Contra la Corriente, n.º 2-3, marzo-abril de 1943 (págs. 15-23). PDF del número completo
Europa vive instantes de extraordinaria tensión social. La ocupación por los ejércitos alemanes, lejos de atenuar, ha exacerbado todas las contradicciones existentes, lanzando a la desesperación masas enormes de proletarios, campesinos y pequeño-burgueses urbanos. De un extremo a otro del continente penan y remueven las masas expoleadas por los mismos problemas: lucha contra la opresión extranjera y por una organización social que impida las guerras, la opresión nacional y la miseria. Según su grado de educación y sus condiciones particulares, las masas de cada país pueden representarse inmediatamente, en diversas formas la solución a la situación europea y a la propia nacional; los factores mundiales y las leyes de la evolución histórica, no ofrecen mas que una: Estados Unidos Socialistas de Europa. Los movimientos y luchas de las masas, aun los que toman las formas mas alejadas de este objetivo, tenderán por su propia inercia a evolucionar en sentido socialista, o, torciendo su marcha, perderánse en el laberinto de la puja social para dar paso a situaciones reaccionarias nada diferentes en lo esencial de la producida por la expansión nazi. Europa será socialista o vivirá en la esclavitud. Que el amo hable inglés o alemán es cuestión que interesa a los amos; a los esclavos no. En síntesis, el problema europeo y a través de él el del mundo, reducese a encauzar los movimientos de protesta y rebelión, cualquiera forma inicial que adopten, hacia la revolución socialista. Cuantos esgrimen programas de objetivos intermedios, desde el "nuevo orden" de Hitler hasta la ausencia de programa stalinista -plegadiza sea a uno sea a otro imperialismo-, pasando por la "paz cristiana" de Roosevelt y Churchill, mienten demagogicamente, hablan y actúan en beneficio de los grandes capitalistas, preparan la regresión de la civilización y nuevas guerras para el futuro.
La situación de los paises no ocupados, cual España, difiere apenas de la del resto de Europa; su perspectiva es idéntica. Con Europa marcharán al progreso y la libertad por el socialismo, o con ella serán sumergidos en el pantano de todo progreso y toda libertad que significa hoy la dominación de los grandes paises imperialistas, sin distinción. También para España el dilema es socialismo o esclavitud. El fermento revolucionario que como un calofrío precursor de mayores convulsiones, recorre de parte a parte el antiguo continente, no exceptúa a España. Noticias de diversa fuente, por el contrario, aportan testimonios de un renacimiento caótico de la resistencia. A compás de Europa, España marcha hacia una nueva explosión revolucionaria. El toque de rebato que determinará la primera gran sacudida, puede sonar en la península o en el otro extremo de Europa. Lo indudable, es que al llegar ese instante las masas se pondrán en movimiento y que al primer asalto caerá por tierra el valetudinario "nuevo imperio" franquista. El horizonte quedará despejado para avances revolucionarios posteriores.
La emigración española se halla en evidente retraso respecto a la situación de España. De un momento a otro pueden surgir acontecimientos que sorprenderían desprevenidos a los organismos de la emigración y desarmada para empresas superiores a la clase obrera. Urge poner remedio. Desde México o desde cualquier parte donde se encuentre un número considerable de refugiados se puede favorecer el desarrollo de la resistencia en España y prepararse para ofrecer un conjunto organizado cuando llegue el momento del ataque.
Se arguye frecuentemente que la emigración nada o muy poco puede, que corresponde a los que están en España actuar y decidir como. Falacia justificativa de la inacción, propia de desertores, no de militantes obreros. La emigración, por el contrario, está en condiciones excepcionalmente ventajosas para ayudar al movimiento ilegal en España. Este lo espera y confía en que la emigración "hace algo". La causa fundamental de la pasividad frente al fascismo es siempre la desmoralización de las masas, por ausencia o muerte de la confianza en sus organizaciones. Ninguna ayuda puede ser tan útil a los hombres que gimen en las cárceles, a los revolucionarios que trabajan sin otra iniciativa que la propia o la de grupos aislados, que el ejemplo, el consejo político y la ayuda material de la emigración. La libertad de reunión y de discusión de que disponemos, nos permite llegar a acuerdos y tomar medidas dificilísimos, sino imposibles de practicar en España, con la policía franquista tras si y las penas de muerte multiplicadas por la mas insignificante oposición al régimen. No aprovechar esas ventajas para impulsar el movimiento ilegal en España, sería criminal, una deserción de hecho.
