Contra la Corriente, n.º 14, abril de 1944 (págs. 7-10). PDF del número completo
En el número anterior de Contra la Corriente dábamos como una de las principales razones para el reconocimiento de Badoglio por Stalin, el designio de combatir la revolución italiana. Tanto los comunicados de Moscú como los de Italia misma, han confirmado sobradamente nuestra suposición.
A seguidas del reconocimiento la prensa cotidiana informó sobre un artículo publicado en el periódico ruso Izvestia en el que, al paso que se explicaba el reconocimiento como una medida destinada a dar paridad al gobierno del Kremlin respecto a Washington y Londres en los asuntos de Italia, se sugería una modificación del gabinete presidido por Badoglio. Este último, junto con la monarquía, se tambalea desde el primer día de su existencia. Las últimas noticias procedentes de la zona ocupada por las tropas anglo-americanas prometían una próxima y segura caída de la monarquía, pese a las dificultades que para la lucha política representa una población predominantemente campesina y pese a la presión reaccionaria de los ejércitos de ocupación. La sugerencia hecha por el periódico de Stalin fué como un salvavidas arrojado a la monarquía, que el mariscal fascista y verdugo de Etiopia se apresuró a recoger. ¿Qué mejor inyección de vida podía dársele a su régimen, integramente basado sobre la estructura heredada del fascismo, que la participación en él de los llamados comunistas? En consecuencia Badoglio atrapó inmediatamente el ofrecimiento y abrió las puertas de su gobierno a los representantes del partido stalinista.
Al día siguiente, el principal líder stalinista italiano, recien llegado de Moscú, frescas sus impresiones de lo que los gobernantes del Kremlin quieren y proyectan, se expresaba en estos términos: "El rey no es una persona sino una institución que no se puede cambiar hasta que termine la guerra". (Excelsior, 2-4-1944). Y al preguntarle un periodista sobre la posible colaboración de su partido con el régimen, respondió que "no tiene prejuicios contra Badoglio".
Por fortuna, las masas italianas están muy lejos de parecerse a Togliati, el jefe stalinista. Ellas sí tienen "prejuicios" contra Badoglio, una inmensa cantidad de ellos que se cifran en los veintidos años de terror y opresión sufridos bajo el fascismo sustentado por la monarquía y todos sus Badoglios. Por muchas que sean las falsas ilusiones que las masas italianas hayan depositado en los dirigentes stalinistas, su servil humillación ante la monarquía les acarreará un descrédito cierto y un menosprecio merecido. Aun conociendo el hediondo estercolero ideológico y orgánico que es el stalinismo, particularmente desde 1936, era difícil imaginar que llegase hasta la colaboración con un régimen totalmente filofascista apuntalado por la misma estructura jerárquica que Mussolini creara. Nadie podía esperar, cierto, que escrúpulos ideológicos fueron parte a impedir la colaboración del stalinismo con la monarquía. Pero sí era previsible que no se expusiera demasiado a desenmascararse desde el primer día ante las masas apoyando al amigo y heredero de Mussolini. Sin embargo, la cosa no deja lugar a dudas. En Italia Stalin ha sobrepasado con su propia dosis la abundante dosis de política reaccionaria suministrada por los aliados. El stalinismo aparece en Italia, desde ahora, a la derecha de todos los organismos obreros y frecuentemente incluso a la derecha de los burgueses liberales. Nada más perjudicial a su influencia entre las masas. Excelente política, por repercusión, para que los revolucionarios italianos abran los ojos al proletariado y conquisten su confianza.
Rodando de traición en traición, descendiendo de perversidad en infamia, el stalinismo se aproxima a su propia pérdida. Y no será, ciertamente, inadvertida y silenciosa, sino espectacular y ruidosa, una pérdida que dejará recuerdo histórico y constituirá una de las más duras y principales lecciones para el proletariado universal en su marcha hacia el socialismo. El stalinismo es un dogal puesto al cuello del proletariado, mucho más peligroso que el de la II Internacional. Su destrucción dejará en libertad las grandiosas fuerzas expansivas revolucionarias contenidas en las masas trabajadoras. Marcará el comienzo de la revolución socialista mundial.
