Congreso celebrado en Ginebra del 3 al 8 de septiembre de 1866. No se publicaron actas oficiales: el Consejo General anunció un informe general en tres lenguas que no llegó a salir completo, y el folleto redactado por Card solo dio algunas resoluciones. Estas actas se montan con la crónica de sesiones de Johann Philipp Becker, «Der Kongreß der Internationalen Arbeiterassociation in Genf», en Der Vorbote (Ginebra), año I, n.º 9 (septiembre de 1866), pp. 125-140; n.º 10 (octubre), pp. 141-155, y n.º 11 (noviembre), pp. 157-174, según el escaneo de archive.org; la crónica sigue el orden de las cuestiones más que el de las sesiones. Los documentos aprobados no se repiten aquí: están en 1866 Congreso de Ginebra (I Internacional), y una línea en cursiva remite a ellos, o a las Instrucciones de Marx, donde la crónica los reproduce. Los títulos de las sesiones son nuestros. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Antes de la apertura
Con este congreso ha pasado ante nosotros un acontecimiento cargado de significado, un acontecimiento que, nacido de hechos que actúan en todas partes, no puede quedar tampoco sin consecuencias históricas. Mientras el despotismo heredado y la libertad burguesa se baten en duelo de comedia (aunque el primero carga siempre sus armas con bala y la segunda solo con pólvora), mientras la concepción medieval y la moderna del mundo brindan, sin carácter, por su amistad y no paran sin embargo de darse de bofetadas cada vez que, según su doctrinarismo monárquico-constitucional, el fuego y el agua no quieren reconciliarse; sí, mientras la clase económicamente satisfecha de la sociedad —la burguesía— malbarata todos los principios en compromisos y concesiones para salvar y conservar a toda costa su derecho «legal» a explotar la fuerza de trabajo, se desarrolla, largo tiempo desatendido y menospreciado, del seno de todos los pueblos modernizados, un partido de regeneración unitario y lleno de fuerza juvenil, que ha devuelto a sus límites naturales, en una fraternidad universal, todo nacionalismo desbordado y que, reclamando la igualdad de derechos de todos los hombres que trabajan en el goce de la vida, ha enarbolado la bandera de la humanidad y de lo humano, quiere libertad, paz y justicia, y ha arrojado abiertamente el guante a toda tiranía política, religiosa y social. Sí, este partido, que en el primer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores1 anunció solemnemente su existencia ante Europa entera, tomará pronto, aunque todavía esté en su infancia, como un gigante, la dirección de la historia universal, y abrirá a la humanidad, atormentada aquí por la penuria y allá por la abundancia, las puertas del único paraíso posible en la tierra.
Intentaremos ahora una breve descripción del primer congreso anual de este partido socialdemócrata internacional, que, por apretada que salga, ocupará algunos números de nuestra pequeña revista. Podemos además anunciar desde ya a los miembros de nuestra Asociación que nuestro Consejo General, que ha recogido todos los documentos correspondientes, publicará en el plazo más breve posible un informe general en alemán, inglés y francés.2
Después de que el domingo 2 de septiembre llegaran ya la mayoría de los delegados de fuera y fueran recibidos fraternalmente en la estación y en el puerto por comisiones de las secciones de aquí, se les llevó a una cena amistosa en nuestra casa social y luego a los alojamientos particulares que se les tenían preparados. Pese a la alegría cordial, a menudo humorística, de este primer encuentro, no se había perdido de vista en absoluto la seriedad de la tarea que esperaba, y ya entonces se mantuvo la conversación más animada sobre diversas cuestiones del congreso. Ya en ella no pudo escapar a ninguno de los presentes que nuestros delegados habían traído consigo inteligencia, conocimiento de causa y facilidad de palabra, y que para fundamentar con claridad y deducir con lógica cualquier opinión no es en absoluto imprescindible haber bebido cerveza de universidad. La facilidad con que ya allí se entendía uno en tres lenguas fue para los miembros de nuestra Asociación de aquí un espectáculo imponente, que a todos les dio la tranquilidad de que la diversidad de lenguas no ofrecería dificultades notables en los debates que venían. Sí, la gente se entendía con facilidad, se tomaba cariño, y aquella noche se celebraron, por así decirlo, los esponsales mutuos de las diversas nacionalidades.
Apertura y primera sesión, lunes 3 de septiembre
Con el 3 de septiembre había amanecido el día largamente esperado. A las 9 de la mañana se reunieron en el Bastion Bourgeois los delegados de la Asociación, sus secciones de Ginebra y las demás asociaciones obreras y corporaciones de oficio. Estaban representados con sus banderas el Grütliverein,3 la Asociación Alemana de Formación Obrera, la Sociedad Alemana de Socorros en caso de Enfermedad (Concordia), las corporaciones de grabadores, ebanistas, carpinteros, cerrajeros, canteros, sastres, zapateros, fabricantes de cajas de música, tipógrafos, fabricantes de cajas de reloj y joyeros, y la Sociedad Ginebrina de Socorros Mutuos. Los guías designados para ello ordenaron entonces el cortejo que había de atravesar las calles hasta el local del congreso, en el lado opuesto de la ciudad. Delante iba la música, a la que seguían los portadores de la bandera federal suiza y de la bandera de la Asociación, y tras ellos los delegados, acompañados a ambos lados por los miembros de los comités de las secciones de Ginebra; detrás venían las diversas asociaciones obreras, cada una con su bandera en cabeza, en el orden de los números sorteados, y cerraban la marcha los miembros ginebrinos de la Asociación. El cortejo, pese a ser día laborable, que ataba a los obreros a su trabajo diario, contó, según los periódicos de Ginebra ajenos a nuestra causa, con 1500 hombres, y según los mismos periódicos avanzó, por su sencillez, con toda dignidad y solemnidad. Toda la población trabajadora estaba delante de las casas, en la calle, y en todos los rostros podía leerse la alegre participación interior. Llegados a la sala del congreso (casa Treiber, en la Terrassière),4 tomaron asiento primero los delegados y luego las distintas sociedades, en la medida en que lo permitía la sala, por lo demás amplia, y después de que dichas sociedades adornaran convenientemente el local con sus banderas comenzó la ceremonia de apertura. Primero los cantores del Grütliverein interpretaron una canción adecuada al momento, tras lo cual el ciudadano Dupleix,5 presidente de la sección romanda de Ginebra y del Comité Central de la Suiza romanda, subió al estrado, saludó con palabras cálidas a los delegados y expuso brevemente el gran fin de la Asociación Internacional de los Trabajadores:
«Pues bien —dijo—, ha llegado el día en que los obreros tratan ante Europa la cuestión de sus intereses. Demasiado tiempo hemos sufrido por el aislamiento y la dispersión de nuestra fuerza; pero la Asociación que hemos fundado nos dará el poder necesario para mejorar por fin la suerte de la clase obrera y, a ejemplo del gran ciudadano Lincoln, para destruir en Europa la esclavitud de los blancos, como se destruyó en América la esclavitud de los negros.
»A los obreros solo les han tocado hasta ahora fatigas y miseria, porque han permanecido en la ignorancia, porque han dejado a otros la defensa de sus intereses y han descuidado ocuparse de su destino de clase. El 3 de septiembre será, por tanto, un día memorable de la historia; los delegados de todas las regiones, enviados por sociedades obreras que cubren Europa, confían en el apoyo y la perseverancia de todos los obreros, pues son ese apoyo y esa perseverancia los que hacen falta para alcanzar el gran fin.
»Me siento, pues, feliz de haber sido llamado a abrir en este día el congreso obrero, y precisamente en un país de libertad, donde podemos hablar como queramos, pero donde, fieles a nuestro lema: “No hay derechos sin deberes ni deberes sin derechos”, sabremos respetar este país libre y evitaremos causarle con nuestros discursos y discusiones ciertas molestias.»
Tras un nuevo canto de la sociedad ya mencionada tomó la palabra el ciudadano Becker,6 como presidente de la sección alemana de Ginebra y del Comité Central para Alemania y Suiza, y podemos comunicar el contenido de su discurso, según notas taquigráficas, casi al pie de la letra:
¡Representantes obreros! ¡Aliados!
Me toca daros a todos, a todos los que os habéis reunido aquí de cerca y de lejos, la bienvenida fraternal. Sí, sed bienvenidos a una obra para la que seguramente habéis traído toda vuestra fuerza y vuestra luz, toda vuestra perseverancia y vuestro amor.
¿A quién de nosotros no se le ensancharía el pecho ante la solemnidad de un momento en que, por primera vez desde que la historia universal da noticia, los obreros de todos los países se tienden la mano, se tienden la mano para una acción común, para una acción en la que solo la libertad puede ser nuestro aire, solo la verdad nuestro sol, solo la justicia nuestro suelo?
¡Sí, queridos hermanos de alianza! Todos podemos estar con razón orgullosos de este día, en que la idea más elevada que haya brotado jamás del espíritu humano nos ha unido para una asociación eterna, sí, lo juramos, eterna. Y de una obra a la que ahora queremos dar el primer fundamento nadie podrá decir: es mía, es tuya, sino que de ella cada cual tendrá que decir: ¡no!, es nuestra. ¡Sí, tiene que llegar a ser propiedad de todas las clases y de todas las razas, de la humanidad entera!
Por eso, con la gran idea que a todos nos anima y sobre la que descansan santamente nuestros principios, la generación presente inaugurará una nueva época de la cultura; abrirá las esclusas a una corriente civilizadora llena de fuerza juvenil, que transformará el mundo.
Solo el egoísmo ciego es incapaz de ver que la historia quiere pasar ahora de la lucha por el yo al trabajo por el nosotros; que tiene que pasar del estado de «guerra de todos contra todos» al estado de «paz de todos para todos», y que sin ese paso a todas las conquistas de la cultura no les quedará otro destino que la ruina.
¿No ha perdido acaso la clase dominante de la sociedad moderna, en la lucha cotidiana por lo mío y lo tuyo, todo sostén moral, no ha arriado ante el «pago al contado» todas las velas de la humanidad, no ha traicionado y malvendido a menudo los principios más sagrados por menos que un plato de lentejas, y no ha sacrificado sus convicciones más íntimas por una mirada de favor?
Por eso la salvación tiene que venir de abajo; la clase obrera, el proletariado explotado, desheredado y maltratado, el «populacho» escarnecido, tiene que ser el Mesías del futuro.
¡Sí, mis valientes aliados! La redención de la clase obrera de todo mal significa la salvación de la sociedad entera de una ruina súbita. Mantengámonos, pues, firmes e inquebrantables en nuestra bandera, en la que está escrito de manera imborrable:
Igualdad de derechos de todos los hombres en el pleno goce de todos los bienes de la vida.
¡Sí, queridos hermanos! El cuerpo de todos ha de recrearse con los dones de la naturaleza, el espíritu de todos con las obras de la ciencia, el ánimo de todos con las creaciones del arte.
Pero así como sin goce de derechos no debe haber cumplimiento de deberes, tampoco sin cumplimiento de deberes puede haber goce de derechos.
Todo hombre que, con la mano o con la cabeza, hace algo útil para la comunidad, que nos prepara alimento corporal, intelectual o moral, es obrero y digno de su salario. Y todos los que estamos aquí reunidos somos sin duda obreros así.
