L'Arme de la critique, n.º 6, mayo de 1990 (págs. 21-29). PDF del número completo · Texto original en francés
«Quiere ser la síntesis, y es un error compuesto. Quiere planear como hombre de ciencia por encima de burgueses y proletarios; no es más que el pequeñoburgués zarandeado constantemente entre el Capital y el Trabajo, entre la economía política y el comunismo.»
K. Marx, Miseria de la filosofía
En el número 188 de Révolution Internationale,1 la CCI creyó hacer obra útil señalando con el dedo la pretendida irresponsabilidad del FOR y de Battaglia Comunista por sus respectivas posiciones sobre Rumanía. Y, lanzando el anatema de la manera más cómica, la muy autorizada CCI concluye: «Por suerte, BC, como tampoco el FOR, no tiene influencia alguna en el seno de la clase obrera...» (¡¡irrebatible!!). Nada que no sea muy banal, a fin de cuentas, por parte de esta organización hinchada como un globo. Nada sorprendente tampoco en que nos cite incorrectamente, como comprobaremos más adelante. Sus prácticas antirrevolucionarias son ya conocidas. Y estamos persuadidos de ello: jugando con resortes idénticos a los de la competencia capitalista, la CCI quisiera aplastar a los demás grupos políticos con una voluminosa producción «polémica». En un pasado reciente ya le hicimos saber que esa abyección constituía en parte el fondo de sus repetidos ataques, y que la otra parte obedecía a móviles sectarios en el verdadero sentido del término. Además, estimábamos entonces que, en esas condiciones, el FOR había agotado todos los aspectos polémicos de una eventual discusión entre nuestras dos organizaciones. Las últimas extravagancias de la CCI, arrastrada en un torbellino degenerativo, nos confirman en esa opinión. Sin embargo, nuestras fuerzas actuales, reducidas por no decir otra cosa, no nos permiten dejar impunes ciertas consideraciones contra nosotros.
«Rumanía: una insurrección, no una revolución». Bajo este título expusimos nuestra posición sobre Rumanía en Alarme n.º 46. Abatiéndose sobre la palabra insurrección como la miseria sobre el pobre mundo, la CCI ha querido hacernos decir cualquier cosa. «Revuelta espontánea de las masas», «situación prerrevolucionaria», «insurrección proletaria» son términos que le pertenecen, pero que nos atribuye insidiosamente para desacreditarnos. La crítica de la CCI es tan venenosa que casi tendríamos que citar ahora todo nuestro artículo. Es inconcebible. Señalemos, pues, dos falsificaciones. La primera, «El proletariado... ha contribuido ampliamente a llevar a cabo... los cambios sobrevenidos en el Este», es un collage de trozos de frases diferentes. El fin perseguido es hacer que las palabras del FOR sean cómplices de reivindicaciones llamadas democráticas: ¡calumnia! La segunda, «Medidas como el armamento del proletariado, el mantenimiento de los comités de producción...», sustituye una palabra. «Producción» no existe en el original. Está escrito «comités de vigilancia». Pero «producción» sirve mejor para dar a entender que el FOR sería autogestionario: ¡otra calumnia! Ahora las mentiras. El FOR no habría visto «que el Estado Mayor teledirigido por Moscú no hacía más que aplicar su plan...». El FOR es más listo, pues se adelantó a las revelaciones sobre este asunto. Y por último esto: «Que a un grupo como el FOR no le preocupe en absoluto el marco internacional para comprender la naturaleza de clase de los acontecimientos de Rumanía...» no solo es falso, sino injurioso, habida cuenta de nuestros orígenes internacionalistas. Esta lista no es exhaustiva.
