Congreso celebrado en París, en la sala Pétrelle y después en la sala de las Fantaisies Parisiennes (rue Rochechouart), del 14 al 20 de julio de 1889. Traducido de la edición alemana de las actas, Protokoll des Internationalen Arbeiter-Congresses zu Paris. Abgehalten vom 14. bis 20. Juli 1889. Deutsche Uebersetzung. Mit einem Vorwort von Wilhelm Liebknecht (Núremberg, Wörlein, 1890), según la transcripción del Marxists' Internet Archive. La edición alemana traduce el acta francesa que preparó Jules Guesde; las intervenciones van casi siempre en estilo indirecto. Las resoluciones aprobadas no se repiten aquí: están en la página del congreso, 1889 Congreso de París (II Internacional), y una línea en cursiva remite a cada una donde el acta la reproduce. Los títulos de las sesiones son nuestros. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las de la edición alemana, que se indican. Texto original en alemán.

Este prólogo quiere ser una disculpa: una disculpa por la tardanza y las imperfecciones de esta publicación. Y la mejor disculpa es, en este caso, una exposición clara de las circunstancias y los hechos.

El acta original, que solo podía terminarse en París, tenía que redactarla yo para Alemania y traducirla al alemán Wedde.1

La campaña electoral francesa,2 que empezó inmediatamente después del congreso y no terminó hasta el otoño del año pasado, retrasó la elaboración del original, pues Guesde,3 a quien se había confiado, tuvo que dedicar todas sus fuerzas a la agitación. Así se perdieron varios meses. Cuando por fin empezó a llegar el manuscrito de París, Wedde, para quien aquel trabajo era un verdadero placer, se lanzó a la obra con tal ardor que casi siempre había terminado su tarea antes de que llegara una nueva entrega.

Y entonces, en lo mejor y más alegre de su trabajo, la muerte repentina se llevó al amigo, lleno de vida y de ganas de luchar…

No hablaré aquí de la pérdida que ha sufrido el partido con la muerte de Wedde. Para la edición alemana del acta del congreso, su muerte fue verdaderamente fatal.

Los manuscritos se desordenaron, algunos se perdieron y hubo que reponerlos a duras penas. ¿Y quién iba a encargarse ahora de la traducción al alemán?

Entretanto también nosotros, los alemanes, nos habíamos visto lanzados a la campaña electoral;4 yo tenía las manos llenas de trabajo y me era imposible sustituirle. Había que arreglárselas. Varios compañeros que sabían francés se repartieron la mitad larga del trabajo que aún quedaba. Salió adelante porque tenía que salir; fácil, sobre todo para mí, no lo fue, créaseme.

A pesar de todos los obstáculos y tropiezos, la edición alemana aparecerá aún antes que el original francés.

Y, a pesar de todos sus defectos, el acta del congreso tiene un gran valor: es rica en contenido e irradia algo del espíritu fresco, seguro de su victoria y conquistador del mundo que animaba al primer parlamento obrero internacional.

No me extenderé sobre la importancia del congreso. A quienes quedaron descontentos con la dirección de los trabajos he de aclararles que la asistencia al congreso superó con mucho las expectativas más audaces de los convocantes de París, y que por eso los preparativos resultaron insuficientes. Fue, en verdad, un embarras de succès: un apuro causado por el éxito. El próximo congreso obrero internacional tendrá la ventaja de la experiencia adquirida, también en lo que toca a la dirección y la marcha de los trabajos. En adelante, por ejemplo, se presentarán al congreso, dejando aparte las resoluciones, los informes impresos, de modo que se ahorre el tiempo de la exposición oral y quede tiempo para la discusión. Todo hay que aprenderlo, y dirigir un congreso en varias lenguas, verdaderamente internacional, no es cosa pequeña, por fraternal y tolerante que sea la disposición de los participantes.

En el futuro habrá que ponerse de acuerdo de antemano, además, sobre la composición del buró, naturalmente sin adelantarse a las decisiones soberanas del congreso. Y, sobre todo, hay que tener a mano un equipo suficiente de traductores.

Dejo sin respuesta los feos ataques que un órgano de partido holandés ha lanzado contra los delegados alemanes al congreso, y en especial contra mí, por la paz del partido y porque espero que sus autores hayan reconocido entretanto lo improcedente e injusto del ataque. Sea como fuere, ningún resentimiento personal puede borrar el hecho de que el Congreso Obrero Internacional que se reunió en París en el centenario de la Revolución francesa fue el mayor triunfo de la civilización y la mayor obra civilizadora del siglo XIX, y de que marca el comienzo de una nueva era, que nada tiene que ver con las muchas eras «nuevas y novísimas» de la política diaria del Estado de clase, que se mueve por los viejos carriles trillados, y que significa la ruptura con el pasado.

Que no fue un fuego de paja lo que ardió en el congreso lo ha demostrado el Primero de Mayo de este año: la primera y formidable acción del proletariado mundial, que abarcó el orbe entero, de ese proletariado mundial que el año pasado, en París, selló su alianza eterna de la paz, la libertad y la igualdad.

Borsdorf, 2 de junio de 1890.

W. Liebknecht

Primera sesión, domingo 14 de julio. Sesión de apertura

A las nueve, la sala de reuniones, tapizada de rojo —la salle Pétrelle, la sala Pétrelle—, está llena. En la pared roja del fondo del escenario resplandece en letras de oro, según la frase de Marx, la inscripción:

¡Proletarios de todos los países, unámonos!

A derecha e izquierda se ven dos rótulos, aquí el del «Partido Obrero» (Parti ouvrier),5 allí el del «Comité Revolucionario Central» (Comité révolutionnaire central),6 en el que figuran las ciudades más importantes de Francia representadas. Sobre ambos rótulos se alza la bandera roja.

En el centro hay un tercer rótulo con la inscripción:

En nombre
del París de junio de 1848 y de marzo, abril
y mayo de 1871, y de la Francia de Babeuf,
Blanqui y Varlin,
saludo
a los obreros socialistas de ambos mundos.
7

En primer término se lee el enunciado del fin y de las reivindicaciones de todos los obreros, en la medida en que están organizados en partidos socialistas en cualquier lugar:

Expropiación política y económica (expropriation)
de la clase capitalista, socialización
de los medios de producción.

En nombre de la comisión organizadora de París —cuyo informe impreso se repartió—, el ciudadano Paul Lafargue8 da a las diez una cordial bienvenida a los enviados de los departamentos y del extranjero, muy en especial a los alemanes, que, pese a las difíciles circunstancias de su país, han acudido en gran número para demostrar que entre la Alemania socialista y la Francia socialista no hay ni sombra de esos odios necios y esas pasiones ciegas que los chovinistas de ambos países mantienen vivos con tanto celo. Los enviados de Europa y de América reunidos en esta sala no representan aquí a ninguna de sus diversas patrias; no se agrupan bajo los pliegues de la tricolor ni de ninguna otra bandera nacional; se agrupan bajo los pliegues de la bandera roja, la bandera del proletariado internacional. En esta sala no se encuentran en la Francia capitalista, ni en el París de la burguesía: se encuentran sencillamente en una de las capitales del proletariado internacional, del socialismo internacional.

La burguesía celebra el centenario de su revolución, de esa revolución que anunció que establecería la justicia, la libertad y la igualdad entre los hombres, y que no supo acabar en nada mejor que en la explotación más cruel y desenfrenada de los obreros. Los burgueses solo derribaron a la nobleza para apoderarse del dominio de la sociedad; arrasaron la Bastilla feudal solo para levantar en todo el país Bastillas del trabajo capitalistas, en las que condenan a los niños, las mujeres y los hombres del proletariado a los tormentos del exceso de trabajo. Los delegados del congreso socialista internacional de 1889 declaran ya con el mero hecho de reunirse que tienen que llevar a cabo algo distinto de la obra de la revolución de 1789; no se inclinan ante los «derechos del hombre y del ciudadano» de 1789, que al fin y al cabo no son más que los derechos del burgués ricachón. Los burgueses revolucionarios del siglo pasado enviaron sus mensajeros por Europa con la prédica: «¡Fraternidad a los pueblos! ¡Guerra a los tiranos!». En esta sala están reunidos los apóstoles de una idea nueva. Desde hace años predican a los obreros de las naciones civilizadas: «Sois hermanos y no tenéis más que un enemigo: el capital privado, sea prusiano, inglés, francés o chino». Su propaganda incansable, pese a toda la opresión económica y política que ejerce la clase capitalista, ha conseguido ya la unión espiritual de los socialistas de ambos mundos. La transformación social, preparada por el desarrollo y la organización nacional e internacional de las fuerzas productivas, fundirá las naciones civilizadas de Europa y de América en un solo pueblo de productores libres y dueños de las riquezas nacidas del trabajo común.

Por último, Lafargue, entre el aplauso general, declaró abierto el congreso e invitó a elegir un presidente. Se propusieron los nombres del diputado del Reichstag alemán Liebknecht9 y de Vaillant, concejal de París.10 Lafargue propuso elegir a los dos y celebrar la primera sesión bajo su presidencia conjunta. «Será un testimonio de la alianza fraterna que une a los socialistas de Alemania y de Francia». (Aplausos tempestuosos y repetidos).

Fueron elegidos vicepresidentes y secretarios: el diputado Costa11 y Cipriani12 por Italia, Anseele13 por Bélgica, Leo Fränkel14 por Hungría, Peter Lawroff15 por Rusia, Domela Nieuwenhuis16 por los Países Bajos y el diputado Ferroul17 por Francia.

El ciudadano Vaillant acepta la presidencia conjunta con Liebknecht y dirige al congreso el siguiente discurso:

«Os agradezco el honor que me hacéis al llamarme a presidir este gran congreso socialista internacional en su día de apertura, y al darme por compañero a mi amigo, el diputado del Reichstag Liebknecht, a quien todos conocemos. Nos encargáis así a los dos a la vez de saludar, en nombre del socialismo internacional, a los delegados venidos de todos los países para sellar en nombre de los pueblos el pacto de unión socialista que ha de ser el comienzo de su acción común y de su liberación; me encargáis de dar la bienvenida, en el sentir de todos los socialistas revolucionarios de Francia, a los hermanos que han acudido desde el extranjero a tendernos la mano; de felicitarlos por haber venido tan numerosos y tan resueltos, y muy en especial de felicitar a esta imponente falange de enviados de Alemania, que representa aquí la mayor fuerza socialista organizada de la tierra.

Ante los preparativos liberticidas y belicosos de los reyes y de las clases dominantes, hemos de subrayar la necesidad de la paz internacional, nuestra voluntad de mantener esa paz y de poner en lugar del militarismo, en lugar de la política de botín y de conquista, la política democrática de defensa de pueblos organizados en armas para proteger, junto con su independencia exterior, la seguridad y el desarrollo de su libertad interior frente a toda perturbación.

Hemos de expresar nuestra firme resolución de obtener de los amos de la fuerza y del capital las garantías de protección del trabajo y de los obreros que esos señores niegan una y otra vez como un menoscabo de sus privilegios. Hay que obligar sin demora a nuestros amos a establecer, mediante una ley internacional, unas condiciones de existencia menos monstruosas y más humanas para los obreros; hay que proteger sin demora al proletariado contra el hambre mediante un salario mínimo, contra el agotamiento mortal mediante una limitación de la jornada de trabajo; mediante esta reforma primera e indispensable hay que capacitarlo por fin para preparar los medios de emanciparse de verdad mediante una campaña organizada contra el privilegio y la dominación del capital privado.

En el curso de nuestros debates tendremos que formular bastantes otras reivindicaciones, pues el fin al que tendemos es inconfundible para los proletarios conscientes de todos los países, para los socialistas cuyos delegados están aquí reunidos y que tienen todos la voluntad, sean cuales fueren los caminos, de llegar por último a la toma de posesión de los medios y los materiales de trabajo por la sociedad; en suma, a la igualdad de derecho y de hecho en el Estado popular socialdemócrata.

Pero sea cual fuere el resultado de estos debates, no puede tener sino poca importancia en comparación con lo que ya se ha logrado realmente: la reunión de este congreso.

Nunca se habían reunido en un congreso socialista nacional francés tantos delegados, representantes de París y de todos los demás centros obreros, representantes de todos los sindicatos y organizaciones obreras de los departamentos. Nunca un congreso socialista internacional había reunido a tantos representantes del socialismo internacional, venidos de todos los puntos del mundo socialista, y eso al día siguiente de luchas sangrientas, en medio de las maquinaciones del gobierno y del capitalismo. La semilla de la Comuna empieza a germinar. Y todos estos delegados de Francia y de los demás países aquí reunidos no tienen en el corazón más que un propósito, más que una voluntad: sellar para siempre la alianza de unión, el pacto de solidaridad de los socialistas de todos los países, un pacto que ya queda concluido por el simple hecho de esta reunión fraterna y al que todos juramos fidelidad en los buenos y en los malos días.

Este congreso, cuyo éxito y cuya grandeza superan todas nuestras esperanzas, será uno de los grandes acontecimientos de la historia de los pueblos. Abre de manera brillante una nueva era de reivindicación consciente y sistemática del derecho oprimido, de acción metódica y unánime del proletariado y del socialismo internacionales. Es la prenda de la victoria segura y decisiva. ¡Viva la república social internacional!». (Vivos aplausos).

El ciudadano Liebknecht agradece la confianza que se le ha otorgado: «Es el momento de mayor orgullo de mi vida: estar aquí y ver cumplido el ideal que inspiró las palabras: ¡Proletarios de todos los países, uníos! Y me causa una alegría muy particular estar aquí, yo, representante de la socialdemocracia alemana, hombro con hombro con mi amigo Vaillant, representante de la socialdemocracia francesa. Después de la terrible guerra fratricida en la que nuestras dos naciones se desgarraron, los dos pueblos se dan así, en cierto modo, la mano en nuestras personas: la Alemania socialdemócrata a la Francia socialdemócrata. (Los presidentes se estrechan la mano entre el clamoroso júbilo de los reunidos). La enemistad entre Alemania y Francia ha sido hasta ahora el principal obstáculo del progreso político y social en Europa. La fraternización de Francia y Alemania es el triunfo de la paz, de la civilización, del socialismo. Y el hecho de que en esta sala, en la ciudad madre de la revolución, se hayan reunido los representantes del pueblo trabajador de todos los países, animados todos por la única idea de la emancipación del proletariado y por el único sentimiento de la solidaridad, da a este parlamento de los obreros la importancia de una grandiosa obra de paz, de un acto de civilización que hace época. Y al ofrecer formalmente el saludo fraterno de la socialdemocracia alemana a los compañeros no alemanes aquí presentes, quiero traducir ahora a mis compañeros alemanes las entusiastas palabras de saludo internacional que nuestros amigos franceses Lafargue y Vaillant acaban de dirigir al congreso. (El orador resume los dos discursos y prosigue). Me adhiero a lo dicho por el orador que me ha precedido. Este congreso es el punto de partida de una colaboración internacional del proletariado del mundo. Sean cuales fueren los acuerdos que tome, la importancia principal del congreso está en el hecho de su reunión, en el hecho de que los delegados obreros de los distintos países entren en trato personal unos con otros, reconozcan la igualdad de sus aspiraciones pese a la diversidad de países y de lenguas, y se tiendan mutuamente la mano fraterna para el Pacte d’Union, para el sagrado pacto de alianza del proletariado internacional.

Libre de prejuicios nacionales, libre del afán egoísta de dominar y explotar, el proletariado hará realidad los ideales que tuvieron ante sí los héroes de la gran revolución, que hoy celebra su centenario: los ideales de la libertad, la igualdad y la fraternidad, que estaban en contradicción con el egoísmo de la burguesía que llegaba al poder y que por eso no han podido realizarse hasta ahora.

No es este el primer congreso obrero internacional al que asisto. En 1869 estuve en Basilea,18 y cuando terminamos los trabajos y hubo que fijar el lugar y la fecha del próximo congreso, uno de los delegados franceses nos invitó en nombre de los compañeros franceses a París para el año siguiente: París estaría entonces libre de Bonaparte. Y la invitación fue aceptada con unanimidad jubilosa, y nos separamos al grito de «¡Así que el año que viene en París!».

Aquel delegado francés era Varlin.

Llegó el año siguiente, 1870, y llegó la guerra, que por desgracia no pudimos impedir; cayó Bonaparte, y llegó la Comuna, y Varlin, como los demás delegados franceses del congreso, cumplió con su deber en el consejo y en el campo de batalla; la Comuna cayó, y Varlin, el noble, el heroico Varlin, fue apresado por los vencedores desalmados y, entre espantosos malos tratos, a los que opuso una impasibilidad estoica y un silencio desafiante, arrastrado durante horas por las calles enrojecidas con la sangre de sus hermanos asesinados, hasta que los crueles enemigos se cansaron ellos mismos y fusilaron contra un muro al odiado, cuya última palabra fue una maldición contra esta sociedad burguesa embrutecedora.

La sangre de los mártires de la Comuna fue semilla de revolución. El movimiento obrero se fortaleció poderosamente en todas partes, y también y sobre todo en Alemania, aunque la burguesía creía haberlo ahogado para siempre en sangre y en calumnias.

Y al cabo de veinte años hemos atendido ahora la invitación de Varlin, y ahora se ha hecho realidad más de lo que Varlin y todos nosotros soñábamos entonces: un parlamento obrero internacional, cientos de representantes del proletariado extranjero, más de ochenta de ellos de Alemania, junto a los representantes de los obreros de París y de Francia.

El pacto de alianza no hace falta concluirlo: ¡ya está concluido!

Y antes de pasar a la constitución del congreso, solo me queda una cosa por decir: este congreso está abierto a todos los luchadores honrados por la emancipación del proletariado. No se excluye a nadie que quiera colaborar en la obra de la liberación».

(Liebknecht había hablado en parte en francés, sobre todo hacia el final. Al discurso siguió una ovación unánime y prolongada: ¡Viva la Alemania socialista! ¡Viva la Internacional!).

A continuación se nombró una comisión de verificación de credenciales, compuesta por nacionalidades del modo siguiente: Alemania, Vollmar, Geyer, Geck; Francia, Lavigne, Guesde, Vaillant; Rusia, Lawroff; Polonia, Mendelsohn; Suiza, Brandt (vicepresidente de la Asociación del Grütli);19 Italia, Costa y Cipriani; España, Mesa; Escandinavia, Petersen; Bélgica, Stautemas y Steffens; Países Bajos, Domela-Nieuwenhuis; Austria, la parte alemana, el doctor Adler; Austria, la parte eslava, Hybes; Hungría, Fränkel; Inglaterra, William Morris; Estados Unidos de América del Norte, Ahles; Rumanía, Many.

El buró anuncia que ha recibido diversas propuestas, entre otras una del ciudadano Lawroff, encargado de presentar un informe general sobre la situación en Rusia, que, a causa de su delicado estado de salud, pide que se le permita exponerlo en la sesión siguiente. Se aprueba.

Tras una larga discusión sobre el régimen de las sesiones, en la que intervienen los ciudadanos Dupres, Camescasse, Anseele, Bebel20 y Merlino,21 el congreso acuerda volver a reunirse el lunes a las nueve de la mañana.

El ciudadano Werner,22 de Berlín, declara que, como varios de sus compañeros de delegación, tiene el encargo de hacer todo lo posible por lograr la unificación de los dos congresos. Propone nombrar una comisión de cinco miembros que se ocupe del asunto.

El ciudadano Bernstein23 señala que es imposible nombrar ninguna comisión antes de haber verificado las credenciales de los delegados. Por lo demás —añadió—, siempre nos hemos mostrado favorables a la unificación.

El ciudadano Costa declara que todos los delegados italianos han recibido el mandato de adherirse a los dos congresos y de hacer todos los esfuerzos para fundirlos en uno. Si se excluyera la cuestión de la discusión, se les impediría cumplir su mandato. Insiste, pues, en abordar el asunto de inmediato.

El ciudadano Liebknecht cree que no puede hacerse nada antes de que el congreso haya terminado de constituirse. Desde hace cuatro meses se ha intentado todo para lograr la unificación. Los obstáculos no han venido de nuestro lado, sino del otro. ¿Cómo íbamos a invitar en esta situación a nuestros amigos, los socialistas franceses, a una unificación que siempre se les ha negado? Sería ponerles la pistola en el pecho. Los alemanes estamos por la unificación, estamos por un solo congreso internacional. Pero no depende de nosotros que se consiga. Siempre hemos tendido la mano, y la seguimos tendiendo. ¡Que la tomen! (Aplauso general).

Segunda sesión, lunes 15 de julio, por la mañana

Como la sala de reuniones —la salle Pétrelle— ha resultado demasiado pequeña para el número siempre creciente de delegados, el congreso se ha trasladado a la «sala de las Fantasías Parisienses» (Salle des Fantaisies Parisiennes), en la rue Rochechouart. La sesión se abre a las diez y toman la palabra los distintos ponentes de la comisión de verificación de credenciales.

Los delegados cuyos nombres siguen son reconocidos uno tras otro como miembros del congreso.

Cada delegado se levanta al oír su nombre y responde: «¡Presente!». Cada nombre es saludado con aplausos, que resuenan con especial fuerza para Liebknecht, Bebel, Lawroff, Domela-Nieuwenhuis, el doctor Adler y los representantes de los mineros de Francia, Alemania, Inglaterra y Escocia.

El número de delegados reconocidos es:

Franceses221,
Alemanes81,
Ingleses22,
Belgas14,
Austriacos8,
Húngaros3,
Neerlandeses4,
Rusos6,
Suecos3,
Noruegos1,
Daneses3,
Suizos6,
Polacos5,
Españoles2,
Rumanos5,
Americanos4,
Portugueses1,
Checos1,
Búlgaros1
Total391 24

El ciudadano Vollmar,25 ponente por Alemania, declara que el partido socialdemócrata está representado por 81 miembros, elegidos en todas las regiones del Imperio, con la única excepción de la provincia de Posen. La elección de los delegados se hizo de distintas maneras. La elección en asamblea pública, que consideramos el modo normal, solo fue posible en 125 casos; en muchísimos casos, las asambleas que debían elegir para este congreso fueron prohibidas o disueltas. Para llevar a cabo la elección de los delegados se recurrió entonces a listas de votación, que se hicieron circular por los talleres, las tabernas y las fábricas. Una de esas listas reúne 5.000 nombres de electores. Los mandatos conferidos son de dos clases: mandatos de personas unidas solo por las mismas ideas políticas, y mandatos de asociaciones económicas o profesionales de obreros del mismo oficio. Un delegado representa a todo un sindicato, otro a toda una región o un distrito electoral, sobre todo los diputados del Reichstag o de las dietas. En general, las elecciones para el congreso internacional han tenido tantos participantes como las elecciones al Reichstag. Entre los elegidos hay 11 diputados en ejercicio y 4 antiguos diputados, así como 3 mandatarios de los mineros que acaban de pasar por la huelga, 2 de Westfalia y 1 del reino de Sajonia.26 (Vivos aplausos). Hay también 1 estudiante, además de 1 representante de los alemanes socialistas de los Estados Unidos y 1 representante de las trade unions socialistas de Nueva York.27

(Estos dos germanoamericanos no están incluidos en la enumeración de 81 alemanes que dio Vollmar, sino que en la lista de arriba se cuentan entre los americanos).

El ciudadano Vaillant da la traducción francesa y añade que esta grandiosa manifestación obrera se ha logrado bajo el imperio de la ley de excepción y del estado de sitio.28 Los obreros alemanes han desafiado todo, obstáculos y persecuciones, para venir a París a fraternizar con los obreros del mundo entero. Hay en ello una prueba nueva y brillante de que el viejo mundo social está condenado de una vez por todas a desaparecer, y de que marcha hacia catástrofes en las que estaremos llamados a cumplir todo nuestro deber. (Vivos aplausos).

El ciudadano Liebknecht declara que ha asistido ya a muchos congresos nacionales e internacionales, pero que ninguno de ellos puede compararse con el presente. «Los nacionales no, ya porque solo eran nacionales. Pero tampoco los anteriores congresos de la Asociación Internacional de los Trabajadores podían ofrecer nada semejante. La Asociación Internacional de los Trabajadores no fue más que un grandioso esbozo del futuro: el plan de la fraternidad y la organización universales de los obreros, un plan que, por la novedad del movimiento en la mayoría de los países, no podía llegar aún a realizarse plenamente. Igual que en las batallas y los asedios de la Antigüedad los adalides arrojaban su lanza muy adentro de las filas enemigas, por encima de la muralla de la fortaleza enemiga, para empujar a las masas a precipitarse tras el proyectil, así la Asociación Internacional de los Trabajadores arrojó muy por delante la lanza de la lucha internacional de liberación, en medio de los ejércitos, en medio de la fortaleza del capitalismo, y el proletariado se ha precipitado tras ella para recuperar la lanza, dispersar los ejércitos enemigos y tomar al asalto su fortaleza. Pero la Asociación Internacional de los Trabajadores, después de haber mostrado a los obreros de todos los países el fin común y de haberles enseñado la necesidad de actuar y luchar en común, había cumplido su misión. No ha muerto: ha pasado a las poderosas organizaciones y movimientos obreros de cada país, y sigue viviendo en ellos. Sigue viviendo en nosotros. Este congreso es obra de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

El movimiento obrero internacional se ha hecho demasiado grande para el marco de una sola organización unitaria. Pero la semilla de la Asociación Internacional de los Trabajadores ha germinado tan bien en el corazón de los obreros que la idea del internacionalismo domina toda organización obrera y todo movimiento obrero de nuestros días. La Asociación Internacional de los Trabajadores, en la medida en que hoy es aún posible, no necesita fundarse de nuevo: existe, existe con una amplitud mucho mayor de lo que sus fundadores se atrevieron a esperar; abarca a todo el proletariado consciente de su clase y de su fin en el mundo entero: un ejército gigantesco en el que los obreros organizados de cada país forman los distintos cuerpos de ejército; ¡pero todos los cuerpos de ejército, un solo ejército!

Realizar el programa de la Asociación Internacional de los Trabajadores en todas sus partes, organizar cada vez mejor las organizaciones nacionales, estrechar cada vez más el lazo del internacionalismo: ese es nuestro deber, el deber de todos los enviados del proletariado que se han reunido en este gran parlamento obrero internacional.

Los cartistas ingleses tuvieron ya un «parlamento obrero».29 Pero, por grande que fuera el movimiento cartista, aquel parlamento obrero solo reunía a delegados de obreros ingleses. Tampoco los anteriores congresos internacionales pueden compararse con este congreso, porque la mayoría de los países estaban representados de manera muy incompleta, y en parte no lo estaban en absoluto, de modo que aquellos congresos no podían valer como expresión fiel del movimiento obrero internacional. En este congreso nuestro, en cambio, está representado el movimiento obrero del mundo entero, si no todavía de manera del todo completa, sí en tal medida que podemos decir sin presunción: este es un parlamento obrero mundial, el primero que ha visto el mundo.

Los obreros de todos los países tienen los ojos puestos en nosotros con confianza. Y esa confianza no se verá defraudada: lo dice el entusiasmo que veo brillar en todos los ojos».

El ciudadano Vaillant habla en el mismo sentido y recuerda el carácter internacional de la Comuna del 71. El congreso hará época en la historia de la lucha por la liberación del trabajo. El orador pide que, para evitar toda pérdida de tiempo, se elija un buró permanente, tomado de todas las naciones, que sea una imagen fiel del congreso en pequeño. Él mismo renuncia a presidir la sesión de hoy. (Se aprueba por unanimidad).

El buró queda compuesto de la manera y en el orden siguientes: Suiza, Brandt; Alemania, Bebel y Liebknecht; Francia, Lafargue y Vaillant por las organizaciones socialistas, Besset por los sindicatos de París, Lavigne por los sindicatos de los departamentos; Italia, Cipriani y Costa; Países Bajos, Domela-Nieuwenhuis; Inglaterra, Morris,30 la ciudadana Marx-Aveling31 y Cunninghame-Graham;32 España, Iglesias;33 Hungría, Leo Fränkel; Escandinavia, Petersen, Jeggesen y Palmgreen; Alsacia-Lorena, Jaclard;34 Rusia, Lawroff; Polonia, Mendelsohn;35 Austria alemana, Popp; Bélgica, De Paepe36 y Anseele; Estados Unidos de América, Ahles; Rumanía, Mangle; Finlandia, Finn.

A propuesta del ciudadano Lafargue se añaden los delegados de los mineros de Francia, Alemania, Inglaterra y Escocia: Lacombe, Dieckmann, Ehrhardt, Stolle y Keir Hardie.37

Son nombrados secretarios las ciudadanas Jankowska y Zetkin38 y los ciudadanos Deville,39 Guesde, Ferroul, Longuet,40 Daumas, Frohme, Wedde, Geyer y Bernstein.

Traductores: del francés al inglés, la ciudadana Marx-Aveling y Morris; del inglés al francés, Longuet; del alemán al inglés, Krantz; del francés al alemán, Vollmar; del francés y del inglés al alemán, Liebknecht y Bernstein.

Los delegados de las demás naciones declaran no necesitar traductor, pues entienden unos el francés y otros el alemán.

Sigue la lectura de los telegramas y cartas de adhesión llegados de diversos países, la mayoría de Alemania.

Llegaron telegramas de:

Alemania:

Arnstadt; Berlín, los obreros berlineses de la industria a domicilio; Berlín, la Asociación General de Metalúrgicos de Berlín y alrededores; Berlín, los albañiles (Grothmann); Berlín, la Asociación de Hojalateros de Berlín y alrededores; Hamburgo, los obreros de Hamburgo, Altona y alrededores; Hamburgo, los canteros; Hamburgo, los moldeadores de Hamburgo-Altona; Dresde, los ebanistas de Dresde en la Suiza sajona, Schandau; Dresde, los distritos electorales 4.º, 5.º y 6.º de Sajonia; Leipzig, los socialistas reunidos en el Panteón; Grüna (Sajonia), la asociación electoral; Wurzburgo, los obreros; Lübeck, los moldeadores; Fráncfort del Meno, los obreros; Brandeburgo, los obreros; Burgstädt, la asociación electoral; Chemnitz, una sociedad de cuarteto vocal; Colonia, los obreros; Darmstadt, los socialdemócratas; Glauchau, obreros; Gotha, los obreros; Elmshorn, los obreros; Forst, los compañeros del partido; Hartmannsdorf, la sociedad de oficio de los obreros de manufactura; Heilbronn (Wurtemberg), muchos obreros; Hohenstein-Ernstthal, los obreros; Meissen, los ebanistas; Núremberg; Posen; Ronsdorf, asamblea de los electores del distrito de Lennep; Schlachtensee, el Club Obrero Berlinés Cubarippe; Schneeberg, el 19.º distrito electoral sajón; Wandsbek, los zapateros; Zwittau (¿o Zwickau?), los compañeros; Londres, los miembros de la Asociación Comunista de Formación Obrera;41 Boitsfort (Bruselas), los socialdemócratas alemanes de Bruselas.