En este punto tengo que dar salida a un sentimiento que me oprime, pues pese a esta hora que ahora nos eleva a todos tenemos que lamentar profundamente que, a consecuencia de la última guerra de rapiña y asesinato de los reyes por la gracia de Dios,7 a muchos de nuestros aliados, sobre todo en Alemania y en Italia, les haya sido imposible venir con nosotros, darnos aún más calor con el apretón de su mano fraterna y tomar parte en nuestro duro trabajo. Pero precisamente este hecho nos enseña una vez más que la clase obrera tiene todavía que poner el cuello en todas partes donde la tiranía descarga su furia; que en todas partes tiene que servir todavía con su miseria de sombra que haga resaltar con luz cegadora el brillo de la magnificencia de la gran burguesía; que tiene todavía que sufrirlo todo y ser el Lázaro de la civilización cristiana.
¡Así es, hermanos de trabajo! No somos, desde luego, «una estirpe de hermanos abandonada»: somos los abandonados de todas las estirpes de hermanos.
Con todo, no tenemos por qué desanimarnos en absoluto por nuestro pequeño número; sabemos que cientos de miles de corazones valientes laten con fuerza por nuestra causa, que están en espíritu con nosotros y bendicen nuestras obras. ¿No pusieron hace más de 500 años solo tres hombres en el Grütli los cimientos de la Confederación Suiza,8 de la Confederación sin la cual no habríamos encontrado seguramente en todo el continente europeo un palmo de tierra para desplegar libremente nuestra bandera ante el mundo, como hoy aquí? Si pensamos, queridos amigos, en que algún día también de monte en monte y de valle en valle sonará la hora de la redención, en que entonces los hijos del trabajo irán de casa en casa y de choza en choza gritando: «¡Despertad, hermanos, despertad, que amanece el gran día!», y dirán además: «Esto lo lograron nuestros padres, que fundieron (1866) en Ginebra la campana de la resurrección y nos prepararon la aguja que marca la hora de la redención»; sí, entonces, ante semejante perspectiva, tiene que llenarnos a todos un sentimiento de dicha, tiene que apoderarse de nosotros un santo entusiasmo que nos eleve por encima de todas las contrariedades del día, nos consuele de todas las miserias del presente, nos ayude a llevar toda carga y nos mantenga animosos en toda adversidad.
¡Pues bien, hermanos míos! Si nos hemos elevado así a la altura de nuestra tarea, vendrá también sobre nosotros aquel espíritu santo que nos hará fuertes para romper para siempre un triple yugo: romper el yugo de la violencia brutal tras el acero y el hierro; romper el yugo del mágico poder de la bolsa de dinero; romper el yugo de los prejuicios heredados y de la costumbre que adormece: ¡el yugo de la clerigalla!
Y por sacudirnos este último yugo tenemos que empezar si queremos hacernos capaces de romper los otros. Tenemos que ahondar primero en nosotros mismos, poner orden primero en nuestro interior y poner nuestros conceptos del derecho y nuestra moral en consonancia con los mandamientos ineludibles de nuestro gran fin.
Nuestra doctrina tiene que estar libre de todos los dogmas políticos y religiosos heredados; nuestros principios tienen que ser puros y claros como el más límpido cristal de roca; ninguna concesión, ningún compromiso debe enturbiarlos. Sí, nunca jamás podemos, como los partidos caducos, ajustar y recortar nuestras convicciones y nuestros actos al gusto de la casa y a la necesidad privada, ni dar al pueblo gato por liebre, sino que tenemos que servirle siempre alimento sano, hablarle con toda franqueza, pagarle con moneda de ley y no con hojalata y oropel.
No queremos reconocer ningún otro dios ni ninguna otra estrella polar que nuestro ideal, justificado por la razón.
No podemos reconocer otro juez que nuestra propia conciencia.
No podemos rendir culto a otra fe que la fe en la fuerza creadora del hombre y en el poder victorioso de nuestros principios.
Y ese dios y ese juez y esa fe nos harán libres, nos llevarán al reino de los cielos de la justicia universal, donde todos, todos, podremos exclamar con nuestro Schiller: «¡Abrazaos, millones!».9
Enseguida aparece en la tribuna el ciudadano Coullery,10 presidente de La Chaux-de-Fonds y del grupo de secciones del Jura de Neuchâtel y de Berna, y se expresó más o menos así:
«Nos alegra estrechar aquí en Ginebra, en nombre de los obreros de las montañas del Jura, la mano de los hermanos de cerca y de lejos.
»Tenemos que felicitarnos de que la clase obrera comprenda por fin que solo puede esperar su redención de sí misma, solo de su propio esfuerzo.
»Pero esos esfuerzos tienen que ser concordantes y estar bien dirigidos. A menudo se sirven del obrero para fines puramente políticos y para la ambición personal, porque es ignorante o porque la enseñanza que recibe en las escuelas actuales falsea sus conceptos del bien, de lo verdadero y de lo justo en lugar de desarrollarlos.
»Eso ocurre en las escuelas en las que se nos habla sin cesar de nuestros deberes, pero nunca de nuestros derechos, o en las que se nos enseña la necesaria sumisión a todo poder establecido, o se nos predica un dios de las batallas, para doblegar para siempre, con una ciencia mentirosa, al pueblo trabajador bajo el yugo que se le ha impuesto.
»Por eso hay que transformar ante todo la enseñanza y sustituirla por la Asociación, en cuya gran escuela todos los obreros aprenderán la verdadera ciencia de la vida; sí, entonces, cuando se haya extirpado la tiranía de las ideas falsas, no habrá ya tampoco tiranos.
»¡Obreros de Ginebra! Vosotros poseéis la libertad política, pero no tenéis todavía toda la libertad necesaria para establecer de verdad el reino de la igualdad, que no es otra cosa que la justicia. Habéis hecho bien, por tanto, en llamarnos a reunirnos con vosotros para discutir en libertad los intereses de nuestra libertad; y cuando llegue el día en que la poseamos por completo, todos, todos, la disfrutarán.»
Se comprende que todos estos discursos fueron acompañados de aplausos prolongados. Con una pieza de canto y de música se cerró luego la ceremonia de recepción y de apertura.
Los delegados se dirigieron entonces, junto con muchos miembros de los comités y de la Asociación de Ginebra, a una comida en común en la sala superior de la misma casa, donde comieron también juntos durante todo el congreso. Aquí todo el mundo estaba de buen humor, y la alegría llegó a su colmo cuando el ciudadano Coullery habló con mucha gracia de la oración antes y después de la comida que se usaba en el hogar paterno en sus años de niñez.
A las 2 empezó la primera sesión del congreso y, después de examinar los mandatos, se procedió a la elección de la mesa. Hasta entonces habían llegado 54 delegados, a los que se sumaron al día siguiente los de Zúrich, Wetzikon, Stuttgart y Magdeburgo. Como el ciudadano Jung,11 miembro del Consejo General y delegado de Londres (natural de Saint-Imier, en Suiza, hijo de padres alemanes), se había dado a conocer ya en la Conferencia de Londres (25-28 de septiembre de 1865)12 por su soltura en alemán, francés e inglés, pronto hubo acuerdo sobre su elección como presidente, y fue llevado a la presidencia con 45 votos. Como vicepresidentes fueron elegidos los ciudadanos Dupleix, con 45 votos, y Becker, con 47, y los demás votos fueron a los ciudadanos Coullery y Card13 (polaco). Para los cuatro secretarios fueron elegidos por unanimidad los ciudadanos propuestos: Coullery, Card, Moll (delegado por Colonia y Solingen) y Bourdon (París).
Antes de seguir con la descripción del congreso tenemos que mencionar aquí un incidente que, por insignificante que fuera en sí mismo, dio lugar a tanto ruido en los periódicos —lo que caracteriza muy bien el punto de vista del periodismo actual— que no queremos pasarlo en silencio. Cuatro jóvenes, candidatos de derecho venidos de París,14 pidieron que se les admitiera como miembros del congreso, aunque no podían presentar mandato alguno. Sostenían que tal documento no era necesario, que en un congreso internacional debía admitirse de buen grado a todo aquel que aportara al fin perseguido la convicción y el conocimiento de causa adecuados, y que tenían que protestar contra semejante despotismo de la exclusión. Insistieron incluso con ruidosa insolencia en su admisión cuando se les señaló el programa del congreso, publicado en los órganos de la Asociación y por separado en muchos miles de ejemplares, y se les hizo comprender que no se trataba aquí de un congreso general, sino del congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, y precisamente por medio de los representantes de sus secciones. Pero pese a todas las razones objetivas que se les dieron, siguieron alborotando con una desvergüenza15 como si de verdad buscaran que los pusieran en la puerta por la fuerza, hasta que por fin se consiguió sacarlos de mejor manera del recinto cerrado de los asientos de los delegados, en el que se habían metido sin derecho, saltándose todas las disposiciones. Estas gentes, que habían llegado a Ginebra antes que todos los delegados, ya el domingo 1 de septiembre, y a las que ya el 2 de septiembre se les hizo saber del modo más terminante que, en tales circunstancias, era imposible admitirlas como miembros del congreso, no se avergonzaron, después del incidente referido, de presentarse todavía el lunes por la noche en el local de la Asociación, al que solo tienen derecho a entrar los miembros y los amigos invitados por ellos, para provocar allí repetidos tumultos insultando a personas y a las disposiciones del congreso, hasta que por fin se les echó categóricamente. Se dedicaron entonces a la sospecha y la calumnia en los cafés, en la explanada del local del congreso e incluso en las calles, y no es de extrañar que en el público se expresara pronto la opinión general de que se trataba de espías de la policía francesa, de saboteadores pagados del congreso. Sí, estos señores solo tuvieron que agradecer a las continuas exhortaciones de los miembros del congreso que no se les tratara como tales con la rudeza debida. Pero frente a la indulgencia y los miramientos que se tenían con ellos, su insolencia injuriosa no hizo más que crecer. En la sesión del jueves, desde los asientos del público, adonde se les dejó entrar pese a todo con liberalidad, volvieron a pedir la palabra a gritos, lo que llevó repetidamente a un tumulto prolongado, hasta que el propio público, sin llegar a maltratarlos, los hizo salir de la sala con indignación unánime. Despedidos así en todas partes con vergüenza, buscaron entonces, para desahogar su despecho, ya fuera por la vanidad herida de no poder colocar su sabiduría o por no poder alcanzar ciertos fines, refugio en la loable prensa diaria, y encontraron de verdad en el Journal de Genève, órgano de la vieja aristocracia ginebrina, un digno intérprete de sus nobles sentimientos.