¿Cuál es, pues, el problema de la CCI, puesto que nuestro artículo sobre Rumanía no dejaba ver concesión alguna a ninguna fracción capitalista? La CCI quiere negar toda relación entre la lucha de clases y los enfrentamientos armados de los que hemos sido testigos lejanos. ¡Vamos, al cuarto de los trastos las órdenes y las amenazas de Ion Iliescu a los civiles armados, entre los que había numerosos obreros! Al cuarto de los trastos también las huelgas que agitan el país desde 1977, como subraya con gran lujo de detalles la Union Prolétarienne en el n.º 5 de la RIMC.2 Ciertamente, como hemos dicho, el proletariado rumano se disolvió rápidamente en el pueblo. Pero ¿qué consignas habrían debido adelantar desde el principio unos revolucionarios presentes sobre el terreno? ¿Devolver cortésmente las armas, volver a la fábrica, hacer allí huelga y elevar algunas quejas contra la carestía de la vida, como sugiere la CCI? Posición sin duda «responsable», pero no revolucionaria. Para ganar en credibilidad, la CCI también habría podido ahorrarse caer en la fraseología encaprichándose sin razón con unos intereses de clase que confunde vergonzosamente con la defensa de las condiciones de vida de los explotados. Por nuestra parte, consecuentes con la idea de que las condiciones objetivas de la revolución comunista están presentes a escala mundial, nos atenemos a la divisa: «¡Proletarios de todos los países, uníos! ¡Armas, poder, economía al proletariado!». Ninguna fiebre activista nos calienta los sesos, como pretende la CCI cuando afirma que corremos detrás de todo lo que se mueve. Su descaro de hoy solo tiene parangón con su flaqueza oportunista de ayer, cuando corría tras las manifestaciones sindicales.3
Nada es gratuito, y por eso el FOR se ha preguntado una vez más qué mosca habrá podido picar a la CCI. Con un poco de atención, descubrimos las razones en el número siguiente de RI, el 189. En un artículo titulado «El proletariado mundial debilitado por el "viento del Este"» (a fuerza de viento, despeina), la CCI nos entrega una nueva orientación. Resumámosla. Uno: el hundimiento brutal del stalinismo no es obra de las luchas del proletariado oriental, sino de la descomposición del capitalismo a través de su crisis económica presente. Dos: de ello se sigue, en consecuencia, un profundo retroceso de la consciencia de clase del proletariado mundial, hasta el punto de que «es la perspectiva misma de la revolución comunista la que se ve afectada». Tres: el proletariado occidental, «el más experimentado del mundo», queda frenado en su impulso reivindicativo y unitario de los años ochenta, consagrados hace poco como «años de la verdad». ¡Ya está! Se capta fácilmente el objeto de esta construcción arbitraria, cuyas sutilezas anexas es inútil reproducir. In extremis, la CCI tiene que arrumbar un pronóstico erróneo, los famosos «años de la verdad». Y nuestra confianza objetiva en el proletariado mundial contraría ese proyecto.
Nada es gratuito, hemos dicho. Y eso vale en las dos direcciones. Pero ya hemos cumplido nuestro deber de respuesta al descubrir los móviles de la CCI. Lo que brota del esquema anterior, motivado por los «años de la verdad» súbitamente difuntos, es mucho más revelador. En primer lugar, la CCI carga los vaivenes de su crisis ideológica a espaldas del proletariado (del Este, por el momento). En segundo lugar, inicia una retirada desesperada que le hace poner en duda la afirmación de la perspectiva comunista. Y en tercer lugar, por fin, firma su rendición al establecer una relación cualquiera entre el descalabro stalinista y el debilitamiento de la consciencia de clase. Así como la negación de los dos primeros puntos llevaría a la CCI a admitir honradamente que se había equivocado con sus «años de la verdad», o que estos eran independientes de la perspectiva comunista, la negación del tercero encerraría una concesión de envergadura al stalinismo, al que habría que atribuir entonces, en consecuencia, un papel progresista. Demasiado simple, objetará la CCI. Por una parte, la sencillez no es un vicio; por otra, en el origen de sus pifias todo es de un simplismo pasmoso, a imagen de ese hundimiento brutal del stalinismo sin intervención violenta del proletariado. O cómo borrar de un plumazo sesenta años de contrarrevolución stalinista, podemos decir. Pero nuestra refutación quedaría incompleta si no añadiéramos que la CCI se pierde además en nuevas conjeturas, sobrestimando al proletariado occidental y subestimando al oriental. Como el peso de este último inclina la balanza en sentido negativo, según parece, la CCI se imagina que puede deducir una relación de fuerzas mundial desfavorable a los avances revolucionarios locales (en el Este es más patente). Esto se llama en la CCI, en nombre del internacionalismo, no repetir los errores del pasado, o tener en cuenta sus fracasos; a ese nivel, todo depende de su humor y de la organización que tenga que clavar en la picota. No discutiremos las referencias de sus estimaciones ni su nuevo pronóstico, porque precisamente en este terreno lo que hace ley en ella es la ausencia de toda referencia revolucionaria, lo que condena por eso mismo todo su método. Dígase simplemente que ninguna expresión de la lucha de clases contemporánea, ni siquiera, evidentemente, la de la década pasada, se ha elevado todavía a la altura de la oleada revolucionaria de 1917-1937. Ahora bien, es justamente su superación, tanto en sus objetivos inmediatos en el caso de la revolución rusa como en su amplitud internacional en el de la española, lo que anunciará la apertura de un futuro periodo revolucionario. El obstáculo que hay que superar es en gran parte de orden ideológico, y reside efectivamente en la comprensión de los errores y en la interpretación de los fracasos del pasado. Pero cargar estos en la cuenta de una falta de internacionalismo es caer de nuevo en la más total confusión entre revolución y contrarrevolución.
