Congreso celebrado en La Haya, en la sala Concordia de la Lange Lombardstraat, del 2 al 7 de septiembre de 1872. Las actas oficiales que el congreso encargó a una comisión no se publicaron en su época. Todas las sesiones se toman de la única crónica de dominio público que hemos encontrado en una edición libre: la de James Guillaume, delegado de la Federación del Jura y uno de los expulsados, en L'Internationale, documents et souvenirs, tomo II (París, Stock, 1907), cuarta parte, capítulo VI, pp. 321-351, según la transcripción de Wikisource. Guillaume reproduce «casi textualmente» la crónica del Bulletin de la Fédération jurassienne (n.º 17-18, 15 de septiembre-1 de octubre de 1872) para la segunda y la tercera sesión públicas y para la sesión final del sábado por la noche, y la completa con la Memoria a todos los internacionales españoles, con las notas manuscritas de Nikolái Zhukovski y con las votaciones nominales del folleto oficial de resoluciones; el resto es su propio relato, de parte. No se traducen las páginas que preceden (el viaje a La Haya) ni las que siguen (la excursión a Ámsterdam). Los textos aprobados o leídos que ya están publicados no se repiten: el informe de la comisión de investigación y las declaraciones de Splingard y de la minoría están en la página del congreso, 1872 Congreso de La Haya (I Internacional), y los artículos votados sobre los poderes del Consejo General y sobre la acción política, en las resoluciones del congreso. Los títulos de las sesiones son nuestros. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las de Guillaume, que se indican. Texto original en francés.

Verificación de mandatos, sesiones privadas del lunes 2 al miércoles 4 de septiembre

Las tres primeras jornadas del congreso, lunes, martes y miércoles, se dedicaron por entero a la verificación de los mandatos.

He aquí, según la lista oficial, los nombres de los sesenta y siete delegados cuyos poderes tuvo que examinar la Comisión de verificación:

Delegados venidos de Inglaterra1:

(*) Arnaud (Antoine),2 químico, delegado de la Sección de Carouge (Suiza).

(*) Cournet (Frédéric),3 profesor, delegado del Consejo General de Londres y del Comité Central de Copenhague (Dinamarca).

(*) Dupont (Eugène),4 luthier, delegado del Consejo General.

(*) Eccarius (Johann Georg),5 sastre, delegado de la Sección de los hormeros de Londres.

(*) Engels (Friedrich), publicista, delegado de la Sección de Breslau (Prusia) y de la Sección 6 (Estados Unidos).

(*) Fränkel (Leo),6 orfebre, delegado de una sección de Francia.

(*) Hales (John),7 delegado de la Sección de Hackney Road, Londres.

Harcourt (W. E.), minero del oro, delegado de la Sección de Melbourne (Australia).

(*) Johannard (Jules),8 delegado de una sección de Francia.

(*) Le Moussu,9 dibujante, delegado de la Sección francesa de Londres.

(*) Lessner (Friedrich),10 sastre, delegado de la Sección alemana de Londres.

(*) Longuet (Charles),11 profesor, delegado de una sección de Francia.

(*) MacDonnell (J. P.),12 delegado de la Sección irlandesa de Londres y de la Sección de Dublín.

(*) Maltman Barry,13 zapatero, delegado de una sección de Chicago (Estados Unidos).

(*) Marx (Karl), publicista, delegado del Consejo General, de la Sección 1 de los Estados Unidos, de la Sección de Leipzig y de la Sección de Maguncia.

(*) Mottershead (Thomas),14 delegado de la Sección de Bethnal Green, Londres.

(*) Ranvier (G.),15 pintor de porcelana, delegado de la Sección Ferré, de París.

(*) Roach (John), delegado del Consejo Federal inglés.

(*) Serraillier (Auguste),16 hormero, delegado del Consejo General y de una sección de Francia.

(*) Sexton (George), médico, delegado del Consejo General.

(*) Vaillant (Édouard),17 ingeniero civil, delegado de la Sección de La Chaux-de-Fonds (Suiza), de una sección de Francia y de la Sección de San Francisco (Estados Unidos).

Vichard, delegado de una sección de Francia.

Wilmot [seudónimo18], delegado de una sección de Francia [Burdeos].

(*) Wróblewski (Walery),19 profesor, delegado del Consejo General y de la Sección polaca de Londres.

Delegados venidos de Alemania:

Becker (Bernhard),20 publicista, delegado de la Sección de Brunswick.

Cuno,21 delegado de la Sección de Düsseldorf y de la Sección de Stuttgart.

Dietzgen (Joseph),22 curtidor, delegado de la Sección de Dresde.

Friedländer (Hugo), delegado de la Sección de Zúrich (Suiza).

Hepner (Adolf),23 periodista, delegado de la Sección 8, de Nueva York.

Kugelmann,24 doctor en medicina, delegado de la Sección de Zell (Hannover).

Milke, tipógrafo, delegado de la Sección de Berlín.

Rittinghausen,25 publicista, delegado de la Sección de Múnich.

Scheu (Heinrich), delegado de la Sección de Esslingen (Wurtemberg).

Schumacher (Gustav), curtidor, delegado de la Sección de Solingen (Prusia).

Delegados venidos de Francia:

Lucain [seudónimo26], delegado de una sección de Francia.

Swarm [seudónimo de d'Entraygues], delegado de una sección de Francia [Toulouse].

Walter [seudónimo de Van Heddeghem], delegado de una sección de Francia [París].

Delegados venidos de Bélgica:

Brismée (Désiré),27 impresor, delegado de la Sección de Bruselas.

Coenen,28 zapatero, delegado de la Sección de Amberes.

Cyrille (Victor), empleado de comercio, delegado de la Sección francesa de Bruselas.

Dumont [seudónimo de Faillet], delegado de una sección de Francia [Ruán].

Eberhardt, sastre, delegado de las secciones de los curtidores, los zapateros, los sastres, los carpinteros, los pintores, los tintoreros de pieles y los marmolistas de Bruselas.

Fluse, tejedor, delegado de la Federación del valle del Vesdre.

(*) Herman (A.)29, delegado de la Federación de Lieja: mecánicos, Unión de los Oficios, carpinteros reunidos, marmolistas y escultores.

Splingard (Roch), delegado del grupo de Charleroi.

Van den Abeele, negociante, delegado de la Sección de Gante.

Delegados venidos de Holanda:

Dave (Victor),30 delegado de la Sección de La Haya.

Gerhard,31 sastre, delegado del Consejo Federal holandés, en Ámsterdam.

Gilkens, litógrafo, delegado de la Sección de los litógrafos de Ámsterdam.

Van der Hout, delegado de la Sección de Ámsterdam.

Delegados venidos de Suiza:

Becker (Johann Philipp),32 delegado del Comité Federal romando, de dos secciones de Basilea, de la Sección de Zug, de la Sección de Lucerna y de la Sección alemana de Ginebra.

Duval (Th.), carpintero, delegado del Comité Federal romando, Ginebra.

Guillaume (James),33 tipógrafo, delegado de la Federación del Jura34.

Schwitzguébel (Adhémar),35 grabador, delegado de la Federación del Jura.

Zhukovski (Nikolái),36 delegado de la Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista de Ginebra37.

Delegados venidos de España:

Alerini (Charles),38 profesor, delegado de la Federación española.

Farga Pellicer (Rafael),39 tipógrafo, delegado de la Federación española.

González Morago (Tomás),40 grabador, delegado de la Federación española.

Marselau (Nicolás Alonso),41 delegado de la Federación española.

Lafargue (Paul),42 doctor en medicina, delegado de la Nueva Federación Madrileña y de la Federación de Lisboa (Portugal).

Delegados venidos de América:

Dereure (Simon),43 zapatero, delegado del Congreso de Nueva York.

Sorge (F. A.),44 profesor, delegado del Congreso de Nueva York.

Sauva (Arsène), sastre, delegado de las secciones 2 (Nueva York), 29 (Hoboken) y 42 (Paterson).

West (W.), delegado del Congreso de Filadelfia.

Delegados venidos de otros países:

Farkas (Karl), mecánico, delegado de dos secciones de Budapest (Hungría).

Heim, delegado de la Sección (sic) de Bohemia.

Pihl (S. F.), delegado de la Sección de Copenhague (Dinamarca).

De estos sesenta y siete delegados, dos no fueron admitidos (Zhukovski y West). De los sesenta y cinco restantes, cuarenta formaron la mayoría y veinticinco la minoría.

La Comisión de verificación de los mandatos estuvo compuesta por siete miembros: Marx, Ranvier, Fränkel, MacDonnell y Dereure, miembros de la mayoría, y dos representantes de la minoría, Gerhard y Roach. La mayoría del congreso había decidido que, dada la situación excepcional en que la ley francesa ponía a la Internacional, los mandatos procedentes de secciones de Francia —que llevaban cinco miembros del Consejo General y otros seis delegados— solo podrían conocerlos los miembros de la Comisión de verificación, y que el congreso ignoraría hasta el nombre de las ciudades donde se encontraban esas secciones45. Había que aceptar, pues, a ciegas a todos los delegados que se dijeran enviados por una sección de Francia; nos estaba prohibida toda indagación sobre ellos, y debíamos fiarnos ciegamente de lo que hiciera una comisión compuesta en su mayoría por nuestros adversarios declarados.

He aquí algunos detalles, tomados en su mayor parte de la Memoria de la Federación del Jura,46 sobre la manera en que se habían reclutado los delegados destinados a formar la mayoría que Engels y Marx necesitaban.

Los representantes de las secciones norteamericanas que pertenecían a la fracción llamada del Tenth Ward Hotel (opuesta al Consejo Federal de Spring Street)47 se habían reunido en congreso en Nueva York el 6 de julio de 1872 y habían elegido como delegados al Congreso de La Haya a Sorge y a Dereure. Una vez nombrado, Sorge pidió que le entregaran, además de su mandato, una provisión de mandatos en blanco que quería llevarse a Europa. Como alguien objetara, Sorge, para cerrarle la boca a su contradictor, mostró una carta de Marx; ante semejante orden no había nada que replicar. Sorge se hizo dar, pues, una docena de mandatos en blanco, que al llegar a Londres entregó a Marx; este los repartió entre los fieles que los necesitaban. Uno de esos mandatos de Sorge, procedente de una sección de Chicago, se le dio a un tal Maltman Barry, miembro del Consejo General y al mismo tiempo corresponsal del periódico tory el Standard; Marx, que ahora protegía a este hombre, había dicho de él algún tiempo antes que lo sospechaba de ser un espía48; pero cuando hay que hacerse una mayoría no se mira tan de cerca. Otro de los mandatos de Sorge, el de la Sección 8, se le dio a Hepner, redactor del Volksstaat49; otro, de una sección de San Francisco, al blanquista Vaillant, miembro del Consejo General; otro, de la Sección 6, a Engels; otro, por último, el de la Sección 1, se lo guardó el propio Marx. Hermann Jung,50 al enterarse de que se afirmaba que Sorge había mostrado una carta de Marx en la que este reclamaba mandatos en blanco, habló del asunto con Marx para saber si era cierto; Marx no negó la existencia de la carta: se limitó a decir que Sorge era un asno (ein dummer Esel) por haberla enseñado51.

Como Alemania no tenía ninguna sección de la Internacional, sino solo adherentes individuales, no podía enviar al congreso delegados regulares. El Congreso de Basilea, en 1869, había previsto el caso de delegados que vinieran de países que se hallaran en la situación de Alemania, y había decidido que, «para los países donde la Internacional encuentra dificultades para establecerse a causa de las leyes, los delegados de las sociedades obreras de oficio serán admitidos a discutir las cuestiones de principio, pero no podrán discutir ni votar las cuestiones administrativas» (Resoluciones administrativas, n.º VIII; véase el tomo I, p. 209). En virtud de esta resolución, los representantes de las sociedades obreras alemanas quedaban excluidos de antemano de las votaciones administrativas en el Congreso de La Haya; pero eso no les convenía a Marx y a Engels, a quienes los votos de los delegados alemanes les eran indispensables para formar su mayoría. A toda costa, los alemanes tenían que poder votar. Para no caer bajo la decisión de Basilea, Bernhard Becker, Cuno, Dietzgen, Hepner, Kugelmann52, Milke, Rittinghausen, Scheu y Schumacher se presentaron todos en La Haya como delegados, no de simples sociedades obreras, sino de secciones de la Internacional. Ahora bien, seis meses antes, Liebknecht había establecido claramente ante el tribunal de Leipzig que en Alemania no existían ni podían existir más que adherentes individuales a la Internacional, pero no secciones; Bracke,53 miembro del Comité del Partido Socialdemócrata, citado como testigo, había dicho en la audiencia del 23 de marzo: «Hemos lamentado que la ley no nos permitiera constituir una rama oficial de la Internacional. Los miembros de nuestro partido solo se hacían miembros de la Internacional a título individual». (Volksstaat del 27 de marzo de 1872, página 3, 2.ª columna.) Era imposible dejar más claro que no existían secciones de la Internacional en Alemania; y sin embargo, después de estas declaraciones solemnes, los amigos de Marx se atrevieron a llamarse en La Haya representantes de secciones alemanas. ¿Qué pensar de semejante proceder? Además, una condición sine qua non para que el delegado de una sección pudiera tener asiento y votar en el congreso era que la sección hubiera pagado sus cuotas al Consejo General; y Bebel había declarado, en la audiencia del 11 de marzo (Volksstaat del 16 de marzo de 1872, página 1, 2.ª columna), que los internacionalistas alemanes nunca habían pagado cuotas a Londres54.

He aquí una nueva prueba de que los delegados de las supuestas secciones alemanas no representaban secciones. Un tal Milke figuró en La Haya como delegado de la Sección de Berlín; pues bien, algún tiempo después, el secretario de la Federación inglesa, John Hales, escribió a un miembro de la Internacional residente en Berlín, Friedländer (que había tenido asiento en La Haya como delegado de Zúrich), a propósito de una huelga de encuadernadores; Friedländer le respondió a Hales que no existía ninguna sección de la Internacional en Berlín55.