A esta encanecida hoja aristocrática, que mientras no supo bien adónde quería ir a parar el congreso internacional se había mostrado de lo más amiga de los obreros, le vino ahora tanto mejor esta ocasión de desahogar su pecho oprimido sobre las cosas terribles que podían venir, cuanto que podía hacerlo con «aire imparcial», a cubierto tras la responsabilidad de las voces de terceros. Y entonces, sí, cuando los debates del congreso ya habían terminado y sus miembros ya se habían marchado, se procedió a placer a deformar los hechos y se echó mano de las armas cobardes de la mentira y la calumnia. ¡Y viva la fiesta! Esta noble historia fue (por no hablar de la prensa oficial y oficiosa, que no solo deja de hacer lo que se le prohíbe, sino que solo hace lo que se le manda) para toda la escribanía periodística de la gran burguesía y de la pequeña, conservadora, liberal y radical, salvo algunas honrosas excepciones, un bocado exquisito, y fue rumiado con deleite desde los Alpes hasta más allá del mar del Norte y del Báltico. Resultó que la Asociación Internacional de los Trabajadores había caído aquí en el bonapartismo y allá en el orleanismo (¡qué bien riman!), y para coronar la canallada con una perfidia quedaban todavía por «revelar secretos ocultos (!)». Como no había manera de silenciar así como así el gran fenómeno de una asamblea obrera internacional, se recurrió de buena gana a un plato de olor fuerte para alimentar al curioso público lector, aunque fuera menospreciando su gusto y su juicio, con una ensalada de arenques bien aderezada. Para el postre se supo servir además, no para aliviar sino para reforzar la resaca general, algunas bagatelas, es decir, naderías con floreos de oropel, como esta: «La participación de la población ginebrina en el congreso obrero tiene que ser muy escasa, puesto que ninguna sociedad musical de allí se ofreció a tocar gratis». Pero ¿cómo es la cosa? Aparte de las dos bandas de la milicia, de las que se recluta una «fanfarria», que estaba ya ocupada en la exposición agrícola que se celebraba al mismo tiempo, no hay en Ginebra ninguna sociedad de música de viento. Y a las «bandas de música» forasteras, que en verano suelen venir en gran número a Ginebra y que tienen que mantenerse ellas y sus familias en su tierra, no se les podía pedir de verdad que tocaran gratis. La fanfarria de la vecina localidad francesa de Ferney,16 compuesta por obreros, que se había ofrecido voluntariamente a participar, se vio impedida de hacerlo por una prohibición del subprefecto de Gex, y además se le retiró, por tan indecoroso propósito, una subvención anual de doscientos francos. (Al señor subprefecto imperial, por lo visto, además del «secreto oculto», le estaba oculto también el que no lo está: que la Asociación Internacional es «bonapartista».) Así están las cosas con lo accesorio convertido en principal en la historia de la música. Pero los periódicos tenían también que anunciar una historia de banderas de la mayor importancia: «El congreso hizo su excursión en un vapor francés y bajo bandera francesa, mientras el Wilhelm Tell estaba tranquilamente en el puerto», tal fue el reproche de periódicos suizos, que naturalmente tuvo eco también en Alemania. Si el Wilhelm Tell estaba tranquilamente en el puerto no lo sabemos; solo sabemos que la compañía francesa de vapores en cuestión, probablemente porque la hora de la excursión era la que mejor encajaba en su horario habitual, pedía con mucho el precio más barato, lo que tenía que ser decisivo para la pobre clase obrera, a la que no se acude de buena gana, como a la rica burguesía para sus fiestas y sus congresos nacionales e internacionales, con subvenciones municipales y estatales. En cuanto a las banderas, el capitán al mando hizo izar en cuanto se subió al barco la bandera federal suiza, la norteamericana, la inglesa, las de todos los cantones suizos y la roja de la Asociación Internacional de los Trabajadores, que lleva la inscripción «No hay derechos sin deberes, no hay deberes sin derechos», esta última en lo alto del palo mayor. Si los señores redactores de periódicos o sus señores corresponsales hubieran honrado a la Asociación Internacional de los Trabajadores con una sola mirada a la sala del congreso, habrían visto enseguida cómo se las había arreglado esta con el asunto de las banderas; pues allí, aparte de las banderas de las asociaciones, en su mayoría indiferentes, solo estaban desplegadas, junto a la de la Asociación, la suiza y la norteamericana, es decir, las de las dos repúblicas. Si sobre cosas que saltan a la vista se permiten tales tergiversaciones malintencionadas, ¡qué no pasará cuando se trata de ideas y de conceptos! Haber navegado en un barco privado francés y, de paso, bajo bandera francesa solo podía resultar sospechoso, en un congreso internacional, a gentes conscientes de su propia falta de principios y de carácter. Para dar más credibilidad a sus informaciones, algunos periódicos fueron incluso tan escrupulosos que aparentaron tener corresponsales propios en el lugar, mientras que a la «crónica», llena de deformaciones, errores y confusiones de personas y de funciones, se le notaba en un instante que tal «corresponsal» no podía haber estado siquiera en Ginebra, y mucho menos haber puesto el pie en la sala del congreso.
Así es como hoy, en los círculos dominantes y que marcan la pauta, e incluso allí donde se pretende tener la alta misión de no exponer al pueblo más que lo verdadero y lo auténtico, todo se falsifica y se adultera, no solo el vino y el pan, sino también las convicciones y la palabra, y todo ello para hacer su negocito diario y acallar con la satisfacción del estómago la voz de la conciencia. Y si de vez en cuando una honorable redacción de periódico, con condescendiente benevolencia, dedica una columna a la gran cuestión obrera, por encima de la cual ha mirado con desdén durante años, y da conmovida un consejo de abuela, pero prueba desde la primera línea que no entiende ni jota del asunto, adopta con ello sin embargo el aire pretencioso de quien espera que la clase obrera recoja del polvo del suelo, con agradecimiento rendido, la limosna de una moneda falsa que así se le arroja.
Pero volvamos, tras esta digresión que se nos ha impuesto, a nuestro congreso, donde, a la vista de la causa sagrada y de la concordia de quienes la profesan, nos será fácil elevarnos alegremente por encima de la basura arrojada desde fuera.
Como ya hemos dicho que los documentos de las actas han salido para Londres para la redacción de un informe general oficial, no podemos entrar en el detalle de las sesiones, sino solo describir los hechos a grandes rasgos y comunicar las resoluciones más importantes. El lunes solo se fijaron todavía el orden del día y las horas de sesión (de 9 a 12 y de 2 a 5), y se decidió además que las sesiones de la mañana, dedicadas a los asuntos administrativos internos de las secciones y de los grupos nacionales, serían reservadas, y las de la tarde, públicas.
Sesiones del martes 4 y del miércoles 5 de septiembre
Después de despachar en la primera sesión del martes algunos asuntos administrativos y de escuchar con mucho interés los distintos informes de las secciones nacionales, se pasó a la lectura de las memorias presentadas por las delegaciones inglesa, francesa y alemana sobre las cuestiones del congreso fijadas por la Conferencia de Londres (25-28 de septiembre de 1865).17 La memoria alemana la conocen nuestros lectores, y de la inglesa y la francesa daremos las traducciones en el próximo Vorbote. La unidad de ideas, la coincidencia de convicciones en los puntos principales de estos trabajos, fueron una sorpresa alegre, e incluso fortificante y edificante: mostraron cómo, cuando se perciben bien los hechos que actúan en muchos lugares pero a la vez, nacen en todas partes los mismos pensamientos, que se encuentran, y en ello hay a la vez una garantía de la armonía de los actos. Las lecturas continuaron también en la sesión de la tarde, y el miércoles por la mañana se pasó a la discusión del primer punto, es decir, la organización definitiva de la Asociación. Pronto hubo acuerdo en nombrar una comisión de trece (5 franceses, 3 ingleses, 2 suizos y 4 alemanes)18 para redactar los estatutos generales sobre la base de las disposiciones provisionales de Londres (25 de septiembre de 1864).19 La comisión despachó ese trabajo, aunque no sin discusiones acaloradas, en dos horas, y lo presentó a la sesión de la tarde redactado en alemán, francés e inglés. Aquí, después de leerlos primero en su conjunto, se pusieron a discusión artículo por artículo, y fueron todos aprobados por unanimidad, en parte tras debates violentos, como sigue:
El texto francés de los estatutos generales aprobado por el congreso está en Estatutos generales (5 de septiembre de 1866); el informe da la siguiente versión alemana:20
Estatutos generales.
Considerando que la emancipación de la clase obrera tiene que ser conquistada por la propia clase obrera;
que la lucha por la emancipación de la clase obrera no significa una lucha por privilegios y monopolios de clase, sino la lucha por derechos y deberes iguales y por la abolición de toda dominación de clase; que el sometimiento económico del hombre del trabajo a quien monopoliza los medios de trabajo, es decir, las fuentes de la vida, está en la base de la servidumbre en todas sus formas, de toda miseria social, de toda degradación intelectual y de toda dependencia política;
que la emancipación económica de la clase obrera es, por tanto, el gran fin al que todo movimiento político tiene que subordinarse como medio; que todos los esfuerzos hacia ese gran fin han fracasado hasta ahora por la falta de solidaridad entre las múltiples ramas del trabajo de cada país y por la ausencia de un lazo fraternal de unión entre las clases obreras de los distintos países; que la emancipación de los obreros no es un problema local ni nacional, sino un problema social que abarca todos los países en los que existe la sociedad moderna, y cuya solución depende de la cooperación teórica y práctica de los países más avanzados;
que el actual renacimiento simultáneo del movimiento obrero en los países industriales de Europa despierta, por un lado, nuevas esperanzas, y por otro advierte solemnemente contra la recaída en los viejos errores e invita a combinar sin demora el movimiento, hasta ahora inconexo;
por estas razones, el congreso reunido en Ginebra del 3 al 9 de septiembre declara que la Asociación Internacional de los Trabajadores, así como todas las sociedades e individuos que se adhieran a ella, reconoce como principio rector la verdad, la justicia y la moral en su trato y relación con todos los hombres, y ello sin distinción de color, de creencia ni de nacionalidad.
El congreso considera un deber reclamar los derechos del ciudadano y del hombre no solo para sí, sino también para todo aquel que cumple su deber.
«No hay derechos sin deberes, no hay deberes sin derechos.»
En este sentido y con este espíritu, el congreso ha adoptado definitivamente los siguientes estatutos para la Asociación Internacional de los Trabajadores:
La Asociación se funda para ofrecer a las sociedades obreras que existen en distintos países y tienden al mismo fin, a saber, la protección, el progreso y la emancipación completa de la clase obrera, un punto central de comunicación y de cooperación;
El nombre de esta sociedad será: Asociación Internacional de los Trabajadores.
El Consejo General estará compuesto por obreros pertenecientes a los distintos países representados en la Asociación Internacional. Nombrará de su propio seno a los funcionarios necesarios para la gestión de los asuntos: un presidente, un cajero, un secretario general y secretarios corresponsales para los distintos países. El congreso fija cada año la sede del Consejo General, elige a sus miembros y fija la fecha y el lugar de la reunión del congreso siguiente. Los delegados se reunirán, pues, de pleno derecho en la fecha señalada, y sin invitación especial, en el lugar donde haya de celebrarse el congreso. En caso de necesidad, el Consejo General puede cambiar el lugar de la reunión, pero sin poder aplazar la fecha en que haya de reunirse el congreso.
En sus reuniones anuales, el congreso general recibirá un informe público de las actuaciones del Consejo General. En caso de necesidad, este podrá convocar el congreso general antes del plazo anual ordinario.
El Consejo General constituye el vínculo internacional entre las distintas asociaciones que cooperan, de modo que los obreros de cada país estén siempre informados de los movimientos de su clase en todos los demás países; que se haga una investigación sobre el estado social de Europa simultáneamente en los distintos países y bajo una dirección común; que las cuestiones de interés general planteadas por una sociedad se discutan en todas las demás, y que, cuando sean deseables medidas prácticas inmediatas, por ejemplo en caso de conflictos internacionales, la acción de las sociedades asociadas sea simultánea y uniforme. Siempre que lo crea conveniente, el Consejo General tomará la iniciativa de dirigir propuestas a las distintas sociedades internacionales o locales.
Publicará un boletín para facilitar sus comunicaciones.
Como el éxito del movimiento obrero en cada país solo puede asegurarse por el poder de la unidad y la combinación, mientras que, por otro lado, la utilidad del Consejo General internacional dependerá en gran parte de que tenga que tratar con unos pocos centros nacionales de las asociaciones obreras o con un gran número de sociedades locales pequeñas y dispersas, los miembros de la Asociación Internacional no ahorrarán esfuerzo para unir las sociedades obreras dispersas de sus respectivos países en cuerpos nacionales representados por juntas centrales. Se entiende, sin embargo, que la aplicación de este artículo depende enteramente de las leyes particulares de cada país, y que, aun prescindiendo de los obstáculos legales, toda sociedad obrera independiente puede mantener correspondencia directa con el Consejo General.