Abramos ahora un paréntesis. ¿Adónde va la CCI? Este género de pregunta sería ociosa si se tratase de vislumbrar el porvenir de esta organización solo con nuestros principios (lo contrario es la práctica corriente). Ya en su último congreso4 la CCI había puesto en el índice a tendencias que subestimaban «la gravedad real del hundimiento de la economía capitalista...». Para ello había llegado incluso a desterrar de sus indicadores económicos el «producto nacional bruto» y el «volumen del mercado mundial», decretados de nuevas poco fiables y sospechosos de pertenecer a la propaganda burguesa. Los espantajos anticrisis que somos nos inclinamos a pensar que la pretendida crisis económica ya no concitaba tan alegremente la unanimidad. ¿Puede el último viraje «salvar» la crisis de un cuestionamiento más evidente? Lo dudamos por dos razones. La primera es que dicha crisis, ayer prenda de los éxitos venideros (los «años de la verdad»), se ha transformado hoy en su contrario al derribar tontamente el stalinismo. La segunda es que el nuevo curso obliga a reconsiderar el último congreso, puesto bajo el signo de los «años de la verdad». Y ahí quizá pueda aparecer el sello de la arbitrariedad que marca al PNB y lo demás, pues la CCI reconoce en algún lugar no disponer «de las cifras exactas que permitan calcular a nivel mundial el declive real de la producción capitalista...».4 Permitámonos una intromisión. Es vano glosar, pero, en cambio, ya no le corresponde al FOR probar la no-crisis que helaba de espanto el entusiasmo excesivo de la CCI de los «años de la verdad».5 Y, de todos modos, repitamos que nuestro optimismo nunca se ha visto mermado por nuestra negación de la crisis económica.6 Dejémoslo aquí. Tras la crisis y los «años de la verdad», ¿qué más? En un artículo sobre Alemania en el n.º 189 de RI se dice que «el riesgo de guerra mundial, hoy apartado por la implosión del bloque del Este, no está reapareciendo de inmediato». ¡Bien! El mérito de la antigua construcción, que veía luchas proletarias tan poderosas que impedían al capitalismo movilizar para la guerra, aunque no fuese acertada, valía al menos a la CCI para preservar sus principios. Al parecer, ya no es el caso. Ayer, según la teoría de los cursos históricos con sus dos entidades antinómicas, el «curso hacia la revolución» negaba el «curso hacia la guerra». Hoy, el primero está amputado y el segundo espera. De inmediato y por el momento, nos dirá la CCI (que cavila). ¡De acuerdo! Entonces, de inmediato y por el momento, la teoría de los cursos, que no compartimos, es inoperante. Y no es cosa de broma, la CCI lo sabe, ella que con un «curso hacia la guerra» rechaza como pura invención la revolución española que el FOR defiende. Por eso no dudamos ni un instante de que cabe esperar que la CCI vuelva a sus carriles. Escarmentados, ya conocemos desde ahora su contenido: censura y desbandada. Cerremos el paréntesis.
