L'Arme de la critique, n.º 6, mayo de 1990 (págs. 3-14). PDF del número completo · Texto original en francés

Así como la concentración del capitalismo, en tiempos de la revolución rusa, transmitió una forma económica, acentuada, a la contrarrevolución rusa, esta a su vez inspiró el dirigismo occidental y, en su aspecto político, vemos su totalitarismo de Partido-Estado retomado por casi todos los países llamados nuevos. En los democráticos, institucionalizados de antiguo, mil medidas y vejaciones en la sombra vacían sin cesar el contenido de la democracia burguesa, pobre de por sí. Pero la peor de las repercusiones del Estado stalinista es, sin disputa, la falsificación de la idea misma de socialismo. En todas partes, a la hora actual, la suplanta la noción de un Estado capitalista único. He ahí el «socialismo primero» que el archirreaccionario Spengler oponía al capitalismo individual.

Tras el cebo de la expropiación de monopolios y burgueses, lo que se proyecta es el monopolio del Partido-Estado. La relación capital-trabajo asalariado, inseparable del sistema, se vuelve entonces mucho más insoportable, y la decadencia social bajaría todavía escalones que podrían ser decisivos. Y es indiferente, en el fondo, que eso ocurra con el partido único o por medio del pretendido pluralismo, que no es ante todo sino cantinela publicitaria y maniobra táctica. La concentración del capital reclamará siempre un totalitarismo político proporcionado a ella misma.

En resumen, con la concentración del capital —en Occidente por su circulación y su reproducción ampliada espontáneas, en Oriente por sus urgencias antirrevolucionarias, y en las excolonias por su encadenamiento a los Grandes y por mimetismo demagógico—, nos encontramos ante un Estado que conoce ciertamente diferencias territoriales (no puede decirse nacionales, pues en muchos casos la nación ha sido impuesta o está siéndolo), según los antecedentes históricos, pero cuya función primera, a la que están subordinadas todas las demás, consiste en imponer la reproducción ampliada del capital, es decir, un tipo de asociación humana caduco y enteramente pernicioso hoy.

El análisis del Estado moderno autoriza una gran prolijidad, se tenga o no en cuenta lo que precede. En este esbozo no hay que extenderse más. Las indicaciones dadas bastan para rebasar el análisis y hablar del aniquilamiento del Estado.

Ante esta perspectiva, desde siempre la del movimiento revolucionario, los abogados tradicionales del Estado como representante inmortal de la sociedad representan poca cosa en calidad de obstáculo teórico, sea cual sea su saber, y menos aún en la práctica de la lucha de clases. Limitémonos a citar, a la espera de una refutación más general, Vivre sans État?, de Jean-William Lapierre (Esprit-Seuil, 1977), donde responde al libro ya citado de Pierre Clastres La sociedad contra el Estado. El señor catedrático de filosofía escribe: «¿Dónde y cómo son realizables las condiciones de una sociedad sin Estado, aunque sea a largo plazo? Una economía de abundancia y una sociedad de ocio en una población estabilizada por la limitación de los nacimientos, un modo de organización y de regulación sociales que aboliese todo deseo de innovación en todos los grupos sociales, ¿es eso realmente un porvenir posible para la especie humana?» (pág. 360). Y en la página 371: «... la extinción del poder político (...) no podría esperarse sino de una extinción de la capacidad humana de innovar, de un agotamiento de la imaginación por el triunfo de la costumbre o del reflejo condicionado, de un frenazo dado a la historicidad».

Desde la época en que Spencer fulminaba «Todo socialismo implica la esclavitud» (All socialism involves slavery), los argumentos se han afinado, pero apenas, vistos de cerca. Están asimismo emparentados con los de Berdiáiev, que oponía a una parálisis de la historia debida al socialismo su noble cumplimiento por el retorno de Cristo, cuando no por «la resurrección de la carne». Las variaciones sobre el mismo tema surgen como un reflejo del cerebro de numerosos eruditos de todos los países. Su suerte consiste en que los países llamados socialistas les dan muy ampliamente la razón. Hasta los neofascistas pueden sacar de ahí materia que les permite parafrasear la idiotez de Hitler en Mein Kampf: «El marxismo es la magia negra». Entre esos eruditos, ni siquiera los más respetuosos de la seriedad científica son capaces de declarar sin ambages que dichos países son al socialismo lo que un defoliante a la vegetación. Violencia represiva, ahogo de toda libertad, mentira sistemática y del todo premeditada no desaparecerán allí sino con el desmantelamiento previo del Estado, y su Estado no puede analizarse más que como un caso particular de los Estados occidentales.

