L'Arme de la critique, n.º 4, junio de 1988 (págs. 3-6). PDF del número completo · Texto original en francés

Desde la publicación, en Francia, de este manifiesto, se nos ha preguntado, no sin sorna: ¿qué necesidad hay de un segundo manifiesto comunista? También hay algunos que ven una profanación en el título del nuestro. Esto último no merece una respuesta, excepto porque nos remite a la objeción anterior.

Marx y Engels —es pertinente recordarlo— eran irreprimibles iconoclastas, incluso en relación con ellos mismos, porque no existe otra manera de escapar de la compartimentalización del sistema cerrado. El primero respondió a quienes le hablaban de los marxistas de Europa continental: «No soy marxista». Así estableció tácitamente una definición a-dogmática del pensamiento revolucionario, que hoy en día es muy poco comprendida. Engels, por su parte, expresó cómo él y Marx habían llevado a pie de obra gran cantidad de materiales que necesitaban ser elaborados. Ahora es necesario añadir los materiales que ha generado desde entonces la lucha de clases mundial. Así pues, cometemos deliberadamente esta profanación. Sólo importa una cosa: saber si se articula o no con la larga fila de todas las profanaciones que ha cometido el pensamiento revolucionario, y que no puede evitar cometer para no asfixiarse. El texto de Pro Segundo Manifiesto Comunista, que invitamos a comparar con el texto clásico, es en sí mismo una respuesta. Sin embargo, para tranquilizar a quienes lo necesitan, se deben especificar algunos puntos importantes.

En el tiempo transcurrido desde la fecha en que Marx y Engels escribían, el capitalismo se ha ido completando como un sistema mundial. Lo que habían previsto se ha cumplido en gran medida. La diferencia de grado entre las diferentes áreas del globo no es más significativa que la que existe dentro de un mismo país. Entretanto, el capitalismo en Europa Occidental y Estados Unidos, Rusia y Japón, ha alcanzado un grado de concentración industrial y financiera que, después de derribar todas las barreras nacionales, está agarrando al mundo entero por el cuello.

Simultáneamente, los instrumentos de producción, lejos de poner en obra al máximo sus capacidades técnicas, más las que permite el saber científico del conjunto humano, siguen restringidos e incluso raquíticos, salvo los relacionados con la guerra. Pero el obstáculo a lo que será la más vertiginosa y revolucionaria de sus expansiones ya no está en las barreras nacionales, mil veces pisoteadas económica y militarmente, y hoy tan artificiales que el propio capitalismo planea eliminarlas, al menos en parte.

No, se trata de un impedimento que ninguna penetración financiera, ningún ejército, ninguna vocinglería «socialista» de quienes contabilizan Debe y Haber puede superar, porque no es otra cosa que los límites mismos del sistema actual de producción y distribución. Sin arrinconar la venta y compra de hombres y productos, es decir, el trabajo asalariado y la producción de mercancías, que refuerzan la forma capitalista de los instrumentos de trabajo, es imposible que estos últimos logren la expansión incalculable e ilimitada que entrañan y que el hombre necesita. De ahí que nuestro Manifiesto hable de maltusianismo donde las voces falaces de Occidente y de Oriente dicen «sociedad de la abundancia».

En convergencia con la saturación económica, y no obstante raquítica, del mundo, la saturación militar que ella alimenta —también su centinela— proclama irrefutablemente el fin del período progresivo de la civilización capitalista, su actual negatividad y su decadencia. Lo que la guerra moderna puede hacer en pocos minutos, aniquilar la sociedad y sus componentes, el funcionamiento capitalista está en camino de hacerlo día a día, lenta, inexorablemente. En todos los aspectos y sin eximir a ningún país, nos enfrentamos a la urgente necesidad de unir a los explotados para la acción conjunta contra los armamentos y contra las estructuras económicas de sus respectivos Estados.

