L'Arme de la critique, n.º 5, mayo de 1989 (págs. 3-16). PDF del número completo · Texto original en francés

Pocos temas han dado lugar a una literatura tan copiosa y abstrusa como el del Estado. En el curso del siglo pasado y a comienzos del actual, ya no se cuentan los libros, a menudo muy gruesos, titulados Teoría general del Estado o algo parecido, seguidos a veces, un poco a la manera kantiana, de una Teoría particular...

No se distinguen unas de otras más que por el espíritu liberal o reaccionario que las inspira. Hubo también, entre las dos guerras, teorías fascistas del Estado. Todas, sin exceptuar las más liberales, aunque cada una a su manera, hacían del Estado la representación natural y suprema de la sociedad. Ninguna admitía la división social en clases ricas y pobres como fundamento principal y razón de ser del Estado. Así ignoraban o desdeñaban el hecho de que el Derecho ha sido siempre el derecho del más fuerte, algo impuesto, y no una justicia inmanente. Michelet, que lo admitía sin ambages, es mucho más profundo que todos esos teóricos y filósofos del derecho y del Estado.

De ese enorme montón de escritos poco o nada se puede sacar en claro. Los autores que logran decir algo interesante, como Hermann Heller en su Teoría del Estado,1 recurren a Marx y Engels, pero rechazan sus conclusiones. En cuanto a El individuo contra el Estado, de Spencer, es un alegato de burgueses orgullosos de su prosperidad frente a su propio Estado; apenas va más allá de la oposición fiscal de cada uno de ellos frente a su representación colectiva. Nada que ver con el individuo ahogado en «la sociedad» de que habla Marx. Spencer sitúa el suyo en una línea sociológica que hace del individuo lo opuesto de la sociedad y, a la inversa, mutila al primero en nombre de la segunda. Semejante orientación, teóricamente aceptada o no, sigue presente en nuestros días. Es práctica cotidiana de todos los Estados sin excepción, los de Derecho, los despóticos y los totalitarios en general. No se distinguen más que por la intensidad de la violencia ejercida sobre los individuos y por la cantidad de sangre vertida. Porque —hay que decirlo enseguida— propalar que el capitalismo es individualista constituye un bulo tanto más enorme cuanto que se admite a derecha e izquierda.

El capitalismo fabrica los hombres y su psicología en serie, como piezas de recambio. Un alto funcionario, sea político, administrativo o sindical, y otro alto funcionario, un burgués y otro burgués, un sabio y otro sabio, un obrero y otro obrero, un policía y otro policía, un estafador y otro estafador, tienen entre sí psicologías similares, desindividualizadas, corporativas. Nadie, ni siquiera los más favorecidos por su saber y por un género de actividad adecuado a sus deseos, tiene ni puede tener una individualidad plena. El individualismo es un fruto por venir y requiere previamente el comunismo en el terreno material. No hay en ello paradoja alguna, salvo para quienes se niegan a ver que la plenitud del espíritu en cada cual reclama la entera satisfacción material de todos.

No se pueden descubrir más que dos maneras de considerar el Estado en general y cada una de sus fases en el tiempo y el espacio actuales. O bien como una utilidad social perpetua de la que no se puede prescindir, cualesquiera que sean sus avatares y metamorfosis, o bien como un organismo no social, sino de opresión social, y cualquier otra función que pueda cumplir lleva la mancha de su función principal, porque le es ajena.

Ante todo, es imperativo afirmar, digan lo que digan sociólogos, politólogos y filósofos, nuevos o no, que la llamada primera concepción está refutada desde el siglo pasado y lo sigue estando en sus variantes modernas. No nos referimos solo a la refutación de los teóricos del movimiento revolucionario, sino también a la de mil y un luchadores obreros por su acción misma, y ante todo a la refutación aportada desde entonces por los acontecimientos históricos. Por consiguiente, hablaremos aquí de la segunda concepción, haciendo las alusiones pertinentes a la otra.

Hoy se pasa a menudo por alto el problema de los orígenes del Estado, como si se tratase de un problema inextricable o falso, de un enigma sin clave o de algo sin importancia para emprender su estudio. Por otra parte, más de un erudito piensa que el Estado comienza en la edad moderna, más o menos cuando Maquiavelo forjó la denominación que se ha hecho universal. Según eso, los poderes dominantes de la Antigüedad, Sumer, Babilonia, Egipto, China, Creta, Grecia, Roma, etc., o los de México o el Perú, no tienen la calidad de Estado. Podría decirse entonces, con igual propiedad, que la esclavitud comienza desde que los esclavos reducidos en masa a la esclavitud la marcaron con el nombre de su raza.2 Por ese sesgo de evocaciones hegelianas, la aparición del Estado en los albores del capitalismo introduciría una ordenación social superior, una relación legal entre los distintos sectores de intereses de cada nación, que representaría un punto de llegada de la evolución humana. En realidad, se transparentan ahí las ideas que van del Contrato social hasta el consenso de los sociólogos, políticos y politicastros modernos. Basta por ahora sobre el problema.