A la pregunta de Lapierre sobre el dónde y el cómo de una sociedad sin Estado volveremos al final de estos relámpagos. Entretanto, obsérvese cómo el profesor sigue las huellas de Lévi-Strauss en Raza e historia, donde este considera que el actual mosaico abigarrado del género humano y de la sociedad capitalista favorece el deseo de innovar y, por tanto, el progreso en la historia. Como tantos otros a quienes sus ocios han permitido llegar a ser lo que son, pasan por alto un hecho abrumador, tanto por su extensión geográfica como por la grave privación mental que entraña para centenares de millones de personas, incluso en los países más cultos: la prohibición de innovar, y sencillamente de saber, por decreto de sus condiciones de existencia; es el más draconiano e inviolable de todos los decretos posibles. El golpe paralizante asestado a la historia es una constante desde hace milenios, pues la mayor parte de las personas han sido colocadas fuera de ella, engendradas y reproducidas siempre como objetos y víctimas propiciatorias del devenir. Y ello no de una manera cualquiera, sino por y para la minoría dominante e instruida, que actúa como sujeto; sujeto bastardo, por tanto.

Dan testimonio de ello numerosas civilizaciones disgregadas por decadencia o destruidas, que se mostraron incapaces de alumbrar nada mejor. El agotamiento de la imaginación no se producirá nunca, salvo extinción física de la especie o regreso a la animalidad. Pero su ahogo es un fenómeno de intensidad variable, aunque constante, en las sociedades de clases y de Estado. Y es en ellas donde la imaginación de muchos hombres sabios ve un peligro mortal en la desaparición del ahogo.

Según Lévi-Strauss y Lapierre, entre otros, la dialéctica de la historia reclama la diversidad de grupos culturales y de grupos sociales, eufemismo que designa las clases y los países ricos y pobres. Fuera de eso no ven sino chata mediocridad, cerebros sin impulsos ni deseos por estar materialmente ahítos. Ahora bien, una de las tragedias de todo el recorrido de los hombres consiste precisamente en que la cultura ha tenido desde siempre, como órganos de conocimiento y de expresión, a gentes saciadas, sin grandes preocupaciones materiales o enteramente libres de ellas gracias al trabajo de los demás. Eximir a todos los hombres de esa embrutecedora carga no puede acarrear su despersonalización, puesto que están despersonalizados en grados diferentes y desde siempre. En cambio, no se vislumbra otro medio para que cada cual descubra sus capacidades óptimas.

El juego dialéctico entre el mundo exterior (el cosmos) y el hombre está trabado permanentemente por la lucha a muerte entre los hombres. Mientras ese juego no tenga lugar de manera directa, sin ese degradante impuesto de sangre, ignorancia, explotación y represión, las facultades esenciales de la inmensa mayoría seguirán herméticamente encerradas en el subconsciente.

Sentado esto, la peor categoría de enemigos de la desaparición del Estado es la que, admitiéndola de palabra, remite su realización a un porvenir mítico, mientras hace del Estado, por un tiempo indefinido, el propietario, amo y señor de todo y el organizador del comunismo. Es mucho más peligrosa que la otra categoría, no por su saber, que es indigente, sino por su proceder de hipocresía premeditada y, ante todo, por las posiciones organizativas que detenta en el corazón mismo del capitalismo, del que es parte constitutiva. Señalemos los sindicatos de los partidos «comunistas» y «socialistas», ricos y oficializados, además de los países poblados por cerca de dos mil millones de habitantes donde impera el despotismo estatal de partidos policíacos. Su publicidad es comparable, por el volumen y la machaconería, a la publicidad de los monopolios multinacionales más fuertes. La monstruosidad de semejante superchería no ha sido superada por ninguna otra anterior.