Austria:

Viena, los torneros de botones y los adoquinadores unidos; Viena, los herradores; Viena, los socialistas de Floridsdorf; Kratzau, los socialistas del norte de Bohemia; Mährisch-Ostrau, los obreros socialistas; Reichenberg (Bohemia), los compañeros.

Hungría:

Budapest.

Suiza:

Basilea, los socialistas alemanes; Lausana, los luchadores por la libertad; Ginebra, el comité central de los obreros ginebrinos; San Galo, los socialistas alemanes.

Italia:

Roma, círculo de estudios sociales.

España:

Madrid, comité nacional del Partido Socialista Obrero.

Portugal:

Lisboa.

Países Bajos:

Terneuzen, el club socialista de propaganda.

Suecia-Noruega:

Cristianía; Bergen.

Inglaterra:

Londres, la Asociación Comunista de Formación Obrera.

Dinamarca:

Copenhague.

Francia:

Narbona; Les Laumes; Marsella.


El congreso recibió cartas de adhesión y mensajes de:

Berlín: El club de lectura socialdemócrata Lessing declara su solidaridad con los obreros del mundo entero y reclama la protección del trabajo frente al capital y la protección de los pueblos frente a la política de azuzamiento de los gobiernos de clase.

Berlín: Los mozos de servicio ilustrados envían saludos fraternos y votos por el fructífero trabajo del congreso.

Naumburgo del Saale: El grupo socialista de la ciudad expresa al congreso sus más sinceros votos por el éxito de sus trabajos.

Posen: Abdallah desea al congreso, por encargo de los obreros de Posen, el mayor éxito en interés del proletariado y expone las razones por las que Posen no pudo estar representada.

Gersdorf: Los emigrados checos de Sajonia están convencidos de que el proletariado romperá sus cadenas en cuanto se una, sin distinción de nacionalidad, en una organización mundial. Por eso están resueltos a luchar y vencer junto con el proletariado internacional, y gritan al congreso: «¡Adelante, a la lucha!».

Vevey (Suiza): La Asociación Obrera Alemana asegura al congreso su plena simpatía y envía sus votos por la prosperidad de la justa causa de la socialdemocracia.

Zúrich: La sociedad de oficio de los sastres expresa su más cálida adhesión a los trabajos del congreso y lamenta no haber podido enviar una representación. La sociedad considera un remiendo toda legislación protectora del trabajo que no se extienda también a la industria a domicilio, y espera que el congreso vuelva a hacer ver a los obreros que en sus aspiraciones solo pueden contar consigo mismos, y que fomente la acción común internacional de los obreros de todos los países.

Viena: La sociedad de oficio de los ebanistas envía un saludo socialista y un viva a los representantes obreros socialistas internacionales.

St. Veit (Carintia): El grupo socialista envía felicitaciones y saludos fraternos, y un viva a la solidaridad de los socialistas y proletarios de todas las naciones.

Gran Varadino (Hungría): Algunas voces obreras expresan su sentimiento de íntima solidaridad con el congreso y sus trabajos, y esperan que estos estimulen favorablemente la organización del proletariado húngaro.

Buenos Aires (Argentina): Uhle transmite al congreso, por encargo de los compañeros, un saludo fraterno y sus sinceros votos por el éxito de sus trabajos.

Glasgow: La sección de Glasgow de la Liga Socialista expresa su pesar por no poder enviar un representante al congreso, así como sus sentimientos fraternos y sus votos por el éxito del congreso.

Londres: Los participantes en un concurrido mitin de Hammersmith expresan al congreso su simpatía.

Nueva York-Brooklyn: La Central Labor Union de Brooklyn y alrededores se declara solidaria con los acuerdos del congreso y envía sus mejores deseos con la esperanza de que los trabajos del congreso signifiquen un paso adelante en la emancipación del trabajo.

Montpellier: La ciudadana Paule Minck42 expresa su convicción de que la liberación de la mujer solo puede producirse junto con la emancipación del proletariado. El congreso sentará las bases de una unión fructífera del proletariado internacional. La ciudadana Minck lamenta no poder tomar parte en los trabajos del congreso.

París: El grupo socialista revolucionario del distrito 18 (Montmartre) expresa al congreso su simpatía y lo aplaude por haber acordado una manifestación ante el Muro de los Federados.43

Cette: El sindicato de los descargadores declara su adhesión al congreso y envía sus mejores deseos, junto con una serie de reivindicaciones sobre las cuestiones del orden del día.


Se lee además una carta del ciudadano Cleirac en la que anuncia que no puede tomar parte en los trabajos del congreso porque se encuentra en la cárcel.

El ciudadano Volders44 pide en nombre de los delegados belgas que se aborde de inmediato la cuestión de la fusión de los congresos. El Consejo Nacional del Partido Obrero belga ha dirigido sobre este asunto una carta a los dos congresos. El ciudadano Volders insiste en que se lea esa carta.

Pero como son ya las cuatro, se levanta la sesión, tras convocar una sesión de tarde para las ocho.

Tercera sesión, lunes 15 de julio, por la tarde

Preside el ciudadano Brandt, que expresa su agradecimiento por el honor que en su persona se hace al Estado libre suizo. En la lucha por la existencia que ahora ha de librar, Suiza cuenta siempre con la República francesa, a la que el ciudadano Brandt llama república hermana. Si saluda aquí especialmente a Francia, no quiere con ello hacer un llamamiento de una nacionalidad contra otra. Suiza es, en efecto, una unión de diversas nacionalidades que conviven en paz y libertad bajo la égida de las mismas leyes. Los delegados enviados a este congreso representan a la totalidad del proletariado suizo (aplausos), que sigue estos grandes debates de los hombres del trabajo con tanto mayor interés y simpatía cuanto que es precisamente Suiza la que ha tenido el mérito de la iniciativa de una ley internacional de protección del trabajo.45 Esta reunión en París de las organizaciones obreras y de los partidos socialistas del mundo entero es una prenda de paz, de esa paz a la que solo aspiran seriamente los obreros unidos en partidos políticos, del mismo modo que solo ellos aspiran a la libertad y al bienestar de los pueblos (¡bravo!).

A continuación se leen los telegramas y mensajes de adhesión llegados desde el mediodía.

El ciudadano Lavigne,46 ponente por Francia, anuncia la llegada de nuevos delegados, entre ellos un enviado del sindicato de mineros del departamento del Loira, el ciudadano Ottin, con el mandato imperativo de adherirse solo al llamado congreso «marxista» (aplausos).

El ciudadano Georg M. Hugh lee una declaración de simpatía de la American Federation of Labor, firmada por su presidente, Samuel Gompers,47 según la cual la Federación está demasiado ocupada con el movimiento por las ocho horas para poder enviar un representante al congreso, y en la que recomienda la unión con el congreso posibilista y la máxima prudencia en todos los acuerdos que se tomen.

El ciudadano de Paepe comunica la carta del Consejo Nacional del Partido Obrero belga, dirigida a ambos congresos, que dice así:

Bruselas, 9 de julio de 1889.

A los miembros de la mesa y a la asamblea de delegados del Congreso Socialista Internacional de París.

¡Ciudadanos!

El Partido Obrero belga, convencido de la necesidad imperiosa de reunir en un solo haz todas las fuerzas obreras socialistas del mundo, obedece a un deber ineludible al dirigirse a vosotros con el ruego de que os suméis a él en el empeño de fundir en uno los dos congresos socialistas convocados en París.

Se trata aquí del interés supremo de todo el proletariado socialista. No hay dos proletariados socialistas internacionales, hay uno solo; no hay dos socialdemocracias internacionales, hay una sola. Es decir: un congreso debe bastar, y dos congresos son un factor de debilidad para hoy y un peligro para mañana. Es inútil volver sobre las cosas que han llevado a convocar dos congresos. Lo hecho, hecho está. Lo urgente e indispensable es que el partido que sostiene los privilegios y la dominación del capital privado no encuentre ocasión de aplaudir ante el espectáculo de la división de las fuerzas obreras.

Todos los países están representados en el congreso de París; todos quieren un entendimiento fraterno en el socialismo internacional. Que acuerden la fusión de los dos congresos, y ese entendimiento se realizará como debe realizarse.

Todos los grupos obreros socialistas aspiran a marchar juntos, estrechamente unidos, por el camino de la realización del ideal socialista. Puesto que la mayoría se ha pronunciado, y puesto que se es un partido democrático, hay que inclinarse y obedecer. Esto es lo que pide el Partido Obrero, esto es lo que declara a cada uno de los dos congresos.

Y si —lo que sería una verdadera desgracia— no se atendiera esta petición, declara a los delegados que hay que evitar a toda costa que se agraven los antagonismos provocados por la convocatoria de dos congresos. Reclama el honor de poder invitar a su país al próximo congreso socialista internacional, en 1890 o 1891. La aprobación de esta propuesta en cada una de las dos asambleas permitiría poner fin a la duplicidad del congreso socialista internacional.

El Partido Obrero de Bélgica os saluda fraternalmente e invita a los representantes de los demás partidos socialistas extranjeros a sumarse a él para una organización firme y definitiva de toda la socialdemocracia.

Por el Partido Obrero belga, en nombre del Consejo General, el secretario, Gustave Defnet.48

El ciudadano Lafargue comunica que el ciudadano Keir Hardie representa a 60.000 mineros escoceses.

En nombre del buró, el presidente presenta las siguientes propuestas:

  1. Las peticiones de palabra deben hacerse por escrito (aprobado por unanimidad).

  2. Las votaciones se hacen por cabezas, salvo cuando toda la delegación de un país pida para un caso determinado la votación por nacionalidades.

  3. Habrá cada día una sesión de nueve de la mañana a dos de la tarde, una sesión de tarde el miércoles a las ocho, un gran mitin público el sábado por la tarde y un banquete de clausura el domingo.

El ciudadano Volders no quiere admitir de ningún modo la votación por cabezas, porque equivaldría a que los franceses impusieran su mayoría al congreso. Pregunta qué razones ha tenido el buró para proponer este modo de votación.

El ciudadano Vaillant responde en nombre del buró que en un congreso internacional la nacionalidad no tiene importancia. Aquí no debe haber ya franceses, alemanes, belgas, etc., sino solo miembros de una gran familia socialista internacional.

El ciudadano Kessler49 no quiere admitir la votación por nacionalidades ni siquiera como excepción. Aquí no hay más que un solo proletariado, en el que no caben nacionalidades grandes ni pequeñas que puedan imponer su mayoría o quedar en minoría. Señala además una razón práctica para atenerse a la votación por cabezas: el otro modo de votar exigiría que los delegados de cada nación se retirasen aparte para ponerse de acuerdo sobre su voto nacional, con lo que se perdería inútilmente un tiempo precioso.

El ciudadano Bebel replica que la votación por nacionalidades debe mantenerse para ciertos casos, a fin de que los partidos socialistas sometidos a leyes de excepción, como la socialdemocracia alemana, tengan la posibilidad de desmarcarse de eventuales acuerdos de los que no puedan asumir la responsabilidad.

Se aprueba por gran mayoría que la votación por cabezas sea la regla y que, si los delegados de un país piden por unanimidad la votación por nacionalidades, esta se admita como excepción.

En un largo debate, los ciudadanos Guillot, Brunet y Duprès piden, por una parte, sesiones de tarde en salas más grandes con fines de propaganda y agitación, y los ciudadanos Antide Boyer,50 Vaillant y Bebel declaran, por otra, que un congreso internacional tiene una tarea muy distinta: el entendimiento entre los obreros de todas partes para una acción común; tras lo cual el congreso aprueba la propuesta del buró sobre el horario de las sesiones.

Se levanta la sesión después de poner en cabeza del orden del día de la sesión siguiente la cuestión de la unificación.

Cuarta sesión, martes 16 de julio, por la mañana

Preside el ciudadano Deville, que pide la máxima calma. Está decidido a hacer valer plenamente las normas de orden fijadas por el propio congreso en interés de todos. Por eso no atenderá ninguna petición de palabra que no se le haya entregado por escrito; en cambio, todo el que figure en la lista de oradores puede contar con seguridad con hacer uso de la palabra cuando le llegue el turno. Ante todo, el debate que va a comenzar enseguida se refiere a la fusión de los congresos, y solo a esta cuestión.

Tras la lectura de los telegramas y cartas de adhesión, el presidente propone limitar a 5 o 10 minutos el tiempo de cada orador. El congreso se decide por 5 minutos, pero, a petición del ciudadano Lafargue, hace una excepción con los ponentes, cuyo tiempo no estará limitado.

El ciudadano Andrea Costa anuncia que, además de las organizaciones obreras socialistas ya representadas, el Comité Central del Partido Obrero Italiano, que tiene tras de sí a más de 10.000 hombres, en gran parte campesinos, envía como delegado al ciudadano Croce. Además, doce grupos obreros de Roma han enviado un telegrama en el que expresan sus deseos de que se restablezca la Asociación Internacional de los Trabajadores. El ciudadano Costa se adhiere de todo corazón, en favor de la fusión de los dos congresos, a la carta del Partido Obrero Belga y al mensaje de la Federación Americana. Espera que el otro congreso acepte y que el resultado sea un entendimiento cordial.

El ciudadano Volders vuelve sobre el modo de votación, ya que el ciudadano Vaillant no lo ha convencido. Apoya la propuesta del Partido Obrero Belga. A su juicio, la tarea del congreso es lograr la fusión; si no consigue más que esto, ya habrá realizado una obra grande e importante. El orador reclama la fusión en nombre de los belgas a los que representa, de los neerlandeses, de los italianos, en suma, de casi todos los delegados no franceses. Somos —dice— un partido democrático, sometido, por tanto, a las decisiones de la mayoría. Pues bien, la mayoría quiere la fusión; la fusión, por tanto, tiene que realizarse, y las antipatías personales tienen que subordinarse. Pero, para el caso de que el proyecto de fusión no prospere, reclama para los belgas el honor de convocar en Bélgica el próximo congreso internacional, para 1890 o 1891, y de hacerlo de manera que se entierren las escisiones, que, si duran más, tendrían que extenderse necesariamente a los demás países, de modo que en todas partes se tendría un proletariado dividido y, por tanto, impotente.

El ciudadano Cipriani se suma a las palabras del ciudadano Volders. Sin unidad, los proletarios siguen siendo esclavos de sus patronos. Necesitamos un solo congreso en el que no haya sitio para susceptibilidades personales ni vanidades de dirigentes. Hay que poner fin a las querellas personales. La unidad de la gran familia obrera es indispensable para la lucha contra los boulangistas, los bonapartistas y demás reaccionarios. Los italianos han recibido el mandato imperativo de emplear todas sus fuerzas en favor de esta unificación, para evitar el espectáculo de una escisión del proletariado en el país de la Revolución. El ciudadano Cipriani ruega encarecidamente al congreso que se incline por la propuesta de paz, ya que el congreso posibilista representa también a un partido obrero. Termina exclamando: «¡La unificación se impone!»

El ciudadano de Paepe se extraña de que el proyecto de fusión no llegue a su destino sin tropiezos, como una carta por correo. Está decepcionado, porque ve que el asunto se alarga. Está convencido de que los organizadores de ambos congresos desean la unificación; pero cree que corresponde a este congreso, como el más socialista y avanzado, tomar el asunto en sus manos y dar prueba así de la coherencia de su socialismo. Como este congreso, además, se abrió un día antes que el otro, ya habría podido hacer algo por la unión. El ciudadano de Paepe sabe muy bien que los rencores (la ojeriza) no desaparecen de inmediato, pero cabría, sin menoscabo de la dignidad personal, reunirse hombro con hombro en un congreso unido. Espera que los franceses, en presencia de los extranjeros, se avengan a la unificación, siguiendo el ejemplo de buena camaradería que han dado en el concejo municipal de París los elegidos de las distintas tendencias socialistas.

El ciudadano Duprès: Se habla mucho de la fusión. Pero ¿se ha examinado también si es posible una fusión entre socialistas revolucionarios y cadetistas51 como Joffrin?52 Nuestros amigos extranjeros han venido a París para entenderse con la Francia trabajadora y revolucionaria, no con los aliados del radicalismo burgués y del oportunismo. ¿Qué pensarían de nosotros, por ejemplo, los tan avanzados socialistas alemanes si vieran cómo nos echamos a los pies de los aliados de los Ranc y Clemenceau?53 Los socialistas no pueden ir con los posibilistas, porque estos no son más que políticos burgueses y porque los socialistas extranjeros no se prestarían a una unión con burgueses. Que, a pesar de todo, hay entre los posibilistas socialistas convencidos, nadie lo niega. ¡Pero que vengan ellos con nosotros, y que los demás se queden fuera!

El ciudadano Liebknecht observa que, antes que los belgas y los italianos, ya en la sesión de apertura, los delegados de Berlín fueron los primeros en plantear la propuesta de fusión. Los alemanes han sido siempre partidarios de la fusión y siguen manteniendo esa posición. Pero se trata de encontrar una forma adecuada, que no ofenda ni rebaje a nadie y no despierte desconfianza; sin esa forma, con la fusión no se haría más que arrojar una nueva manzana de la discordia entre los socialistas. Es del todo imposible exigir la fusión a cualquier precio. Semejante exigencia equivaldría a un voto de censura contra los organizadores del congreso, que han cumplido plenamente con su deber y han hecho todo lo posible por lograr la unificación. La unificación es sin duda una cosa muy hermosa; pero no se podrá llevar a cabo en beneficio de los culpables de que todavía no haya concordia y en perjuicio de quienes, como la conferencia de La Haya y la comisión organizadora de París, lo han hecho todo por conseguirla. El orador relata los antecedentes del Congreso Internacional de París. Recuerda que fue primero la socialdemocracia alemana la que recibió del congreso de St. Gallen54 el encargo de organizar un congreso internacional. Los preparativos de este congreso estaban muy avanzados cuando se supo que las trade unions inglesas convocaban un congreso internacional en Londres para 1888. La socialdemocracia alemana renunció enseguida a su congreso para sumarse al de Londres, en la firme suposición de que el Comité Parlamentario de las trade unions admitiría condiciones aceptables también para los países que, a causa de una configuración anormal de la vida pública, no podían dar a los delegados de sus poderosas organizaciones obreras un mandato en regla. En lugar de ello, el Comité Parlamentario impuso tales exigencias que ni los alemanes ni los austriacos habrían podido participar en semejante congreso. Si se hubieran presentado credenciales en las condiciones exigidas en Londres, en esos dos países la consecuencia habría sido la disolución de todas las organizaciones obreras y la confiscación de sus cajas. En vano se pusieron los socialistas alemanes en contacto con el comité de las trade unions para obtener condiciones aceptables. El comité mantuvo sus pretensiones, lo que en la práctica venía a ser la exclusión sistemática de Alemania y Austria. Los suizos y los norteamericanos se mantuvieron al margen de semejante congreso por principio y de manera ostensible, protestando contra él. El congreso de Londres así constituido y sus acuerdos no pueden tener, por tanto, el menor valor para los socialistas alemanes. Pero los alemanes tenían todavía un segundo motivo para mantenerse apartados del Congreso Internacional de París acordado en Londres, cuya organización se había encargado a una sola fracción del proletariado francés: este nuevo congreso internacional se convocaba, en efecto, exactamente según el modelo del primero. Entretanto, la otra fracción del proletariado francés convocó por su parte un congreso internacional en París con los criterios de admisión más liberales. El mundo del proletariado iba a ver, pues, dos congresos internacionales. Entonces los alemanes intentaron llegar a un acuerdo para tener un congreso único. Ese acuerdo debía salir de una conferencia internacional que, convenida en un principio en Nancy —considerada el lugar de reunión más cómodo para los franceses—, se celebró finalmente en La Haya. Las dos fracciones francesas fueron invitadas sin parcialidad. Pero los posibilistas no acudieron: se negaron a ir alegando razones puramente formales. A pesar de su actitud de rechazo, el espíritu de conciliación dominó la conferencia, como pueden atestiguar nuestros amigos y compañeros belgas Anseele y Volders. Se concedió el reconocimiento del mandato dado a los posibilistas por el congreso de Londres, por imperfecto que fuera. Solo se pusieron dos condiciones: primera, que el congreso fuera soberano para fijar su orden del día y para examinar las credenciales de sus miembros; segunda, que la convocatoria procediera de todos los partidos socialistas y la firmaran a la vez los posibilistas y los mandatarios de los congresos de Burdeos y Troyes. Los posibilistas rechazaron de plano estas dos exigencias tan absolutamente justas. Era, pues, inevitable que convocáramos nosotros un congreso. A pesar de todo, todavía hoy estamos por la unificación; pero, como ya he declarado, tenemos que encontrar una forma que no nos arroje a los pies de quienes hasta ahora han frustrado toda avenencia. A continuación Liebknecht lee la resolución siguiente y añade con énfasis: «Hasta donde llega esta resolución podemos ir. Es incluso necesario que vayamos hasta ahí; pero ir más lejos no puedo yo, por mi parte, sin traicionar a mis amigos y mi honor.»

Sigue en las actas el texto de la resolución Liebknecht; véase Resolución sobre la unificación con el congreso posibilista.

El ciudadano Tressaud (Marsella) combate toda idea de unificación, también la resolución Liebknecht, y lo hace desde distintos puntos de vista. En primer lugar, por razones materiales. Todo el trabajo de constitución del congreso tendría que empezar de nuevo; habría que buscar otro local, etc. Además, y sobre todo, no podemos aliarnos con nuestros peores enemigos. Del mismo modo que los socialistas alemanes no pueden aliarse con los seudosocialistas à la Bismarck, tampoco nos es posible a nosotros unirnos a los cómplices de Ferry y Clemenceau. Siempre nos dicen que Boulanger es el enemigo; pero no es el único enemigo. A su lado está Ferry.55 Y no podemos poner nuestra mano en la mano de los burgueses que nos dominan y nos oprimen. En consecuencia, Tressaud deposita en la mesa del buró, en nombre de los 58 sindicatos de Marsella a los que representa, una resolución del tenor siguiente:

Considerando que el Congreso Socialista Revolucionario Internacional ha salido de la unión de los congresos nacionales de Marsella, El Havre, etc., con los congresos de los sindicatos obreros celebrados en Lyon, Montluçon y Burdeos; que es, por tanto, el auténtico congreso del Partido Obrero socialista; que sus puertas siguen abiertas todavía ahora a todos los grupos y círculos socialistas, así como a los sindicatos obreros;

que, además, se han ofrecido a los organizadores del congreso disidente todas las facilidades para la unificación; que se ha celebrado en La Haya una conferencia sobre este asunto y que solo ha dado resultados negativos; que los disidentes han rechazado toda reconciliación por motivos políticos que no pueden confesar y cuyo sentido quizá no vean claro nuestros amigos extranjeros, pero que los socialistas franceses entienden perfectamente; por estas razones, el congreso acuerda que no es oportuno salir de nuevo al encuentro de gentes que desde hace mucho tiempo marchan de la mano con los peores enemigos de los obreros —con los oportunistas y los radicales burgueses, con los que han concluido la vergonzosa alianza de la rue Cadet—

y pasa al orden del día.

No obstante, volvemos a decir a todos los delegados de los grupos, círculos y sindicatos que serán recibidos con la cordialidad propia de socialistas independientes.

Para terminar, el ciudadano Tressaud observa: «Ya ven, pues, que no queremos excluir a nadie. Todas las organizaciones que se acerquen a nosotros serán bienvenidas.»

El ciudadano Morris (Inglaterra) es también partidario de un congreso abierto a todos, pero considera irrealizable la fusión. Los partidos aquí representados han elegido este congreso como un congreso verdaderamente socialista y no podrán ir a ningún otro sitio. Lo que nosotros perseguimos es una transformación de las bases de la sociedad, es decir, la emancipación del trabajo mediante la correspondiente reorganización de todas las relaciones, mientras que en el otro congreso se quieren contentar con mejorar56 la suerte de los esclavos modernos dentro de límites compatibles con el orden actual de las cosas. Los posibilistas solo cultivan un oportunismo electoral, pero no el socialismo. Si nos pasáramos al otro congreso, no haríamos más que poner la marca socialista a una asamblea burguesa. Nuestro congreso está abierto a todos los hombres de buena voluntad, pero la fusión es una imposibilidad absoluta. Los dos congresos son demasiado distintos para poder fundirse. Aquí se aspira a la abolición del salariado; allí, a nada más que a reformas raquíticas. Somos socialistas revolucionarios y no tenemos nada que ver con los cadetistas.

El ciudadano Lafargue traduce al francés el discurso de Morris.

El ciudadano Costa (Italia) protesta contra la traducción del ciudadano Lafargue y sostiene que es «demasiado libre».

El presidente hace notar al ciudadano Costa que el ciudadano Morris entiende el francés, ya que se ha inscrito como traductor del inglés al francés, y que, por tanto, él mismo estaría en condiciones de protestar contra una traducción inexacta de su discurso. Por lo demás, el ciudadano Morris está satisfecho.

El ciudadano Lavigne (Burdeos): «Siempre hemos dado pruebas del ánimo más conciliador. Lafargue, nuestro delegado en la conferencia, tenía el encargo de sumarse a todos los esfuerzos de unificación que surgieran en la conferencia de La Haya, y cumplió fielmente su encargo, como han podido comprobar Anseele y Volders, que saben también —porque son ellos quienes transmitieron a los posibilistas las propuestas de La Haya— con qué brusquedad las rechazaron estos. ¿Han de tolerar quienes desde el principio lo hicieron todo por lograr la unificación, y que además siempre han servido bien a la causa socialista, que se les pida inclinarse ante quienes rechazaron siempre con brusquedad el entendimiento, mientras acumulaban traición sobre traición?» El orador agradece a los amigos extranjeros sus buenas intenciones. Pero deben saber que se ha hecho todo para evitar la duplicidad del congreso. Si se quisiera dar gusto a los posibilistas, habría que enviarles una delegación, lo que les serviría de pretexto para proclamar al mundo que nuestro congreso, reunido sin ellos, había naufragado y que habíamos tenido que someternos. Lavigne presenta una resolución en este sentido firmada por él, Baudin y Dormoy, pero la retira en favor de la resolución Tressaud.

El ciudadano Keats (Inglaterra) opina que es materialmente imposible fundir los dos congresos. Es demasiado tarde. Cree que un congreso unificado en tales circunstancias no realizaría ninguna obra de reconciliación, sino que se convertiría en un club de debates, si no en un campo de batalla. En su momento se conocieron las convocatorias de los dos congresos; su carácter era tan distinto que no cabía confusión alguna. La prensa burguesa y los periódicos que estigmatizan el nombre socialista han colmado de insultos a los organizadores de nuestro congreso. Todos los malévolos antisocialistas de Inglaterra, que no quieren mejorar la suerte de los obreros, sino su propia situación, se han ido al otro congreso con los dirigentes posibilistas que se les parecen. Se sentirían felicísimos si, consumada la fusión de los dos congresos, pudieran decir a los burgueses ingleses: Hemos cumplido fielmente el mandato que nos disteis y hemos destruido el Congreso Socialista Internacional.

Los delegados alemanes piden el cierre del debate. Todavía hay 33 oradores inscritos. El ciudadano Lafargue pide que se le permita leer el informe de la comisión. Como ya se ha repartido a los delegados, se rechaza esta propuesta.

El ciudadano Sommer (Dresde) habla a favor del cierre, pues sus colegas y él están suficientemente informados sobre el asunto. Las trade unions y los sindicatos que se han adherido al congreso posibilista no son socialistas, y así como nosotros tuvimos que separarnos de las asociaciones no socialistas à la Schulze-Delitzsch,57 tenemos que dejar a los otros, a los franceses, la libertad de efectuar una separación análoga.

Tras unas palabras de Keir Hardie (Inglaterra) y de Morris (Inglaterra) en contra del cierre y de Luß (Francia) a favor de pasar al orden del día, el cierre queda aprobado por gran mayoría.

El ciudadano de Paepe (Bélgica), a propósito de la votación, pide una excepción en favor de las nacionalidades que todavía no han hablado sobre el asunto y de los delegados ingleses que opinan de otro modo que Keats y Morris.

Esta propuesta, que quiere dar la palabra a los españoles, rumanos, escandinavos, austriacos y norteamericanos, queda rechazada mediante una votación a favor del cierre absoluto.

El ciudadano de Paepe, a propósito de esta nueva votación, pide que la votación se decida por nacionalidades.

El presidente observa que eso sería reabrir el debate bajo otra forma.

El ciudadano Costa (Italia) ruega al ciudadano de Paepe que retire su propuesta, lo que este hace. Después de que el ciudadano Mesa58 (España) declarara que los delegados españoles se inclinan ante la voluntad de la mayoría, el congreso aprueba la propuesta del ciudadano Jaclard de que en adelante se decida antes de cada votación si se vota por cabezas o por nacionalidades. Una votación, una vez hecha de una u otra manera, es absolutamente vinculante.

El ciudadano Mesa (España) pide que en adelante no se pase a votar sin que haya hablado al menos un representante de cada nacionalidad.

El ciudadano Werner (Berlín) declara, antes de que se lean las demás propuestas, que si en la sesión de apertura pidió aclaraciones sobre los pasos preparatorios para la fusión, no quería con ello expresar la menor censura contra los organizadores del congreso. Liebknecht ha dado desde entonces las aclaraciones deseadas. Por eso el orador retira su propuesta de la sesión de apertura: «porque tenemos los mismos puntos de vista que los marxistas franceses; estamos rotundamente en contra de la fusión con los posibilistas».

Propuesta Vaillant.

El congreso declara que la conferencia de La Haya y la comisión organizadora de París han hecho todo lo posible, no solo para que se reuniera el congreso, sino también por la unificación y el entendimiento.

El congreso apela al sentimiento de pertenencia de los pocos grupos y sindicatos que hasta ahora se han mantenido al margen, y pasa al orden del día.