En Francia, como en Alemania, la ley no permitía formar secciones de la Internacional; pero en Francia, país donde la legalidad preocupa menos que en Alemania, existían realmente secciones, a pesar de la ley y a pesar de cierto decreto de la Conferencia de Londres56. Podía haber, pues, en el Congreso de La Haya delegados regulares de secciones francesas; pero, como esas secciones eran sociedades secretas, la verificación de los mandatos que expedían era cosa muy delicada, y el fraude era fácil. Los amigos de Marx supieron aprovechar esta situación: Serraillier, secretario del Consejo General para Francia, llegó a La Haya «con los bolsillos llenos de mandatos franceses» que era imposible controlar. Las secciones de las que Serraillier decía tener todos esos mandatos, ¿existían realmente? Y, suponiendo que existieran, ¿estaban al corriente de sus cuotas? Nadie lo sabía, salvo Serraillier y sus amigos. Cinco miembros del Consejo General no tenían otro título para la delegación que esos mandatos franceses tan sospechosos: eran Fränkel, Johannard, Longuet, Ranvier y Serraillier; los demás delegados portadores de mandatos semejantes eran Dumont (seudónimo), venido de Bruselas; Vichard y Wilmot (seudónimo), venidos de Londres; Lucain (seudónimo), Swarm (seudónimo) y Walter (seudónimo), venidos de Francia. De estos seis últimos delegados, uno solo, Dumont, había indicado la ciudad de la que procedía su delegación, Ruán; pues bien, después del Congreso de La Haya, la Federación de las Secciones Internacionales de Ruán desautorizó a su mandatario por el abuso que había hecho de su mandato al votar con los autoritarios, cuando sus instrucciones le prescribían formalmente votar con los federalistas; esta protesta de la federación de Ruán se publicó en L'Internationale, de Bruselas. Después del congreso, el Consejo Federal inglés tuvo ocasión de comprobar que otro de esos delegados, Vichard (inscrito con su verdadero nombre), ni siquiera era miembro de la Internacional57. Una carta enviada a La Liberté, de Bruselas (número del 27 de abril de 1873), por P. Dubiau, antiguo miembro del Comité Federal de Burdeos, nos informa de que el delegado que había tomado el seudónimo de Wilmot (o Wilmart) había recibido de la federación de Burdeos un mandato que le imponía «la obligación no solo de combatir las tendencias autoritarias del Consejo General, sino también de pedir la abrogación de los poderes conferidos a este Consejo por la Conferencia secreta de Londres58»; el delegado en cuestión votó en el sentido diametralmente opuesto a la voluntad de sus mandantes. Por último, unos procesos que tuvieron lugar en Toulouse y en París en la primavera de 1873 (se hablará de ellos en el tomo III) nos trajeron edificantes revelaciones sobre los dos personajes que habían venido a La Haya con los seudónimos de Swarm y de Walter: nos enteramos de que uno de ellos, d'Entraygues (Swarm), agente del Consejo General en Toulouse, era un soplón, y de que el otro, Van Heddeghem (Walter), agente del Consejo General en París, era un personaje muy poco interesante que, ante el tribunal, para obtener la indulgencia de los jueces, se declaró arrepentido y anunció que en adelante sería adversario encarnizado de la Internacional.

Los mandatos franceses con que Serraillier se había llenado los bolsillos debían servirle para forzarle la mano a Marx en la cuestión del traslado del Consejo General, y he aquí cómo.

Dentro del mismo Consejo General se había formado un partido que quería que la sede del Consejo dejara de estar en Londres y se trasladara al continente, a Bélgica o a Suiza. Era la opinión de varios antiguos miembros de ese Consejo, Jung, Eccarius, Johannard, y del propio Serraillier desde que el elemento blanquista había entrado en él y ganado influencia; era también la de casi todos los miembros ingleses, Hales, Mottershead, Bradnick, Mayo, Roach, etc. Marx y Engels, en cambio, se empeñaban a toda costa en mantener el Consejo en Londres, para tenerlo en sus manos; y los blanquistas admitidos recientemente en el Consejo, Arnaud, Vaillant, Cournet, Ranvier, Constant Martin, los apoyaban, contando con hacer de ese organismo un instrumento de dominación59. Cuando la cuestión tuvo que llevarse ante el congreso, Serraillier, viendo que Marx se obstinaba en su opinión, tuvo la ocurrencia, para asustarlo, de decirle que iba a repartir los mandatos de que disponía entre cierto número de proscritos franceses venidos a La Haya como espectadores —Lissagaray60 y otros—: habría formado así, por su propia autoridad, un grupo capaz de tener en jaque a los blanquistas y de ganar la votación, contra Marx, en la cuestión de la sede del Consejo. Ante esta amenaza, Marx capituló: le importaba conservar a los ojos del público al menos las apariencias de la autoridad, y no debía arriesgarse a quedar en minoría ni una sola vez. Consintió, pues, en renunciar a mantener el Consejo en Londres; pero, de acuerdo con Engels, imaginó en el acto un medio de asegurarse de todos modos el control del futuro Consejo General: propuso que se situara, no en Europa, donde probablemente habría escapado a su influencia, sino al otro lado del Atlántico, en Nueva York61, propuesta que fue votada, como se verá, gracias al apoyo de nueve votos de la minoría.

Los blanquistas, a quienes Marx había hecho antes del congreso promesas formales, y que acababan de votar el aumento de los poderes del Consejo General porque habían contado con que ese Consejo estaría en sus manos, se vieron burlados; despechados, abandonaron el congreso (p. 343) y luego salieron de la Internacional. Pero estos hombres, que habían estado metidos en las intrigas urdidas contra la minoría y que resultaron, a fin de cuentas, los engañados por compadres más astutos que ellos, no tenían derecho a quejarse.

¿Cómo habían obtenido mandatos de delegados los blanquistas Cournet, Vaillant, Arnaud y Ranvier? ¡Cournet pasaba por delegado del Comité Central de Copenhague! ¿Pudo creerse en serio que tenía calidad para hablar en nombre del proletariado de Dinamarca? ¿Y respondía lo más mínimo a las aspiraciones de los obreros daneses el programa revolucionario que presentó en el Congreso de La Haya con sus amigos?

¡Vaillant, por su parte, tenía un mandato de una sección de La Chaux-de-Fonds! Eso nos sorprendió mucho a Schwitzguébel y a mí; expresamos algunas dudas sobre la autenticidad del mandato, y Vaillant tuvo a bien enseñárnoslo: era un papelucho por el que los señores Elzingre, antiguo diputado en el Gran Consejo de Neuchâtel, y Ulysse Dubois, el héroe del congreso romando de abril de 1870, anunciaban que enviaban al Congreso de La Haya a un delegado provisto de plenos poderes en la persona de... (el nombre en blanco). Vaillant, obsequiado con ese papelucho por Utin62 o por Marx, había intercalado en él su nombre y se encontraba así convertido en mandatario de los señores Elzingre y Ulysse Dubois, y naturalmente también de su amigo Coullery.63 La broma era bastante lograda: era, pues, en virtud de un mandato de los hombres de La Montagne como Vaillant iba a poder exponer en La Haya su programa terrorista y jacobino; eran la redacción de La Montagne, los demócratas socialistas «verdes», Coullery, Elzingre y compañía, quienes, por boca de Vaillant, se suponía que emitían la teoría de «que hay que doblegar a las clases poseedoras bajo la dictadura del proletariado64» y que enunciaban esta máxima que se hizo célebre: «Si la huelga es un medio de acción revolucionaria, la barricada es otro, y el más poderoso de todos65». Era realmente de una gran comicidad, y si se comparan los aforismos revolucionarios del sentencioso Vaillant con la polémica que sostuvieron en otro tiempo La Montagne y los coulleristas contra Le Progrès y L'Égalité (en 1869), así como con la protesta de la sección coullerista de La Chaux-de-Fonds y del propio Coullery contra el manifiesto de La Solidarité (septiembre de 1870), se convendrá en que los delegados del Jura tenían de qué reírse. Vaillant, por lo demás, tuvo el buen sentido de comprender el ridículo de semejante posición; nos declaró que renunciaba a valerse del mandato Dubois-Elzingre, puesto que aún tenía otros dos: uno, del que ya he hablado, procedente de una sección de San Francisco, y el otro perteneciente a esa categoría de misteriosos mandatos franceses que no se enseñaban a nadie.

También Arnaud tenía un mandato suizo, dado —muy probablemente en blanco— por la Sección de Carouge; esa sección conocía tan poco a Arnaud como los coulleristas de La Chaux-de-Fonds conocían a Vaillant, y las mismas observaciones valían para uno y otro. Pero Arnaud no tenía, como Vaillant, el recurso de mandatos suplementarios, y no tuvo más remedio que atenerse a su mandato de Carouge. Los internacionalistas de esa pequeña ciudad ginebrina tuvieron, pues, sin sospecharlo, el honor de apoyar, por medio de su «delegado», la tentativa de los blanquistas de desnaturalizar el programa de la Internacional en provecho de las teorías jacobinas.

Ranvier, ya lo he dicho, representaba a la Sección Ferré, de París; sección de existencia bastante problemática, se decía al oído: los tres mil miembros que la fama le atribuía se reducían, según ciertas informaciones, a tres a secas. Pero habría sido de mal gusto discutirle a Ranvier esa bagatela, tanto más cuanto que Marx lo tenía destinado de antemano a presidir el congreso, como contó más tarde Jung.

Una cosa que debió de contrariar mucho a los marxistas fue la actitud que adoptaron las secciones de Ginebra, con las que probablemente se había contado para enviar al congreso delegados numerosos y disciplinados. Esas secciones empezaban a cansarse del papel que se les hacía representar; Utin había perdido en ellas gran parte de su influencia, e incluso se había ido de Ginebra hacía algún tiempo; había fijado momentáneamente su domicilio en Zúrich66 a la espera de emigrar a Londres, y luego de volver a Rusia, indultado por la clemencia imperial. Cuando llegó la circular del Consejo General que anunciaba que la sede del congreso sería La Haya, las secciones ginebrinas reclamaron contra esa elección; se las vio, cosa inaudita, querer dar muestras de independencia a la manera de los jurasianos. El Consejo General respondió a los ginebrinos, como a nosotros, que no podía volver sobre su decisión. Entonces las secciones de Ginebra, descontentas, resolvieron no enviar delegados al congreso. Era grave, y me inclino a creer que hay que situar en el momento en que la noticia de esta actitud de las secciones ginebrinas llegó a Londres la circunstancia que contó unos meses más tarde Jung en el congreso de la Federación inglesa (26 de enero de 1873):

En todos los congresos anteriores, Eccarius y yo habíamos sido los expositores de la doctrina de Marx; pero yo no podía votar por su nueva política y, antes que votar contra Marx, resolví no ir al congreso. Hubo un momento en que llegaron noticias que hicieron dudar de que el Consejo General tuviera una mayoría asegurada. Marx y Engels me apremiaron entonces para que fuera también. Me negué, alegando que ya había hecho demasiados sacrificios. Al día siguiente volvieron y me dijeron que era absolutamente necesario que fuera, que la mayoría podía depender de un solo voto; les respondí que podrían encontrarlo fácilmente. Me ofrecieron pagar los gastos necesarios, fueran los que fueran, si consentía en ir. Engels llegó a decirme: «Usted es el único hombre que puede salvar la Asociación». Les respondí entonces que solo podría ir a La Haya con una condición: que él y Marx no fueran67.

¿Qué hacer para remediar esta defección inesperada de las secciones ginebrinas? El Comité Federal romando, dirigido por hombres devotos de Marx, encontró un medio muy sencillo de sortear la dificultad y enviar al menos un soldado a reforzar el batallón marxista: nombró por su propia autoridad a un delegado en la persona de uno de sus miembros, Duval, aquel de quien Bakunin había escrito que era un tonto y un fanfarrón. Pero hacía falta dinero: un anónimo aportó los fondos necesarios. ¡Y así es como estuvieron representadas en La Haya las secciones de Ginebra68!

He enumerado, en lo que precede, a la mayor parte de los comparsas reclutados por Marx y Engels en los cuatro puntos cardinales para formar su mayoría. Solo quedan por nombrar una docena; exactamente, once.

A la cabeza pongamos a J.-Ph. Becker. «Este hombre, que había formado parte de la Alianza de la Democracia Socialista en su origen, que conocía a fondo su historia, que sabía perfectamente a qué atenerse sobre todos los asuntos internos de la Federación romanda, había renegado de sus antiguos amigos y, seguido del desprecio de todos los que antes lo estimaban, se había pasado al campo marxista. Hoy dedica sus ocios a echar barro sobre la Federación del Jura en las columnas de la Tagwacht de Zúrich». (Memoria, p. 269.) Pasemos.

Otro, Friedländer, de Berlín, se presentaba con un mandato de Zúrich: los zuriqueses no habían encontrado entre ellos a nadie que quisiera ir a hacer la tarea que J.-Ph. Becker había aceptado cumplir.

Hungría, Baviera y Dinamarca habían aportado su contingente: Farkas representaba a dos secciones de Budapest, Heim a una sección de Bohemia y Pihl a la Sección de Copenhague. ¿Hasta qué punto eran auténticos estos delegados? No podíamos saberlo.

Venían después tres delegados con mandatos de una autenticidad irrecusable; por desgracia, las secciones que representaban no podían pesar mucho en la balanza, ya que, constituidas en tierra extranjera, no tenían influencia directa sobre el proletariado de su país. Estos tres delegados eran: Lessner, miembro del Consejo General, que representaba a la Sección alemana de Londres; Le Moussu, miembro del Consejo General, que representaba a una sección francesa de Londres; y Wróblewski, miembro del Consejo General, que representaba a la Sección polaca de Londres.

Un irlandés, MacDonnell, representaba a sociedades irlandesas de Londres y de Dublín; pero, aunque era miembro del Consejo General, no se mostró disciplinado, y en más de una cuestión votó con la minoría.

Eugène Dupont, también miembro del Consejo General, no representaba a ninguna sección: vino con el simple título de delegado del Consejo.

«Queda, para remate, el gran agitador de la península ibérica, el patrón de La Emancipación, el yerno de Marx, el señor Paul Lafargue, delegado por esa grotesca reunión de nueve pobres diablos a sueldo de la casa Marx que se titula Nueva Federación Madrileña. El señor Lafargue decía representar también a una sección de Lisboa». (Memoria, p. 271.)