Pero así como no todo movimiento es positivo, tampoco cualquier actuación es buena. Desde la emigración tanto se puede ayudar como perjudicar al movimiento ilegal en España, según lo que se haga. Y en este aspecto, forzoso es decirlo, la emigración esta dando muestras de una falta de dicernimiento y una pasividad que asombraría si no fueran la secuencia natural de aquella funesta política de frente popular que dió el triunfo a Franco. Tuvo ella por característica permanente la sujeción de todas las organizaciones obreras -a regañadientes o de grado- a la iniciativa del stalinismo, no inspirada en los intereses de la guerra civil y de las masas españolas sino en los diplomáticos de la alianza Laval-Stalin. Para no ser en un grado u otro cómplice de determinada política, no basta seguirla de mal talante, ni aun siquiera dejarla abandonada a su curso; hay que combatirla pública y enérgicamente. Ninguna organización lo hizo ni lo hace hoy respecto de la pseudo-panacea stalinista.
Algo semejante ya que no igual está ocurriendo con ella: la unidad nacional, consigna altamente perjudicial al futuro de la revolución española y aun el de la lucha exclusiva contra el franquismo, despojada de consideraciones de clase y socialistas. No solamente ignora la revolución, la combate por su propio enunciado. Unir a todos los españoles sin distinción de clase no puede hacerse mas que en torno a la burguesía, que donde dice nación se designa a si misma. Es por eso que siempre y en todas partes la unidad nacional es el caballo de batalla de la reacción. ¿Cómo puede la burguesía, clase minoritaria, defender sus intereses sino encubriéndolos con la tapadera de un interés homogéneo nacional que es únicamente el suyo, opuesto al de las clases explotadas, la inmensa mayoría de la población? Siéndolo funesta la lucha de clases practicada por el proletariado, la burguesía no puede pasarse sin la teoría de la unidad nacional. En tiempo de guerra, la unidad nacional es mantenida por una violencia multiplicada de la burguesía contra el proletariado y los campesinos. Mientras mas agita su demagógico señuelo de fraternidad de clases antagónicas mas violentamente practica la lucha de clases en su provecho.
En Alemania, donde las contradicciones de clase en el seno de la sociedad capitalista llegaron al paroxismo, la burguesía se alineó tras el partido nazi al grito de unidad nacional. Hitler alardea frecuentemente de haberla realizado en un grado desconocido en la historia de su país.
Jamás -es verdad- las clases pobres alemanas fueron sometidas a un grado tal de humillación, de explotación por el trabajo forzado y de vesánica represión. Es la unidad nacional perfecta. Como la burguesía alemana, la inglesa y la americana conducen su guerra bajo el solio de la unidad nacional, reduciendo progresivamente las libertades de las clases pobres y mermando cada vez mas su nivel de vida, mientras los ricos se hacen mas ricos. En España, apenas pasa una semana sin que algún orador falangista, militar o Franco mismo, haga un llamamiento a la unidad nacional. La añagaza es de la mas pura estirpe burguesa. Sobre ello no hay divergencia fundamental entre stalinistas y franquistas. Tomando por unidad la nación, ambos tratan de engañar al proletariado y los campesinos, ocultándoles la realidad de la división en clases, fundamento de toda sociedad capitalista y la violencia ininterrumpida, orgánica, que la burguesía practica.
El aparato policíaco, militar y judicial del estado, son los instrumentos legalizados por ella misma para su lucha permanente contra los desposeidos. Cabe plenamente dentro de sus intereses hablar de unidad nacional. El que está encima puede satisfechamente recomendar la unidad al que aplasta bajo su peso; pero éste se sentirá francamente inclinado a responder con interjecciones al empleo de esa terminología. Y en suma, la sociedad capitalista puede describirse gráficamente de la misma manera: los ricos aplastando a los pobres con todo el peso de su organización económica y represiva. Quienes en el campo obrero proponen la unidad nacional o cese de la lucha de clases por parte del proletariado, dejan campo libre a la burguesía para ejercerla unilateralmente con todo el rigor bárbaro y reaccionario que en la actualidad tiene esta clase. He ahí por que la burguesía se pronuncia unánimemente, en todas las situaciones graves, por la unidad nacional.