El ciudadano Vaillant añade a la lectura: Después de lo que se ha hecho, ya no se puede hacer nada más. Nuestro congreso está abierto a todos los que quieran participar en él. No podemos dar un paso más, porque queremos seguir siendo un congreso socialista.

Propuesta Guesde-Deville-Jaclard-Longuet-Lafargue.

Considerando que los partidos socialistas representados en el congreso surgido de la conferencia de La Haya han participado en numerosos intentos de fusionar ambos congresos y han hecho todos los esfuerzos por conseguir precisamente esa unificación en cuyo favor se les pide hoy que se declaren, y que todos sus esfuerzos han fracasado;

Considerando que no se puede pedir que intenten nuevos pasos a quienes siempre se han declarado dispuestos a la unificación y no han recibido hasta hoy más que negativas, el congreso invita a los defensores de esos nuevos pasos a no dirigirse, por lo pronto, a quienes ya han consentido en la fusión, sino a quienes la han rechazado; aplaza toda decisión hasta que tenga ante sí una propuesta formal de estos últimos, y pasa al orden del día haciendo constar que sigue abierto, como siempre, a todos los grupos obreros socialistas.

El ciudadano Jules Guesde observa que este orden del día pretende impedir una inversión de los papeles. No es de recibo que a quienes siempre han buscado el entendimiento se los presente como si lo hubieran frustrado.

Propuesta Domela Nieuwenhuis.

El congreso,

Comprobando con pesar que todos los esfuerzos por reunirse en un solo congreso han quedado sin resultado,

Considerando que el orden del día de ambos congresos es casi idéntico,

Considerando que la unión de los obreros del mundo entero es deber de todos,

Acuerda que se acepta la fusión de ambos congresos, que se reconoce la validez de las credenciales de una y otra parte y que, en cuanto el otro congreso haya aprobado una resolución igual, se elija una comisión para acordar la unificación.

«Ante todo debo pedirles indulgencia —dice el ciudadano Domela Nieuwenhuis—, porque no puedo hablar alto: tanto ir y venir de discursos casi me ha dejado sin voz. Creo que nuestra resolución no necesita muchas palabras, porque habla por sí misma. Nosotros, los que no vivimos en Francia, no queremos inmiscuirnos en las disputas de los socialistas franceses, pero tampoco queremos que esas distintas desavenencias desborden su terreno y se vuelvan internacionales. Queremos un entendimiento internacional, no una escisión internacional. No nos corresponde examinar quién tiene la culpa de esta lamentable diferencia, pero a todos nos afecta el hecho de que haya dos congresos con casi el mismo orden del día. ¿No tenemos el sagrado deber de hacer todo lo posible para que los dos congresos sean uno, aunque para ello tengamos que sacrificar nuestro amor propio? A mí me parece que ¡sí! Cuando entré en nuestra sala, lo primero que vi fueron las palabras de nuestro ilustre amigo y maestro Karl Marx, el testamento que nos ha dejado: “¡Proletarios de todos los países, unámonos!” Marx no dijo: ¡Socialistas de todos los países!, sino sencillamente: ¡Proletarios de todos los países! ¡Pues bien, anunciamos este evangelio! No podemos dejar que esta doctrina siga siendo letra muerta: tenemos que llevarla a la práctica. Que no se diga: “Solo hay una Iglesia verdaderamente católica, y todos los demás son herejes y disidentes.” Lo sé, los posibilistas ya nos han llamado lo mismo en su periódico Le Parti Ouvrier (“El Partido Obrero”). Pero eso no es razón para que los sigamos por ese camino. Sería además, por así decirlo, una sutileza de abogados, porque ¿quién va a afirmar que el programa de los posibilistas de Francia, que el programa de la Social-Democratic Federation59 de Inglaterra, no es socialista? ¿Quién va a decir que el año pasado no se acordó en Londres celebrar un congreso socialista? No, no queremos examinar cuál de los dos tiene razón, pero en este momento, en que los ojos del mundo entero están puestos en París y en la actitud de los socialistas, sería de lamentar que el mundo burgués tuviera el placer de ver una división en el campo socialista. ¡La división es su triunfo y nuestra vergüenza! Si los delegados de todas partes dicen unánimes: “¡Celebramos el aniversario de la Revolución francesa! Nos parece una idea excelente que en esta fiesta se unan los socialistas del mundo entero”, pues bien, entonces tenemos derecho a exigir que los dos partidos socialistas de Francia hagan una tregua por el momento, para que, para alegría nuestra y bien de todo el proletariado, ahorremos al mundo entero el espectáculo de dos congresos reunidos al mismo tiempo en la misma ciudad, con el mismo fin y casi con el mismo orden del día. Espero que todos se sumen a nuestro parecer en la forma propuesta, que no hiere a nadie de ninguna de las dos partes, para que podamos decir: ¡No rechazamos la unificación! Al contrario, damos prueba de que estamos dispuestos a sacrificarnos. Aquí hay dos corrientes, una de las cuales dice que no quiere en absoluto la unificación. Son los franceses y muchos de los ingleses, entre los que la situación es la misma que en Francia, a consecuencia de las diferencias entre la Socialist League y la Social-Democratic Federation.60 Si estos han hablado así, les pregunto si los esfuerzos de que nos ha informado Liebknecht han sido una comedia. ¿Sí o no? Si se quiere la unificación, hay que buscar condiciones que la hagan posible. No lo que nos separa, sino lo que nos une, es nuestra fuerza frente a nuestro enemigo común, y tenemos un enemigo común, al que todos combatimos: el capitalismo. Pues bien, amigos míos, el capitalismo temblará cuando vea a los socialistas unidos marchar juntos contra él. Nuestro grito de guerra es: “¡Abajo el capitalismo! ¡Viva el socialismo revolucionario!”»

El ciudadano Domela, que fue saludado con largos aplausos, termina entre vivos aplausos.

El ciudadano Deville se disculpa por haber faltado a su deber de presidente al permitir al ciudadano Domela, primero, reabrir un debate varias veces cerrado y, segundo, hablar más de 5 minutos. Ha actuado así por respeto a un hombre que tanto ha sacrificado y tanto ha sufrido por la causa obrera.

El ciudadano Merlino (Italia) se adhiere a la propuesta Nieuwenhuis.

El ciudadano Adler61 (Austria) protesta enérgicamente, en nombre de los austriacos, contra lo que andan diciendo algunas personas de que el Partido Obrero austriaco está representado en el congreso posibilista. Todos los delegados de ese partido están aquí, en el congreso socialista, donde se encuentra reunida la democracia internacional. Somos partidarios de la unificación, pero si se la quiere hay que evitar que haya vencedores y vencidos; de lo contrario, no se provocarán más que nuevos odios y divisiones. Ahora bien, según la propuesta Tressaud los vencidos serían los posibilistas; según la propuesta Nieuwenhuis, lo serían los marxistas. Por tanto, el orador está a favor de la propuesta Liebknecht. Los delegados extranjeros no deben inmiscuirse en las disputas de los franceses.

Declaración de los rumanos.

Los delegados rumanos se reservan el derecho de volver a presentar su propuesta relativa a un futuro congreso, pero de momento se declaran unánimemente adheridos a la propuesta Liebknecht, y piden que el próximo congreso se convoque de tal forma que se reúnan todas las fuerzas anticapitalistas con vistas a la lucha de clases y a la socialización de los medios de producción.

D. Beinow. C. Racowitz. A. Sculescu. Procopin. Many.

El ciudadano Bushe (Estados Unidos de América) ha recibido credencial para los dos congresos. Fue a la redacción de Le Prolétariat (órgano oficial de los posibilistas) y no encontró allí a los señores lo bastante socialistas; por eso está aquí. Sin embargo, es partidario de la unificación. Aunque en el otro congreso hubiera pocos socialistas, habría que tenderles la mano.

El ciudadano Frohme62 (Alemania) habla en contra de la unificación incondicional. Se pueden sacrificar a la unificación las opiniones personales, pero no el honor. Aprueba la propuesta Liebknecht, que salvaguarda el honor y, por lo demás, es todo lo conciliadora posible.

El ciudadano Iglesias (España) también está por la unificación, pero esta tiene que ser también obra de la cabeza, no solo obra del corazón. Le extraña que los neerlandeses y los belgas insistan en este congreso en la unificación, cuando están mejor informados que él de todo lo que se ha intentado para llegar a un entendimiento. Al otro congreso es al que le corresponde predicar la unificación, porque es precisamente él quien la ha rechazado sin cesar. Iglesias se adhiere a la propuesta Liebknecht y añade que los delegados españoles del congreso posibilista no representan a ninguna parte del Partido Obrero español.

El ciudadano Batisse (Troyes) se declara a favor de sumarse a la propuesta Guesde.

El ciudadano Palmgreen, en nombre de los delegados de Suecia y Noruega, y el ciudadano Petersen (Dinamarca) presentan al congreso la resolución siguiente, añadiendo:

«La unificación con los posibilistas, que se han aliado con los burgueses, es imposible. Si de verdad hay entre ellos grupos que se sitúan en el terreno de la lucha de clases, ¡que vengan con nosotros! ¡Los demás, los gubernamentales, que se queden donde están!»

Resolución Palmgreen-Petersen.

Considerando que la unión de todos los obreros socialistas y revolucionarios se impone por sí misma, nosotros, los socialistas de Noruega y Suecia, deseamos ardientemente esta unificación; pero, considerando que esta unificación solo puede realizarse entre socialistas que se sitúen en el punto de vista revolucionario de clase, creemos, después de las declaraciones aportadas, que en el caso presente no podemos considerarla posible.

Palmgreen, Allard, delegados de Suecia. A. Jeggesen, delegado de Noruega.

El delegado Keir Hardie (Inglaterra) está en contra de la propuesta Liebknecht y a favor de la propuesta Nieuwenhuis. Quiere la unificación porque en el congreso posibilista hay trade-unionistas socialistas con los que es posible entenderse, ya que no hay diferencias de principio, y porque tenemos que presentar un solo frente a la burguesía.

El ciudadano Christensen (Dinamarca): El Partido Socialista danés ha hecho todo lo posible por la unificación, sin que hasta ahora se haya conseguido el menor resultado. No rechaza los considerandos de la propuesta Liebknecht, pero se adhiere a la propuesta Nieuwenhuis.

El ciudadano John Ritson (Mánchester) explica que, aunque en el otro congreso haya socialistas, sus dirigentes no lo son; que, por lo demás, todos los intentos de unificación han partido de nuestro lado y han sido rechazados por el otro, y que, en fin, ahora falta de hecho el tiempo para llevar a cabo la unificación.

El ciudadano Wortelmans (Amberes) no comprende que se hable de los posibilistas como si no fueran socialistas, cuando su congreso tiene el mismo orden del día que el nuestro.

El ciudadano Kuhnert63 (Berlín) apoya la propuesta Tressaud. Le parece que más vale una guerra franca y alegre que una paz podrida.

El ciudadano Cipriani (Italia) pide, en nombre de los delegados italianos, la votación por nacionalidades.

Se someten a votación tres propuestas, ya que los firmantes de las propuestas Guesde y Vaillant se suman a la de Liebknecht; son, además de la de Liebknecht, las propuestas Nieuwenhuis y Tressaud. Este último declara que no está en contra de la unificación, como afirma de Paepe, sino solo en contra de que seamos nosotros quienes la pidamos.

La votación da el resultado siguiente:

a favor de la propuesta Liebknecht: Alemania, Suiza, Rumanía, Alsacia-Lorena, Rusia, Polonia, Austria, Hungría, España, América, Inglaterra, Francia: 12 nacionalidades;

a favor de la propuesta Tressaud: Suecia y Noruega: 2 nacionalidades;

a favor de la propuesta Nieuwenhuis: Bélgica, Países Bajos, Italia, Dinamarca: 4 nacionalidades.

Queda, pues, aprobada la propuesta Liebknecht.

Al comunicar el voto de Francia, Vaillant formula cierta reserva. Todos los franceses, dijo, estaban unánimemente a favor de la propuesta Tressaud. Pero, en atención a las circunstancias y por deferencia hacia los delegados extranjeros, se han sumado a la propuesta Liebknecht, ya que esta protege suficientemente la dignidad del congreso y no abandona el terreno de la comisión organizadora y del congreso de La Haya. Los delegados ingleses se suman a esta reserva y expresan toda su simpatía por la propuesta Tressaud.

Tras darse a conocer el resultado de la votación, se levanta la sesión a las 3 de la tarde.

Quinta sesión, miércoles 17 de julio, por la mañana

Preside el ciudadano Vaillant, que anuncia que en la sesión de la tarde comunicará un gran número de cartas y telegramas recién llegados.

En el orden del día figuran los informes sobre la situación del trabajo y el movimiento socialista en los distintos países.

Lafargue anuncia que ha llegado un delegado finlandés, el ciudadano Finn. Es elegido por aclamación miembro del buró.

Una carta de la Labor Elector Association (Asociación Electoral Obrera) comunica al congreso que su enviado, Cunninghame Graham, miembro del Parlamento inglés, llegará a París hoy o mañana.

Lafargue pide a cada nacionalidad que prepare una lista completa de sus delegados con sus direcciones y la entregue al buró, para que, conforme a una propuesta de Vollmar, la lista pueda repartirse a todos los miembros del congreso como recuerdo.

El congreso aprueba esta y otra propuesta de Lafargue, según la cual se hará un resumen de todas las condenas sufridas por los distintos delegados del congreso por la causa obrera.

El ciudadano Sébastien Faure,64 anarquista, protesta tanto en su nombre como en el de sus camaradas contra toda suposición de que por su parte se estén creando dificultades sistemáticamente. «No somos adversarios», añade.

Precisamente en ese momento, por cierto, se había pegado en la propia sala del congreso un cartel en el que los «compañeros» invitaban a los socialistas a librarse de sus pretendidos «dirigentes», afirmando que estos no eran sino enemigos de la fraternidad de los proletarios.

El ciudadano Cipriani cuenta que, conforme al encargo recibido, fue con el ciudadano Costa al congreso posibilista para comunicar allí la propuesta Liebknecht sobre la fusión. Encontraron un ambiente favorable a la reconciliación. Sin embargo, el congreso posibilista ha decidido supeditar la fusión a un nuevo examen conjunto de las credenciales de todos los delegados, propuesta contra la que el ciudadano Costa ha protestado, señalando que «no se puede iniciar un paso de fraternidad con un acto de desconfianza».

A la propuesta de nombrar una comisión para negociar verbalmente con la comisión posibilista, el congreso responde, tras un largo debate sostenido sobre todo por los ciudadanos Bernstein, Vaillant, Cipriani y Morris, aprobando una resolución formulada por Jaclard en los términos siguientes:

Sigue en las actas el texto de la resolución; véase Resolución sobre el acuerdo del congreso posibilista.

A continuación se entra inmediatamente en el orden del día, y el ciudadano diputado del Reichstag Bebel presenta su informe sobre Alemania, después de haber sido saludado con aplausos repetidos una y otra vez, más o menos en estos términos:

Uno de los síntomas más importantes de la marcha de nuestro desarrollo es que hoy se pueda discutir la cuestión de una legislación internacional de protección del trabajo. Hace apenas veinte años habría sido imposible abrir deliberaciones con semejante programa. El movimiento obrero se ocupaba entonces menos de la práctica que de la teoría. La discusión de las cuestiones de principio sugería la idea de que la transformación de la sociedad estaba a las puertas. Desde entonces se ha comprendido que el orden burgués de las cosas está sin duda condenado irrevocablemente a perecer, pero que por el momento todavía tiene resistencia suficiente para sostenerse durante algún tiempo, y que, por otra parte, las fuerzas de la clase obrera todavía no se han robustecido lo bastante para poder llevar a cabo la necesaria reorganización de la sociedad. Las cuestiones prácticas, las cuestiones de lo que hay que hacer enseguida para obtener un beneficio inmediato, pasan a primer plano, y con tanto mayor derecho cuanto que poseen una eminente fuerza de atracción: arrastran cada vez más a la clase obrera a la corriente socialista y abren así el camino al socialismo.

Al principio se creía de manera bastante general entre nosotros, en Alemania, que el movimiento sindical, las asociaciones de oficio, con su centro de gravedad en las cuestiones cotidianas de la vida práctica, eran un obstáculo para el desarrollo del socialismo. Poco a poco se ha visto claro el error en que se había caído. La imposibilidad de ganar de golpe a las masas para el objetivo pleno y final del socialismo, y la imposibilidad de alcanzar ese objetivo sin más, obligaron por sí mismas a defender cada vez más medidas prácticas capaces de despertar en primer lugar la consciencia de clase de los obreros. Los resultados obtenidos por este camino son excelentes. Aunque el movimiento obrero alemán es relativamente joven, más joven que el movimiento obrero de Inglaterra y Francia, se distingue por la claridad con que fija la vista en el objetivo que ha de alcanzar y por la fuerza que ya ha demostrado en la lucha. Esa fuerza suya es ya hoy tal que quizá infunde a las clases dominantes un miedo y un espanto desmedidos.

Este desarrollo se lo debemos, por una parte, a la actividad teórica de la socialdemocracia y, por otra, a las condiciones económicas: al rápido auge de la gran industria en Alemania, sobre todo en los últimos veinte años. A medida que el movimiento obrero se hacía cada vez más vivo y abarcaba círculos cada vez más amplios, despertaba por un lado cada vez más inquietud entre sus adversarios; por otro, les infundía un respeto cada vez mayor, de modo que estos tuvieron que ir reconociendo, al menos en principio, las reivindicaciones prácticas de los obreros, entre ellas la de una legislación internacional de protección del trabajo. Hoy se discuten en general, yo diría que oficialmente, cuestiones que hace menos de veinte años se consideraban desde ese lado inadmisibles y reprobables en la teoría y en la práctica. Es una prueba brillante del gran poder que ha conquistado el movimiento obrero, y muestra la influencia que ejerce. Así, por ejemplo, hoy en día nadie en Alemania se atrevería a sostener que una legislación internacional de protección del trabajo sea algo imposible, ni que nuestro sistema económico no presente grandes defectos y graves males.

Este cambio completo de la opinión pública es obra de la socialdemocracia alemana, cuya importancia se desprende ya del número de sus representantes presentes en este congreso.

Ya hacia 1870 había alcanzado el movimiento una fuerza considerable. Pero solo desde aquella época, que trajo la unidad política y económica de Alemania, se produjo el gran auge que hemos observado desde entonces, y al mismo tiempo la agitación por las cuestiones prácticas se convirtió en un rasgo característico del movimiento. Junto a la organización política del partido brotaron como setas sindicatos y sociedades de oficio, y nacieron numerosos periódicos y revistas que combatían los prejuicios de la opinión pública e ilustraban a la clase obrera sobre su situación. En pocos años el partido socialista dispuso de cerca de 50 órganos de prensa, de los que una parte salía a diario, otra dos o tres veces por semana y el resto eran semanarios. Los progresos así conseguidos pueden medirse por el número creciente de votos obtenidos en las distintas elecciones al Reichstag. La primera campaña electoral del partido, en 1867, le dio apenas 100.000 votos. En 1871 el número de votos había aumentado muy poco, porque bajo la impresión de la guerra el gobierno y la opinión pública, sistemáticamente falseada, ejercieron una enorme presión en contra; pero en 1874 nuestros votos llegaron a 351.000, y en 1877 a 493.000.

El miedo y la inquietud se apoderaron de nuestras clases dominantes y de los gobiernos. Los atentados de Hödel y Nobiling65 vinieron como anillo al dedo para ofrecer un pretexto con que reprimir a nuestro partido. El príncipe Bismarck, que atiende de modo especial a los negocios de la burguesía alemana, respondió al atentado de Hödel presentando una «¡ley de excepción contra la socialdemocracia!». Pero el primer proyecto fue rechazado, porque la burguesía temía todavía que el gobierno, si se le concedían poderes ilimitados, los empleara también contra las clases burguesas.

Entonces vino el atentado de Nobiling, que barrió todos los reparos. Se trabajó a la opinión pública como nunca antes se había hecho ni de lejos. Se le presentaron los atentados como fruto de la agitación socialista y se le pintó ante los ojos el espectro de la revolución social. Las elecciones celebradas bajo semejante presión dieron, naturalmente, un parlamento que aprobó la ley de excepción.

¿Qué significaba esta ley? Los gobiernos y la policía pueden y tienen derecho a reprimir esas aspiraciones en todas partes donde, a su juicio, como dice la ley, «se manifiesten aspiraciones socialdemócratas, socialistas o comunistas encaminadas a derribar el orden estatal o social existente de un modo que ponga en peligro la paz pública y, en particular, la concordia entre las clases de la población».

El derecho común, válido para todos, quedó completado, en lo que se refiere a la actividad de la socialdemocracia, por la arbitrariedad de la policía. Ella decidía qué quería entender por esas aspiraciones, y prohibía y reprimía lo que pareciera favorecerlas.

Apenas aprobada la ley, se suprimieron todos los periódicos socialistas y se disolvieron todas nuestras organizaciones. A cientos, a miles de familias cuyo sostén trabajaba en las redacciones y administraciones de nuestros periódicos o en las imprentas de nuestro partido, o como vendedores ambulantes, etc., se les minó de golpe la existencia: quedaron arruinadas. Además, se sometieron grandes territorios densamente poblados al llamado pequeño estado de sitio,66 en virtud del cual se podía expulsar a todas las personas supuestamente peligrosas para «el orden y la seguridad públicos». Se empezó por Berlín y sus alrededores, de donde se expulsó de un golpe a 93 de los socialistas más celosos y activos. Luego, en 1880, les tocó el turno a Hamburgo-Altona y alrededores, en 1881 a Leipzig y alrededores, y más tarde siguieron Fráncfort del Meno, Stettin y otros lugares. A muchos de los expulsados se los acosó de distrito en distrito, de modo que muchos, al no poder ganarse la vida en ninguna parte, tuvieron que emigrar a América. Unos tres millones y medio de alemanes están sometidos actualmente al pequeño estado de sitio; las expulsiones se cuentan por muchos cientos y han afectado sobre todo a padres de familia. La policía es la dueña del país. Este estado de cosas ha acabado por implantar en Alemania un sistema de espionaje como Francia no lo conoció ni siquiera bajo el tercer Napoleón. Como el príncipe Bismarck tiene a su libre disposición, sin control alguno, varios millones de fondos secretos, la vigilancia de nuestros compañeros de partido por agentes de la policía secreta ha podido alcanzar un desarrollo sin precedentes. Además, la policía está facultada para disolver cualquier reunión y suprimir cualquier periódico y cualquier organización en cuanto huela en ellos «tendencias subversivas». Ya no existe un derecho libre de asociación y reunión; el ejercicio de los derechos ciudadanos garantizados por la Constitución se ha vuelto ilusorio para la socialdemocracia, a menudo incluso en periodo electoral. Bajo el imperio de la ley antisocialista se han confiscado y prohibido más de 1.200 escritos e impresos de todo tipo. A menudo se induce a los dueños de los locales a no permitirnos celebrar reuniones en ellos. Se ha movilizado todo el poder del Imperio y todo el ingenio de su ponderado arte de gobierno para aniquilar a la socialdemocracia. Pero de esta lucha sin igual el partido ha salido victorioso. Allí donde los golpes contra él cayeron con más dureza, mejor ha dado prueba de su valía. Precisamente en los territorios del pequeño estado de sitio tiene el partido los partidarios más numerosos, más inteligentes, más fieles a sus convicciones y más dispuestos al sacrificio. La corrección de su actitud, su empeño en evitar los excesos, incluso cuando se le provocaba, y en mantenerse lo más limpio posible de todos los elementos dudosos, le ganaron poco a poco la opinión pública. En número creciente completó y reforzó sus filas con la clase obrera y con las distintas capas de la pequeña burguesía, aplastada por la competencia mortal de la gran industria y del gran comercio. Incluso nuestra prensa obrera ha superado con creces, poco a poco, el nivel que había alcanzado antes de la ley de excepción. Los principios del socialismo se defienden en ella con mayor habilidad y mayor éxito que antes, y nunca han tenido nuestros periódicos y revistas una difusión tan grande como hoy. Surgen nuevas organizaciones obreras ante los ojos de la policía, como esta tiene que admitir en sus informes anuales al Reichstag sobre el pequeño estado de sitio, sin que pueda hacer pleno uso de su derecho de disolución por consideración a la opinión pública, que ha cambiado. El partido le crece entre las manos sin que pueda impedirlo. El príncipe Bismarck intenta aprovechar un incidente con Suiza67 como pretexto para obtener de ese país medidas represivas contra nosotros. Pues bien, ¡que coloque, si le place, a lo largo de la frontera suiza una fila ininterrumpida de policías y gendarmes! No le servirá de nada. No puede impedir que el movimiento socialista se extienda y se fortalezca. El desenlace de este conflicto con Suiza, sea cual sea, no nos perjudicará. Los únicos que de verdad saldrán perjudicados serán los buenos amigos del canciller, los señores y las damas de la alta nobleza y de la burguesía, que buscan en Suiza reponerse de las fatigas de las diversiones invernales y que en esa ocasión conocerán en carne propia las bendiciones del Estado policial. Quizá entonces vean claro con qué mezquinos recursos pretende su ídolo contener el movimiento más grandioso de la historia.

Otra prueba de la importancia del movimiento obrero la dan las luchas económicas, las grandes huelgas obreras que han estallado por todas partes en los últimos meses. El propio sistema económico de la burguesía se encarga de que las ideas socialistas penetren hasta las regiones más apartadas. Nada más equivocado que cargar en nuestra cuenta las recientes huelgas mineras de Renania y Westfalia.68 Son el producto natural del orden social actual. Pero es cierto que solo el socialismo saca provecho de todos estos conflictos entre obreros y patronos, sea cual sea la forma en que se manifiesten. Despiertan la consciencia de clase de los obreros, al mostrar qué irreconciliables son los intereses del patrono y del asalariado. La propia clase capitalista nos hace, pues, el juego de maravilla. Lo ha hecho muy en especial en la huelga minera de Westfalia; en esa ocasión mostró la lucha de clases en toda su desnudez, cuando ellos, los barones del hierro y del carbón, que en otros momentos rebosan lealtad y sentimientos monárquicos, no hicieron caso ni siquiera de las advertencias que el emperador les dirigió directamente, porque esas advertencias iban contra la explotación sin límites de su superior posición económica frente a los obreros. Los efectos no dejarán de producirse; todos lo verán cada vez más claro. Hasta la prensa adversaria tiene que admitir que todo lo que allí ocurre solo favorece a la socialdemocracia.

La estadística electoral es la prueba más contundente de la impotencia de la ley de excepción. A causa de los grandes daños materiales y de la confusión que la promulgación de esta ley había causado al principio, y que por fuerza tenía que causar —y que en cualquier otro partido habría causado en mayor grado—, el número de nuestros votos bajó en las elecciones de 1881 a 310.000. Pero ese retroceso duró poco. Para satisfacción nuestra, el número subió en 1884 a 550.000 y en 1887 incluso a 775.000 votos. Y no hay que olvidar que en Alemania solo se es elector a partir de los 25 años, de modo que detrás de nuestros 775.000 votantes hay todavía muchos cientos de miles de socialistas convencidos más jóvenes. Hasta qué punto han penetrado en profundidad y en extensión las ideas socialdemócratas en el pueblo alemán lo mostrarán con suficiente claridad las próximas elecciones al Reichstag.69 El resultado podría sorprender incluso a los compañeros de partido más versados en nuestra situación. Precisamente en los últimos años nuestros adversarios nos han prestado sin querer los mejores servicios. Pero no nos entreguemos por ello a la falsa esperanza de que en Alemania tenemos ya ante nosotros el camino libre y abierto hacia la meta. ¡Al contrario! Nuestra lucha será en el futuro más violenta y más dura que en cualquier época anterior; pero, como estamos decididos a alcanzar nuestro objetivo, no dudamos de nuestra victoria final y completa.

Pero la socialdemocracia alemana no aspira solo a difundir sus ideas propiamente dichas; se impone también la tarea de mejorar por la vía legislativa las condiciones de trabajo y de vida del obrero, para procurarle una existencia en la que pueda emprender la lucha por la emancipación con más facilidad y mayores perspectivas de éxito. Partiendo de esta consideración, los representantes del partido en el Reichstag han tomado constantemente, desde hace una larga serie de años, la iniciativa de crear leyes que tienen por objeto una jornada normal de trabajo, la supresión del trabajo nocturno y en días festivos, la limitación o prohibición del trabajo de las mujeres en ciertas ramas de la industria perjudiciales para el organismo femenino, la prohibición del trabajo infantil, la creación de cámaras de trabajo que permitan a los obreros hacer valer sus derechos, la inspección de la grande y la pequeña industria, así como de la industria a domicilio, y demás. Estas propuestas, es verdad, han sido rechazadas hasta ahora sistemáticamente por gran mayoría, pero ya han conseguido que todos los demás partidos se vean obligados a organizar una especie de carrera por el favor de las clases trabajadoras.

En el curso posterior de su discurso, Bebel trazó un panorama de la historia de la legislación obrera en el Reichstag. Señaló que la oposición más decidida la había encontrado hasta ahora por parte de Bismarck, principal adversario de la legislación protectora del trabajo. Después, el orador se refirió a la iniciativa de Suiza, comentó sus esfuerzos por una regulación internacional de la legislación protectora del trabajo y demostró cómo el desarrollo económico semejante de todos los países civilizados hace cada vez más indispensable esa legislación. El congreso está llamado a pronunciarse sobre lo que considera necesario a este respecto.

Los miembros del buró, dijo, todavía no se habían puesto de acuerdo sobre este punto. Por eso él, el orador, había redactado por su cuenta una resolución que presentaba al congreso para que cada delegado estuviera en condiciones de completarla o modificarla en el curso de la discusión. Esta resolución, bien entendido, no pretendía constreñir la acción de los socialistas en los distintos países; solo debía indicar la dirección en que había que marchar. En cada país, la situación y las condiciones particulares tenían que ser determinantes para lo que pudiera aplicarse de inmediato. Donde por el momento fuera imposible conseguir una jornada normal de 8 horas, habría que contentarse con una de 9 o 10 horas. Pero era importante insistir en todas partes, en principio, en la jornada de ocho horas, como un objetivo que las condiciones de producción actuales permiten alcanzar. En cuanto a la agitación en los distintos países, la resolución no planteaba exigencias irrealizables.

