L'Arme de la critique, n.º 3, mayo de 1987 (págs. 14-20). PDF del número completo · Texto original en francés
Introducción al artículo «Entre dos aniversarios...»
Decidimos publicar el artículo que se leerá a continuación porque aunque haya sido escrito en 1965, las ideas y la visión histórica global del movimiento obrero en España siguen siendo sin duda alguna las que continuamos defendiendo los militantes de Fomento Obrero Revolucionario. El movimiento obrero en España, a la cumbre del cual se hallan las insurrecciones de 1934 en Asturias, de julio del 36 en el país entero, y la de mayo 1937 en Barcelona ha sido vencido, pero el capitalismo tuvo que utilizar todas sus fuerzas para aplastar la magnífica combatividad y abnegación de un proletariado que aspiraba irremediablemente a dejar de serlo.
La revolución en España fue aplastada en la época directamente por el gobierno anti-comunista de Moscú, lo cual le dará la victoria al asqueroso Franco Bahamonte, con la complicidad manifiesta de las organizaciones en las cuales el proletariado había depositado su confianza (CNT, FAI, POUM). El aplastamiento sigue hoy a través de las mentiras descaradas vehiculadas por todos los que la boca llena de las palabras socialismo, comunismo, anarquismo, trotskismo tienen todavía a la clase obrera aferrada al capitalismo en España y mundialmente (stalinistas, trotskistas, sindicalistas principalmente).
Queremos saludar a todos los proletarios de España y del mundo que dieron su vida, no por la victoria de la democracia en detrimento de los filofascistas franquistas como nos lo quieren hacer tragar los falsarios, sino que dieron su vida por su emancipación y la del conjunto de la humanidad. Queremos recordar a nuestros compañeros proletarios asesinados vilmente por la canalla stalinista al servicio de la política de Moscú, pilar de la contrarrevolución en España y en el mundo. Pero eso no son meras frases. En ellas va todo nuestro odio al capitalismo mundial y sus representantes, díganse de derechas, de izquierda, pro-chinos, pro-Moscú, pro americanos, nacionalistas, islamistas o lo que quieran. La revolución social los hará añicos a todos sin excepción.
Antes de la caída del régimen de Franco e inmediatamente después, el proletariado manifestó claramente el renacer de su combatividad de clase intentando organizarse por y para ella (Vitoria, Alicante y demás huelgas...). Pero en su camino se encontró, sin experiencia política casi, con los mismos partidos y sindicatos que aplastaron o contribuyeron a aplastar la revolución en España. Estos partidos y sindicatos siguen siendo y serán nuestros enemigos. Sin enfrentarse a ellos, la clase trabajadora, por muy decidida que sea en sus huelgas será siempre vencida, lo cual le impedirá afirmar su unión creciente contra la explotación capitalista.
La clase proletaria es históricamente la clase revolucionaria. Hoy el potencial revolucionario es enorme, y las posibilidades de la sociedad comunista están más que dadas. Tenemos que reanudar con nuestra lucha verdadera, la que se enfrenta a las condiciones materiales de existencia que nos impone el sistema mundial del capital, la que prepara el momento de acabar con este sistema putrefacto.
Que sepan nuestros enemigos que los sabemos reconocer por mucho que se escondan detrás de una fraseología que han usurpado al movimiento obrero y que han prostituido para quitarle toda su fuerza subversiva originaria.
Nosotros nos solidarizamos y combatimos con los proletarios que las fuerzas capitalistas reprimen como por ejemplo con los 123 deportados del barco «Buenos Aires» en Guinea a consecuencia del levantamiento espontáneo del Llobregat en 1932. Deportación votada en el parlamento de la república por los «socialistas». Los padres de los que gobiernan democráticamente a España hoy en día.
Nosotros nos solidarizamos y combatimos con los que supieron denunciar la política contrarrevolucionaria del PSUC-P«C»E en España (amigos de Durruti, Grupo Bolchevique leninista), y no con los que se dejaron, por miedo a la revolución social, dominar por él (CNT-POUM). Estamos con los valiosos combatientes revolucionarios de mayo 1937 que se enfrentaron al Estado capitalista reconstituido.