Tomar en cuenta esta situación no prevista en el Manifiesto de 1848 no es menos importante que poner en la picota las tendencias pseudo-comunistas y pseudo-socialistas de hoy en día. El «socialismo burgués y pequeñoburgués», el «socialismo alemán» y el «socialismo feudal» criticados por Marx y Engels fueron fenómenos efímeros, y su influencia en la clase obrera, casi nula. La situación es muy diferente con lo que todavía se llama comunismo y socialismo hoy en día. Surgidos como tendencias realmente obreras, lograron desplegar un dominio cada vez más negativo sobre el proletariado internacional, política y sindicalmente, a medida que, por sus ideas y sus intereses, daban la espalda al objetivo revolucionario. Casi nadie ignora ya que los partidos salidos de la II Internacional han tirado por la borda incluso el objetivo reformista, satisfechos de acompañar con paso torpe la involución del capitalismo occidental, y a menudo sirviendo de estribo al capitalismo oriental. Incluso le dieron dirigentes: Walter Ulbricht, Santiago Carrillo y algunas decenas más.

El supuesto comunismo es ahora incomparablemente más pernicioso porque su naturaleza es mucho menos conocida. No se trata de un colaborador o seguidor de la democracia capitalista, aunque pueda, como un camaleón, tomar ese color y otros, sobre todo donde no ocupa todo el poder o se halla en la clandestinidad. Él mismo posee la totalidad del gran capital industrial y financiero, por mediación del Estado, desde Europa central hasta el Extremo Oriente. Mantiene directamente bajo el yugo del salariado y de su dictadura política a cientos de millones de proletarios. Él también, como conjunto económico y como bloque militar, constituye la segunda potencia imperialista. Todo ello hace de él, no un representante de la clase obrera, sino de la contrarrevolución, realizada bajo Stalin, que sus discípulos tratan de estabilizar.1 Así como Marx y Engels denunciaban el «socialismo feudal», contrasentido evidente, en nuestra época podríamos recurrir también al contrasentido denunciando el «comunismo capitalista» o el «comunismo contrarrevolucionario», por oposición al comunismo del proletariado inscrito en las exigencias materiales, políticas y culturales de la humanidad.

Nuestro Manifiesto se limita, hasta ahí, a seguir el camino de Marx y Engels, mutatis mutandis. Su originalidad comienza en el capítulo Imperialismo e independencia nacional, que relega al mundo de las supercherías interimperialistas todas las luchas, guerras y guerrillas patrióticas dondequiera que aparezcan: actualmente Vietnam, mañana Ucrania, Manchuria, Angola o Venezuela. No hay otro margen para una lucha nacional, sea cual sea, que el cambio de amo. Las leyes de la economía capitalista de hoy hacen de la independencia nacional una quimera. Esos señores de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (reunidos en La Habana, bajo la égida de Castro) son burgueses tan retrasados como stalinizantes. Se precipitan hacia una participación en la explotación de sus connacionales que sólo podrán obtener como propina por los servicios prestados a cualquier imperialismo. Su propia divisa, «Patria o muerte», choca de frente con el lema revolucionario «los proletarios no tienen patria». Lo mismo se puede decir, pero descendiendo un paso hasta el nivel racial, del «Black Power» de algunos intelectuales negros norteamericanos. Han sido incapaces de postular y organizar la lucha común de los trabajadores de todas las razas en los Estados Unidos como en cualquier otra parte.

De las 10 medidas revolucionarias propuestas para los países avanzados por el Manifiesto de 1848, sólo las tres últimas, ampliadas y adaptadas a los recursos modernos, pueden servir ahora como norma general. Era, pues, indispensable precisar, como se hace en nuestro texto, las medidas para expropiar el capital y administrar la producción y la distribución, así como el mecanismo económico y político de supresión del trabajo asalariado y de las clases. El Manifiesto de 1848 no estaba en condiciones de hacerlo, como tampoco la Crítica del Programa de Gotha.

De hecho, una vez que los instrumentos de trabajo hayan sido devueltos a la sociedad, el potencial técnico de la producción alcanzará picos tan altos que el ayuno impuesto hoy por el precio de la mercancía fuerza de trabajo desaparecerá a corto plazo, y la distribución de los productos se acercará rápidamente a la de una sociedad comunista. La división del trabajo entre manual e intelectual no tardará en desaparecer, en el tiempo necesario para dar a todos una formación técnica y superior. Y la enorme reducción del tiempo de trabajo socialmente necesario que permite la ciencia al servicio del hombre, liberaría energías e inteligencia para el desarrollo de la cultura en sus múltiples aspectos, esbozando en el horizonte el libre desarrollo de cada individualidad.