Luego Bebel repasa uno por uno los puntos de su resolución y se detiene en especial en la necesidad de lograr una regulación legal del trabajo en la industria a domicilio y en la pequeña industria. Extender la inspección a esos ámbitos es especialmente importante. La triste situación de amplias capas de la población tiene que salir por fin de las tinieblas a la luz del día. ¡Qué vergüenza que nuestro siglo, que tanto presume de humanidad, tolere la barbarie del trabajo infantil! Es cierto que en Alemania hay una ley que limita a 6 horas diarias el trabajo de los niños menores de 14 años, pero esta ley no se aplica a la pequeña industria ni a la industria a domicilio. Y, sin embargo, es precisamente allí donde reinan las condiciones más espantosas. La burguesía sajona ha declarado que, si el Reichstag prohibiera el trabajo infantil en la gran industria, la entregaría a la ruina por la competencia asesina que le harían entonces la pequeña industria y la industria a domicilio con ayuda del trabajo infantil. La objeción de que una inspección tan amplia exigiría grandes gastos no puede aducirse como argumento en contra. Mientras los gobiernos, como sucede de hecho, eleven constantemente los aranceles y los impuestos en favor del militarismo y dispongan para ello de cientos e incluso miles de millones, es absurdo afirmar que un número suficiente de inspectores de industria impondría al Estado cargas insoportables. Solo falta el dinero cuando se trata de los intereses de la gran masa trabajadora; en cambio, siempre aparece dinero en cuanto están en juego los intereses de la burguesía. Por lo demás, la clase obrera está dispuesta a tomar en sus propias manos la vigilancia y la inspección de la industria. Ella misma quiere velar por el cumplimiento de las leyes, con tal de que se le conceda la libertad necesaria para ello. Y cumplirá esta tarea mucho mejor que los titulares actuales del cargo, cuyos informes dejan casi todo que desear, aunque hayan arrojado una luz digna de agradecimiento sobre ciertos aspectos de la situación obrera actual.

En el terreno político, una de las principales dificultades es que a los obreros se les hace casi imposible servirse de su derecho de coalición para mejorar su suerte. No obstante, el proletariado tiene que perseverar en el esfuerzo por perfeccionar su organización. Tiene que comprender que de la buena voluntad de los gobiernos y de la burguesía no puede esperar prácticamente nada, pero que lo conseguirá todo luchando por su derecho y exclusivamente con su propia fuerza. No basta con adoptar resoluciones; hay que añadir la acción enérgica, la firme decisión de llevar de verdad a la victoria lo que el congreso ha reconocido como justo, y ello mediante una propaganda y una acción enérgicas. Una vez que el proletariado de todos los países se haya pronunciado por una legislación internacional de protección del trabajo, semejante reivindicación tendrá que ser atendida. «Cuanto más enérgicamente insistamos en nuestras reivindicaciones, cuanto más clara y precisamente las formulemos, mejores serán los resultados que podamos traer al próximo congreso internacional.» (Un verdadero trueno de salvas de aplausos sigue al final de este discurso.)

A continuación el congreso aprueba una propuesta de los delegados belgas según la cual se imprimirán las resoluciones y se publicarán los informes; aprueba además una propuesta del ciudadano Duprès de que se haga todos los días una colecta en favor de los huelguistas de Westfalia y de las víctimas de la catástrofe de Saint-Étienne.70

Una vez fijado el orden en que se presentarán los informes, se levanta la sesión hacia las 2.


El buró unificado recibe comunicación del texto de la resolución aprobada por el congreso posibilista sobre la fusión de los dos congresos. Su tenor es el siguiente:

Al Congreso Obrero Internacional, rue Rochechouart, 42.

¡Ciudadanos! En nombre del Congreso Obrero Internacional de la rue de Lancry, 10, reunido en virtud de los acuerdos de los congresos internacionales de París y Londres, os comunicamos la propuesta por la que este congreso se decidió anoche.

El congreso declara que acepta la fusión con la condición de que, en el congreso unificado, el examen de las credenciales lo realice cada nacionalidad [por separado]. Se entiende que los delegados cuya credencial sea rechazada podrán apelar al congreso, que decidirá en última instancia.

La delegación italiana queda encargada de transmitir esta comunicación.

El secretario, N. Lavy.
El presidente, J. Allemane.

El buró, que para ello tenía los poderes necesarios por decisión del congreso, respondió lo siguiente:

Sigue en las actas el texto de la respuesta del buró; véase Respuesta del buró permanente al congreso posibilista.

Sexta sesión, miércoles 17 de julio, por la tarde

Preside el ciudadano Anseele de Gante, quien anuncia que se han tomado medidas severas para que los trabajos del congreso lleguen sin perturbaciones a un término provechoso.

Los delegados alemanes han suscrito 1.000 francos para los mineros víctimas de la catástrofe de Saint-Étienne.71 (Muestras de aprobación.)

El buró invita a los delegados de las demás nacionalidades a seguir este ejemplo y a suscribir aportaciones según sus medios.

Algunos delegados franceses piden que el producto de la colecta se reparta con los mineros en huelga de Westfalia; los delegados alemanes insisten, sin embargo, en que los 1.000 francos que han suscrito vayan íntegros a las víctimas de Saint-Étienne.

El congreso se adhiere por aclamación a la propuesta de los delegados alemanes de acudir todos juntos al cementerio del Père-Lachaise para depositar allí una corona sobre la tumba de los federados fusilados en 1871. Se encarga al buró que fije el día y la hora.

Se han presentado nuevos delegados, entre ellos dos de Cristianía, con lo que los miembros del congreso ascienden a 467, a saber, 223 franceses y 184 extranjeros.

Tras la lectura de los telegramas recibidos y de las cartas de adhesión, el ciudadano Lawroff comienza entre aplausos la lectura de su informe sobre la situación del socialismo en Rusia.

Es la primera vez que los socialistas rusos han podido enviar delegados a un congreso socialista internacional. Pero no se presentan ante ustedes como miembros de organizaciones obreras, sino solo como socialistas que luchan por los primeros elementos de un régimen político que pudiera servir de base a una organización obrera. Sin embargo, dieciséis años de lucha en nombre de la idea socialista que a todos nos une, dieciséis años de valerosa entrega a esta idea en las cárceles, en los desiertos de Siberia, al pie de los cadalsos, dan quizá a los socialistas rusos el derecho de decir a sus hermanos aquí reunidos: ¡con nuestro apostolado nos hemos ganado nuestro puesto en la unión de los socialistas de todos los países!

Lamento que entre los delegados rusos no haya ningún representante de la larga y terrible lucha entre una monarquía omnipotente, por un lado, y un grupo relativamente poco numeroso de jóvenes que defienden sus convicciones, por otro. Pero saludo en nombre de esos combatientes a los hermanos que han logrado conquistar en sus países la organización internacional de los obreros sobre la base de los derechos políticos. Esa base faltaba, y falta todavía hoy, en Rusia, el único país de Europa donde todos los derechos políticos se concentran en la persona de un monarca omnipotente e irresponsable.

El año del centenario de la Revolución francesa —quizá sería más exacto decir de la revolución europea— es también el año de un bicentenario de Rusia.

Hace doscientos años que un joven de diecisiete, aplastando a una oposición incómoda, se convirtió en el primer monarca ruso de tipo europeo.72

Los historiadores lo han llamado genio.

Dotado de una energía indomable, partidario apasionado de la civilización europea, parece haber querido sinceramente el bien de su imperio.

Era omnipotente; en sus aspiraciones le apoyaron todas las personas instruidas de su país. El sistema de gobierno que fundó lo siguieron todos sus sucesores. Nunca tuvo la monarquía absoluta tan fácil labrar el bien de un país y, apoyándose en las fuerzas de la nación, hacerla feliz por medio de ella misma.

Pues bien, ese período de reformas civilizadoras, inaugurado por Pedro I, fue también para Rusia la época en que la esclavitud de la mayoría de los campesinos rusos hizo los progresos más espantosos y en que millones de agricultores libres fueron convertidos en siervos.

En consecuencia, a finales de siglo las personas instruidas habían pasado a las filas de la oposición.

Nunca se mostró de manera más drástica la impotencia moral y política de una monarquía absoluta. Desde entonces se emprendió en los grupos avanzados la lucha contra el absolutismo de los zares, contra la servidumbre de los campesinos y contra el sistema económico dominante, causa de esos dos cánceres.

La amiga de Voltaire, Catalina la Grande, desterró a Siberia a hombres de formación científica porque pertenecían a la oposición. Tuvo que combatir el levantamiento campesino más terrible que se haya visto jamás.73 Su hijo74 quiso separar a Rusia de Europa con órdenes severas.

Pero la ventana que Pedro I había abierto hacia Occidente ya no podía cerrarse, y el soplo de la revolución penetró fatalmente por ella.

Oficiales rusos trajeron de las guerras contra Napoleón las ideas de las sociedades políticas secretas.

Los combatientes de diciembre de 1825 —los decembristas— habían incluido en su programa una constitución liberal y la emancipación de los campesinos. El advenimiento de Nicolás I se señaló por la pena de muerte en la horca dictada contra cinco conjurados, en los bastiones de la fortaleza de San Petersburgo, y por el destierro a Siberia de una serie de hombres que habían sido la flor de su generación.

A la era de los programas puramente políticos sucedió la del socialismo utópico.

La cuestión de la organización obrera surgió en medio de la lucha de los partidos políticos de Occidente.

El Manifiesto comunista llamó a los proletarios de todos los países a unirse.

La oposición en Rusia no dejó de ser la enemiga encarnizada del absolutismo, pero se adentró cada vez más en las ideas socialistas. Entre los sistemas que cultivaba sobre todo un grupo de hombres escogidos de Moscú y Petersburgo, el lugar de honor lo ocupó el sansimonismo. Uno de los miembros más influyentes de ese grupo era Hertzen,75 más tarde fundador de la primera prensa e imprenta rusa libre en el extranjero.

Los jóvenes deportados a Siberia en 1849 eran en su mayoría fourieristas.76 Chernyshevski77 expuso de manera convincente la crítica socialista de la economía política. Bajo la influencia de las ideas difundidas en el país por la propaganda literaria de Hertzen, de Chernyshevski y de sus dignos discípulos, el gobierno del zar, asustado por las continuas revueltas campesinas, se vio obligado a emancipar a los siervos y a emprender algunas otras reformas.

Pero una vez más el absolutismo mostró toda su impotencia.

Todas las reformas de Alejandro II se echaron a perder en cuanto se pusieron en práctica, porque se encargó de llevarlas a cabo a los enemigos más encarnizados de toda medida reformadora.

Ellos fueron también quienes más tarde paralizaron esas reformas, y precisamente en sus partes más necesarias.

Al cabo de más de un cuarto de siglo, el campesino emancipado se encuentra arruinado económicamente y más miserable aún de lo que era antes de su emancipación.

Hacia 1870 las ideas de Karl Marx habían penetrado ya en Rusia. Su obra maestra, El capital, se tradujo al ruso antes que a ninguna otra lengua.78

Los socialistas rusos fueron aceptando cada vez más la convicción de que el pueblo no podía emanciparse de hecho más que por el levantamiento de los obreros. Pero en Rusia el obrero era el trabajador del campo, el campesino de las comunas de la Gran Rusia.

La simpatía por el campesino creó toda una literatura realista que, por su mismo realismo, se convirtió en literatura de agitación social.

La juventud rusa instruida estaba penetrada de esta convicción:

«Todo lo que somos se lo debemos al obrero ruso, y sobre todo al campesino; nuestro deber es, pues, pagarle nuestra deuda esforzándonos por llevar el socialismo a la victoria.»

Bajo la influencia de la Comuna de París surgió hacia 1873 una nueva literatura socialista rusa en el extranjero y un nuevo apostolado del socialismo entre la juventud rusa, que se extendió en masa por el campo y por las fábricas para llevar al pueblo el nuevo evangelio.

Un hecho característico que se puso de manifiesto entonces, y que todavía hoy persiste, merece aún mencionarse: la prensa socialista rusa del extranjero ofrecía el espectáculo de una apasionada desunión. Los anarquistas o bakuninistas combatían a los partidarios del periódico Adelante;79 los jacobinos de La Campana de Alarma80 atacaban a unos y a otros. Pero en la propia Rusia, ante el gran país y las fábricas, ante las cárceles y los trabajos forzados que ponían fin a la carrera de tantos propagandistas sin distinción de matiz, todas esas desavenencias desaparecían.

Los anarquistas, los jacobinos, los partidarios de Adelante repartían los mismos folletos y llamaban a la misma lucha.

Cientos de jóvenes, hombres y mujeres, tomaron parte en este gran movimiento.

La propia administración del imperio tuvo que reconocer que la propaganda revolucionaria había alcanzado a 37 provincias. Las ideas de una Sofía Bardina y del campesino Alexéiev ante los jueces del tribunal causaron una profunda impresión en todo el país.81

Mostraron el grado de extensión que había alcanzado entonces el socialismo en Rusia.

Pero la propaganda entre los campesinos era una obra larga y penosa, y el número de víctimas era muy considerable.

Las cárceles y Siberia diezmaban rápidamente las filas de los propagandistas. Se empezó a dudar de la eficacia de la propaganda, sobre todo en el campo. Se empezó a creer que la lucha contra el absolutismo exigía una atención más concentrada, que había que actuar con más fuerzas si se quería continuar la propaganda en el pueblo. Se esperaba de un ataque enérgico contra el despotismo del zar una victoria a corto plazo.

Reforzó esta creencia la impresión que produjo en 1878 la absolución de Vera Sassulisch;82 de repente se hizo patente que las tendencias liberales se habían extendido y habían ganado terreno casi por todas partes en el país.

Pero los rusos liberales, desprovistos de toda organización y de toda tradición política, y de toda capacidad de sacrificio que pudiera sostenerlos en la lucha contra el odiado absolutismo, no fueron capaces de desempeñar un papel político influyente en condiciones tan difíciles.

Solo la juventud revolucionaria socialista iba a combatir a la vez el zarismo y mantener en alto la bandera socialista. Entonces se escindió el partido revolucionario de Rusia, «el partido de la Tierra y la Libertad»,83 en dos partidos. Una fracción de este partido, el Chorni Peredel (el reparto negro84), se mantuvo en el terreno del federalismo y del programa originario.

Más tarde se transformó en los «partidarios de la Emancipación del Trabajo»,85 y finalmente en la «Unión de los socialdemócratas rusos», y fue dudando cada vez más de la utilidad de la propaganda entre los campesinos y del papel de la actual comuna agraria rusa.

Predicaba la imposibilidad de que Rusia siguiera en su evolución socialista otro camino que el de la Europa occidental, a saber, el desarrollo del capitalismo, la formación del proletariado industrial, su organización y su triunfo final. La Unión de los socialdemócratas rusos ha publicado no hace mucho, además de una serie de obras polémicas, escritos de Marx, Engels, Lafargue y Guesde en traducciones muy estimables.

Uno de sus miembros, Vera Sassulisch, trabaja actualmente en una historia de la Asociación Internacional de los Trabajadores. La otra fracción, el partido de la «Voluntad del Pueblo»,86 se centralizó como partido de combate bajo la dirección de un comité ejecutivo y, aunque siguió siendo socialista y continuó la propaganda entre los obreros de las ciudades, a los que intentó organizar y para los que fundó un periódico, dirigió su actividad principalmente a la lucha contra el gobierno.

Perseguido del modo más cruel, respondió al asesinato sin ley con atentados terroristas. Todas las fuerzas vivas del país afluyeron a él; sus mismos rivales lo aplaudían. Uno de ellos, y de los más destacados, fue quien un día me despertó a las cuatro de la mañana con la noticia de uno de los golpes más terribles que el comité de la «Voluntad del Pueblo» había asestado a sus adversarios. También aquí las disputas teóricas se borraban ante la lucha, pues los partidarios de la «Voluntad del Pueblo» creían en la posibilidad de la propaganda socialista entre los campesinos; eran partidarios de la comuna rural —la comunidad agraria— y se inclinaban a apoyar la idea de que el desarrollo económico siguiera un camino más corto que el de la formación de un proletariado industrial bajo la presión del capitalismo dominante.

El gobierno imperial, frente a este ataque, tuvo que transformar todas sus instituciones administrativas.

Un emperador cayó en la lucha.87 Los socialdemócratas rusos tuvieron la dicha de ver que los socialistas polacos del «Proletariado»88 se unían a ellos, olvidando el odio nacional secular. Pero la terrible lucha agotó las fuerzas del partido de la «Voluntad del Pueblo». Hubo traiciones, catástrofes terribles, escisiones; la desconfianza se infiltró en las filas de los hermanos: síntomas todos peligrosos de desmoralización. La organización del partido se debilitó, el comité desapareció, la mayoría de los miembros murió en la horca o en la cárcel. Hacia finales de 1886 hubo un momento en que todo parecía perdido; pero a partir de entonces se manifestó una vida nueva. Nuevos grupos, jóvenes y enérgicos, tratan de abrirse camino a pesar de la brutal presión policial. Los elementos se separan, proceso doloroso pero útil. Muchos que pasaban por firmes partidarios de la revolución se mostraron débiles; más de uno abandonó el partido. Pero quienes permanecieron fieles a la bandera socialista revolucionaria son más intransigentes que nunca. A diario se forman grupos de nuevos combatientes que amenazan al gobierno, sin que sea posible controlar su actividad, a veces demasiado temeraria.

La dureza cada vez mayor de la administración con los presos y deportados, de la que hemos conocido hace poco ejemplos indignantes en Yakutsk, Sajalín y Moscú,89 empuja a los nuevos grupos a una acción cada vez más terrorista.

La reacción que desde el advenimiento de Alejandro III hace estragos en todas las ramas de la administración ha exasperado a todas las clases de la población. Esta exasperación creciente puede conducir todavía a acontecimientos poco deseables y terribles que ninguna fuerza está hoy en condiciones de impedir. Los grupos adheridos al programa de la «Voluntad del Pueblo» son aún numerosos; la falta de un comité que centralice su acción hace de esta algo muy distinto de lo que fue antes. Pero se han planteado del modo más concienzudo el problema de conquistar para su país las libertades políticas, como base necesaria de su revolución social. Otros buscan su camino en otra parte. Y en este mismo momento se está produciendo un hecho muy lamentable.

Para combatir el absolutismo, algunos grupos han tenido la desafortunada idea de dejar de lado por el momento la cuestión social y buscar una alianza contra el absolutismo con los rusos liberales, de los que no hay nada que esperar, aunque el gobierno actual los oprima cruelmente.

Es la primera vez que socialistas revolucionarios rusos se deciden a renegar, por el momento, de los principios fundamentales de su programa. Ante esta defección, los grupos que se aferran a sus principios como a su razón de existir políticamente dan muestras de querer unirse y olvidar las desavenencias de los últimos tiempos. Esta unión puede convertirse en la base de una organización socialista a la que se podrá llamar de nuevo partido socialista revolucionario ruso.

Esa es la situación actual del movimiento socialista en mi patria. Los distintos grupos que me han honrado con su mandato han dado a conocer, con la presencia de su delegado en este congreso, que el socialismo sigue siendo la base inquebrantable de su acción. La memoria de Marx y Hasenclever,90 de Varlin y Blanqui91 es para ellos tan sagrada como para sus hermanos de Occidente. (Aplausos entusiastas.) Como socialistas, y no de otro modo, continuarán la lucha contra el absolutismo. (Nuevos aplausos.) Como partido estrictamente separado de los partidos liberales de los no socialistas existirán, o dejarán de existir. El periódico El Socialista, que me ha dado un mandato, aspira a ser su órgano. La «Sociedad de los obreros rusos de París», a la que tengo también el honor de representar, es socialista desde su fundación, hace varios años. Los grupos adheridos al programa de la «Voluntad del Pueblo», algunos de los cuales existen desde hace cinco años en el extranjero, continúan la tradición socialista. La «Caja de publicaciones socialistas de Zúrich», el «Grupo socialista revolucionario de San Petersburgo» y el «Grupo armenio de Ginebra» envían delegados al congreso socialista de París y su saludo a los hermanos socialistas de todos los países. Están aquí presentes, además, el delegado de la «Unión de los socialdemócratas revolucionarios rusos», de la que he hablado más arriba, y los delegados de los «obreros socialistas rusos» de Londres y Nueva York. La organización de Londres data de 1885, la de Nueva York de 1887. En América se publica un periódico socialdemócrata ruso: El Estandarte. Los socialistas judíos de Londres, casi todos rusos y polacos de nacimiento, tienen su órgano socialista, El Amigo del Obrero,92 redactado en dialecto hebreo. Aseguran al congreso que, aunque se ven obligados a emplear la única lengua que conocen, están muy lejos de encerrarse en su nacionalidad, y que en Inglaterra, en América y en Rusia toman parte activa en el movimiento obrero socialista tal como lo encuentran en los distintos países. La «Unión de los artesanos judíos de Nueva York», representada aquí por dos delegados, la forman 1.500 proletarios judíos.

Puedo, pues, asegurar en el informe que se me ha encargado presentar que el socialismo ruso no ha sucumbido en esta lucha que dura ya dieciséis años. No ha llegado todavía a formar un partido obrero, pero hasta ahora solo lo han impedido las condiciones políticas de Rusia. El partido socialista revolucionario, que ha luchado y lucha todavía por cambiar esas condiciones, ha sufrido duros golpes; su martirio es largo y doloroso, ha tenido renegados, carece hoy de organización y en este momento atraviesa una crisis violenta.

Pero quienes se adhieren a él están decididos a luchar hasta el extremo para crear condiciones favorables a la fundación de un partido obrero. Están decididos a luchar hasta la muerte para asegurar a su patria un porvenir mejor. Estoy convencido de que podré transmitir a los grupos que me han enviado los votos del congreso por su éxito, como les he transmitido a ustedes su saludo fraternal. (Repetidos y clamorosos bravos.)


Algunos anarquistas habían interrumpido repetidas veces el informe de Lawroff; el presidente tuvo que advertirles que debían respeto a los nihilistas rusos y al congreso. Como no hicieron caso de esta primera advertencia, el ciudadano Anseele se vio obligado a declarar que los delegados del proletariado de los dos mundos no habían recorrido cientos de leguas ni gastado miles de francos para dejar que unos cuantos granujas (gaillards) perturbaran sus trabajos; e invitó entonces a los delegados franceses a expulsar de la sala a esos alborotadores sistemáticos, lo que se hizo en pocos instantes.

Restablecida la calma, el ciudadano Vaillant declaró que no se quería expulsar a nadie por sus opiniones, pero que se estaba decidido a prevenir de antemano, y con la mayor energía, todo tumulto provocado deliberadamente.

Se da entonces la palabra al ciudadano Jules Guesde para un informe sobre Francia. Vivamente aplaudido al aparecer en la tribuna, Guesde atribuye esta acogida a la gran causa a la que ha consagrado su vida. Y esa causa es la misma por la que, bajo distintos nombres pero con un objetivo común, se lucha en Alemania, en Italia, en Bélgica, en Holanda, en los Estados Unidos, en todas partes. El socialismo, que a la fantasía de algunos se le ha ocurrido nacionalizar, dividir en uno francés y otro alemán, es en realidad uno y el mismo, como uno y el mismo es el modo de producción capitalista que lo ha hecho nacer; y la única bandera de un solo color, que los proletarios del mundo entero han enarbolado por propio impulso y bajo la cual nos aguarda la victoria, ondea sobre nosotros en este congreso internacional del trabajo. (Repetidos bravos.)

El ciudadano Guesde se excusa por las imperfecciones del informe que, a petición de los hermanos extranjeros, va a intentar presentar. Se esforzará por ser en su difícil exposición tan fiel a la verdad como sea posible.

En este congreso están representados tres grupos principales: el Partido Obrero (Parti ouvrier), al que pertenece el orador; el Comité Revolucionario Central (Comité révolutionnaire central) y la Federación Nacional de los Sindicatos Obreros de Francia (Fédération nationale des syndicats ouvriers de France).

Estas distintas organizaciones se mueven en terrenos diferentes, pues unas son de carácter más sindical y otras más político. Pero todas están animadas del mismo espíritu, todas persiguen el mismo objetivo y en todas las ocasiones decisivas han estado siempre, de común acuerdo, a la cabeza del movimiento.

Para empezar por la organización más antigua, fundada en pleno destierro, en Londres, por refugiados de la Comuna, el Comité Revolucionario Central,93 este se ha declarado comunista, como Blanqui, de quien se reclama. Desde París, donde tiene su cuartel general, se extendió a Lyon y al departamento del Cher. Y su política, pese a la diferencia de expresiones, está tan cerca de la nuestra que en 1884, cuando su miembro más destacado fue enviado al Ayuntamiento de París por el barrio del Père-Lachaise, pudimos celebrar la elección de Vaillant como el triunfo de uno de los nuestros. Todas las reivindicaciones de nuestro programa marxista, incluida la supresión de la deuda pública o presupuesto de los rentistas, las ha defendido el blanquista elegido —Vaillant— en el Ayuntamiento con tanta competencia que solo tenemos que lamentar una cosa: que esa campaña tan admirable del proletariado combatiente no se haya librado en la Cámara de Diputados, en la tribuna legislativa, y no haya podido darse a conocer en todas las regiones del país.

El Partido Obrero, del que están aquí representados 145 grupos, data oficialmente del Congreso Obrero de Marsella,94 que había preparado el periódico La Igualdad (L'Égalité). Por primera vez, en el congreso de 1879, los delegados del proletariado francés rompieron no solo con la burguesía, sino también con las estrechas ideas burguesas de cajas de ahorro, cooperativas de consumo, etcétera, al fijar como único objetivo de sus esfuerzos la recuperación de los medios de producción y su explotación por los obreros asociados en la sociedad liberada de sus parásitos. En aquel tiempo, cuando incluso la élite de nuestros obreros seguía siendo en su gran mayoría individualista dentro de la gran democracia internacional, prisionera de la metafísica proudhoniana —incluso en Marsella—, triunfó definitivamente el colectivismo, otro nombre del comunismo.

Y mientras se hacía depender la emancipación del trabajo de la expropiación de la clase capitalista, se acordó al mismo tiempo organizar el proletariado como partido político definido, que debe conquistar el Estado a los partidos burgueses de todos los colores.

El Congreso Nacional de Le Havre completó al año siguiente esta organización de clase al dar al Partido Obrero su programa electoral, que contenía las reivindicaciones inmediatas y en el que habían colaborado Marx y Engels.95 Con este programa, que ha resistido todos los ataques, hemos entrado en los concejos municipales de Alais, Saint-Quentin, Armentières, Roubaix, Montluçon, Beauvais, Commentry, Calais, etc.

En los departamentos del Allier, el Norte, el Paso de Calais, el Aisne, el Ródano, el Marne y el Hérault es donde el Partido Obrero es más numeroso y está mejor organizado.

Guesde pasa luego a la Federación Nacional de los Sindicatos Obreros, creada en 1886 en Lyon en un congreso sindical del que el ministerio Freycinet-Lockroy había esperado adueñarse y al que con ese fin había apoyado. Pero el gobierno se equivocó en sus cálculos. Se invitaba a los obreros a organizarse en sindicatos y sociedades de oficio, y ello sin tendencia política de partido, pero la Federación se declaró desde el principio socialista en el sentido científico y revolucionario de la palabra. Buscó la salvación donde está, en la «socialización de los medios de producción», y reclamó como medidas preparatorias la limitación de la jornada de trabajo a ocho horas y la supresión de los obstáculos y restricciones nacionales e internacionales al movimiento obrero. Desde entonces la Federación ha celebrado otros dos congresos nacionales, en Montluçon en 1887 y en Burdeos en 1888, y abarca hoy 450 sindicatos o grupos corporativos.

Fue ella la que, para quebrar la resistencia de los poderes políticos, tomó la iniciativa de las manifestaciones que se celebraron en los centros de trabajo el 10 y el 24 de febrero de este año. Pero aunque sea la más poderosa de las federaciones obreras que hayan existido nunca en nuestro país, no puede compararse sin duda, ni por el número de sus miembros ni por los recursos de que dispone, con las trade unions de Inglaterra. ¿Pero por qué este atraso respecto de otros? Porque ninguna clase obrera ha estado sometida como la nuestra a casi un siglo de anarquía burguesa y despotismo burgués absolutos.

Nuestra burguesía, la peor, la más desconsiderada, la más despiadada de todas las burguesías (recuérdense las matanzas de junio de 1848 y de mayo de 1871), y la más hipócrita, ha pulverizado sistemáticamente al proletariado francés, lo ha disuelto en átomos, lo ha desacostumbrado de toda acción común, al prohibirle desde 1790, por la ley Le Chapelier,96 no solo toda asociación, sino también toda unión de un oficio, supuestamente en interés de la colectividad. Y esta prohibición, agravada por los artículos draconianos contra las coaliciones del código llamado de Napoleón (Code Napoléon), se mantuvo para vergüenza de Francia hasta 1884,97 es decir, hasta el día en que la centralización industrial hizo ilusoria la libertad sindical. Se ha visto en Anzin, Vierzon, Montceau:98 en todas partes donde los esclavos de las minas, de los ferrocarriles, de los altos hornos quisieron hacer uso del derecho de asociación y de unión que por fin la ley les concedía, se vieron aplastados por el veto de las compañías: ¡Nada de sindicatos! Y si no, ¡nada de trabajo!, ¡es decir, nada de pan!

¿Puede extrañar entonces que la clase obrera francesa, privada desde hace varias generaciones del uso de sus piernas, avance tan despacio por el camino de la organización sindical? Tampoco nuestras organizaciones propiamente socialistas pueden compararse con la socialdemocracia alemana y sus cientos de miles de partidarios. Lo que nos paraliza, al menos en este momento, lo que hace menos fecunda nuestra propaganda y más lento nuestro reclutamiento, aunque quizá más seguro, es —por extraño que parezca a primera vista— la libertad política de que gozamos y con la que se engaña a muchos obreros. Lo que nos frena es la república, que dura ya diecinueve años y que las masas no dejan de considerar un talismán que, sin esfuerzo alguno por su parte, con el paso del tiempo, ha de sacarlas de su miseria y de su servidumbre.

Pueblo de acción más que de organización, los franceses estamos además acostumbrados a avanzar a saltos donde otros marchan paso a paso. Improvisando bajo la impresión de los acontecimientos, reclutamos en la lucha misma el ejército necesario.