Si el Estado capitalista es la condensación de toda la violencia estatal y paraestatal desde la protohistoria, el Estado de los países en cuestión reúne, agrandadas, las bestialidades, jugadas sucias y crímenes característicos del Estado burgués desde su nacimiento. Su fusión con el sistema económico estructural es indudable y más completa que en ningún otro país. No hay en ellos ningún intersticio entre la producción y el Estado, como no sea por fraude... Este aparece sin rodeos, sin velo y directamente a la vez como producto y como órgano operador del sistema económico. La relación cíclica mundial capital - trabajo asalariado - capital acrecido encuentra allí, en uno de los extremos, al Estado como inversor del capital y, en el otro extremo, al mismo Estado como embolsador del capital acrecido por la plusvalía; en medio, la clase obrera triturada. En vano se buscará un esquema capitalista de contornos más nítidos y una correspondencia más acabada entre la estructura social y la superestructura política.

Que semejante Estado apareciese tras una revolución de arranque comunista es un problema que aquí solo puede considerarse tangencialmente.1 La extinción y la muerte del Estado después de 1917 no podían producirse sin pasar de la revolución democrática o permanente a la revolución socialista. La contrarrevolución, bajo una forma no burguesa, no menos sino más capitalista, sobrevino antes, destruyendo de un mismo golpe el objetivo comunista y la revolución democrática. Por primera vez el mundo tuvo ante sus ojos una contrarrevolución y un acrecentamiento del capital sin clase burguesa. Este hecho nos enseña que, si todo sistema burgués es capitalista, no todo capitalismo es burgués por ello. Enseñanza llena de significado para comprender la decadencia del sistema capitalista considerado mundialmente. Por otra parte, permite, si se aprehenden con justeza las medidas y los errores de los bolcheviques que facilitaron el reflujo contrarrevolucionario, discernir mucho mejor que antes las condiciones que traerán la muerte del Estado.

El Estado ruso es el primer promotor de mentiras sobre su propia naturaleza y sobre la del Estado en general. En todas sus versiones se trata de pifias indignas de ser tomadas en consideración, si no fuese porque, propagadas sin cesar en todas las lenguas, se han infiltrado en la materia gris de muchos intelectuales, y sobre todo porque sirven para oprimir a quienes viven bajo esa férula. En el momento de la promulgación de la constitución de Stalin —en realidad de Bujarin—, cuando entre bastidores se preparaban los grandes procesos falsificados de Moscú, Mólotov reveló al mundo, como teoría, que el Estado solo subsistía en Rusia para la represión de los ladrones y demás malhechores, sin función de clase alguna. Casi simultáneamente, el exterminio físico asolaba a los hombres de 1917 y a millones de otros, no sin la colaboración de ladrones y malhechores. El Kremlin se redefinió luego como dictadura del proletariado, al mismo tiempo que morían en los campos de trabajos forzados, o de un pistoletazo en la nuca, 20, 30 o 40 millones de proletarios y que miles de intelectuales y técnicos quedaban reducidos a la condición de parias. Cuanto más brutal se hacía el Estado, cuanto más pesada se volvía la esclavitud de los proletarios, más obstinación desplegaba el Kremlin en difundir su mentira por el mundo por todos los medios, tanto concusionarios como publicitarios. La más reciente de todas sus supercherías, «el Estado de todo el pueblo» (versión Brézhnev), está emparentada con la definición del hitleriano Schmitt,2 para quien lo político, dominio privilegiado del Estado, se resume en la noción «enemigo-amigo», definida por el propio Estado.

La verdadera explicación se encuentra en el nivel más bajo. «El pueblo entero», como por otra parte la «coexistencia pacífica» (iniciativa del más notorio de los polizontes, Stalin en persona), son fórmulas-trampa adaptadas a la mentalidad de tecnócratas, intelectuales de izquierda y burguesía marchita, de aquellos que están llamados (por Moscú) a convertirse en el armazón de futuros Estados satélites «de todo el pueblo». La motivación profunda de semejantes vacuidades no es otra que el poderío militar de Rusia y de su Bloque militar.

