L'Arme de la critique, n.º 3, mayo de 1987 (págs. 7-13). PDF del número completo · Texto original en francés
Dos factores visibles dominan los años 30 para la clase obrera. Por una parte, la crisis económica; por otra, la referencia a la revolución rusa y su repercusión mundial. Pero el factor determinante, presentido y denunciado sólo por algunas minorías, y que hace inclinarse con todo su peso la balanza hacia la guerra, es la contrarrevolución, iniciada en Rusia, desarrollada por el stalinismo, que se extiende silenciosamente al mundo entero, relevada por los aparatos sindicales, socialdemócratas y fascistas.
El proletariado alemán, el más poderoso de Europa por su número, su concentración y su organización, queda definitivamente vencido, paralizado por el stalinismo, que lo entrega a Hitler en 1933, dando así remate a la obra de la socialdemocracia. La crisis económica ha desmembrado a la clase obrera en numerosos países, en particular en Estados Unidos, donde el vagabundeo destruye los lazos de solidaridad. Los partidos obreros salidos de la revolución de 1917 están infestados de stalinismo, y casi todos los grandes sindicatos están integrados en el Estado o muestran su avidez por estarlo.
En este contexto, pese a las recientes y dolorosas derrotas, la combatividad obrera no ha muerto, sin embargo, y surge todavía violentamente en Austria, en Bélgica, en Francia y en España.
El soplo revolucionario de Octubre del 17 no ha muerto, y el proletariado recuerda brutalmente su existencia, negación del capital y afirmación del comunismo. Ahora bien, si el contexto revolucionario está lastrado por derrotas, los capitalistas no se encuentran por ello en posición de fuerza. En efecto, también ellos se enfrentan a la crisis económica y sólo pueden superarla aumentando considerablemente la productividad y lanzándose a cuerpo descubierto en la economía de guerra. La necesidad de paz social crece aún más. En Rusia, la construcción del capitalismo de Estado, el desarrollo de la industria pesada y las amenazas de guerra que se perfilan imponen al Partido-Estado quebrar toda protesta obrera y asumir su papel contrarrevolucionario allí donde está presente, en todas sus agencias de política internacional. Para su propia conservación, el stalinismo utiliza todos los recursos de la Komintern a fin de encontrar una buena alianza con uno de los imperialismos (de preferencia el alemán, por razones estratégicas). Para ello presenta las únicas cartas credenciales verdaderas que el capital puede aceptar: producir y aplastar al proletariado. El Partido-Estado va a aplicarse a ello de manera ejemplar, demostrando su naturaleza capitalista y su función contrarrevolucionaria en un momento crucial para la evolución de la relación de fuerzas entre proletariado y capital.
La constitución de los Frentes Populares, basada en la enorme estafa del antifascismo, y descansando todo ello en la gigantesca mentira de la patria del proletariado, es una proeza contrarrevolucionaria. Es un instrumento decisivo para la victoria del capital que una de sus fracciones, el stalinismo, le ofrece, permitiéndole realizar su civilización, de los campos de trabajo a Hiroshima.
Es en 1934 cuando Stalin lanza la idea de los Frentes Populares. Hasta entonces, la táctica de la Komintern es «todo contra la socialdemocracia», apoyo al hitlerismo en Alemania (de 1931 a 1934). El pretexto es el papel de la socialdemocracia en el aplastamiento de la revolución en Alemania en 1918-1923, su participación en la primera guerra mundial, su oposición a la revolución rusa. En realidad, la tarea de la Komintern es entregar atado de pies y manos al proletariado alemán a cambio de una alianza que esta vez no se hará.
Decepcionado, Stalin cambia el fusil de hombro, se vuelve hacia las democracias, firma un pacto con Francia (pacto Laval-Stalin de 1935) y se pone a gritar contra el fascismo, que, como todo el mundo sabe, no pasará.