En el campo proletario, mas homogéneo económica e históricamente considerado que el de la burguesía, dos o mas partidos pueden hacerse exponentes, con diversa táctica, de la idea de revolución social. Entre ellos no hay oposición sino en cuanto se disputan la confianza y la dirección del proletariado. Dos partidos así son considerados por la burguesía como un solo bloque frente a ella, salvo en los casos de degeneración que convierten a los partidos obreros en sus auxiliares. De la misma manera, la consigna de unidad nacional puede ser ofrecida a la burguesía desde diversos ángulos, sin que se altere su caracter fundamentalmente reaccionario. Precisamente en situaciones peligrosas, cuando el porvenir se le presenta borrascoso, dos o mas salidas pueden serle presentadas con la misma idea de salvación. Es, tambien, una especie de recurso de seguridad o reserva, para situaciones de emergencia. Si fracasa una o compromete su existencia, echa mano de la otra, como de un nuevo antifaz. Esa es la relación existente entre la unidad nacional preconizada por el franquismo y la preconizada por el stalinismo.
Franco y Falange, representan, por ahora, el polo fijo de la burguesía. Rodeada de la candente atmósfera de guerra, su unidad nacional procura sortear los peligros de una inclinación demasiado acentuada a los futuros vencidos. Por su parte, la stalinista cifra todo su porvenir -también por ahora- en el éxito de las armas anglo-americanas. Pero precisamente ahí radica su nulidad como instrumento de lucha contra la dictadura franquista, al margen de cualquier consideración revolucionaria. Estados Unidos e Inglaterra no tienen interés en cambiar el régimen político español; sus esfuerzos van encaminados a incorporárselo como satélite económico. Las declaraciones del embajador yanky en Barcelona sobre el intercambio de mercancías entre su país y España, mas el discurso de Franco ante las llamadas cortes muestran cuanto ha avanzado por ese camino la diplomacia anglo-americana. Por su parte, Franco, que ve desvanecerse la seguridad del triunfo hitleriano, pone la mejor voluntad posible para bienquistarse el ánimo de las democracias vencedoras. Washington y Londres están ya demasiado atemorizados por la amenaza revolucionaria en Europa para permitirse el lujo de propiciar cambios en España, aun los menos substanciales. La unidad nacional stalinista, construida sobre el supuesto de una oposición inexistente entre la burguesía yanky-inglesa y la franquista, carece completamente de porvenir. Su alianza militar con los imperialistas, le da ánimo y en gran parte impunidad para calumniar, perseguir y asesinar a los internacionalistas, pero sus aliados la dejarán en la estacada a poco que Franco se les manifieste propicio.
Otra cosa será si el movimiento revolucionario estalla y Franco es derribado por las masas. Entonces, desparecido el polo estable, la burguesía española volverá los ojos hacia la unidad nacional stalinista. El ejército y el oro anglo-americano correrán a sostenerla. Llegado ese momento aparecerá en su desnudez reaccionaria, como parte integrante del sistema de propiedad y opresión capitalista. En torno a ella se agruparán la burguesía nacional o internacional, mas los oportunistas del movimiento obrero, dispuestos a aparecer como revolucionarios en todo momento, excepto cuando la revolución está en la calle. Desde luego, los pudores antistalinistas de que por el momento hacen gala los partidos republicanos y parte del socialismo, desaparecerán con la primera brisa revolucionaria1. Su unidad nacional convertiríase inmediatamente en el polo provisional conservador, de la situación. Su lucha contra la revolución socialista sería implacable. En el fondo, toda teoría de conciliación entre las clases, aun las menos acentuadas, encierra una parcialidad total hacia la burguesía en la lucha de clases. Para que esta cese, hace falta terminar antes con las diferencias económicas, lo que comporta el arribo a la sociedad socialista. Los señores moderados y reformistas, que se complacen en acusar de demagogos a los revolucionarios, se revelan ellos mismos demagogos de la peor especie, al servicio de la burguesía. El rótulo de unidad nacional no puede hacer cesar la lucha de clases, pero si hace cesar, hasta donde alcanzan sus fuerzas, la defensa de la parte débil y oprimida, privándola de su única arma contra un enemigo muchisimo mas poderoso. Los efectos represivos de la unidad nacional stalinista, una vez en el poder, se infieren facilmente de ahí. Además, las contradicciones sociales alcanzarán en el próximo periodo su mas violenta expresión. La revolución proletaria pugnará enérgicamente hacia adelante. La unidad nacional no dispondrá de otros medios para evitarla que el terror en gran escala, el asesinato de los revolucionarios, la cárcel, el campo de concentración, la batida por la fuerza pública de las manifestaciones y reuniones obreras, la censura de prensa y la supresión de los periódicos mas avanzados. Ni siquiera existirá esa decantada democracia burguesa de que ahora hace gala. Si durante el frente popular se asesinó y persiguió a los revolucionarios, se mantuvo la censura de prensa y fué un mito, a partir de 1937, la libertad de reunión y propaganda para los trabajadores, ¿qué libertades pueden esperarse de los señores stalinistas junto con los requetés, los generales franquistas o el Borbón repuesto? De ellos, gobiernen juntos o separadamente, ninguna. Existirán unicamente las que el proletariado sea capaz de conquistar y mantener mediante el ejercicio enérgico de su fuerza de clase.
