L'Arme de la critique, n.º 6, mayo de 1990 (págs. 15-20). PDF del número completo · Texto original en francés

¿Cuál es el significado de las luchas de liberación nacional cuando hoy se desarrollan vigorosamente contra Rusia? Sabido es que desde la segunda guerra mundial África y Asia han visto aparecer numerosas naciones, liberadas del yugo colonial, buena parte de las cuales fue a sumarse a los arrabales de Moscú. Este fenómeno, bautizado descolonización, ha sido considerado durante mucho tiempo progresista por diferentes corrientes que se reclaman del movimiento obrero y de Lenin.

Este se habrá revuelto sin duda varias veces entre sus vendas, tan manoseada, deformada y momificada ha sido su posición sobre la cuestión. En efecto, Lenin y los bolcheviques, siguiendo a Marx, afirmaban que los revolucionarios debían apoyar las luchas de liberación nacional de las naciones oprimidas por las naciones imperialistas o colonialistas, aliarse organizativamente con los proletarios de esos países para contrarrestar las maniobras de las burguesías locales y, por último, aliarse con los burgueses radicales de los países más atrasados.

Ahora bien, ya en aquella época otros revolucionarios, con Rosa Luxemburg a la cabeza, se oponían crudamente a lo que consideraban un abandono del centralismo y del objetivo revolucionario inmediato, puesto al orden del día en el periodo en que polemizaban (1916-19). Según ella, no se trataba ni más ni menos que de abandonar a los proletarios de las naciones oprimidas en manos de sus respectivas burguesías:

«... ese famoso derecho de los pueblos a disponer de sí mismos no es más que una frase hueca, una majadería pequeñoburguesa. ¿Qué significa, en efecto, ese derecho? Es un principio elemental de la política socialista que combate, como toda clase de opresión, la de una nación por otra. Si, a pesar de todo, hombres políticos tan reflexivos como Lenin, Trotski y sus amigos, que no tienen más que encogimientos de hombros irónicos para consignas utópicas como "desarme", "sociedad de naciones", etc., han hecho esta vez su caballo de batalla de una frase hueca del mismo género, ello se debe, a nuestro parecer, a una especie de política de oportunidad.»

«Por desgracia (...), el cálculo resultó enteramente falso: mientras que Lenin y sus amigos esperaban manifiestamente que, por haber sido ellos los defensores de la libertad nacional, y eso hasta la separación completa, Finlandia, Ucrania, Polonia, Lituania, los países bálticos, el Cáucaso, etc., se convertirían en otros tantos aliados fieles de la Revolución rusa, hemos asistido precisamente al espectáculo inverso: una tras otra, todas esas "naciones" utilizaron la libertad que se les acababa de otorgar para aliarse con el imperialismo alemán contra la República rusa.»

Rosa Luxemburg, La revolución rusa (Éd. Spartacus, págs. 17 y 18).1

Sin embargo, el ardor de la polémica, atizado por la urgencia de la situación, nunca impidió a esos revolucionarios admirar a Lenin y a Trotski, tanto por sus cualidades intrínsecas como por la altura de miras que los animaba, incluso en la cuestión nacional. Y es que, esencialmente, Lenin y Trotski obraban para dar al proletariado el papel dirigente en todas las luchas. El error era llevar a cabo ese trabajo en el combate nacional, donde la clase obrera tenía todo que perder y nada que ganar.

Los bolcheviques (y otros con ellos en este terreno) no se apoyaban solo en la situación del Imperio ruso. Tenían también presente la acción de Marx y Engels en la Primera Internacional en favor de la independencia de Polonia e Irlanda. Esas luchas constituyeron en Europa una excelente movilización de los proletarios contra su propia burguesía, que ensanchó el horizonte de las organizaciones obreras, encerradas todavía en los marcos nacionales. Insuflaron a Lenin su magnífica proclamación del derrotismo revolucionario y del internacionalismo proletario, sin la cual la revolución de Octubre no es comprensible.