Cualquier movimiento un poco serio de la clase trabajadora hace temblar a los representantes del capitalismo mundial. Tenemos que ser conscientes de nuestra fuerza como clase. Tenemos que emprender la lucha que supo llevar nuestra clase en el pasado. Y esta vez triunfaremos porque desde el principio aniquilaremos a los que pretenden ser nuestros amigos y que han dado pruebas sobradas de formar parte del sistema mundial que nos proponemos derrumbar.
¡A LA LUCHA!
Entre dos aniversarios: 14 abril 1931 - 19 julio 1936
Hoy que está preparándose en todos los conventículos y mentideros políticos «la sucesión de Franco», sin contar para nada con las contradicciones y exigencias históricas de la sociedad mundial, ni tan siquiera con la historia inmediata del proletariado español, es pertinente recordar el período que va desde la proclamación de la república, hasta la insurrección obrera contra la cuartelada franquista. La nueva generación, que en general ignora aquellos sucesos salvo falsificados por Franco y también por aquellos que le dieron la victoria, descubrirá en su significación los factores ideológicos y la inspiración orgánica requeridos para llevar esta vez la lucha hasta su culminación.
A primera vista, el 14 de abril de 1931 fue un simple éxito electoral de los republicanos frente a los monárquicos. Alfonso XIII, que poco antes habíase visto forzado a poner fin a 7 años de dictadura del general Primo de Rivera (padre del fascista de igual nombre), hubo de consentir también elecciones municipales. Las había exigido toda la oposición a la monarquía, como condición de veracidad de futuras elecciones a Asamblea Constituyente. Táctica en sí atinada, pues los municipios impuestos por Madrid desde 1923, podían influenciar y desnaturalizar la votación a diputados. Todas las esperanzas fueron rebasadas. Aun antes de terminar el escrutinio en todo el país, la muerte de la monarquía era evidente. Al reyezuelo responsable de numerosos latrocinios y crímenes, el gobierno provisional republicano-socialista le puso galantemente puente de plata y la República fue proclamada en medio de un júbilo verbenero preñado de promesas. La aparente insignificancia del hecho ocultaba la apertura de un grandioso proceso revolucionario.
Los admiradores del parlamentarismo burgués no tardaron en ponerse a ensalzar el acontecimiento como «una admirable muestra de civismo en medio de la ley y del orden». Era un «ejemplo de España al mundo, una revolución incruenta» y otras oquedades. En realidad España seguía siendo, incluso en lo político, más atrasada que las monarquías constitucionales de Occidente, pues la República no llevó consigo el menor cambio de estructuras en ese dominio, ni en el económico. El país entero esperaba, sí, transformaciones profundas, y contaba obtenerlas de la República, pero enseguida la Asamblea constituyente fue cercenando sus esperanzas, lo que introdujo un cambio radical: la idea de revolución social se abría camino en las consciencias y no tardaría en verse que la república se negaba a satisfacerla.
La victoria electoral sobre la monarquía había sido, de hecho, obra de las masas trabajadoras, cuya unanimidad anti-monárquica forzó el voto de la pequeña burguesía. Los republicanos aparecían en primer plano de la actividad política, pero sólo porque socialistas y anarcosindicalistas, las dos organizaciones más influyentes entre los trabajadores, decidieron, la una achicarse ante los republicanos, la otra votar sus candidatos sin presentarse ella a la campaña electoral. Ahora bien, los diversos partidos republicanos sólo representaban una pequeña parte de la población, con exclusión casi absoluta de población obrera. El gobierno republicano fue una imagen de la coalición así constituida. La jefatura gubernamental fue abandonada a Alcalá Zamora, terrateniente, varias veces ministro de la monarquía, para colmo beato, a quien meses después los socialistas decidieron sentar en la Presidencia de la República.
Las bases orgánicas de la monarquía continuaron intocadas: ejército, el de la monarquía, policía y Guardia Civil, las de la monarquía, magistratura y leyes, igual, clero subvencionado como bajo la monarquía. Y pronto el gobierno republicano-socialista echaría mano de la censura de prensa, la supresión de publicaciones y la clausura de locales obreros.