A nuestro juicio, tachar de falso problema el de la aparición del Estado, o simplemente apartarlo, equivale a negar, intencionada o involuntariamente, la posibilidad de su desaparición. Nadie, ciertamente, podrá demostrar con hechos probatorios dónde y cuándo surgió el primer asomo de Estado. Con todo, el desarrollo tan desigual de la humanidad en los cinco continentes nos ofrece hechos en abundancia, no solo para imaginar ese origen y el cómo de su formación, sino también para tener certeza de ellos. Haría falta una obra bien voluminosa tan solo para consignar los casos de Estados cuya aparición es observable desde la época de los grandes descubrimientos geográficos hasta la muy reciente «descolonización», inclusive. Ante todo, las minuciosas descripciones de casi todos los pueblos primitivos3 hechas por etnólogos y antropólogos ofrecen un material precioso y convincente, e incluso probatorio.

De Alaska a la Patagonia, del Atlas al Cabo, de los Dardanelos a Kamchatka y al Japón, e igualmente en la inmensa Oceanía, entre todos los pueblos primitivos, con raras excepciones, reina la regla de conducta de los dinka africanos: «El derecho de tomar corresponde a quien posee la fuerza necesaria para hacerlo; el derecho de guardar, a quien es capaz de ello».4 La conducta de los Estados mejor institucionalizados sigue siendo idéntica. El famoso «No matarás, no robarás», que Moisés descubre bien tarde, nunca se refirió más que a los del mismo grupo, tribu, nación o... bloque militar. Los demás eran, sencillamente, enemigos. No tiene nada de extraño que el nombre que se adjudican tantos grupos primitivos signifique hombre, por oposición a los que les son exteriores, tenidos por feroces, hombres malvados en el mejor de los casos, a menudo diablos, palabra que probablemente, en un principio, no significó sino extranjero, por oposición a nosotros, nuestro. Dicha regla moral encierra la historia entera de la humanidad desde la aparición del Estado, y de su abolición depende el porvenir sin Estado.

La lectura de los libros de etnología se hace aburrida a fuerza de presentar el mismo cuadro con variantes secundarias. Se trata de poblaciones sin Estado, o incluso de comunismo rudimentario, sedentarias y agrícolas, o nómadas y en horda. Tienen un jefe de guerra, flanqueado o no por un hechicero o un consejo de ancianos. Ignoran el gobierno propiamente dicho, pero el jefe de guerra gana importancia y autoridad con acciones de ataque o de defensa, a menudo también con un botín de guerra cuando un ataque ha sido fructuoso. El grupo o los grupos o tribus no viven demasiado aislados, y las hostilidades son casi permanentes, incluso entre grupos desgajados de un mismo tronco ancestral. Aunque no se trate de guerra en el pleno sentido del término, las incursiones o asaltos para apoderarse de bienes son mortíferos, y a veces ruinosos para los vencidos, en proporción a su población y a sus haberes. La hostilidad, el odio a las poblaciones y a los hombres extranjeros, llevaba como corolario la libertad, e incluso el deber, de saquearlos, de matarlos, de comérselos o de reducirlos a la esclavitud. Una población o tribu próspera lo debía a su buena suerte en las incursiones de saqueo, y de ello se seguía la aptitud para reproducirse en mayor número, lo que representaba una capacidad de ataque acrecida. A la larga, solo podían subsistir los grupos cuyo balance entre las pérdidas en los asaltos sufridos y las ganancias en las incursiones lanzadas era positivo, o por lo menos no demasiado ruinoso.5 Estamos todavía ahí con las balanzas del comercio exterior, pues el comercio mundial es la última reminiscencia de la enemistad primitiva de cada grupo humano frente a los demás, lo que no excluye la otra forma: la guerra. Que los grupos tuviesen una producción propia, por la caza y la recolección o por el cultivo, no disminuye, sino al contrario, refuerza la validez del hecho.

El botín amontonado a costa de otros grupos podía distribuirse en porciones iguales o bien según las necesidades de cada uno de los guerreros victoriosos, o también guardarse en almacenes comunes para un consumo posterior. La equidad entre las personas del grupo, comprendidos el jefe guerrero, el hechicero y los ancianos, podía ser perfecta. Lo importante es que el grupo como un todo vivía y se reproducía, en parte al menos, a expensas de otros grupos. Al mismo paso, la importancia del jefe de guerra y de sus acólitos, los guerreros, crecía y se hacía sustancial, en proporción a la amplitud de lo adquirido materialmente en las incursiones contra los grupos extranjeros o del éxito en la defensa de su propio grupo. Se conocen centenares de casos en que el jefe de guerra, el hechicero, los depositarios de la tradición y de las leyendas tribales se adjudican la parte del león en el botín o bien se han convertido en sus administradores. Al principio, el poder del jefe cesaba al mismo tiempo que la guerra, pero mostró una clara inclinación a transformarse en poder en tiempos de paz, e incluso en dictadura. Los supervivientes de los grupos vencidos se refugiaban en las montañas, en las zonas áridas o en bosques impenetrables. Entonces su nivel de vida, sus conocimientos y su margen de reproducción se estrechaban. Eso se ha comprobado en numerosos lugares del globo desde el siglo XVI. Los indios guayaquíes del Paraguay, estudiados por Pierre Clastres, son uno de los casos más llamativos y trágicos. Antiguos agricultores según ciertos indicios, han vuelto a la caza, a la recolección y al canibalismo, incluida la necrofagia. Están en vías de extinción, y los que quedan son exterminados por los colonos blancos. La hostilidad entre los diversos grupos humanos, el ataque tanto como la defensa, representa por sí sola un germen de diferenciación categorial en el seno mismo de cada grupo, perceptible en proporción al volumen demográfico, que depende a su vez de la capacidad de ataque y de defensa.