En estos momentos, el proletariado parece estar lejos de querer seguir este camino, pero es una pura ficción erigida por las murallas políticas y sindicales que lo mantienen rodeado, con ayuda también de las leyes y las policías capitalistas. Es decir, murallas levantadas por los falsificadores del comunismo y el socialismo, o simplemente por el obrerismo reaccionario de los sindicatos estadounidenses, ingleses y de otros países. Lo que está latente en el pensamiento y la intuición del proletariado sólo se hace visible cuando derriba las murallas que lo retienen y actúa como clase. En estas circunstancias, aplica medidas como las que aquí se indican o se dirigen hacia ellas. Así actuó en España en 1936 y 1937, en Grecia (1944) y en Hungría (1956), pese a la ausencia de partidos revolucionarios aptos. Actualmente, la constitución de estos puede desencadenar, a partir de un determinado volumen numérico, una irresistible ofensiva proletaria, la más profunda y extensa de la historia. Muy probablemente será la decisiva, pues el mundo de la explotación sólo se mantiene en pie gracias a la fabulación conjunta del capitalismo occidental y oriental, según la cual se muerden o cohabitan.

Nuestro Manifiesto aporta además algo de la mayor trascendencia a la teoría y la práctica revolucionarias. En 1848, Marx y Engels confiaban al Estado modificado, todavía a la manera hegeliana, la obra de transformación de la sociedad. La conmoción de la Comuna de París los llevó a reconocer que el Estado capitalista no podía ser utilizado de ninguna manera, y que, por el contrario, se había vuelto esencial destruirlo, la primera medida revolucionaria. El organismo de fuerza resultante debía unificar todos los poderes en sus manos y salvaguardar la marcha continua hacia el comunismo frente a los intentos de restauración de las clases expropiadas. Ahora bien, la experiencia de la revolución rusa de una manera, y de otra la revolución española, nos han enseñado2 que el Estado propietario sólo puede comportarse, sea cual sea su composición humana y su estructura constitucional, como un capitalista colectivo.

En este hecho reside uno de los factores principales de la contrarrevolución stalinista en Rusia, y el decisivo de la victoria de Franco en España. En una palabra, la experiencia, maestra suprema del pensamiento revolucionario, nos ha hecho comprender que la transición del capitalismo al comunismo, durante el llamado período de transición, debe estar presidida por la clase obrera en calidad de cuerpo social en rápida marcha hacia la desaparición de las clases. Ponerlo en manos de un organismo cualquiera, Estado, partido o sindicato, dará siempre el más negativo de los resultados. De ahí que nuestro texto subordine la desaparición del Estado y de todo peligro contrarrevolucionario, exterior o interior a la clase proletaria, a la supresión de la ley del valor. Esta gigantesca tarea es imposible de cumplir, excepto por los propios interesados, que deben gobernar todo el sistema económico y la vida en general. El Estado posrevolucionario, el «Estado obrero», en lugar de ser el organizador del comunismo, debe permanecer subordinado a este último proceder y ser privado de poder sobre la economía.

Esta es la única garantía de su extinción. Entonces el fuego de Prometeo, el árbol de la ciencia, arrancados definitivamente al más poderoso de todos los dioses —el Dios-Capital y su paredro3 el Dios-Estado—, pertenecerán, sí, a cada hombre, a cada mujer.

Noviembre de 1967 — G. Munis


Nota. Texto español según el publicado en el archivo de la Escuela, «Prólogo a la edición italiana de Pro Segundo Manifiesto Comunista» (noviembre de 1967), cotejado con la versión francesa de L'Arme de la critique y corregido donde se apartaba de ella. Aquella versión añade, tras «maltusianismo», la glosa «[para referirse a los "treinta años gloriosos" que siguieron a la guerra]», que no está en el texto francés y que hemos suprimido.

  1. El original francés dice «de sa contradiction» («de su contradicción»), errata evidente por «de la contre-révolution»; seguimos la versión española del archivo. (N. del T.) ↩

  2. Sobre la primera, no puedo sino remitir al artículo «La revolución ninguna», en Alarma, segunda serie, n.º 9, inédito en francés (y a Parti-État, stalinisme, révolution). Sobre la segunda, véase el capítulo «La economía» del libro Jalones de derrota: promesa de victoria, también inédito en francés. ↩

  3. Paredro es un dios que acompaña siempre a otro (y recíprocamente). Así, Isis y Osiris, Jesús y María... ↩