Alarme, n.º 47, enero-mayo de 1991 (pág. 14). PDF del número completo · Texto original en francés
Guerras como la que sufrimos sólo son posibles gracias a una conjunción de todas las fuerzas de la regresión y significan, entre otras cosas, una detención del auge cultural, puesto en jaque por esas fuerzas de la regresión a las que la cultura amenazaba. Esto es demasiado evidente para que haga falta insistir. De esta derrota momentánea de la cultura resulta fatalmente un triunfo del espíritu de reacción y, en primer lugar, del oscurantismo religioso, coronamiento necesario de todas las reacciones. Tendríamos que remontarnos muy lejos en la historia para encontrar una época en que Dios, el Todopoderoso, la Providencia, etc., hayan sido tan frecuentemente invocados por los jefes de Estado o en su beneficio. Churchill casi no pronuncia discurso alguno sin asegurarse su protección, Roosevelt hace lo mismo, De Gaulle se coloca bajo la égida de la cruz de Lorena, Hitler invoca cada día a la Providencia y los metropolitas de toda especie agradecen al Señor, de la mañana a la noche, la merced stalinista. Lejos de constituir por su parte una manifestación insólita, su actitud consagra un movimiento general de regresión al mismo tiempo que muestra su pánico. Durante la guerra anterior, los curas de Francia declaraban solemnemente que Dios no era alemán, mientras que, del otro lado del Rin, sus congéneres reclamaban para él la nacionalidad germánica, y nunca las iglesias de Francia, por ejemplo, han conocido tantos fieles como desde el comienzo de las presentes hostilidades.
¿De dónde proviene este renacimiento del fideísmo? Ante todo, de la desesperación engendrada por la guerra y de la miseria general: el hombre ya no ve salida en la tierra para su horrible situación, o no la ve aún, y busca en un cielo fabuloso un consuelo para sus males materiales, que la guerra ha agravado en proporciones inauditas. Sin embargo, en la época inestable llamada de paz, las condiciones materiales de la humanidad, que habían suscitado la consoladora ilusión religiosa, subsistían, aunque atenuadas, y reclamaban imperiosamente una satisfacción. La sociedad presidía la lenta disolución del mito religioso sin poder sustituirlo con nada, salvo con unas sacarinas cívicas: patria o jefe.
Los unos, ante estos sucedáneos, privados por la guerra de las condiciones de su desarrollo,1 permanecen desamparados, sin otro recurso que un retorno puro y simple a la fe religiosa. Los otros, estimándolos insuficientes y anticuados, han intentado ya sea sustituirlos por nuevos productos míticos, ya sea regenerar los antiguos mitos. De ahí la apoteosis general en el mundo, por un lado, del cristianismo y, por otro, de la patria y del jefe. Pero la patria y el jefe, como la religión, de la que son a la vez hermanos y rivales, no tienen hoy otro medio de reinar sobre los espíritus que la coacción. Su triunfo presente, fruto de un reflejo de avestruz, lejos de significar su glorioso renacimiento, presagia su fin inminente.
BENJAMIN PÉRET. Le déshonneur des poètes.
Tomamos como base la traducción española de El deshonor de los poetas que figura en el archivo, que no es del FOR, corregida contra el texto francés de Alarme.2
El texto de Alarme dice «à la faveur de la guerre des conditions de son développement», frase al parecer estropeada en la composición; traducimos según el sentido probable. La traducción del archivo entiende «en favor de la guerra y de las condiciones de su desarrollo». ↩
Corregimos en particular el comienzo («sólo son posibles gracias a», no «no serían posibles sino en vista de»; «una detención del auge cultural, puesto en jaque por esas fuerzas de la regresión a las que la cultura amenazaba», no «un freno al progreso cultural propiciado por esas fuerzas de la regresión que amenazan a la cultura»), «la merced stalinista» (le bienfait stalinien; en la traducción del archivo, «el servicio stalinista») y «nunca las iglesias de Francia [...] han conocido tantos fieles». ↩