Todo miembro de la Asociación Internacional que traslade su domicilio de un país a otro recibirá el apoyo fraternal de los obreros asociados; este consiste:
a. En el derecho a informarse de todo lo que concierne a su oficio en el lugar al que se dirija;
b. En el derecho al crédito en las condiciones fijadas en el reglamento de su sección y por el importe que esta garantice.
- Todo hombre que reconozca y defienda los principios de la Asociación Internacional de los Trabajadores puede ser admitido como miembro.
Se entiende que cada sección es responsable de las admisiones que haga.
Cada sección es soberana y tiene derecho a elegir a sus miembros corresponsales ante el Comité Central de su grupo nacional.
Aunque unidas para una cooperación fraternal, las sociedades obreras que se adhieren a la Asociación Internacional conservan intactas su independencia y su organización anterior.
Todo lo no previsto en los presentes estatutos lo determinarán reglamentos que el congreso podrá revisar en cada ocasión.
En la misma sesión se eligió una comisión de cuatro (Coullery, Eccarius,21 K. Bürkli22 y Fribourg23) para redactar unas disposiciones reglamentarias como apéndice de los estatutos generales arriba citados. El proyecto de esta comisión se leyó en la sesión de la mañana del viernes en las tres lenguas mencionadas y, tras una discusión artículo por artículo, a menudo animada, fue aprobado casi por unanimidad, con modificaciones no esenciales, en la redacción siguiente:
Sigue en el informe el texto de las «disposiciones reglamentarias»; véase Reglamento (8 de septiembre de 1866).24
(Continuación.)
Así pues, pese a la dificultad de llevar los debates en tres lenguas, gentes del estado obrero despacharon en dos sesiones los asuntos principales. ¡Cuántas veces vemos en distintos países asambleas constituyentes y legislativas de los «más sabios» de una nación pelearse durante muchos meses, en su única lengua materna, por un logro semejante! ¿En qué asamblea se ha visto jamás que hombres que nunca se habían visto, que apenas habían oído hablar unos de otros, dirigiéndose la palabra en una lengua extranjera, se hayan puesto de acuerdo tan deprisa para llevar a cabo una obra común ante la que el mundo parlamentario tiene que quitarse el sombrero? Ahí hay para la clase dominante de la sociedad un verdadero enigma, cuya solución solo puede encontrarse en la comunidad de ideas, de intereses y de sentimientos que anima y agita a los obreros de todas las nacionalidades. Por acalorada y violenta que fuera a menudo la disputa en nuestro congreso, nunca salió de los labios de ningún delegado una palabra que pudiera herir de algún modo la delicadeza de un compañero o, en general, el decoro público. Y sin embargo se era a la vez audaz, libre y fresco; pero también lleno de conocimiento de causa y de tacto.
En el tratamiento de los principios rectores de la Asociación, tal como están recogidos en las memorias ya mencionadas, alcanzó el congreso su punto culminante, del que queremos dar cuenta ahora con alegría. De momento solo anotamos todavía que durante el congreso llegaron al Comité Central de aquí, y fueron leídas e incorporadas a las actas, cartas de adhesión de los siguientes nombres, en parte muy conocidos, y asociaciones obreras: de los ciudadanos Louis Büchner,25 de Darmstadt, autor de Fuerza y materia; F. A. Lange,26 escritor de economía social; el profesor Heinrich Wuttke,27 de Leipzig; Martini, abogado en Kaukehmen; Beust, maestro, y August Ladendorf, en Zúrich; W. Vogel, maestro de distrito en Rheinfelden; de la Asociación Obrera de Perfeccionamiento de Augsburgo, del Comité Central de 44 asociaciones obreras italianas de Milán y de todas las secciones que esta vez no pudieron enviar delegados al congreso. También antes y después del congreso llegaron al Comité Central cartas de aprobación de sociedades y de personas, sobre todo lo cual volveremos más adelante con detalle.
Antes de volver a la descripción de los debates del congreso, tenemos que advertir que el orden del día para la discusión de los principios que guían a la Asociación y determinan sus fines, publicado en alemán y en francés por los comités centrales de Ginebra, sufrió cambios importantes en la sesión del miércoles por la mañana (mientras la comisión de trece estaba ocupada en otra cosa). Las cuestiones se trataron entonces en el orden en que estaban dispuestas en la memoria del Consejo General y presentadas por la delegación inglesa.28 Con ello desaparecieron algunos puntos, o se discutieron junto con otros con los que están unidos por su naturaleza. Esto era tanto menos un defecto cuanto que el Consejo General, con sus propuestas y consejos, bien cribados en la práctica y redactados con la mayor concisión, iba directamente al fondo del asunto, con lo cual además los debates se abreviaron considerablemente. Solo que el orden de las cuestiones seguido en las memorias de las demás nacionalidades ya no casaba con el fijado en ella, por lo que a veces se produjeron malentendidos, ciertamente pasajeros. Entretanto, la delegación alemana y germanosuiza, que todas las noches, junto con miembros del Comité Central de Ginebra, para arreglar asuntos internos y discutir una actitud común en los debates del congreso, sobre todo para evitar que se alargaran, había tomado la decisión siguiente:
Renunciar a la lectura de su memoria, a condición de que este trabajo se incorpore a las actas y se dé así a conocer en el informe oficial a las secciones de las demás nacionalidades.
Pasar a la lectura de algunos de sus apartados solo cuando parezca provechoso al discutirlos.
Hacerla firmar por todos los miembros de la delegación antes de entregarla a las actas.
Sumarse al punto de vista de la memoria inglesa, pero tomar la palabra en su favor solo si no le pareciera suficientemente asegurada la mayoría de votos.
La actitud de los delegados de habla alemana en el congreso puede juzgarse, por tanto, sobre todo según el sentido de esta decisión.
Si comparamos la naturaleza de las distintas memorias, encontramos que la alemana tiene más carácter de propaganda: trata de despertar y armonizar de manera destacada, mediante el planteamiento de un ideal adecuado de aspiración humana, junto a las necesidades corporales e intelectuales, también las afectivas y morales, de satisfacer la sana inclinación de cada cual y de llenar al hombre entero; en una palabra, pone como condición previa atraer primero a las masas obreras y hacerlas entrar en el círculo del movimiento. La memoria inglesa, en cambio, da ya por supuesta esa incorporación, se presenta ante gentes que tienen ya el conocimiento adecuado, se dirige sin rodeos al entendimiento sobrio y, con gesto seco, pone enseguida manos a la obra. Las relaciones industriales más avanzadas de Inglaterra, los hechos que allí, en la gran lucha cotidiana entre el capital y el trabajo, hablan más alto a los obreros, pueden muy bien justificar el modo de proceder del Consejo General de Londres. En cuanto a la memoria francesa, flota en medio de las dos anteriores; solo que está innegablemente cohibida por un sentimiento de inquietud ante el despotismo de su país y a veces, probablemente para no comprometer la existencia de la Asociación, evita sacar las conclusiones debidas, y prefiere callar, para no falsear ningún principio y salvar su convicción, lo que en tales circunstancias no le parece oportuno decir por completo. Pero en el conjunto de estos tres trabajos distintos se muestra, como ya hemos dicho, en lo que toca a los principios fundamentales, al modo de actuar y a los fines últimos, una coincidencia sorprendente.
Aunque el primer punto de la memoria inglesa había quedado en gran parte resuelto con la redacción y aprobación de los reglamentos ya comunicados (Vorbote n.º 9), queremos sin embargo añadirlo aquí para que nuestros lectores entiendan mejor el documento entero:
1) Organización de la Asociación Internacional de los Trabajadores
Sigue en el informe el texto del punto 1 de las Instrucciones del Consejo Central (organización de la Asociación Internacional); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.
En cuanto a las sociedades de socorros mutuos, no se discutieron hasta la última sesión, y volveremos sobre ellas en el lugar oportuno.
Tenemos que añadir aquí todavía, sin embargo, que en la deliberación sobre el artículo 8 de los estatutos generales, que determina el modo de admisión de los miembros de la Asociación, se encendió un debate acalorado. Delegados franceses (Fribourg, Tolain29) propusieron, en efecto, añadir: «Solo los trabajadores manuales pueden ser admitidos como miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores», lo que fue apoyado por delegados de Ginebra (Dupleix, Rau), pero combatido con decisión por los ingleses, alemanes y suizos (Odger,30 Cremer,31 Eccarius, Carter,32 Schlaifer, Coullery, Hoppenworth, Vuillemier, Becker), y finalmente rechazado por gran mayoría. Por último, el artículo 8 recibió por unanimidad su redacción actual.
El congreso pasó todavía en la misma sesión (el miércoles por la tarde) a tratar el asunto siguiente:
2) Unión internacional de los esfuerzos, por medio de la Asociación, en la lucha entre el trabajo y el capital
Sigue en el informe el texto del punto 2 de las Instrucciones del Consejo Central (unión internacional de los esfuerzos en la lucha entre el trabajo y el capital, con el esquema de la investigación estadística); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.
Aunque estas propuestas fueron acogidas con aplauso por todas partes, varios oradores (Coullery, Card, Tolain, Fribourg y Becker) creyeron sin embargo que la huelga (grève), que se metió en este debate, por legítima que sea, no debía recomendarse en modo alguno a los obreros como medio de mejorar su situación, sino que ese fin solo podría alcanzarse sustituyendo el salario del trabajo por el producto del trabajo y, de momento, con más éxito seguramente mediante la fundación de cooperativas de producción, en reciprocidad y responsabilidad solidaria. Declararon que la huelga, en ciertos casos, en la lucha del trabajo con el capital, es sin duda un medio de guerra necesario, que a menudo pone límites a la codicia desmedida de los patronos en la rebaja de los salarios y el aumento de las horas de trabajo, acostumbra a los propios obreros a la acción común y a veces los lleva a la asociación de producción. Después de que en este sentido se añadiera a la redacción inglesa del artículo 2 una frase final formulada por Dupont,33 delegado del Consejo General, fue aprobada por unanimidad y se levantó la sesión.34
Sesiones del jueves 6 de septiembre hasta la clausura
La sesión del jueves por la mañana fue pública, como ya todas las siguientes, porque los asuntos administrativos de la Asociación habían quedado despachados ya el miércoles por la mañana.
Dejamos seguir ahora los asuntos debatidos según la memoria inglesa, aunque solo sea por su conexión lógica, sin atenernos exactamente al momento de las sesiones:
3) Limitación de la jornada de trabajo
Sigue en el informe el texto del punto 3 de las Instrucciones del Consejo Central (limitación de la jornada de trabajo); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.
Sobre este artículo se encendió, de manera del todo inesperada, una discusión muy viva. Algunos delegados parecían creer que, si se aprobaba, ningún miembro de la Asociación podría aceptar ya un empleo de más de 8 horas de trabajo. Vuillemier y Coullery (La Chaux-de-Fonds), apoyados por algunos delegados franceses, opinaron que debían adoptarse como cifra normal 10 horas de trabajo.