En cuanto a las bases económicas, la estructura social propiamente dicha, republicanos y socialistas habían prometido modificarla sólo en un aspecto, el agrario. Su aspiración, contrariamente a las ilusiones que las masas se habían hecho sobre ellos, consistía en favorecer el desenvolvimiento capitalista, y creían conseguirlo también en el campo incorporando los latifundios, repartidos entre numerosos y nuevos propietarios burgueses, al moderno cultivo capitalista. No comprendían que latifundistas y gran burguesía constituían, no dos clases, sino una sola cuyos intereses estaban enlazados de mil maneras. El capital cuyo auge les preocupaba, no les consentiría modificar la propiedad latifundiaria sino en la medida en que fuese para él un negocio. Por ende, lo que salió de las Cortes constituyentes como Ley de Reforma Agraria era una befa para todos los pobres del campo, sin hablar aquí de la no validez revolucionaria de semejante medida, aun siendo efectiva.
La lucha viva iba a demostrar, cuando los trabajadores en general tuvieron las armas y el poder en escala local si no nacional, es decir, en 1936, que la única solución revolucionaria a tal problema no era la parcelación de la tierra en pequeña propiedad burguesa, sino su socialización. En suma, el problema del campo era idéntico al problema industrial. Precisábase acabar con el capitalismo, y todo otro intento de desarrollo, logrado o fracasado, era ya empresa reaccionaria.
De ahí que entre el gobierno republicano-socialista y el proletariado, el industrial y el agrícola indistintamente, campesinos pobres comprendidos, se estableciese enseguida una relación de lucha. No es necesario hacer aquí inventario de los numerosos casos en que policía, guardia civil y ejército dispararon contra los trabajadores, encarcelaron a revolucionarios y los asesinaron algunas veces aplicándoles la criminal «ley de fugas» de los peores tiempos monárquicos. Lo que importa destacar como distintivo del primer período de la República, es el choque general entre los deseos y necesidades revolucionarias de las masas, siquiera confusamente percibidas, y las intenciones nada revolucionarias del gobierno, muy netas éstas. La República que éste imponía y la república a que aspiraban las masas eran radicalmente contrapuestas.
Dos años después del 14 de abril, la mayoría abrumadora de los trabajadores tenía la convicción, a su costa adquirida, de que el nuevo gobierno no era el suyo. Siempre al abrirse un período revolucionario, la ignorancia y la inexperiencia política induce las masas a creer en hombres y organizaciones de palabreo democrático o que han dejado de ser revolucionarios mucho tiempo antes. Ello hace imposible el triunfo de los oprimidos sin un desplazamiento a izquierda de sus simpatías y filiación, hacia partidos minoritarios al principio de la crisis, pero en verdad revolucionarios. En el momento actual aún más que en el periodo anterior, los revolucionarios no pueden ser sino una organización pequeña, hasta vísperas mismo de la revolución. Se comprende, porque en el instante mismo en que un partido revolucionario se convierte en el partido del proletariado, el triunfo de éste sobre el capitalismo está asegurado, a menos que el capitalismo lo reduzca otra vez a minoría, terror mediante. A la inversa, ningún partido de masas puede existir hoy con cierta permanencia dentro de la sociedad capitalista, sin ser en realidad, de una forma u otra, parte integrante de ella. A falta de canales orgánicos nuevos que consientan el desplazamiento, resultará imposible pasar a la etapa suprema de la lucha. Entonces se produce invariablemente un crecimiento y una ofensiva de las tendencias reaccionarias viejas y nuevas.
No otro fue el resultado de dos años de gobierno republicano-socialista. Desde mediados de 1933, la ofensiva pertenecía a la reacción burguesa clerical y militarista, a cuya cabeza figuraba Gil Robles. Ese hombre que al barruntarse hoy una nueva acometida revolucionaria toma la iniciativa frailuna llamada «democracia» cristiana, es el mismo que entonces se hacía llamar «El JEFE», — «caudillo» antes que Franco— e iba a tomar consejo a Berlín. Él y los suyos no han cambiado, sino apenas de procedimientos de protección del capitalismo. Pero el hecho de que ahora colaboren con él tantos hombres y organismos de la emigración y de la clandestinidad, da bien la medida de la evolución reaccionaria del mundo desde el decenio 30 hasta ahora.
