Contra la Corriente, n.º 12, febrero de 1944 (págs. 9-16). PDF del número completo

(Sigue del numero 11 de Contra la Corriente)

Ha sido Alemania, no Inglaterra o Estados Unidos, quien inició la servidumbre de las nacionalidades europeas. Oportunistas confesos e inconfesos deducen de esa prioridad una condenación para Alemania e indulgencias para los otros dos, los "democráticos". El caso es, para ellos, poder apoyar una carnicería "santa" y señalar como principal enemigo de las armas una burguesía extranjera.

Ya Carlos Liebknecht, ante el tribunal militar de los predecesores de Hitler, señalaba la vaciedad y la indignidad de una lucha contra el imperialismo que se ejerce principalmente contra los concurrentes extranjeros de la propia burguesía. El análisis materialista confirma la actitud del gran revolucionario alemán, haciéndola extensiva a los diversos bandos imperialistas de esta guerra. Las modalidades adoptadas por la expansión germana le han sido dictadas por su propia historia, siglos atrás. Ello tanto en el dominio interior como en el exterior. Hitler es un resultado directo del fracaso de la revolución alemana; la expansión que ha presidido lo es del acaparamiento de las colonias, los mercados y las materias primas, por Inglaterra y Estados Unidos. El globo hinchado de potencialidad productiva que era la burguesía alemana, estalló abalanzándose sobre los satélites de sus adversarios. Eran las colonias mas próximas al conquistador y mucho mas ricas, por su grado de evolución si no por privilegio natural, que las colonias propiamente dichas. La expansión alemana presidida por Hitler es un hecho de la misma naturaleza esencial que la colonización de Asia, Africa, Oceanía o la penetración imperialista en China y América Latina. El gran capital financiero e industrial no puede producir nada que no contenga o no se ajuste a sus intereses. Pero acomoda sus métodos a la resistencia y las peculiaridades del medio en que se aplican.

Naciones de Europa con luengos siglos de tradición independiente, economía y cultura desarrollados tanto y mas que en Alemania, y por añadidura un proletariado que solo piensa en la revolución socialista, no podían ser dominados sino por el terror, y aun así provisionalmente. La bestialidad característica del dominio nazi, se produce por la violenta contradicción entre las enormes necesidades de absorción del imperialismo y las necesidades revolucionarias de los pueblos: paso a una economía socialista federada, mejoramiento de las condiciones de vida, libertad para las clases pobres garantizada por la supresión del monopolio del capital y los instrumentos del trabajo. Pero esa contradicción existe igualmente refiriendo la situación del mundo al imperialismo anglosajón. Si para dominar al proletariado de su país y a Europa entera, la burguesía alemana ha recurrido a un terror que aventaja al de la época de la decadencia del mundo greco-romano, los capitalistas de Washington y Londres seguirán su escuela. Algún defensor sórdido del "humanismo blanco" tratará aun de prolongar su indulgencia para con el imperialismo aliado arguyendo que no padeciendo el cerco que el imperialismo germano, le bastará con oprimir a pueblos negros, amarillos, rojos o blanqui-negros, conformándose con una penetración económica y una dominación tolerante, entre los pueblos blancos. Dejemos que los mendigos sigan extendiendo la mano, pero combatamos a los sacerdotes que predican la caridad como solución a las miserias del mundo.