El stalinismo testarudo del Estado chino no es más que un calco del de Rusia, con salpicaduras del Celeste Imperio. Es pertinente recordarlo, sobre todo porque su colaboración-alianza con los Estados Unidos y el Japón ofrece una prueba incontestable de la realidad de un Estado mundial uniforme en lo esencial, de alianzas militares y papeles económicos intercambiables. El «tigre de papel» de que había hablado Mao Tse-tung se ha convertido en «garras de acero», salvaguardia de la China «socialista» frente a la Rusia «socialista».

En cuanto a los stalinistas desvergonzados de Europa occidental o de otras partes, sigan o no en sus partidos, la pesada carga de su propio pasado les impide decir nada serio sobre el Estado en general y sobre el Estado ruso en particular. Hay que observarlos rápidamente. Los italianos, los primeros de los «pluralistas» y también los que más millones y privilegios reciben de su capitalismo nacional, escriben en Il marxismo e lo Stato que las obras de Marx encierran «una teoría general del Estado» que habría que desarrollar. Otros han pretendido, no menos gratuitamente, que contienen en germen la bestialidad stalinista. Para quienes hablan así, el Estado es eterno: puede ser transformado, no suprimido. Desde hace largos años, en verdad, el partido de Togliatti y de Berlinguer ve en las empresas del Estado italiano focos de socialismo, muy en la línea de su proyecto de capitalismo de Estado. En Francia, Elleinstein, como tantos otros, aligera el peso de su consciencia postulando un socialismo democrático, al tiempo que propone considerar el Estado ruso «como producto de la historia», como quien considera que un ternero es producto del parto de la vaca. Su colega y filósofo Althusser lleva su esfuerzo de pensador hasta ver en la obra de Stalin el resultado «de un error economicista». El argumento no vale más que el demonológico «culto a la personalidad». En España, Carrillo y su séquito, terceros en busca (aparente) de redención de sus pecados, berrean más, pero, a semejanza de todos los que se han prosternado ante Stalin y sus sucesores, se encuentran, por ese hecho y por el de sus propias obras, moral e intelectualmente incapacitados para descubrir la verdad y proclamarla.

Sin considerar el Estado ruso y la obra de Stalin como el motor y el resultado de una contrarrevolución que salvó también al capitalismo occidental, no pueden enunciarse sino engaños. Por eso el stalinismo sobrevive a la muerte de Stalin y vivirá tanto como su obra. Está presente incluso en las veleidades democráticas de los disidentes. Sus críticas, como ayer la denuncia de Jruschov, no rebasan los límites de una crítica stalinista del stalinismo. Aceptando como sinceras las palabras de los «pluralistas», su deseo sería un capitalismo de Estado a la moscovita, adecentado con la hoja de parra occidental.

Un libro de Nicos Poulantzas, L'État, le pouvoir, le socialisme (PUF, 1978), permite ver, sin que el autor lo sepa, la nefasta influencia del stalinismo, e incluso tener su filiación formal. Poulantzas se atreve a hablar de desaparición del Estado, pero en un porvenir tan lejano que la suprime como proyecto concreto, de actualidad inmediata posrevolucionaria. En realidad, suprime también la revolución, poniendo en su lugar «la vía democrática al socialismo». Y lo que entiende por socialismo no es otra cosa que la propiedad del Estado flanqueada por la autogestión. Se trata para él de modificar poco a poco el Estado actual, y en modo alguno de desmantelarlo, gracias a focos de autogestión y a otras posiciones que la clase obrera ocuparía. Se sitúa a la derecha del reformismo austromarxista de la primera posguerra, y su argumentación teórica es muy inferior.