Nuestras tradiciones y nuestro temperamento nos permiten esperarlo también para el futuro: llegamos a tener cuadros (cadres), nada más que cuadros. Pero cuadros que bastan para la movilización que exijan las circunstancias; los tenemos ya desde ahora. Eso nos permite también, sin jactancia, mirar el porvenir con confianza.

No solo en París, sino en todas las ciudades industriales, existe entre los obreros una minoría consciente, capaz de tomar la dirección del movimiento y de evitar errores y faltas.

Lo que no se sabía ni en julio de 1830 ni en febrero de 1848 se sabe hoy. Entonces los obreros eran dueños de las plazas públicas y toleraron que sobre las ruinas del gobierno burgués que habían derribado con su heroísmo se instalara otra fracción de la misma clase enemiga.

Eso ya no puede ocurrir. Una vez que el poder haya pasado de manos de los oportunistas a las de los socialistas, ni Boulanger99 ni ninguna otra persona volverá a arrebatárselo a los obreros. El poder es nuestro, tiene que ser nuestro; los proletarios que lo tomen sabrán defenderlo contra todos y cada uno.

Si llega una nueva Comuna, esta vez toda la Francia trabajadora apoyará a París; no se repetirá el espectáculo de hace diecinueve años: obreros montando guardia por cuenta de los capitalistas para custodiar para la burguesía los miles de millones del Banco, robados a la Francia trabajadora; o, si se ponen centinelas, será después de que el Banco se haya convertido realmente en el Banco de Francia mediante la restitución, céntimo a céntimo, del producto de su trabajo robado al pueblo.

Para esta obra de dirección de la próxima acción bastará nuestro escaso número. Los camaradas del extranjero pueden estar seguros de que, aunque el conflicto que provocan los antagonismos sociales y que acelerarán las divisiones políticas de las clases dominantes estalle mañana mismo, la lucha se decidirá a favor del socialismo.

La era de las derrotas, por gloriosas que sean y por fecundas que puedan ser, está cerrada, cerrada con toda seguridad. Hermanos extranjeros, os garantizamos la victoria y podemos garantizárosla. (Aplausos clamorosos y prolongados.)


El ciudadano Lafargue anuncia nuevos delegados de los departamentos y con este motivo desvela, con hechos en la mano, las artimañas de los posibilistas, que aguardan a nuestros amigos de provincias en las estaciones y, pese a sus mandatos formales, «tratan de atraerlos a su congreso de pega».

El presidente protesta contra estas palabras, que contradicen la votación de ayer a favor de un acuerdo, tras lo cual el ciudadano Vaillant comunica al congreso la correspondencia con los posibilistas y el orden del día con el que estos han enterrado definitivamente la unificación de los dos congresos. El ciudadano Vaillant añade que esta negativa absoluta a todo acuerdo ha provocado la protesta absoluta de los delegados italianos, y que estos, como los delegados holandeses, se han retirado del congreso de la rue de Lancry (donde se reunían los posibilistas). (Aplausos.)

La sesión se levanta a las once, tras fijarse la siguiente para el día siguiente a las nueve.

Séptima sesión, jueves 18 de julio, por la mañana

Preside el ciudadano Daumas, concejal de París, que comunica a la asamblea los despachos, cartas y mensajes de adhesión relativos al congreso.

El ciudadano Morris ofrece una visión de conjunto del movimiento socialista en Inglaterra, sin detenerse, sin embargo, en la situación de la clase obrera de aquel país, que, como en otras partes, es esclava del capital privado. Apenas desde hace seis años puede hablarse de socialismo en Inglaterra, aunque algo había quedado vivo del movimiento cartista, así como del comunismo de Owen. La influencia del socialismo del continente tenía que dejarse sentir necesariamente, pero la burguesía, ensoberbecida por sus éxitos comerciales, ignoraba la situación del proletariado, o quería ignorarla. La gran masa tenía por el non plus ultra al que aspirar la realización de un sistema de fórmulas hipócritas que dominaban toda la política. Pero el desarrollo económico ha transformado ahora esta situación: el socialismo se ha convertido en una esperanza para el proletariado y en un espanto para la burguesía. ¡Más aún! Algunos burgueses se declaran socialistas con la reserva de que no se les obligue a reconocer el principio de la lucha de clases. La forma espantosa con que se manifiesta la miseria en Inglaterra parece haber despertado en esa gente un poquito de su conciencia dormida, y por eso apoyan y predican toda clase de reformas. Así, el Estado ha favorecido la emigración para librar al país de una multitud de proletarios; así, se ha hecho un tímido intento de levantar de nuevo la propiedad campesina y de reanimar la pequeña industria rural; así, se han hecho esfuerzos por un seguro obrero à la Bismarck y por una forma nueva y más favorable de la cooperativa de producción. Se han propuesto numerosos remedios, desde la pura y simple filantropía hasta el maltusianismo y el aborto, y lo han hecho burgueses que tienen consciencia del volcán sobre el que se encuentra nuestra sociedad.

Hasta estos últimos tiempos, el movimiento socialista se ha quedado casi exclusivamente en el reino de las ideas, sostenido casi solo por miembros del proletariado intelectual. Hoy han cambiado las tornas, porque el desarrollo económico ha preparado suficientemente el espíritu de los obreros para recibir y aceptar las doctrinas socialistas. Los obreros han reconocido la lucha de clases como tal; han comprendido que el más o el menos de miseria en su existencia depende del papel que desempeñan al dejarse encajar en el mecanismo del modo de producción capitalista. Un impulso irresistible los empuja a querer la transformación de la sociedad desde sus cimientos.

Este despertar se debe en parte a la propaganda que un puñado de socialistas convencidos ha hecho en las esquinas de las calles. Hace solo tres o cuatro años, en ciertos lugares los propios obreros abucheaban y silbaban a nuestros oradores; hoy encuentran en todas partes un público atento, e incluso se les aplaude. En los clubes radicales de Londres, antes apenas se dignaban escuchar a los socialistas; hoy los socialistas apenas encuentran allí oposición. Mejor aún: la vida política propiamente dicha (bien entendido que el orador no se refiere con ello a las discusiones ociosas —el wire-pulling, es decir, el manejo de los hilos entre bastidores— del periodo electoral) solo se manifiesta en esos clubes por el movimiento de quienes se presentan como socialistas. En una palabra, el socialismo influye en los partidos políticos de tal manera que el ministro Harcourt100 pudo exclamar: «¡Todos somos socialistas!». El obstáculo más serio que han encontrado los socialistas está en la indiferencia de los obreros ocupados en industrias ya consolidadas. Como Inglaterra fue el primero de todos los países que logró apropiarse por completo de la gran industria, los obreros de los centros industriales han tenido que resignarse necesariamente desde hace generaciones a la dependencia más extrema. Se han acostumbrado a considerarse a sí mismos únicamente como una parte del mecanismo de la fábrica. El fabricante es para ellos un «paymaster» —el pagador—, con el que a veces tienen una disputa, pero al que no por eso dejan de considerar indispensable para su existencia.

Por otra parte, ha favorecido al movimiento socialista en Inglaterra el hecho de que existe una comunidad de sentimientos entre el campesino, es decir, el obrero agrícola, y el obrero de la ciudad, algo impensable en Francia, y tampoco en otras partes del continente, al menos no en una medida parecida. El obrero agrícola es en Inglaterra esclavo del arrendatario y por eso no es en absoluto conservador, aunque a menudo le ocurra verse obligado a votar a un conservador; tiene su propia opinión y una viva inclinación a sacudirse las cadenas.

La evolución de los partidos ha servido a la causa del socialismo. Así, ya solo la cuestión irlandesa —de la que los socialistas ingleses se han ocupado mucho— ha sembrado la confusión en todos los viejos partidos. Los obreros, acostumbrados hasta entonces a confiar ciegamente en el Parlamento, han perdido parte de su confianza. Hay que hacer constar que el nuevo grupo de los radicales socialistas —representado en la prensa por el Star101— tiene poca influencia en el Parlamento, y que no tendrá más el día en que se resuelva o se aparte la cuestión irlandesa.

Nosotros —es decir, la Socialist League,102 en cuyo nombre hablo—, nosotros, digo, nos felicitamos de esta situación, pues creemos firmemente que los obreros sacrifican en vano su tiempo y sus esfuerzos cuando se empeñan en llevar representantes propios al Parlamento. Por eso estamos muy lejos de lamentar los escasos resultados obtenidos con los intentos mencionados. En cambio, los County Councils —consejos de condado— introducidos recientemente en las grandes ciudades, y sobre todo en Londres, muestran, muy en contra de las intenciones de los tories, una fuerte inclinación al socialismo. Cabe esperar que un día sean un punto de reunión para el pueblo que se resiste al poder centralista y burocrático del Parlamento; porque ese poder parlamentario es en Inglaterra —y allí no puede ser otra cosa— reaccionario, ya que está bajo el hechizo irrompible de ser un comité de defensa del sacrosanto derecho de la propiedad privada, que los socialistas atacan. Ese comité, llamado Parlamento, no ha tenido reparo en admitir en su seno a algunos miembros de la clase explotada, cuya presencia persigue un doble fin: servir de válvula de seguridad para el descontento del pueblo y de indicador de la dirección de las quejas obreras, e incluso de los límites dentro de los cuales puede permitirse moverse libremente la hipocresía burguesa.

En suma, la situación del movimiento en Inglaterra es muy alentadora. La opinión pública busca con un afán cada vez mayor allí donde está la verdad, y aunque la organización del partido pueda ser todavía insuficiente, se puede estar seguro de que avanzará por sí misma y de manera irresistible.

No olvidemos mencionar que el socialismo se extiende cada vez más en Australia, no en el sentido en que lo vemos desarrollarse en América, sino más bien de un modo próximo al movimiento inglés.

Por lo demás, el hecho mismo de que el socialismo apareciera primero en Inglaterra como un movimiento de las ideas justifica la esperanza de que sus progresos no se estancarán. El idealismo que ello implica es el elemento indispensable de todo movimiento que quiera imponerse. Sin duda es peligroso fundar nuestra esperanza en un fatalismo económico, en la decadencia continua del elemento burgués. El desarrollo lógico de la producción y de la sociedad nos obliga necesariamente a tomar en consideración esos hechos; pero el desplazamiento histórico de las situaciones puede interrumpir el curso de ese desarrollo y conceder un nuevo plazo de vida a la supremacía de la burguesía. Es posible que Inglaterra goce todavía de un periodo de gran prosperidad comercial; pero a consecuencia del estímulo que esa prosperidad ha de ejercer sobre los descubrimientos y el perfeccionamiento de la mecánica, los obreros tendrán una parte aún menor de la llamada riqueza nacional que incluso en el periodo industrial actual.

Pase lo que pase, no dejaremos de ser socialistas. En efecto, podemos llegar a ser esclavos mejor alimentados, parásitos mejor situados, pero ¿deberíamos contentarnos con eso? ¡No! El movimiento en el reino de las ideas, que ha de seguir adelante, no nos permitirá contentarnos con una situación que no sea la realización plena y entera de nuestro ideal. Sabemos que tenemos que reclamar la completa igualdad de las condiciones de vida para todos los hombres, y que ese es un ideal perfectamente realizable. Nunca olvidaremos la lección aprendida con tanto esfuerzo; sabremos recordar que, sea cual sea la suerte de algunos individuos, el «residuo», aun con mejoras, sigue siendo aquel «residuo» del que habló John Bright103 con tan satisfecha complacencia, y que lo seguirá siendo hasta que hayamos impuesto toda nuestra reivindicación. Los obreros, aun los que mejor están, ¿no dependen siempre de sus patronos? Y, si vamos al fondo de las cosas, ¿del amo de sus amos, del mercado internacional? El obrero inglés perseguirá con tenacidad la reivindicación de sus plenos derechos, y no se detendrá en el camino, lo sabemos, hasta haberlos conquistado por entero. Con todo, el partido socialista, reconozcámoslo, está amenazado por un periodo de desengaño si degenera en un partido puramente político. En tal caso se convertirá en el juguete de un puñado de aventureros y cazadores de votos que no tendrán a la vista más que su interés personal. Con ese fin alimentarán las esperanzas del proletariado y lo engañarán con una agitación mentirosa en favor de algunos paliativos, que un parlamento burgués no dejará de conceder, porque sabe muy bien que esos paliativos, si de verdad llegaran a aplicarse, nunca darán a la masa del pueblo más que la libertad de votar y de morirse de hambre.

Dos cosas hay que decir en honor de los socialistas ingleses. En primer lugar, pese a ciertas diferencias de opinión, los socialistas ingleses son —salvo algunas excepciones— profundamente internacionales. Condenan con la mayor energía el chovinismo (jingoism104), sea cual sea la forma que adopte. La palabra «nacionalidad» solo tiene para ellos un significado geográfico. El «Imperio británico», que para ellos no es en absoluto objeto de amor ni de orgullo, solo vale a sus ojos como un poder funesto, una dominación basada en la injusticia y la violencia, que por tanto merece el aborrecimiento de toda persona decente. En segundo lugar, los socialistas ingleses, en virtud de su idealismo, se han constituido en el destacamento propio del lado estético del socialismo. Sin aceptar las utopías de Charles Fourier, son, la mayoría de las veces sin saberlo ellos mismos, los herederos de su idea del trabajo atractivo (la exigencia de organizar el trabajo en la sociedad socialista de tal modo que deje de ser penoso y atraiga al obrero como un placer). Este punto tiene su importancia. Todos los socialistas quieren que todos los hombres estén obligados a trabajar, pero, una vez alcanzado este fin, se sumarán a la tesis de que el trabajo es menos una fatiga penosa que una tarea placentera. Pese a extravíos inevitables, el movimiento socialista de Inglaterra ha prestado servicios tangibles y útiles al socialismo en su conjunto, al mostrar a los obreros la meta que hay que alcanzar: una vida bella y plena.

El movimiento socialista de Inglaterra ha producido una literatura notable. Junto a varios diarios obreros, destacan dos semanarios socialistas: Justice, órgano de la Social-Democratic Federation,105 y Commonweal, órgano de la Socialist League. Los socialistas publican también escritos polémicos, folletos y octavillas; pero no faltan tampoco obras de más peso. Un signo característico es que nuestros novelistas creen conveniente poner al día sus libros con cierto añadido de socialismo. ¡El socialismo se ha puesto de moda!

El socialismo es, pues, en Inglaterra una planta vigorosa que echa brotes llenos de vida; todavía joven, eso sí, tan joven que aún no ha dado ni flores ni frutos. (Vivos aplausos.)


El doctor Adler, delegado de los socialistas de Austria, presenta un informe sobre la situación del movimiento socialista en Austria, interrumpido a menudo por entusiastas aplausos. En Austria, dice, hay un partido muy vigoroso, que trabaja sin descanso y no retrocede ante ninguna dificultad. Traigo aquí el saludo fraternal de miles de obreros que viven dispersos por toda Austria. Tenían la intención de darme un mandato formal, pero eso era imposible. La libertad en Austria es un ser compuesto, que está a medio camino entre la libertad en Rusia y la libertad en Alemania. (Grandes risas.) En la forma es alemana; en la ejecución, rusa. Aparte de Francia e Inglaterra, Austria tiene quizá las leyes más liberales de toda Europa, hasta tal punto que se parece a una república que, en lugar de un presidente, tiene a su cabeza una majestad. Por desgracia, en la práctica no se procede según lo que prescribe la ley, sino solo según el capricho del comisario de policía de turno. El comisario de policía está facultado para confiscar todas las libertades legales, y bien puede creerse que usa de ese derecho, y que abusa de él. Esta situación singular priva al movimiento obrero en Austria de toda regularidad en su avance, de toda seguridad en sus decisiones y en su acción. Está continuamente expuesto a toda clase de vaivenes de la fortuna: hoy florece, mañana queda abandonado a la destrucción, sin que el gobierno necesite por ello recurrir a leyes de excepción. Por eso tampoco la ley de excepción contra los anarquistas, promulgada en 1884, ha cambiado sustancialmente la situación. ¿Qué les importa a los socialistas ser condenados por jueces de carrera o por jurados? En virtud de esa ley, la policía expulsó de Viena y de Floridsdorf, en la primera semana después de su promulgación, a más de cuatrocientas personas. Los expulsados eran en su mayoría personas absolutamente inocentes, miembros o directivos de sindicatos. Naturalmente, esa ley tenía que ahogar el joven movimiento obrero, y así lo hizo en efecto. Pero, ¡cosa curiosa! El gobierno austriaco es igual de incapaz de ser consecuente en una obra de justicia que en una obra de opresión; vacila sin cesar de un lado a otro: tenemos el despotismo templado por la dejadez. (Grandes risas.) El joven movimiento aprovechó esta última para respirar de nuevo y consolidarse mejor. Subrayemos que en el Partido Obrero se han manifestado profundas diferencias de opinión, sobre todo en torno a la cuestión: «¿Deben los obreros armados con el sufragio universal directo constituirse o no en partido político?». ¡Una pura cuestión de principio! Los obreros de Austria no tienen derecho de voto, y no lo tendrán tan pronto. Aun así, esta cuestión dividió el Partido Obrero en dos fracciones, una formada por los elementos llamados más radicales y la otra por los llamados más moderados. La unificación solo se logró cuando desaparecieron ciertas personalidades hasta entonces influyentes.106 Pero el movimiento tuvo que luchar todavía con otra dificultad: la ley sobre la venta ambulante de impresos, en virtud de la cual cualquiera que haya repartido su periódico puede ser acusado de un delito contra la ley de prensa. (Sensación.) Por último, una tercera dificultad nace con demasiada frecuencia del antagonismo de las nacionalidades. Aunque los proletarios de distintas nacionalidades dan pruebas en general de un serio espíritu de concordia y simpatizan sinceramente entre sí, las diferencias de lengua aumentan considerablemente las dificultades de la propaganda. Añadamos a todo ello que el nivel de la instrucción popular es muy bajo y no tiene tendencia a subir. Desde Fernando el Católico se ha combatido con saña en este país, a sangre y fuego, la instrucción del pueblo. Austria no es solo un país católico; es también un país atrasado.

A pesar de todas estas dificultades, en las regiones del país donde ha arraigado la industria existe un partido socialista al que teme la burguesía.

Es un hecho digno de mención que en Austria, a diferencia de lo que ocurre en los demás países, un último resto del viejo mundo feudal sigue existiendo en un partido que hasta hoy desempeña un papel decisivo en la vida pública. Aunque esa sociedad feudal, bajo la presión de la nueva era económica, no puede dejar de transformar su naturaleza, tiene, con todo, intereses opuestos a los de la joven burguesía. En consecuencia, se intenta ganarse a los obreros unas veces desde un lado y otras desde el otro: la burguesía, bajo la forma de un liberalismo político hipócrita en grado sumo; la nobleza feudal, por medio de una legislación obrera.

Así pues, Austria posee una legislación obrera que —aparte de la de Inglaterra y Suiza— sería la mejor de toda Europa ¡si no existiera casi solo sobre el papel! En Austria rige la jornada normal de trabajo de once horas, está prohibido el trabajo nocturno de las mujeres y los niños, etcétera, etcétera. Igualmente reina una absoluta libertad de prensa. Pero, mira por dónde, la ley admite excepciones, las autoridades disponen excepciones, y sus disposiciones pueden estar seguras de recibir siempre la confirmación del ministerio. Reconozcamos, con todo, que pese a estas «ilegalidades legales» la ley obrera ha mejorado la situación de los obreros de la gran industria. Ha llamado la atención del proletariado sobre la situación en que se encuentra, y ha contribuido así a despertar la conciencia de los obreros. Además, la inspección de fábricas, por imperfecta que sea, no está ni de lejos tan mal organizada como en Alemania. Por lo demás, para que la inspección fuera verdaderamente eficaz habría que empezar por aumentar el número de inspectores. La burguesía niega los medios para contratar nuevos inspectores con el pretexto de que el militarismo devora el dinero de los contribuyentes. Actualmente solo tenemos quince inspectores. Más aún, el gobierno se ha negado a dar a los inspectores como ayudante a un hombre sencillo salido de la clase obrera, cosa que en todas partes se reconoce útil.

Pese a estas deficiencias, la ley, lo repetimos, ha logrado llamar la atención pública sobre situaciones antes completamente ignoradas.

¿Qué piensan, pues, los socialistas austriacos de una legislación obrera? El fin que ante todo importa alcanzar se llama: elevar la condición física, intelectual y moral del proletariado. Una legislación obrera está muy lejos de poder resolver por sí sola la tarea que debe acometer el movimiento obrero; pero es un medio sin el cual el proletariado no podrá alcanzar su fin último.

En la última hora, cuando el orden social capitalista se derrumbe —y se derrumbará por sí solo, sin que haya que ayudarlo, por así decir—, entonces la suerte del proletariado se decidirá según el grado de desarrollo intelectual que haya alcanzado. Tenemos menos influencia sobre la llegada de ese momento de lo que solemos creer nosotros mismos, mucha menos de lo que sospechan nuestros enemigos. Pero una cosa está en nuestra mano: prepararnos para ese momento. De esa preparación depende el porvenir. ¿Encontrará esclavos que rompan sus cadenas u hombres decididos a ser libres? Estar preparados: eso es todo. Por eso reclamamos en todas partes una legislación protectora del trabajo, que es indispensable para una buena higiene social. (Aplausos prolongados.)

El ciudadano Adler comunica además que el partido austriaco está representado exclusivamente en este congreso. La llamada «Federación de la Alta Austria y Salzburgo», que está representada en el congreso posibilista, tiene la única desgracia de no existir en absoluto.


Tras esta comunicación, el congreso entra en una discusión bastante larga sobre si es necesario o no seguir con la lectura de los informes.

Los delegados belgas, apoyados por el delegado americano Bush, proponen conceder a cada orador solo quince minutos para leer su informe.

El ciudadano Lafargue opina que se debería renunciar a la lectura de los informes, que de todos modos se publicarán todos, y entrar en la discusión de las cuestiones del orden del día.

El delegado inglés Kitz107 considera útil en todo caso oír a los delegados de los mineros.

El ciudadano Dubucq propone que se concedan diez minutos a cada ponente y que, al mismo tiempo, se elija una comisión de treinta miembros con el encargo de refundir todos los informes particulares en un único informe general.

Los delegados alemanes se declaran a favor de escuchar los informes, y el ciudadano Wedde combate la propuesta de Lafargue. El congreso no tiene solo por objeto estudiar la cuestión de una legislación obrera, cuestión en la que, por lo demás, todos los partidos socialistas están de acuerdo en principio; tiene igualmente por objeto tratar de una unión más estrecha entre los proletarios de las distintas naciones. Y a ese fin contribuye esencialmente la lectura de los informes. De acuerdo con ese fin, será necesario, después de haber oído los informes de las llamadas grandes naciones, escuchar igualmente los de las naciones más pequeñas. En caso contrario, el congreso pecaría contra el espíritu de fraternidad y de justicia.

Los ciudadanos Lafargue y Dubucq retiran su propuesta, y el congreso acuerda por unanimidad la lectura de los informes, aunque, a propuesta del ciudadano César de Paepe, solo se concederán diez minutos a cada ponente. Asimismo, el congreso aprueba la propuesta del buró de que este se encargue de redactar las resoluciones definitivas, para lo cual se invita a cada delegado a ayudar al buró presentándole resoluciones u observaciones referentes a las cuestiones del orden del día.

El ciudadano Volders, delegado del Partido Obrero socialista de Bélgica, tiene la palabra para informar sobre el movimiento socialista en Bélgica.

La burguesía belga es la peor de todas, porque tiene en sus manos el mayor poder político. Solo ella tiene el derecho de voto. Del mismo modo, no solo se reserva la tierra y todos los medios de producción, sino también todo el poder del Estado. Hace poco ha introducido en la ley electoral un añadido que permite a un puñado de capataces y pequeños tenderos entrar en los consejos municipales. Además, para ello se exige un examen de capacidad. El partido socialista tiene, pues, que luchar sin cesar en este país con grandes dificultades, que influyen necesariamente en la táctica que deben seguir sus miembros.

En Bélgica no hay legislación obrera. La manera en que esta importante cuestión se puso recientemente en el orden del día muestra la mala voluntad de la burguesía.

La instrucción popular está muy por debajo de las exigencias más modestas.

Además, la situación política del país se complica todavía más por la económica. Bélgica es el país de la gran industria par excellence, y precisamente de una industria internacional que produce para el mercado mundial. La burguesía aprovecha la competencia que le hace el extranjero y forja con ella un arma contra el proletariado; siembra el odio entre los obreros belgas y los extranjeros, y solo los socialistas combaten ese chovinismo.

El movimiento socialista es relativamente joven en Bélgica. Hace cinco o seis años solo se encontraban secciones socialistas organizadas en los centros industriales. Solo Gante tenía un estado mayor (état-major) compacto de socialistas convencidos, muchos de ellos alemanes. Fueron ellos quienes en 1885 intentaron unir sobre la base de un programa socialista todas las organizaciones corporativas, todos los círculos políticos y de estudios socialistas, todas las cooperativas de consumo y de producción, cajas de socorros mutuos, etc. Entonces se fundó sobre una base verdaderamente socialista el Partido Obrero Belga,108 uno de los mejor organizados de toda Europa. Los obreros socialistas alemanes contribuyeron muy especialmente a la unión, y con tal celo que los esfuerzos de unos pocos años lograron poner el movimiento en marcha regular. Las dos grandes cooperativas que pertenecen al partido, sobre las que Anseele presentará un informe especial, trabajan con un espíritu plenamente socialista. La fundación de estas cooperativas ha influido enormemente en la opinión pública, y precisamente en favor del movimiento. Hay localidades enteras que pertenecen al partido, aunque la mayoría de estos nuevos miembros todavía no estaba en un principio nada ilustrada sobre las cuestiones sociales. En las ciudades y en los centros industriales llegaron a contarse en poco tiempo unas cien asociaciones políticas, y se eligió a socialistas para los consejos municipales y provinciales. Pero el primer entusiasmo por el nuevo partido se apagó muy pronto, como un fuego de paja. Tenemos que reconocer que en Bélgica es imposible contar solo con la formación de grupos políticos. A la menor tormenta se dispersan esos grupos que no tienen otra base, como demuestra, por ejemplo, la liga política del Henao, que no duró. En cambio, las organizaciones unidas por un interés económico común perduran. Así, las sociedades de oficio, que tienen por objeto mantener determinadas tarifas y elevar los salarios, y así también las cooperativas, que constituyen una base firme para la unión de las organizaciones y de sus miembros. Disolverlas es más difícil, porque sus miembros siguen unidos para conservar el patrimonio común, que por otra parte es una valiosa fuente de dinero: de los beneficios se descuenta de antemano un porcentaje importante para la propaganda socialista, para fundar periódicos, etc. La táctica del partido belga está caracterizada por toda su posición. Ella explica también que los delegados belgas insistieran en intentar la fusión de los dos congresos. La situación de su país ha impuesto a los socialistas el sistema de las concesiones, en caso de que el interés superior del proletariado las exija. El partido belga no existiría un día más si se le quisiera imponer como obligación un programa rígido y exclusivo. Ya solo la diferencia entre valones y flamencos exige una táctica tolerante y un programa amplio.

Así, el partido belga, aunque riguroso en materia de principios, está dispuesto a dialogar cuando solo se trata de cuestiones de táctica; con el obrero es tolerante, pero contra la burguesía está en pie de guerra y rechaza todo compromiso.

¡Ojalá todos los compañeros de otros países cuya situación es análoga a la nuestra pudieran entusiasmarse por nuestros principios, que no tienen otro fin que conducir a la victoria en la lucha abierta por la emancipación del proletariado internacional!

Todo lo que la socialdemocracia alemana reclama en materia de leyes obreras lo reclamamos igualmente nosotros. (Aplausos.)

Hybès,109 el delegado bohemio, toma la palabra para informar sobre el movimiento checo. Quiere hablar en alemán, no en checo, para ahorrar al congreso la pérdida de tiempo que supondría una nueva traducción.

Bohemia está representada por primera vez en un congreso internacional del proletariado. Bohemia es un país que se ha quedado rezagado, pues desde la Reforma no tiene existencia independiente. Con el pretexto de germanizar y catolizar a su población se ha ahogado toda libertad y se han suprimido todos los derechos nacionales. Esta situación la creó el feudalismo, que, con el pretexto de servir a la causa patriótica, en realidad solo ha servido a su propia causa y a sí mismo.

A pesar de ello, el socialismo ha hecho su entrada victoriosa en Bohemia; lo ha logrado a la vez que los progresos industriales, que han creado un proletariado numeroso, expuesto a toda clase de miserias. Las doctrinas socialistas, traídas a Bohemia desde el extranjero y ofrecidas casi siempre por medio de traducciones, se difundieron entre el proletariado checo. La cuestión de la lengua fue un obstáculo para la propaganda; la persecución implacable fue otro. Pese a tantos obstáculos opuestos a la formación de una organización, los obreros solo se deben a sí mismos la iniciativa y el trabajo de organización. Al contrario de lo que se ha visto en otros países, ningún hombre de la clase instruida ha venido al proletariado a mostrarle, en sus esfuerzos por su emancipación, el camino que había que seguir. Del mismo modo, nunca un abogado checo ha tendido la mano para llevar como defensor un proceso socialista.

El ponente sabe por experiencia propia con qué saña persiguen el gobierno y la policía a los socialistas. Él mismo fue perseguido, encarcelado y acusado de ser miembro del «Consejo General» y de haber fundado por todas partes grupos «anarquistas», y finalmente condenado, aunque el fiscal no pudo alegar contra él más que su colaboración en dos periódicos extranjeros: uno de Nueva York, la Freiheit de Johann Most,110 y un segundo órgano anarquista de Chicago, que además había dejado de publicarse hacía un año. Durante la instrucción del proceso se celebraron noventa audiencias y se trajeron testigos de todas las partes del reino de san Wenceslao. Muchos otros socialistas corrieron la misma suerte. En Bohemia, repartir un periódico se castiga de inmediato con cárcel o multa; la instrucción de delitos penados como máximo con dos o tres días de arresto dura a menudo meses. Los detenidos son llevados encadenados al tribunal territorial de Praga. Aunque se cree que el correo debe funcionar libre e independiente y, sobre todo, guardar el secreto de la correspondencia, infaliblemente, a las pocas horas de que se haya enviado un periódico extranjero a una persona, se registra su domicilio. Todo el que es acusado de pertenecer a una sociedad secreta es condenado a dos o tres meses de cárcel, y los llamados «cabecillas» de esas organizaciones, a un año. A los ojos de la policía es un «cabecilla» todo obrero algo más inteligente e instruido que sus compañeros.

