Comunismo, n.º 24, mayo de 1933 (págs. 200-205). PDF del número completo

La victoria de Hitler en Alemania demuestra que el capitalismo no puede vivir en las condiciones de la democracia, ni incluso cubrirse con ropajes democráticos. O la dictadura del proletariado o la dictadura abierta del capital financiero. O los Soviets obreros o las bandas armadas del populacho pequeñoburgués desencadenado.

El fascismo no tiene ni puede tener programa para salir de la crisis del régimen capitalista. Pero esto no significa que el fascismo caerá automáticamente víctima de su propia inconsciencia. No; mantendrá la explotación capitalista arruinando al país, rebajando la civilización y aportando cada vez más salvajismo en las costumbres. La victoria del fascismo es el resultado de la incapacidad del proletariado para tomar en sus manos la suerte de la sociedad. El fascismo vivirá mientras el proletariado no se levante.

La socialdemocracia entregó la revolución de 1918 a la burguesía, y así salvó una vez más al capitalismo declinante; es ella y sólo ella la que ha dado con esto incluso la posibilidad a la burguesía de apoyarse, en la etapa siguiente, sobre el bandolerismo fascista. Descendiendo de una marcha a otra en busca del mal menor, la socialdemocracia ha acabado por votar por el feldmariscal reaccionario Hindenburg, que, a su vez, ha llamado al Poder a Hitler. Desmoralizando a las masas obreras con las ilusiones de la democracia en el capitalismo podrido, la socialdemocracia ha privado al proletariado de todas sus fuerzas de resistencia.

Las tentativas de rechazar esta responsabilidad histórica fundamental sobre el comunismo son absurdas y deshonestas. Sin el comunismo, el ala izquierda del proletariado se habría puesto desde hace mucho tiempo sobre la ruta del anarquismo, del sindicalismo, del terrorismo, o simplemente hubiera nutrido los destacamentos de combate del fascismo. El ejemplo de Austria demuestra con suficientes pruebas que allí donde, ante la debilidad extrema del comunismo, la socialdemocracia reina en dueña y señora en las filas de la clase obrera, en los cuadros del Estado democrático creados por ella misma, su política prepara paso a paso el triunfo del fascismo.

Las cumbres del reformismo alemán tratan ahora de adaptarse al régimen de Hitler para guardar el resto de sus posiciones legales y los beneficios que de ellas se derivan. ¡En vano! El fascismo conduce con él nubes de insectos hambrientos y voraces que exigen para ellos, y obtendrán, el monopolio de las funciones y de las rentas. El ataque contra la burocracia reformista, resultado secundario de la derrota de las organizaciones proletarias, representa el pago por la cadena ininterrumpida de traiciones de la socialdemocracia desde el 4 de agosto de 1914.

Los jefes de los otros partidos socialdemócratas tratan ahora de delimitarse de sus hermanos de armas alemanes. Sería, sin embargo, una ligereza inadmisible creer en palabras las críticas de izquierda de la Internacional reformista, de la cual todas las secciones se encuentran en diferentes grados del mismo camino. Como en tiempos de la guerra imperialista, en el proceso de derrumbamiento de la democracia burguesa, cada Partido de la II Internacional está dispuesto a rehacer su reputación sobre las espaldas de otro partido nacional. Pero en el fondo todos realizan el mismo trabajo. León Blum sostiene al Gobierno de la Francia militarista e imperialista. Vandervelde, el presidente de la II Internacional, no ha anulado, por lo menos que nosotros sepamos, su firma bajo esta misma paz de Versalles, que ha dado al fascismo alemán sus dimensiones actuales.

Todas las tesis fundamentales principales de los cuatro primeros Congresos de la Internacional Comunista: sobre el carácter podrido del capitalismo imperialista, sobre la inevitabilidad de la descomposición de la democracia burguesa, sobre el abolladero del reformismo, sobre la necesidad de la lucha revolucionaria por la dictadura del proletariado, han encontrado en los acontecimientos alemanes su confirmación inquebrantable. Pero su justeza ha sido demostrada por el absurdo, no por la victoria, sino por la catástrofe. Si a pesar de los quince años de existencia de la I. C. la socialdemocracia ha logrado llevar a cabo la política del mal menor hasta el resultado final, es decir, hasta el mayor mal que se puede concebir en la historia actual, es necesario buscar la causa en el hecho de que el comunismo de los epígonos se ha demostrado incapaz de cumplir su tarea histórica.