Odger defendió con energía y habilidad la propuesta del Consejo General y dijo: «Si un aumento de salario es importante, una reducción de la jornada a 8 horas lo es todavía mucho más, y debería adoptarse como estandarte de los obreros del mundo entero. Robert Owen35 decía que, si cada miembro de la sociedad trabajara su parte, bastarían 3 horas de trabajo para producir todo lo necesario para la vida. Hasta ahora los obreros de salarios altos se han preocupado poco de la suerte de los demás. En adelante hay que hacer lo contrario. Es sobre todo la suerte de los obreros de salarios bajos la que tiene que ocuparnos, y tenemos que establecer la solidaridad entre todos. Es difícil fijar un salario mínimo, pero ante la reducción de la jornada a 8 horas no podemos vacilar». Cremer se expresó en el mismo sentido y señaló en particular el gran movimiento de Norteamérica por las 8 horas, donde estaba en camino de ser reconocido por la ley. También en Inglaterra esta cuestión había prendido en todo el mundo obrero, y él mismo había sido encargado de hacer una gira de propaganda en su favor. En algunas grandes manufacturas los obreros se habían puesto de acuerdo para trabajar solo 9 horas en lugar de las 10 legales de ahora, y se habían conseguido 9 y media. Si se hubieran pedido 8 horas, seguramente se habrían obtenido ya 9. Era absolutamente necesario que la Asociación Internacional de los Trabajadores se sumara con todas sus fuerzas a este movimiento. Varios delegados franceses y suizos hablaron en el mismo espíritu. Becker declaró en nombre de la delegación alemana y germanosuiza que las 8 horas de trabajo figuraban desde hacía mucho, y razonadas, en su programa, pero que, para no alargar inútilmente los debates, sobre todo por la interpretación a varias lenguas que eso hacía necesaria, renunciaban a leerlo y se sumaban por completo a la propuesta del Consejo General. Para disipar del todo los reparos expresados todavía por Coullery, Bütter y Murat,36 Odger volvió a tomar la palabra y mostró de qué manera espeluznante abusaron los fabricantes de la fuerza de trabajo en Inglaterra en los tiempos del trabajo de 15 horas, cómo los capataces andaban con el látigo para despertar a golpes a los niños agotados por el esfuerzo, y cómo solo la ley, la ley de las 10 horas,37 pudo poner coto a ese desafuero y a ese abuso. Subrayó además, a modo de advertencia, que si los obreros europeos, renunciando a todo desarrollo intelectual, se resignaban a la barbarie de una jornada más larga, los obreros de Norteamérica tendrían que rechazar toda comunidad con ellos y procurarían sin duda obtener un arancel más alto contra la competencia de los productos de la esclavitud blanca. En nombre de la concordia y la solidaridad había que adoptar como principio las 8 horas de trabajo. Bürkli (Zúrich y Wetzikon) describió con dureza los lamentables abusos de los grandes distritos industriales de Suiza y pidió con decisión que se aprobara el artículo. También recomendaron sin reservas su aprobación Schlaifer (Asociación de Formación Obrera de Lausana), Hoppenworth (de la misma asociación de Ginebra), Peter (sección alemana de La Chaux-de-Fonds) y Müller (Stuttgart).
La delegación francesa resumió entonces su punto de vista en esta cuestión con la siguiente propuesta de resolución:
«1) El hombre solo es libre a condición de desarrollar sus facultades; por consiguiente, toda prolongación del trabajo que le impida ese desarrollo debe condenarse como contraria a la naturaleza y a la sociedad.
»2) Desde ahora consideramos que la jornada de 8 horas diarias basta para producir todo lo necesario para la vida.
»3) La Asociación tiene que hacer todos los esfuerzos para asegurar la contrapartida de toda actividad, fijando un mínimo de salario por el servicio que con ella ha prestado el individuo a la comunidad.»
Con esto se cerraron los debates sobre este asunto, y la resolución del Consejo General fue aprobada por unanimidad, junto con la francesa.
4) El trabajo de las mujeres y de los niños
Sigue en el informe el texto del punto 4 de las Instrucciones del Consejo Central (trabajo de los jóvenes y de los niños de ambos sexos); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.38
Enseguida Coullery pronuncia un discurso de cálida efusión en favor de la emancipación de las mujeres. Hace una pintura conmovedora de la triste situación del sexo femenino en la sociedad actual: cómo las muchachas son entregadas de manera fatal, casi sin escapatoria, a la prostitución, lo que señala el lado más espantoso de la condición proletaria. En un cuadro sombrío demuestra lo insuficientes que suelen ser los medios de subsistencia que las mujeres pueden ganar con el trabajo que se les asigna, lo que conduce tanto más a la desmoralización cuanto que a menudo se las carga con trabajos pesados para los que no están hechas, con lo que se las aparta de su naturaleza y caen tanto más fácilmente en los lazos de la clase de los parásitos. «El lugar de las mujeres —exclamó— está en el hogar, en medio de sus hijos, a los que tienen que vigilar e infundir los primeros principios. Su misión es grande; si les asignamos el lugar que les corresponde, si las sustraemos a las influencias perniciosas, serán un apoyo de la libertad y de la democracia.»
Bütter (Magdeburgo) se expresa en el mismo sentido y, para reforzar su opinión, pasa a leer el artículo correspondiente de la memoria alemana (Vorbote n.º 3, p. 44). «Sí —concluye—, a los dos sexos les interesa asegurar a la mujer una posición honrosa. ¡Haced posible a todo hombre adulto, mediante una organización racional de la sociedad, fundar una familia, y la prostitución desaparecerá por sí sola!»
Chemalé,39 Tolain y Fribourg, de la delegación francesa, proponen la siguiente redacción:
«Desde el punto de vista físico, moral y social, el trabajo de las mujeres debe ser condenado como principio de degeneración y como uno de los resortes de la desmoralización de la clase capitalista.
»La mujer ha recibido de la naturaleza tareas determinadas: su lugar está en la familia; a ella le corresponde dar a los hijos la primera educación. Solo la madre es capaz de esta tarea.»
Constatan además, con datos estadísticos, la mortalidad de los niños privados de los cuidados maternos; cómo solo la madre es capaz de dar una base moral a la educación de los hijos y de formar hombres dignos. La mujer sería el lazo que une al hombre al hogar, lo acostumbra al orden y suaviza sus costumbres. «Esos son —concluyen— los servicios que la mujer tiene que prestar, el trabajo que tiene que hacer; imponerle otros es una mala cosa.»
Varlin40 y Bourdon (París) son de otra opinión y proponen la siguiente resolución:
«La falta de instrucción, el exceso de trabajo, la retribución demasiado baja y las malas condiciones de salubridad en las manufacturas son hoy, para las mujeres que trabajan en ellas, las causas de su decadencia física y moral; estas causas pueden suprimirse con una mejor organización del trabajo, es decir, con la cooperación. Hay que procurar que el trabajo que la mujer necesita para ganarse la vida se adecúe mejor a sus fuerzas, pero no quitárselo.»
Aunque esta propuesta, enlazada con la anterior, se ajusta más a las circunstancias presentes y concilia también con la del Consejo General, no fue ella, sino la de Chemalé y Tolain, la que obtuvo la mayoría de votos.
En cuanto al trabajo de los niños, Dupont criticó la situación del aprendizaje en Francia, donde existe, sí, una ley sobre ello, pero que en su aplicación es todavía peor que en sí misma. Un muchacho entregado por tres años a un maestro que abusa de sus servicios no aprende por lo general su oficio, sino que su verdadero aprendizaje no suele empezar hasta que deja de ser aprendiz. Había que reorganizar el aprendizaje y la enseñanza escolar, y hacer que la formación escolar y el aprendizaje del oficio marcharan juntos. Había que fundar centros donde la enseñanza teórica y la práctica se unieran en una sola.
Se declara entonces cerrado el debate sobre esta cuestión, y la propuesta del Consejo General, junto con todas las proposiciones que concuerdan con ella, se aprueba por unanimidad.
5) Trabajo cooperativo
Sigue en el informe el texto del punto 5 de las Instrucciones del Consejo Central (trabajo cooperativo); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.
Mencionamos aquí de paso que cada uno de estos artículos se leyó solo en alemán y en francés, y no en inglés, porque los ingleses ya los conocían, pero que todo lo que se dijo o propuso a favor y en contra se interpretó siempre a las demás lenguas, ya fuera por el presidente o por otros delegados dispuestos a ello.
Sobre la redacción de la presente cuestión no se vieron por todas partes más que muestras de aprobación, y fue aprobada también sin discusión digna de mención, con todos los votos, junto con el siguiente añadido propuesto por Fribourg en nombre de la delegación francesa, aunque en lo esencial no añadía nada nuevo:
«El congreso recomienda a todas las asociaciones obreras que eviten las formas de dirección y de administración que ponen todo el poder en manos de uno solo. Los asociados tienen que conservar el derecho pleno y entero de mantener una administración fiel en todos los aspectos al contrato que han fijado.»
Cremer (Londres) contó en el curso de este debate un hecho que prueba hasta qué punto los grandes industriales y capitalistas están predispuestos contra toda cooperativa obrera. Cuando la guerra de América impidió la llegada del algodón a Inglaterra41 y los obreros estaban expuestos a todos los horrores del hambre, a todos los miembros de una cooperativa obrera, que naturalmente estaban también sin trabajo, como los de todas las demás fábricas, se les negó toda ayuda; se les ofreció en cambio crédito, para sacar una pequeña ganancia de su hambre… si vendían sus acciones, que en tales circunstancias no tenían ningún valor. (!)
Por último, a propuesta de Bocquin (Montreux, Suiza), se felicitó todavía a la sección de Lausana por haber frustrado, asumiendo obras públicas, la rebaja de salarios que pretendían los contratistas, y por haber fundado una caja de crédito mutuo.
Antes de seguir con la descripción de los debates generales del congreso, queremos recordar aquí todavía brevemente los particulares que tuvieron lugar en las sesiones nocturnas de la delegación alemana y germanosuiza bajo la presidencia de Becker.
El orden del día era el siguiente:
Rendición de cuentas de la caja central por el cajero, ciudadano Heydt.
La centralización de la caja de socorros en caso de enfermedad, según la propuesta de la sección de Stuttgart.
Elección del Comité Central y fijación de su sede.
Redacción de un reglamento central para el Grupo de secciones de lengua alemana y germanosuizas.
La rendición de cuentas se hizo presentando el libro de caja y el libro mayor, con lo que los delegados pudieron examinar las cuentas abiertas de todas las secciones. El estado de la caja y la contabilidad se aprobaron tras un breve examen, con la reserva de que la comisión de control de la sección de Ginebra lo revisara todo de nuevo y comunicara el resultado a todas las secciones en un extracto de cuentas. (Esto se hará próximamente.)
En cuanto a la centralización de las cajas de socorros en caso de enfermedad según la propuesta de la sección de Stuttgart, enseguida hubo acuerdo general sobre el principio, que reconoce ya el reglamento local de la sección de Ginebra. Se encargó al Comité Central redactar un dictamen sobre su viabilidad y, en su caso, un proyecto de reglamento para las secciones. (Nos remitimos aquí a los debates del congreso sobre este asunto, que daremos en nuestro próximo número.)
A la petición del presidente de propuestas para la sede del Comité Central, todos se pronunciaron por mantener Ginebra, que en las circunstancias presentes sería el lugar más adecuado. Ginebra fue, pues, adoptada por unanimidad como sede central, por lo menos hasta el próximo congreso.
Varios delegados propusieron entonces a la vez, para la elección del Comité Central, y todos lo apoyaron, que el Comité Central saliera esta vez todavía del comité local de la sección de Ginebra para hacerse cargo de los asuntos hasta el próximo congreso. También esta propuesta fue elevada por unanimidad a resolución.
Para despachar el cuarto punto del orden del día, se encargó al Comité Central redactar un reglamento central que fijara las relaciones con las secciones, por un lado, y con el Consejo General, por otro, así como las atribuciones del Comité Central y de los comités locales, y se le indicó que presentara el proyecto a las secciones para que lo examinaran y aprobaran por votación.
(Conclusión.)