La necesidad de la paz social a toda costa para la estabilidad económica y la preparación militar implica la liquidación de toda protesta, incluso mínima, y de toda referencia auténtica a la revolución. El complemento indispensable de los Frentes Populares es, pues, la supresión de todo rastro, aun ínfimo, de Octubre del 17. Desde los más altos dirigentes (Zinóviev, Kámenev, Bujarin...) hasta los obreros más anónimos, todos los que pudieron luchar por el derrotismo revolucionario, contra toda alianza con la burguesía, por los sóviets, por la revolución proletaria, todos ellos fueron eliminados, fusilados o deportados. Aunque entretanto hubieran sabido dar prendas y organizar la contrarrevolución, todos los dirigentes del equipo prerrevolucionario son fusilados tras procesos innobles, incluidos los del ejército en 1938. Stalin dudó en debilitar el ejército, pero la seguridad política es un bien mucho más precioso que la competencia con riesgo de protesta. Al estorbo de Trotsky no se le eliminará hasta cuatro años más tarde, justo antes del hundimiento de 1941, del desencadenamiento de la «gran guerra patria» y de sus veinte millones de muertos, de la «lucha a ultranza contra el fascismo», antes «aliado y garante de la paz».
El lanzamiento de los Frentes Populares fue, pues, una gigantesca maniobra diplomática, política y militar del stalinismo, a fin de establecer alianzas militares y económicas estables en previsión de la guerra y con vistas a someter al proletariado, perpetuo aguafiestas del capitalismo. La sumisión garantiza la preparación de la guerra; la militarización del trabajo, de la economía y de toda la sociedad permite la sumisión del proletariado. En ese círculo vicioso se sitúa la historia de los Frentes Populares, última arma forjada por la contrarrevolución stalinista para quebrar la amenaza del comunismo y hacer posible la guerra. La derrota entonces ocasionada cerró una época de ofensiva revolucionaria con el terror nuclear, el apogeo del stalinismo y la disolución del proletariado en el patriotismo.
Hay que decir que el hallazgo fue genial. En sustancia, se trataba de señalar la causa de los males que abrumaban al mundo: ¡el fascismo! Para remediar sus amenazas belicistas, para hacer disolver sus milicias armadas (como las Croix-de-Feu en Francia o la Falange en España), es necesario y suficiente... no atacar al Capital sino a las 200 familias, no atacar al Estado sino defender la democracia con todas las «fuerzas populares», reuniendo a patronos, patatas, obreros, olleros, pequeños comerciantes, pequeños cormoranes, artesanos, alcachofas, militares, molineras, empleados, emplumados, etc., en un solo frente.1
Patriotismo, civismo, democratismo: todos los ingredientes están reunidos, y todos los partidos y sindicatos de izquierda picarán en el anzuelo.2 En efecto, esta liga todos sus elementos comunes en uno, esencial: la defensa del Capital en nombre de la clase obrera. Por su carácter masivo, su acuerdo les abre el camino del poder más despreciable, el de ejecutores de los trabajos sucios y gestores del Capital. ¡Queda abierta la embriagadora carrera tras prebendas y sinecuras!
Apenas se ha secado la tinta del pacto Laval-Stalin cuando el P«C» saca las consecuencias: en adelante los obreros tienen una patria que defender y una bandera que mimar: el trapo tricolor y el vómito de La Marsellesa deben aparearse con la bandera roja y La Internacional. Todos unidos por la República, y hasta la Bastilla o viceversa, en un simbólico recorrido geohistórico, contra las Croix-de-Feu, la Cagoule y la Action Française.3 En suma, viva Francia contra el fascismo. El 14 de julio de 1935 se festeja la reconciliación de las clases en el baño disolvente de la República Democrática. La policía, discreta, deja desbordarse la alegría, y Duclos, aclamado junto a Daladier, evoca los manes de Juana de Arco y el esplendor de la divisa «Libertad, Igualdad, Fraternidad»; dicho de otro modo, «Infantería, Caballería, Artillería».
Al día siguiente, Le Populaire y L'Humanité rivalizan en entusiasmo para calificar este espectáculo abyecto. Única nota discordante en la fiesta: algunos centenares de las Juventudes Socialistas se manifestaron contra el ejército, la guerra y la Unión Nacional, pese a las amenazas y las intervenciones de los matones stalinistas. Hacía falta mucho valor para gritarle a la inmensa muchedumbre de obreros que ya no era virtualmente más que carne de cañón. Apenas se ha apagado el eco de los bailes democráticos y antifascistas cuando Laval, que acaba de medir el alcance del pacto, toma las medidas que se imponen: aumento de los impuestos, reducción de los salarios.