Solo los grupos suficientemente alejados de los demás para no sufrir sus asaltos podían sustraerse a ese imperativo de la «extranjería» multirrecíproca. Pero hacía falta además que su capacidad de subsistencia y reproducción fuese suficiente para prescindir, a su vez, del saqueo. Con todo, también ellos se veían atacados tarde o temprano, y se iniciaba el mismo proceso de diferenciación interior. Estos hechos no están hoy sujetos a la menor duda. Y la conclusión que de ellos se desprende es de una evidencia más que lógica, observable en muchas ocasiones y diversos lugares desde hace cuatro siglos.

Ciertamente, en todas partes donde un grupo humano ha alcanzado una expansión numérica y una fuerza militar de cierta importancia, ha sojuzgado a otros grupos, ora reduciéndolos a la esclavitud, ora imponiéndoles un tributo, o bien imponiéndose a ellos como casta o clase dominante. El jefe de los invasores se convertía en el centro de un cuerpo social jerarquizado, y la gente de su etnia se instalaba en calidad de aristocracia. No hacemos más que transcribir casi textualmente lo que han estudiado buen número de etnólogos y antropólogos, y que se encuentra confirmado en la época histórica, y a un nivel superior, por centenares de invasiones que han hecho del invasor la clase social rica y gobernante. Mucho antes de ser un Estado de Derecho, siquiera rudimentario, el Estado existe de hecho, por imposición militar.

Pese a las interpretaciones psicológicas inspiradas en El porvenir de una ilusión (Freud), Estado y religión, comprendida la creencia en Dios, aparecen como hechos coercitivos, en modo alguno aceptados de buen grado, mucho antes de que se elaborase su representación consciente como idea, o incluso sus propias reglas coercitivas. Es una pobre concepción la que concluye en una necesidad humana de protección por el Padre Eterno, en lugar de descubrir ahí un sojuzgamiento por la fuerza, al que no se ha podido escapar y al que la gente se ha resignado, en una extensión temporal, geográfica y demográfica.

No menos infundada es la idea de ver en el juego el germen del que brota el Eterno, que es lo que hace Huizinga en su Homo ludens (el juego y la cultura). Los casos conocidos de simulacro de batalla representan una confirmación de alianza entre antiguos enemigos, o bien la subordinación del vencido a resultas de batallas anteriores, y no ficticias, como los bien conocidos raptos simulados de mujeres. Es un equívoco siniestro confundir el «juego» de la lucha a muerte con el juego como actividad espontánea, de aprendizaje y de creación de valores culturales. Huizinga, en cambio, no contempla el juego del espíritu interior a cada cual, el más importante de todos. Según una antigua tradición, Zeus jugaba a los dados; sus compañeros de juego eran holgazanes de su calaña. Hizo falta la rebelión de Prometeo para que algo correspondiese en reparto al común de los hombres.

En Sumer, los patesi, o jefes gobernantes, son conquistadores, jefes de guerra que legislan, quizá por primera vez en la historia, sobre la condición de explotación y dominación de sus vecinos vencidos. He ahí el derecho que entra en escena (véase Jacques Pirenne: La civilisation sumérienne). En Egipto, la época faraónica marca una ruptura neta con respecto a la época anterior. Nada confirma la suposición de un desarrollo autónomo, evolutivo, desde la época de Naqada, anterior al cuarto milenio, hasta la época faraónica (L'Égypte avant les pyramides, Éditions des musées nationaux français, 1973). En China, el organismo coercitivo aparece como contragolpe de la lucha por la hegemonía entre clanes de un mismo origen, prolongada por las hostilidades entre coaliciones de tribus. En Bután, los monasterios-fortaleza eran también, no hace mucho, graneros y centros de gobierno. En la India, la penetración aria se impuso a los poderes existentes, más o menos organizados, y los empujó a la división en castas, que siguen agobiando al país pese a su reciente abolición formal. Cualquiera sabe que en el Nuevo Mundo incas y aztecas eran castas militares de invasores. En cuanto a los tan alabados mayas, uno de los especialistas más reputados, Thompson,6 piensa que llegaron al país en calidad de conquistadores y sometieron a la población indígena (suponiendo que esta fuese a su vez indígena). La formación de las ciudades griegas, tras las invasiones sucesivas de aqueos, helenos y dorios, tuvo lugar en el umbral mismo de la época histórica.