Toda la tradición revolucionaria del movimiento obrero se alza contra la consigna stalinista, marcándola con sello de traición. Recogiendo las resoluciones y disposiciones mas clasistas de los primeros congresos de la II Internacional, Lenin desplegó una ruda y prolongada batalla contra la traición a esos principios por los reformistas tornados en patriotas al amparo de la misma consigna de la unidad nacional. Cualquiera de los escritos de Lenin sobre la guerra es un terrible índice acusador apuntado al stalinismo. Revolucionario acendrado, por naturaleza, Lenin sabía que toda posición justa, en cualquier problema, debe partir de un análisis de los factores dados, basado en la realidad de la división en clases de la sociedad. Dentro de este terreno puede haber divergencias. Fuera de él se está en el campo enemigo. En su "Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado", aprobada por el primer congreso de la Internacional Comunista, escribía:
"Plantear así el problema, al margen de la cuestión de clases, pretendiendo considerar el conjunto de la nación, es propiamente burlarse de la doctrina fundamental del socialismo, a saber, la doctrina de la lucha de clases, respetada en palabras, pero olvidada de hecho, por los socialistas pasados al campo de la burguesía".
Dirigidas a los reformistas, estas palabras son integramente valederas para el stalinismo, que ni siquiera respeta en palabras la lucha de clases y ha llevado la traición al marxismo, el cinismo y la perfidia en la persecución a los revolucionarios, hasta extremos ignorados por el reformismo de la II Internacional. Citamos expresamente ese documento, que sirvió de cimiento a la III Internacional, para poner mas de manifiesto la traición stalinista al proletariado, a la Internacional y al marxismo.
El efecto de la propaganda en pro de la unidad con y para la burguesía, de la unidad con los requetés y militares, asesinos de millares de obreros y campesinos, es terriblemente desmoralizadora para las masas españolas. Retirando de su horizonte la perspectiva de la revolución socialista, única de valor real para toda la multitud pobre, la empuja a la indolencia y al indiferentismo político. Y toda desmoralización, disminuyendo la capacidad global de lucha contra Franco y Falange, contribuye a sostenerles. Así, en espera de sostener con las armas en la mano a la burguesía española, la unidad nacional stalinista es ya una contribución indirecta al sostenimiento del fascismo en España. Combatirla sin descanso es deber primordialísimo de los trabajadores fieles a su clase y una manera de ayudar politicamente al movimiento revolucionario ilegal en España.
Débese condenar la unidad nacional por el principio de colaboración de clases que comporta; de lo contrario no es mas que un desacuerdo a medias, debido a causas secundarias, y sin valor positivo. Los socialistas que no la han aceptado, fundan su rechazo, no en la fidelidad a la lucha de clases sino en la presencia del stalinismo en la unidad nacional. Pero actitudes de esta apariencia airada carecen de solidez. Apenas se presente la ocasión propicia en España, veráse a esos socialistas -los de la derecha- acudir junto al stalinismo invocando necesidades patrióticas, excepcionales, consolidación de esto o aquello, no de la revolución ciertamente. De los republicanos burgueses que por ahora hacen idénticos remilgos, no hay que hablar siquiera. La unidad nacional expresa sus intereses con una fuerza de que ellos mismos carecen. Y si por acaso el stalinismo se hundiera o perdiese la fuerza que actualmente saca de la burocracia soviética y de su alianza con el imperialismo anglo-yanky, sin él y con diferente nombre, una nueva unidad nacional vendría a proponerse idénticos objetivos de salvamento capitalista. Los trabajadores deben desconfiar de todos los antistalinismos carentes de base de clase. El único positivo revolucionario, es el que recoge y le opone el principio traicionado.