Tenemos que mencionar aquí todavía una memoria presentada por una parte de la delegación francesa (Lyon). Este interesante documento no se extendía apartado por apartado sobre las cuestiones del programa del congreso, sino que trataba, con aguda crítica, la situación moderna y la cuestión obrera en general. Su lectura fue escuchada con gran atención y con muestras de aprobación. Está llena de imágenes y comparaciones excelentes, muy apropiadas para hacer consciente a la clase obrera de su tarea. Pero tenemos que dejar al informe oficial darla a conocer en todo su contenido a nuestros compañeros.
No poca agitación provocó en la asamblea la noticia de que un fabricante de Lyon había hecho escribir al obrero suyo delegado en el congreso que tenía que volver inmediatamente si no quería perder su empleo para siempre. El obrero, amenazado en su sustento, decidió sin embargo quedarse, aun antes de que la asamblea le asegurara por unanimidad el apoyo de toda la Asociación. También el público, presente en gran número, manifestó en voz alta su indignación ante aquella ordenanza disciplinaria de gran burgués.
Tras este incidente, que no podía quedar sin mención, se pasó a discutir el punto siguiente:
6) Los sindicatos. Su pasado, su presente y su futuro
Sigue en el informe el texto del punto 6 de las Instrucciones del Consejo Central (los sindicatos, su pasado, su presente y su futuro, con la resolución de la conferencia de Sheffield); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.42
Este artículo fue aprobado casi sin discusión, junto con el añadido que sigue, propuesto por Fribourg y Chemalé:
«En el pasado, la situación de los obreros, por las corporaciones y los derechos de los maestros, era la de la esclavitud; en el presente es la de la falta de solidaridad (non-solidarité) y la anarquía; y en el futuro el obrero será a la vez productor, capitalista y consumidor.»
7) Impuestos directos e indirectos
Sigue en el informe el texto del punto 7 de las Instrucciones del Consejo Central (impuestos directos e indirectos); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.
Sobre esta cuestión, que no está tratada en la memoria alemana porque se incluyó después en el orden del día, la delegación francesa propone la redacción siguiente:
«Sea cual fuere la forma del impuesto, al final es siempre el productor, el obrero solo, quien paga. Todo el mundo tiene que ser productor. Toda contribución e impuesto es la parte que cada ciudadano tiene que pagar para sufragar los gastos generales: por eso los ciudadanos son los únicos jueces del tipo del impuesto y de la utilidad de los gastos. En consecuencia, y a la espera de una reforma radical, una reforma que implique una transformación social, el congreso debe tomar en consideración el impuesto directo, semejante al que se aplica en la República de Neuchâtel. Fuera la burocracia, fuera la violación de la libertad personal, fuera toda inquisición policial. El impuesto directo es además el único medio de fijar la parte de contribución de cada ciudadano en proporción a su fortuna.»
Después de rechazarse una enmienda propuesta por Coullery en favor de un impuesto directo y único (impôt direct et unique), la redacción inglesa y la francesa fueron aprobadas por todos sin más discusión.
La delegación de París insistió entonces, sin encontrar mucha oposición, en que se tratara en forma de resolución la cuestión siguiente, aunque no figuraba en el programa:
8) Organización de instituciones internacionales de crédito
Primero: el congreso recomienda a todas las secciones hacer estudios sobre el crédito internacional y enviar los trabajos correspondientes al Consejo General, que los dará a conocer a todos los compañeros en sus boletines, de modo que en el próximo congreso puedan tomarse resoluciones concretas sobre ello.
Segundo: el congreso recomienda emprender enseguida el estudio de la idea de unir en asociación todas las instituciones obreras de crédito fundadas y por fundar en un futuro banco central de la Asociación Internacional de los Trabajadores.43
Esta cuestión, discutida por varias secciones, sobre todo por las de Ginebra, y cuya solución algún día es evidentemente tarea de la Asociación Internacional de los Trabajadores, fue considerada naturalmente importante por la asamblea y tratada con interés general. Coullery vio en esta organización el mejor remedio contra las crisis industriales y el paro, esas plagas periódicas de la clase obrera. Becker opinó que todos los establecimientos obreros cooperativos, tanto los de producción como los de consumo y las instituciones de socorro, deberían recibir una organización semejante, de modo que, por el intercambio directo de los productos de la industria y de la naturaleza de manos del productor a las del consumidor, recíprocamente de país en país, pudiera acabarse con el robo de la especulación y hacer marchitar la planta parásita del chalaneo intermediario. Después de que Fribourg y Tolain explicaran una vez más con calor su propuesta y de que también la delegación inglesa se pronunciara a favor, el artículo fue aprobado por unanimidad.
9) La necesidad de acabar con toda influencia imperialista de Rusia en Europa mediante el mantenimiento del principio del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos y el restablecimiento de una Polonia socialdemócrata
Sigue en el informe el texto del punto 9 de las Instrucciones del Consejo Central (la cuestión polaca); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.
Tras la lectura de este artículo se levanta Fribourg y presenta, en nombre de la delegación francesa, la moción de que el congreso no vote sobre esta cuestión, sino que se limite a declarar que aborrece el despotismo de toda clase y de todos los países, pero que no entra en la intrincada cuestión de las nacionalidades. «Hay que desear y pedir —añadió— la emancipación del pueblo tanto en Rusia como en Polonia, y rechazar la vieja política que enfrenta a un pueblo con otro.»
La delegación inglesa, en particular Odger, Eccarius y Carter, se declararon con decisión por la aprobación de la resolución propuesta en favor de la causa de Polonia, pues esta causa había gozado siempre de las mayores simpatías en la parte democrática e inteligente del pueblo inglés; más aún, la primera reunión de obreros ingleses, alemanes y franceses se había celebrado precisamente para manifestar su sentir contra la opresión de Polonia, con lo cual se había dado en realidad el primer paso para fundar la Asociación Internacional de los Trabajadores.44
Dupleix quiere, en cambio, dejar caer la cuestión, que solo podría tener un interés alemán, y se suma a la moción de la delegación francesa.
Becker se asombra de que la asamblea, ante la cuestión presente, se deje ganar de pronto por una estrechez de miras poco digna; no se trata de declarar la guerra al pueblo ruso, y se sobrentiende que la Asociación Internacional de los Trabajadores condena todo absolutismo y tiene por fin la emancipación de todos los pueblos oprimidos, pero la liberación del pueblo polaco significa acelerar la del ruso. Hizo notar cómo el Imperio ruso, por su extensión, su situación geográfica y sus condiciones climáticas, la naturaleza de su suelo, el bajo nivel de cultura de sus diversos pueblos y su situación todavía del todo medieval en lo político y lo religioso, lo social y lo económico, con excepción de algunas ciudades mayores, solo podía tener una escasa necesidad de paz, y cómo allí la guerra no arruina, ni con mucho, como en los Estados modernizados, las relaciones domésticas y económicas, de modo que había alma y materia de sobra para ejecutar el testamento de Pedro «el Grande»45 y ser un peligro permanente para la cultura y el libre desarrollo de Europa. Demostró con datos estadísticos cómo Rusia solo ha llegado a su posición de ataque contra la Europa occidental gracias a las provincias polacas, cómo estas, por su población más densa y por eso más capaz de civilización, más próxima a la cultura occidental, le suministran la élite de su ejército y, sobre todo, los medios para equiparlo y alimentarlo, y cómo el restablecimiento de una Polonia independiente mayor le quebraría la fuerza de agresión y la obligaría así a ocuparse más de su desarrollo interior, que es lo único que puede acelerar la emancipación de los pueblos que gimen bajo el zarismo. Señaló también que el zar une en su persona el poder de la Iglesia y el del Estado, que el clero griego lo presenta como Mesías también fuera de Rusia, que el paneslavismo se ha convertido en la religión de la juventud rusa, y que la creación de un imperio mundial eslavo se predica y se canta, en forma poético-profética, como voluntad de la divina providencia. Se trataba aquí sobre todo de que la clase obrera, como partido socialdemócrata, frente a la conducta de la burguesía y de la diplomacia, que por autocomplacencia y por política de bolsa, de casa y de corte habían dejado masacrar, ahorcar y arrastrar al cautiverio de Siberia a un pueblo valiente, hiciera brillar para él una estrella de esperanza en el futuro y le dijera y le mostrara que su causa es la causa de la clase obrera de todos los países, más aún, la causa de la humanidad entera. Por último, señaló lo equivocada que era la opinión expresada en la asamblea de que la cuestión polaca solo tenía interés para Alemania, y recomendó que se aprobara el artículo.
Coullery, Vuillemier (La Chaux-de-Fonds), Schwitzguébel46 (Sonvilier), Mössner (Asociación Alemana de Formación Obrera de Vevey), Eggenwieler (Grütliverein de Lausana) y otros delegados alemanes y suizos hablaron también por la aprobación.
Card lee un documento impreso más antiguo sobre la importancia de la cuestión, pero se abstiene, en un asunto tan delicado para él como polaco, de dar a conocer sus propias opiniones.
La delegación francesa vuelve a abogar con celo por su moción, apoyada por algunos delegados de Ginebra y del país de Vaud.
Como la mayoría a favor del artículo no estaba, desde luego, en duda, pero no parecía oportuno, puesto que hasta entonces todos los artículos se habían aprobado por unanimidad, provocar con una votación descontento en uno u otro lado, Becker propuso añadir al acta la siguiente declaración:
«Puesto que la Asociación Internacional de los Trabajadores se propone como tarea la emancipación de la clase obrera de todos los países, y por tanto la lucha contra toda tiranía y la realización de la igualdad de derechos de todos los hombres y de todos los pueblos, en su aspiración va incluida la supresión de la influencia imperialista de Rusia y el restablecimiento de una Polonia socialdemócrata.»
Esta enmienda fue apoyada inmediatamente por todos los delegados alemanes y germanosuizos y por los suizos franceses del Jura, firmada en su presentación por escrito y aprobada por unanimidad sin más discusión, junto con la moción de la delegación francesa.47
10) Los ejércitos permanentes y su influencia en la producción
Sigue en el informe el texto del punto 10 de las Instrucciones del Consejo Central (los ejércitos); véase Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional.48
Después de que Eccarius leyera este artículo en alemán, Dupont lo leyó en francés y añadió: «El principio democrático es opuesto al de las conquistas, y un pueblo libre tiene que saber protegerse siempre por sí mismo contra las agresiones enemigas».
Vuillemier y Coullery se pronunciaron con calor a favor de la propuesta; también Chemalé (París), que añade: «Los ejércitos permanentes arrancan al trabajo de la paz a los hombres más vigorosos, causan a la producción social pérdidas incalculables y desmoralizan a los pueblos. Son la negación de la libertad, un instrumento de destrucción en manos de los tiranos, el foco de la depravación en todos los países».
Entretanto se alzaron varias voces que consideraban oportunos aquí algunos datos estadísticos, muy instructivos para la clase obrera en un círculo amplio. Para ofrecerlos, Schlaifer (Asociación Alemana de Formación Obrera de Lausana) leyó el artículo correspondiente de la memoria de la delegación alemana (Vorbote n.º 7, p. 107).
A continuación Bürkli, Hoppenworth y Peter se pronunciaron por la aprobación del artículo, y Bütter (Magdeburgo) opinó que los ejércitos permanentes eran los peligros permanentes de la libertad. Heidt (sección de Ginebra) propuso añadir que, para alcanzar el fin con mayor rapidez, se crearan en todas las secciones, a ejemplo de la sección alemana de Ginebra, secciones de armas, y que allí donde el Estado policial pusiera todavía obstáculos se organizaran por lo menos ejercicios regulares de gimnasia.
