Contra la Corriente, n.º 18, agosto de 1944 (págs. 6-7). PDF del número completo
Diego Martínez Barrio, el hombre de Villanueva de la Serena, de la victoria reaccionaria de 1933, de los telefonazos a Mola y presidente de la Junta de liberación prietista, ha expresado en reciente discurso las intenciones del conglomerado que preside, con más claridad que nadie. Don Diego y los suyos quieren la república burguesa, monda y lironda, y bien proveída de fusiles, leyes de orden público, censura, supresión de mítines, prisiones gubernativas, etc., contra los intentos socialistas de proletariado y campesinado. Así lo ha expresado inequívocamente en el informe hecho ante su partido. El y los suyos no quieren una república que corra el riesgo de ser superada por la revolución proletaria. No están dispuestos a prestarse a ello, según su propia expresión.
¿Pero a quién representan el presidente de la Junta de liberación y los pocos republicanos pasas que por ahí quedan? Su clase ha estado, en bloque, junto a Franco y Falanje. El republicanismo no ha hecho más que explotar el liberalismo de la pequeña burguesía, para mejor favorecer a la grande. Esta, a su vez, le ha soportado en los momentos en que le era imposible gobernar por sí misma. En idéntica forma provisional podrá soportarlo en el porvenir. Don Diego y los suyos no pintan absolutamente nada en el conflicto social español, como sus semejantes en cualquier otro país. La disputa histórica está entablada entre proletariado y burguesía, entre capitalismo y socialismo. La inmensa mayoría de la población pesa, consciente o inconscientemente, en favor de los primeros, incluso esa pequeña burguesía a quien los Martínez Barrio y otros republicanos burgueses con penacho "socialista", o "comunista", explotan políticamente. Su cometido político no tiene aplicación sino para amansar la ira de las masas, desorganizar sus ofensivas revolucionarias, y devolver nuevamente el poder a la reacción capitalista. Y en esta tarea, impotentes los republicanos burgueses por falta material de base, necesitan imprescindiblemente el apoyo de las organizaciones obreras. Esa intención lleva la Junta dicha de liberación, como el frente popular antes y durante la guerra civil.
Pero no en balde ha sido elevado Don Diego al rango de presidente de la Junta en cuestión. Don Inda, un poquillo más consciente de lo que ocurre en España, que Don Diego, ha proveído de base material a los deseos de éste último. La Junta de Liberación tiene precisamente por objeto dar al republicanismo burgués la base de que por sí mismo carece, para rechazar la nueva ofensiva socialista de las masas españolas. Don Diego habla; Don Inda obra, e incluso deja generosamente a los republicanos en los principales puestos honoríficos. Y no digamos nada de los junteros nacionalistas stalinianos. Se encuentran a la derecha de Don Inda, de Don Diego y en cuanto Franco caiga se encontrarán mano a mano con los falanjistas rebautizados.
Pero ni Don Diego, ni Don Inda, ni Don José Stalin con todos sus mercenarios podrán alterar los términos de la disyuntiva histórica. El proletariado y los campesinos pobres tienden necesariamente a la revolución social. Su próxima ofensiva será más intensa que la pasada. Sabemos de antemano que la burguesía cuenta, como fuerzas de choque desorganizadoras de esa ofensiva, con "socialistas" y stalinistas. Los republicanos burgueses no cuentan sino como taparrabos de los primeros. El todo reside en saber si las masas se dejarán nuevamente engañar por los dirigentes pseudo-obreros, o si, combatiéndolos, lograrán crear la organización necesaria a la revolución socialista. En el segundo sentido deben actuar, desde ahora, todos los revolucionarios.