Las corrientes y autores nombrados, y otros que se señalarán en una obra posterior sobre este tema, hablan en el aire, a menudo con un tono académico poco atrayente. Exhiben una bibliografía copiosa, pero están siempre al margen de la experiencia práctica, es decir, de los altibajos, las victorias parciales y las derrotas del proletariado mundial, como si no hubiesen existido. Incluso de la experiencia rusa no sacan más que conclusiones negativas, tranquilizadoras para el capital, anestesiantes para la clase obrera. Ahora bien, desde 1914, primera guerra mundial, esa experiencia es muy rica y permite deducir elementos importantes con vistas a la desaparición posrevolucionaria del Estado.

La necesidad de desmantelar el Estado capitalista, la más clara de las enseñanzas de la Comuna, ha ido acentuándose en proporción al gigantismo militar y policial de ese mismo Estado y a la concentración del capital. La experiencia de la revolución rusa, y veinte años después la de la revolución en España, permiten un importante progreso a la teoría: el organismo de fuerza o Estado resultante de la revolución proletaria no puede hacerse propietario de la economía sin volverse pronto contrarrevolución. Esta encontró en Rusia la facilidad de la propiedad acaparada por el Estado y del agotamiento de la clase obrera. No fue el caso en España, pero los organismos coercitivos del antiguo Estado, subrepticiamente reconstituidos (por el partido de Moscú y con las armas de Moscú, dicho sea de paso), lograron desarmar al proletariado y expropiarlo, acto realizado por medio de la nacionalización. Y gracias también a circunstancias políticas cuya exposición no tiene cabida aquí.3 La propiedad del Estado acarreó igualmente la contrarrevolución en la zona roja, y su repercusión última fue la victoria de Franco. Ambas experiencias son irrecusables.

En el origen, el Estado fue la consecuencia del saqueo, de la explotación sistemática, no su creador; la desaparición de esta tampoco será obra suya, sino que procede en línea recta de esa desaparición.4 Postular un Estado organizador del socialismo, sea cual sea el fundamento social que se le atribuya, es una intención no ya negativa u oportunista, sino, a la luz de la experiencia, reaccionaria de arriba abajo. Es tanto más evidente cuanto que la capacidad de producción realizada hasta hoy, y la capacidad potencial de la ciencia moderna, permiten llegar en poco tiempo a la desaparición de las clases en cuanto a su fundamento económico. Bastará con derribar el estorbo paralizador y corruptor que es la explotación. Este «derribar» abarca, ni que decir tiene, más allá de la burguesía y de los monopolios, el Estado actual, todos los organismos paraestatales, leyes, etc., que velan por la explotación, la regulan o la apuntalan con ayuda del consenso, de la negociación y de otros arreglos, tácitos o no, más o menos retrohistóricos. Desmantelarlos, tal es el aspecto negativo de la revolución —negativo de lo que había antes—, condición previa para que el aspecto positivo se lance adelante. Así como la violencia y el saqueo entre los primitivos se institucionalizaron al final en Estado, las consecuencias últimas de semejante violencia, el monstruoso Estado moderno y el saqueo reglamentado por la relación social capital-trabajo asalariado, reclaman también violencia para acabar con ellos. Tal es la tarea de la dictadura del proletariado, sinónimo exacto de revolución comunista. El penoso terreno cenagoso recorrido desde la salvaje extranjería multirrecíproca hasta la de la lucha de clases, el nacionalismo, el imperialismo y los armamentos atómicos desembocará, por dicho camino revolucionario, en una humanidad sin avideces opuestas ni conflictos, una humanidad libre.

A menos de engañarse con prejuicios terminológicos, o de caer en la trampa del «camino democrático», hay que reconocer que la revolución social debe imponerse como una rebelión victoriosa cualquiera. La humanidad no ha conocido más que regímenes dictatoriales en grados diferentes. Las propias comunidades primitivas tenían que pagar tributo a los despotismos, que las toleraban con esa condición. La democracia burguesa ha sido la menos brutal de todas las dictaduras, aunque su fundamento sea el absolutismo del capital sobre el trabajo. Al revés que cualquier otra, la imposición revolucionaria pone fin al yugo milenario para fundar una libertad a la medida de todos los hombres, y no de minorías manipuladoras.