Confusión entre revolución y contrarrevolución sobre un fondo de eventuales concesiones al stalinismo, decíamos al considerar la nueva CCI. No es fortuito. En efecto, para esta organización la contrarrevolución sería vagamente obra de la traición bolchevique que, desde el segundo congreso de la Internacional Comunista (IC), iría invirtiendo poco a poco las consignas de la revolución mundial al introducir en el arsenal táctico el parlamentarismo, el sindicalismo, el frente único y el apoyo a las luchas de liberación nacional. Con ello, la CCI nos ofrece una interpretación antihistórica, inspirada más por sus posiciones presentes que por un examen serio de los congresos de la IC, y particularmente del primero. Que invoque en su auxilio a la «Izquierda alemana» no cambia gran cosa, pues también ahí la voluntad de exorcizar los hechos se impone al espíritu de estudio. En cuanto al stalinismo, sería el fruto de la traición precedente, «el heredero», como está escrito en algún lugar, y no tendría por todo bagaje contrarrevolucionario propio más que una maleficencia ideológica, el mito de la «patria socialista». Por otra parte, ¿qué otra cosa puede poseer y qué margen de acción puede quedarle reservado cuando la CCI cierra el periodo revolucionario en 1923? Pasemos. Al alegar una «herencia» cualquiera del stalinismo, la CCI ya no pone en evidencia, e incluso disimula un tanto, la ruptura de la continuidad revolucionaria que representó el hundimiento deliberado del internacionalismo por la camarilla stalinista. En esas condiciones, disponerse a librar un combate ideológico contra el mito de la «patria socialista» no solo es insuficiente, sino que huele a oportunismo. No hemos inventado las palabras de la CCI, y el lector puede consultar los folletos de este grupo La décadence du capitalisme (pág. 24) y Plate-forme et Manifeste (pág. 33). A lo sumo puede reprochársenos el habernos atrevido a hacer deducciones a partir de ciertos escritos escogidos con lupa. Lo confesamos, y es indudable que la CCI tapona sus carencias con otras afirmaciones. Pero no tenemos ni el tiempo ni el gusto de tomar en cuenta su eclecticismo, que quiere hacer pasar por amplitud de miras.
Cuando, desde 1924, la camarilla stalinista llegada a la dirección del partido se pronuncia por la construcción del supuesto socialismo en un solo país, no hay que entender en ello más que una reacción nacionalista del capitalismo de Estado ruso, y absolutamente nada más. En modo alguno podía tratarse de construir el socialismo tras el repliegue mercantil de la NEP en 1921. En efecto, esta nueva política económica quedó consignada, en los hechos y en los textos, como capitalismo de Estado que toleraba todavía, sin embargo, cierta libertad de comercio y algunas iniciativas privadas fuertemente reglamentadas. Como se sabe, en 1927 la burocracia acabará con ella y concentrará todas las actividades económicas en manos del Estado. En el espíritu de un Lenin o de un Trotski, la NEP, que había echado los cimientos materiales de la contrarrevolución política dirigida por Stalin, había sido concebida previamente como un repliegue táctico en el terreno económico para hacer frente al aislamiento del poder revolucionario en Rusia. Para explicar el origen del fracaso ruso, la CCI no quiere retener por lo común más que ese aislamiento. Es de nuevo insuficiente, porque hay que designar también por completo la otra llaga. Los bolcheviques cometieron un error al sustituir el poder de la clase por el suyo, la CCI lo concede. Pero si lo hicieron fue creyendo erróneamente, por otra parte, que podían dominar las relaciones de producción capitalistas en espera de la revolución mundial, y aquí la CCI