Toda la asamblea estuvo de acuerdo en esta cuestión, y se acordó con todos los votos aprobar el artículo con el añadido de Heidt.
Ya que estamos en el armamento general del pueblo, no queremos dejar de mencionar aquí que el delegado de Zúrich y Wetzikon, K. Bürkli, a petición de muchos delegados, presentó en el local social de la Asociación el arma de zapador que él mismo había ideado —alabarda, pala, hacha, sierra, martillo, arma de estocada y de golpe montados en una sola pieza— y explicó, con gran aplauso de la asamblea, sus múltiples usos. Lo mismo hizo también en el gimnasio alemán, para familiarizar con ella a la tropa de la sección de armas de la sección alemana.
La cuestión siguiente no estaba tratada en la memoria inglesa; damos, pues, solo el trabajo de la francesa sobre ella, porque el de la alemana se publicó hace tiempo en el Vorbote.
11) Las ideas religiosas y su influencia en el desarrollo político, social e intelectual
El congreso reconoce la libertad intelectual y corporal del hombre y afirma que la influencia de las ideas religiosas tiende a la negación del libre albedrío y de la dignidad humana. Como todas las ideas religiosas se escabullen ante la investigación de la verdad, los obreros se limitan a protestar con energía contra ellas y a pasar por encima. La Asociación Internacional de los Trabajadores reconoce el progreso de la ciencia y considera la enseñanza teórica y práctica —científica e industrial— el medio adecuado de la emancipación de la clase obrera. Ponerse bajo otra influencia que la de la ciencia engendra contradicción y peligro.
Schlaifer lee entonces el estudio de la memoria alemana (Vorbote n.º 8, p. 122) sobre esta cuestión. Cree haber expuesto así suficientemente cuánto se distingue la religión de la moral, cómo la comunidad no tiene que ocuparse de la primera, sino que debe dejar al individuo organizar sus viajes de fantasía y de sentimiento religiosos según su gusto y su necesidad.
Coullery muestra la diferencia entre el dogma y el culto, por un lado, y la moral, por otro, y opina que esta tiene que enseñarse en las escuelas sobre una base racional, y que la separación completa de la Iglesia y el Estado es una necesidad.
Müller (Stuttgart) señala en una intervención bastante larga cómo, sobre todo entre la población del campo, dominan en gran medida los prejuicios religiosos, que frenan el desarrollo y estorban el goce de la vida, y que hace falta sobre todo la enseñanza de una moral razonable, adecuada a la vida práctica.
Odger propone no tomar todavía ninguna resolución concreta en esta cuestión. Él y sus colegas están, como los demás miembros del congreso, plenamente convencidos de la mala influencia de la educación clerical, que embota el espíritu de la juventud; pero cree que ocuparse mucho de la cuestión religiosa y tomar resoluciones sobre ella no favorecería la extensión de la Asociación.
Tolain (París) piensa que los esfuerzos directos de los racionalistas no podrían esperar de momento grandes éxitos. Había que contar con una enseñanza mejor y general y con el progreso de las ciencias exactas para devolver al hombre, destruyendo los prejuicios, a la inteligencia y a la dignidad.
Becker opina también que ya se puede pasar por encima de esta cuestión, pues la asamblea ha negado claramente la necesidad de una religión positiva y ha expuesto suficientemente la diferencia entre las nociones religiosas dominantes, las prácticas religiosas y una moral basada en la justicia universal, por lo que la Asociación obrará sin duda siempre en el espíritu de las opiniones y declaraciones que se han hecho. Sin duda nuestro alto ideal y nuestro gran fin, por la esperanza en un futuro bienaventurado del género humano, moralizarán racionalmente a la clase obrera y satisfarán de sobra, cada vez más, también las necesidades de los ánimos religiosos.
El congreso acuerda entonces, a nueva propuesta de la delegación francesa, pasar al orden del día y hacer constar en acta todas las propuestas presentadas y las opiniones expresadas.
12) Instituciones de socorros mutuos de la Asociación Internacional de los Trabajadores
a) Fundación de cajas de socorro en caso de enfermedad.
b) Participación de las mujeres y de los niños en esas cajas.
c) Asistencia moral y material a las viudas y a los huérfanos de los miembros de la Asociación.
d) Ayuda mediante anticipos reembolsables a los miembros de la Asociación que viajan.
Esta propuesta, presentada por las secciones de Ginebra, la fundamentó con más detalle Dupleix, y [expuso] la eficacia de las cajas de socorros en caso de enfermedad que existen desde hace 8 meses en la sección romanda y en la alemana de Ginebra, en las que participan también mujeres y niños y se atiende a los incapacitados para el trabajo. Añadió, sin embargo, que el verdadero fin solo podría alcanzarse si en todas las secciones se crearan instituciones semejantes y se centralizaran, en reciprocidad y responsabilidad solidaria, como verdaderas instituciones internacionales.
Fribourg no cree que la asamblea pueda tomar una resolución adecuada, puesto que no podría aplicarse en ciertos países, sobre todo en Francia. Allí no puede nacer ninguna sociedad de socorros en caso de enfermedad sin autorización del Estado, el Estado nombra al presidente, al cajero y en general a la administración, y toma bajo su custodia los fondos. Concluye que el congreso podría en todo caso declarar lo deseable que es en todas partes la formación de instituciones de socorros mutuos, pero que de momento debería renunciar a una medida de obligado cumplimiento general.
Odger propone responder de la siguiente manera a la benéfica iniciativa de las secciones de Ginebra: «El congreso acuerda buscar y examinar los medios de generalizar y centralizar las sociedades de socorros mutuos, e invita a todas las secciones a enviar con este fin informaciones competentes».
Müller (Stuttgart) comunica que su sección le ha encargado expresamente trabajar en el congreso por la generalización de las cajas de socorros en caso de enfermedad; muestra cómo los seguros de vida, de incendios y en general todas las instituciones de seguros que abarcan un territorio amplio son, en la mayoría de los casos, como ha mostrado la experiencia, las únicas que pueden alcanzar su fin, mientras que las fuerzas y los medios dispersos tienen que sucumbir a cualquier suceso fuera de lo común y en conjunto despilfarran más tiempo y más medios de los que harían falta con una unión de todas las instituciones de socorro.
Schlaifer, Hoppenworth, Eggenwieler, Schwitzguébel y otros delegados se expresan en el mismo sentido.
Becker es de la opinión de que la cosa se hará poco a poco por sí sola, para satisfacer la necesidad que la recuerda a diario; pues, puesto que las secciones de Ginebra la habían emprendido ya y habían tenido incluso la suerte de socorrer desde el mes de marzo a muchos compañeros enfermos con ayudas por un importe de unos 2000 francos, y como además disposiciones de su reglamento local apuntaban a la fundación de una caja central, seguirían ahora suscitando en todas partes, en la medida en que las circunstancias lo permitieran, tales instituciones, y procurarían darles una centralización adecuada a sus condiciones. Si más tarde se apartaban los obstáculos de ciertos países, que en ningún caso iban a durar eternamente, sería fácil entonces, con el punto de apoyo seguro creado sobre una base amplia, atraer a los grupos obreros que hasta entonces se habían mantenido al margen a este saludable campo de acción de nuestra Asociación.
Dupleix reconoce las numerosas dificultades que se oponen a una extensión general inmediata; en cambio opina que ya sería hora de acordar que todo miembro de la Asociación tiene derecho a un anticipo garantizado por su sección.
Como este último punto había quedado ya resuelto en el art. 7 de los estatutos generales y en el art. 7 de las «disposiciones reglamentarias», se elevó a resolución la propuesta de Odger: hacer de la cuestión de las diversas sociedades de socorros mutuos objeto de estudio de la Asociación.
La proposición de Aubry49 (Ruan): «El congreso declara que la Asociación Internacional de los Trabajadores aspira a la emancipación de los obreros de la agricultura tanto como a la de los de la industria», se aprueba sin discusión.
Otras cuestiones planteadas no llegaron, por lo avanzado del tiempo, ni a discutirse ni a resolverse, y la asamblea procuró poner rápidamente todavía las piedras finales a sus trabajos:
Fijación del lugar de la sede del Consejo General.
Elección de los miembros del Consejo General.
Fijación de la fecha y del lugar del próximo congreso.
Londres fue reconocida por unanimidad, en las circunstancias presentes, como la sede más adecuada para el Consejo General.
Del mismo modo, con todos los votos, se confirmó en sus funciones a los miembros del Consejo General hasta entonces provisional.50
Como lugar del congreso se propuso Bruselas, por Coullery, y Lausana, por Cornaz (delegado de Lausana). Bruselas no fue aceptada por su ley de extranjeros, indigna de un pueblo libre,51 y en cambio se eligió por unanimidad Lausana. Después se fijó todavía el primer lunes del mes de septiembre de 1867 como día de apertura del próximo congreso.
Así quedó clausurado el domingo 9 de septiembre, a las 8 y media de la tarde,52 es decir, tras seis días de trabajo, el primer congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, sin ceremonia alguna.
Después de la clausura
Tenemos que añadir aquí todavía que durante estos días se celebraron varias noches, en distintos lugares, asambleas generales de los sastres, zapateros, carpinteros de obra y carpinteros de armar, por iniciativa de los delegados ingleses que pertenecen a estos oficios. En estas asambleas, extraordinariamente concurridas, se discutieron los intereses particulares de cada oficio, y los ingleses tuvieron la alegre ocasión de dar a sus compañeros de oficio consejos prácticos, que fueron recibidos con agradecimiento. Pese a la gran aglomeración y a lo animadísimo de la discusión, reinó también aquí plena concordia y fraternidad, y la dignidad fue de la mano de la alegría.
Ya solo nos queda describir las fiestas que siguieron oficialmente a los debates del congreso. Tras seis días de trabajo serio se quiso celebrar el séptimo y gozar de la vida. El goce en común de los dones de la ciencia, del arte y de la naturaleza había de ser el culto supremo, la verdadera «comunión».