Hasta 1923 la I. C., casi sin pausas, iba adelante en todos los países, debilitando y substituyendo a la socialdemocracia. En los diez últimos años no sólo no ha hecho conquistas cuantitativas, sino que ha sufrido una profunda degeneración cualitativa. El naufragio del Partido comunista oficial en Alemania es la culminación fatal de la línea general, que ha pasado por las aventuras de Estonia y Bulgaria, por la teoría y la práctica del socialismo en un solo país, por la capitulación ante el Kuomingtang en China; por la no menos vergonzosa capitulación ante la burocracia tradeunionista en Inglaterra, por la aventura de Cantón, por las convulsiones del tercer período, por la escisión con los Sindicatos de masas, por la teoría y la práctica del socialfascismo, por la política de liberación nacional o de revolución popular, por la negativa del frente único, por el destierro y la persecución de la Oposición de Izquierda, por el completo aplastamiento de la independencia de la vanguardia proletaria y por la substitución del centralismo democrático por el poder omnipotente de un aparato sin principios y obtuso.

La esencia del burocratismo reside en la desconfianza hacia las masas y en la tendencia a reemplazar su actividad consciente revolucionaria por combinaciones de las altas esferas o por simples órdenes. En Alemania, lo mismo que en otros países, la burocracia plantea a la clase obrera ultimátums continuos. Le fija desde arriba fechas para las huelgas o para «la conquista de la calle»; fija arbitrariamente «jornadas rojas» o «meses rojos»; ordena que se acepten sin crítica todas sus consignas o todos sus zigzags; exige que el proletariado reconozca por anticipado y sin réplica su dirección en el frente único, y sobre este monstruoso ultimatismo basa su lucha falsa de un fin a otro e impotente contra el fascismo.

Los errores son inevitables en la lucha del proletariado. Sobre sus propios errores los partidos se instruyen, seleccionan los cuadros y educan los jefes. Pero en la I. C. actual no son errores, sino todo un sistema erróneo lo que hace imposible una política justa. Los representantes sociales de este sistema son amplias capas burocráticas, armados de enormes medios materiales y técnicos, de hecho indepen-

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confianza en sí misma. No es suficiente expresar sus simpatías a las víctimas; es necesario hacerse más fuertes, para derribar y ahogar al verdugo.

El fascismo alemán sigue servilmente el ejemplo italiano. Esto no significa, sin embargo, que el Poder esté asegurado para Hitler durante una serie de años, como lo ha estado para Mussolini. La Alemania fascista comienza su historia en las condiciones de una descomposición capitalista muy avanzada, de una miseria de las masas sin precedentes en la historia moderna y de una tensión amenazadora de las relaciones internacionales. El desenlace puede llegar mucho más pronto de lo que lo creen los amos del día. Pero, sin embargo, no vendrá solo. Es necesario un choque revolucionario.

La Prensa socialdemócrata funda grandes esperanzas sobre la existencia de grietas en el bloque gubernamental de Alemania. Sobre el mismo camino marcha, en el fondo, la Pravda, de Moscú, que todavía negaba ayer los antagonismos entre el fascismo y la socialdemocracia, y hoy cuenta con los antagonismos entre Hugenberg e Hitler. Las contradicciones en el campo dirigente son innegables. Pero por sí mismas son impotentes para detener el desarrollo victorioso de la dictadura fascista, determinada por toda la situación del capitalismo alemán. No hay que aguardar milagros. Sólo el proletariado puede acabar con el fascismo. Para darle una salida sobre el gran camino histórico es necesario un viraje decisivo en la dirección revolucionaria. Es necesario volver a la política de Marx y Lenin.