Para dar una idea de la arbitrariedad y la dureza de la policía basta un hecho: de 340 personas acusadas de socialismo por un solo fiscal, ¡solo 110 fueron absueltas! En los últimos tiempos no se ha autorizado ni una sola asociación en la que se hubieran organizado obreros checos. La policía organiza un sistema de intimidación con el que impide a muchos obreros entrar en el movimiento.

Sin embargo, pese a todos los obstáculos, el socialismo ha echado en Bohemia raíces tan profundas que hoy es imposible extirparlo. Aunque falta todavía un punto de apoyo intelectual, que es indispensable, el movimiento se desarrolla, y no dudamos de que un día triunfará. (Vivos aplausos.)

Restablecida la calma, Keir Hardie, representante de 56.000 mineros escoceses organizados, toma la palabra para presentar su informe, que le han encargado los representantes del partido obrero socialista parlamentario de Gran Bretaña.

Sus mandantes reconocen el antagonismo de las clases y aspiran a la eliminación del capitalismo y a la toma de posesión de todos los medios de trabajo por la sociedad; el producto íntegro del trabajo debe corresponder a los obreros. Creen que este fin se alcanzará cuando se logre promulgar una serie de leyes que constituyan una legislación obrera seria. Para conseguirlo se organizan sobre todo en el terreno político; por eso trabajan para que los suyos puedan entrar en el Parlamento y en las administraciones locales. No mendigan leyes como un favor, como una gracia que una clase superior concede a otra inferior; no: exigen que el Parlamento, criatura y servidor del pueblo, dé leyes que respondan a la voluntad y a las necesidades del pueblo.

La organización que representa Keir Hardie constituye un partido propio, que aspira al bienestar de los obreros. Hace unos meses, los compañeros de trabajo de Newcastle depositaron en las urnas 45.000 papeletas por los candidatos del partido, y tres fueron elegidos para el consejo escolar. Durante mucho tiempo se ha repetido, como un credo inamovible, que el obrero en Gales y en Gran Bretaña solo trabaja nueve horas diarias. ¡Nada más falso! Es verdad que aquí y allá, por ejemplo en las fábricas, lo prescribe la ley. La jornada fijada allí es de cincuenta y seis horas semanales; del mismo modo existe una jornada de nueve horas para los artesanos de las grandes ciudades. Sin embargo, en cuanto se presenta la ocasión, en tiempos de prosperidad de una industria, la jornada dura a menudo doce horas, ¡y hasta catorce! Señalemos a este respecto que entre los mejores de nuestros obreros se hace sentir una fuerte corriente en favor de una jornada de ocho horas prescrita por la ley y cuya superación debe quedar terminantemente prohibida. Pero eso está todavía muy lejos de conseguirse. Del mismo modo, ¡los empleados y obreros de los tranvías y de los ferrocarriles trabajan de doce a dieciocho horas diarias! Los obreros de las grandes explotaciones de funcionamiento continuo tienen una jornada de doce horas ¡y trabajan los siete días de la semana!

En cuanto a los salarios, no son en absoluto brillantes. En los distritos rurales ascienden a 12-15 chelines (de 12 marcos 24 pfennigs a 15 marcos 30 pfennigs) semanales. Los obreros no cualificados (peones) empleados en las obras públicas ganan 12 chelines (12 marcos 24 pfennigs) semanales; los mineros y los obreros del hierro, hasta 22 chelines (22 marcos 44 pfennigs) en las grandes ciudades; los obreros cualificados, con una jornada normal de nueve horas, cobran de 20 a 35 chelines (de 20 marcos 40 pfennigs a 35 marcos 70 pfennigs) semanales.

Señalemos de paso que los estadísticos oficiales calculan a bulto la riqueza creada en Gran Bretaña en 1.200.000.000 de libras esterlinas (= 1.324 millones de marcos).111 De esta suma redonda, los obreros no reciben ni siquiera la tercera parte; 800 millones de libras esterlinas y más van a parar a los bolsillos de los ociosos o de los medio ociosos.

De los diez millones de obreros de Gran Bretaña, un millón son miembros de trade unions (sindicatos). Las trade unions comprenden sobre todo obreros cualificados, que se preocupan muy poco de los obreros que están fuera de sus organizaciones. Los obreros no cualificados no tienen, por así decir, ninguna organización.

Cada año se celebra un congreso de las trade unions, que tiene por objeto discutir una legislación obrera; pero la mayoría de los dirigentes están convencidos de antemano de que el Parlamento no es capaz —y, aunque lo fuera, no está dispuesto— de mejorar la situación económica de los obreros. Los acuerdos de estos congresos carecen, pues, de toda influencia. Según la concepción de las trade unions, los obreros deben encargarse por sí mismos de regular la jornada y el nivel de los salarios, sin esperar ayuda alguna del Parlamento. La experiencia ha demostrado que este principio es insostenible; y, en efecto, con el sistema económico actual, ¿no es el patrono amo absoluto tanto en el terreno económico como en el político? Dentro de las trade unions se hace sentir, pues, una fuerte corriente en favor de fijar la jornada de trabajo por ley. En el curso de este mismo año, los tradeunionistas tendrán que votar a favor o en contra de una ley que fije la jornada en ocho horas. Sus jefes se oponen, desde luego, a toda decisión inspirada por la idea socialista; pero, al contrario de lo que se cree comúnmente, la idea socialista gana cada vez más terreno. Para ella, el tradeunionismo está próximo a su fin, y hay cosas mejores que hacer. Reconoce, sin embargo, que se mantendría vigoroso si se decidiera a hacerse socialista y político; si no, pronto no será más que una simple sociedad de socorros. Sin duda, las trade unions han prestado algunos buenos servicios. Habrán sido el eslabón entre el pasado y el porvenir, pero llegan momentos en que las mejores instituciones tienen que transformarse necesariamente. Para ellas es una cuestión de vida o muerte. Lo repetimos, pues: si las trade unions no dan el paso hacia el socialismo, ellas mismas dictan su propia sentencia.

Pese a todo lo que se ha intentado en Inglaterra, con esta miseria espantosa los paupers (los indigentes desamparados), que hoy suman un millón, habrán aumentado dentro de unos años a varios millones si por fin no se despierta y se reacciona. De cada siete personas que mueren, hay una a la que se entierra en la fosa común. Y ¡«Gran Bretaña es el país más rico del mundo», se dice!

Desde hace algunos años, los obreros sufren mucho por la competencia de obreros extranjeros que han venido a Inglaterra y que contribuyen ahora a hacer bajar los salarios. Así, a los obreros siderúrgicos del condado de Ayrshire se les pagaba antes 17 chelines (17 marcos 34 pfennigs) semanales. De pronto, el propietario contrata, por mediación del cónsul ruso en Glasgow, a polacos, a los que solo paga 12 chelines semanales. Naturalmente, rebajó el salario de los demás obreros a la misma cantidad, amenazando a los que se resistían con sustituirlos por más polacos, dispuestos a venir enseguida. Un caso parecido se produjo en el curso de la última huelga de los marineros, hace unas semanas. Los propietarios sustituyeron a los huelguistas por marineros recogidos, por así decir, en cualquier parte; los huelguistas tuvieron que someterse.

Solo los acuerdos internacionales de los obreros entre sí podrán emprender la lucha contra esta medida, a la que los capitalistas recurren cada vez más. De ahí resulta que, mientras los capitalistas llaman a extranjeros, los obreros ingleses están en paro en gran número. Así, hace dieciocho meses se arrojó a la calle a un millón y medio de parados, y a pesar de una clara reactivación de los negocios, los obreros ingleses en paro se contaban por centenares de miles. La jornada normal de ocho horas tendría la benéfica consecuencia de dar trabajo a todo el mundo. Si, por el contrario, no se consigue, dentro de unos años, cuando a este periodo de relativa prosperidad le siga un periodo de crisis, el gobierno se encontrará ante la alternativa de fusilar a 1.500.000 obreros que se mueren de hambre con sus mujeres y sus hijos o de darles trabajo. El medio más eficaz de curar este mal consiste en implantar por ley una jornada de ocho horas. En ningún país del continente es mayor el exceso de trabajo y más mísera la paga que en Gran Bretaña.

La situación exige imperiosamente un remedio. ¡Pero es que los ingleses somos una nación nórdica, práctica y de sangre fría! Esperamos el progreso de algo más tangible y más razonable que las meras palabras o una revolución sangrienta que, si empezara mañana, difícilmente traería nada bueno.

La presentación de una ley en favor de la jornada de ocho horas lograría más que todas las revoluciones; es decir, sería ella misma una revolución, y la más eficaz de todas. Cunninghame Graham, miembro del Parlamento, se ha distinguido muy especialmente en la lucha en torno a esta cuestión. Su éxito ha sido tan grande que lo han seguido políticos e incluso indiferentes. La cuestión de la jornada de ocho horas se sumará a los asuntos permanentes de discusión en el orden del día de la política práctica, y el congreso internacional no pasará sin haber dado un serio impulso a un movimiento en este sentido. ¡Saludamos fraternalmente a todos nuestros compañeros venidos de todos los países, sea cual sea el matiz de la tendencia a la que pertenezcan! (Aplausos prolongados.)

El ciudadano Kitz, delegado inglés, protesta contra lo que ha dicho el orador anterior a propósito de la «revolución» y asegura que en Inglaterra hay gente que cree en la revolución inminente.

El delegado danés Petersen112 considera útil, en relación con los hechos aducidos por Keir Hardie, recordar que unos marineros daneses a los que se había inducido a hacer la competencia a los huelguistas ingleses rescindieron sus contratos en cuanto supieron por la cámara sindical de Copenhague el fin para el que se les había contratado.

El congreso reconoce y elogia este acto de solidaridad con vivas muestras de aprobación.


Concluido este incidente, la ciudadana Jankovska113 toma la palabra entre aplausos generales:

Más que un informe, quiero presentaros una simple declaración por encargo del comité obrero socialista de Varsovia.

Podría hacerme eco de los lamentos que arranca a nuestros proletarios la suerte miserable que se les depara; podría describir los sentimientos dolorosos que embargan a toda alma de sentimientos verdaderamente humanos a la vista de tan gran miseria; prefiero renunciar a ello para no robaros un tiempo tan precioso.

Además, ¿no es esta miseria la suerte de los obreros de todos los países que languidecen bajo la fatalidad inexorable de la ley de bronce de los salarios?114

Solo recuerdo que para nosotros, los polacos, se añade otra circunstancia que agrava todavía más esta miseria común a todos: el yugo político de un despotismo sin igual, el yugo feudal bajo el que hemos gemido tanto tiempo que todavía hoy los padres pueden contar a sus hijos los tormentos y ultrajes de los que ellos mismos fueron víctimas.

Si hay un país que merezca de verdad el nombre de valle de lágrimas, ese es nuestra Polonia.

Esta miseria es todavía hoy tan grande que, ante las resoluciones que estáis a punto de tomar en forma de reivindicaciones que yo llamo pacíficas, solo podemos seguiros en el terreno de la teoría.

Como no tenemos ni libertad de palabra ni derecho de asociación, y en cambio están prohibidos las huelgas y las asociaciones obreras, nuestro pueblo trabajador no aporta legiones de combatientes como las de los obreros de los demás países. Estamos obligados a un tipo de acción esencialmente distinto, completamente diferente de vuestras grandes organizaciones, que actúan a plena luz y que permiten abrigar grandes esperanzas para el porvenir, como son vuestros sindicatos obreros, las organizaciones sindicales.

Pero las dificultades no nos hacen renunciar a ello: ¡estamos lejos de hacerlo! Nos preparamos para el tiempo en que podamos ampliar el círculo de nuestra propaganda; trabajamos por una amplia propaganda obrera que no solo tendrá en cuenta las reivindicaciones que nuestros amigos de Occidente ya han conseguido, sino también los deseos que figuran en el orden del día de este congreso.

¿Coronará el éxito nuestros esfuerzos? Los resultados ya obtenidos son un estímulo para nosotros. Hace diez años, entre los obreros polacos apenas se sabía lo que era una huelga. La lucha entre patronos y obreros estallaba en forma de tumultos, de protestas violentas, de expresiones de una cólera irreflexiva. Hoy los obreros de Varsovia tienen sus huelgas, de las que salen vencedores. Ni siquiera la derrota paraliza su energía.

Los obreros de fábrica descontentos buscan a los socialistas y se instruyen con ellos sobre los medios de lucha; cuando empieza la batalla, los compañeros obreros acuden en ayuda de los combatientes y los sostienen con su dinero. Una huelga reciente despertó tal entusiasmo que una multitud de obreros rodeó a los huelguistas y los festejó como a héroes. Se les llevó a una casa de vecinos, se les dio de comer, y los obreros reclamaron como un honor el servirles. Estos hechos son característicos. Esos sentimientos de fraternidad y solidaridad de los que dan testimonio no dejarán de dar sus frutos.

Como el tiempo no me ha permitido preparar una visión completa del movimiento polaco, me limito a afirmar que Polonia, aunque todavía no tenga una organización capaz de rivalizar con las vuestras, marcha por el mismo camino, en espíritu y en concordia con todos los aquí reunidos; y me apoyo para ello, por una parte, en los resultados obtenidos y, por otra, en la completa bancarrota moral de nuestros partidos burgueses y nacionales.

Si hemos llegado tan tarde a alistarnos en el ejército socialista, no por eso hemos dejado de conseguir felizmente formar un ejército revolucionario tanto más sólido. Y aunque solo podamos reunir un ejército poco numeroso, nos encontraréis siempre y en todas partes a vuestro lado, dondequiera y cuandoquiera que se luche por la causa del pueblo trabajador; y seremos felices de hacer todo lo que esté en nuestras fuerzas para traer la victoria del proletariado europeo; y estamos seguros de que las legiones victoriosas de Occidente no tardarán en romper las cadenas de sus hermanos eslavos, que sufren, si cabe, todavía más que ellas.

Al afirmar la solidaridad que une al proletariado de Occidente, queremos al mismo tiempo afirmar muy especialmente la solidaridad que nos une con nuestros compañeros, los socialistas rusos y alemanes, nuestros aliados naturales y más cercanos. (Vivos y prolongados aplausos.)

Se suspende la sesión durante hora y media.

Octava sesión, jueves 18 de julio, por la tarde

Preside el ciudadano Leo Frankl. Este concede la palabra al ciudadano Brandt para informar sobre la cuestión: «El movimiento obrero en Suiza»:

Todo el proletariado suizo, muy satisfecho de ver en el orden del día de este congreso la cuestión de una legislación internacional de protección del trabajo, cuestión que Suiza ha planteado oficialmente, ha querido estar representado aquí. La Grütliverein115 —una asociación política, social y democrática que cuenta unos 15.000 miembros—, la Federación Sindical, una unión de sociedades de oficio que tiene 7.000 adherentes, y el Partido Socialdemócrata, fundado en 1887 para intentar dar vida a un partido socialista nacional de Suiza, están representados los tres en este congreso. Han sentido el deber de asistir a él no solo en provecho de la causa que llevan en el corazón, sino también porque no quieren quedarse al margen en esta hora grave en que los obreros de todos los países se dan la mano para llevar más deprisa a la victoria sus intereses comunes. Como nación y como partido atravesamos un momento crítico. Como nación, porque Alemania, nuestro poderoso vecino, nos amarga la vida; como partido, porque estas complicaciones nos crean también dificultades en el interior. Como sobre toda Europa, también sobre nuestro país suizo ejerce el sistema Bismarck su funesta influencia. El ejemplo de Bismarck ha acelerado sin duda nuestra reforma social; y, por otra parte, bajo el influjo del poder que ha empleado contra nosotros, nuestras timoratas autoridades, apoyadas por la burguesía, imitan su régimen policiaco. Nuestro Consejo Federal da en este último punto pruebas de un celo muy particular.

Las expulsiones de extranjeros, los registros domiciliarios y los interrogatorios están a la orden del día, sin que la ciudadanía suiza proteja contra la arbitrariedad. Se ha registrado el domicilio del ciudadano suizo Conzett116 lo mismo que el de los refugiados alemanes en Basilea; se ha sometido a un redactor del Grütlianer a un interrogatorio en toda regla, lo mismo que a extranjeros políticamente sospechosos.

Así, graves influencias de fuera y de dentro oprimen el espíritu libre y democrático y nos anuncian para el futuro luchas cada vez más encarnizadas. Hay un hecho característico que merece destacarse. En Suiza vamos hacia una separación de los espíritus, una separación que hasta ahora no se había mostrado en nuestras costumbres y que nuestra historia no dejaba prever, pero que, como se está produciendo en todas partes, impone a la clase obrera el deber de contar solo consigo misma. Suiza no es una excepción en el proceso de desarrollo de la forma capitalista de la propiedad y de la producción, un desarrollo que entre nosotros, como en todas partes, agudiza cada vez más los antagonismos sociales. En efecto, la sociedad se divide cada vez más en dos campos: de un lado, capitalistas; del otro, proletarios. Por eso, cuanto más crece el capitalismo y más absorbe en su exclusivo provecho todos los medios de poder, con tanta mayor urgencia se impone a la clase obrera el deber de agruparse para la defensa y para el ataque, a fin de reclamar con firmeza los derechos que le corresponden.

El capitalismo no solo explota al obrero, al artesano y al agricultor: corrompe también a nuestros gobernantes, socava el poder del Estado. Es el enemigo interior, y lo es tanto más cuanto que posee poder y, por tanto, influencia. Harán falta todavía largas luchas para reducirlo a la impotencia. El capitalismo intenta frenar paso a paso nuestro avance. Pero, por poderosa que sea la plutocracia,117 no puede impedirlo; el descontento, nacido de las condiciones sociales que ella misma ha creado, aumenta sin cesar, y con ese descontento crece la convicción de que este estado de cosas no puede durar. Y, en efecto, entre nosotros todo el mundo habla de la necesidad de una reforma social, y hasta nuestros consejeros federales se disputan el honor de contribuir a esa reforma. Ni que decir tiene que esta reforma social, envuelta en un uniforme de policía, tiene para nosotros, los socialistas, un aspecto extraño y no precisamente atractivo; pero, por otra parte, reconocemos de buen grado que el Consejo Federal suizo ha sido, de todos los gobiernos, el primero en acercarse al problema social. Solo que lo que ha hecho es insuficiente. También es verdad que hoy, en círculos sociales poco receptivos al socialismo y a la democracia, entre conservadores y burgueses, hay gente que pide algo más que una legislación social superficial que no ataje el mal, gente que dice: «Ya no se puede curar a la sociedad enferma con paliativos y remedios débiles; los males sociales solo pueden suprimirse destruyendo sus raíces». Entre otras cosas, recientemente se ha formado también una Sociedad para la Reforma de la Propiedad del Suelo.

Podemos lamentar, desde luego, las luchas que prevemos y que vendrán, pero miramos sin miedo al futuro. Las pruebas que nos esperan aumentarán nuestra fuerza, y alcanzaremos la victoria definitiva sobre nuestros adversarios. El partido obrero ha ganado mucho en los últimos años en claridad, en consciencia de sus fines y en resolución; su influencia y el número de sus partidarios crecen de día en día, mientras los viejos partidos se descomponen cada vez más. Los periódicos obreros, de contenido en parte político y en parte sindical, que se publican en tres lenguas, son quince. La organización de los obreros en el sentido propio de la palabra comprende, además de las asociaciones ya mencionadas, la activa unión de los tipógrafos, la federación de los bordadores a máquina, que hoy son muy numerosos, las asociaciones de relojeros y los grupos obreros católicos.

Todas estas organizaciones están comprendidas en la gran Federación Obrera Suiza118, que cuenta 100.000 miembros y posee en el Secretariado Obrero un órgano que, aunque neutral en política, constituye un valioso apoyo para la protección de la clase obrera. Además, gracias a la caja de reserva fundada hace poco, estas organizaciones ofrecen un fuerte respaldo en la lucha económica. Entre los progresos que redundan en bien y honra de nuestro país merece mencionarse en primer lugar la ley federal de fábricas. Esta ley prescribe una jornada normal de trabajo de once horas, limita el trabajo infantil, prohíbe el trabajo nocturno, protege a las mujeres y garantiza el descanso dominical.

Solo cabe lamentar que la aplicación de esta ley esté confiada a la vigilancia de los cantones mediante tres inspectores de fábricas; estos, con una sola excepción, cumplen plenamente su deber. La ley, que podría servir de modelo a muchos otros Estados, ha superado ya su prueba. La experiencia que hemos hecho con ella ha sido satisfactoria, aunque sus disposiciones todavía sean insuficientes; ahora, sin embargo, nadie querría abolirla, y un ataque contra ella solo serviría para ampliarla y completarla.

Lo mismo ocurre con la responsabilidad civil por accidentes. Empezamos con la responsabilidad en la explotación de los ferrocarriles, más tarde la introdujimos para las fábricas, y más adelante pensamos extenderla a otras industrias. Este avance lento pero seguro lo dicta la prudencia; responde, por lo demás, al carácter del pueblo suizo, y el éxito habla en su favor. Además, aunque nos declaremos partidarios de este proceder gradual, jamás perderemos de vista nuestros fines últimos. Conscientes a la vez del principio y de los ideales a los que aspiramos, no rechazamos las concesiones que se nos hacen: las aceptamos como pagos a cuenta, y nos esforzamos por completarlas.

Los obreros trabajan ahora por una aplicación más estricta de las leyes de protección del trabajo, preparan nuevas leyes sobre seguro de accidentes, de enfermedad y de vejez; trabajan igualmente, no sin éxito, por mejorar la ley de fábricas vigente; reclaman, por ejemplo, la jornada normal de diez horas, y para los tipógrafos y relojeros incluso la de ocho, y todo ello en el momento en que la legislación obrera internacional está en el orden del día.

Todo esto demuestra cuán equivocados están quienes afirman que Suiza tomó la iniciativa de una legislación obrera internacional solo porque la ley de fábricas que figura en primer plano —con la jornada de once horas— le pesa como plomo en los miembros. Se discute además la cuestión de una ley industrial general que regule la organización de cámaras sindicales obligatorias. En algunos consejos cantonales se ha dado ya el impulso para organizar cámaras sindicales, y por todas partes, sobre todo entre los relojeros, se ve agitar enérgicamente a favor de esta reivindicación. En otros cantones se empieza también a prestar atención al empleo de mujeres en los comercios de modas, restaurantes, cervecerías, hoteles, etc. En Basilea, por ejemplo, se han adoptado medidas legales para proteger a las mujeres empleadas en esos establecimientos.

No puede dejar de ocurrir, pues, que tarde o temprano el Consejo Federal tome en sus manos estos intereses. En general, hay que observar que nuestra legislación social funcionará tanto mejor cuanto más se confíe en la práctica, como algún día ocurrirá, a la Confederación, es decir, al gobierno central.

Nuestra tarea es muy difícil, y la hacen todavía más difícil los impuestos casi aplastantes que pesan sobre nuestros hombros. Por lo demás, en nuestro país estamos sometidos, en varios sentidos, a condiciones particulares de las que depende nuestra táctica. Es posible que personas que desconocen esas condiciones no entiendan nuestra táctica; pero vosotros, compañeros nuestros, debéis tener confianza en nosotros, porque también nosotros aspiramos al único ideal socialista, que es uno con el vuestro. Y en nuestra marcha hacia ese ideal tenemos plena confianza en el pueblo suizo y en nuestra democracia, que está dispuesta, si es preciso, a medirse con un Bismarck.

Confiamos en la humanidad, que no puede ni debe someterse a un individuo si quiere emanciparse un día política y económicamente, como todos queremos. Porque tenemos esta confianza y esta esperanza, estamos aquí para trabajar junto con vosotros en el presente y en el futuro. (Vivos aplausos.)


Bushe, delegado del Partido Obrero estadounidense, dice que no tiene intención de extenderse sobre la situación de los obreros en América. Las condiciones de trabajo son allí las mismas que en todas partes donde domina la gran industria. La misma miseria, la misma opresión. En cuanto a la situación política del obrero en América, difiere en muchos aspectos de la de su compañero europeo, y la legislación es muy diversa, ya que los Estados Unidos son un conglomerado de distintos Estados autónomos.

Existen en ese país varias asociaciones de proletarios: las trade unions, cuyos miembros son en su mayor parte irlandeses y alemanes, y los «Caballeros del Trabajo»,119 que cuentan con cerca de un millón120 de ciudadanos americanos en sentido estricto. Hay que señalar, sin embargo, por desgracia, que la gran masa de los obreros nacidos en América —son unos 19 millones, contando a las familias— no está todavía organizada. Así se plantea ante el movimiento obrero de los Estados Unidos la pregunta: ¿Qué hacer? ¿Cómo ganarse de verdad a esos 19 millones de personas? A nuestro juicio, una legislación obrera es un poderoso medio para conseguirlo.

Es cierto que los distintos partidos políticos del país han intentado atraerse a los obreros concediéndoles algunas medidas de protección del trabajo. Pero esas leyes se han quedado en letra muerta, porque faltan los elementos capaces de imponer su cumplimiento. Las trade unions, por su parte, al modo de las organizaciones sindicales inglesas, no querían al principio saber nada de una intervención del Estado ni de una acción política del proletariado. Pero la situación ha cambiado y, gracias a la influencia cada día mayor del socialismo, una parte del proletariado americano se ha constituido en partido político y ha emprendido la lucha política de la que al principio no quería saber nada. El programa en torno al cual el Partido Obrero Socialista quiere agrupar al proletariado americano es conocido. Pero el americano, hombre profundamente práctico, no se contenta con que se formule ese programa. Pregunta ante todo cuáles son los medios para realizarlo. La respuesta de los socialistas es esta: hay que dirigir ante todo la atención del pueblo hacia las empresas industriales y comerciales concentradas y explicarle que esas empresas solo benefician hoy a unos pocos, y que deberían trabajar en beneficio de toda la nación. Este cambio solo puede realizarse mediante una acción consciente, serena y perseverante del proletariado constituido en partido político. Desde este punto de vista es de extraordinaria importancia que el partido obrero tome la iniciativa de una legislación del trabajo, porque, actuando en favor de semejante legislación, demostrará que quiere reformas prácticas y ventajosas para las masas obreras. Y este solo hecho bastará para hacer crecer en número su fuerza. El partido espera ser más útil al proletariado mejorando efectivamente la suerte de los obreros que con encendidas frases revolucionarias. Poco importa lo que se dice; lo único que cuenta es lo que se hace. (Aplausos.)


El delegado rumano Many expone que en Rumanía la gran propiedad territorial abarca tres quintas partes del país; una quinta parte pertenece al Estado y otra quinta parte a los campesinos, que son 7 millones. Por falta de tierra propia, los campesinos se convierten en jornaleros del gran terrateniente, del que dependen por completo. El sistema electoral es un fiel reflejo de las relaciones de propiedad. Los electores se dividen en tres grupos: el primero, formado por los grandes terratenientes, que pagan más de 1.000 francos de impuestos; el segundo, que comprende a los funcionarios, comerciantes, profesores, en suma, a todos los que ejercen «profesiones liberales»; el tercero, compuesto por la gente del campo. Los campesinos eligen delegaciones, que a su vez eligen a los diputados. El movimiento socialista en Rumanía data de hace unos dieciocho años. El ejemplo de la Comuna de París fue decisivo en ese momento; al mismo tiempo, los refugiados políticos rusos y polacos ejercieron una influencia que no se puede ignorar. Fue la juventud estudiantil la primera que abrazó las teorías socialistas. Tradujo al rumano las obras principales de la literatura socialista y se esforzó por difundirlas por todo el país. El centro del movimiento era Iași; sus partidarios procedían sobre todo de las clases cultas.

Pronto el joven partido tuvo a su disposición una revista científica y un diario. Las autoridades no tardaron en suprimir este último; expulsaron a los estudiantes de las universidades y destituyeron al profesor Nadejdi,121 a quien 10.000 campesinos habían dado sus votos. En efecto, la propaganda había llegado hasta el corazón del campesinado, y con el mejor éxito. Tras una agitación ininterrumpida de apenas tres años, 280 delegaciones que representaban 40.000 votos campesinos enviaron tres diputados socialistas al Parlamento. En suma, el progreso del socialismo es tal que los radicales toman artículos de su programa para presentarse con mejor cara ante la población, aguando mucho el vino socialista con agua burguesa. En los últimos años la miseria de la población ha aumentado tanto que el descontento acabó provocando un levantamiento de los campesinos.122 Para remediar esa situación, los diputados socialistas pidieron entonces la cesión de tierras del Estado a los municipios y, en general, a las cooperativas, que debían cultivar la tierra en común. Pero el Parlamento prefirió aprobar la propuesta de los radicales, según la cual cada campesino se convertía en propietario de una pequeña parcela de tierra. Y como la pequeña explotación agrícola no puede resistir la competencia de la agricultura en gran escala, pues la gran propiedad territorial la devora, dentro de diez o quince años la pequeña propiedad campesina y su situación serán las mismas que hoy, si no peores.

En Rumanía, como en todas partes, el único remedio en la situación actual es la transformación de la propiedad privada en propiedad colectiva. También entre los obreros industriales se nota un despertar de la consciencia de sus derechos: las recientes huelgas de tipógrafos, guarnicioneros y alfareros lo prueban. Sin embargo, las autoridades, deseosas de intervenir en favor del capital, quisieron traer obreros de Austria. ¡Pero los proletarios austriacos se negaron a hacer los negocios de los señores capitalistas!

Así ponen en práctica los obreros de todos los países, cada vez más, la gran solidaridad que los liberará y que es la única que puede traer el día en que la lucha contra el capital termine con la victoria. (Vivos aplausos.)


El ciudadano Ihrlinger,123 delegado del Partido Obrero de Hungría, da una breve visión de conjunto de la situación de su país. Tras asegurar que el movimiento socialista —inspirado por los principios del socialismo moderno, al contrario de lo que se ha dicho a menudo— tiene el carácter internacional que distingue hoy al movimiento en el mundo entero, hace constar que en Hungría, como en Austria, la libertad solo existe sobre el papel. Cada juez de distrito124 hace estragos a su antojo. La reacción húngara remeda a la alemana y recurre a decretos medievales para golpear a los socialistas.