En La sociedad contra el Estado, Clastres se equivoca de camino cuando cree percibir en ciertos grupos primitivos un rechazo del Estado, como si tuvieran la premonición de su carácter opresivo. Así, su argumentación queda fácilmente anulada por Lapierre en Vivre sans État?. Este señala que las sociedades primitivas sin Estado son de dimensión reducida y permanecen inmóviles desde siempre. Con todo, la argumentación de Lapierre es incompleta y está, por otra parte, adaptada a su negativa a creer que el Estado pueda suprimirse en sociedades altamente desarrolladas.

Clastres no presta atención alguna a la importancia económica y opresiva de las incursiones de rapiña entre los primitivos. Eso le impide dilucidar el porqué de la aparición del Estado, y ni siquiera vislumbra el cómo de su desaparición futura. El título de su obra es engañoso, pues se refiere a los primitivos y no a la sociedad contemporánea. Por su parte, Lapierre no concede a la inexistencia del Estado en ciertas etnias otra importancia que la de causa y demostración de su propio primitivismo. La idea de la desaparición del Estado moderno le parece una idea de soñadores. Pero los argumentos que presenta transforman el sueño en pesadilla. Conviene citarlo de nuevo para responder a su pregunta sobre las condiciones de la desaparición, que no son las que refuta en Clastres, sino las que tenemos todos los días ante los ojos. He aquí sus palabras: «La extinción de toda forma de poder político especializado, el advenimiento de nuevas "sociedades sin Estado", no podrían esperarse sino de un imprevisible frenazo de la historia y de una especie de evolución regresiva de la especie humana hacia su atomización en pequeñas sociedades cerradas y homeostáticas». Tras asegurarnos que en tal caso la inventiva del hombre moriría, concluye que toda «conducta desviada habrá quedado definitivamente inhibida por la impronta de los buenos hábitos. El conformismo social ya no podrá ser sacudido» (págs. 365 a 371).

Ante todo, de ahí se desprende que las sociedades con Estado, la nuestra muy particularmente, no conocen regresiones, o solo de corta duración y poca gravedad; que la inteligencia humana encuentra en ellas un terreno fértil; que bajo la autoridad del Estado el hombre es, o tiende a ser, inconformista, y, last but not least, que el golpe anticivilizador en la historia resultaría de la desaparición de todo cuerpo político especializado.

Se diría que Lapierre no ha oído hablar de las innumerables regresiones impuestas a la historia desde que hay historia, entre otras de la decadencia de la civilización grecorromana, que se extiende hasta el siglo XII o XIII. Todas fueron introducidas por un reforzamiento del Estado —no por su desaparición—, es decir, por el cuerpo político especializado. También en la actualidad cualquiera puede observar signos de decadencia, todos favorecidos, cuando no creados, por el Estado. Otro tanto puede decirse del conformismo. ¿Quién lo necesita, pues, más que ese cuerpo superlativamente especializado? Mírese donde y lo que se quiera: el Estado favorece y organiza el conformismo por múltiples medios, coercitivos, publicitarios, culturales, venales. Tanto es así que en muchos casos los innovadores le rinden homenaje personalmente. Pero toda innovación que rebase los límites materiales del sistema es rechazada, sin reparar en los medios empleados. Además, centenares o miles de silos amenazan de muerte a la humanidad día y noche, a cada minuto. Y quienes lo saben, en lugar de amotinar al público para impedirlo, se entregan sin inquietud a sus estudios «innovadores». Los físicos, los matemáticos, los ingenieros, etc., que inventan y fabrican los armamentos atómicos y otros, ¿no son también ellos nauseabundos innovadores, conformistas y venales?