El fondo internacionalista de los bolcheviques difuminó parcialmente el carácter erróneo de su posición sobre «la autodeterminación de las naciones», hasta las primeras dificultades de la revolución, en las que constituyó un factor netamente negativo, duramente sentido por los revolucionarios europeos. El reflujo revolucionario en Alemania y la transformación contrarrevolucionaria en Rusia no permitieron resolver un debate que, sin embargo, los hechos habían zanjado. Así, entre las tendencias que se opusieron a la degeneración y luego a la contrarrevolución stalinistas (sin percibirla explícitamente como tal), las mejor estructuradas no tuvieron capacidad para poner en tela de juicio ese error.

La Oposición de Izquierda italiana, agrupada en torno a Bordiga, se hizo expulsar de la III Internacional (de hecho ya transformada en Komintern). En la cuestión nacional sistematizó el error de Lenin, sin poder asimilar todo lo que había podido cambiar para el proletariado con la contrarrevolución a partir de Rusia, sobre lo cual volveremos más adelante. Durante la guerra del 39-45, las diferentes fracciones de esta corriente no supieron defender el derrotismo revolucionario más que a partir de 1942. En la posguerra se reagruparon en un partido que pronto se escindió en dos, entre otras cosas por divergencias sobre la cuestión de las luchas de liberación nacional. Solo el PCI-Programme Communiste2 siguió vehiculando la antigua posición de Bordiga. En consecuencia, defendió la liberación nacional de Argelia y se puso detrás del FLN, identificado como partido de la «burguesía radical» de un país atrasado. Esta organización revolucionaria, al negarse a tomar en consideración la absorción de las luchas de liberación nacional en las luchas interimperialistas, acabó a remolque de una camarilla teledirigida desde Moscú y El Cairo.

La otra Oposición de Izquierda a la III Internacional, más importante por su número y su audiencia, fue desde luego la agrupada en torno a Trotski. Su posición sobre la cuestión nacional fue ante todo la de Lenin... y de Trotski, sin cambios hasta la formación de la IV Internacional en 1938. En 1939, cuando estalló la segunda guerra mundial, la IV publicó enseguida un manifiesto derrotista revolucionario, inspirado directamente en el de Lenin un cuarto de siglo antes. Pero detrás de esa excelente declaración de principios no se encontraron realmente más que algunos grupos auténticamente comunistas (en Francia, en México, en Grecia...) que supieron defender con uñas y dientes el internacionalismo proletario. Hecha de retazos (retazos del SWP norteamericano, retazos de La Vérité en Francia, por ejemplo), la IV se pasó rápidamente a la «Resistencia» nacional, donde se enfeudó mortalmente al stalinismo. Ya no podía ser una fuerza revolucionaria.

Nuestra tendencia, representada en aquel momento por militantes trotskistas españoles refugiados en México y en Francia, mantuvo firmemente el rumbo internacionalista y rompió con la IV en 1948, en su primer congreso, por la cuestión de las resistencias nacionales y de la naturaleza de la URSS. En adelante, la IV y sus filiales no fueron más que el furgón de cola del stalinismo y apoyaron todas sus perfidias, en particular las pretendidas luchas de liberación nacional, en realidad simples conflictos interimperialistas en los que se pusieron del lado ruso.3 De LO a la Ligue, pasando por todas las tendencias, todos apoyaron al verdugo Ho Chi Minh, asesino de los proletarios vietnamitas... y de los trotskistas en particular. Liberar Vietnam de la presencia norteamericana significaba simplemente encerrarlo en las garras rusas, sin consideración alguna de la existencia del proletariado ni de la necesidad de una política propia de este, en Vietnam como en otras partes.

Porque ahí está precisamente el cambio respecto a las condiciones que prevalecieron hasta la primera guerra mundial. Antes, las luchas de liberación nacional no eran por ello combates de la clase obrera. Pero podían beneficiar al proletariado en la medida en que se integraban en el desarrollo social engendrado por el capitalismo, derribando las viejas trabas de los sistemas sociales anteriores, favoreciendo la expansión de la clase obrera y llevando al proyecto comunista a abarcar una realidad cada vez más vasta.