Si bien es cierto que la burguesía anglosajona, cuando triunfe, no se encontrará cercada por ningún rival (salvando la inevitable lucha, ya iniciada con caracteres de regateo, entre Inglaterra y Estados Unidos y suponiendo que Alemania y Japón sean reducidos al estado de colonias), no lo es menos que el mundo es ya pequeño para vivir bajo el imperialismo, siquiera sea con libertad restringida. Su libertad está en la destrucción del imperialismo, así como la libertad del imperialismo está en la esclavización del mundo. Las causas que llevaron a la burguesía alemana a desencadenar el terror y la esclavitud sobre toda Europa, serán substituidas por otras para la burguesía angloparlante. El nivel económico de las colonias y semi-colonias se ha elevado considerablemente durante la guerra; la conciencia y la necesidad de libertad de todos los pueblos aumenta, su rebelión contra el imperialismo será cada día mas creciente. Por otra parte, la capacidad productora del imperialismo aliado, por tanto su exigencia de dominio, se ha acrecentado muy considerablemente durante la guerra. Que la indulgencia centrista hacia "los democráticos" ate esa mosca por el rabo. La necesidad de esclavización y el terrorismo perfeccionados por la burguesía alemana, resultante de la evolución nacional anterior en conjunción con el fracaso de la revolución alemana y europea, se impondrá igualmente al imperialismo angloparlante, como producto de la contradicción entre su gigantesca productividad y las necesidades de independencia y libre desarrollo de las masas pobres. El choque entre el gran capital incompatible con la libertad, y las masas, es inevitable. Esforzándose en vencer la revolución, el capital acelerará su evolución natural hacia el fascismo. Lo que apareció cual fruto primerizo de la burguesía alemana, será seguido por abundante cosecha de la burguesía yanki-británica. El árbol que da los frutos de la esclavitud y el terror reaccionarios es el imperialismo, el sistema de la propiedad privada. Detenerse a considerar si el primer fruto salió de la rama alemana o de la rama inglesa, puede ser grato y útil a traidores y oportunistas. Los revolucionarios deben reflexionar en cómo arrancar el árbol de raíz.

Habiendo acelerado su marcha por necesidades de guerra, la máquina opresora del imperialismo no se detendrá ante ninguna consideración. La fuerza revolucionaria de los pueblos puede detenerla únicamente. Pero la guerra produce, también, otro orden de consecuencias. En el espíritu de las masas, mitad por conciencia, mitad empujadas por los sufrimientos multiplicados a que viven sometidos, se gestan poderosos movimientos revolucionarios. Iniciados inmediatamente contra la opresión nazi, no dejarán de prolongarse en busca de su floración, ya continúe Hitler espatarrado sobre Europa, ya le sucedan los instrumentos militares de Wall Street y la City. En esos movimientos revolucionarios ya iniciados, se renueve la tendencia a la revolución socialista tan persistentemente apuntada y siempre vencida, de los años intermedios entre las dos guerras imperialistas. Cualquiera que sea su motivo inmediato y la explicitud con que se presente a las masas, la causa mediata, su meta histórica es la anulación de la propiedad privada, de las antiguallas fronterizas y aduaneras y la federación de pueblos socialistas. El ya seguro vencedor imperialismo anglosajón se comportará respecto de las aspiraciones revolucionarias de los pueblos aprovechando la escuela de Hitler. Su necesidad acrecentada de dominio económico le llevará a la ocupación temporal o permanente, al uso de gobiernos peleles, a continuar la supresión de libertades impuesta por el fascismo e incluso el terror organizado. En una palabra, mientras los pueblos se lanzarán a la unificación socialista por la revolución, los vencedores tratarán de imponerles la unificación imperialista bajo la servidumbre nacional, por el señorío de la contrarrevolución. La obra apuntada por la rama imperialista hitleriana se prolongará en la rama imperialista yanki-británica. Esta me parece la estimación revolucionaria del fenómeno de ocupación que padece Europa.

En ella está contenida la segunda de las dos premisas a que subordino la adopción de una política revolucionaria en Europa, a saber, el trazado estratégico de toda la lucha o solución revolucionaria al maremagnum europeo. Pero debo explayarla para no dar lugar a equívocos. Desde un punto de vista histórico en Europa no se plantea ningún problema de independencia nacional. Se plantea la unificación económico-política del Continente sobre la base de la propiedad socialista planificada. Entendámonos, porque es materia escurridiza que se presta a dimes y diretes. El período en que el estado nacional constituía la base necesaria al desarrollo económico y de la civilización, periclitó hace tiempo. La división en estados nacionales es precisamente una de las causas de la corrupción social y de las guerras imperialistas. Su desaparición correrá parejas con la de la propiedad privada y constituye la gran tarea histórica de nuestra era. Ahora bien, es imposible hablar propiamente de problema nacional sin resucitar la imagen del estado ceñido en sus fronteras, barricado tras las tarifas aduaneras, erizado de bayonetas. Porque en su sentido estricto, una solución nacional abarca e interesa a todas las clases comprendidas dentro de una unidad geográfica, o histórico-política. Muy lejos de eso está la realidad europea. Ni existe solución dentro de las fronteras nacionales ni pueden estar interesadas en ellas todas las clases. Por muy perogrullada que parezca, creo que lo anterior no ha sido tenido en cuenta sino formalmente para determinar la conducta de los revolucionarios.