La mayoría de los trabajadores, embrutecidos por la propaganda patriótica, no reaccionan ante el sacrificio exigido para salvar el país. Sólo los obreros de los arsenales se ponen en huelga, sin esperar la menor consigna sindical (¡habrían podido esperar sentados!). En Brest los rodean las tropas coloniales y los gendarmes. Se producen choques y un obrero muere. Estalla el motín, y durante tres días Brest se llena de barricadas, cargadas a bayoneta calada por la tropa, pese a negativas individuales de soldados coloniales. Un joven obrero, desobedeciendo las consignas de Stalin, es abatido por un oficial miembro de las Croix-de-Feu cuando intentaba sustituir la bandera tricolor por una bandera roja en la prefectura: ilustración premonitoria del pacto Hitler-Stalin. Balance: tres muertos, siete heridos graves y cincuenta y tres detenidos. El Frente Popular reacciona al unísono y arrastra a los obreros por el fango: «provocadores», «es el hampa», «son elementos turbios». La CGT le hace coro y todos claman contra la provocación fascista. Pero nadie inquietará a los oficiales de infantería colonial, cuyas simpatías fascistas son sin embargo públicas.
Es muy natural, y se comprende mejor leyendo a Jacques Duclos en L'Humanité: «En cuanto a la operación que consiste en arrancar la bandera tricolor (...), también ella lleva la marca de la provocación (...). Concedemos un valor demasiado grande a nuestra colaboración con el Partido Radical para no alzarnos contra los provocadores». Las organizaciones sindicales manifiestan su solidaridad: 5 minutos de paro en los arsenales en memoria de los muertos. Pero en Tolón, siempre contra el parecer de los sindicatos, los 5 minutos se convierten en una huelga general con manifestación, barricadas y asalto a la prefectura. Los obreros fracasan, habrá dos muertos, pero en cuatro buques de guerra los marinos se han negado a disparar. Ante el aspecto revolucionario de los acontecimientos, el P«C» y el P«S» se radicalizan: excluyen sistemáticamente a todos los opositores. En Brest, un dirigente sindicalista del P«C» es excluido por haber apoyado la extensión del movimiento y «el impulso creador de las masas cuando se lanzan a la acción», según sus propias palabras. Se le acusará de tener «relaciones policiales» (tiene suerte: no lo han fusilado). El undécimo radio de París es disuelto y numerosos militantes son excluidos en todas partes por «trotskismo». Es verdad que buena parte de los excluidos se volverán hacia la oposición de izquierda o hacia la «Izquierda Revolucionaria» de Marceau Pivert. En el P«S» se depura sobre todo a las Juventudes: ¡mismo motivo, mismo castigo!
Tras esta primera represión, ejercida conjuntamente por los partidos del Frente Popular y el gobierno de Laval, el coronel de La Rocque puede dejar oficialmente de amenazar a la República (¡como si alguna vez hubiera sido realmente un peligro!): esta se las arregla muy bien sin él para hacer reinar el orden. Para aplastar al proletariado, los perros sangrientos del stalinismo valen más que las milicias poderosamente armadas de las Croix-de-Feu.
La campaña electoral puede encararse sin demasiados disturbios: los «facciosos» han sido muertos, encarcelados o excluidos, y cuidadosamente aislados. Pero la agitación se reanuda entre los obreros. Para «calmar a la base», partidos y sindicatos van a soltar lastre... verbal. En primer lugar, los dos sindicatos importantes se reunifican: CGT y CGTU vuelven a ser una sola CGT, que alaba las virtudes de la unidad obrera, infaliblemente victoriosa sobre el fascismo. Los dirigentes stalinistas de la CGTU refunfuñan pero obedecen, porque Stalin ha sido tajante: «Unidad». La fusión se hace de la base a la cúspide, y la naturaleza antiobrera de la consigna «unidad sindical» se ilustra brillantemente unos meses más tarde, en mayo-junio de 1936. Después, una segunda artimaña funciona en el juego de los programas. En efecto, el programa del Frente Popular es nulo y descontenta a obreros y militantes. En primer lugar pide una amnistía, la depuración de la administración y la disolución de las ligas. Luego se extiende sobre la defensa nacional, la intervención estatal moderada y una política de grandes obras. Las reivindicaciones que interesan a los obreros quedan en una vaguedad muy artística. Por eso el P«C» y el P«S» deciden batirse en la primera vuelta con su propio programa, que van a redactar tanto más a la «izquierda» cuanto que están seguros de no poder aplicarlo, puesto que no es un programa de gobierno. En él se encuentran revueltas la semana de 40 horas, las vacaciones pagadas, los contratos colectivos, el aumento de los salarios, el voto de las mujeres, etc. En esos programas van a creer los obreros, y esas medidas son las que van a tomar como reivindicaciones, para gran desconcierto de aquellos para quienes no eran más que humo.