A la amplitud del desarrollo social capitalista responde la amplitud de la capacidad proletaria de imponer el comunismo e impulsar por eso mismo un nuevo modo de desarrollo social. Ahora bien, los límites de ese desarrollo capitalista quedaron puestos en evidencia por la posibilidad y la realidad de una primera guerra mundial, que indicaba el cumplimiento de la dominación del capital sobre el planeta. Esa dominación completa significa que, aunque se encuentren supervivencias de modos de explotación anteriores, están ligadas, integradas, absorbidas totalmente por los circuitos mundiales de la explotación capitalista. Desde entonces, ningún desarrollo social de conjunto es ya posible bajo la égida del capital; el sistema capitalista es caduco, decadente; crecimiento y desarrollo, concomitantes hasta entonces, se desacoplan e incluso se oponen. A esta fase de desarrollo corresponde la capacidad del proletariado de afirmar de entrada, para el mundo entero, el proyecto revolucionario comunista. Esa capacidad significa que, aunque se encuentren explotados de otro tipo que los proletarios, ya no pueden tener la menor independencia respecto de los objetivos proletarios. En efecto, están ligados y sometidos al mismo modo general de explotación y de opresión; hay que considerarlos como una parte del proletariado mundial. Los combates que no conciernen directa y únicamente a la clase obrera no solo no le sirven, sino que en adelante le son irreductiblemente opuestos.

A esta imposibilidad de desarrollo social por el capitalismo correspondió la ofensiva mundial del proletariado. La conflagración comunista de 1917 a 1937 fue y sigue siendo la única posibilidad ofrecida a la humanidad para reanudar su desarrollo, liberado esta vez del corsé asfixiante de la ley del valor, del trabajo asalariado y del Estado. El fracaso de la tentativa comunista se manifestó primero en Rusia, aunque fue allí donde se había dado el impulso de la lucha mundial del proletariado. La ignominia de la contrarrevolución iniciada en Rusia procede no solo de su bestialidad sangrienta (bien conocida hoy de todos), sino sobre todo de la estafa sobre la que descansa. A saber: que mediante la mentira, el terror y la venalidad, la contrarrevolución stalinista ha propagado la alucinante confusión del comunismo con el capitalismo de Estado.

La Rusia stalinista, producto y agente de la contrarrevolución, ha constituido poco a poco un bloque militar y económico procediendo por guerras de rapiña y alianzas sucesivas con todas las grandes potencias imperialistas. Se tragó los Estados bálticos y un trozo de Polonia aliándose con Hitler; los Estados Unidos4 le «dejaron» ocho países en Europa y cuatro en Asia, por haberse dejado atacar por su aliado nazi de la víspera. Invariablemente, Stalin y sus esbirros occidentales entonaban el conjuro mágico del «derecho de autodeterminación de los pueblos» bailando alrededor de la momia de Lenin. Prosiguiendo con resolución y con bendición patriarcal la política de los zares, el Estado ruso ha llevado así a buen término la «liberación» o la «guerra de liberación» de innumerables pueblos, naciones, etnias, tribus o compinches en el mundo. Y es que, de hecho, la liberación nacional se ha convertido en una imposibilidad con la decadencia. Salvo mala fe o estupidez congénita agravada, no es posible confundir lo que Lenin entendía por lucha de liberación nacional (lo que hemos resumido al principio del artículo) con la anexión pura y simple, con expolio sistemático de los países, que el Imperio ruso ha practicado bajo la misma denominación de 1940 a 1980. La competencia y el enfrentamiento con el otro bloque (Estados Unidos) le arrebataron una a una todas las naciones que estaban política y geográficamente en condiciones de hacerlo, y que prefirieron el infame yugo norteamericano a la deleitable liberación rusa (Yugoslavia, China, Albania, Argelia, Egipto, Somalia, etc.). La desaceleración y luego el cese de las «liberaciones» se produjeron principalmente a raíz de la desorganización de una economía frágil, enteramente absorbida por el esfuerzo de guerra, único recurso real de un imperio cuyo fundamento es el aplastamiento de toda lucha proletaria. Es esa misma lucha proletaria, dentro y fuera del país, la que ha desorganizado uno a uno todos los engranajes del Partido-Estado mediante la resistencia pasiva, la huelga y la insurrección. Lenta pero seguramente, los proletarios han hecho fermentar la disgregación del bloque ruso.