De ahí la enorme importancia significativa de la actitud abiertamente reaccionaria adoptada por el stalinismo italiano. Por muy cretinos que sean los gobernantes de Moscú, tienen suficiente experiencia y marrullería para comprender que el apoyo a Badoglio y la monarquía compromete muy gravemente la posición de sus mercenarios italianos. Las masas, mientras esperaban de Moscú algo bolchevique, reciben repentinamente, por intermedio de un Togliati que aun conserva el trasero caliente de las mullidas poltronas usadas en el Kremlin, una zambullida en el lodazal de la monarquía y del militarismo, los dos sostenes principales del fascismo mussolinesco. Las masas comprenderán fácilmente que de Moscú y sus mercenarios no pueden esperar nada bolchevique; sí todo lo contrarrevolucionario. La política del verdadero partido bolchevique, de la IV Internacional, encontrará fácil eco y asimilación entre las masas. Stalin hace indirectamente el juego de la IV Internacional. Es la lógica del termidor iniciado allá por 1923, del bonapartismo subsecuente, de la contrarrevolución, en una palabra, de la tendencia a la restauración capitalista en la U.R.S.S. congénita al stalinismo. El stalinismo se da perfecta cuenta de que se aproxima a su propia perdida y no puede sino correr hacia ella. Nuestro deber, y a colaborar en él debemos invitar a los obreros, es precipitarlo en el abismo...
En la etapa de putrefacción alcanzada, el stalinismo es prisionero de sí mismo. Los muros de su cárcel confinan con los intereses contrarrevolucionarios de la burocracia a la que representa políticamente. Caldo en el que proliferan las tendencias a la restauración capitalista en la U.R.S.S., burocracia y stalinismo - cuerpo económico y cuerpo político - consideran la revolución mundial como un peligro mortal. Y están en lo justo. Pero ello grava con características obligadas tanto su política exterior como interior. Hablando con mayor precisión: de sus necesidades interiores se deduce su política reaccionaria en el exterior. La burocracia llega en estos momentos al punto culminante de su carrera reaccionaria, cuando deberá decidirse, bien su triunfo definitivo sobre el proletariado soviético y su consolidación como nueva burguesía, bien su derrota a manos de aquel y la continuación de la interrumpida marcha de la revolución de Octubre. Todo movimiento revolucionario, especialmente los ya amenazadores en la Europa esclavizada, constituirá un importante factor en favor del proletariado soviético. La burocracia se ve obligada a combatir descaradamente la revolución dondequiera que se presente y a buscar la alianza con los opresores, poniéndose inmediata e incondicionalmente a su servicio.
Ese es el significado verdadero, porque es el principal, del reconocimiento de Badoglio y de la oferta de colaboración con la monarquía hecha pública por los mercenarios de Stalin en Italia. Las razones dadas por el editorial de Izvestia no pueden convencer ni a los más estúpidamente stalinistas. La verdadera razón es esta: "sosténgase el capitalismo italiano incluso con la monarquía y sus cuadros fascistas si es conveniente para mantener sujetos a los trabajadores. Dense a nuestros asesinos de la G.P.U. garantías de inmunidad diplomática y nos comprometemos a hacer una buena limpia de los más peligrosos dirigentes revolucionarios". Los trabajadores y los partidos obreros italianos deben estar prevenidos y aprestarse a responder debidamente. Con el personal diplomático stalinista llegarán los falsificadores y los asesinos profesionales. En Italia y en toda Europa debe desencadenarse una campaña denunciando al stalinismo y a sus delegaciones diplomáticas como caterva de difamadores y asesinos, dirigidos contra la revolución. El caso de España no debe repetirse. Los asesinos al servicio de la contrarrevolución deben ser combatidos hasta llevarlos ante los tribunales proletarios.
Siguiendo sus necesidades reaccionarias, no sería extraño que un día próximo el gobierno de Stalin reconozca al gobierno de Franco. ¿En qué es este peor que Badoglio? Es del dominio público, aunque nada se haya dicho explícitamente, que el hombre del stalinismo español es Aranda. Pero en el caso de que la revolución amenace gravemente, el stalinismo reconocerá a Franco. Todo antes que el desencadenamiento de la revolución obrera. Con el fascismo el stalinismo es perfectamente compatible; con la revolución proletaria es completamente incompatible. Sólo pueden esperarse de él pasos cada vez más contrarrevolucionarios.