se calla. Ahora bien, en interés de la revolución mundial, habría valido cien veces más que la revolución rusa pereciese por lo que no había sido, una revolución inmediatamente socialista, que por lo que realmente fue, una revolución permanente detenida en seco por la NEP en su desarrollo. Así, los contornos de la contrarrevolución habrían sido más evidentes, y esta habría tomado probablemente la forma de una contrarrevolución burguesa, sin duda anclada fuera del territorio dominado por la revolución. No fue tal la reacción stalinista, que por eso mismo engañó a todo el mundo. No podemos recuperar el tiempo sino sacando enseñanzas. La fuerza del mito de la patria socialista, que conviene relativizar, procede precisamente de que la burocracia y la burguesía, aunque ambas capitalistas, no son idénticas. Y al proletariado mundial lo desconcertó la desaparición de la segunda en Rusia. La CCI se impide a sí misma la lucha ideológica que al parecer se ha propuesto, al argüir un poder burgués allí. No es su única debilidad, pues, al no registrar, o registrar mal, los errores del pasado, defiende la idea de una futura revolución únicamente política (a primera vista), no social, y ello independientemente del grado de desarrollo que se encuentre en cada país. Esta concepción no puede imputarse a los bolcheviques, para quienes la conmoción social, anticapitalista, estaba ciertamente condicionada por la extensión de la revolución, pero solo, notémoslo, porque Rusia era un país atrasado. De ahí su concepción de la «revolución permanente», transcrecimiento de la revolución burguesa en revolución socialista bajo la égida de la dictadura proletaria. Por retomar la expresión de Lenin sobre el porvenir de la revolución social en Rusia, los bolcheviques esperaban que los obreros occidentales, más aventajados, sabrían mostrarles «cómo se hacen esas cosas». Por consiguiente, querer dar prueba de ortodoxia en el sentido de la CCI lleva a quitar toda voluntad de transformación social a los revolucionarios de antaño. Y de rebote, a la inversa, ha de plantearse como postulado que la camarilla stalinista quiso verdaderamente construir el socialismo. La CCI rara vez escapa a ello, y hoy es, por tanto, ella la que debe ser blanco de un combate ideológico. En fin, las reconsideraciones teóricas están generalmente a la altura de las lecciones almacenadas.
Por su parte, el FOR rechaza la revolución permanente para los países atrasados, el capitalismo de Estado como solución de espera de un Estado obrero aislado y la idea de que el Estado, un partido o un colegio de partidos puedan ser los organizadores de la transformación social que incumbe al conjunto de la clase obrera. Por otro lado, adopta ejes de ataque, de los cuales no es el menor que el Estado, por obrero y dictatorial que sea, debe extinguirse desde los primeros pasos de la revolución. Esto está en estrecha relación con la capacidad del proletariado de negarse como clase en su lucha anticapitalista.
Por su lado, la CCI elude la naturaleza de la economía de transición y farfulla que la dictadura del proletariado no debe confundirse con el Estado. El segundo punto es incomprensible. Por suerte, sabemos que la CCI entiende por ello una prohibición impuesta a la clase obrera de erigirse en clase dominante. Pasemos por alto los sofismas que justifican esta ausencia de toma de partido, que significa, ni más ni menos, la negación de una revolución política que ha de destruir de arriba abajo el antiguo aparato de Estado.
Resultado final para la CCI: la revolución venidera no será ni social ni política. Conociéndola, es todavía el mejor medio de tener siempre razón en la sociedad capitalista. Más allá...