Durante la campaña electoral, Thorez lanza por la radio su llamamiento de la mano tendida a los católicos y a las Croix-de-Feu, y concluye: «Nosotros, los comunistas, hemos reconciliado la bandera tricolor de nuestros padres y la bandera roja de nuestras esperanzas». O también en L'Humanité: «¡Por el orden, votad comunista! Quien está contra el Frente Popular está con Hitler; ¡quien está con Hitler está por la guerra!». Así, toda condena de la Unión Nacional, del Frente Popular, queda asimilada de antemano al hitlerismo.
Ya antes de la campaña y durante ella tienen lugar numerosos conflictos de pequeña envergadura, cada vez más a menudo victoriosos, primero contra la baja de los salarios, después, cada vez con más frecuencia, por su alza. En el Norte, la CGT frena el descontento de los mineros, que amenazaban con ir a la huelga entre las dos vueltas de las elecciones. De paso, el Frente Popular gana las elecciones, de las que el P«C» sale gran vencedor: sus votos se duplican y pasa de 11 a 72 diputados. Los medios de comunicación comentan ampliamente la victoria «obrera» y la relacionan con la enorme participación en la huelga y en las manifestaciones del primero de mayo.
Sin embargo, el 11 de mayo en Breguet, en El Havre, y el 13 en Latécoère, en Toulouse, la huelga ha estallado a raíz del despido de obreros que hicieron huelga el primero de mayo. Las huelgas se hacen «con ocupación». Aunque ya había habido algunas huelgas victoriosas «con ocupación» en abril y mayo, son estos dos conflictos los que sirven de referencia y de detonador a la gigantesca explosión que sacude todo el país. Estas dos luchas arrancan en grandes empresas de la industria aeronáutica, a la vanguardia del progreso técnico y de la taylorización, en pleno crecimiento en su sector económico y, en general, en todo lo que toca a la economía de guerra. Los obreros, exasperados por los altos rendimientos y por una organización aún más deshumanizadora del trabajo, exigen la semana de 40 horas, 15 días de vacaciones pagadas y mejores salarios. En El Havre, 300 estibadores acuden a echar una mano contra la policía, y los huelguistas toman como rehén el prototipo del hidroavión Breguet 730, amenazando con destruirlo. La dirección pide «la retirada de las fuerzas del orden», que obedecen. Este ejemplo es tanto más interesante cuanto que el método de lucha queda cuidadosamente ocultado por la imagen, ciertamente muy mayoritaria, de las huelgas de verbena en las que la ocupación se convierte rápidamente en encierro. L'Humanité no habla de Breguet antes del 22 de mayo, cuando el movimiento alcanza ya la periferia de París y se han ganado ya allí conflictos con los mismos métodos y las mismas reivindicaciones.
En el momento en que, a consecuencia del bloqueo sindical y stalinista, el movimiento se queda sin aliento en París, estalla en provincias, toma un segundo aliento y barre todo el país. Patronal, Estado y Sindicato se dejan llevar por el pánico; los acuerdos de Matignon se firman rápidamente y los ratifican a gran velocidad la Asamblea Nacional y el Senado. Puede señalarse que la ratificación se hace casi por unanimidad en la Asamblea y por una mayoría muy fuerte (dos tercios al menos) en el Senado, bastión de la patronal. ¿Qué es lo que se acaba de soltar? Las 40 horas, del 7 al 15 % de aumento de los salarios, 15 días de vacaciones pagadas, los contratos colectivos. Sobre estas «conquistas» del Frente Popular hay que hacer algunas observaciones. Ante todo, no son conquistas del Frente Popular sino de la huelga general, a la que se opusieron todos los partidos y sindicatos del F. P. Además, la reducción del tiempo de trabajo no era ya ajena a las preocupaciones de la patronal, a consecuencia de la desaceleración de la actividad de ciertos sectores afectados por la crisis; en cambio, esta reducción es particularmente dura de tragar en el sector paramilitar, y sobre todo en los arsenales y la aeronáutica.