La mayoría de la Comisión de verificación no puso la menor dificultad para aceptar los mandatos de todos los delegados cuyo voto tenía asegurado la camarilla marxista, y la mayoría del congreso sancionó esta manera de proceder. Un delegado inglés, Mottershead, quiso presentar al congreso algunas observaciones sobre el mandato de favor dado a Maltman Barry, diciendo que este no figuraba entre los hombres conocidos en Inglaterra en el movimiento obrero; Marx, furioso al ver atacado a su protegido, exclamó: «Es muy honroso para el ciudadano Barry no ser un hombre conocido en el movimiento obrero inglés, porque todos los que se llaman dirigentes del movimiento obrero en Inglaterra son hombres vendidos a Gladstone o a otros políticos burgueses». En el asunto de la Nueva Federación Madrileña, el Consejo General había violado la resolución administrativa n.º V del Congreso de Basilea: esta resolución le daba ciertamente el derecho «de admitir o rechazar la afiliación de toda nueva sociedad o grupo», pero añadía: «Allí donde existan grupos federales, el Consejo General, antes de aceptar o rechazar la afiliación de una nueva sección o sociedad, deberá consultar al grupo»; ahora bien, el Consejo había omitido adrede consultar a la Federación Regional Española; eso no impidió que la mayoría del congreso aprobara la conducta del Consejo General69.

Pero con los delegados que representaban a secciones o federaciones de opinión autonomista, la actitud de la Comisión de verificación fue muy distinta. Se buscó pleito a varios de ellos, entre otros a los cuatro delegados de la Federación española, a dos delegados norteamericanos y al delegado de la Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista de Ginebra.

La objeción que se hizo a los españoles fue que su federación no había pagado sus cuotas a Londres70. El Consejo General creía haber encontrado ahí un argumento sin réplica; por desgracia para él, los españoles habían traído las cuotas consigo con la intención de pagarlas en el mismo congreso, y así lo hicieron. Pagadas las cuotas, parecía que ya no debía haber obstáculo para su admisión, puesto que la comisión no había mencionado ningún otro. «Pero el señor Marx es hombre de recursos; encontró inmediatamente un nuevo pretexto. Los delegados españoles, dijo al congreso, están implicados en el asunto de la Alianza, y conviene suspender su admisión hasta después de la discusión de esa cuestión. Esta táctica jesuítica la desbarató la actitud enérgica de los españoles: Marselau, de Sevilla, en un discurso aplastante de desprecio por las sucias maquinaciones de la mayoría, puso al desnudo todas las pequeñas intrigas contra España e intimó al congreso a declarar francamente si quería, sí o no, expulsar de la Internacional a la Federación española. La mayoría no se atrevió a responder, y los españoles fueron admitidos71».

El delegado norteamericano Sauva tenía mandatos de las secciones 2, 29 y 42. Estas secciones estaban adheridas, no al Consejo de Spring Street (federalista), sino al del Tenth Ward Hotel; sin embargo, el mandato de la Sección 2 fue anulado porque esta sección, que había protestado contra la elección de Sorge y de Dereure como delegados, había sido excluida por el Consejo Federal del Tenth Ward Hotel; pero no hubo más remedio que reconocer la validez de los mandatos de las secciones 29 y 42, y Sauva fue admitido.

El otro norteamericano al que atacó la comisión se llamaba W. West; era delegado de un congreso celebrado en Filadelfia el 9 de julio por las secciones agrupadas en torno al Consejo Federal de Spring Street; pero era miembro de la Sección 12, esa sección cuya suspensión había pronunciado el Consejo General a pesar del informe contrario de Eccarius. Las razones que alegó el Consejo General eran que en la Sección 12 había espiritistas y partidarios del amor libre, es decir, representantes de doctrinas a las que no era posible reconocer derecho de ciudadanía en la Internacional. La mayoría del congreso adoptó este punto de vista y, rechazada la Sección 12, el delegado del Congreso de Filadelfia vio cerrársele las puertas del Congreso de La Haya.

La Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista de Ginebra formaba parte de la Federación del Jura; pero, no sintiéndose suficientemente representada por los dos delegados elegidos en el congreso de La Chaux-de-Fonds, había querido enviar al congreso a su delegado especial, en la persona de Nikolái Zhukovski72. Este tenía el encargo de exponer las quejas particulares de su sección contra el Consejo General y de poner de relieve los servicios que había prestado a la Internacional. Pero sucedió que ese delegado especial no pudo abrir la boca en todo el congreso, porque Marx propuso con malicia a la mayoría, que lo aprobó, aplazar el examen del mandato de Zhukovski hasta que se hubiera pronunciado el veredicto sobre el asunto de la Alianza, con el pretexto de que la Sección de Propaganda de Ginebra no era sino la Sección de la Alianza resucitada con otro nombre; y como ese asunto no llegó hasta el final de la última sesión del congreso, nuestro amigo Zhukovski tuvo que volverse a Ginebra sin haber hablado. Quiso al menos aprovechar su presencia en las sesiones del congreso tomando notas. Esas notas, encontradas más tarde entre sus papeles, me las comunicó amablemente la señora Zhukovski, y les he tomado algunos préstamos. Nettlau73 las ha publicado casi enteras en el capítulo 62 de su biografía de Bakunin.

No se intentó impugnar los mandatos de los dos delegados de la Federación del Jura: como Schwitzguébel y yo estábamos ya designados para ser ofrecidos en holocausto, junto con Bakunin, a la política de la camarilla gobernante, había que empezar por admitirnos en el congreso para poder golpearnos con toda la solemnidad requerida. Por lo demás, se produjo con nosotros un incidente bastante singular. En la primera sesión pública del congreso, el jueves, cuando se dio lectura a la lista de los delegados elaborada por la mesa del congreso, Schwitzguébel y yo observamos que se nos designaba con la extraña denominación de delegados del Congreso de Neuchâtel. Reclamé inmediatamente, diciendo que esa designación no tenía sentido, que no había habido ningún Congreso de Neuchâtel, que los términos de nuestro mandato hacían inexplicable un desatino tan extraordinario, y que queríamos que constara que éramos los delegados de la Federación del Jura, nombrados por el congreso de La Chaux-de-Fonds el 18 de agosto. Se me respondió que se atendería nuestra reclamación y que el error, del todo involuntario, se corregiría. En la misma sesión se anunció que la mesa iba a hacer imprimir la lista de los delegados: me acerqué a Engels y le recordé la rectificación relativa al Congreso de Neuchâtel, rogándole que no olvidara tenerla en cuenta en la impresión de la lista; Engels lo prometió. Al día siguiente me enteré por casualidad de que la mesa había recibido una prueba de imprenta de la lista de los delegados; deseoso de asegurarme de que se había hecho la corrección, pedí ver esa prueba. Estaba en manos de Marx; este tuvo a bien dejármela recorrer y, con gran asombro mío, vi que Schwitzguébel y yo seguíamos designados en ella como delegados del Congreso de Neuchâtel. Le pregunté a Marx qué significaba aquello; respondió que se habían olvidado de hacer la corrección. Insistí en que se hiciera, y obtuve de Marx y de Engels la promesa de que se ocuparían de ello. Júzguese mi estupefacción cuando, el último día del congreso, al examinar la lista de los delegados impresa según la prueba corregida por Engels y Marx, comprobé que en ella seguía leyéndose: «Guillaume y Schwitzguébel, delegados del Congreso de Neuchâtel». Evidentemente, aquello era adrede. ¿Cuál podía haber sido la intención de Marx y de Engels? Se le ocurren a uno varias explicaciones, pero ninguna me parece del todo satisfactoria; así que renuncio a tratar de comprender.

Esta fue la única ocasión en que tuve oportunidad de conversar con Marx; pero durante las seis jornadas del congreso tuve todo el tiempo para observarlo, estudiar sus maniobras y comprobar hasta qué punto, en medio de quienes lo rodeaban como una corte, su actitud era la de un soberano. He guardado un recuerdo vivo de aquella cabeza notable, de ojos llenos de inteligencia maliciosa en un rostro del que estaba ausente la expresión de la benevolencia. Era el hombre que, escribiendo a Kugelmann74, citaba con complacencia estos versos del poeta obrero Weerth:75

Es gibt nichts schöneren auf der Welt

Als seine Feinde zu beissen.

(No hay en el mundo nada más hermoso

que morder a los enemigos.)

Si ahora recapitulamos los delegados que formaron la mayoría marxista, la encontramos compuesta así:

Dieciséis miembros del Consejo General: uno de ellos, Dupont, no tenía otro mandato que su calidad de miembro de ese Consejo; cuatro, Le Moussu, Lessner, MacDonnell y Wróblewski, representaban a secciones francesa, alemana, irlandesa y polaca constituidas en Londres (MacDonnell tenía además un mandato de Dublín); dos, Arnaud y Cournet, tenían mandatos fantasiosos de Carouge y de Copenhague; tres, Engels, Maltman Barry y Marx, tenían por títulos tres mandatos norteamericanos traídos por Sorge, y Marx y Engels tenían además mandatos alemanes procedentes de secciones que no existían; por último, seis, Fränkel, Johannard, Longuet, Ranvier, Serraillier y Vaillant, iban provistos de mandatos franceses invisibles (Vaillant tenía además un mandato norteamericano, y aquel mandato de La Chaux-de-Fonds del que había renunciado a valerse);

Seis delegados —cinco de ellos amparados en seudónimos— que, igual que los seis miembros del Consejo General nombrados en último lugar, eran portadores de mandatos que se decían procedentes de secciones de Francia, sin que fuera posible ningún control: Dumont (Faillet), Lucain (?), Swarm (d'Entraygues), Vichard, Walter (Van Heddeghem), Wilmot (?);

Nueve delegados venidos de Alemania y que, según la decisión del Congreso de Basilea, no tenían derecho a votar: Bernhard Becker, Cuno, Dietzgen, Hepner, Kugelmann, Milke, Rittinghausen, Scheu y Schumacher;

Tres delegados con mandatos suizos: J.-Ph. Becker, Duval y Friedländer (este último residente en Berlín);

Dos delegados venidos de los Estados Unidos: Dereure y Sorge;

Un bohemio, Heim; un danés, Pihl; un húngaro, Farkas; y el señor Paul Lafargue;

En total, cuarenta hombres.

El resultado era pobre, y no guardaba realmente proporción con los esfuerzos inauditos de Marx y Engels para alistar votantes. ¡Cuarenta hombres, y de ellos dieciséis miembros del Consejo General! Quitad a esos dieciséis, que eran a la vez jueces y partes; quitad además a los seis franceses de mandatos discutibles y a los nueve alemanes, que no debieron ser admitidos a votar: ¿qué quedaba? Los tres suizos (de los que dos eran alemanes y el tercero, Duval, francés), los dos norteamericanos (de los que uno era alemán y el otro parisino), el bohemio, el danés, el húngaro y el señor Lafargue, Pablo Farga, el «español postizo» (que se suponía que representaba a Madrid y a Lisboa): ¡nueve en total!

Veamos, en cambio, lo que era la «minoría»:

Cuatro delegados nombrados en votación por todas las secciones de la Federación española y portadores de un mandato imperativo: Alerini, Farga Pellicer, Marselau y Morago;

Dos jurasianos nombrados por el congreso de la Federación del Jura y portadores también de un mandato imperativo: James Guillaume y Adhémar Schwitzguébel;

Siete belgas, que representaban a diversas secciones y federaciones: Brismée, Coenen (flamenco), Eberhardt, Fluse, Herman, Splingard, Van den Abeele (flamenco);

Cuatro holandeses, que representaban al Consejo Federal holandés y a diversas secciones: Dave, Gerhard, Gilkens, Van der Hout;

Cinco delegados de secciones inglesas: Eccarius, John Hales, Harcourt (de Melbourne, Australia), Mottershead, Roach;

Un francés, que representaba a la Sección francesa de Bruselas: Cyrille;

Un norteamericano, Sauva, que representaba a las secciones 29 y 42 de los Estados Unidos.

A estos veinticuatro delegados hay que añadir a Sexton, miembro del Consejo General, que votó con la minoría, pero que no tenía, como Dupont, otro mandato que su calidad de miembro de ese Consejo76.

No cuento a West ni a Zhukovski, pues el uno fue rechazado y el otro aplazado perpetuamente.

Si hubiéramos querido a toda costa ser los más fuertes en número, habría sido muy fácil hacer que Bélgica y Holanda enviaran algunos delegados más; y también nosotros habríamos podido tener mandatos de secciones de Francia77, que habríamos repartido entre algunos de los franceses simpatizantes de nuestras ideas a los que el congreso había atraído a La Haya78. La Federación italiana había nombrado siete delegados, que fueron a Suiza a tomar parte, el 15 de septiembre, en el Congreso internacional de Saint-Imier: si Italia hubiera renunciado a una abstención que nos parecía un error y hubiera enviado sus delegados a La Haya, la minoría, reforzada ya con los delegados belgas, holandeses y franceses que habríamos podido sumarnos, se habría convertido en mayoría. Pero desdeñamos el empleo de esos medios: no era engrosando en unas cuantas unidades el número de sus votos como la minoría debía tratar de probar la legitimidad de sus reivindicaciones79. Que la «minoría» contara con más o menos votos, lo cierto era que solo ella representaba a las federaciones regularmente constituidas, a las federaciones vivas, a la verdadera Internacional; y el Congreso de La Haya, preparado para ahogar la manifestación de la opinión de esas federaciones, no podía ser y no fue en efecto sino un atentado contra la Internacional.

Sesión privada del miércoles 4 de septiembre por la noche

Terminada la verificación de los mandatos, que había consumido tres días enteros, el congreso se ocupó el miércoles por la noche de constituir su mesa. Durante los tres primeros días, la presidencia provisional se había confiado al delegado belga Van den Abeele: lo sustituyó en sus funciones Ranvier. Para la vicepresidencia, Dupont y Gerhard obtuvieron 27 votos cada uno y Sorge 20; Dupont no aceptó, de modo que los dos vicepresidentes fueron Gerhard y Sorge. Los secretarios fueron Le Moussu, Hepner, MacDonnell, Fränkel, Wilmot, Eccarius, Marselau, Dave y Van den Abeele. Los secretarios se habían designado solo por la forma, porque en todo el congreso no se leyó ninguna acta, a pesar de las reclamaciones de la minoría, a la que siempre se respondía que había faltado tiempo; por último, en la última sesión, la mayoría decidió que la redacción de las actas se confiara a una comisión compuesta por Dupont, Engels, Fränkel, Le Moussu, Marx y Serraillier, y que el nuevo Consejo General se encargara de publicarlas80.