Recapitulemos ahora. Después del primer congreso de la IC, considerando el periodo, la CCI carga a los bolcheviques con la contrarrevolución. En el otro extremo, exculpa al stalinismo, simplemente mistificador y mistificado él mismo. Al final, revolución y contrarrevolución se intercambian las gorras, mientras que la CCI, desamparada, se niega a la menor afirmación revolucionaria. Esquematizamos al extremo sus desviaciones para hacer resaltar la órbita alrededor de la cual gravitan los militantes de este grupo. En realidad, para comprender la génesis de este último hay que hacer el camino inverso, partiendo de su feroz negación de la revolución española, que, por ser inmediatamente socialista, supo designar ella sí a su principal enemigo, el stalinismo (jornadas de mayo del 37). Démoslo masticado: no reconocimiento de un movimiento de clase por falta de subjetividad revolucionaria, incapacidad de distinguir la naturaleza del stalinismo —anticomunista por esencia— y, por último, reexamen falseado de la historia, forzado por no se sabe qué preocupación de objetividad. Lo repetimos: la CCI y otros no tienen la exclusiva en lo que se refiere a la negación de la revolución española. En aquel tiempo, los stalinistas también la negaban; la analogía solo sirve para forzar la reflexión. Es cierto que, por su parte, al final del recorrido, la CCI pone como pretexto un curso irreversible hacia la segunda guerra mundial. Ya le hemos respondido, si no por escrito, al menos de palabra, que el aplastamiento de la revolución española era un requisito previo del desencadenamiento de la guerra y que, considerando esto en lo que nos opone sobre el asunto, después ya no puede tratarse sino de una cuestión de compromiso revolucionario. Pasado ese límite, es vano insistir. Pero, de nuevo, la CCI cree juicioso invocar a unos padres, la Izquierda italiana, como hace un momento la Izquierda alemana. Para ser más exactos, hay que decir la Fracción italiana de la izquierda comunista, que publicaba entonces Bilan, tendencia eminentemente contradictoria que, no obstante, había hablado de revolución a propósito del levantamiento obrero de Asturias en 1934. Pero, diga lo que diga la CCI, la objeción principal de esta Fracción a la idea de una revolución en julio del 36 residía esencialmente en la cuestión del partido revolucionario, que para ella no podía existir objetivamente. Las justificaciones teóricas de esta aserción, emitidas en julio-agosto del 36, merecen escucharse por dos razones. La primera, porque esa tendencia bromeaba muchísimo menos con la naturaleza de los acontecimientos de lo que puede hacerlo hoy la CCI. La segunda, porque a nuestros orígenes trotskistas e internacionalistas durante la segunda guerra mundial se les opone siempre el supuesto rigor teórico de la Fracción italiana. Escuchémosla, pues:
«... ¿cómo es posible que, a semejanza de Rusia, en ese medio social particularmente favorable no se hayan formado núcleos marxistas de la potencia y la envergadura de los bolcheviques rusos? La respuesta a esta pregunta nos parece consistir en el hecho de que la burguesía rusa se encontraba en una línea de ascenso (?? N. de la R.), mientras que la burguesía española, que se había afianzado durante siglos, atravesaba entonces una fase de decadencia putrefacta. Esta diferencia de posición entre las dos burguesías reflejaba por otra parte una diferencia de posición entre los dos proletariados, y el hecho de que el proletariado español se encuentre en la imposibilidad de hacer surgir de sus movimientos gigantescos (!! N. de la R.) el partido de clase indispensable para su victoria (!!! N. de la R.) nos parece depender de la condición de inferioridad absoluta en que se encuentra este país, al que el capitalismo ha condenado a quedar al margen de la evolución política actual.»
(Bilan. Contre-révolution en Espagne, ed. UGE 10/18, pág. 156)
Es una explicación completamente defectuosa, y el pasaje sobre la burguesía rusa es retrógrado con respecto a las Tesis de abril de Lenin, que, partiendo de una constatación inversa, abrieron la vía a la acción revolucionaria del proletariado. Además, en el plano internacional, ¿qué partido se reforzó a la estela de una burguesía en ascenso? El partido socialdemócrata, con el que rompió la izquierda de Zimmerwald como reafirmación del internacionalismo frente a la capitulación patriotera del primero en 1914. El partido bolchevique de 1917 fue más el resultado de esa cesura que de sus orígenes socialdemócratas, a los que Bilan alude naturalmente. Detengámonos para decir que en España el partido debía construirse en el fuego de los acontecimientos revolucionarios. ¿Cómo?7 Es otro asunto, que ya no incumbe a la CCI, bastante poco concernida como está ya por esta salida de tono sobre la Fracción italiana de la izquierda comunista.
