los gobernantes fronteras adentro; tampoco fuera de ellas, donde el desbande en los partidos pro-rusos nada lo invertirá.

A obviar tales dificultades se endereza la tan venteada transparencia o netitud (glasnost). Gorbatchev en persona espeta en uno de sus discursos refiriéndose a ella y a sus proyectos de reorganización: «Será una segunda revolución de 1917». El anzuelo así echado revela -felicitémonos- que continúa existiendo, en el proletariado, un rescoldo de 1917, todo lo contrario de lo que abrigan tantas mentes intelectuales incubadas en el serrallo de la casta burocrática. Suscitar una esperanza en el sentido de Octubre Rojo concedería al poder un crédito nuevo, temporal al menos, y amonedable en plusvalía. Al mismo intento responden las rehabilitaciones, los retoques a la historia oficial, lo proclamado como libertades. Mas todo ello lleva el cuño inconfundible del sistema: KGB. Puede tenerse por cierto que la masa de explotados quedará a la expectativa, pero no morderá el cebo, que le arroja el Kremlin. Mejor, la posibilidad, es decir, la necesidad existe, de que los oprimidos, truequen su hostilidad pasiva en activa y acometan en torrente insurreccional la madriguera del Partido-Estado. Precisamente procurando conjurar ese peligro se sirve Gorbatchev como señuelo de 1917. Sabe que en recurrencia revolucionaria el proletariado hará tabla rasa del régimen político y del sistema económico. Ante tal necesidad, quienes mendigan democracia y rehabilitaciones respaldan la maniobra del KGB contra el proletariado. Mención especial de desprecio a tal respecto merecen las organizaciones que dicen reivindicar a Trotsky, ensucian su memoria y le lavan la cara a la contrarrevolución.

La estafa ideológica en que se ha basado el stalinismo desde sus primeros balbuceos estará presente en cualquiera de sus fases. La puesta en juego por Gorbatchev, no lo es menos, pero sí una culminación de la estafa constante y general. Tiene algo de desesperación por parte de los todopoderosos gobernantes, que no han conseguido en medio siglo largo de absolutismo en todos los dominios, poner en marcha un capitalismo medianamente normal, ni aplacar la aversión de sus gobernados. No cabe entregarse a conjeturas sobre cuál será su desenlace, tanto menos cuanto que la orientarán en un sentido u otro, situaciones y sucesos dentro del Bloque ruso, y también fuera de él. Una cosa es tan indudable, sin embargo, que no admite siquiera discusión: para que el desenlace caiga del lado revolucionario hace falta que el proletariado dé el asalto al poder y haga trizas toda la obra de la contrarrevolución, o sea, del stalinismo. En ese sentido, los revolucionarios del mundo entero tenemos la obligación de ayudar al proletariado ruso.

Palabreo engañoso más o menos, Gorbatchev no puede ocultar su filiación contrarrevolucionaria. Tranquilizando a los suyos les dijo en especial: «El stalinismo es una invención del enemigo».

Alude a los enemigos de la contrarrevolución, primeros que la calificaron de stalinista, y al mismo tiempo ofrece una garantía a la casta autora de la misma, comprendiendo sus descendientes, cuyo portavoz actual es el Secretario General. Bajo el suyo u otro dictado cualquiera, cuanto emprende el Partido-Estado llevará por mira remozar y perfeccionar las relaciones de explotación y el despotismo de los gobernantes. Sin perjuicio, no obstante de lo destinado a engatusar a los trabajadores y de las garantías a sus semejantes del aparato, la alta burocracia se ve constreñida a descararse recurriendo al imperialismo rival. Ha solicitado la pertenencia al Fondo Monetario Internacional (FMI) y a otros organismos del mismo bordo; ha proclamado la «interdependencia de los Estados de la comunidad mundial», algo que sólo consiente la igualdad de sistema económico, aunque los regímenes políticos difieran. Más recientemente, el garrulo Secretario ha declarado: «la Unión Soviética es también parte de Europa», en guiño descarado de asociación económica y tecnológica de la Comunidad capitalista europea; procura, también, introducirse entre los accionistas (Bouygues del lado francés) constructores del túnel bajo el canal de la Mancha. Y ha encontrado oídos complacientes y hasta cómplices. En una conferencia de los países occidentales sobre la gorbatchiada, reunida en Minnesota a tiempo de terminar este artículo, se dijo con todas sus letras y sin oposición de nadie, que era muy conveniente ayudar a Rusia a salir de su condición de «enano económico».