Por último, tratándose de Roma, nadie, ni siquiera Mommsen, ha hablado hasta ahora más claramente que Montesquieu en sus Consideraciones sobre las causas de la grandeza y decadencia de los romanos: «Pueblo sin comercio y sin artes, el único medio de enriquecerse era el pillaje. Una vez establecida la disciplina en la manera de saquear a los particulares, Roma impuso a los vencidos la obligación de proporcionar a sus guerreros una paga, cereales y equipo».

Por otra parte, la lectura de documentos de archivo permite a quien lo desee informarse sobre el modo de constitución del Estado en América al día siguiente de la conquista: una tropa de guerreros españoles, nunca muy numerosa, se reunía, proclamaba el municipio en nombre de la Corona, según las reglas vigentes en España, levantaba acta y nombraba a los miembros del consistorio, es decir, a los concejales. Se aplicaba el mismo procedimiento tanto si se trataba de lugares que habían pertenecido a un Estado indígena como de una nueva fundación en un lugar deshabitado. Era un Estado de los españoles y para la explotación española de los vencidos, al que solo después accedieron ciertas categorías superiores de indios, es decir, conquistadores anteriores. Nada hay en ello diferente de lo que sucedió unos seis mil años antes en Mesopotamia, en Egipto o en Asia, salvo el sistema económico y político impuesto. Si el sol no se ponía nunca en los dominios españoles, los déspotas y reyes de una época tan lejana se autoproclamaban «señores de los cuatro puntos cardinales». Mucho más real, siempre en el mismo sentido y último episodio de este avatar humano, está el «liderazgo» mundial de los Estados Unidos. También él ha surgido de dos guerras, las más mortíferas de la historia del hombre de Cro-Magnon..., sin otro rival —susceptible de ser considerado como tal— que la zona rusa del mundo, potencia surgida de la suma de una contrarrevolución y de la última guerra imperialista.

Que la primera forma organizada estable del Estado procede de la guerra, o más concretamente de la reglamentación duradera del dominio del grupo vencido por sus vencedores, ya se ha dicho antes. Está apuntado en La ideología alemana y también en El origen de la familia, de la propiedad privada y del Estado. Se ha convertido en una verdad reconocida por numerosos antropólogos, sociólogos e incluso etnólogos. Pueden encontrarse sobre ello muchas citas en La guerre dans les sociétés primitives, son rôle, son évolution, de Maurice R. Davie (Payot, 1931).

Sin embargo, hay que remontarse más atrás en el tiempo y en las condiciones de vida de los hombres generadoras del Estado. Vista la panorámica universal de combate y saqueo de toda etnia o grupo de población frente a cualquier otro, lo que llamamos extranjería multirrecíproca (enemistad, antagonismo), se impone la convicción de que semejante pillaje no solo prefigura el Estado, sino que entraña ya desde entonces lo esencial de su materialidad: aplastamiento físico de los débiles por los fuertes, sojuzgamiento social, explotación.

Una tribu o una federación de tribus podía ignorar en su seno la explotación durante un tiempo cualquiera, e incluso vivir en verdadera comunidad, sin Estado por tanto; pero respecto de las tribus enemigas, el pillaje tenía una función coercitiva, explotadora y paraestatal. La inversión de los papeles no cambiaba nada al significado de este hecho. Para que el Estado se convirtiese en un hecho permanente y legal, estratificado en clases de arriba abajo, no hizo falta más que la cohabitación de vencedores y vencidos en el mismo territorio. Lo que antes era ocasional, botín azaroso de razia o de guerra formal, se convertía entonces en flujo continuo mucho más abundante, Derecho legal de los vencedores a apropiarse los bienes de los vencidos y a explotar el producto de su trabajo. El desarrollo de la capacidad de producción, es decir, del consumo para una minoría, tuvo su punto de partida en el saqueo y se implantó mediante la utilización ininterrumpida de los vencidos como instrumento de producción adicional. A partir de este hecho, la historia humana relativa al Estado hasta hoy, y mientras el Estado subsista, aparece sin dificultad. Este hecho está asimismo cargado de significado en la perspectiva de la desaparición de ese mismo Estado.

En La sociedad contra el Estado, Pierre Clastres creyó ver un designio intuitivo, si no una voluntad deliberada, de impedir el surgimiento del Estado en algunas tribus sudamericanas, sobre todo los tupí-guaraníes. Transpone la afirmación gratuita de Bakunin relativa a los pueblos eslavos, a los que consideraba exentos de toda inclinación dominadora, es decir, estatal, al contrario que los pueblos germánicos. No es posible refutar aquí la Filosofía de la jefatura india,7 fundamento del razonamiento de Clastres, tan frágil que ofrece contra sí mismo abundante materia. Ninguno de los grupos de población que estudió escapa a las características aquí definidas, a esa enemistad multirrecíproca que ha hecho de ellos, en todas partes y siempre, tarde o temprano, saqueadores o saqueados, dominadores o dominados posibles, según las contingencias. ¿La sociedad contra el Estado? Ciertamente, pero es un asunto revolucionario de hoy, imposible en el pasado, porque solo en la sociedad actual el peso de los factores de unidad humana mundial supera —y con creces— al de los factores ancestrales de división, hostilidad y robo, cuya herencia se encuentra materializada en el Estado y se derrama en océanos de sangre en las guerras entre naciones.