Estos mismos han hablado excesivamente de problema nacional, desquiciando la terminología y dando lugar a desquicios políticos. Incluso se han aducido citas de Lenin intentando demostrar que él consideraba posible el renacimiento del problema nacional en Europa. Se confunde así problema nacional, que engloba al conjunto de las clases, con insurrección nacional. El ejemplo de los países coloniales, principalmente la India, nos está mostrando que la burguesía prefiere el vasallaje respecto de una burguesía extranjera, a la utilización de la fuerza revolucionaria de las masas. Antes de lanzarse a un movimiento nacional, la burguesía debe sentirse segura de poder dominar y desarmar a las masas. Solo en contados casos ocurrirá. Pero aun así tampoco podría hablarse con propiedad de resurrección del problema nacional. Para los países coloniales, la lucha no haría mas que desplazarse totalmente del enemigo imperialista a la propia burguesía. Teniendo en cuenta el enorme potencial económico del imperialismo moderno, su acaparamiento de los mercados y materias primas, resulta absolutamente imposible para ninguna burguesía colonial desprendida de él asegurar el adelanto económico y cultural de su país. Aun suponiendo lo inexistente, voluntad de lucha anti-imperialista, falta la posibilidad objetiva, las condiciones materiales que permitirán a la burguesía desempeñar un cometido nacional que interesase a la clase proletaria y al campesinado. Con mucha mayor razón es verdad lo anterior para Europa. Por una parte, el desarrollo de la economía ha alcanzado un nivel sobrado para exigir su internacionalización; por otra, el proletariado es manifiestamente socialista, la burguesía consciente de ello, manifiestamente totalitaria. La resurrección del problema nacional en Europa entrañaría forzosamente una regresión histórica imposible sin la destrucción y pérdida de los mas importantes adelantos técnicos y científicos. Aunque el peligro no sea inexistente por completo, no estamos dentro de él, y antes de amenazar seriamente se librarán grandiosas batallas entre la burguesía y el proletariado. Por ahora los revolucionarios no deben preocuparse sino de alcanzar la victoria para el proletariado.

Precisamente porque la esclavización de Europa proviene de la supervivencia del capitalismo y de los estados nacionales, nunca se representará bastante al proletariado la supresión de los mismos como objetivo inmediato de su lucha. Ciertamente, la mayoría de los revolucionarios que han escrito sobre este mismo problema no han dejado de señalar como salida definitiva los Estados Unidos Socialistas de Europa; pero solo como una perspectiva en lontananza, en segundo plano, concediendo el primero a la lucha por la independencia nacional. De ahí han resbalado a deducir tácticas de concesión al objetivo nacional, en disconformidad con el objetivo socialista e internacionalista.

La táctica debe depender siempre del objetivo estratégico, y es absolutamente imposible adoptar tácticas extrañas a él sin abandonarle total o parcialmente, consciente o inconscientemente. Se ha dicho que siendo la tendencia fundamental de las masas europeas la lucha contra la opresión extranjera, los revolucionarios deberían apoyarse en la lucha nacional independientemente de las intenciones reaccionarias de algunos de sus dirigentes. En consecuencia, soporte para los grupos guerrilleros y colaboración con los representantes burgueses proaliados, tipo de Gaulle. Se ha llegado a hablar de papel revolucionario de Tito (contra su voluntad claro está), y de otros aun mas reconocidamente reaccionarios. Inducción a una táctica de objetivo nacional allí no deja de proponerse un objetivo internacional. Así pues, contradicción evidente entre el objetivo manifestado y la táctica propuesta.

En el momento en que la nacionalidad burguesa, no habiendo podido ser destruida por el internacionalismo proletario, es matada por la esclavización imperialista, no tiene nada de extraño que una considerable masa pequeño-burguesa se sienta excitada en su educación patriótica, ni que una parte de la burguesía, confiante en la victoria final de los aliados, trate de bienquistárselos azuzando la lucha contra "el opresor extranjero". Son los últimos estertores de un mundo que se va. En cuanto al proletariado, tampoco tiene nada de extraño que ejerciera su lucha principalmente contra él. Era el camino de la menor resistencia para combatir la opresión en general, ademas de que la burguesía alemana, tras la ocupación, aparecía realmente como enemigo mas poderoso e inmediato de la propia burguesía. Pero la tendencia fundamental de un movimiento no está determinada por el grado de conciencia que de él tengan las masas o el enemigo al que estén atacando en forma inmediata. Se determina en función de la salida permitida y exigida por las condiciones materiales dadas. Cualquier forma que las luchas de las masas europeas adopte, su tendencia fundamental es la revolución socialista. El deber de los revolucionarios es hacerlo aflorar a la conciencia y poner sus métodos de lucha en entera concordancia con la tendencia fundamental.