Sin embargo, el colmo es que se nos hable de un peligro de degeneración mental, si no física, del hombre como consecuencia de la desaparición del Estado, ese organismo que frena el devenir desde hace decenios a costa de hecatombes, mediante guerras y represiones. A Lapierre, que pregunta cuándo y cómo se reunirán las condiciones de que se habla, hay que responderle:

  1. La omnipotencia ilimitada, monstruosa, del propio Estado es tal que puede permitirse lo que bien le parezca (con y sin «razón de Estado», esa impunidad garantizada del crimen), amparado en sus leyes o a pesar de ellas. Salvo que sea desmantelado, perfeccionará el proceso despótico y acabará desencadenando el exterminio desde los silos y los submarinos. Esta situación es hasta tal punto innegable que todo individuo u organización se encuentra hoy ante la obligación política y moral de llamar a la destrucción del Estado. Sería este el que quedaría en evidencia, como acusado, criminal ante cualquier tribunal, por no hablar del muy desconocido «tribunal de la Historia». Es pertinente recordar en este punto la ocurrencia atribuida a Einstein, pese a su responsabilidad en la fabricación de la bomba atómica: «Si la próxima guerra es atómica, la siguiente se hará con arcos y flechas».

  2. La producción de bienes de consumo, alimenticios o de un uso cualquiera en la vida, de utillaje industrial, etc., no alcanza sino un volumen y una perfección exiguos, en razón de su forma mercantil, de la compra y la venta impuestas por los beneficios del capital y de su Estado. Esos mismos beneficios reclaman arsenales (más de cuatrocientos mil millones de dólares al año en el momento en que se escriben estas líneas, 1978), productos de mala calidad premeditada, corrupción, contaminación y múltiples perjuicios. La indigencia extrema, la flacura esquelética y la muerte por el azote del hambre son la suerte de mil millones de personas, lo que no podría ocurrir en el caso de una producción para el consumo, sin venta. Y no se saldrá de semejante situación mientras la demanda de productos tenga por medida la capacidad de compra. Aunque hubiese una mejora, los desniveles seguirían siendo enormes y no menos nocivos.

  3. Los millones de hombres de los países industrializados que trabajan en la producción están siempre expuestos al paro, al trabajo sometido a un ciclo agotador. Carecen de oficio y de la posibilidad de adquirir conocimientos, por su escaso tiempo libre no menos que por imposición económica (salario)... y por buena voluntad gubernamental. Penan durante ocho o diez horas en la fábrica, mientras que la ciencia, cuya aplicación entera y científica prohíben los beneficios del capital, está en condiciones de reducir a muy poco el tiempo de trabajo socialmente necesario, con un rendimiento cuantitativo y cualitativo muy superior.

  4. La milenaria separación de los hombres en cultos e incultos, trabajadores manuales e intelectuales, se ha convertido en este momento del siglo en un absurdo tan flagrante como el viaje a China de caravasar en caravasar. El saber intelectual puede ser cosa de todos mediante la supresión del capital y del Estado, sin otros límites que las aspiraciones individuales, mientras que la habilidad manual podría recuperar sus capacidades perdidas sin que nadie se vea condenado a padecerla. El tiempo necesario para organizar todo esto no cuenta como impedimento. El hecho es que la cultura, la ciencia y la investigación se están prostituyendo al servicio directo o indirecto del Estado, que degradan su propia condición y la de la sociedad en general. Son factores objetivos de decadencia, mientras que sus potencialidades son factores objetivos de progreso. Es lo que, edulcorando la verdad, se llama actualmente «malestar social». Desde ese momento, la alienación empieza a tomar el aspecto de un adormecimiento intelectual y de una perversión en los círculos dirigentes, de los hombres de Estado a los líderes sindicales.

Podría argüirse, ciertamente, que desde 1936-37 el proletariado apenas da muestras de querer sublevarse contra su condición lanzándose contra el Estado y el capitalismo. No las dará mientras siga prisionero de las organizaciones políticas y sindicales que, en nombre del socialismo, del marxismo o de la simple mejora del sistema, le vacían el cráneo y le aprietan la cadena salarial. Con todo, la necesidad se cierne muy cerca de nuestras cabezas y no deja de hacerse más evidente. Un brusco sobresalto de rebelión podría abrir en cualquier momento un nuevo periodo revolucionario. Su probabilidad aumentará, no con el paro ni con una crisis de superproducción, por grave que sea, sino a medida que pase al dominio de todo el mundo la horripilante verdad sobre Rusia y sus imitadores, y por tanto la falsedad constante de sus partidos en el exterior.