Desde la apertura del congreso, los españoles habían presentado una moción de orden encaminada a cambiar el modo de votación. La costumbre adoptada en los congresos anteriores era atribuir un voto a cada delegado. Los españoles, conforme a su mandato, pidieron que el voto de cada delegado se contara en proporción al número de internacionalistas que representaba; los belgas y los jurasianos, por su parte, propusieron que se votara no por cabeza, sino por federación. Estas propuestas fueron rechazadas por la mayoría, que se veía perdida si se admitían. Ante esta decisión, los españoles y los jurasianos declararon que no tomarían parte en ninguna votación y que no consideraban el congreso más que como una simple comedia; pero anunciaron al mismo tiempo que estaban decididos a asistir a él hasta el final, para protestar contra los manejos de la mayoría.

El orden del día del congreso quedó fijado así: 1.º discusión sobre los poderes del Consejo General; 2.º discusión sobre la propuesta de intercalar en los Estatutos generales la resolución IX de la Conferencia de Londres relativa a la acción política del proletariado; 3.º diversas medidas administrativas, como la elección del Consejo General, la elección del lugar del próximo congreso, la verificación de las cuentas del Consejo General, los informes de diversas comisiones, etc.

A propuesta del Consejo General, el miércoles por la noche se nombró una comisión de cinco miembros para que se ocupara de una investigación sobre la sociedad la Alianza81 y presentara un informe al congreso. Esos cinco miembros fueron: Cuno, alemán; Lucain (seudónimo), Vichard y Walter [Van Heddeghem], franceses; y Roch Splingard, belga: este último era el único representante de la minoría en la comisión. Esa misma comisión recibió el encargo de investigar las maniobras del Consejo General y sus violaciones de los estatutos, que habían denunciado las federaciones española y del Jura. El presidente de la comisión fue Cuno. Este Cuno era un personaje de cabeza algo trastornada, que había pasado algún tiempo en Milán, donde había formado parte de la sección de la Internacional con el seudónimo de Capestro; la policía italiana lo había expulsado de aquella ciudad en febrero de 1872; «dio la medida de su discernimiento provocando el jueves, en sesión pública, a un funcionario alemán al que tuvo que presentar excusas públicas el viernes82» (Bulletin).

Primera sesión pública, jueves 5 de septiembre por la tarde

Terminados estos preliminares, el congreso pudo por fin celebrar una sesión pública, el jueves 5 de septiembre por la tarde. Hasta entonces todo había pasado en sesiones privadas, a las que solo se admitía a los delegados; por eso nuestro amigo Cafiero,83 que no podía entrar en esas reuniones cerradas, se mordía el freno y encontraba el tiempo muy largo: más de una vez lamentó, estoy seguro, la decisión de Rímini que lo obligaba a quedarse a la puerta de la sala durante las sesiones administrativas.

En esta primera sesión pública, a la que asistieron muchos burgueses curiosos, indiferentes u hostiles, y algunos obreros de La Haya, el Consejo General presentó en inglés (Sexton), en francés (Longuet) y en alemán (Marx), con una traducción al holandés (Dave), un informe sobre los acontecimientos políticos ocurridos en Europa en los tres años transcurridos desde el Congreso de Basilea. Acabada la lectura del informe, los delegados de la Federación del Jura propusieron que se adoptara la siguiente resolución, que yo había redactado:

El Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, reunido en La Haya, expresa, en nombre del proletariado universal, su admiración por los heroicos campeones de la causa de la emancipación del trabajo caídos víctimas de su abnegación, y envía un saludo fraternal y solidario a todos aquellos a quienes persigue en este momento la reacción burguesa, en Francia, en Alemania, en Dinamarca y en el mundo entero.

No hubo votación sobre esta resolución: se adoptó por aclamación.

Segunda sesión pública, jueves 5 de septiembre por la noche

El jueves por la noche hubo una segunda sesión pública, en la que se abrió el debate sobre la primera cuestión del orden del día: los poderes del Consejo General. Reproduzco casi textualmente la crónica de nuestro Bulletin (n.º 17-18):

Herman, delegado de las secciones de Lieja y miembro él mismo del Consejo General, donde desempeña el cargo de secretario para Bélgica, abre la discusión. Herman pertenece a la oposición. Las secciones que representa opinan, como todas las secciones belgas en general, que el Consejo General no debe ser un centro político que imponga una doctrina cualquiera y pretenda dirigir la Asociación. Debe formarse de otro modo que hasta ahora: cada país podrá nombrar en él representantes, sin que el Consejo pueda cooptar a ningún miembro ajeno. El fin que persigue la Internacional es la organización de las fuerzas obreras en la lucha contra el capital, con este objetivo supremo: la abolición del salariado y del proletariado. Cada país debe ser libre de buscar los medios de acción que mejor le convengan en esa lucha. En cuanto a él, su mandato es formal: pide que el congreso establezca condiciones tales que el Consejo General ya no pueda imponer ninguna dirección a la Asociación.

Lafargue responde a Herman. Habla de sus mandatos de Lisboa y de Madrid y de las instrucciones que contienen (instrucciones escritas al dictado del propio señor Lafargue). Las atribuciones del Consejo General deben mantenerse: gracias a él existe la Internacional; si se lo suprimiera, la Internacional perecería. Dirá del Consejo General lo que Voltaire decía de Dios: que, si no existiera, habría que inventarlo.

James Guillaume, delegado del Jura, expone la opinión de su federación. Hay actualmente en la Asociación Internacional, dice, dos grandes corrientes de ideas. Unos la consideran como la creación permanente de un grupo de hombres que poseen cierta doctrina social cuya aplicación ha de emancipar el trabajo; esos hombres propagan su doctrina por todas partes y tratan de impedir toda propaganda contraria. Se piensa que la Internacional existe gracias a ese grupo, que mantiene una especie de ortodoxia, y a causa de ella. Otros, al contrario, creen que la Internacional no resulta de la acción de un grupo cualquiera de hombres, sino de las condiciones económicas de cada país. La situación análoga de los trabajadores en los distintos países produce una identidad de sentimientos, de aspiraciones y de intereses que da nacimiento espontáneamente a la Internacional. No es una concepción salida de un cerebro cualquiera, sino la resultante necesaria de los hechos económicos.

Los miembros de nuestra federación contribuyeron en Basilea a poner en manos del Consejo General los poderes cuya abolición reclamamos hoy. Es la experiencia la que nos ha enseñado; es porque hemos tenido que sufrir los abusos de autoridad del Consejo General por lo que hemos llegado poco a poco a examinar si las atribuciones que se le habían confiado no constituían un peligro. El deseo que manifestó nuestra federación, hace pronto un año, de quitar al Consejo General todo poder encontró la adhesión de varias federaciones. En Bélgica se llegó a proponer la supresión de ese Consejo. Nosotros no habíamos llegado tan lejos. Pero cuando se nos comunicó esa propuesta, nos preguntamos si, en el estado actual de la Internacional, la existencia del Consejo General era necesaria. Discutimos, consultamos a las demás federaciones: ¿qué resultó de nuestra encuesta? La mayoría de las federaciones fue del parecer de mantener, no una autoridad central, sino un centro de correspondencia y de estadística. Nos pareció que las federaciones podrían entrar en relaciones directas unas con otras sin ese intermediario; sin embargo, nos hemos sumado a la opinión de la mayoría. Los que desean mantener en el Consejo General la autoridad que posee actualmente han objetado que hacía falta un poder fuerte a la cabeza de nuestra Asociación. La Internacional sostiene dos clases de luchas: la lucha económica, que se traduce en las huelgas; la lucha política, que, según los países, se traduce en candidaturas obreras o en la revolución. Estas dos luchas son inseparables; deben llevarse juntas; pero ¿tiene el Consejo General calidad para guiarnos en una u otra de esas luchas? ¿Ha organizado alguna vez una huelga? No; no tiene ninguna acción sobre esos conflictos: cuando surgen, es solo la solidaridad la que nos determina a actuar. Recordad, por no hablar más que de Suiza, qué protestas dirigió la Federación ginebrina a los periódicos que pretendían, durante las huelgas de 1868 y 1869, que esa federación había recibido una consigna de Londres y de París. Nosotros no queremos que la Internacional reciba órdenes de Londres ni de ninguna otra parte. Para la lucha política, el Consejo General tampoco es necesario; no es él quien ha llevado nunca a los trabajadores a la revolución: los movimientos revolucionarios se producen espontáneamente, y no por el impulso de un poder director. En consecuencia, impugnamos la utilidad del Consejo General. Sin embargo, estamos dispuestos a no reclamar su supresión, siempre que su papel se reduzca al de una simple oficina de correspondencia y de estadística.

Sorge, de Nueva York, responde que también América ha hecho experiencias que la han llevado a conclusiones diametralmente opuestas a las de la Federación del Jura. «La Federación del Jura —dice— se declara enemiga del poder: yo, por mi parte, habría querido que no hubiera tenido el poder de imprimir las cosas infames que ha publicado...».

Aquí, interrupciones, tumulto. La minoría intima al presidente a llamar al orden a Sorge. Sorge retira sus últimas palabras y continúa:

«Se ha dicho que el Consejo General de Londres no había organizado nunca huelgas: no es verdad. Su intervención fue de lo más eficaz en la huelga de los broncistas de París, en la de los obreros de máquinas de coser de Nueva York, en la de los mecánicos de Newcastle...».

Mottershead, delegado inglés, interrumpe diciendo: «Eso es inexacto: los mecánicos de Newcastle no tuvieron nada que ver con el Consejo General».

Sorge prosigue: «El Consejo General debe ser el estado mayor de la Asociación. Los partidarios de la autonomía dicen que nuestra Asociación no necesita cabeza; nosotros pensamos, al contrario, que necesita una, y con mucho seso dentro. (Se mira a Marx y se ríe.) Necesitamos absolutamente una fuerte centralización y, para terminar, frente a los que piden que se quiten al Consejo General sus poderes, yo pido que se le den más».

Morago, delegado español, dice que sería perder el tiempo conceder poderes al Consejo General, puesto que no dispone de la fuerza necesaria para obligar a las secciones a obedecer. Siendo la Internacional una asociación libre, nacida de la organización espontánea del proletariado y que constituye por su existencia misma la protesta más categórica contra la autoridad, sería absurdo esperar que los partidarios de la autonomía de las colectividades obreras abdicaran de sus sentimientos y de sus ideas para aceptar la tiranía del Consejo General. La Federación española está por la libertad, y nunca consentirá en ver en el Consejo General otra cosa que un centro de correspondencia y de estadística84.

Después de estos discursos se levantó la sesión pública.

Sesión administrativa del viernes 6 de septiembre por la mañana

Luego, en sesión administrativa, el viernes por la mañana, el Consejo General propuso sustituir los artículos 2 y 6 del capítulo II de los Reglamentos generales, revisados por la Conferencia de Londres, por disposiciones nuevas. La mayoría declaró cerrada la discusión85 y votó el texto propuesto por el Consejo, en estos términos:

Los artículos votados no se repiten aquí; están en las resoluciones del congreso, publicadas por la comisión de redacción de las actas: 1. Poderes del Consejo General.86

Sesión privada del viernes 6 de septiembre por la tarde

Fue en sesión privada, el viernes por la tarde, cuando se designó la sede del nuevo Consejo General. Por 26 votos contra 23, con 9 abstenciones87, se decidió primero que se cambiara la sede del Consejo General. Marx, que había prometido a los blanquistas votar por mantener el Consejo en Londres, los traicionó y dio su voto al cambio, igual que Engels y sus principales incondicionales, Lafargue, Longuet, Lessner, Kugelmann, Dupont, Le Moussu, Maltman Barry88. Cuatro miembros de la minoría, belgas y holandeses, Herman, Splingard, Gerhard y Van der Hout, votaron con los cinco blanquistas, Arnaud, Cournet, Dereure, Ranvier y Vaillant, por mantener el Consejo en Londres, junto con catorce miembros de la mayoría89. Eccarius y una parte de los ingleses, obligados a volver a Londres, habían dejado ya el congreso.

Después Engels, en su nombre y en el de Marx y otros siete delegados, propuso Nueva York como sede del Consejo General. Si Marx había insistido antes en conservar el Consejo en Londres, era porque temía verlo trasladado a Suiza o a Bélgica; pero la idea —¿de quién había partido? No lo sé— de situarlo en América debió de parecerle un rasgo de genio y, si no fue él mismo su inventor, la adoptó con entusiasmo: en Nueva York, pensaba, el Consejo General, que estará bajo la férula de mi amigo Sorge, obedecerá siempre a mi influencia, y al mismo tiempo parecerá que yo ya no me meto en nada y que he dado un gran ejemplo de abnegación personal. Pero Marx, a pesar de su astucia, no había advertido una cosa: que, al engañar a los blanquistas y creer dar un golpe maestro destinado a eternizar su dominio sobre el Consejo General, hacía —¡sobre todo!— el juego de la minoría, que razonó así: «Una vez situado el Consejo General al otro lado del Atlántico, para nosotros será de hecho como si ya no existiera, y se nos va a brindar la mejor ocasión de probar en la práctica que se puede prescindir de un Consejo General».

Y, en realidad, fueron nueve miembros de la minoría, ingleses, belgas y holandeses, los que, uniendo sus votos a los de Marx y sus amigos, dieron la mayoría a la elección de Nueva York: hubo 30 votos por Nueva York90, 14 en contra91 y 12 abstenciones92. Si los nueve miembros de la minoría que votaron por Nueva York hubieran votado en contra, Nueva York no habría obtenido más que 21 votos contra 23. Mientras Marx se felicitaba del éxito de su ardid y de la victoria que acababa de obtener sobre los blanquistas, la minoría, por su parte, se congratulaba de la enorme falta cometida por Marx y los suyos, que estos solo habían podido perpetrar gracias al apoyo aportado con malicia por nueve votos autonomistas.