La posición del anarco-sindicalismo no es clara. ¿Está contra el principio mismo de la unidad nacional o simplemente se opone a los stalinistas y a la extensión de aquélla a requetés y militares? Por una parte, la derecha que dirige García Oliver la aceptó en principio y sólo parece haber hecho algunos reparos cuando "España Popular" empezó a tratar como amigos a los requetés, los curas, los especuladores y los militares. Por otra, la Delegación de la CNT en México, en su pacto con la UGT, evitó aludir la unidad nacional y no definió si el acuerdo tenía exclusivas finalidades de clase o se extendía a otras extrañas. Forzoso es decir que indeterminaciones semejantes merecen viva crítica. Finalmente, la misma Delegación, en el número de "Solidaridad Obrera" correspondiente al 20 de Febrero, apunta la necesidad de un nuevo compromiso entre todas las organizaciones, que parece aproximarse mas al terreno de clase. Dispuestos a discutir cualquier proposición de lucha y a colaborar, aun sin discutir, en todas las acciones de frente único de clase, desde las mas simples a las mas complejas, nosotros insistimos en nuestro punto de vista y lo ofrecemos a la consideración del proletariado en general y de las organizaciones obreras españolas en particular.
La palabra unidad es siempre agradable a los oidos proletarios, cuando se trata de unidad de clase. Despierta el ansia de liberación de los oprimidos, poniéndoles ante los ojos su igualdad en la opresión. Los stalinistas y los colaboracionistas en general, especulan con la palabra unidad aprovechando las esperanzas que evoca en las masas para reducirlas a la unidad con los enemigos de clase. En sus manos, la unidad se transforma en un instrumento que permite a la burguesía evitar o domeñar los ataques revolucionarios. En lugar de un arma de lucha resulta un instrumento de contención de las masas. Tratando de ocultarlo, eso fué el frente popular; procurando hacerlo lo mas claro posible, eso es la unidad nacional. La unidad de clases es invariablemente un yugo impuesto al proletariado, los campesinos y los elementos pobres en general. La historia prueba que donde quiera las organizaciones obreras han aceptado esa política -China, Italia, Alemania dos veces, Francia, España otras dos veces- se siguieron derrotas, y finalmente el triunfo de la reacción.
El terreno para la unidad revolucionaria le está dado al proletariado por su propia posición en la sociedad capitalista; los límites, por las diferentes ideologías en que se halla dividido. Siendo las últimas expresion de diferentes concepciones, nacidas en gran parte de la diversidad de categorías que la sociedad capitalista da al proletariado, la unidad orgánica completa aparece imposible. Con todo, frente a la burguesía, tenga ésta un régimen u otro, posée una gran homogeneidad que le permite el mas amplio margen de actuación común. Cualesquiera organizaciones e ideologías le dividan, común le es el problema económico: lucha por salarios proporcionados al alza de las subsistencias; luego común puede ser la actuación. Común es el interés en conservar y ampliar donde existan, en lograr donde no existan, derechos democráticos de organización, de reunión y propaganda; luego común puede ser la actuación. Común es el interés de vencer al fascismo y la reacción burguesa en general; luego común puede ser la actuación. Común es el interés de defenderse de la persecución y el asesinato por las bandas fascistas o por cualquier otra formación antiproletaria; luego común puede ser la actuación. Común, so pena de degeneración, es la necesidad de substituir a las formas capitalistas de producción, distribución y cambio, las formas socialistas; luego hasta ahí puede llegar la actuación en común.
El acuerdo entre diversas organizaciones obreras para acciones defensivas y ofensivas, tendientes a esos fines, es lo que en la historia del movimiento obrero se conoce con el nombre de frente único de acción. Por definición, el frente único es un problema de clase. No puede existir en forma estable sino dentro de ese límite. Su extensión puede ir desde las primeras acciones contra la reacción, hasta la organización democrática de órganos de poder revolucionario, sobre los que fundar su sistema propio después de vencer al capitalismo. En la primera etapa, comités nombrados por las organizaciones participantes pueden bastar; en la segunda, es indispensable dejar al proletariado elegir por si mismo los representantes de los comités de frente único, a fin de permitir y reflejar en la composición de los mismos, sus experiencias cotidianas, el cambio de ideas respecto a partidos, programas y hombres. Por encima de las divergencias ideológicas, conservando plena libertad crítica las unas respecto de las otras, pueden las organizaciones colaborar en esa común mira clasista. La democracia proletaria que deberá imperar después de la revolución, será creada y estimulada por ese conducto.