Se le conocen al Estado aspectos y metamorfosis innumerables. Dentro de una misma categoría varía hasta el infinito, podría decirse, sin que desaparezca el denominador común de origen: gendarme y legislador de privilegios materiales, políticos y culturales, impuestos por la fuerza bruta. Que en el origen hubiese una fuerza defensiva u ofensiva no cambia nada al asunto e importa lo más mínimo para lo que aquí se trata. La fuerza bruta está como velada en el sistema actual por el hecho mismo de su operatividad económica, que fuerza a unos a crear una plusvalía enorme para que otros se aprovechen de ella y la administren a su antojo. La fuerza bruta se encuentra establecida ahí como forma orgánica de la sociedad. Quienes niegan ese papel del Estado en general, o por poco que sea del Estado democrático y de Derecho, son pesimistas tenebrosos, aunque no sea el interés el que habla por su boca. Presentan como una fatalidad o como una Ley de la Naturaleza la explotación y las clases, y todo lo que estas acarrean de nefasto y degradante para el individuo y la sociedad.

Precisamente en nuestra época, la metamorfosis del Estado está llevando esas consecuencias al paroxismo. El resumen de todas las metamorfosis y modificaciones de clase anteriores no se hará en este artículo. En su relación esencial con la sociedad, el Estado representa un tope, una barrera sin más allá, el cumplimiento exhaustivo de un ciclo humano de seis o diez mil años de historia. Entre los primitivos, un jefe prestigioso era el que había organizado incursiones fructuosas, matado, hecho comer o hecho prisioneros al mayor número de hombres de otros grupos. Su palabra o la de un congénere se convertía en el ejemplo, la verdad legendaria incontestable, que solo podía contestarse imponiendo la verdad de otro grupo. Una vez alcanzada cierta prosperidad, la muerte del jefe daba lugar a menudo al asesinato ritual de sus allegados y sirvientes, que lo acompañaban a la tumba. Los potentados del siglo XX, capitalistas privados o altos burócratas, son enterrados individualmente, pero antes de su muerte han chupado la salud y la vida misma en la arena mundial, en forma de plusvalía, y han dado muerte en las guerras a millones y millones de personas. Y si ya no comen carne humana, la devoran en forma de trabajo asalariado, vomitan inversiones, igual que sus semejantes romanos vomitaban manjares tras sus banquetes, y vuelven a devorar músculo y médula bajo el aspecto de beneficios, de crecimiento industrial y de Poder. Las formas y las proporciones cuantitativas han cambiado mucho; el contenido, no. En este aspecto, el Estado se está «perfeccionando», pero resulta imposible imaginar una forma de Estado más opresiva todavía. Una cosa parece cierta, con todo: si se le deja llegar a la «perfección», la humanidad no levantará cabeza en largos siglos.

En su calidad de organismo capitalista, el Estado aparece en la época medieval, con las costumbres y formas de Derecho de las ciudades mercantiles sustraídas al derecho feudal. Su multiplicación, su afianzamiento, su unidad y su alianza con la monarquía corrieron parejas con el aumento y el predominio de la riqueza mueble y monetaria frente a la riqueza territorial; eso es bien sabido. Menos señalado es el hecho singular de la presencia en un mismo territorio, y durante mucho tiempo, de dos sistemas de clases y de dos Derechos: el de los feudales y el de los burgueses. Aunque al principio hubo agarradas e incluso enfrentamientos militares entre las ciudades y los feudales que pretendían avasallarlas, los burgueses de las ciudades aprendieron rápidamente a comprar de mano a mano su tolerancia; procedimiento que la monarquía absoluta aprovecharía ampliamente gracias al impuesto, del que estaban exentos la nobleza y el clero, y gracias a las rentas y dádivas graciosamente concedidas a los nobles. Mucho antes de sublevarse contra semejante situación, la riqueza de la clase nueva era netamente superior a la de la vieja y corrompida nobleza. La eliminación de esta en Francia, radical por revolucionaria, constituye un ejemplo único en la historia del ascenso del capitalismo. En todos los demás países de Europa, las revoluciones o tentativas de revolución burguesa sirvieron sobre todo para que la nobleza y la Iglesia abandonasen sus métodos de explotación medievales y se integrasen en los del capitalismo, mucho más rentables. Esta circunstancia hizo del Código Napoleón, por excelencia, la ley de la propiedad burguesa y el fundamento de su Estado.

Caso particular, la generalización del capitalismo en Rusia solo escapa a la regla anterior para recaer en ella en circunstancias agravantes y muy importantes. Su capitalismo es una variante del antiguo, en correspondencia con su naturaleza reaccionaria característica tanto como con la naturaleza decadente del sistema a escala mundial. La generalización del capitalismo adopta allí la forma estatal, la única que le consentía la revolución de 1917, a menos de una restauración militar exterior o interior. Además, era la más adecuada al grado de concentración alcanzado por el capital internacional. Así pues, se introdujo en calidad de reacción al llamamiento comunista de Octubre del 17. Tras este, los residuos de nobleza y de burguesía reaparecen bajo el aspecto de funcionarios y de colaboradores de los funcionarios por alianzas familiares. Base estructural y superestructura política se encuentran allí fundidas y confundidas.