El domingo 10 de septiembre,53 a las 9 de la mañana, se reunieron los delegados y las asociaciones obreras ginebrinas ante el local del congreso, donde se organizó un cortejo solemne en el orden del lunes, con banderas y música en cabeza, que hacia las 10 se dirigió a la plaza del puerto. Por el camino se le sumó todavía una delegación de la sección de Lausana recién llegada, con su nueva y magnífica bandera. Se trataba ahora de hacer una excursión, favorecida por el tiempo más espléndido, por el lago de Ginebra, azul y liso como un espejo, hasta Nyon, la vieja fortaleza romana (Noviodunum), a cuatro horas y media de camino. Por desgracia el único vapor disponible, el Chablais, era demasiado pequeño para dar cabida a todos los obreros dispuestos a hacer el viaje, y solo pudo tomar parte, con mucho, la menor parte, es decir, 420 personas. Rodeada por las banderas de casi todas las naciones, ondeaba en lo alto del palo mayor la roja de la Asociación. Así se avanzaba alegremente, entre música y canciones, sobre todo del Grütliverein, dejando a la espalda la Ginebra rejuvenecida y el viejo Mont Blanc y sus camaradas, envueltos hasta por encima del cráneo en sus mantos de hielo y nieve eternos. La corriente de aire fresco del lago que levantaba la marcha del barco quebraba las puntas ardientes a los rayos del sol, y a estos no les quedaba más que mostrar la espléndida ribera en su más sublime atavío de fiesta. Pero la alegría no ahuyenta solo las penas, sino también el tiempo, pues de pronto se oyó: «¡Ya hemos llegado!». Era mediodía. En Nyon, saludados amistosamente por una gran multitud, se dividieron todos en distintos grupos para buscar un refugio a la sombra y encontrar un refresco. Los ingleses subieron monte arriba para gozar bien de la vista del paisaje, cerca los amables viñedos, de los que Baco sonreía con ricos frutos, y a lo lejos el zigzag de los Alpes, que dibuja siempre al horizonte su rígido borde, y para contemplar el castillo romano y otras obras de los tiempos antiguos. Pero a los alegres navegantes solo se les concedió en tierra una hora de dicha, que huyó también deprisa en alas de la Fortuna. Ya sonaba otra vez la corneta para la partida. La gente se reunió deprisa, y pronto tuvo el barco otra vez su dichoso cargamento. El robusto y amable capitán, después de contar sus cabezas, habría podido exclamar: «Mira, no me falta ninguna cabeza querida», si los ingleses, entusiasmados por la vista de los montes, y algunos otros hermanos no se hubieran olvidado de sí mismos en las alturas. Pero eso no pareció más que una broma alegre, y lo que el vapor había perdido en el lago con prisa lo había recuperado el vapor en tierra con calma, y se dijo: «No en Filipos, sino en Ginebra, en un alegre banquete, volveremos a vernos».54 Apenas se habían mirado unas cuantas veces en los camarotes y en la cubierta los rostros radiantes de alegría de mujeres y hombres, muchachas y muchachos, apenas se había oído recitar aquí y allá algún poema festivo y todos se habían sumado a la canción «Pura alegría y contento», cuando ya volvía a sonar la campanilla del barco anunciando la entrada en el puerto. Enseguida se ordenó de nuevo el cortejo como por la mañana; todos los obreros que por falta de sitio en el barco no habían podido hacer la excursión se sumaron, y a paso vivo se fue al local de la fiesta, a la mesa bien servida.
Allí, en el banquete, reinaron el espíritu más desenvuelto y el humor más limpio. Las conversaciones más alegres solo se interrumpían con discursos, cantos y piezas de música, en los que rivalizaron la Société Chorale y la sección de canto del Grütliverein. Un intermedio divertido lo trajeron los ingleses que habían perdido el vapor, que entraron con coronas de hojas en los sombreros y ramos de flores en las manos y fueron recibidos con estruendosos hurras. Si en los debates del congreso habían dominado la reflexión sobria y la consideración seria, aquí se soltaban las riendas al ardiente entusiasmo, en la conciencia de servir a una causa que anuncia a la humanidad oprimida los medios de su redención. Todos los oradores del congreso y otros miembros y amigos de la Asociación subieron uno tras otro a la tribuna. ¿Quién podría relatar todas las verdades que allí se dijeron, que salían del corazón e iban al corazón? Allí estuvo de verdad el congreso general, la verdadera asamblea de los obreros y del pueblo; allí se hizo valer también el arte, la poesía y la música, el poema y la canción desplegaron su encanto, y el espíritu y el ánimo recibieron su alimento.
Pero un rasgo característico de esta fiesta, frente a las de la gran y la pequeña burguesía, fue que quedó libre de todo homenaje indigno a la autoridad, de toda idolatría de grandezas conocidas y desconocidas, de la genuflexión ante el éxito y de la obligada sociedad de seguros de elogios mutuos. En todos los discursos y brindis no se tenía a la vista más que el gran ideal, que no tolera otros dioses a su lado, el alto fin de la humanidad: «Queremos el derecho y no la gracia, y por el deber cumplido no queremos agradecimiento». Esa fue la divisa tácitamente adoptada de esta fiesta. Una hora después de la medianoche todos se separaron alegremente. Quien de los participantes dejó por la mañana su lecho con la esperanza de pasar un día alegre y fraterno con sus compañeros de oficio, se fue sin duda a descansar satisfecho y recordará con alegría los días del congreso toda su vida.
Las consideraciones finales sobre el congreso, su actitud y su efecto en conjunto, las daremos en el número de diciembre.
Becker escribe aquí «Internationale Arbeitergenossenschaft» (literalmente, «hermandad» o «cooperativa» internacional de los obreros) para designar a la Asociación. ↩
Ese informe general no llegó a publicarse completo. En 1867 The International Courier (Londres) publicó las resoluciones del congreso y las Instrucciones del Consejo Central. ↩
Asociación patriótica y obrera suiza fundada en Ginebra en 1838, que tomó su nombre de la pradera del Grütli (Rütli), donde según la tradición se juró la alianza de los cantones primitivos. ↩
La cervecería Treiber, en el barrio ginebrino de la Terrassière. ↩
François Dupleix; el Vorbote escribe también Düpleix. ↩
Johann Philipp Becker (1809-1886), cepillero de oficio, revolucionario de 1848-1849 en Baden, emigrado en Ginebra, fundador y director de Der Vorbote (1866-1871) y organizador de las secciones de lengua alemana de la Internacional. Es el autor de esta crónica y habla de sí mismo en tercera persona. ↩
La guerra austro-prusiana de junio-agosto de 1866, en la que Italia combatió como aliada de Prusia. ↩
El juramento del Grütli, que la tradición fecha en 1291, entre Uri, Schwyz y Unterwalden. ↩
Verso de la oda «A la alegría» (1785) de Friedrich Schiller. ↩
Pierre Coullery (1819-1903), médico de La Chaux-de-Fonds y fundador de la sección de esa ciudad; el Vorbote escribe también Coullerie. ↩
Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo establecido en Londres, secretario corresponsal del Consejo Central para Suiza. ↩
La conferencia de la Internacional celebrada en Londres en septiembre de 1865, que fijó el programa del congreso. ↩
Seudónimo de Jan Czwierzakiewicz, emigrado polaco en Ginebra, miembro de la sección romanda. ↩
Eran jóvenes blanquistas; entre ellos estaba Eugène Protot, luego delegado de Justicia de la Comuna de París. ↩
El impreso dice «Verschämtheit» («vergüenza», «pudor»), sin duda por «Unverschämtheit» («desvergüenza»). ↩
El Vorbote escribe «Fernex», forma antigua de Ferney (hoy Ferney-Voltaire), en el distrito de Gex, junto a la frontera de Ginebra. ↩
La memoria inglesa es la de las Instrucciones que Marx redactó para los delegados del Consejo Central; la francesa, la de los delegados de París; la alemana, la de las secciones de lengua alemana, publicada en números anteriores del Vorbote. ↩
Las cifras suman catorce, no trece. ↩
Los Estatutos provisionales los aprobó el Consejo Central el 1 de noviembre de 1864; el mitin de fundación de la Asociación, en el St. Martin's Hall de Londres, fue el 28 de septiembre de 1864. ↩
La versión alemana de los estatutos que da el Vorbote difiere de forma importante del texto francés publicado: sigue los considerandos ingleses de Marx de 1864 (la lucha «por la abolición de toda dominación de clase», el sometimiento «a quien monopoliza los medios de trabajo», el movimiento político subordinado «como medio») y en el art. 5 habla de una investigación «bajo una dirección común», donde el francés dice «con un mismo espíritu». Por eso la traducimos a continuación. Su preámbulo fecha el congreso «del 3 al 9 de septiembre». ↩
Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre alemán emigrado en Londres, miembro del Consejo Central y colaborador de Marx; el Vorbote escribe Ekarius. ↩
Karl Bürkli (1823-1901), socialista de Zúrich, discípulo de Fourier y promotor de las cooperativas de consumo. ↩
Ernest Fribourg, obrero parisino, uno de los fundadores de la sección de París; el Vorbote escribe también Friburg. ↩
Según el Vorbote, el reglamento se aprobó el viernes 7 por la mañana; la página del congreso, que sigue el folleto de Card, lo fecha el 8 de septiembre. ↩
Ludwig Büchner (1824-1899), médico y filósofo materialista, autor de Kraft und Stoff (1855). ↩
Friedrich Albert Lange (1828-1875), filósofo, autor de Die Arbeiterfrage (1865). ↩
Heinrich Wuttke (1818-1876), historiador, profesor en Leipzig. ↩
Es decir, en el orden de las Instrucciones de Marx. ↩
Henri Tolain (1828-1897), cincelador de bronces, uno de los fundadores de la sección de París. ↩
George Odger (1813-1877), zapatero, secretario del Consejo de Oficios de Londres y presidente del Consejo Central; el Vorbote escribe Odgers u Odgars. ↩
William Randal Cremer (1828-1908), carpintero, secretario general del Consejo Central de 1864 a 1866. ↩
James Carter, peluquero, miembro del Consejo Central. ↩
Eugène Dupont (h. 1831-1881), fabricante de instrumentos musicales, secretario corresponsal del Consejo Central para Francia; el Vorbote escribe Düpont. ↩
Debe de ser la declaración que recoge el folleto de Card: ayuda mutua para la defensa de los salarios y, como fin más elevado, la abolición del salariado; véase Declaración sobre la lucha entre el trabajo y el capital. ↩
Robert Owen (1771-1858), socialista utópico británico. ↩
El Vorbote imprime «Marat»; probablemente el delegado parisino Murat. ↩
La ley fabril inglesa de 1847, que limitó a diez horas la jornada de las mujeres y de los jóvenes en las fábricas textiles. ↩
El Vorbote titula este punto «El trabajo de las mujeres y de los niños», pero el texto de las Instrucciones trata solo del trabajo de los jóvenes y de los niños de ambos sexos. ↩
Félix Chemalé, delegado de París; el Vorbote escribe Chemale. ↩
Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, dirigente de la Internacional en París y miembro de la Comuna, fusilado en mayo de 1871. ↩
La «hambruna del algodón» de Lancashire (1861-1865), causada por el bloqueo de los puertos del Sur durante la guerra de Secesión. ↩
Los «Gewerbe-Vereine» del Vorbote son los sindicatos ingleses (trade unions). La conferencia de delegados de los sindicatos de Sheffield se celebró en julio de 1866. ↩
Sobre el crédito internacional, las Instrucciones de Marx se limitaban a dejar la iniciativa a los franceses. ↩
El mitin del St. James's Hall de Londres de julio de 1863 en apoyo de la insurrección polaca, con delegados obreros franceses, del que salió la reunión del St. Martin's Hall de septiembre de 1864. ↩
El supuesto testamento político de Pedro I, apócrifo, difundido en Francia desde comienzos del siglo XIX, que atribuía a Rusia un plan de dominio sobre Europa. ↩
Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador de Sonvilier, luego uno de los dirigentes de la Federación del Jura. ↩
El congreso no votó, pues, el texto del Consejo General sobre Polonia, sino la moción francesa junto con la declaración de Becker. ↩
La versión del Vorbote habla en el apartado c) de escuelas de oficiales «del pueblo armado» y de que sirva en ellas «todo hombre apto para las armas», donde las Instrucciones dicen «de la milicia» y «todo ciudadano varón». ↩
Émile Aubry, litógrafo de Ruan, animador de la Internacional en esa ciudad. ↩
Con una excepción, según las decisiones publicadas: véase Decisiones sobre el Consejo Central y el próximo congreso (8 de septiembre de 1866). ↩
La ley belga de extranjeros permitía al gobierno expulsarlos por vía administrativa, sin juicio. ↩
Así en el Vorbote. El 9 de septiembre de 1866 fue, en efecto, domingo, pero según las demás fuentes el congreso se clausuró el sábado 8, y a ese día llevan también los «seis días de trabajo» contados desde el lunes 3. ↩
Así en el Vorbote, pero el 10 de septiembre de 1866 fue lunes; la excursión a Nyon se hizo el domingo 9, al día siguiente de la clausura. ↩
Alusión a las palabras del espectro de César a Bruto en el Julio César de Shakespeare: «Me verás en Filipos». ↩