Ninguna ayuda occidental, ninguna medida interior sacará a Rusia del marasmo social y de la degradación en que la ha ido enfangando, durante interminables decenios, la casta stalinista. Sin mencionar otras razones también importantes, esa imposibilidad la interpone la razón histórica fundamental: la tecnología, en manos del capital, ya no puede ser utilizada -téngase presente siempre- sino contra el hombre. Es un hecho mundial cada día más agobiador. Es así como se manifiesta la crisis de la civilización capitalista, dentro de la cual se introdujo, so capa de «socialismo» en un solo país, la contrarrevolución burocrática. Ello con doble corroboración en Rusia, puesto que a ese efecto negativo añádese, exasperante, el régimen político instaurado como garantía de tan enorme contrahechura histórica. A nosotros no nos cabe sino poner en la picota la gorbatchiada y denunciarla en todos sus aspectos con el máximo vigor y precisión. Prestarle ayuda o siquiera crédito es una traición a la futura revolución rusa y mundial. He ahí la única transparencia.

Hay que hablar para los explotados. Aunque nuestra voz no alcance por ahora hasta Rusia, lo mismo vale para China, Estados Unidos, Europa Occidental, Asia, África, América latina desde Cuba y México hasta Argentina y Chile. A ellos hay que decirles: ninguna solución alcanzaremos sin cambiar de todo en todo la distribución del producto social del trabajo referido al principio de este artículo. El 85% de la población (4.500 millones de personas) hoy racionada con sólo el 20% del producto de su trabajo, debe apoderarse de él, suprimir todo gasto, toda actividad que no responda a su propio consumo, incluso el cultural, el sanitario, etc. Para ello es indispensable arrebatarle el poder al 15% de capitalistas colectivos o individuales que acaparan el 80% de la riqueza. Así la clase trabajadora se convertirá en el factor subjetivo de la economía, en representación de la sociedad entera. Se inaugurará así una nueva civilización mundial, sin clases, Estado, ni opresión. A empezar por donde se tercie. Y puede, debe terciarse en Rusia.

La resistencia pasiva deja vía libre a lo existente, y en Rusia el KGB continuará acechando en cada esquina, en cada barrio, en cada fábrica. Contra él hay que organizarse en cuanto clase explotada, y como partido revolucionario en el seno de ella.

Septiembre-octubre de 1987 — G. Munis.


¡ATENCIÓN!

En el próximo número de L'Arme de la critique aparecerá un artículo, «Relámpagos sobre el Estado», de G. Munis. Es el esbozo de un libro del mismo título, por publicar... y cuya publicación no depende sólo de nuestra voluntad.


Nota. Texto español de Munis según el archivo de la Escuela: «La Gorbachada en tecnología y transparencia», en La Perestroika y la implosión de la URSS stalinista; su parte final salió también en Alarma, tercera serie, n.º 25, julio de 1988. Cotejado con la versión francesa, que coincide en contenido; corregimos algunas erratas evidentes. La versión francesa del epígrafe dice «la revolución» donde el texto español dice «la rebelión».

  1. Análisis completo del paso de la revolución a la contrarrevolución en Partido-Estado, stalinismo, revolución, de G. Munis. ↩

  2. Los porcentajes dados no pueden ser exactos; pero dan idea clara y más bien mitigada del funcionamiento económico capitalista. ↩