Desde sus orígenes, la contrarrevolución stalinista está en crisis, como parte de la crisis de decadencia del sistema capitalista, tal como lo ha desarrollado el FOR en Partido-Estado, stalinismo, revolución (Éditions Spartacus). Pero ¿cómo captar este fenómeno a la manera de la CCI? Se estima que en 1925-26 Rusia terminaba su reconstrucción tras la primera guerra mundial y la guerra civil (rebasamiento de los índices de producción de 1913). Diez años más tarde, el ritmo de su crecimiento industrial, que entretanto había seguido una curva ascendente, era de 5 a 6 veces superior al del país capitalista más dinámico de entonces, y ese ritmo no habría de caer realmente hasta 1941-42. ¿Cómo encaja esto en el ciclo «crisis-guerra-reconstrucción» de la CCI como interpretación de la decadencia? No puede encajar, aunque la CCI, que pasa olímpicamente por alto el caso ruso en su folleto sobre la decadencia, quiera hacer valer su definición muy personal de la reconstrucción (La décadence du capitalisme, pág. 58). En efecto, para la CCI, esta termina cuando un país dado recupera su nivel de competitividad internacional. Se trata de una superchería inventada para situar el origen de la supuesta crisis económica en 1967. Hay que calibrar todo el folleto a la luz de esta invención. Rápidamente: en el periodo de entreguerras no funciona, pues los Estados Unidos destronaron irremediablemente a Inglaterra, por ejemplo, como primera potencia económica. ¡Nos basta con eso! Lo importante es que el crecimiento ruso entre el 25 y el 41 fue mortífero en grado sumo y nunca pudo sacar al país de su estado de atraso. Crecimiento económico y desarrollo social se manifestaron odiosamente en razón inversa el uno del otro (lo que corresponde a nuestra concepción de la decadencia). Sesenta años después, un Gorbachov sigue enfrentándose a la misma realidad que sus antepasados, así como a la resistencia de la clase obrera, resistencia cada vez menos pasiva y cada vez más abierta, diga lo que diga la CCI, que deserta suciamente del terreno propalando sin mesura fábulas sobre el alcoholismo y las ilusiones liberales («Carta de Moscú», RI n.º 190). En julio del 89, los 175.000 obreros siberianos en huelga, en su mayoría mineros, tomaron aquí y allá medidas para prohibir la venta de alcohol, y sus reivindicaciones, ciertamente impregnadas de prejuicios democráticos, legalistas y autogestionarios, apuntaban con fuerza contra la plétora de jefecillos y burócratas de todo pelaje. Así pues, criticar a nuestra clase, sí; denigrarla, ¡nunca! Y menos aún con argumentos puritanos con los que las clases dominantes han disimulado siempre sus propios vicios.
En Rusia, atenazada entre la ineficacia de la propiedad estatal y el rigor pauperizador de las experiencias llamadas liberales (pero controladas por el Estado), la clase obrera no tiene otra solución que confiscar toda la economía por su propia cuenta. Allí, los ideólogos están del lado de la revolución únicamente política. Ahora bien, no será esta la que acabe definitivamente con el stalinismo en su alma.8
(Nota del FOR.) La Corriente Comunista Internacional [en el original, por errata, «Internationaliste»] publica esta revista en Francia. R.I., Boîte Postale 581, 75027 París Cedex 01. ↩
(Nota del FOR.) Revue Internationale du Mouvement Communiste: RIMC, BP 11, 75965 París Cedex 20. ↩
(Nota del FOR.) Véase Alarme n.º 5, «Organisation et activité révolutionnaire» (1979). ↩
(Nota del FOR.) VIII Congreso de la CCI, Revue Internationale, n.º 59, 4.º trimestre de 1989. ↩ ↩
(Nota del FOR.) Véase nuestro artículo «Dos verificaciones negativas», L'Arme de la critique, n.º 2. ↩
(Nota del FOR.) Véase nuestro folleto Organisation et conscience de classe (en español, Textos del FOR sobre organización política y consciencia de clase). ↩
(Nota del FOR.) Sobre España, véase «Reafirmación», en L'Arme de la critique, n.º 1. ↩
Hay versión española de este artículo en Los vástagos de la Izquierda Comunista Italiana, traducida del francés, con los párrafos divididos y enumeraciones convertidas en listas, algunas notas suprimidas y numerosos errores (por ejemplo, «menores de edad» por mineurs, «mineros»; «la trascendencia de la revolución burguesa» por transcroissance, «transcrecimiento»). Hemos tomado de ella el título y la hemos tenido a la vista, pero el texto se ha traducido de nuevo del original francés, cuya estructura de párrafos y notas se respeta. La cita de Marx se da según nuestra versión de Miseria de la filosofía; la de Bilan, traducida de la edición francesa citada. ↩