Impedir la reaparición de un poder burocrático tras una futura revolución es una preocupación frecuente hoy en día, y no sin razón. Ahora bien, las medidas recomendadas (consejos obreros sin partidos políticos, democracia de los partidos obreros en el seno de los consejos, revocación a voluntad de los delegados y de los comités) no tienen con la intención más que una relación secundaria o inexistente. Preocupaciones y medidas de forma no bastarán nunca para impedir una vuelta atrás, que no podría ser sino burocrática y capitalista de Estado. Será preciso que en el funcionamiento mismo del sistema social naciente algo cierre el paso a toda contrarrevolución. Ese algo no puede ser sino la ruptura radical de la antigua relación social capital-trabajo asalariado, que engendra la plusvalía, es decir, la explotación, fundamento del sistema actual y, por tanto, del Estado. El montante colosal de lo que constituye la plusvalía, una vez confiado a un organismo posrevolucionario, sea cual sea, se convertiría en el foco, en el alimento de la contrarrevolución. Tampoco se trata de abandonar su administración a los trabajadores por unidades o por ramas de producción, que sería la mejor versión autogestionaria. Esta introduciría una rivalidad funesta entre grupos que traería consigo la explotación por los más poderosos.

El burocratismo y otros males arraigados en las mentalidades y en la realidad actuales no podrán evitarse enteramente en ningún caso. Pero sí puede impedirse que repercutan en dominación y explotación de unos por otros, en espera de que se generalice la nueva mentalidad desprendida del comunismo. La clave no es otra que la susodicha relación entre el hombre y la naturaleza, entre instrumentos de trabajo y trabajo, entre producción y consumo. La supresión de la ley del valor está implícita en ella. A menos de implantar esa relación social nueva, ya comunista, la contrarrevolución encontrará siempre manera de trepar, hágase lo que se haga. Y reaparecerá un Estado aún más destructor que el anterior.

El producto excedente del trabajo (relativamente a un ciclo anterior) deberá asignarse, en atención a la desaparición de las clases, entre un aumento del consumo inmediato y la creación de nuevos instrumentos de trabajo y de cultura, a escala nacional, en espera de la integración en el continente y en el mundo. La desaparición del proletariado es la única demostración probatoria de la desaparición de las clases y de la coerción social.

Desde la horda y las tribus muy primitivas al acecho de otras hordas y tribus hasta los Estados ultracentralizados actuales, al acecho de beneficios en todo el mundo, y por tanto también entre sus connacionales, las rupturas de continuidad sobrevenidas, tanto en los métodos de saqueo como en los de opresión política, solo han sido ruptura relativamente a lo que existía antes. Pero respecto del hombre en cuanto especie exenta de particularidades de tribu, nación o raza, hay ininterrupción o, en concordancia con los conocimientos físicos, hay un continuo-discontinuo. Pero este es a su vez de naturaleza opuesta al continuo-discontinuo que representará la ruptura definitiva con la sucesión de sistemas de dominación. Con él, lo discontinuo rompe también con lo continuo anterior; inaugura un complejo humano superior, oposición directa y complemento del Cosmos.

La Ciotat, agosto de 1978. — G. Munis.

  1. (Nota del autor.) Esto se expone en Partido-Estado, stalinismo, revolución, Éditions Spartacus, París, 1975. Texto español en el archivo. ↩

  2. El francés escribe «Schlidt»: se trata sin duda de Carl Schmitt (1888-1985), jurista que se adhirió al nazismo y definió lo político por la distinción entre amigo y enemigo (El concepto de lo político, 1927-1932). ↩

  3. (Nota del autor.) Esto se expone en Jalones de derrota, promesa de victoria (teoría y crítica de la revolución española), Ed. Zero-ZYX, Madrid, 1977. ↩

  4. El francés dice «la conséquence du saccage de l'exploitation systématique» («del saqueo de la explotación sistemática»); entendemos «del saqueo, de la explotación sistemática», conforme a la primera parte del ensayo. La frase siguiente («la desaparición de esta... procede en línea recta de esa desaparición») se traduce tal cual, aunque probablemente quiere decir que la desaparición del Estado procederá de la desaparición de la explotación. ↩