Además, los aumentos de salario son notoriamente insuficientes, como muestra la continuación de los acontecimientos, y en todo caso quedarán reabsorbidos en menos de un año. Los contratos colectivos constituyen ciertamente un progreso respecto de los contratos individuales, pero en realidad sirven para reforzar el dominio de los sindicatos, que adquieren entonces una importancia decisiva en el Estado. Por último, las vacaciones pagadas siguen siendo, material y moralmente, el choque más importante de este conflicto. Y sin embargo, incluso la Alemania hitleriana las consiente y las organiza («la fuerza por la alegría»...), y han sido sudadas con creces en forma de plusvalía antes de su concesión. Se volverán contra los trabajadores, desmovilizándolos de los conflictos, que también se irán «de vacaciones» en el mes de agosto. Con todo, y sobre todo porque fueron conquistadas y no verdaderamente concedidas, son entonces una manifestación de oposición al trabajo asalariado.
La izquierda busca recuperar el movimiento cantando victoria y con fanfarronadas stalinistas, pero la huelga no se detiene. Al contrario, se extiende a otros sectores, al «terciario», como se dice, mientras los obreros manifiestan su descontento, ya porque piden más (más de todo), ya porque quieren imponer la aplicación inmediata e incondicional de las nuevas medidas. Con bastante frecuencia la huelga continúa por solidaridad con sectores todavía en lucha; a veces los obreros piden la marcha de capataces o de jefes de mina particularmente odiados. Los acuerdos se firman el 7 de junio. El 11 empiezan movimientos de tropas en todo el país, a petición del gobierno, por supuesto. Por la noche Thorez declara: «Hay que saber terminar una huelga». Atrapado entre la intimidación de la patronal y la oposición abierta del stalinismo, el movimiento inicia un lento reflujo... un mes antes de la explosión revolucionaria de España.
La intervención de Thorez tiene lugar el mismo día en que los huelguistas de Hotchkiss quieren poner en pie un comité central de huelga para las empresas del metal. Ese comité ve sin embargo la luz y reúne 280 fábricas; hace competencia directa a la CGT. A su cabeza hay un militante trotskista. En efecto, si la actitud de los partidos del Frente Popular es clara, la de la extrema izquierda es por lo menos confusa. Los primeros se opusieron con todas sus fuerzas al movimiento huelguístico y a la huelga. Los segundos la apoyaron con mayor o menor rapidez. La Izquierda Revolucionaria de Marceau Pivert acepta un asiento supletorio en el gobierno y se da por satisfecha con los acuerdos de Matignon. Los anarquistas hacen ascos al movimiento «por el bistec» o anuncian su muerte prematura. Los trotskistas, en fin, llaman sin tregua a la autoorganización, pero no presentan ninguna perspectiva política ni reivindicativa. Los militantes de estas tres corrientes están a menudo a la cabeza del comité de huelga de su empresa, o incluso de un comité central de huelga. Allí donde intervienen, la huelga es más radical y la resistencia a las intimidaciones más fuerte. Pero la incapacidad total de comprender que el Frente Popular es antiproletario, capitalista, contrarrevolucionario (pese a la oposición categórica de Trotsky al Frente Popular), y la incomprensión del stalinismo, al que tildan de centrismo o de reformismo, impiden a estas organizaciones proponer la menor perspectiva revolucionaria de envergadura. Los trotskistas, más numerosos y mejor implantados en la industria, no cambian de análisis cuando el P«C» y la extrema derecha desencadenan conjuntamente una campaña de agresión escrita y física contra ellos. Por cierto, a fuerza de no haber cambiado de análisis, los trotskistas han pasado del papel de opositores incapaces al de seguidores pseudocontestatarios del stalinismo.
La huelga de junio prosiguió, sobre todo en provincias, hasta julio. La izquierda, que había renunciado a festejar el aniversario de su victoria, lo hace el 14 de julio de 1936, cuando aún quedan 160.000 huelguistas. Pero entonces se acaba, y las primeras vacaciones pagadas rematan las huelgas, en medio de las declaraciones inquietas de Thorez, que llama a formar un «Frente Francés» por la paz social y vota el empréstito para la Defensa Nacional. Las ventajas salariales obtenidas se derriten rápidamente durante el invierno del 36, y habrá sin cesar huelgas sectoriales en 1937. Pero la izquierda y los sindicatos, que han salido reforzados de la huelga, movilizan sobre todo contra el «peligro fascista».