Existen también actualmente en España, posibilidades de actuación común con los republicanos burgueses. Por mínimas que sean no deben desperdiciarse. Pero las organizaciones obreras deben tener presente su forzada limitación, dada la oposición de clase, mucho mas fuerte que toda otra contingencia política momentanea. Sobre ninguna de las reivindicaciones económicas es posible unidad de acción entre proletariado y burguesía. No hay que hablar siquiera sobre el problema de las substituciones del sistema de propiedad capitalista. Es sobre el terreno de la lucha política contra Franco y la Falange, donde son posibles acuerdos de acción común. Y apenas caigan ambos del poder, ese limitado terreno desaparecerá. En todos los casos en que signifique algo efectivo para la lucha antifranquista -no simples mascaradas con figurones políticos-, las organizaciones obreras, separadamente o mediante el frente único de las mismas, podrán establecer acuerdos con los republicanos burgueses para acciones bien determinadas. Pero falta base material para la constitución de organismos permanentes o compromisos de bloque político con los republicanos, a menos de abandonar el terreno de clase por el de la colaboración (frente popular, unidad nacional, coalición republicano-socialista, etc.). Cualquier acuerdo por el estilo, debiendo necesariamente efectuarse dentro del círculo de clase de la burguesía (república, democracia en general, legalidad del 14 de Abril, ignorando el 19 de Julio), lo mas que logrará, en el mejor de los casos, será facilitar futuros progresos de la reacción tras los primeros triunfos parciales de las masas.
No significa lo anterior que el proletariado y los campesinos deban desinteresarse de la república y la democracia burguesa. Hay pocas posibilidades de pasar directamente del fascismo a la revolución socialista. Además, la burguesía, apenas presienta la proximidad de la revolución proletaria, se apresurará a ponerse en manos de los republicanos burgueses y de los colaboracionistas en el campo obrero, pidiéndoles que la salven. Breves periodos de democracia burguesa serán seguramente necesarios tanto en España como en Europa en general. Pero la mejor manera de alcanzar un progreso, incluso el mas nimio o limitadamente burgués, es la lucha de clases. Los compromisos políticos con los partidos no obreros, disminuyen la capacidad combativa de las masas, porque la someten a procedimientos y objetivos contrarios a sus intereses históricos y aun a los mas inmediatos. Por otra parte, el proletariado debe contemplar la actual situación de España, no con el ojo miope del pequeño-burgués y de sus ideólogos en el campo obrero, sino con la mirada panorámica que le dicta su misión de clase en la evolución histórica, mirada capaz de observar la situación en el encadenamiento de sus fases pasada, presente y futura. Para el pequeño-burgués, el stalinista o el reformista de la vieja escuela -por motivos o pretextos diferentes- la democracia burguesa se presenta como un objetivo histórico en si y por si, como el término y fin ideal de la lucha contra el franquismo. El proletariado, a la inversa, debe impregnarse de la convicción que ninguna forma política de sociedad burguesa es una solución a los problemas del mundo. Esta, sólo puede alcanzarse mediante el cambio de las formas de propiedad, la abolición de las fronteras y la cooperación internacional de los estados proletarios. Y esa empresa es misión del proletariado. Cumplirla o degenerar, es su alternativa. Por su parte, el capitalismo no puede admitir sino provisionalmente, mientras se prepara a suprimirlos mejor, regímenes democráticos. España es una trágica prueba. Franco no puede ser considerado sino como producto de la impotencia de la democracia burguesa. Los republicanos, poderosamente auxiliados por los dirigentes de las organizaciones obreras, se empeñaron en evitar la revolución socialista, tratando de reducir a la democracia burguesa los antagonismos de clase; lograron rechazar la revolución a pesar del empuje formidable de las masas, pero entonces ya no hubo nadie para contener a Franco. De la conciliación de clases resultó inevitablemente la reacción. En suma, el liberalismo burgués se pierde en la bruma del pasado con las condiciones económicas que le dieron vida. Cualquier república democrático-burguesa que pudiera resurgir en España, tendrá una vida efímera, mas efímera aun que la anterior debido a la agudización de los antagonismos. Deberá ser rapidamente superada por la revolución proletaria o cederá otra vez el paso a una nueva reacción. Esta idea madre debe inspirar la conducta del proletariado en sus compromisos de lucha antifranquista.