Tercera sesión pública, viernes 6 de septiembre por la noche

El viernes por la noche hubo una tercera sesión pública. En ella se discutió una propuesta firmada por cierto número de miembros de la mayoría, que consistía en introducir en los Estatutos generales la resolución IX de la Conferencia de Londres, con una redacción nueva concebida así:

El texto, insertado en los Estatutos generales como artículo 7a, no se repite aquí; está en las resoluciones del congreso: I. Resolución sobre los Estatutos.93

Los blanquistas habían presentado una propuesta firmada por Arnaud, Cournet, Ranvier, Vaillant y Dereure, que contenía una declaración de principios resumida en esta fórmula: «Si la huelga es un medio de acción revolucionaria, la barricada es otro, y el más poderoso de todos», y que pedía al congreso que declarara que «la organización militante de las fuerzas revolucionarias del proletariado y de su lucha queda inscrita en el orden del día del próximo congreso».

Tomo de nuevo del Bulletin la crónica de la discusión:

El debate no tuvo un carácter serio. Los dos oradores que sostuvieron la propuesta del Consejo General, Vaillant y Hepner, no aportaron el menor argumento.

Vaillant se limitó a hacer el elogio de la fuerza y de la dictadura, declarando que los que no pensaban como él eran burgueses o intrigantes, y que, una vez votada la propuesta e insertada como artículo de fe en la Biblia de la Internacional (textual), todo internacionalista estaría obligado a conformarse al programa político que en ella se traza, so pena de expulsión. Tendríamos curiosidad por saber qué piensa la sección romanda de La Chaux-de-Fonds de las opiniones de su mandatario Vaillant.

Hepner, del Volksstaat, declara que los internacionalistas que en Suiza no van a votar en las elecciones políticas son aliados del «soplón» Schweitzer94 en Prusia, y que la abstención electoral lleva directamente a la comisaría de policía. Durante la guerra franco-alemana, los «abstencionistas» se convirtieron en Alemania en los más ardientes patriotas prusianos, y lo mismo ocurre en todas partes. Se pretende que el Consejo General impone una doctrina; eso es falso: nunca ha impuesto nada a los alemanes, y la doctrina política contenida en las publicaciones del Consejo General ha estado en perfecta armonía con los sentimientos de los obreros alemanes sin necesidad de ninguna violencia. Hepner dice muchas otras cosas, sin tratar nunca la cuestión de principio, contando una serie de historietas, unas falsas, otras que sirven de pretexto a interpretaciones venenosas y calumniosas.

James Guillaume fue el único delegado de la minoría al que se permitió hablar. Era saltarse el turno, porque había una quincena de oradores inscritos antes que él, entre ellos los cuatro delegados españoles y varios delegados belgas e ingleses; él lo hizo observar, pero el presidente y la mayoría insistieron en que hablara. Como comprendimos más tarde, el plan del Consejo General era hacer exponer en sesión pública las teorías de la oposición por boca de Guillaume y luego, al final del congreso, castigar con la expulsión a quien había sido el portavoz de la minoría, para hacer creer al gran público que los principios de esta no habían tenido otro defensor que un hombre indigno de formar parte de la Internacional.

La respuesta de Guillaume fue muy incompleta porque, a falta de un acuerdo previo con sus colegas de la minoría, no pudo reunir todos los materiales dispersos en manos de los diversos delegados que se proponían hablar contra la propuesta. Además, a la minoría le repugnaba presentar en sesión pública ciertas cartas de miembros del Consejo General que daban a la propuesta su verdadero significado95. Guillaume se limitó, pues, a una exposición general de la teoría federalista y revolucionaria, que opuso a la doctrina expuesta en el célebre Manifiesto del Partido Comunista publicado en 1848 por Marx y Engels; la resolución IV de la Conferencia de Londres, cuya inserción en los Estatutos generales se propone, no es más que un primer paso en el sentido de ese programa96. Recogiendo el término de abstencionistas aplicado a los internacionalistas belgas, holandeses, jurasianos, españoles e italianos, Guillaume declaró que ese término, introducido por Proudhon en el vocabulario socialista, se prestaba al equívoco, y que lo que quería la minoría del congreso no era la indiferencia política, sino una política especial, negadora de la política burguesa, a la que llamaremos la política del trabajo. La distinción entre la política positiva de la mayoría y la política negativa de la minoría queda marcada claramente, por lo demás, por la definición del fin que cada una se propone: la mayoría quiere la conquista del poder político; la minoría quiere la destrucción del poder político.

Longuet, en otro tiempo proudhoniano, pero que se había hecho marxista por razones de familia97, dio a este discurso una respuesta absolutamente vacía. En vano hemos buscado sus puntos principales para resumirlos; no hay nada en esa arenga difusa: palabras, muchas palabras, y ni una idea debajo. Lo único que puede tomarse por un argumento en medio de esas frases es una broma que consistía en decir que el orador de la minoría no había leído ni a Proudhon ni a Marx, broma que recuerda la carta del señor Lafargue que hablaba de la bendita ignorancia de la Federación del Jura98, y que ha tenido el mismo éxito.

La sesión se cerró luego en medio de un tumulto provocado por unos cuantos alborotadores que se encontraban entre el público.

Sesión administrativa del sábado 7 de septiembre por la mañana

Después de la votación que había trasladado el Consejo General a Nueva York y sembrado la división en el campo de la mayoría, la minoría, que encontraba el terreno despejado por obra del propio Marx, pudo llegar al acuerdo que había tratado de establecer entre sus miembros desde el primer día del congreso. Se habían celebrado en diversas ocasiones reuniones privadas de la minoría en el local de la Sección de La Haya; todos los miembros de la oposición, incluidos los ingleses y el norteamericano Sauva, habían asistido a ellas; se habían intercambiado ideas y se había comprobado el acuerdo sobre el principio de autonomía; quedaba expresar ese acuerdo en una declaración que se leería en el congreso. Esa declaración había parecido, a primera vista, muy difícil de elaborar, dadas ciertas divergencias de detalle entre los delegados de tal o cual federación; pero, tras la votación que llevaba el Consejo General a Nueva York, la cosa salió sola. El sábado por la mañana se había llegado a una redacción definitiva, que se presentó a la firma de todos los delegados de la oposición. Todos la firmaron, salvo los ingleses, que habían tenido que dejar ya La Haya99, pero que habían aprobado sus principios en las reuniones anteriores de la minoría. También faltan al pie de este documento las firmas de dos delegados holandeses, Gilkens y Van der Hout: habían regresado ya a Ámsterdam. Faltan también, no sé por qué, las firmas de los delegados belgas Herman y Splingard.

El sábado por la mañana se supo que los blanquistas (Arnaud, Cournet, Ranvier y Vaillant), furiosos por haber sido burlados, habían abandonado el congreso (Dereure se había quedado). Ranvier, al abandonar la presidencia —en la que lo sustituyó Sorge—, había declarado que la Internacional estaba perdida. La minoría, cada vez más compacta y resuelta, cada vez más consciente de que en ella estaba la verdadera representación de la Internacional, decía, al contrario: la Internacional está salvada, va a volver a tomar posesión de sí misma; la autoridad del Consejo General, votada en principio por la mayoría, ha quedado abolida de hecho por la elección de Nueva York.

La mayoría tenía ahora que nombrar a los miembros del nuevo Consejo General; debía votar a ciegas, pues ninguno de los europeos conocía a los candidatos a los que tenía que dar su voto. Un hecho muy característico es que, por una consigna dada por Marx a sus amigos, no se presentó la candidatura de Sorge; se sabía que habría fracasado, porque la personalidad de ese delegado resultaba antipática incluso a una parte de la mayoría: imposible imaginar un patán más desagradable, un zafio más malhablado; enseguida lo habían apodado «el cabo Sorge». Los marxistas hicieron decidir que el congreso nombrara solo a doce miembros del Consejo General y que el nuevo Consejo tuviera no la facultad, sino el deber de cooptar más tarde a tres miembros (disposición que no tenía otro fin que permitir la entrada posterior de Sorge en el Consejo)100. Los doce miembros, elegidos solo por la mayoría, obtuvieron de 29 a 22 votos101; la minoría se abstuvo, impasible.

Se decidió después que el próximo congreso general se celebraría en Suiza.

El Consejo General presentó su informe financiero; luego se procedió a la votación sobre la inserción en los Estatutos generales del artículo sobre la «conquista del poder político», que se había discutido la víspera: fue adoptado por 29 votos contra 5, con 8 abstenciones.

Cuarta sesión pública, sábado 7 de septiembre por la tarde

El sábado por la tarde hubo una cuarta y última sesión pública: no se dedicó a un debate entre los delegados, sino a una exposición de los principios de la Internacional, dirigida a un numeroso auditorio por varios oradores, entre ellos Victor Dave, que se expresaba con soltura en holandés, Van der Hout y Brismée. Al ver los calurosos aplausos que el público neerlandés tributaba a estos delegados, que desarrollaban las ideas de la minoría, Lafargue, siempre ingenioso (ingenioso hidalgo), declaró que ese hecho probaba claramente que el Consejo General, al designar La Haya como sede del congreso, no se había guiado por la idea de elegir un medio que le fuera favorable.

Sesión administrativa del sábado 7 de septiembre por la noche; clausura del congreso

Queda por hablar de la cuestión que a los ojos de Marx y de Engels era la más importante de todas, aquella con vistas a la cual se había convocado el congreso y se había fabricado una mayoría complaciente: la cuestión de la Alianza.

La comisión de investigación sobre la Alianza, nombrada el miércoles por la noche, celebró sus reuniones a puerta cerrada en el local de la Sección de La Haya e hizo comparecer ante ella a testigos y a quienes llamaba acusados. Pretendía que su investigación versara sobre la existencia de una sociedad secreta que se habría llamado Alianza de la Democracia Socialista y que habría existido al lado de la asociación pública fundada en septiembre de 1868 con ese mismo nombre; las dos sociedades habrían tenido el mismo programa, y la segunda, la Alianza pública, solo habría sido una especie de biombo, de trampantojo destinado a disimular la existencia y la acción de la primera. Esta sociedad secreta habría tenido estatutos y un programa opuestos a los de la Internacional, de la que habría sido rival y enemiga.

Yo, por mi parte, me negué a comparecer ante la comisión. Nunca había sido miembro de la Alianza de la Democracia Socialista, la asociación fundada en el Congreso de Berna por Bakunin, Reclus y sus amigos; me había negado a constituir en Le Locle un grupo de esa Alianza; me había negado después a inscribirme como miembro de la Sección de la Alianza de Ginebra; y todo esto lo había declarado siempre en voz alta. En cuanto a preguntarme si había formado parte o formaba aún parte de alguna sociedad secreta, era una pregunta que no reconocía a nadie el derecho a hacerme; pregunta que, por lo demás, es ridículo que a uno se le ocurra siquiera hacer a alguien, ya que el deber del miembro de una organización secreta sería no responder nada. Yo había dicho en el congreso de La Chaux-de-Fonds, el 4 de abril de 1870: «Cada miembro de la Internacional conserva la libertad plena y entera de afiliarse a cualquier sociedad secreta, aunque sea la francmasonería; una investigación sobre una sociedad secreta sería simplemente una denuncia a la policía»; y persistía en esta manera de pensar. Sin embargo, como los delegados españoles, así como Zhukovski y Schwitzguébel, que sí habían querido prestarse a la investigación, insistieron ante mí y me hicieron ver que no debía dar la impresión de escabullirme, consentí, el sábado por la tarde, en conversar con los miembros de la comisión, pero con la condición expresa de que quedara bien entendido que nuestra conversación no tendría otro carácter que el de una entrevista privada, y en modo alguno el de un interrogatorio.

Tomo del Bulletin, reproduciendo casi textualmente su crónica, el relato de lo relativo a la investigación sobre la Alianza y a las votaciones que hizo la mayoría a raíz del informe presentado por la comisión en la sesión privada del sábado por la noche:

La comisión de investigación sobre la Alianza empleó varias sesiones (secretas) en examinar documentos que le entregó Engels y en oír a diversos testigos. Esta comisión manifestó primero la extraña pretensión de erigirse en juez de instrucción: el interrogatorio de los testigos debía ser secreto, y luego había que proceder a careos y tratar de sorprender a los testigos en contradicción. Una parte de los que fueron llamados de este modo se negaron a responder; otros, los acusadores, entretuvieron en cambio a la comisión durante largas horas con sus quejas. No podemos decir lo que pasó en esas sesiones; no conocemos las declaraciones que se hicieron en ellas, no hemos visto los documentos que se presentaron; pero, para ilustrar a nuestros lectores, bastará darles a conocer las opiniones de dos de los miembros de la comisión.

Roch Splingard, después de haber asistido a todos esos debates misteriosos, después de haber oído las revelaciones de los señores Marx y Engels, declaró a quien quiso oírlo que la investigación no podía llevar a nada, que los acusadores no habían aportado ningún documento serio, que todo aquel asunto era una mistificación y que le habían hecho perder el tiempo poniéndolo en una comisión semejante. Por lo demás, más adelante se encontrará el informe escrito que presentó como minoría de la comisión.

Otro miembro de la comisión, el francés Walter, que pertenecía a la mayoría del congreso, quedó tan asqueado de todo lo que vio y oyó en la comisión que el viernes le escribió una carta para anunciarle que dejaría de participar en sus trabajos y que declinaba toda responsabilidad respecto a las conclusiones que pudiera adoptar. Es verdad que el sábado por la noche el ciudadano Walter, que había cambiado de opinión —se verá bajo qué influencias—, trató de retractarse de su carta; pero ese cambio no hizo más que mostrar con mayor claridad la presión que se ejercía, desde cierto lado, sobre la pobre comisión de investigación.

Otro hecho significativo. El sábado, hacia las cuatro de la tarde, en el local de la Sección de La Haya, los ciudadanos Cuno, Lucain y Vichard, que formaban la mayoría de la comisión (Walter se había retirado y Splingard formaba minoría frente a ellos), declararon a Guillaume que, a pesar de todo el trabajo que se habían tomado, no habían podido llegar a ningún resultado serio, y que los trabajos de la comisión de investigación, cuando tuviera que presentar su informe esa misma noche al congreso, recordarían a la montaña que pare un ratón. Se entabló luego una conversación amistosa entre Lucain y Guillaume sobre la reorganización de las secciones en Francia, sobre la utilidad que tendría constituir un comité federal francés, etc.; Lucain mostró a Guillaume la mayor confianza, le pidió que mantuviera correspondencia con él y le dio su dirección y su verdadero nombre102. Luego se separaron, y la comisión volvió a reunirse ¡para oír a Marx! Marx no aportó documentos nuevos; todo lo había hecho presentar por Engels: ¿qué pudo decir a la comisión? Lo ignoramos; lo cierto es que las disposiciones de los tres ciudadanos que acababan de conversar con Guillaume cambiaron de repente, y que el propio Walter, abjurando de su independencia, se dispuso a desautorizar su carta de la víspera.