Ahora bien, si las Croix-de-Feu cuentan con 800.000 miembros en 1937 (con el nuevo nombre de PSF), es muy cierto que De La Rocque no tiene la menor intención de tomar el poder. Necesita incluso al Frente Popular para celebrar sus reuniones, y el 16 de marzo del 37, en Clichy, Marx Dormoy, ministro del Interior de izquierdas, hace disparar contra 10.000 manifestantes antifascistas.4 Los enfrentamientos duran varias horas. Hay 6 muertos y 200 heridos. No es la primera vez que el Frente Popular mata: en junio del 36 la policía había matado ya a 19 obreros tunecinos de las minas de fosfatos de Metlaoui, por no hablar de los enfrentamientos sangrientos con los obreros agrícolas un poco en todo el Magreb. Pero aquí, como no se trata de «indígenas», la prensa de izquierda habla de ello... El 18, la huelga general de protesta es muy seguida en la región parisina. Los obreros apedrean los taxis, bloquean los puentes del Sena, etc. El Frente Popular ha mostrado, pues, oficialmente su rostro: la represión. Porque lo que más escandalizó en ese momento fue la gratuidad de la matanza. Una manifestación antifascista no podía ser un peligro. Lo que hacía falta entonces era mostrar a los obreros quién mandaba realmente.
Desde entonces la policía, las milicias de extrema derecha y los comandos de esquiroles (proporcionados por el importante paro) atacan regularmente todas las fábricas en huelga. La tensión social vuelve a subir y en diciembre del 37 estallan dos huelgas importantes. Una en la fábrica Goodrich, en la periferia de París, a causa de una falta profesional inventada: la fábrica es ocupada y los obreros preparan la autodefensa. Los guardias móviles cercan la fábrica; la «guardia» hace sonar las sirenas de alarma, y los obreros de las otras fábricas paran. En unas horas son 30.000 rodeando a los guardias móviles. Una vez más, es la intervención del P«C» la que logrará restablecer la paz social, jugando con la confianza en el gobierno y en el Frente Popular, y con el infecto «nada de provocaciones, es el juego de los fascistas».
Los trabajadores librarán todavía dos batallas. En junio del 38, al renovarse los convenios colectivos, son de nuevo la metalurgia y la industria de guerra las que se ponen en huelga. La CGT ha convocado una «prueba» en Citroën. Pero dos días más tarde, pese a la oposición sindical, el movimiento se extiende y en dos semanas hay 150.000 huelguistas y 170 fábricas ocupadas. El P«C»F clama contra la provocación trotskista. La CGT acepta la vuelta al trabajo y es desautorizada por el 70 % de los obreros. Hace todo lo posible por impedir la formación de un comité central de huelga, y lo consigue. La vuelta al trabajo se hace en muy malas condiciones, y la CGT paga su fidelidad al capital con una caída de sus efectivos en la metalurgia parisina.
En noviembre, la patronal, segura de sí misma y de la izquierda, decide suprimir las 40 horas en 5 días e implantar 44 horas de trabajo semanal en 6 días: 5 × 7 + 9 horas el sábado. La provocación es demasiado fuerte, y los proletarios deciden recoger el guante. El 22 se desencadenan las huelgas salvajes. La réplica es inmediata y se producen enfrentamientos muy duros con la policía, en particular en Denain y en Renault, que es tomada al asalto tras una larga resistencia. La prensa de izquierda habla poco de la huelga, salvo para llamar a seguir las consignas sindicales (es decir: ¡nada de huelga!). El gobierno suelta al ejército en la calle. Las estaciones, correos y nudos ferroviarios y de carreteras son ocupados a partir del 26, y la CGT llama entonces a la huelga general... para el 30, con consignas de aplicación que todavía variarán en el último momento. Pese a las requisas de trabajadores de los transportes, de la administración y de las empresas nacionalizadas, habrá 1.500.000 huelguistas declarados. La respuesta será simple: el ministerio de Trabajo reconoce que hay 800.000 trabajadores afectados por el cierre patronal, de los que 20.000 serán despedidos definitivamente. La contratación se renovará a menudo sin antigüedad, y las 5 × 7 + 9 quedarán implantadas. Los despidos se harán sobre todo en la metalurgia, la aeronáutica y los arsenales. El capital tuvo miedo, y el conjunto de sus defensores logró quebrar lo que podía quedar de combatividad obrera. El hundimiento de la revolución en España, bajo los golpes del stalinismo y luego de Franco, y el pacto Hitler-Stalin harán el resto. Una vez vencida la clase obrera, la guerra puede estallar.