Pasando de lo abstracto a lo concreto, me parece completamente erróneo que los revolucionarios sostengan que el enemigo principal es el extranjero. Esta tendencia, desarrollada, conduce a la unidad nacional, en cualquier grado que se aplique, y aporta agua al molino de todos los de Gaulles europeos. Así como la opresión de Europa por Alemania debe ser presentada a las masas como resultado del fracaso de la revolución socialista europea, la "colaboración" del proletariado alemán con su burguesía debe ser explicada como producto de la espantosa derrota de la revolución alemana. Y a la inversa, señalando como única salida posible la revolución europea, debe aconsejarse a las masas la búsqueda de la alianza con el proletariado alemán. El "opresor extranjero" está dividido en clases. El proletariado es, a su vez, oprimido, y obligado a servir de instrumento a la burguesía alemana. Los revolucionarios deben enseñar a las masas de los países ocupados esa diferencia e inducirlas a buscar un aliado en el "extranjero proletario" contra la burguesía alemana y contra la propia. La responsabilidad por la ocupación y el terror debe ser descargada sobre ambas burguesías. La lucha contra las mismas debe ser simultánea en los países ocupados y desplegada al grito de ¡fraternidad proletaria!, ¡Estados Unidos Socialistas de Europa!

En toda lucha de masas hay un objetivo revolucionario, por muy encubierto que se presente. Cualesquiera que sean los prejuicios o las desviaciones a que la confusión de la situación las induzca, su lucha favorece al advenimiento de la revolución. Los revolucionarios deben participar en ella. Pero sin hacer la mas mínima concesión a la pretendida lucha de objetivos nacionales ni a los prejuicios de las masas. Por lo demas, estos últimos parecen haber disminuido considerablemente en los meses pasados. En Francia, la lucha contra los sirvientes franceses del nazismo adquiere proporciones cada vez mas álgidas. La tendencia fundamental socialista se impone por encima de los prejuicios. En el futuro se impondrá con mayor violencia. Los revolucionarios que no sepan trabajar con la tendencia fundamental que se manifestará mañana, no coincidiendo con prejuicios de hoy, quedarán inevitablemente rezagados y se condenan a la derrota. Saber estar en minoría es la garantía de poder triunfar con la mayoría.