Fue después de esta entrevista con Marx cuando la comisión, convertida de pronto a otros sentimientos, redactó sus memorables conclusiones; y aquí se sitúa otro hecho característico: los tres jueces de la mayoría, incapaces de redactar esas pocas frases en un francés gramatical, tuvieron que hacerse ayudar por Splingard, que, aun protestando contra sus conclusiones, enmendó su estilo en la medida en que era factible.

Y como consecuencia de todo esto, el sábado por la noche, en sesión administrativa, pocos momentos antes de la clausura del congreso, Lucain, ponente de la comisión, vino a leer el informe siguiente:

El informe, que no repetimos, está en la página del congreso: Informe de la comisión de investigación sobre la sociedad la Alianza (7 de septiembre de 1872).

Unas breves observaciones harán ver a la vez la estupidez y la infamia de este documento.

En él se habla de la sociedad la Alianza unas veces como de una sociedad secreta y otras como de una sociedad pública, de modo que de un extremo a otro del informe reina sobre este punto una confusión completa.

Se dice en él, por una parte, que la Alianza secreta ha existido, pero que no está suficientemente probado que exista todavía, y, más adelante, que Bakunin intentó, y quizá logró, fundar una sociedad llamada la Alianza; y, por otra parte, la comisión se dice convencida de que Guillaume y Schwitzguébel forman todavía parte de la sociedad llamada la Alianza. ¿Es posible caer en una contradicción más pueril? Porque, o bien la comisión afirma, como hace más arriba, que no le está suficientemente probado que la Alianza exista todavía, ni siquiera —y esto es el colmo— que Bakunin lograra fundarla, y entonces es absurdo decir que Guillaume y Schwitzguébel forman parte de ella; o bien existen, en efecto, pruebas que han parecido convincentes a la comisión de que Guillaume y Schwitzguébel forman todavía parte de una sociedad llamada la Alianza, y entonces la comisión no sabe lo que dice cuando pretende que no le está suficientemente probada la existencia misma de esa sociedad.

Por último, el informe pretende que esa Alianza —de la que la comisión ignora si existe, sí o no— tenía estatutos completamente opuestos a los de la Internacional.

Ahora bien, la verdad, que la comisión conoce perfectamente, es que la Alianza existió realmente; que Bakunin no solo intentó fundarla, sino que lo logró; que funcionó a la luz del día, en público, a la vista de todo el mundo; que el Consejo General, en su carta del 20 de marzo de 1869, reconoció que el programa de esa Alianza no contiene nada contrario a la tendencia general de la Internacional (t. I, p. 141); y que el programa y el reglamento de la sección que llevó ese nombre en Ginebra fueron aprobados por el Consejo General de Londres (carta de Eccarius del 28 de julio de 1869103).

Más adelante, la comisión formula contra Bakunin una acusación de estafa. Ahora bien, en apoyo de una inculpación tan grave no se ha presentado al congreso la más mínima brizna de prueba, ¡y el acusado no ha sido ni avisado ni oído! Hay en ello, pues, una difamación pura y simple. Pero es inútil insistir: semejantes indignidades no pueden alcanzar el honor de Bakunin.

El presidente de la comisión, Cuno, explicó al congreso que la comisión, a decir verdad, no había recibido ninguna prueba material de los hechos imputados a los ciudadanos implicados, pero que había adquirido respecto a ellos una certeza moral; ¡y que, no teniendo argumentos que presentar al congreso en apoyo de su opinión, la comisión se limitaba a pedirle un voto de confianza!

Se dio lectura luego a la declaración de Roch Splingard, cuyos términos son estos:

La declaración de Splingard está en la página del congreso: Declaración de Roch Splingard, miembro de la comisión de investigación.

Splingard desarrolló sus conclusiones en unas cuantas palabras enérgicas, que hicieron justicia del informe de la comisión y del extraño discurso de Cuno.

Guillaume, invitado a defenderse, se negó a hacerlo, diciendo que eso sería dar la impresión de tomar en serio la comedia organizada por la mayoría. Se limitó a hacer observar que era todo el partido federalista lo que la mayoría trataba de alcanzar con las medidas dirigidas contra algunos de sus miembros: «Pero —añadió— vuestra venganza llega demasiado tarde; nos hemos adelantado, nuestro pacto de solidaridad está hecho y firmado, y vamos a leéroslo».

Schwitzguébel se limitó a decir: «Estamos condenados de antemano; pero los trabajadores condenarán la decisión de vuestra mayoría104».

Y acto seguido Dave, delegado de la Sección de La Haya, dio lectura a la declaración siguiente:

La declaración está en la página del congreso: Declaración de la minoría (7 de septiembre de 1872).

Los miembros de la mayoría escucharon en silencio esta lectura inesperada. No se hizo ninguna observación. Y, como todos tenían prisa por terminar, el presidente hizo proceder a la votación nominal sobre las expulsiones propuestas por la comisión105.

De los sesenta y cinco delegados que habían sido admitidos (West había sido rechazado y Zhukovski aplazado), no quedaban ya presentes en el congreso más que cuarenta y tres. Los veintidós delegados que habían dejado ya La Haya eran: Eccarius, Hales, Mottershead, Roach, Sexton, Harcourt, Eberhardt, Gerhard, Gilkens y Van der Hout, de la minoría; Lessner, Maltman Barry, Arnaud, Cournet, Ranvier, Vaillant, Bernhard Becker, Dietzgen, Milke, Rittinghausen, Scheu y Schumacher, de la mayoría106.

Votación sobre la expulsión de Mijaíl Bakunin (42 votantes107):

Sí: J.-Ph. Becker, Cuno, Dereure, Dumont [Faillet], Dupont, Duval, Engels, Farkas, Fränkel, Heim, Hepner, Johannard, Kugelmann, Lafargue, Le Moussu, Longuet, Lucain (seudónimo), MacDonnell, Marx, Pihl, Serraillier, Sorge, Swarm [d'Entraygues], Vichard, Walter [Van Heddeghem], Wilmot (seudónimo), Wróblewski.

No: Brismée, Coenen, Cyrille108, Dave, Fluse, Herman, Van den Abeele.

Abstenciones: Alerini, Farga Pellicer109, Guillaume, Marselau, Morago, Sauva, Splingard, Schwitzguébel.

27 sí, 7 no, 8 abstenciones: queda votada la expulsión de Bakunin.

Votación sobre la expulsión de James Guillaume (43 votantes110):

Sí: J.-Ph. Becker, Cuno, Dumont [Faillet], Dupont, Duval, Engels, Farkas, Fränkel, Heim, Hepner, Johannard, Kugelmann, Lafargue, Le Moussu, Longuet, Lucain (seudónimo), Marx, Pihl, Serraillier, Sorge, Swarm [d'Entraygues], Vichard, Walter [Van Heddeghem], Wilmot (seudónimo), Wróblewski111.

No: Brismée, Coenen, Cyrille, Dave, Fluse, Herman, Sauva, Splingard, Van den Abeele112.

Abstenciones: Alerini, Dereure, Farga Pellicer, Friedländer, Guillaume, MacDonnell, Marselau, Morago, Schwitzguébel113.

25 sí, 9 no, 9 abstenciones: queda votada la expulsión de Guillaume.

Votación sobre la expulsión de Adhémar Schwitzguébel (41 votantes114):

Sí: J.-Ph. Becker, Cuno, Dumont [Faillet], Engels, Farkas, Heim, Hepner, Kugelmann, Le Moussu, Marx, Pihl, Sorge115, Vichard, Walter [Van Heddeghem], Wróblewski116.

No: Brismée, Coenen, Cyrille, Dave, Dereure, Dupont, Fluse, Fränkel, Herman, Johannard, Longuet, Sauva, Serraillier, Splingard117, Swarm [d'Entraygues], Wilmot (seudónimo), Van den Abeele.

Abstenciones: Alerini, Duval, Farga Pellicer, Lafargue, Lucain (seudónimo), MacDonnell, Marselau, Morago, Schwitzguébel118.

15 sí, 17 no, 9 abstenciones: no queda votada la expulsión de Schwitzguébel.

Schwitzguébel protestó inmediatamente: hizo observar que la comisión había propuesto su expulsión exactamente por los mismos motivos que la de Guillaume, y que era absurdo expulsar a uno y no al otro. La mayoría no respondió nada119. Guillaume declaró, por su parte, que seguía considerándose miembro de la Internacional.

Un miembro de la mayoría120, comprendiendo que sería difícil, si no imposible, reunir votos suficientes para las tres expulsiones que la comisión pedía todavía, propuso diplomáticamente dejar caer la petición de expulsión formulada contra los ciudadanos Malon,121 Bousquet y Marchand: «El escarmiento que acabamos de dar —añadió— bastará». La mayoría asintió, y se pasó adelante.

Así, el ciudadano Bousquet, acusado —falsamente, por lo demás— por el informe de la comisión de ser un soplón, ha seguido siendo miembro de la Internacional por voluntad de la mayoría, que no encontró necesario expulsarlo122.

La misma comisión que había tenido que ocuparse de la investigación sobre la Alianza había recibido el encargo de oír las acusaciones que los delegados de diversas federaciones presentaban a su vez contra el Consejo General por abuso de poder, violación de los estatutos, calumnia, etc. Pero la comisión declaró que le había faltado tiempo para ocuparse de esta segunda parte de su tarea, de modo que el examen de los actos del Consejo General, mucho más importante que la irrisoria investigación sobre la Alianza, no tuvo lugar.

Después de estas hermosas decisiones, el presidente Sorge declaró clausurado el congreso.

  1. Pongo un asterisco delante de los nombres de los delegados que formaban parte del Consejo General. (N. de Guillaume.) ↩

  2. Antoine Arnaud (1831-1885), blanquista, miembro de la Comuna de París y del Consejo General en 1871-1872. ↩

  3. Frédéric Cournet (1839-1885), blanquista, miembro de la Comuna de París y del Consejo General en 1871-1872. ↩

  4. Eugène Dupont (h. 1831-1881), luthier francés emigrado en Londres, miembro del Consejo General desde 1864 y su secretario corresponsal para Francia. ↩

  5. Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre alemán emigrado en Londres, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, secretario general del Consejo General de 1867 a 1871. ↩

  6. Leo Fränkel (1844-1896), orfebre húngaro, miembro de la Comuna de París y del Consejo General en 1871-1872. ↩

  7. John Hales (1839-?), obrero inglés, secretario general del Consejo General en 1871-1872; después del Congreso de La Haya encabezó la oposición del Consejo Federal británico al Consejo General. ↩

  8. Jules Johannard (1843-1888), obrero francés, miembro del Consejo General y de la Comuna de París. ↩

  9. Benjamin Le Moussu, dibujante y grabador francés, refugiado de la Comuna, miembro del Consejo General en 1871-1872. ↩

  10. Friedrich Lessner (1825-1910), sastre alemán, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, miembro del Consejo General de 1864 a 1872. ↩

  11. Charles Longuet (1839-1903), periodista francés, proudhoniano, miembro de la Comuna de París y del Consejo General en 1871-1872. ↩

  12. Joseph Patrick MacDonnell (1847-1906), feniano irlandés, secretario corresponsal del Consejo General para Irlanda en 1871-1872. ↩

  13. Maltman Barry (1842-1909), periodista escocés, miembro del Consejo General en 1871-1872; más tarde militó con los conservadores. ↩

  14. Thomas Mottershead (h. 1825-1884), tejedor inglés, miembro del Consejo General. ↩

  15. Gabriel Ranvier (1828-1879), pintor decorador, blanquista, miembro de la Comuna de París y del Consejo General en 1871-1872. ↩

  16. Auguste Serraillier (1840-?), hormero francés, miembro de la Comuna de París y del Consejo General, del que era secretario corresponsal para Francia. ↩

  17. Édouard Vaillant (1840-1915), ingeniero y médico, blanquista, miembro de la Comuna de París y del Consejo General en 1871-1872; más tarde, dirigente socialista francés. ↩

  18. Ignoro cuál era el verdadero nombre del delegado que había tomado el seudónimo de Wilmot. Este seudónimo toma la forma de Vilmart en las cartas de Engels a Sorge publicadas recientemente. (N. de Guillaume.) ↩

  19. Walery Wróblewski (1836-1908), revolucionario polaco, general de la Comuna de París, secretario corresponsal del Consejo General para Polonia. ↩

  20. Bernhard Becker (1826-1882), lassalleano, presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes en 1864-1865; luego se pasó a los eisenachianos. ↩

  21. Theodor Cuno (1846-1934), ingeniero alemán, organizador de la Internacional en Milán, expulsado de Italia en 1872; emigró después a los Estados Unidos. ↩

  22. Joseph Dietzgen (1828-1888), curtidor y filósofo materialista alemán. ↩

  23. Adolf Hepner (1846-1923), redactor del Volksstaat, órgano del Partido Obrero Socialdemócrata (eisenachiano), que se publicaba en Leipzig. ↩

  24. Ludwig Kugelmann (1828-1902), médico de Hannover, amigo y corresponsal de Marx. ↩

  25. Moritz Rittinghausen (1814-1890), publicista renano, defensor de la legislación directa por el pueblo. ↩

  26. El delegado que había tomado el seudónimo de Lucain me confió su verdadero nombre en una conversación que tuve con él; lo he olvidado. (N. de Guillaume.) ↩

  27. Désiré Brismée (1822-1888), impresor de Bruselas, uno de los fundadores de la Internacional en Bélgica. ↩

  28. Philippe Coenen (1842-1892), zapatero, dirigente de la Internacional en Amberes. ↩

  29. Herman, aunque era miembro del Consejo General, del que era secretario corresponsal para Bélgica, vivía en Lieja desde hacía algún tiempo. (N. de Guillaume.) ↩

  30. Victor Dave (1845-1922), internacionalista belga, más tarde anarquista. ↩

  31. Hendrik Gerhard (1829-1886), sastre, fundador de la Internacional en los Países Bajos. ↩

  32. Johann Philipp Becker (1809-1886), veterano de la revolución de 1848-1849, organizador de las secciones de lengua alemana de la Internacional desde Ginebra. ↩