En 1933, el proletariado español tenía una experiencia positiva. No estaba, ni mucho menos, vencido, sino apático sólo, carente de cohesión ideológica siquiera mediocre, y por ende sólo momentáneamente desmoralizado. Su descorazonamiento era de la república democrático-burguesa, no de la entrevista por él, cuya necesidad, por el contrario, había evidenciado la experiencia. Apenas columbró la posibilidad de luchar por ésta última, o sea, por la república anti-capitalista, un sobresalto de entusiasmo lo puso de nuevo en disposición de combate. Y el gobierno derechista instalado en noviembre de 1933 halló enfrente una clase trabajadora alerta y con objetivos superiores. El triunfo de la revolución social parecía a muchos tan cierto como cercano.
Ese habría sido ciertamente el caso, si el desplazamiento a izquierda de las masas no hubiese adolecido de grave defecto original. El centro propulsor de la nueva lucha era un «ala izquierda» del Partido socialista. Determinadas circunstancias políticas nacionales e internacionales, resumidas en la amenaza de supresión del sistema parlamentario, forzaron ese ala a pronunciarse en favor de una revolución proletaria que en realidad no se proponía hacer, ni sabía cómo hacer, tan de antiguo estaba adaptada su organización y la mente de sus principales portavoces, a la sociedad burguesa. Presentándose como dirección revolucionaria, la izquierda socialista arrastró a las masas, y en lo inmediato cortó su evolución posible hacia otro centro orgánico apto y realmente interesado en la toma del poder y de la economía por el proletariado. Por consecuencia, la nueva ofensiva, enderezada en teoría, y para el proletariado en la práctica, a la supresión del sistema capitalista, democrático o no, se parecería pronto a una locomotora eléctrica lanzada adelante por vía montañosa, a la cual el maquinista cortase la electricidad cada vez que se acercaba a la cumbre.
Hubo sí, magníficos movimientos huelguísticos, reivindicativos, netamente políticos o de solidaridad con huelguistas de determinadas ciudades, pero una huelga general de trabajadores del campo fue declarada indeseable y boicoteada por la izquierda socialista (no digamos por la derecha) lo que dejó fuera de combate a la mayoría del proletariado agrícola. Se constituyeron también organismos de unidad de acción o Alianzas Obreras, entre los socialistas y otras organizaciones situadas muy a su izquierda: Partido sindicalista, Federación Tabaquera e Izquierda Comunista, pero quedaron reducidos a comités de enlace que Partido socialista y UGT paralizaban a voluntad, gracias a su peso orgánico mayoritario. La anunciada toma del poder por el proletariado requería la creación de organismos adecuados de representación, necesitándose por lo tanto que el proletariado eligiese y destituyese cuando le conviniere sus delegados en las Alianzas Obreras. Pero a los socialistas tal idea les aterraba, no sólo porque podían perder la mayoría en las Alianzas, sino porque al llegar el momento insurreccional no estarían ellos en condiciones de reducirlo a mera algarada.
El momento insurreccional, un partido revolucionario no lo deduce de manejos políticos en las alturas capitalistas, ni de plan alguno conspirativo. En el acontecimiento ha de irrumpir en lucha armada la masa de la población explotada, y por consecuencia su oportunidad la señala la mayor disposición combativa de esa misma masa, simultánea a un debilitamiento acentuado del poder enemigo. El momento insurreccional es, salvo como decisión a tomar (y aun eso no siempre) independiente de la dirección revolucionaria, que por el contrario desempeña papel decisivo en las luchas anteriores que han de propiciar la aparición de aquel.