La conocida sucesión de los sistemas en Europa —esclavitud, feudalismo, capitalismo— muestra una relación entre el hombre y la naturaleza marcada por la explotación del hombre por el hombre. Se trata, por consiguiente, de una relación indirecta y, por eso mismo, falsa. Poco importa que la implantación de los dos primeros sistemas fuese geográficamente parcial, ni, por el momento, que el modo de relación social o de explotación sea diferente en los tres casos. Lo que aparece como más importante es la tendencia unificadora —universalista, diría un filósofo de la historia— de las civilizaciones grecorromana y capitalista, presentándose el feudalismo como un particularismo de parajes y de matones señoriales, una vuelta atrás y un periodo de magma sociocultural en el que el tercer sistema iría cristalizando. Puede decirse que el mundo grecorromano, encaminado al cabo de cierto siglo hacia un callejón sin salida histórico, se habría disgregado en el feudalismo, el cual habría permitido, con la marcha del tiempo, la composición molecular de una nueva sociedad. No hay en ello nada teleológico, muy al contrario, pues los tipos sociales, a semejanza de las especies del mundo orgánico, pueden evolucionar o mutar en un sentido poco o nada viable. El feudalismo germinó en el mundo grecorromano. Las invasiones bárbaras le dieron su aspecto final, no sin haber intentado, en vano, gobernar el Imperio. La violencia y la opresión características del Estado, diseminadas en miles de focos, intensificaron su arbitrariedad en lugar de debilitarla. Y la relación con la naturaleza se hizo todavía más mezquina y falsa.

Se ha dicho y demostrado sobradamente que el sistema capitalista se caracteriza por la propiedad privada de los instrumentos de producción más importantes, lo que engendra la mercancía-hombre por medio del trabajo asalariado y, sobre esta base, la producción general de los bienes —y de las mentalidades— como mercancías. El Estado que le corresponde, sin ser un órgano directo y servil de los capitalistas, ejerce la vigilancia sobre la buena marcha del conjunto. Es también propiedad privada por el hecho ostensible, aunque no legislado, de que solo los burgueses y sus servidores han podido acceder a los puestos dirigentes, tanto al amparo del sufragio universal y de una Constitución como sin ellos. De todos modos, la esclavitud del trabajo asalariado, introducida y generalizada por el capitalismo, primero en Europa y luego en todas partes, es menos inhumana que las formas anteriores de esclavitud. Y, lo que más importa, abre horizontes antes insospechados. Correlativamente, el Estado capitalista consiente libertades mezquinas y engañosas en sí mismas, como su sistema, pero que ningún otro tipo social anterior alcanza, ni siquiera Atenas para los habitantes libres. Por primera vez se presenta la posibilidad de establecer una relación directa, verídica, entre el hombre y la naturaleza. Un libro de Laffon-Monteil (Payot, 1938), titulado D'Hammourabi à Rockefeller, permite observar una tendencia, siempre sin mañana, hacia la aparición del capitalismo desde los tiempos babilónicos. Esta vez estamos sumergidos en él, nos asfixia. Sobre este asunto puede consultarse también la importante obra de Rostovtzeff sobre la historia económica y social del mundo grecorromano.

Nada verifica tan exactamente la relación estrecha entre la base económica de un sistema y su dispositivo estatal como la evolución del capitalismo. Dada la dualidad social que está en su origen (capital-asalariado), la sociedad en que vivimos no podía desarrollarse sino mediante el aumento del capital, por un lado, y de los hombres asalariados, por el otro. Y así hasta la concentración del capital en grandes compañías monopolistas. Al mismo ritmo, el Estado centralizó sus funciones, echando mano a la economía y aumentando, abierta o subrepticiamente, la represión política orientada contra los revolucionarios. Es también el momento en que el capitalismo invadió toda la superficie de la Tierra, introduciendo la venta y la producción de mercancías, así como los Estados y los regímenes políticos ad hoc. Las diferencias de nivel no tienen más importancia que las existentes en el interior de un país industrializado cualquiera.

Se trata de perogrulladas recordadas simplemente por la coherencia del conjunto. Lo importante, lo que es nuevo para la concepción del Estado con su sistema fundamental, empieza desde el momento en que esa fase queda atrás. El fin de esta y el comienzo de la fase actual no tienen una demarcación temporal precisa, pero se ha hecho absolutamente evidente una vez que hemos entrado de lleno en ella, tras la segunda guerra mundial. El crecimiento del capital y de la producción por medio del trabajo asalariado adopta a partir de ahí características negativas que faltaban en las fases anteriores. El capitalismo muda su antiguo carácter progresivo en regresivo, incluso en las zonas del mundo donde su instalación es aún rudimentaria. En efecto, si no se quiere vaciar de contenido la noción de progreso, o de desarrollo de un tipo de civilización, es imperativo determinar el máximo que es susceptible de ofrecer a los hombres. El criterio debe ser objetivo, intrínseco al sistema mismo, no a sus accidentes ni a una estimación subjetiva cualquiera, aunque lo subjetivo, cuando alcanza un terreno casi general, constituya la determinación última, en el mejor de los casos... y en el peor también.