  33. James Guillaume (1844-1916), maestro y tipógrafo suizo, principal figura de la Federación del Jura y autor de este relato. ↩

  34. La lista oficial me designa, igual que a Schwitzguébel, como «delegado del Congreso de Neuchâtel». Restablezco nuestra verdadera condición. (N. de Guillaume.) ↩

  35. Adhémar Schwitzguébel (1844-1895), grabador del Jura bernés, militante de la Federación del Jura. ↩

  36. Nikolái Zhukovski (1833-1895), emigrado ruso en Ginebra, miembro de la Alianza y amigo de Bakunin. ↩

  37. Zhukovski, delegado especialmente por la Sección de Propaganda y de Acción Revolucionaria Socialista de Ginebra, y no por el conjunto de la Federación del Jura como Schwitzguébel y yo, no llegó a La Haya hasta el lunes por la noche. (N. de Guillaume.) ↩

  38. Charles Alerini (1842-1901), profesor corso, internacionalista en Marsella y luego en Barcelona. ↩

  39. Rafael Farga Pellicer (1844-1890), tipógrafo de Barcelona, uno de los fundadores de la Federación Regional Española. ↩

  40. Tomás González Morago (h. 1845-1885), grabador madrileño, uno de los primeros internacionalistas españoles. ↩

  41. Nicolás Alonso Marselau, antiguo seminarista, internacionalista de Sevilla. ↩

  42. Paul Lafargue (1842-1911), médico, yerno de Marx; en 1871-1872 actuó en España contra los aliancistas. ↩

  43. Simon Dereure (1838-1900), zapatero, miembro de la Comuna de París, emigrado luego a Nueva York. ↩

  44. Friedrich Adolph Sorge (1828-1906), profesor de música alemán emigrado en los Estados Unidos, organizador de la Internacional en Norteamérica; después del congreso, secretario general del Consejo General en Nueva York. ↩

  45. Sin embargo, Ranvier había creído oportuno anunciarse como delegado de una sección que tenía su sede en París y se llamaba Sección Ferré; contaba incluso, según se decía, que tenía tres mil miembros. (N. de Guillaume.) ↩

  46. Mémoire présenté par la Fédération jurassienne de l'Association internationale des travailleurs à toutes les fédérations de l'Internationale (Sonvilier, 1873), redactada por Guillaume. ↩

  47. Los dos consejos federales en que se escindió la Internacional en los Estados Unidos en 1871-1872; el de Spring Street agrupaba a la Sección 12 y a otras secciones de reformadores norteamericanos, y el del Tenth Ward Hotel a las secciones obreras, en su mayoría alemanas, que seguían al Consejo General. ↩

  48. Circular enviada a las secciones inglesas por el Consejo Federal inglés en enero de 1873. (N. de Guillaume.) ↩

  49. Desde que Liebknecht y Bebel estaban en la cárcel, el Volksstaat, redactado por Hepner solo y caído bajo la influencia de Engels, se mostraba especialmente lleno de odio hacia nosotros. (N. de Guillaume.) ↩

  50. Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo emigrado en Londres, miembro del Consejo General desde 1864 y su tesorero; presidió la Conferencia de Londres de 1871. ↩

  51. Lo contó el propio Jung en el congreso de la Federación inglesa en Londres, el 26 de enero de 1873. En una publicación reciente, Sorge, con ingenua inconsciencia, ha impreso él mismo la carta del 21 de junio de 1872 en la que Marx le pedía mandatos de América, especificando que harían falta mandatos alemanes (es decir, de secciones alemanas de los Estados Unidos) para él, Engels, Lochner, Pfänder y Lessner; mandatos franceses para Ranvier, Serraillier, Le Moussu, Vaillant, Cournet y Arnaud; un mandato irlandés para MacDonnell. Lochner y Pfänder no vinieron a La Haya; ignoro por qué. (N. de Guillaume.) ↩

  52. Marx había escrito a Kugelmann el 29 de julio de 1872: «En el congreso internacional (en La Haya, se abrirá el 2 de septiembre) se trata de la vida o la muerte de la Internacional, y antes de retirarme quiero al menos protegerla contra los elementos disolventes. Alemania debe tener, pues, el mayor número posible de representantes. Como vendrás sin duda, escribe a Hepner que le ruego que te procure un mandato de delegado». (N. de Guillaume.) ↩

  53. Wilhelm Bracke (1842-1880), editor de Brunswick, dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata (eisenachiano). ↩

  54. Lo que no impidió que la Comisión de verificación de los mandatos tuviera la desfachatez de declarar a los delegados españoles, como se verá más adelante (p. 331), que todas las secciones cuyos delegados había admitido habían pagado sus cuotas. (N. de Guillaume.) ↩

  55. Declaración de Hales en el congreso de la Federación inglesa en Londres, 20 de enero de 1873. (N. de Guillaume.) ↩

  56. La resolución X de la Conferencia decía: «Toda constitución de una sección internacional en forma de sociedad secreta está y sigue estando formalmente prohibida». El Consejo General y sus partidarios juzgaron oportuno olvidar la existencia de este texto cuando se trató de los mandatos franceses; en cuanto a nosotros, nos habría repugnado invocarlo para sacar ventaja. (N. de Guillaume.) ↩

  57. Declaración de Hales en el congreso de Londres, 26 de enero de 1873. (N. de Guillaume.) ↩

  58. Nettlau, nota 3276. (N. de Guillaume.) ↩

  59. Se lee en la circular dirigida por el Consejo Federal inglés a las secciones inglesas en enero de 1873: «En la última sesión que celebró el ex Consejo General [agosto de 1872], el ciudadano Jung propuso que el Consejo General dejara de tener su sede en Londres. Esta propuesta fue apoyada firmemente por los miembros del Consejo Federal inglés, cuya opinión era que, en interés de la Asociación, el Consejo General debía trasladarse al continente. El ciudadano Jung no se limitó a hacer esta propuesta; entregó además al ciudadano Johannard una carta que este debía leer en La Haya en caso de que el Consejo General se mantuviera en Londres, carta por la que Jung rechazaba de antemano todo nombramiento para ese Consejo. La propuesta de Jung fue rechazada gracias a la oposición de los ciudadanos Marx y Engels, que hablaron enérgicamente contra todo cambio de sede del Consejo General; esos mismos ciudadanos sostuvieron más tarde en La Haya la opinión contraria y propusieron el traslado del Consejo a Nueva York; el motivo de esta política de veleta era, cuando Marx y Engels sostuvieron que la sede del Consejo no debía cambiarse, asegurarse los votos de los blanquistas miembros del Consejo, que deseaban que la sede del Consejo General siguiera en Londres. Los blanquistas fueron, pues, primero halagados y luego traicionados; cuando ya no se los necesitó, se los arrojó por la borda». Jung confirmó este relato: «En la última sesión del Consejo General antes del Congreso de La Haya propuse por escrito que la sede del Consejo General dejara de estar en Londres; Marx y Engels no quisieron ni oír hablar de ello. Yo habría querido ver el Consejo General en Suiza o en Bélgica». (Declaración de Jung en el congreso de la Federación inglesa en Londres, 26 de enero de 1873.) (N. de Guillaume.) ↩

  60. Prosper-Olivier Lissagaray (1838-1901), periodista, combatiente de la Comuna de París y su historiador. ↩

  61. Estos detalles los contó Jung en el congreso de Londres, el 26 de enero de 1873. (N. de Guillaume.) ↩

  62. Nikolái Utin (1841-1883), emigrado ruso en Ginebra, dirigente de la sección rusa de la Internacional y adversario de Bakunin. ↩

  63. Pierre Coullery (1819-1903), médico de La Chaux-de-Fonds, fundador de la Internacional en el Jura, de tendencia democrática radical; La Montagne era su periódico. ↩

  64. Discurso de Vaillant en el Congreso de La Haya. (N. de Guillaume.) ↩

  65. Propuesta presentada en el Congreso de La Haya, que no la adoptó, por Arnaud, Cournet, Ranvier, Vaillant y Dereure. (N. de Guillaume.) ↩

  66. El folleto La Alianza de la Democracia Socialista, etc., cuenta (p. 30) que en Zúrich Utin «fue víctima de una tentativa de asesinato». Al parecer, algunos de sus compatriotas, que se lo encontraron un día, le administraron una tanda de bastonazos a ese «hijo de perra», por emplear la expresión del revolucionario ruso de quien tengo la noticia. (N. de Guillaume.) ↩

  67. Jung era partidario de la libre discusión; creía en el poder de la persuasión (véase en la p. 48 el pasaje de su carta de junio de 1870 en el que se precia de haber convertido al colectivismo, mediante su correspondencia, a varios ginebrinos): no habría querido asociarse a un golpe de fuerza como el que Marx estaba decidido a dar. A este respecto, Jung dijo en ese mismo discurso en el congreso inglés: «A mi juicio, si la cuestión política se hubiera discutido lealmente en La Haya con los "abstencionistas", los habríamos convencido. Fue mediante la discusión como vencimos a la oposición en la cuestión de la propiedad colectiva del suelo; mediante la discusión habríamos llegado al mismo resultado en la cuestión política. Conozco a Schwitzguébel desde su infancia, es un hombre honrado, abierto a la discusión: estoy persuadido de que habríamos convencido a los opositores». Y añadió con tristeza: «Marx ha engañado y traicionado a todos sus antiguos amigos. He escrito a varios de ellos sobre este asunto [después del Congreso de La Haya] y les he dicho lo que pensaba. La señora Marx vino a verme una vez desde entonces, la señorita Marx dos veces, y Dupont y Lafargue han venido a pedirme que visitara a Marx: me he negado». (N. de Guillaume.) ↩

  68. Era la tercera vez que se empleaba en Ginebra este procedimiento para nombrar a un delegado grato a la camarilla; procedimiento gracias al cual Grosselin pudo ir al Congreso de Basilea, Henri Perret a la Conferencia de Londres y Duval al Congreso de La Haya. (N. de Guillaume.) ↩

  69. A los delegados españoles que señalaban al congreso esta irregularidad, Engels les respondió que «si el Consejo General había violado los reglamentos, había sido para salvar la Internacional» (Memoria a todos los internacionales españoles, p. 9); y la mayoría aplaudió. Añadió: «Es la cuestión de la Alianza la que está aquí en juego, porque los delegados españoles que acabamos de oír forman parte de esa sociedad secreta. Esa camarilla debe ser expulsada del seno de la Internacional». (Notas manuscritas tomadas por Zhukovski.) En un informe dirigido el 31 de octubre de 1872 al nuevo Consejo General, en Nueva York, el propio Engels hace constar el hecho en estos términos: «Formaron entonces [los nueve incondicionales de Lafargue] una nueva federación, pero el Consejo Federal español se negó a reconocerla; el Consejo General, al que se dirigió, la reconoció sin consultar al Consejo Federal español, y este acto fue sancionado por el Congreso de La Haya». (Correspondencia de Sorge, p. 69.) (N. de Guillaume.) ↩

  70. Como uno de los delegados españoles preguntara a la Comisión de verificación si la condición que se les exigía la habían cumplido todos los demás delegados, la comisión declaró que «todas las secciones cuyos delegados había admitido habían pagado sus cuotas» (Memoria, etc., p. 6). (N. de Guillaume.) ↩

  71. Bulletin de la Fédération jurassienne (n.º 17-18, p. 3). (N. de Guillaume.) ↩

  72. Grande fue nuestra sorpresa cuando vimos el lunes por la noche a Zhukovski, que llegaba de Ginebra sin que se nos hubiera avisado de nada, desembarcar en nuestro hotel. Su sección solo había podido darle el dinero estrictamente necesario para el viaje de Ginebra a La Haya, y tuvimos que hacer una colecta entre nosotros para mantenerlo durante el congreso. Terminado el congreso, lo llevamos con nosotros hasta Bruselas, donde, con la bolsa vacía, tuvimos que abandonarlo; se vio obligado a esperar allí a que le enviaran de Ginebra el dinero del regreso. (N. de Guillaume.) ↩

  73. Max Nettlau (1865-1944), historiador del anarquismo, autor de una vasta biografía de Bakunin (1896-1900). ↩

  74. Carta del 11 de enero de 1868. (N. de Guillaume.) ↩

  75. Georg Weerth (1822-1856), poeta alemán, redactor de la Neue Rheinische Zeitung. ↩

  76. La minoría contaba con cinco miembros del Consejo General: Eccarius, Hales, Mottershead, Roach y Sexton. Como no votaban por ese Consejo, sino contra él, su calidad de miembros del Consejo General no hacía sino dar más significado a su presencia en las filas de la oposición. (N. de Guillaume.) ↩

  77. En una de las sesiones del miércoles, el presidente, Ranvier, anunció que había llegado un mandato de la Sección de Mulhouse que nos confiaba su delegación a Schwitzguébel y a mí. Muchas otras secciones de Francia nos habrían enviado mandatos si se lo hubiéramos pedido. (N. de Guillaume.) ↩

  78. Entre esos franceses cito a Lanjalley, a quien tuve entonces el gusto de conocer. (N. de Guillaume.) ↩

  79. Este sentimiento explica por qué la minoría renunció a discutir a los portadores de mandatos alemanes y franceses la validez de sus títulos. (N. de Guillaume.) ↩

  80. Ignoro si esas «actas» (!) se redactaron y publicaron; nunca las he visto. Los únicos documentos que puedo indicar como fuente de información sobre el Congreso de La Haya son cinco crónicas publicadas por periódicos: la de La Liberté, de Bruselas; la del Bulletin jurasiano; la de La République française (redactada por Lanjalley); la que Maltman Barry redactó, con la visible colaboración de Marx y de Engels, para el periódico tory el Standard, y la que Eccarius redactó para el Times; y la Memoria a todos los internacionales españoles, redactada por los delegados de la Federación española. (N. de Guillaume.) ↩

  81. La Alianza de la Democracia Socialista, fundada por Bakunin en Ginebra en 1868; su sección ginebrina fue admitida en la Internacional en 1869 y se disolvió en 1871. ↩

  82. Ese funcionario, llamado Rudolf Schramm, había sido cónsul en Milán y se encontraba por casualidad entre el público que asistía a la sesión del 4 de septiembre; Cuno lo reconoció y lo increpó groseramente, acusándolo de haberlo denunciado y de ser el autor de su expulsión de Italia. Schramm dio ante un jurado de honor explicaciones que demostraron que no había tenido nada que ver con la expulsión de Cuno, y este tuvo que retractarse públicamente al día siguiente. (N. de Guillaume.) ↩