Nosotros, bolcheviquesleninistas, no venimos a este Congreso para entretener las ilusiones de cualquiera que sea, ni para salvar reputaciones falsas. Nuestro objeto es aclarar el camino para el porvenir. Evidentemente, no tenemos duda de que decenas, puede que centenas de millares de obreros sinceramente dispuestos a la lucha estarán representados en el Congreso. Estamos dispuestos a creer también que los delegados estarán sinceramente dispuestos, en su mayoría, a hacer todo lo posible para acabar con el fascismo. Sin embargo, el Congreso en sí, tal y como ha sido concebido y convocado, no puede, es nuestra convicción profunda, tener una significación revolucionaria seria. El fascismo es un enemigo peligroso. Para luchar contra él son necesarias las masas compactas de millones y decenas de millones de obreros, bien organizados y bien dirigidos; es necesario bases firmes en las empresas y en los sindicatos; es necesario la confianza de las masas por una dirección comprobada en la experiencia de los combates. El problema no se resuelve con sesiones solemnes y con discursos efectistas. El Congreso, improvisado con prisa, representa grupos aislados, sin lazos entre ellos, que después del Congreso continuarán tan aislados como antes de los millones de proletarios.

Los «aislados» de los medios intelectuales burgueses colorean el Congreso antifascista como han coloreado el Congreso de Amsterdam. Este no es un color estable. Los obreros avanzados, es verdad, aprecian mucho la simpatía que tienen por su causa los mejores representantes de la ciencia, de la literatura y del arte. Pero de esto no se deriva de ninguna manera que los sabios o los artistas radicales sean capaces de reemplazar las organizaciones de masas o de tomar la dirección del proletariado. ¡Y, sin embargo, este Congreso pretende tener la dirección! Aquellos representantes de los intelectuales burgueses que deseen verdaderamente participar en la lucha revolucionaria, deben comenzar por definir claramente su programa y por ligarse a una organización obrera. Dicho de otra manera: para tener derecho a votar en el Congreso del proletariado en lucha, los «aislados» deben dejar de ser aislados.

Ni la reacción contra la guerra, ni la marcha contra el fascismo, representan un arte especial cualquiera que se encuentre al margen de la lucha general del proletariado. La organización que no es capaz de analizar exactamente la situación, de llevar a cabo los combates cotidianos ofensivos y defensivos, de agrupar alrededor de ella a las masas, de asegurar la unidad de las acciones defensivas con los obreros reformistas librándoles al mismo tiempo de los prejuicios del reformismo, semejante organización naufragará inevitablemente, lo mismo ante la guerra que ante el fascismo.

El Congreso de Amsterdam ha demostrado ya su inconsistencia después de la ofensiva de los bandidos japoneses contra China. Incluso en el dominio de la agitación, la unión de la burocracia staliniana con los pacifistas aislados no tiene nada de seria. Es preciso decirlo abiertamente: el Congreso antifascista, más bien un mitin de azar, por su composición internacional, está llamado a crear una apariencia de acción allí donde precisamente falta la acción. Si conforme al proyecto de sus organizadores el Congreso se contenta con un llamamiento sin contenido, corre el peligro de ser en la historia de la lucha contra el fascismo no un cero, sino una cantidad negativa, porque el crimen más grave en las condiciones actuales es inducir a los obreros en error sobre sus fuerzas reales y sobre los verdaderos métodos de lucha.

Con una sola condición el Congreso de lucha contra el fascismo podría representar un papel progresivo, aunque modesto: si sacude la hipnosis del director de escena burocrático que actúa detrás de las cortinas y pone en su orden del día una discusión libre sobre las causas de la victoria del fascismo alemán, sobre la responsabilidad de las organizaciones dirigentes proletarias y sobre un verdadero programa de lucha revolucionaria. Marchando por este camino, solamente por éste, el Congreso será un factor de renacimiento revolucionario.