Pero es indispensable precisar, ante todo, lo que debe entenderse por desarrollo de una civilización. No su extensión territorial ni su crecimiento económico en sí mismos, sino una extensión y un crecimiento que mejoren la situación material, cultural y política de la población en general y de sus capas pobres en particular. Dicho de otro modo, que atenúen los rasgos negativos del sistema favoreciendo involuntariamente su propia superación. Debe tratarse de un desarrollo social en todos los aspectos contenidos en la sociedad, con el hombre como referencia, única medida posible. Ahora bien, el límite extremo de desarrollo queda alcanzado desde el momento en que los factores característicos de su devenir (económico, político, cultural, volitivo) permiten el salto a un tipo superior, el paso de la evolución a la revolución. En este sentido hablaba Karl Marx del capitalismo como de un sistema provisional, de transición a una sociedad comunista.

Que ese máximo se alcanzó hace mucho no puede ponerse en duda, salvo por quienes hacen del crecimiento industrial y del saber científico el criterio principal, si no único, del desarrollo capitalista. Los conocimientos técnicos y científicos, sus aplicaciones realizadas —por no hablar de las posibles— bastan hoy para suprimir mundialmente, en pocos años, las diferencias económicas, reducir a menos de la mitad el tiempo de trabajo y llevar a la vez el nivel cultural medio por encima del mejor actual. A la inversa, técnica y ciencia se utilizan a contrapelo, para perpetuar las desigualdades existentes en todos los terrenos, empeorar adrede la calidad de los productos, salvo los productos de muerte, y prostituir la cultura y las consciencias individuales (televisión, radio, prensa, enseñanza dirigida o coercitiva, fichaje informático de la población). Así pues, el desarrollo social aportado por el capitalismo vira en sentido opuesto. El crecimiento industrial tiene repercusiones negativas en la vida cotidiana por sus características actuales, mucho más allá de la contaminación y otros perjuicios. Agarra al hombre cada vez más fuerte por el cuello y, por consiguiente, se trata de un crecimiento reaccionario. Por si fuera poco, el dispositivo belicista rebasa todos los límites imaginables de negatividad, aun haciendo abstracción de las armas atómicas. Tacharlo de reaccionario parece poca cosa, una vacuidad. En efecto, ¿cómo calificar un uso de la ciencia que permite a la alta jerarquía del sistema desintegrar todo organismo vivo, del protozoo al hombre, con solo apretar un botón, tan fácilmente como se aplasta una hormiga? Criminal, asesino, humanicida parecen términos suaves, insignificantes. Sin embargo, el último de ellos sugiere una asociación muy elocuente. La decadencia de las civilizaciones que se mostraron incapaces de engendrar otra superior a ellas mismas, tras culminar su recorrido de desarrollo, las condenaba a una descomposición gradual, pero eso no impedía, a la larga, empujes civilizadores en otras zonas. Solo el saber bajo la férula del capitalismo, de su Estado, conduce, no ya a la descomposición decadente de la civilización, iniciada hace decenios, sino al exterminio de la vida... a menos que la revolución comunista le corte el paso. En todo caso, basta con que esa amenaza esté suspendida sobre nuestras cabezas —cosa innegable— para concluir: la civilización capitalista ha rebasado con creces su margen de desarrollo; darle muerte revolucionariamente constituye la única salida física y cultural posible para la sociedad mundial y para cada uno de los individuos que la componen. Será un paso civilizador por excelencia. Lo esencial del sistema, lo que ha entrado en putrefacción, es la producción fundada en el capital y el trabajo asalariado. Pero el epicentro de la putrefacción del sistema es el Estado.

En la fase que vivimos, tanto en Occidente como en Oriente, se ha vuelto mucho más pertinente hablar del Estado capitalista y su sistema que del sistema capitalista y su Estado. Es un hecho que el Estado gobierna y domina la sociedad a discreción. Por el momento no tropieza con otro obstáculo que el, figurado pero no desvanecido, de un futuro movimiento de rebelión proletaria. Los tratos entre los diferentes sectores integrados en el sistema, partidos «obreros» y sindicatos comprendidos, lejos de ser ni por asomo un contrapeso al despotismo estatal, le dan escolta con su falsa oposición, mientras adormecen al proletariado. Además, se consideran a sí mismos herederos de los monopolios y de la policía, lo que inspira su proceder. La autonomía relativa que caracterizaba en otro tiempo a los capitales privados frente al Estado, y a este frente a los capitales privados, se ha borrado desde la última guerra. El Estado se ha convertido en el maestro de ceremonias indiscutible en todos los terrenos de la —de su— sociedad: proyección económica, política, legislativa, judicial, informativa, desinformativa, lo mismo que en el terreno militar. El Leviatán, ensalzado y temido a la vez, no es cosa de mañana; pone en práctica sus funciones destructoras y caníbales cotidianamente ante nuestros ojos. Por ese sesgo, el Estado actual condensa en sí todas las infamias de la historia humana: la extranjería multirrecíproca, el saqueo entre hordas, tribus y clanes, la antropofagia alimenticia y ritual, los despotismos asiáticos, africanos y precolombinos del Nuevo Mundo, la esclavitud de las antiguas civilizaciones, la servidumbre feudal y, como corolario, también las formas económicas y represivas del capitalismo naciente y floreciente.