  83. Carlo Cafiero (1846-1892), internacionalista italiano. La conferencia de Rímini (agosto de 1872), que constituyó la Federación italiana, había decidido no enviar delegados a La Haya; Cafiero asistió como observador. ↩

  84. Este resumen del discurso del delegado español está tomado de la Memoria a todos los internacionales españoles. (N. de Guillaume.) ↩

  85. Antes del cierre, hice la observación de que, puesto que la mayoría tenía tomado su partido de antemano, haría mucho mejor en votar los dos artículos en bloque, sin hacernos perder el tiempo poniendo a votación por separado cada párrafo. Serraillier respondió agriamente que la mayoría haría lo que le pareciera y que, en cuanto al «partido tomado», era una insinuación calumniosa, puesto que los delegados de la mayoría no estaban atados, ellos, por mandatos imperativos; y añadió: «Representamos a treinta departamentos de Francia donde la Internacional está mejor organizada que bajo el Imperio, cuando estaba en manos de los abstencionistas». Lo interrumpí gritándole: «¡Respete usted la obra de Varlin!». A lo que Longuet, interviniendo, dijo: «Sí, también yo era abstencionista con Varlin, pero hoy es otra cosa». (Según las notas manuscritas de Zhukovski.) (N. de Guillaume.) ↩

  86. Al dar al Consejo General la facultad de suspender una federación se preparaba ya la suspensión proyectada de la Federación del Jura, que se pronunció cuatro meses después. Marx tomó la palabra sobre este punto y se expresó así: «El Congreso de Basilea dio al Consejo General el derecho de suspender una sección; y con el simple uso de ese derecho el Consejo General habría podido ya, suspendiendo una tras otra todas las secciones de una federación, llegar a realizar de hecho la suspensión de toda esa federación». (La maldad picapleitos de Marx, die rabulistische Bosheit von Marx —observa Nettlau—, se marca bien en la invención de este procedimiento para retorcer un texto y violar su espíritu mediante una interpretación farisaica de la letra.) «¿No vale más —continuó Marx— expresarse claramente y decir que el Consejo General tiene el derecho de suspender una federación? Si su elección recayera en una federación como la Federación del Jura, que da cabida a las mentiras y a las calumnias en su órgano oficial, semejante medida sería todo ganancia para la Internacional». (Notas manuscritas de Zhukovski.) (N. de Guillaume.) ↩

  87. Los nueve que se abstuvieron son miembros de la minoría: Alerini, Cyrille, Eberhardt, Farga Pellicer, Fluse, Guillaume, Marselau, Morago, Schwitzguébel. (N. de Guillaume.) ↩

  88. Los otros diecisiete delegados que votaron por el cambio, con los nueve que acabo de nombrar, son: J.-Ph. Becker, Cuno, Dumont (Faillet), Johannard, MacDonnell, Serraillier, Sorge, Swarm [d'Entraygues], Vichard y Wróblewski, de la mayoría; Brismée, Dave, Harcourt, Roach, Sauva, Sexton y Van den Abeele, de la minoría. (N. de Guillaume.) ↩

  89. Estos catorce delegados son Bernhard Becker, Duval, Farkas, Fränkel, Friedländer, Heim, Hepner, Lucain (seudónimo), Ludwig, Milke, Pihl, Schumacher, Wilmot (seudónimo), Walter [Van Heddeghem]. Sobre Ludwig, véase más adelante, p. 350. (N. de Guillaume.) ↩

  90. Los treinta delegados que votaron por Nueva York son: J.-Ph. Becker, Bernhard Becker, Cuno, Dumont [Faillet], Dupont, Engels, Farkas, Friedländer, Kugelmann, Lafargue, Lessner, Le Moussu, Longuet, Lucain (seudónimo), MacDonnell, Marx, Pihl, Serraillier, Swarm [d'Entraygues], Vichard y Wróblewski, de la mayoría; Brismée, Coenen, Dave, Fluse, Herman, Roach, Sexton, Splingard y Van den Abeele, de la minoría. (N. de Guillaume.) ↩

  91. Los catorce delegados que votaron contra Nueva York (los cinco blanquistas y otros nueve, todos de la mayoría) son: Arnaud, Cournet, Dereure, Duval, Fränkel, Heim, Hepner, Ludwig, Milke, Ranvier, Schumacher, Vaillant, Wilmot (seudónimo), Walter [Van Heddeghem]. (N. de Guillaume.) ↩

  92. Los doce que se abstuvieron son Alerini, Cyrille, Eberhardt, Farga Pellicer, Gerhard, Guillaume, Marselau, Morago, Schwitzguébel y Van der Hout, de la minoría; Johannard y Sorge, de la mayoría. (N. de Guillaume.) ↩

  93. Este párrafo [el último del texto votado] está tomado del Manifiesto inaugural redactado por Marx en 1864, que nunca se había considerado como un programa oficial y obligatorio. La Conferencia de Londres había recordado este texto en los considerandos de su resolución IX; el Congreso de La Haya va a convertirlo en una disposición estatutaria. (N. de Guillaume.) ↩

  94. Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes, lassalleana, de 1867 a 1871. ↩

  95. Se trata, entre otras, de las cartas de Engels que había traído Cafiero. (N. de Guillaume.) ↩

  96. Dieciocho años más tarde, Engels condenó él mismo —sin darse cuenta— como contraria al espíritu que había presidido la creación de la Internacional esta tentativa de inscribir en los Estatutos generales las tesis propias del programa marxista: «La Internacional —escribió— se proponía unir en un solo y gigantesco ejército a la totalidad de los obreros militantes de Europa y de América. Por eso no podía tomar como punto de partida los principios depositados en el Manifiesto comunista. Necesitaba un programa que no excluyera ni a las trade unions inglesas, ni a los proudhonianos franceses, belgas, italianos y españoles, ni a los lassalleanos alemanes. El programa presentado en los considerandos que preceden a los Estatutos de la Internacional lo redactó Marx con una maestría reconocida incluso por Bakunin y los anarquistas. El triunfo final de las proposiciones enunciadas en el Manifiesto, Marx nunca lo esperó sino del solo desarrollo intelectual de la clase obrera, que debía traer la acción común y la discusión en común». (Prefacio a una nueva edición del Manifiesto comunista, 1 de mayo de 1890.) Marx no tuvo en 1871 y 1872 la actitud expectante que le atribuye su panegirista: quiso, al contrario, violentar al proletariado de los países que no aceptaban su doctrina. Se puso así en contradicción con la táctica de ese Marx ideal que glorifica Engels a expensas del Marx real. (N. de Guillaume.) ↩

  97. Charles Longuet acababa de casarse con la hija mayor de Karl Marx. (N. de Guillaume.) ↩

  98. Se trata de la carta del 17 de mayo de 1872, de la que se habló en la p. 247 y que lamento no haber podido reproducir; en un pasaje de esa carta, Lafargue, después de llamarnos «pontífices de las Ideas Puras» y de afirmar que la circular del Congreso de Sonvilier estaba «atiborrada de doctrinas metafísicas», añadía: «Los sacerdotes, de cualquier religión que sean, se complacen en una ignorancia bendita». (N. de Guillaume.) ↩

  99. Eccarius, Hales, Mottershead y Harcourt se habían marchado desde el jueves por la noche; Roach y Sexton se marcharon el viernes por la noche. (N. de Guillaume.) ↩

  100. «Cuando se propuso Nueva York, Johannard dijo que era solo para poner el Consejo en manos de Sorge. Este se había hecho tan desagradable que nadie habría votado por él, y Marx prometió que no formaría parte del Consejo. Pero se tuvo cuidado de dejar en el Consejo General algunas plazas vacantes, y el primer acto del nuevo Consejo fue llamar a Sorge a su seno como secretario general». (Declaración de Jung en el congreso de la Federación inglesa, 26 de enero de 1873.) (N. de Guillaume.) ↩

  101. He aquí los nombres de esos doce miembros: Bertrand, Bolte, Laurel, Kavanagh, Saint-Clair, Leviole, Carl, David, Dereure, Fornacieri, Speyer, Ward; este último era el único de los doce que era norteamericano. David y Ward, cuando supieron su nombramiento, lo rechazaron con cartas muy desagradables para quienes los habían elegido. (N. de Guillaume.) ↩

  102. He olvidado, al cabo de treinta y cuatro años, cuál era ese nombre. (N. de Guillaume.) ↩

  103. Si alguien quisiera responder que no se trata del programa y de los estatutos de la Alianza de la Democracia Socialista, sociedad pública, sino de los de una sociedad secreta que llevó el mismo nombre, yo haría observar que el título de «Estatutos secretos de la Alianza», dado a los documentos publicados en 1873 entre las piezas justificativas del folleto La Alianza de la Democracia Socialista, etc. (páginas 118-132), lo fabricaron los autores de ese folleto. Esos documentos no forman, como pretenden esos autores (p. 2), «una sola pieza»; hay ahí, al contrario, una yuxtaposición de piezas de diversa naturaleza que, aun suponiéndolas todas auténticas, son de valor muy desigual. El hombre que mejor ha estudiado la historia, extremadamente difícil y complicada, y sobre la que nunca podrá hacerse por completo la luz, de las sociedades secretas, sucesivamente esbozadas o realizadas, de las que Bakunin fue fundador o miembro muy importante —Max Nettlau— ha escrito a este respecto: «De hecho, tenemos aquí varios documentos distintos, proyectos de los que no es posible decir si se realizaron; como he mostrado en otro lugar, todos esos proyectos habían caducado y quedado sin objeto a raíz de deliberaciones posteriores. Quien los hubiera tenido legítimamente en su poder no podía ignorarlo. Estos papeles se enviaron de Ginebra a Marx y a Engels, evidentemente por Utin. ¿Les disimuló este a sus corresponsales su nulidad (Wertlosigkeit)? ¿O es Marx quien, aunque se le hubiera informado, se la disimuló a la comisión?» (Nettlau, p. 724.) (N. de Guillaume.) ↩

  104. El señor Sorge, en una de las anotaciones que ha añadido a las cartas de Marx, Engels, Becker, etc., publicadas recientemente por él, ha escrito a propósito de la actitud de Schwitzguébel: «Schwitzguébel logró salvarse con un llamamiento lacrimoso (Schwitzguébel rettete sich durch einen weinerlichen Appell)». No necesito decir que eso es una mentira. (N. de Guillaume.) ↩

  105. El Bulletin solo dio las cifras de los sí, de los no y de las abstenciones, según La Liberté (esas cifras son en parte erróneas), sin indicar los nombres de los votantes. Doy las votaciones nominales completas. (N. de Guillaume.) ↩

  106. Como muestran los cuadros de las votaciones nominales de los días 4, 5 y 6 de septiembre. Rittinghausen parece haberse marchado ya el miércoles; Dietzgen se marchó el jueves; Scheu el viernes; B. Becker, Milke y Schumacher el viernes por la noche. En el folleto oficial Resoluciones del Congreso General celebrado en La Haya aparece, en dos votaciones del viernes 6, el nombre de Ludwig, que no figura en la lista de los delegados. Este Ludwig, que vota con la mayoría, era probablemente un alemán venido a La Haya como espectador, al que Dietzgen u otro, quizá, había entregado su mandato al marcharse. Cosa curiosa, que nos revela la correspondencia de Engels con Sorge: los dos hermanos Scheu, Andreas y Heinrich, eran sospechosos de «bakuninismo»; Engels escribió a Sorge el 3 de mayo de 1873: «Se encuentra algo de las grandes frases de Bakunin en los artículos y los discursos de Scheu [el redactor de la Gleichheit de Viena]; y te acuerdas de cómo su hermano se escabulló en La Haya cuando llegó el momento de liquidar el asunto Bakunin». (N. de Guillaume.) ↩

  107. Friedländer estaba momentáneamente ausente. (N. de Guillaume.) ↩

  108. La crónica del Standard omite indebidamente el nombre de Cyrille. (N. de Guillaume.) ↩

  109. El Standard omite indebidamente a Farga Pellicer. (N. de Guillaume.) ↩

  110. Esta vez Friedländer toma parte en la votación. (N. de Guillaume.) ↩

  111. Dos miembros se han separado de la mayoría, Dereure y MacDonnell, y se han sumado a las abstenciones, igual que Friedländer, ausente en la primera votación. (N. de Guillaume.) ↩

  112. Dos delegados de la minoría, Sauva y Splingard, que se habían limitado a abstenerse en la votación sobre la expulsión de Bakunin, han votado esta vez no. (N. de Guillaume.) ↩

  113. El Standard omite indebidamente, entre las abstenciones, a Guillaume y a Morago. (N. de Guillaume.) ↩

  114. No había ya más que cuarenta y un votantes, porque Friedländer se había vuelto a ausentar y Guillaume ya no se contaba entre los votantes. (N. de Guillaume.) ↩

  115. Por un singular error, el Standard imprimió Splingard en lugar de Sorge. (N. de Guillaume.) ↩

  116. Esta vez se han separado de la mayoría diez nuevos miembros: Dupont, Duval, Fränkel, Johannard, Lafargue, Longuet, Lucain, Serraillier, Swarm y Wilmot; siete de ellos, con Dereure, se han sumado a los no; los otros tres, con MacDonnell, se han sumado a las abstenciones. (N. de Guillaume.) ↩

  117. El Standard omite aquí el nombre de Splingard, al que había puesto por error en la lista de los sí en lugar de Sorge. (N. de Guillaume.) ↩

  118. El Standard omite indebidamente, entre las abstenciones, a Alerini y a Schwitzguébel. (N. de Guillaume.) ↩

  119. Se observará que Lucain, miembro y secretario de la comisión que proponía la expulsión de Schwitzguébel, se abstuvo de votar. (N. de Guillaume.) ↩

  120. He olvidado quién fue. (N. de Guillaume.) ↩

  121. Benoît Malon (1841-1893), miembro de la Comuna de París, refugiado en Suiza, cercano entonces a la Federación del Jura. ↩

  122. Ya se ha visto más arriba que Bousquet era un buen republicano; pero en aquel momento ignorábamos por completo quién podía ser: su nombre nos era desconocido antes de la lectura del informe de la comisión. (N. de Guillaume.) ↩