La plataforma de la Oposición de Izquierda Internacional da las únicas directivas justas para la lucha contra el fascismo. Como medidas más inmediatas y más urgentes, nosotros, los bolcheviques leninistas, proponemos lo siguiente:

  1. Aceptar inmediatamente las proposiciones de la Segunda Internacional sobre un acuerdo a escala internacional; semejante acuerdo no excluye, sino que exige la concreción de consignas y de métodos para cada país en particular;
  2. Condenar el principio de la fórmula del frente único «solamente por abajo», que significa la negativa del frente único en general;
  3. Rechazar y retirar la teoría del socialfascismo;
  4. No renunciar en ningún caso y bajo ninguna condición al derecho de criticar al aliado provisional;
  5. Restablecer la libertad de crítica en el interior de los Partidos Comunistas y de todas las organizaciones que se encuentren bajo su control, comprendido el Congreso antifascista;
  6. Renunciar a la política de las organizaciones sindicales comunistas independientes; participar activamente en los sindicatos de masas;
  7. Renunciar a la competencia indigna con el fascismo bajo consignas de «liberación nacional» y de «revolución popular»;
  8. Renunciar a la teoría del socialismo en un solo país, la cual nutre las tendencias del nacionalismo pequeñoburgués y debilita a la clase obrera en la lucha contra el fascismo;
  9. Movilizar al proletario europeo contra el chovinismo versallés y antiversallés bajo la bandera de los «Estados Unidos soviéticos de Europa»;
  10. Preparar por medio de una discusión amigable y honrada, y convocar en el plazo de un mes el Congreso extraordinario de cada sección de la I. C. para examinar la experiencia de la lucha con la contrarrevolución y elaborar un programa de acción para el porvenir;
  11. Convocar en un plazo de dos meses un Congreso de la Internacional Comunista, democráticamente preparado;
  12. Reintegrar a la Oposición de Izquierda en las filas de la I. C., de sus secciones y de todas las organizaciones que controla.

Los pourparlers entre la Segunda y la Tercera Internacionales es necesario emprenderlos poniendo en el primer plano la cuestión de Austria. Todavía no se ha perdido todo en este país. Colocándose inmediatamente sobre el terreno de la defensa activa, el proletariado austriaco, apoyado por el proletariado de todos los países de Europa, podrá, con el desarrollo consecuente y valeroso de la ofensiva, arrancar el Poder de manos de los enemigos: la relación interior de fuerzas asegura la victoria. Austria roja se convertiría inmediatamente en un apoyo para los obreros alemanes.

Ante el proletariado mundial damos la voz de alarma: ¡La patria soviética está en peligro! Sólo la reforma fundamental de toda la política puede salvarla. El programa de tal reforma es el programa de la Oposición de Izquierda en la U. R. S. S. Millares de sus mejores combatientes, al frente de ellos Rakovsky, llenan actualmente las prisiones y los lugares de deportación de la Unión Soviética. Desde la tribuna de este Congreso enviamos nuestro saludo fraternal a nuestros valientes partidarios. Su número aumenta. Ninguna persecución quebrantará su valor. En los días difíciles del porvenir, la dictadura del proletariado encontrará en ellos no sólo consejeros perspicaces, sino también soldados fieles.

El desarrollo del movimiento obrero mundial, y ante todo europeo, ha llegado a un momento decisivo. El Partido Comunista alemán está destrozado. Pensar restablecerlo sobre sus antiguas bases y bajo su antigua dirección, es una utopía sin esperanzas. Hay derrotas que no se perdonan. El Partido del comunismo alemán se edificará ahora sobre nuevas bases. Sólo podrán ocupar su puesto entre los constructores, los elementos del antiguo Partido que se libren de la herencia del stalinismo. ¿Será conservada la sucesión organizativa en el desarrollo de las otras secciones, y de la I. C. en su conjunto? Sobre esto, la historia no ha rendido aparentemente su veredicto definitivo. Sólo esto es evidente: queda muy poco tiempo para corregir los errores monstruosos. Si este tiempo se pierde, la Internacional Comunista entrará en la historia con el comienzo glorioso leninista y el final infamante stalinista.

Nosotros, bolcheviquesleninistas, proponemos hacer de la experiencia del derrumbamiento del comunismo alemán una posición de partida para el renacimiento de todas las otras secciones. Estamos dispuestos a consagrar a esto todas nuestras fuerzas. En nombre de esta tarea tendemos la mano a los más encarnizados adversarios de ayer. Es inútil decir que en la batalla contra el fascismo, tanto en la ofensiva como en la defensiva, los bolcheviquesleninistas ocuparán su puesto de combate en las filas comunes, como los han ocupado en todos sitios y siempre.

Bajo la bandera de Marx y de Lenin, por la revolución proletaria mundial, ¡ADELANTE!