El movimiento obrero se extiende sobre todo por medio de los clubes. Mientras que las organizaciones sindicales solo existen en Budapest, los clubes obreros están casi en todas partes, en las pequeñas ciudades como en los pueblos. Durante mucho tiempo el Partido Obrero húngaro fue a remolque del partido radical burgués; pero, como los representantes de este último no cumplieron sus promesas, el Partido Obrero decidió llevar una existencia propia y esperarlo todo de sí mismo. La propaganda socialista se ve dificultada por el gran número de nacionalidades y lenguas de Hungría. No obstante, el movimiento ha avanzado hasta el punto de que las escisiones que se han producido en el seno del partido no le han causado ningún daño. Esas escisiones eran inevitables, porque se trataba de la separación del Partido Obrero respecto de los anarquistas, que, en su mayor parte a sueldo de la policía o apoyados por ella, desacreditaban el movimiento.

Por otra parte, el Estado se esfuerza por matar el movimiento con medidas duras, tratando de aplastar a los luchadores más decididos, y con estas persecuciones mantiene apartados a muchos obreros. Naturalmente, para los obreros no existe libertad de prensa. Por eso el partido procura ganar influencia en las organizaciones sindicales, para inculcarles el espíritu socialista y acercarlas poco a poco a la causa. Y las cosas están de tal modo que la situación económica nos procura cada día nuevos partidarios. A medida que se desarrolla la gran industria, la pequeña industria se hunde y el número de proletarios y de descontentos crece sin cesar. El proletariado húngaro lucha hombro con hombro con el proletariado alemán y con el de todos los países. (Aplausos.)

El ciudadano Popp, zapatero de Budapest, declara que, al contrario de lo que ha informado el orador anterior, el movimiento húngaro no se ha desarrollado de forma tan favorable y, al menos en cuanto a los principios, es muy oportunista y a menudo propenso a los compromisos. Para remediar este mal se piensa crear una prensa obrera, que por el momento consiste en una veintena de revistas profesionales. Se espera que dentro de pocos años exista un partido que esté a la altura del movimiento socialista general.


Anseele, el delegado belga que debía presentar un informe sobre el Vooruit,125 está ausente. Se concede la palabra al ciudadano Domela Nieuwenhuis, cuya aparición en la tribuna es saludada con atronadores aplausos.

El ciudadano Domela Nieuwenhuis describe la situación de la clase obrera en Holanda:

La vida económica de una nación depende en gran parte de su situación política. Como en Holanda la clase obrera no tiene derecho de voto, tampoco tiene, por eso mismo, ninguna influencia legal en los asuntos políticos. En una palabra, Holanda es un Estado de clase gobernado por una plutocracia (dominio del dinero) cuyo carácter funesto se revela claramente en todas las instituciones.

Los muy gravosos impuestos están repartidos en proporción exactamente inversa a la capacidad de los contribuyentes. Dos quintas partes recaen sobre los artículos de consumo indispensables para el obrero. Sin exagerar puede decirse que una familia obrera sacrifica el 10 % de sus ingresos al erario público, sin contar los tributos municipales y de otro tipo.

Además, pesa exclusivamente sobre la clase obrera el odioso impuesto de sangre del servicio militar, al que los ricos pueden sustraerse mediante la sustitución.

La enseñanza es pública, pero su organización es insuficiente; no es obligatoria ni gratuita. La enseñanza profesional falta casi por completo en Holanda, y donde existe se la considera un lujo completamente superfluo.

La administración de justicia es algo que los obreros holandeses apenas conocen de nombre. Asimismo, la «igualdad ante la ley» solo existe sobre el papel. Tampoco hay tribunales de árbitros industriales; los litigios entre patrono y obrero se llevan ante el juez ordinario, que, según el artículo 1638 de nuestro Código Civil, debe creer al patrono bajo palabra: prueba indignante del desprecio que la clase gobernante muestra abiertamente por la clase trabajadora.

En cuanto al derecho de asociación y de reunión, la Constitución lo reconoce, ciertamente. Existiría, pues, si la ley no le añadiera toda clase de reglamentos restrictivos. Además, la policía abusa a menudo de su autoridad amenazando a los dueños de locales con retirarles la licencia para servir bebidas alcohólicas si se atreven a ceder sus salas para reuniones obreras. En suma, el derecho de asociación y de reunión está enormemente restringido y es, de hecho, ilusorio.

De estos hechos resulta que los derechos políticos de los obreros están gravemente recortados por la ley y por la estrechez de miras de las clases dominantes.

Pero la esclavitud económica la sienten los obreros holandeses quizá todavía con más dureza. Por eso reclaman cada vez más, junto a la emancipación política, la transformación completa de la sociedad, la abolición de la producción capitalista: del sistema del salario.

La situación económica de los obreros holandeses es más o menos la misma que la de los obreros de los demás países. La propiedad privada en su forma actual, es decir, el interés privado egoísta de los individuos, es en todas partes el fundamento de la sociedad; y las mismas causas producen los mismos efectos.

Los salarios de los obreros holandeses son tan pequeños como larga es su jornada de trabajo. Además, los afligen sin cesar los mil tormentos del sweating system, del truck system y de las multas arbitrarias. El trabajo de mujeres y niños con salarios extremadamente bajos está muy extendido. El paro es frecuente y, en la mayoría de las industrias, casi crónico. El deseo de una transformación social se generaliza cada vez más, y el descontento, muy justificado, se manifiesta claramente en Holanda tanto en las manifestaciones de parados en las grandes ciudades como en huelgas relativamente importantes. Entre estas citaremos las huelgas de la industria textil de Twente y de los distritos turberos de Frisia, que estallaron el año pasado y terminaron con éxito. La huelga de Twente ha puesto al descubierto la profunda miseria y la esclavitud aplastante en que languidecen los obreros de esa región industrial, a la que los capitalistas llamaban «el paraíso de los obreros», cuando en verdad es un infierno de los obreros.

Lo mismo ocurrió con las huelgas de los distritos turberos, que tenían por objeto conseguir salarios más altos y la abolición del truck system, que hace estragos allí y en otras regiones de Holanda.

El ciudadano Domela Nieuwenhuis, el primer y hasta ahora único diputado socialista, aprovechó la ocasión para proponer una ley que tenía por objeto garantizar a los obreros la libre disposición de sus salarios. Por lo demás, esta propuesta fue muy mal acogida por los diputados burgueses, enemigos de toda intervención del Estado que no se refiera a su propio interés o al de su clase. Es más, los burgueses holandeses intentaron incluso darse aires de ser ellos los protectores de los obreros; y su representante, el ministro de Justicia, presentó por su parte, siguiendo el ejemplo de Domela Nieuwenhuis, un proyecto de ley que hacía la competencia al del socialista.

Es sumamente lamentable que el gobierno holandés descuide tanto la estadística. Así, en Holanda falta por completo una estadística sobre la situación de los obreros como la que existe, por ejemplo, en América. Por eso el orador no está en condiciones de dar cifras oficialmente comprobadas sobre salarios, jornada de trabajo, etc., etc. En cambio, puede aportar algunos datos obtenidos en encuestas privadas.

Como ya se ha dicho, el trabajo de mujeres y niños está muy extendido. Se encuentra no solo en los almacenes, tiendas y talleres de sastrería, sino también en la tejeduría, en las refinerías de azúcar, en la manufactura de tabaco, en las imprentas, en la alfarería, en las encuadernaciones, en los tejares, en las fábricas de estearina, en los cafés y en las cervecerías (tabernas). En general hay que decir que mujeres y niños son llamados cada vez más al trabajo en todas partes donde la fuerza muscular no es esencial.

El obrero holandés trabaja por término medio doce horas diarias; en la industria textil, la jornada es de once horas.

El salario medio para toda Holanda puede fijarse, como mucho, en 7 florines126 semanales. Varía según los oficios y las industrias, pero el jornal medio no pasa de 9 a 10 florines semanales en las grandes ciudades. En las pequeñas ciudades y en el campo los salarios son bastante más bajos.

En la industria textil, tres cuartas partes de los obreros no ganan más de 7 florines, y a menudo solo llegan a 4½ o 6 florines semanales. La situación de los obreros de las turberas y de las ramas principales de la agricultura es todavía mucho más miserable. Así, en la región más rica de Frisia se paga a un obrero 70 céntimos (1 franco 10 céntimos en moneda francesa = 88 pfennig) por una jornada de catorce horas con hora y media de descanso. ¡Y eso en la buena temporada! En invierno no gana más de 35 céntimos (unos 58 pfennig) diarios. ¡Esta tierra rica y fértil muestra casi tanta miseria como Irlanda!

No hay nada más desgarrador que la suerte de nuestros pescadores de bajura, explotados ante el mundo del modo más brutal por los armadores y los empresarios de pesca. Afortunado todavía aquel a quien se concede un precio de 8 florines por barril (baril). De esa suma, la tripulación de cada barca, formada por nueve pescadores, solo recibe 1 florín 65 céntimos, mientras que el armador se queda con el resto, es decir, 6 florines 35 céntimos.

De esta breve ojeada resulta que la situación de los obreros en Holanda es muy miserable. Les resulta casi imposible procurarse alimento, vestido y vivienda para sí y para sus familias. Se ven obligados a privarse de cualquier otro gasto, y así renuncian a toda distracción y a toda satisfacción de necesidades intelectuales. El capitalismo pesa sobre ellos como un yugo de plomo. Holanda es un país completamente librecambista, en el sentido de que el capitalista tiene libertad para explotar sin límites al obrero, de modo que este, en virtud de los hechos, está «sujeto a tributos y servidumbres que da lástima».

Después de habernos visto obligados a dejar constancia de la triste situación política y social del obrero holandés, nos alegra poder señalar, antes de terminar nuestro informe, un hecho consolador de innegable importancia: el despertar de los obreros en los últimos diez años, un despertar a raíz del cual se han organizado y han elaborado programas radicales. Han sabido aprovechar la experiencia de sus hermanos de los demás países; han comprendido muy bien que ciertos intentos de mejorar la suerte de los obreros, como el sistema cooperativo —las cooperativas—, el sistema de participación en los beneficios, las cajas de socorros mutuos, cajas de ahorro, cajas de préstamos, etc., etc., no son más que remedios caseros caros y torpes (paliativos); se han dicho: puesto que el mal está en el fundamento mismo de la sociedad existente, es ese fundamento el que hay que cambiar.

Los obreros van tomando consciencia de que no tienen nada que esperar de sus amos, sean conservadores, liberales o radicales, sino que solo pueden contar consigo mismos. Se organizan cada vez más en un partido obrero puro e independiente en todos los sentidos, con un programa político y económico propio; y puede decirse que los partidos obreros reaccionarios, como las asociaciones mutuas «Patrimonium»127 y la Liga General de los Obreros Neerlandeses,128 están siendo apartados en este momento por los elementos obreros avanzados.

Solo la Liga Socialdemócrata129 puede jactarse hoy con orgullo de un desarrollo verdaderamente digno de consideración. Tiene su órgano, Recht voor Allen (Justicia para todos), que al principio aparecía tres veces por semana y ahora es diario. El partido organiza reuniones públicas por todas partes y abastece al país de folletos y hojas volantes. Y en este partido organizado ponen los obreros holandeses sus esperanzas para el futuro. No necesitamos más prueba de su influencia que las persecuciones del gobierno, que ha hecho condenar varias veces a miembros suyos a penas de prisión y hasta de trabajos forzados.

En el terreno político, los socialistas reclaman el sufragio universal; en el terreno económico aspiran a que la sociedad tome posesión de los medios de producción y a organizar los servicios públicos en beneficio de la colectividad. Como medida de transición conceden gran importancia a la reducción de la jornada de trabajo mediante una legislación protectora del trabajo. Aunque estamos convencidos de que la emancipación completa de la clase obrera solo es posible mediante la transformación de la propiedad privada en propiedad común, consideramos importante declarar que un movimiento internacional por la regulación legal de la jornada de trabajo encontrará en Holanda celosos adalides y la simpatía de una clase obrera consciente de sus intereses.

Todo esto nos hace esperar una coalición de los gobiernos con el fin de combatir las reivindicaciones obreras; saludaremos con aplausos cualquier progreso que tenga por objeto la unión internacional de los obreros, porque solo ella puede contrapesar las maquinaciones de los gobiernos. No buscamos nuestra fuerza en la fundación de grandiosas cooperativas, sino más bien en el desarrollo intelectual del obrero. Por eso nuestro partido ha publicado gran número de folletos y libros. Tenemos traducciones de casi todos los economistas de Europa y América. Consideramos necesario que los obreros sepan primero qué hay que hacer; solo entonces harán también lo que es necesario.

Sabemos muy bien que nosotros, que habitamos un país pequeño, no podemos ser la vanguardia de la revolución, que solo en un país grande puede madurar y triunfar. Pero esa revolución tiene que haberse realizado ya en nuestros cerebros, y desde ahora podemos asegurar que estaremos en nuestro puesto y cumpliremos con nuestro deber. Nuestro pequeño pueblo, al que el tirano Alba130 llamó «pueblo de campesinos», pero que demostró ser capaz de resistir a un pueblo de caballeros acorazados de hierro e incluso lo venció con los elementos de la naturaleza, sabrá también vencer a la burguesía y no descansará hasta haber fundado el reino de la libertad. Hermanos, venceremos o moriremos bajo la bandera de la socialdemocracia; ¡y la mantendremos siempre en alto!

(La asamblea manifiesta repetidas veces su entusiasta aprobación.)


El ciudadano Petersen expone a continuación la situación de los obreros en Dinamarca. No difiere esencialmente de la de los demás países. En general predominan la pequeña burguesía y la pequeña industria. Sin embargo, desde hace algunos años la gran industria también cobra impulso y relega a un segundo plano a la pequeña industria. Los capitalistas ya han introducido en Dinamarca el truck system.

Los salarios son muy bajos, y las crisis y paralizaciones se repiten a menudo. No existe una estadística oficial sobre la situación de los obreros. Sin embargo, a partir de ciertos datos puede calcularse que en Copenhague hay 70.000 obreros cuyo ingreso medio anual es de 1.100 a 1.200 francos; en las ciudades de provincias, 45.000 obreros, con un ingreso medio anual de 80 francos;131 y los 133.000 obreros empleados en el campo no ganan por término medio más de 500 francos.

Si se comparan estos salarios con el precio medio de los víveres, se encuentra que el 78 % de los obreros de las ciudades tiene una diferencia de 500 francos entre el salario que recibe y la suma indispensable para sus necesidades.

Los obreros están organizados en sindicatos, 150 en número, unidos entre sí por medio de sus burós, y forman una organización central cuyo espíritu, desgraciadamente, deja mucho que desear. Junto a las organizaciones sindicales (sindicatos y sociedades de oficio) mencionaremos también la organización del Partido Socialdemócrata, al que pertenecen unas 80 asociaciones electorales y clubes de discusión.

La prensa socialista está representada por el Social-Demokraten de Copenhague, que tiene unos 20.000 suscriptores, y por cuatro órganos que aparecen a diario en provincias. A ellos hay que añadir un periódico socialista independiente, Arbejderen (El Obrero).

Como el movimiento obrero danés nació en medio de la pequeña burguesía, tuvo que conservar también un carácter pequeñoburgués, que se manifiesta de distintas maneras. Así, se ha fundado por acciones una casa de reuniones y una panadería cooperativa. Esta última es una verdadera caricatura de la panadería cooperativa de Gante, de modo que no puede considerarse otra cosa que una empresa industrial privada que paga a los accionistas un dividendo anual. En realidad, en toda la empresa no hay nada socialista, salvo el dinero del partido con que se fundó y los nombres de sus directores, que son todos dirigentes del partido.

El derecho de asociación y de reunión está garantizado a los obreros por la ley, pero eso no impide en absoluto a los señores capitalistas encontrar medios para dificultar al máximo su ejercicio. Los obreros daneses tienen derecho de voto a partir de los treinta años, siempre que no reciban socorro de beneficencia con fondos públicos.

Por lo general, los obreros toman parte activa en las elecciones, y ya han conseguido enviar al Parlamento a dos representantes del partido; en este momento uno de sus elegidos tiene allí su escaño. Hasta ahora tenemos que reconocer que el partido obrero ha ido con la pequeña burguesía y todavía hoy no ha roto sus relaciones con los partidos burgueses. Se intenta defender esta conducta alegando que la mayoría relativa decide el resultado de las elecciones (salvo en las segundas vueltas). Está claro que los socialistas, aliados con un partido burgués cualquiera, jamás podrán ganar nada en una campaña electoral ni llevar adelante la agitación socialista como si permanecieran independientes. El partido socialista que va junto con la pequeña burguesía está también más o menos atado a ella en su actividad política. De este modo se convierte en adalid y defensor de instituciones burguesas, ayudando, por ejemplo, a conceder créditos a los pequeños industriales. Sin embargo, últimamente se ha hecho sentir por fortuna entre los obreros una vuelta a los principios y una oposición contra la táctica seguida hasta ahora. La mejor prueba del avance del movimiento es el hecho de que tenga tres representantes en este congreso. (Aplausos.)


El ciudadano Plechanoff,132 delegado de los socialdemócratas rusos, se expresa en estos términos:

Como el número de oradores en este congreso es muy grande y estos solo disponen de poco tiempo para exponer la situación política y económica de sus respectivos países, daré un cuadro lo más breve posible del movimiento obrero en Rusia.

Podría causar extrañeza ver en este congreso a representantes de Rusia, un país donde, sin duda, el movimiento no está tan avanzado como en los demás países europeos. Pero nosotros, los socialistas rusos, hemos pensado que Rusia no debía ser la única en mantenerse apartada de los obreros del resto de Europa, y que el acercamiento mutuo de todos los obreros no podría sino ejercer una influencia benéfica en el movimiento socialista del mundo entero.

El funesto papel que Rusia, la Rusia monárquica y oficial, ha desempeñado hasta hoy en la historia de Europa es, por desgracia, demasiado conocido. Los zares, verdaderos gendarmes coronados, consideraban un deber sagrado apoyar a los reaccionarios de todos los países, desde Prusia hasta España e Italia. No hace falta recordar el papel que desempeñó el zar Nicolás, de infausta memoria, en los memorables acontecimientos de 1848.

Por eso la victoria del movimiento revolucionario en Rusia sería la victoria de todos los obreros europeos.

Se trata, pues, de saber cómo y en qué condiciones puede triunfar el movimiento revolucionario en Rusia. No es posible de otro modo —esta es nuestra convicción inquebrantable, ciudadanos— sino si los revolucionarios rusos saben ganarse la confianza y la participación del pueblo mismo. Mientras el movimiento sea solo obra de exaltados y de la juventud estudiantil, podrá ser peligroso para los zares en cuanto a su seguridad personal, pero no para el zarismo como institución del Estado.

Si queremos romper de una vez por todas el poder del zarismo, tenemos que apoyarnos en un elemento revolucionario en otro sentido que la juventud estudiantil; y ese elemento, que no falta en Rusia, es la clase del proletariado, revolucionaria por su situación económica y por la fuerza misma de las cosas.

Ciertos economistas, que padecen de una imaginación demasiado fantástica, que da más testimonio de su buena voluntad que de su conocimiento de los hechos, se han figurado Rusia como una especie de China europea cuya situación económica no tendría nada en común con la de la Europa occidental. Esto es completamente falso. La vieja estructura económica de Rusia se encuentra ahora en estado de completa descomposición. La comuna rural, de la que tanto se ha hablado —¡incluso en la prensa socialista!— y que en verdad era el fundamento del despotismo, esa comuna rural se convierte cada vez más en objeto de la explotación capitalista en manos de los campesinos ricos. Entretanto, los pobres abandonan el campo para ir a las grandes ciudades y centros industriales, donde surgen fábricas que destruyen la pequeña industria a domicilio, antes tan floreciente.

El gobierno ruso emplea todos los medios para agravar todavía más este estado de cosas y acelerar el desarrollo del capitalismo. Nosotros, los socialistas, no podemos sino aplaudir estos esfuerzos, porque de este modo el zarismo prepara su propia caída.

El proletariado industrial ruso, cuya consciencia empieza a despertar, acabará rompiendo el yugo del despotismo, y ese día veréis a sus representantes directos tomar asiento en vuestros congresos junto a los delegados de los países más avanzados. Nuestra tarea, mientras tanto, es abrazar con ardor vuestra causa y difundir entre los obreros rusos las ideas de la socialdemocracia con todos los medios a nuestro alcance.

Para terminar, repito y subrayo: el movimiento revolucionario triunfará en Rusia como movimiento obrero, o no triunfará nunca.

(Estas pocas palabras del ciudadano Plechanoff despiertan un gran entusiasmo, y el delegado ruso abandona la tribuna entre clamorosos aplausos.)


El delegado noruego Jeppesen133 se remonta a los comienzos del movimiento obrero de su país, es decir, a hace cinco años. Pese a su gran juventud, el movimiento ha llegado ya allí al segundo periodo de su desarrollo, el de las persecuciones y la represión. Este hecho solo le demuestra al informante que el movimiento es ya lo bastante fuerte y consciente de sus fines para infundir miedo a las clases dominantes y poseedoras. El movimiento obrero que el ciudadano Jeppesen tiene el honor de representar tiene un carácter plenamente socialista y revolucionario. El proletariado consciente de su país no espera nada de los paliativos tantas veces recomendados, sea cual sea la etiqueta que lleven. Tampoco cree en la eficacia de las reformas parlamentarias, pues ha comprobado por experiencia que las leyes vigentes en Noruega, por lo demás liberales en la forma, no sirven de nada a los obreros. Sin embargo, el partido socialista noruego ha decidido reclamar, junto con el proletariado de los demás países, una legislación obrera internacional, porque esta reivindicación es un excelente medio de agitación y de propaganda. Además, el Partido Obrero Socialista de Noruega ha presentado ya en el Parlamento de su país un proyecto de ley de protección del trabajo. Se ha encargado a una comisión especial el examen de este proyecto, que se debatirá próximamente en la asamblea nacional. Con todo, los obreros no esperan nada de la cámara, no esperan ningún provecho de leyes que siempre se ajustan al provecho de los más fuertes. El capitalismo obliga siempre al obrero a someterse; y por eso los obreros no pueden contar con nadie más que consigo mismos. (Aplausos.)

En este momento se produjo un incidente provocado por el delegado de la United Brotherhood, Iowa —Hermandad Unida de Iowa, Estados Unidos—, el ciudadano Ahles. Este, que había estado ausente las dos veces que le tocaba hablar, se había vuelto a inscribir para su informe en el mismo turno que Kirchner, delegado de los «Sindicatos Alemanes Unidos» de Nueva York, encargado también de un informe sobre América. Por pura casualidad, el presidente quiere dar primero la palabra a Kirchner; entonces Ahles, creyéndose ofendido, abandona el congreso protestando contra la conducta del buró y contra el modo en que se le ha tratado.

El ciudadano Vaillant explica a la asamblea la causa de este malentendido por parte del ciudadano Ahles y le envía una carta aclaratoria, invitándole a la vez a volver para tomar la palabra el primero. Pero Ahles se mantiene en su decisión y hace renovar su protesta por medio de un amigo.

Concedida la palabra al ciudadano Merlino, delegado italiano, este explica que en Italia el movimiento se compone de dos corrientes: la fracción de los socialistas anarquistas y la de los socialistas parlamentarios o «estatistas»134. Pero esta divergencia es más aparente que real, porque los socialistas parlamentarios son también anarquistas en principio, aunque en lo concreto (de hecho) estén por la legalidad. Los auténticos anarquistas son anarquistas tanto en principio como de hecho. Esa es la diferencia. Sin embargo, esta diferencia tiene como consecuencia una actitud muy peculiar del gobierno ante las dos fracciones. A los anarquistas se les llama malhechores (malfattori), y ellos no rechazan esta calumnia, pues prefieren estrechar la mano de los pequeños ladrones antes que la de los grandes, que tienen el poder y arruinan al país. En consecuencia, se les maltrata, persigue y castiga como a malhechores; se les condena a años de cárcel. En cambio, cuando se trata de los socialistas parlamentarios, el gobierno se pone guantes de terciopelo para atacarlos. Es cierto que también contra ellos hay procesos y persecuciones, pero las condenas son solo aparentes, no se ejecutan. Una muestra de ello es la que recayó sobre el ciudadano Andrea Costa, que fue una condena de risa.

Aquí el ciudadano Jules Guesde interrumpe al orador para advertirle que no se ataca a otro delegado. El ciudadano Merlino prosigue diciendo que el programa de los socialistas parlamentarios italianos corresponde bastante al de los marxistas, pues declara que la clase obrera tiene la tarea de conquistar el poder político y la propiedad para socializarla.

Los anarquistas no comparten esta concepción. Están convencidos de que semejante evolución histórica degeneraría en otra dominación de clase. El predominio de las clases dominantes de hoy sería sustituido por el predominio de la clase obrera. Pero el gobierno no puede contentar a todos. Si mañana la revolución pusiera el poder en manos de la clase obrera, todo el cambio se limitaría a que los jefes saldrían de entre los obreros en vez de entre los burgueses; pero siempre habría jefes, una dirección, una burocracia, y pronto volveríamos al estado actual.

El presidente ruega al orador que se atenga al orden del día, recordándole que el congreso no se ha reunido para escuchar disquisiciones, por lo demás bien conocidas, sobre el porvenir.

El ciudadano Merlino replica que, por una parte, no puede renegar de su convicción y que, por otra, los anarquistas le han dado mandato para asistir al congreso a fin de exponer en él las teorías que ellos consideran verdaderas. El congreso quiere ocuparse de la cuestión de la legislación obrera. ¿Hay ahí socialismo? Al aprobar semejante orden del día, el congreso ha demostrado que no es socialista, puesto que quiere ocuparse de algo que proponen los gobiernos. También los gobiernos quieren reformas, pero los socialistas no deben seguir las huellas de los gobiernos. Hacerse adalid de la legislación obrera es una tarea antisocialista, una tarea burguesa, y por parte de los revolucionarios, completamente absurda. Si entran en el camino de las reformas, trabajan para echar a perder su causa, que por lo demás ya lleva en sí el germen de la corrupción y de la ruina. El socialismo demostrará cada vez más que es incapaz de realizar la emancipación de la humanidad; su muerte, por tanto, no habrá que lamentarla. Una vez enterrado y desaparecidos sus partidarios, otros, los anarquistas, desplegarán la bandera en la que han inscrito la liberación completa de la humanidad, y realizarán esa sociedad mejor a la que se dirigen sus esfuerzos.

Esta exposición, que aplaudieron unos pocos delegados ingleses y franceses, fue interrumpida a menudo por la gran mayoría de la asamblea con protestas, exclamaciones irónicas y muestras de gran hilaridad. Repetidas veces se alzaron reclamaciones pidiendo que se retirara la palabra al orador, ya que las teorías anarquistas eran más que suficientemente conocidas y no se hacía más que malgastar un tiempo precioso. Los anarquistas exigieron una traducción completa del discurso de Merlino, «quien, como entiende muy bien el alemán y el inglés, está en condiciones de controlar la exactitud de la traducción». De lo contrario, amenazaron con armar alboroto.

El presidente hace observar que las traducciones del buró son necesariamente abreviadas y resumidas, pero siempre exactas. La ciudadana Aveling señala que Merlino habla con soltura inglés y alemán, y que, por tanto, lo más sencillo es que traduzca él mismo su discurso a esas lenguas. Así se hace. La traducción alemana es aplaudida, pero los delegados declaran que sus aplausos se refieren exclusivamente a la traducción y no al contenido del discurso.

Restablecida la calma, toma la palabra el ciudadano Iglesias, delegado del Partido Socialista Obrero Español. Comienza su informe saludando al congreso en nombre del Partido Socialista Obrero de España. El proletariado consciente del otro lado de los Pirineos envía un cordial apretón de manos a sus hermanos de los demás países reunidos en este congreso.

La situación económica y social de la clase obrera española es más o menos la misma que la de los obreros de los demás países de Europa y América. Se ha tomado la costumbre de considerar a los españoles un pueblo de políticos y de amigos de los pronunciamientos.135 Se dice que los obreros están sumidos en una indiferencia rayana en el embrutecimiento. Que trabajan poco y comen todavía menos, pero viven felices, de día al sol y de noche bajo el cielo estrellado, donde el maquinismo y la gran industria aún no han hecho su entrada. Todo eso es pura fantasía. El obrero es en España tan desgraciado, tan miserable como en cualquier otro país. Está tan explotado, tan oprimido en las fundiciones, en los grandes talleres, en las minas y más todavía en la agricultura, donde una numerosa población asalariada carece de lo más necesario para vivir y donde a temporadas la diezma un paro mortífero. Es verdad que la concentración capitalista no ha alcanzado todavía en España su mayor grado de desarrollo; pero está en camino. En cambio, lo que en España queda aún de pequeña industria y pequeño comercio, lejos de rodearse, como en otros países, de un carácter patriarcal de sencillez y bonhomía que lo haga soportable, es en España tan codicioso, tan insaciable, tan indecente, que los obreros, si estuviera en su mano, se apresurarían a hacerlo desaparecer por completo. En efecto, están convencidos de que el capitalismo, una vez centralizado, sería mucho más fácil de combatir y de sustituir. En esta situación, naturalmente distinta, que hace de nuestra burguesía un satélite de las naciones que marchan a la cabeza del movimiento capitalista moderno, los obreros españoles no podían hacer menos que seguir el movimiento de defensa y emancipación iniciado por los obreros de los demás países; porque las mismas causas producen los mismos efectos. Por eso, cuando la Asociación Internacional de los Trabajadores llamó a los obreros del mundo entero a agruparse en torno a la misma bandera, encontró en España un terreno muy bien preparado. Sus ideas y sus planes de organización tuvieron allí la más calurosa acogida, y a los pocos meses los obreros afiliados a la Internacional se contaban por miles. En casi todas las grandes ciudades, e incluso en muchas pequeñas, había secciones de oficio organizadas, agrupadas en federaciones locales. Un Consejo Federal, que centralizaba las cotizaciones y mantenía correspondencia regular con el Consejo General de Londres, funcionó en Madrid durante unos dos años.