No señalo aquí una nación cualquiera, sino todas sin excepción, sin tener en cuenta lo adquirido en lo económico, lo técnico, lo policial, etc. Los nuevos países «independientes» reproducen, agravados casi siempre, el totalitarismo y la corrupción de las metrópolis, pues los engendra un tipo social en senescencia. Puede, pues, y debe hablarse de un Estado mundial, pero de contenido inverso al que le atribuye H. Lefebvre. Embrollón como un teólogo y con la cabeza siempre llena de escapatorias, como todo stalinista contrito, Lefebvre encuentra en el Estado mundial de nuestros días una tendencia «al modo de existencia metafísico» y señala en la obra de Stalin, es decir, en el Estado ruso, «una revolución hecha desde arriba» (en L'État dans le monde moderne, ed. 10/18, París, 1976).8

La obra de Stalin tiene gran importancia, sí, muy grande incluso, pero como obra contrarrevolucionaria en todos sus aspectos. Sin ella es imposible imaginar cómo habría logrado el sistema mundial hacer frente, e incluso derrotar, a la ofensiva revolucionaria del proletariado entre las dos guerras imperialistas, desencadenar la segunda y dejar inertes a sus explotados durante casi medio siglo. El encadenamiento de los hechos que van de la contrarrevolución stalinista en Rusia a la derrota de la revolución internacional, y de esta a la guerra de 1939-1945, y así hasta la tan prolongada inactividad de la clase obrera, explica exhaustivamente la maloliente situación actual, comprendidos el crecimiento industrial teratológico y la totalitarización del Estado.

La interpretación teórica del Estado no puede hacerse aislándolo como entidad, sino considerándolo en su devenir histórico, que a su vez representa la entidad. De otro modo se cae en la divagación idealista o bien, caso hoy el más frecuente, en una despreciable exculpación de antiguas actitudes personales en el curso del desarrollo histórico; es usar la teorización al servicio privado del escritor. Ahora bien, la obra del Estado ruso no es la de Stalin solo, sino la de todo el aparato burocrático dentro de las fronteras rusas y también en el exterior. Representa una adaptación de los intereses contrarrevolucionarios posteriores y anteriores a 1917, del grado de concentración económica y de resignación del proletariado requerido a escala mundial para todo crecimiento capitalista importante, así como para mantener en vida el sistema. Por medio de la propiedad privada no podía realizarse nada importante. La contrarrevolución puso al día el capitalismo ruso con el capitalismo más concentrado de Occidente, superándolo incluso, salvo en competencia técnica y administrativa. La enormidad retrógrada del stalinismo reside en el hecho de que, desde la década del 20 por lo menos, la producción de capital, y con mayor razón su concentración, iba en contra del desarrollo humano e incluso de simples potencialidades no capitalistas de las ciencias y las técnicas.

Las derivaciones negativas de semejante hecho no pertenecen todas al pasado; otras, no menos graves, nos amenazan, debidas no solo a la presencia de renegados del stalinismo (todos más o menos falsos) inducidos por el «Informe Jruschov», sino también a la nueva salida reaccionaria que el régimen ruso ofrece al mundo entero.

(Continuará)

G. Munis

  1. Hermann Heller (1891-1933), jurista socialdemócrata alemán; su Staatslehre (1934) se publicó en español como Teoría del Estado. ↩

  2. Alusión probable a la etimología de «esclavo», derivado de «eslavo», por los prisioneros eslavos reducidos a la esclavitud en la Edad Media. ↩

  3. (Nota del autor.) No quiero caer en el prejuicio terminológico de los especialistas actuales, que se abstienen de hablar de pueblos primitivos o bien le ponen comillas a la palabra para no ofender a los así designados. Entre el antropófago y el comulgante de una religión cualquiera hay ciertamente comunidad esencial, pero que cada cual elija, a menos de poner antropófago entre comillas. ↩

  4. (Nota del autor.) Dicho citado por Cummins en «The Bahr-el-Ghazal Dinkas», Journal of the Anthropological Institute (Reino Unido), XXXIV, pág. 155. ↩

  5. El francés dice «ou tout au moins par trop ruineux» («o por lo menos demasiado ruinoso»), errata evidente por «pas trop ruineux». ↩

  6. El francés escribe «Thomson»: se trata del mayista británico J. Eric S. Thompson (1898-1975). ↩

  7. (Nota del autor.) Título del último capítulo del libro de Clastres. Se hará mención de ello en un libro del que estas páginas no son más que el esbozo. ↩

  8. Henri Lefebvre (1901-1991), filósofo, miembro del Partido Comunista Francés hasta 1958. ↩