A la inversa, la izquierda socialista hacía creer en una misteriosa conjuración suya, al mismo tiempo que supeditaba el momento insurreccional —creyendo sin duda prevenirlo así— a la entrada en el Gobierno de ministros de Gil Robles. Los ministros en cuestión fueron incorporados al gobierno, y las masas, fiadas en la palabra de la izquierda socialista, se echaron a la calle. Pero en el instante mismo, la dirección de la izquierda socialista les cortó la energía dando la consigna de «huelga general pacífica». Y no hubo insurrección sino allí donde los trabajadores disponían por su cuenta de dinamita y de algunas armas, en Asturias y en algunos lugares de Cataluña donde los anarquistas la tomaron a su cargo. Octubre de 1934 demostró, una vez más, que una organización reformista es incompatible con la insurrección proletaria, por mucho que se jacte de prepararla.
Perdida esa batalla, padeciendo una represión tremenda (30.000 presos políticos quedaban a principios de 1936) los trabajadores españoles habían adquirido, sin embargo, una nueva experiencia de superior valor político, cuya trascendencia se vería a partir del 19 de julio de 1936. Lejos de seguir identificando sus aspiraciones confusamente con la república en general, sin determinación de clase, desde 1934 aparece como Norte deliberado en las consciencias, la república proletaria, el fin del capitalismo. Esa meta estaba en las exigencias históricas del proletariado mundial, del cual el español constituía uno de sus sectores más activos, no habiendo aparecido oscurecida antes, sino por las gafas ahumadas del parlamentarismo socialista, que el borroso apoliticismo ácrata era inapto a arrancar. El miedo a la supresión de la democracia burguesa debido al triunfo del fascismo, reciente en Alemania y Austria, amenazante en Francia, Bélgica y España, instalado desde hacía años en Italia, suscitó entre ciertos reformistas de todos los países un estremecimiento radicalizante meramente defensivo, sin relación profunda con las ideas revolucionarias. Pero en España sobre todo, las masas aprendieron, al precio de una fuerte sangría, es verdad, que debían y podían dar cuenta de la explotación y de la opresión capitalistas. La universidad revolucionaria de los explotados es la lucha.
El espíritu revolucionario caló tan hondo en las masas obreras de la ciudad y del campo, que a despecho de los soporíferos que les fueron prodigados su explosión siguiente iba a desvencijar por completo el capitalismo.
La represión del gobierno Leroux-Gil Robles no impidió que la insurrección, aún limitada a Asturias y a algunos otros puntos, ejerciese poderosa fascinación en todo el país y se convirtiese en fermento de un nuevo ataque revolucionario. El desplazamiento a izquierda de las masas había sido tan solo retenido por la derrota de Octubre, pero continuaba tan presto a manifestarse, que él impidió que el poder cayese por entero en manos de los filofascistas, o que se estabilizara siquiera la combinación de éstos con los republicanos «históricos», que Leroux presidía. La caída de tal gobierno y la disolución de su parlamento no se hizo esperar mucho más de un año.
Entretanto, como era previsible, prodújose el reacomodo de la izquierda socialista a su tradicional parlamentarismo burgués. Pero esa vuelta al redil hubiese sido ya, para la revolución, más beneficiosa que perjudicial, de no haber hallado aval y refuerzo en la organización que usurpa el prestigio de la revolución rusa, el Partido comunista. Si éste había sido incapaz de desempeñar papel positivo alguno, debíase a que lo dirigían funcionarios de quita y pon, sin otra preocupación real que ganar los favores de Moscú, y eso en el momento mismo en que Moscú, habiendo hecho tabla rasa de la revolución de 1917, asesinaba metódicamente a los supervivientes de ella. En el área internacional, ese acontecimiento reaccionario entre todos los del siglo XX se manifestó imponiendo Moscú a todos sus partidos la única política que convenía en adelante al capitalismo de Estado stalinista: política de guerra imperialista, diametralmente opuesta a la política de revolución proletaria. Por eso el Frente Popular fue acogido con los brazos abiertos por reformistas, burgueses y toda suerte de patriotas.