Los acuerdos con los republicanos burgueses para la lucha práctica por los derechos democráticos, son perfectamente realizables siempre que no lleven anejas coerciones al libre ejercicio de la lucha de clases por parte del proletariado. Si para aceptar la lucha ellos exigen que las masas, renunciando a objetivos y métodos propios se plieguen a los del republicanismo la exigencia debe ser rechazada, haciendo recaer sobre él la responsabilidad por la debilitación de la lucha, que resulte. El proletariado no les pide que acepten sus métodos y principios socialistas, a pesar de su fuerza incomparablemente mayor. Los stalinistas- [...]
[El pro]letariado no les pide que acepten sus métodos y el objetivo socialista que le es propio. Cada cual por su camino; todos contra un peligro o un enemigo común. La exigencia de renuncia al proletariado prueba que los republicanos, stalinistas o reformistas que la piden, no se interesan en la lucha antifranquista mas que condicionalmente, cuando se desdobla paralelamente contra la lucha de clases, asegurando la hegemonía burguesa.
Sin perder de vista lo que los republicanos burgueses pueden aportar, pero sin esperarlos tampoco, el proletariado debe concentrar sus energías en la constitución del Frente único de clase. A él corresponde toda la iniciativa, de su acción dependerá lo que aquellos hagan. El proletariado debe imponérselo como directriz fundamental: es la táctica mas efectiva y económica contra la tiranía fascista.
El primer paso es que las organizaciones obreras concordes en principio, sin distinción de tendencias ni de divisiones en cada tendencia, nombren delegados que elaboren la plataforma común de acción. Sin pretender de antemano agotar los puntos de que debe constar ni cerrar la admisión a otros, creemos que los mas urgentes para la etapa inmediata son los siguientes:
- Por la liberación de todos los presos políticos.
- Contra el envío a Alemania e Italia de alimentos y mano de obra.
- Por un racionamiento más abundante para la población pobre, la pequeño-burguesa incluida.
- Por un aumento de salario en proporción a la carestia de la vida.
- Por la reintegración a sus puestos de trabajo de todos los despedidos por represalias políticas.
- Contra la entrada de España a la guerra imperialista; contra la cesión de bases aéreas y navales y contra el paso de tropas por el territorio del país.
- Contra la sindicación obligatoria.
- Contra el terror gubernamental y falangista.
- Contra la pena de muerte.
- Por una amnistía sin restricciones ni excepciones, para todos los encarcelados por delitos políticos.
- Organización en común, por todas las organizaciones firmantes, de la distribución de la propaganda antifranquista y defensa colectiva contra las persecuciones y ataques de la policía y los falangistas contra cualquiera de las organizaciones o las acciones de protesta de los trabajadores.
- Por un gobierno provisional democrático que convoque a unas elecciones municipales generales.
La lucha por todos y cada uno de estos puntos no debe afectar lo más mínimo la libertad orgánica de los aceptantes ni coartar su libertad crítica respectiva. El fundamento de todo frente único, lo que lo hace posible y altamente fructifero, es la posición orgánica de la clase trabajadora en el mundo capitalista. Dos o veinte obreros con diferentes concepciones no necesitan estar previamente identificados para rechazar juntos a un grupo reaccionario o al Estado burgués que les ataca. "Golpear juntos: marchar separados" -divisa máxima de la salud de clase. Las divergencias entre la clase obrera es cosa que compete a los obreros mismos. Frente a la burguesía, todos unidos.
GRUPO ESPAÑOL EN MEXICO DE LA IV INTERNACIONAL.-
Martinez Barrio, que hasta hace poco era una especie de "vedette" antistalinista de lujo, acaba de hacer declaraciones favorables a la unidad nacional. Le corresponde por derecho propio. Es el hombre de Villanueva de la Serena, de las elecciones de 1933 y del Gabinete frustrado que quiso capitular ante los militares. ↩