La lucha de clases ha engendrado progresivamente sacudidas telúricas de intensidad creciente,5 cuyo epicentro se ha ido acercando implacablemente al Kremlin. La lenta disgregación del bloque del Este alcanzó entonces directamente a los países vecinos (véase Alarme n.º 46) y corroe ahora los lazos con los países absorbidos al comienzo de la segunda guerra mundial (los Estados bálticos), o incluso en el momento de la formación de la URSS, como Georgia, desangrada por el georgiano Stalin, o Armenia.

Ahora bien, hasta hace muy poco no había ninguna organización ni lucha nacionalista en esas naciones. Todas se han creado y expresado en los fallos de la represión, debidos a la acción obrera. En Lituania (antiguo ducado del reino de Polonia y Lituania), por ejemplo, el impacto de las luchas obreras en Polonia ha sido determinante y explica en parte la delantera de esta nación en el proceso centrífugo en curso.

Nos encontramos aparentemente con una situación nacional anterior a la primera guerra mundial. Sin embargo, y la diferencia es de bulto, las soluciones y las propuestas de autodeterminación nacional que se presentan a la clase obrera son todavía más frágiles que en aquella época. Cuando esa independencia apenas está formulada, y cuando el bloque ruso aún no ha estallado (y múltiples fuerzas centrípetas se oponen a ello en el Partido-Estado, el Ejército y la Iglesia), ya se dejan sentir los apetitos ferozmente capitalistas de las fracciones nacionalistas. Exponen descaradamente su voluntad antiobrera y su deseo de arrojarse en el regazo de los imperios occidentales u otros. Así, los islamistas del sur del Cáucaso miran de reojo a Irán o a Irak o... ¡o a quien más pague! La imposibilidad de la liberación nacional en un sistema que desde hace más de 70 años no puede dejar sitio a nuevas entidades nacionales independientes lleva a esos fantasmas nacionales a errar de bloque en bloque, en busca de un punto de anclaje donde hacerse absorber.

En ningún caso puede el proletariado apoyar semejante aspiración sin perder toda existencia. Tiene que negarse a arbitrar entre los partidarios de una dependencia nacional respecto de Europa y los Estados Unidos y los partidarios de la dependencia rusa. En el orden del día, y permanentemente, lo que hay que poner por delante es el núcleo subversivo fundamental de los comunistas:

Luchar contra la propia burguesía hasta que pierda la guerra, económica y política, y transformar la guerra interimperialista en revolución socialista.

  1. Traducimos la cita de Rosa Luxemburg tal como la da el artículo, según la edición francesa de Spartacus, que la abrevia. Hay versión española de este artículo en el archivo, «Viejas naciones, nuevas luchas, vieja cantinela», traducida del francés (y atribuida allí a G. Munis, aunque el original no va firmado); de ella tomamos el título, pero el texto se ha traducido de nuevo del original francés, que aquella versión sigue con poca fidelidad, y su cita de Luxemburg procede de otra traducción, más extensa. ↩

  2. (Nota del FOR.) Dirección: Éditions Programme, 17 rue René Leynaud, 69001 Lyon. ↩

  3. (Nota del FOR.) Sobre los epígonos trotskistas, véase nuestro folleto Analyse d'un vide, 50 ans après le trotskisme (en español, «Análisis de un vacío, cincuenta años después del trotskismo», en El trotskismo stalinizado). ↩

  4. (Nota del FOR.) Las tensiones en el Bloque del Este (cuestiones nacional, religiosa, militar) no deben hacer olvidar, por otra parte, los reajustes de la hegemonía estadounidense en Occidente. Con todo, nunca se recordará bastante que la contradicción fundamental no está entre los bloques, sino entre las clases. ↩

  5. (Nota del FOR.) 1953 en Berlín, 1956 en Hungría y Polonia, 1968 en Checoslovaquia, 1970-71-76-80-81 en Polonia, 1987 en Rumanía, las innumerables huelgas y levantamientos en Rusia, etc. ↩