La aviesa operación vino a sacar del atolladero a la izquierda socialista. Los «comunistas» se revelaban más burgueses y parlamentarios que ella. En su nuevo aspecto, más concordante con la realidad que su anterior máscara pseudo-revolucionaria, iban a desempeñar en España el mismo papel que Stalin en Rusia, si bien el beneficiario inmediato de su obra sería Franco.
Pese el funesto augurio de la tramoya frentepopulista, las masas, henchidas de dinamismo y de su experiencia anterior, sólo en apariencia se dejaron encuadrar en el pacto enteramente capitalista del Frente Popular. Votaron las candidaturas de éste para desembarazarse de la situación existente y libertar a los 30.000 presos políticos, pero hicieron caso omiso del programa tan pronto pasaron a la acción. A seguidas de las elecciones de febrero de 1936, en todo el país se multiplicaron las agresiones a la propiedad capitalista y a sus fuerzas armadas, su defensa principal en momentos de crisis revolucionaria. Tan amenazante era la situación para la milenaria sociedad de los poseyentes, que la propia reacción filofascista se puso al amparo del Frente Popular como factor de orden.
Al mismo tiempo, las instituciones principales del capitalismo: ejército, policía, clero, alta burocracia estatal y judicial, se aprestaban, a cobijo de la legalidad frentepopulista, a imponer ellos mismos su orden a las masas. Consideraron llegado el momento oportuno en julio de 1936, si bien desde meses antes se burlaban del gobierno sin que éste se atreviese a levantarles la mano.
El 17 y el 18 de julio, el ejército salió a la calle creyendo dominar fácilmente la situación. Informado del principio de la militarada, el gobierno declaraba: «Se ha frustrado un nuevo intento insurreccional... El gobierno declara que el movimiento está circunscrito a determinadas ciudades de la zona del Protectorado, y que nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a este absurdo empeño».
Evidentemente, era más importante que la sublevación reaccionaria, para el gobierno, impedir que las masas corriesen a las armas y se enfrentasen por sí mismas a los militares. Respaldando ese imperativo de toda dirección política no revolucionaria, y para que nadie tuviese dudas sobre la unidad de criterio entre el Frente Popular y su gobierno, un comunicado conjunto de los partidos «comunista» y «socialista», añadía: «El gobierno manda, el Frente Popular obedece». Si ejército y clero no triunfaron inmediatamente, como ellos daban por descontado, no se debió ciertamente, al gobierno del Frente Popular.
En más de una ocasión, el proletariado había frustrado amagos de golpes de Estado, el último en febrero del mismo 36, ya firmado por el presidente de la República el decreto de proclamación del estado de guerra. Aunque reprimido duramente por el gobierno desde febrero a julio y atacado por bandas fascistas, su ardor combativo seguía intacto, y la militarada lo puso en trance insurreccional. La actitud conciliante y capituladora del Frente Popular había exasperado a tal punto al proletariado, que se disponían a la lucha armada no sólo las organizaciones más al margen de la coalición, sino también la mayoría de los obreros encuadrados por socialistas y stalinistas. Inútilmente se colgó la Pasionaria a la estación emisora de radio tildando de provocadores a quienes acometían por sí mismos el combate armado contra los militares. Una tentativa de incorporar al gobierno algunos generales franquistas, desencadenó una explosión de las masas, que pasaron a la insurrección abierta, nulificando toda posibilidad de conciliación.
El 19 de julio de 1936, el fragor del combate entre las masas trabajadoras y el ejército con sus curas y sus fascistas, retumbaba en todo el país. Y el ejército nacional, mortífera, suprema representación del Estado capitalista, fue derrotado y deshecho en batalla. Tan sólo quedó en pie en escasos sitios, donde los representantes gubernamentales consiguieron impedir que el proletariado cogiese un mínimo de armas. La fecha ha quedado inscrita entre las más ejemplares del proletariado mundial.
El 20 de julio de 1936, el lucero del alba rutilaba con resplandor nuevo. Fusil al hombro, el proletariado entraba en posesión de la economía y del poder político, nuncio de una nueva sociedad, sin clases ni opresión. Miles de Comités-Gobierno laboraban celularmente en la transformación revolucionaria.