El movimiento huelguístico de junio del 36 y, más en general, la gran combatividad obrera que se manifestó bajo el Frente Popular fueron algo más que una simple escaramuza de retaguardia. Aunque, como observaba cínicamente Blum en el proceso de Riom, «los obreros ocupaban la fábrica, la fábrica ocupaba a los obreros», esas ocupaciones no dejaron de ser un atentado contra la propiedad privada. En multitud de casos, más allá de los acordeones y los bailes, las ocupaciones iban unidas a una autoorganización de la huelga que para unos se quedaba en el avituallamiento, pero que a menudo llegaba hasta la autodefensa y la coordinación con los demás huelguistas. Las huelgas «por solidaridad» fueron muy numerosas, así como las iniciativas independientes de los sindicatos. Sin embargo, en ningún momento los proletarios propusieron perspectivas políticas; sólo dejaron de tener confianza en los sindicatos tras sufrir varias derrotas, los asaltos de la policía y la oposición abierta y repetida de la CGT. Hasta el final creyeron en su gran mayoría que el Frente Popular era «su» gobierno, mientras los ametrallaba y les volvía a quitar una tras otra las concesiones de junio. De las conquistas del 36 quedan las vacaciones pagadas, sudadas con creces por los trabajadores, cuya productividad aumentó entonces, y desde entonces, enormemente.
No por ello deja de ser cierto que el peligro proletario se manifestó todavía en 1936 en Francia y en España, y que la única fuerza capaz de oponérsele internacionalmente fue el stalinismo. De la calumnia de los huelguistas a la matanza de los insurrectos en España, el partido stalinista actuó siempre en nombre del antifascismo, de la unión popular y de la revolución rusa. El prestigio que esta última le confirió permitió al stalinismo lograr sus maniobras: obtuvo una alianza con el fascismo como precio del aplastamiento del proletariado en nombre del antifascismo, y luego obtuvo una alianza con las democracias como precio de la carne de cañón que costaba la victoria militar, en nombre del antifascismo.
Por eso hoy, cuando la izquierda evoca el Frente Popular y festeja su aniversario, es lisa y llanamente la victoria del stalinismo y del capital lo que festeja, la descomposición del proletariado en la unidad del pueblo y la militarización generalizada. Para nosotros es la última tentativa de irrupción del proletariado en su terreno de clase antes de la carnicería imperialista, y nos hace comprender hasta qué punto la izquierda y el stalinismo siguen siendo hoy los únicos capaces de vencer al proletariado, porque son los únicos que pueden pretender actuar en su nombre.
Desde los mineros del Norte hasta los insurrectos de Barcelona, pasando por los de los arsenales, algunos lo habían comprendido ya; nosotros no lo olvidaremos para las luchas venideras.
El original enumera por parejas, a la manera de Jacques Prévert, palabras de sonido parecido, que imitamos con juegos semejantes: patrons, potirons (patronos, calabazas), ouvriers, beurriers (obreros, mantequeros), petits commerçants, petits cormorans (pequeños comerciantes, pequeños cormoranes), artisans, artichauts (artesanos, alcachofas), militaires, fermières (militares, granjeras), employés, ans ployés (empleados, «años doblados»). (N. del T.) ↩
El original dice «prendront à cette.», con una palabra omitida tras «cette»; traducimos por el sentido. (N. del T.) ↩
Croix-de-Feu: liga de antiguos combatientes del coronel François de La Rocque, convertida en 1936 en el Partido Social Francés (PSF). La Cagoule: organización armada clandestina de extrema derecha. Action Française: movimiento monárquico de Charles Maurras. (N. del T.) ↩
Marx Dormoy (1888-1941), socialista, ministro del Interior en 1936-1937; el original escribe «Max». (N. del T.) ↩