Deducido del formalismo nacional, en casi todos los trabajos sobre el problema europeo se observa un dogmatismo pueril. Parece que la lucha ha de pasar forzosamente por estadios o casilleros absolutamente insoslayables; independencia nacional, asamblea constituyente y democracia burguesa, desengaño consecuente de las masas, formación de órganos de poder obrero y finalmente asalto del poder por el proletariado y Estados Unidos Socialistas de Europa. Dogmatismo producido, en general, por la extrema confusión de la situación europea y sobre todo por una subestimación de la educación revolucionaria del proletariado en aquel Continente. Pero la fachada mantenida por el terror burgués cambiará bruscamente y los pueblos aparecerán como súbitamente proyectados sobre una pantalla en grados diferentes de evolución revolucionaria. En la mayoría de países de Occidente, pese a los frenos socialistas y stalinistas, las masas llegaron a adquirir un considerable grado de consciencia revolucionaria. Intimamente, su único objetivo es el socialista. Y habiendo conocido abundantes experiencias democráticas, no es disparatado suponer que pasen bruscamente del grado actual de opresión a una situación mucho mas avanzada que la de cualquier asamblea constituyente. Ya en Italia, pese a la prolongadísima opresión fascista, la caída de Mussolini provocó la creación inmediata de auténticos órganos de poder dual. En Francia, en España e incluso en Alemania, la experiencia democrática de las masas no dejó nada que desear. Si al primer empujón revolucionario se quedó en el estadio burgués, será, mas que por ilusiones, porque la correlación de las fuerzas organizadas les sea desfavorable. Suponiendo la existencia en la Europa ilegal de un gran partido revolucionario, no sería nada utópico considerar posible el paso directo de la opresión fascista a la revolución proletaria. Evidentemente, este partido, aunque exista (la Cuarta Internacional), no posee suficiente fuerza para aspirar inmediatamente a tal empresa. Pero las masas por sí solas tienen una larguísima experiencia y una educación nada despreciable. Los cantos de sirena de la democracia burguesa les son perfectamente conocidos. Y en poniéndose a actuar seriamente, las masas no saben hacer otra cosa que incautar las fábricas y constituir comités. Es muy probable que, al primer empuje revolucionario, las masas en Francia, España e incluso Alemania, se sitúen en la dualidad de poderes. El formalismo de las consignas democráticas puede resultar extremadamente contraproducente si no se está preparado para esta probabilidad de evolución. El dogmatismo quedará aislado de la realidad. Y la dualidad de poderes en ese caso, sorprendiendo a los revolucionarios en la preparación de la asamblea constituyente, etc., se encontraría en desventaja respecto al polo del poder burgués, como ya ocurrió en la España de 1936. Razón de mas para tener en cuenta como tendencia fundamental la de la revolución socialista, ajustar a ella la táctica revolucionaria y combatir todos los prejuicios de solución nacional. La evolución práctica de la historia no es un mosaico de pasos perfectamente milimetrados. Se puede retroceder o avanzar a zancadas, porque lo fundamental no es en qué punto se encuentre la situación dada, sino en qué punto debiera y pudiera encontrarse en relación con la evolución material y con las ideas de las masas. Precisa ser un traidor para sostener que las masas europeas, principalmente las de los países occidentales, son aún democráticas. En última instancia, los revolucionarios deben hacer hincapié en la salida histórica y prever la posibilidad de una evolución radical y brusca de la situación.

Rastreando la misma táctica, mas concorde con el objetivo estratégico nacional que con el internacional, se ha ensalzado la labor de los guerrilleros e inducido a las masas a apoyarles. "Los guerrilleros no son lo mismo que los gobiernos exiliados" etc..., son "objetivamente" revolucionarios. No es posible negar, aun desconociendo casos concretos, que existan guerrillas constituidas por elementos revolucionarios o que en las dirigidas por tipos cual Broz Tito y Mikhailovich se hallen pocos o muchos, atraídos por espejismos. Pero la guerrilla no debe engañar a los revolucionarios ni mucho menos conducirles a presentarla como arquetipo de la lucha revolucionaria en las condiciones dadas por la ocupación alemana. Por su naturaleza misma las guerrillas son un fenómeno esencialmente campesino, que debe contar ademas con complicidad geográfica. En los grandes centros industriales la lucha no se puede desplegar así. La única posible es la que tiende a adquirir caracteres de masas. La batalla al enemigo de clase en general y a la burguesía ocupante en particular no será decisiva, ni importante siquiera, hasta que se libre en los grandes centros industriales. Refiriéndola a esta necesidad, la propalación de la táctica de guerrillas como método de lucha se equipara, prácticamente, a la deserción. Si los mejores elementos cogen un fusil y se largan al campo, es evidente que la lucha general del proletariado resultará considerablemente debilitada. Los nazis, sin duda, prefieren tener que habérselas con unos cuantos guerrilleros, mejor que con un movimiento de masas en los grandes centros industriales. Desde el punto de vista de la mas estricta conveniencia, considerando nada mas el resultado cuantitativo de la lucha, la mas perjudicial tanto a los nazis como a la burguesía en general, es la lucha de masas. En consecuencia, los revolucionarios deben permanecer junto a las masas y ensanchar sus luchas contra el capitalismo.