Para impedirles completar su obra, se concitó la reacción mundial de Polo a Polo, por encima de rivalidades nacional-imperialistas. Una parte de ella apoyó directamente al ejército, mientras la otra incitaba al Frente Popular a reconstituir las fuerzas represivas del capitalismo desbaratadas por la insurrección proletaria. Las armas rusas vinieron a crear, antes que nada, una fuerza de policía a azuzar contra el proletariado, al mismo tiempo que el petróleo, vendido a Mussolini, abastecía aviones y tanques de Franco. Cuando el Frente Popular y su principal partido entonces, el de Moscú, se vieron más y mejor armados que las masas trabajadoras, emprendieron campaña por la reconciliación con generales y fascistas, para persuadir a los cuales lanzaron estas consignas: «Quienes expropian son ladrones; las milicias obreras son tribus de salvajes; quienes hablan de revolución socialista son provocadores», más otras por el estilo y aún peores.
En esa campaña, que al fin consiguió reconstituir el Estado capitalista, está la causa principal de la victoria de Franco. Mas la reconstitución requirió el consentimiento, siquiera a regañadientes, del anarcosindicalismo y POUM.
Jamás ha habido en la historia de España ímpetu creador tan vasto y digno del Hombre como el que condujo al desbarate del ejército nacional y demás instituciones del capitalismo. León Trotzky decía pocos meses antes de su asesinato por los mismos que entregaron el poder a Franco: «El proletariado español ha derrochado energía para hacer la revolución, no una sino varias veces, y para extenderla a Europa».
«Lo que le ha faltado, —comenté yo— es percatarse de que los hombres de Moscú no representan ya la revolución de 1917, sino la contrarrevolución». Precisando más, tampoco le faltó eso, sino organización que se guiase por tal idea con plena consecuencia. En efecto, a partir de la sublevación de Cataluña (mayo 1937) contra el gobierno y sus reaccionarios inspiradores rusos y pro-rusos, decir stalinista o fascista era todo uno para obreros y revolucionarios.
Entre el 14 de abril de 1931 y el 19 de julio de 1936, el decurso de los acontecimientos puede resumirse así: de un simple voto contra la monarquía a la revolución proletaria, de la candorosa inexperiencia a la consciencia de la necesidad histórica.
La caída del régimen inaugurará un nuevo ciclo revolucionario, ya en gestación en los movimientos huelguísticos. Otra vez, las masas tenderán fuertemente a tomar la dirección de poder y de economía, a emprender la revolución comunista. Pero se atraviesan de nuevo en su camino los mismos partidos de ayer, y se atravesarán otros de apariencia nueva. Los unos se esforzarán en imponer el capitalismo estatal apellidándolo democracia popular o socialismo, los otros un capitalismo frailuno pseudo-democrático. Ello no será obstáculo para que, caso de dominar éstos últimos, los primeros colaboren con ellos según el ejemplo italiano, y a la inversa según el ejemplo polaco. El Vaticano y su concilio se están encargando de facilitar esos arreglos.
Tanto y más que en el período de 1931-1937, la victoria de la revolución requiere la agrupación del proletariado en un partido radicalmente opuesto a aquellas tentativas y que haya sacado todas las conclusiones de la experiencia española y mundial. De tal partido, Fomento Obrero Revolucionario es ya un exponente teórico.
G. Munis
Mayo de 1965
Nota. Texto español según Alarma, tercera serie, n.º 23, octubre de 1986: la introducción, publicada allí con el título «¡Viva la revolución española!», y el artículo de Munis, «Entre dos aniversarios: 14 abril 1931 - 19 julio 1936», cotejados con la versión francesa; hemos modernizado la ortografía y corregido las erratas evidentes del texto mecanografiado. La versión francesa de la introducción difiere en algunos detalles: dice «su emancipación» donde Alarma dice que el proletariado «aspiraba irremediablemente a dejar de serlo», «Franco» donde Alarma dice «el asqueroso Franco Bahamonte», y «levantamiento del Llobregat» sin el adjetivo «espontáneo».