Desde el punto de vista cualitativo o político, el análisis arroja igualmente un saldo negativo para las guerrillas. Todos los grandes grupos que se conocen en el extranjero --sin exceptuar al del yugoeslavo y stalinista Tito, sino refiriéndome muy especialmente a él-- se proponen continuar el esfuerzo militar que la burguesía de su país fue incapaz de sostener al producirse el ataque germano. Su función en el conglomerado militar es la de peones del Estado Mayor anglosajón. Conectados o desconectados del centro imperialista, actúan fundamentalmente en función de los intereses de éste. Son, en potencia, un nuevo ejército imperialista de la burguesía de los países en que operan. Aparecerá innegablemente el día en que los ejércitos yankee y británicos alcancen las regiones en que operan guerrilleros. Su función militar quedará directamente supeditada al imperialismo. Sobre su base se reconstruirán las fuerzas coercitivas del estado burgués; con su participación se tratarán de extirpar los movimientos revolucionarios del proletariado y el campesinado. Esto debe ser puesto en evidencia desde ahora a fin de que las masas puedan organizarse y contrarrestar su forzosa actuación contra-revolucionaria. Tito, de quien se ha pretendido que, estando apoyado por el stalinismo ruso debería desempeñar un papel objetivamente revolucionario, se está revelando ya un instrumento mas útil a los designios anglo-sajones que al representante del rey Pedro. Es el orden lógico necesario. Teniendo por objetivo la causa nacional, se llega a la opresión del proletariado, una de las causas nacionales de la burguesía contemporánea.

Si acaso existen guerrillas de tendencias socialistas, la tarea de los revolucionarios es convencerlas de que su lucha está al lado de las masas de sus respectivos países, no matando a la improvista a unos cuantos obreros alemanes convertidos en soldados por Hitler. Ningún revolucionario debe pertenecer a una guerrilla a menos de serle absolutamente imposible la vida y el trabajo político en el medio social en el que se desarrolla la lucha de clases. Igualmente es posible que existan elementos revolucionarios en las guerrillas destinadas a constituir la base de un nuevo ejército burgués. El mismo consejo debe dárseles, y si se encuentran realmente imposibilitados de mezclarse a la lucha de masas, entonces su tarea debe consistir en preparar, para el momento oportuno, el paso de los soldados a las filas proletarias, imposibilitando la función represiva del ejército en que se encuentran. Deben tener en cuenta, en general, que se hallan en un ejército burgués que solo precisa la ausencia de los nazis para sustituirles en su lucha contra la revolución proletaria, si es que no concurre ya con ellos en el empeño. Conociendo los métodos stalinistas, puede tenerse por cierto que los amigos de la revolución proletaria serán implacablemente asesinados en el ejército de un Tito. Si, como se dice, perteneció a las Brigadas Internacionales en España, le bastará con hacer suya la conducta seguida en ellas por los jerarcas stalinistas.

Teniendo en cuenta las necesidades revolucionarias de Europa, considero mucho mas peligroso sobre-estimar que sub-estimar los matices de lucha por la independencia nacional que pueda conservar o adquirir de nuevo el movimiento revolucionario. Naturalmente, los revolucionarios deben apoyar la lucha por la independencia nacional, pero mostrando a las masas que la mejor arma de lucha es el internacionalismo proletario. Los soldados alemanes, ingleses, americanos, rusos o de cualquier otra nacionalidad, deben ser considerados como aliados posibles y hay que esforzarse en ganarlos. Acción proletaria internacional sin distinción de uniformes, contra la burguesía internacional, sin distinción de bandos. Hay que evitar a todo trance los peligros consecuentes a una sobre-estimación nacionalista de los problemas europeos. El imperialismo aliado y sus siervos de los gobiernos exilados esperan vencer los movimientos revolucionarios desviándolos de sus objetivos sociales a la caza del alemán y de algunos elementos pro Hitler. Ahí la primordialísima urgencia de señalar a las masas la salida internacional y la táctica de colaboración revolucionaria con los soldados de los ejércitos ocupantes. La propaganda revolucionaria en las filas de éstos debe ocupar atención preferente de los revolucionarios. No sirváis de matarifes a vuestra burguesía. Ya es tiempo de que los trabajadores de todas las nacionalidades actúen en común y acaben con el imperialismo. Trabajadores de los países imperialistas, no os dejéis sobornar por las migajas de pan que os arroja vuestra burguesía arrancándolas a vuestros hermanos de los demas países. El mundo debe consumar la revolución socialista o vivir aplastado bajo la bota del imperialismo. Actuemos pues en común, explotados contra explotadores. He ahí lo que me parece fundamental para la conducta de la lucha revolucionaria en Europa. Porque el peligro de derrota obrera, lo repito, proviene de una desviación nacionalista. En cuanto a las consignas democráticas intermedias, me parece innecesario referirme a ellas. Son fácilmente intercalables a condición de ponerlas en la relación debida con el objetivo estratégico internacionalista.