La revolución de París del 18 de marzo de 1871 dio a este movimiento un nuevo impulso, y la caída de la Comuna y las terribles represalias que la siguieron arrancaron un grito de dolor y de rabia de todo pecho obrero. Los obreros españoles se declararon solidarios de la Comuna vencida como lo habrían hecho con la Comuna victoriosa. Fue para ellos el primer e innegable acto de la lucha de clases. Desde entonces no ha pasado un año sin que en todos los puntos de España los obreros, incluso muchos de los que no participaban en las organizaciones obreras, hayan celebrado el aniversario del 18 de marzo como el de su propia revolución y hayan estigmatizado la crueldad de la burguesía francesa durante la semana sangrienta. El estandarte que alzó la primera revolución obrera se ha convertido en nuestra bandera. Todos aquí conocen las causas de la escisión de la Internacional, que, con la ayuda de la reacción, acabó en su disolución. De sus partes dispersas se ha formado el actual partido socialista. No es todavía muy fuerte, sus partidarios no son aún numerosos, pero está organizado de manera firme y duradera, cuenta con grupos en las principales ciudades de España y en todos los centros manufactureros y mineros, y esta organización progresa sin cesar. Su programa es el del Partido Obrero Socialista francés, el de la socialdemocracia alemana y el del Partido Obrero estadounidense, es decir, se basa en los principios económicos establecidos por nuestro inolvidable y llorado Karl Marx. Sigue la línea política que este aconsejó siempre: lucha en todos los terrenos contra la clase enemiga, contra la burguesía, y separación completa del partido obrero respecto de todos los partidos burgueses.

El Partido Socialista Obrero Español, cuya existencia real como partido político data apenas de hace tres años, celebró su primer congreso el 23 de agosto de 1888 en Barcelona. Allí se confirmó el programa del partido, se aprobó y se nombró un comité internacional136 que tiene actualmente su sede en Madrid. Se acordó allí, entre otras cosas, que el Partido Socialista Obrero Español enviara un representante al próximo congreso obrero internacional de París, el presente congreso, y que se le diera especialmente el mandato de pedir la creación de un comité internacional.

No hay que olvidar, por último, que junto al partido socialista propiamente dicho, que, aunque compuesto exclusivamente de obreros, puede acoger en su seno también a elementos procedentes de la burguesía, como la antigua Internacional, existe una poderosa organización de sociedades de resistencia (sociedades de oficio y sindicatos), que se llaman cámaras sindicales, pero que entre nosotros no van junto con el partido socialista. Nuestro partido favorece el desarrollo de estas organizaciones de oficio y les presta ayuda. También contribuye con todas sus fuerzas a apoyar las huelgas necesarias, porque siempre ha considerado la huelga una medida inevitable para el obrero en la lucha por su vida. Sus esfuerzos se han visto coronados por la victoria más de una vez, por ejemplo en la gran huelga victoriosa de los tipógrafos de Madrid hace tres años. Con todo, el Partido Socialista Obrero ha considerado necesario, por el momento, establecer una separación entre él y las organizaciones de oficio. Llegará un día, el informante está firmemente convencido, en que su fusión se producirá por sí sola, sin esfuerzo, ya que tanto la causa como el fin que persiguen unos y otros son comunes. «Y ese día, que no está lejos —dijo al terminar el ciudadano Iglesias—, seremos una fuerza y podréis contar con nosotros. El proletariado español sabrá también en adelante cumplir con su deber; nuestra burguesía está tan podrida y es tan opresora como la vuestra, pero es más ignorante y más indolente, y no nos costará demasiado esfuerzo vencerla». (Aplausos.)

El ciudadano Mesa, delegado español, tras traducir este discurso al francés, añade que su compañero y amigo Iglesias, por modestia, ha omitido hablar del periódico El Socialista de Madrid. Él mismo, delegado del grupo fundador de este periódico, debe declarar que este vigilante órgano es una de las palancas más poderosas de la organización y de la propaganda socialista en España. Su vida, relativamente larga, ha mostrado abnegación y energía. El periódico lo escriben obreros, lo componen gratuitamente obreros y lo administran de manera excelente obreros. (Grandes aplausos.)


El ciudadano Houst, delegado de la Suiza romanda, esboza en una breve exposición el movimiento de los adversarios137 que representa. En la Suiza francesa, dice, el movimiento es más social y económico que político. Como goza de una libertad relativamente mayor que en los demás países, la población es allí menos revolucionaria, porque está menos oprimida.

El socialismo, e incluso el anarquismo, pueden desarrollarse libremente entre nosotros. El movimiento en favor de un movimiento obrero internacional138 nos permitirá formar cuadros (cadres) y organizarnos mejor. En las montañas del Jura la población se ha pronunciado por las ideas socialistas. Desea que se regule el trabajo en las fábricas y que los patronos paguen al contado. Gracias a la situación y a la propaganda, las ideas del socialismo se desarrollan y echan raíces cada vez más hondas. Tampoco nosotros, en Suiza, desfalleceremos en la lucha contra el capital, y nos esforzaremos por mejorar constantemente nuestra organización. (Aplausos.)

Terminado este informe, se levanta la sesión hacia las nueve y media de la noche.

Novena sesión, viernes 19 de julio, por la mañana

Preside el ciudadano von Vollmar.

Antes de entrar en el orden del día, el ciudadano Bebel comunica al congreso que se han colado entre los delegados personajes sospechosos que tratan de convencer a los alemanes de que en París pueden hablar libremente, sin tomar precaución alguna, y de que ningún tribunal alemán podrá pedirles cuentas de lo que digan en Francia, aunque infrinja la ley sobre los delitos de lesa majestad. El ciudadano Bebel exhorta encarecidamente a los delegados alemanes a que estén en guardia y no se dejen provocar por tales agentes provocadores, que lo son a todas luces.

Después de comunicarse a la asamblea la llegada de nuevos delegados, telegramas y cartas de adhesión, así como un donativo de 100 francos de los delegados holandeses para las víctimas de Saint-Étienne,139 el ciudadano Lafargue describe la actitud de la prensa francesa ante el congreso. Es evidente que se ha dado la consigna de silenciar este congreso, mientras se infla y se halaga al congreso de los posibilistas. La prensa inglesa, en cambio, se muestra mucho más decente.

El ciudadano Liebknecht añade que la mayoría de los periódicos alemanes han tratado al congreso con una indecencia indignante. La «Frankfurter Zeitung»,140 un periódico que se dice demócrata, se distingue entre todos por sus crónicas mentirosas y por la bajeza con que cubre de lodo a Lafargue y a Guesde.

Otro periódico alemán cuenta que el ciudadano Anseele, delegado de Gante, ha huido de esta ciudad llevándose la caja del Vooruit,141 que, según ese periódico, contenía 160.000 francos.

El ciudadano Christensen, delegado danés, comunica al congreso que ha estallado una gran huelga entre los carpinteros de Copenhague. La culpa es de los patronos, que, rompiendo los contratos formales, se han concertado para rebajar los salarios, que ya son bastante malos. A consecuencia de estas huelgas se han cerrado 7 talleres y unos 1200 obreros están sin trabajo. Los obreros piden un salario de 20 francos semanales.

El ciudadano Palmgreen, delegado del Partido Socialista de Suecia y del «Círculo Socialista Escandinavo de París», empieza su informe explicando por qué él, que vive en París, representa en el congreso al partido obrero de su país: los redactores de los 4 periódicos socialistas, así como de 6 a 10 de los mejores agitadores, están en este momento en la cárcel.

La propaganda socialista tropieza en Suecia con grandes dificultades; se hace por todas partes durante el verano, que no es largo, organizando excursiones por el campo. El movimiento obrero es todavía bastante joven. Una gran huelga de los aserradores, que fracasó, empujó a los obreros a organizarse. Fue el sastre Palm142 quien difundió primero las teorías socialdemócratas entre los obreros de Suecia. Con un celo infatigable y una abnegación admirable, este hombre organizaba en pleno invierno, a menudo en medio de los bosques, reuniones de propaganda. Tres veces recorrió a pie toda Suecia, repartiendo folletos y hojas volantes y esparciendo por todas partes la buena semilla. Fundó en Estocolmo el «Socialdemokrat», que tiene hoy de 5000 a 6000 suscriptores. Al mismo tiempo reunió, con Branting143 y Danielson,144 a jóvenes entusiasmados como él por las ideas socialistas, que se reclutaban no solo en las filas de los obreros, sino también en las de los estudiantes. Al principio el partido se ocupó casi exclusivamente de la agitación política, pero desde que los obreros se organizan en sindicatos predominan las cuestiones económicas y sociales. Esta primavera se celebró en Estocolmo un congreso del partido,145 en el que estuvieron representadas 75 organizaciones. Ese congreso tuvo casi el mismo orden del día y el mismo programa que el presente congreso internacional. En él se acordó hacer propaganda, con manifestaciones legales, etc., para conseguir una legislación protectora del trabajo. En Suecia, como en Austria, las leyes son en la forma muy liberales, pero en cuanto el movimiento obrero quiere sacar provecho de ellas, el Estado encuentra para él una manera reaccionaria de aplicarlas. Pese a todas las libertades garantizadas, los obreros tienen que recurrir a menudo a la astucia para organizar sus asociaciones.

Todas las vejaciones no han podido impedir, sin embargo, que el socialismo penetrara no solo en las masas de los obreros industriales, sino también en las de los rurales. Hoy los campesinos y los obreros de las ciudades se apoyan mutuamente en la lucha común.

También el Estado sueco está ya a punto de dictar una ley de excepción contra los socialistas, prueba palmaria del poder que el movimiento ha alcanzado en poco tiempo. Entretanto el Estado emplea sin miramientos todos los medios, aun los más bajos y vergonzosos, para frenar la propaganda socialista. Las cartas de los socialistas pasan por el gabinete negro, y los telegramas socialistas no siempre se admiten en las oficinas de telégrafos. Las persecuciones contribuyen a cambiar el carácter del movimiento obrero, que va tomando cada vez más un carácter estrictamente socialista. La fe en la eficacia de los paliativos ha desaparecido casi por completo entre los obreros; lo que se generaliza cada vez más es la convicción de que solo la socialización de los medios de producción puede resolver la cuestión social. Persiguiendo este fin procuramos evitar los medios violentos, pero la burguesía acabará llevando las cosas a un punto en que estallen catástrofes. Los socialistas suecos saben bien que la gran cuestión consiste en organizar el poder de los obreros. No basta con gritar «¡Viva la revolución!»: hay que actuar y hacer a los obreros tan fuertes que conquisten sus derechos. Desde luego que estamos por la revolución, es decir, por la transformación radical de las relaciones de producción, pero esa revolución tiene que prepararse bien y llevarse a cabo con método. Los órganos del Partido Obrero Socialista de Suecia son: «El Proletario», «El Socialdemócrata» y «La Voz del Pueblo»; todos se publican en Estocolmo. Las organizaciones del extranjero que pertenecen a él, los clubes y círculos de obreros suecos residentes fuera del país, son en cierto modo escuelas en las que sus miembros pueden formarse como oradores y agitadores. El Círculo Socialista Escandinavo de París, al que también representa el ciudadano Palmgreen, cuenta con 85 miembros. (¡Bravo!)


El ciudadano Kirchner, delegado de los «Sindicatos Alemanes Unidos de Nueva York», dice que se oyen las opiniones más contradictorias sobre el movimiento obrero y sobre la situación del pueblo trabajador en el Nuevo Mundo. Sin embargo, prosigue, no puedo darles un informe completo, apoyado en cifras estadísticas, porque entre mi elección como delegado y mi salida para París solo mediaron unos días. Lo que puedo darles es, pues, menos un informe que un esbozo, y este esbozo parecerá algo pálido y sombrío al lado del cuadro tan fresco y espléndido del movimiento obrero alemán que nos ha trazado el ciudadano Bebel.

En América la producción capitalista ha llegado a tal grado de desarrollo que hay derecho a preguntarse: «¿Cuánto tiempo va a durar todavía?»

Los capitales de los pequeños capitalistas ya no bastan para explotar con provecho a las masas obreras. Por eso se amontonan unos capitales sobre otros y se forman verdaderos ejércitos de capitales. Los monopolios y los trusts han llevado al extremo, tanto en la industria como en la agricultura, el sistema de rapiña del siglo XIX. El poder del proletariado organizado no iguala todavía al poder cada vez más concentrado del capital. Los salarios, y con ellos las condiciones de vida del pueblo trabajador, bajan sin cesar. Todos o casi todos los intentos de subir los salarios fracasan, como lo demuestran los intentos verdaderamente heroicos de los mineros de las minas de carbón, de los obreros de la industria textil y de los empleados de los tranvías de Nueva York. En América, como en todas partes, la hiena del capital ya no se contenta con el tuétano de los adultos: devora todo lo que cae en sus garras, sin distinción de edad ni de sexo. Para que no se me acuse de exagerar, citaré un pasaje del «Tercer informe anual de los inspectores de fábricas del Estado de Nueva York»: en Nueva York, dice el informe, en los distritos de las «tenement houses» —los cuarteles de alquiler— donde se confeccionan prendas de vestir, reina un sistema de trabajo que se acerca todo lo posible a la esclavitud. El trabajo se hace bajo la vigilancia de capataces que alquilan uno o dos cuartuchos en los pisos altos de un edificio elevado y ponen en ellos unas cuantas máquinas de coser y un hornillo para calentar las planchas. Luego contratan a cierto número de hombres y mujeres, a los que hacen trabajar para ellos. Estos obreros empiezan la jornada, por lo general, a las seis y media, para matarse cosiendo hasta las nueve o las diez de la noche, con quizá media hora de pausa para comer. Por lo general comen y duermen en la misma habitación en la que trabajan, y la atmósfera agobiante y viciada que los rodea constantemente y la suciedad en la que vegetan son espantosas. Miles de muchachas y muchachos, y también de mujeres, están entregados a esta existencia de suciedad, explotación y envilecimiento. ¡Para ellos no hay ni un rayo de esperanza!

«El salario que reciben es ya bajísimo, pero de lo poco que ganan todavía se les hacen descuentos en forma de multas, por un trabajo que se declara defectuoso, y en forma de cuotas por alojamiento, calefacción y alumbrado. Si una máquina se estropea, si se rompe una pieza, es el obrero quien tiene que pagar la reparación. Por todas partes se roba, se acosa y se oprime a los obreros. No hay mejora posible para ellos mientras la ley no acuda a protegerlos.

»Aun dejando aparte la cuestión del bienestar de estos obreros oprimidos, su situación actual tiene que interesar a todo el país. Los barrios que habitan, así como su modo de vida, son muy a propósito para engendrar y propagar en Nueva York enfermedades contagiosas. No se trata aquí de una eventualidad remota, sino de una cuestión de la mayor importancia, que exige una consideración inmediata. El remedio solo puede consistir en prohibir absolutamente la fabricación de productos para el mercado en estos focos de peste.»

Esto dice un informe oficial.

Esta descripción de las condiciones obreras en una sola rama de la industria, tomada de una fuente insospechable de parcialidad, nos permite sacar conclusiones sobre la situación en las demás industrias.

¿Cuáles son ahora las fuerzas que han declarado la guerra a semejantes condiciones, es decir, cuáles son las organizaciones obreras de los Estados Unidos?

Que yo sepa, la organización más importante, y la que más esperanzas da para el futuro, es la «Federación Americana del Trabajo» —Federation of Labor—, formada por sindicatos cuyo espíritu y tendencia recuerdan a las antiguas trade unions inglesas. En cuanto al movimiento obrero, lucha todavía en el terreno del sistema del salario, es decir, pide la reducción de la jornada y el aumento del salario. Esta federación ha tomado la iniciativa de un movimiento que ha vuelto a empezar recientemente en favor de la jornada normal de ocho horas. Para mí no cabe duda de que dirigentes muy inteligentes de esta organización han comprendido ya la insuficiencia de los fines que acabamos de nombrar. Pero creen que es prematuro ir más lejos en dirección al socialismo. Desde abajo se ejercerá una presión en ese sentido y, una vez apartados los elementos contrarios, la «Federación Americana del Trabajo» proclamará en poco tiempo la lucha de clases junto con el proletariado consciente del Viejo Mundo.

La segunda gran organización es la «Orden de los Caballeros del Trabajo» —Knights of Labor. Este grupo obrero, fundado por hombres muy bienintencionados y relativamente capaces, no ha justificado las esperanzas que la orden había despertado al principio en un gran número de obreros, e incluso de socialistas. Desde el año pasado la organización de los «Caballeros del Trabajo» decae a ojos vistas: el número de sus antiguos adeptos se ha reducido a la mitad. Este retroceso se explica principalmente por la incapacidad y la falta de honradez de los dirigentes. Mr. Powderly,146 el «gran maestre», recibe de los bolsillos de los miembros de la orden 5000 dólares al año —unos 25.000 francos— como sueldo fijo; además, la orden cubre los «gastos extraordinarios», verdaderamente colosales, del jefe, que está rodeado de toda una jerarquía de funcionarios que le asisten. Mr. Powderly ha hecho una evolución al revés: al principio se declaraba miembro del Partido Obrero Socialista. Un hombre así no ofrece ninguna garantía para el futuro; hay que apartar por completo a tales elementos, y obreros como los socialistas alemanes de América consideran en todas partes tarea suya depurar el movimiento proletario de todos los elementos dudosos y deshonestos, emprender la educación de las masas y difundir un conocimiento mejor de los fines últimos del movimiento obrero. No es una tarea fácil. Nos impone grandes sacrificios de tiempo y de dinero. Ante las huelgas y los lockouts —cierres patronales—, los obreros alemanes y sus organizaciones están siempre dispuestos a ayudar. En esas ocasiones los irlandeses y los americanos buscan con gusto a los camaradas alemanes, por los que de ordinario muestran a menudo una especie de desdén. Esto no nos impide, sin embargo, cumplir con nuestro deber. Aunque la lentitud del progreso ha vuelto pesimistas a algunos de nosotros, siempre salen nuevos combatientes a la palestra.

Dado el poco tiempo de que dispongo, no diré nada de la actividad de los alemanes en las organizaciones puramente socialistas, es decir, en el Partido Obrero Socialista. Estamos en nuestro puesto dondequiera que se trate de abrir una brecha en la fortaleza enemiga, y no soltaremos las armas hasta que el adversario yazga impotente en el suelo. (Aplausos.)

El ciudadano Ferroul, diputado francés, hace una breve exposición del parlamentarismo reinante, que, según él, desemboca inevitablemente en un engaño de las masas. Antes de las elecciones, los señores candidatos se dan aires de socialistas y aseguran que están llenos de solicitud por los obreros. Pero, una vez elegidos, poco se preocupan de los intereses de los proletarios. Solo hacia el final de una legislatura, poco antes de presentarse de nuevo ante sus electores, hacen aprobar a toda prisa leyes de apariencia socialista, seguros de que el Senado las rechazará. Así ocurrió, por ejemplo, con la ley sobre los accidentes, con la de los inspectores de minas, etc.

Los exdiputados que quieren volver a ser diputados se sirven de estas leyes para engatusar a las masas electoras con frases engañosas sobre su supuesto amor a los obreros; en una palabra, no retroceden ante las maniobras electorales más burdas. Una de esas maniobras electorales es, por ejemplo, la revisión de la Constitución.

Mientras sea una revisión burguesa, oportunista o radical, el cambio que haya de traer será solo aparente. Los diputados atienden de maravilla los negocios de la burguesía, porque son los representantes de esta y no los del pueblo. Pero entre los intereses del pueblo y los de la burguesía hay un antagonismo irreconciliable.

Los mismos hombres que atienden los negocios de esta nunca podrán servir a la masa del pueblo. Si los obreros quieren que sus intereses estén representados eficazmente, tienen que tomarlos ellos mismos en sus manos. No triunfarán si confían en otros, sino solo si cuentan con su propia fuerza. (Vivos y repetidos bravos.)


El ciudadano Christensen toma la palabra para informar sobre el movimiento obrero en Dinamarca. El movimiento danés es todavía joven, porque la burguesía no empezó a dominar hasta después de 1849, año en que se obtuvo una constitución libre, semejante a la francesa de 1789.

La revolución de París de 1871 dio un impulso enorme al movimiento obrero de Dinamarca. Muchos obreros pertenecieron a la Internacional hasta que el Estado dictó una ley contra esta asociación.

El 5 de mayo de 1871,147 un llamamiento a los obreros de Copenhague los convocó a una gran reunión en el Campo Norte, cerca de la ciudad. La policía prohibió la reunión, y sus promotores, Louis Pio, Brix y Gelef,148 fueron detenidos y condenados a varios años de trabajos forzados. La brutalidad de las autoridades empujó a los obreros a organizarse con más fuerza, y Pio, al salir de la cárcel, fue nombrado redactor jefe del órgano oficial del partido obrero danés, el «Socialdemokrat», que tenía entonces una tirada de 10.000 ejemplares. En 1876 Pio se presentó como candidato obrero a la Cámara de Diputados, pero, como la reacción era todavía muy fuerte, solo obtuvo 1100 votos frente a los 3000 de su adversario. En 1877 Pio y Gelef emigraron a América, y se sospechó que la policía les había pagado para facilitarle la destrucción de las organizaciones obreras. Pero no se consiguió ese fin; al contrario, las organizaciones se afianzaban cada día. Harald Brix se quedó en Dinamarca hasta su muerte y luchó con energía por la causa obrera. Fundó un partido (los llamados «haraldianos») y un periódico de tendencia más revolucionaria, pero este partido desapareció con la muerte de su fundador. Aunque hubo entonces muchas disputas por cuestiones personales, tras la muerte de Brix el partido moderado y el revolucionario se fundieron.

Hasta ese momento el Partido Obrero Socialista de Dinamarca se componía de los sindicatos y de las sociedades de oficio; su programa era a la vez político y económico. En 1878 se fundó la Unión Socialdemócrata, cuyo fin era la discusión de las cuestiones políticas y sociales. Tras el congreso de Copenhague de 1880 se acordó que las dos organizaciones —es decir, los sindicatos y sociedades de oficio por un lado y la Unión Socialdemócrata por otro— avanzaran juntas por el camino de las reivindicaciones políticas y sociales. De 1880 hasta hoy el movimiento obrero ha dado grandes pasos. El periódico del partido, el «Socialdemokrat», ha llegado a los 22.000 suscriptores bajo la dirección del ciudadano Wiinblad.149

El partido está convencido de que las organizaciones sindicales son una ayuda poderosa en la lucha contra el capital.

En este momento hay 70 sindicatos y sociedades de oficio unidos, que cuentan en total 20.000 miembros. Los distintos partidos obreros toman parte muy activa en las elecciones. En la campaña electoral de 1884 los socialistas se aliaron con los liberales para derribar al ministerio Estrup.150 El resultado fue la elección de dos candidatos socialistas: Holm y Hördum.151 Pero esta victoria no ha cambiado la desdichada situación de los obreros.

El gobierno se burla de los proyectos de ley presentados por los diputados obreros, y el ministerio les ha respondido con disposiciones provisionales. En adelante es imposible obtener reformas que ayuden a tiempo a los obreros en la obra de su emancipación.

En las elecciones de 1887 el ciudadano Hördum no fue reelegido, y el ciudadano Holm solo ganó por una pequeña mayoría. Este escaso éxito se debe a una ley electoral que permite a los burgueses controlar el voto de los obreros y que dispone que todo elector que haya recibido socorros de la beneficencia pública pierda el derecho de voto. El ciudadano danés no tiene derecho a votar hasta los 30 años. Los candidatos socialistas obtuvieron en Copenhague la importante cifra de 8000 votos.

En este momento las sociedades de oficio y los sindicatos están metidos en una lucha encarnizada contra el capitalismo. Los maestros carpinteros y los fabricantes de muebles han echado a la calle a más de 3000 obreros porque estos no quisieron someterse a la tiranía capitalista. Los capitalistas daneses emplean todos los medios para aniquilar las organizaciones obreras, y el ministro Estrup ha despojado por completo al pueblo de sus derechos políticos; durante 10 años ha gobernado el país con leyes provisionales. El movimiento danés recibió el impulso de los franceses; en su desarrollo sigue la pauta de los socialistas alemanes.

Los socialistas daneses tuvieron gran confianza en el partido liberal burgués, pero, como siempre han sido engañados, su ilusión empieza a desvanecerse y ahora tratan de constituirse como un puro partido de clase.

La organización de los obreros está en buen estado en toda Dinamarca, sobre todo en Jutlandia, donde se han fundado periódicos socialistas en 4 ciudades grandes, y hay grupos socialistas en casi todas las ciudades pequeñas.

A comienzos de este año se fundó en Copenhague un periódico socialista radical que se propone difundir las teorías socialistas, dar al movimiento obrero un carácter estrictamente socialista y hacer del proletariado danés un partido de clase.

El gobierno danés, con el «pequeño Bismarck», Estrup, a la cabeza, ha intentado engañar a los obreros con medidas legislativas, pero los obreros, a los que el capitalismo tiene casi estrangulados, ya no confían en su eficacia. Saben muy bien que no se trata de una legislación que beneficie al obrero, sino solo de un cambio de decorado del mismo sistema.

Para terminar, el ciudadano Christensen asegura que no son partidarios del partido obrero quienes tienen ideas poco claras y ponen sus esperanzas en paliativos. «Pero en el movimiento obrero de Dinamarca hay distintas opiniones sobre la táctica que se debe seguir, como ocurre también en otros países.» (¡Bravo!)


Con el informe del delegado danés termina la serie de los informes generales, y el congreso pasa a recibir los informes especiales.

El ciudadano Diekmann, delegado de los mineros de Westfalia, es recibido con vivos aplausos y expone la situación de sus compañeros de trabajo.

Dado el tiempo tan escaso que el congreso puede conceder a cada orador, no le es posible contar aquí el origen y el desarrollo de la huelga de los mineros de Renania y Westfalia.152 En contra de lo que dicen los informes de la policía, no fue la socialdemocracia la que provocó esta huelga; fue la miseria más honda la que empujó a los mineros a dejar el trabajo. Al final, con todo, los mineros cobraron plena consciencia de su situación; comprendieron que no pueden contar con nadie más que consigo mismos, y por eso la inmensa mayoría estaba en contra de que los señores Bunte, Schröder y Siegel fueran como delegación ante el emperador. Los ultramontanos habían convencido a los mineros de que se dirigieran directamente al emperador, aunque todas las asambleas de los huelguistas se habían declarado contra semejante delegación, porque la gente se decía: «Solo tenemos que vérnoslas con nuestros patronos, los barones del carbón; el emperador no puede hacer nada aquí». Sin embargo, los tres mencionados se dejaron influir por el redactor jefe del periódico ultramontano y por la dirección de la mina «Karlsglück» de Dorstfeld y, sin haber sido elegidos por los huelguistas, viajaron a Berlín. Esta supuesta delegación de los mineros hizo fracasar la huelga. Mientras los tres «delegados» estaban en Berlín, los periódicos publicaron noticias falsas y contradictorias que sembraron una verdadera confusión entre los huelguistas, de modo que estos ya no sabían a quién atenerse. La huelga ha fracasado, pero los mineros ya no son los de antes. El número de descontentos ha crecido considerablemente y se han vuelto cada vez más hacia el socialismo, al que hasta entonces los mineros eran contrarios, porque, a remolque de los capellanes, se mantenían apartados del movimiento obrero por miedo a la ley antisocialista. Ahora que han probado todos los rigores de esa ley, por la sola razón de ser obreros, los mineros se han sumado al movimiento obrero consciente. Comprenden sobre todo la necesidad de organizarse sólidamente en sindicatos y de sustraerse a toda influencia del clero. La nueva organización, cuyos estatutos ya están redactados, llevará el nombre de «Asociación para la defensa y promoción de los intereses de los mineros de Renania-Westfalia». Una vez que estos mineros vean claro cuáles son sus verdaderos intereses, se sustraerán al funesto poder de los curas y al poder del capital que los oprimen. El clero y la policía compiten en poner trabas a esta organización de los mineros. Se les hace casi imposible convocar reuniones: la policía las prohíbe de antemano en virtud de la ley antisocialista. Además, los mineros no tienen las lecturas tan necesarias para instruirse, porque solo disponen de periódicos nacional-liberales y ultramontanos. Todos los periódicos socialistas y obreros les están prohibidos, y solo con el mayor peligro y esfuerzo se pueden difundir entre ellos. Para cambiar en lo posible este estado de cosas se ha fundado un periódico obrero, la «Westphälische Arbeiterzeitung», que se publica en Dortmund y tiene ya 4000 suscriptores. Se esfuerza por difundir la ilustración, y con buen resultado. Los mineros de Westfalia y de la provincia del Rin se organizan cada vez con más disciplina para librar la lucha contra el clero y el capital. Se han sumado por fin al proletariado consciente que lucha por su emancipación, y no desfallecerán ni un instante en el cumplimiento de la difícil tarea que se han propuesto. (Vivos aplausos.)

El ciudadano Lecomte, representante de los obreros de las fábricas de vidrio franceses, entrega su informe por escrito y renuncia a la palabra en favor del ciudadano Horn, delegado de los vidrieros alemanes. Lecomte se declara completamente de acuerdo con el informe de su compañero, pues por una conversación con él ha visto que la situación de los vidrieros en Alemania es exactamente la misma que en Francia. En consecuencia, aprueba también las reivindicaciones que formulará el ciudadano Horn.

El ciudadano Horn expone así la situación de los vidrieros alemanes:

Hay en Alemania unos 350 establecimientos de la industria del vidrio, con unos 50.000 obreros. La falta de toda organización tiene por consecuencia una situación económica sumamente lamentable para este ejército de trabajadores. Si los obreros de este ramo están representados, a pesar de todo, en el congreso internacional de París, es precisamente porque están hartos de la situación en que se los ha puesto y empiezan a sumarse al movimiento por la organización del proletariado. Los esfuerzos de organización de los vidrieros son todavía recientes, y el número de obreros aquí representados no pasa de unos miles; pero el hecho de que hayan insistido en tener un delegado en este congreso es de por sí importante y significativo.

La industria del vidrio es una de las más penosas y mortíferas que cabe imaginar. Los obreros más amenazados son los azogadores de espejos, cuya situación ha descrito admirablemente el doctor Bruno Schönlank153 en su folleto «Las fábricas de azogado de espejos de Baviera y sus obreros». También Bebel ha hablado desde la tribuna del Reichstag de los peligros a que están expuestos los obreros de esta rama de la industria, y, evidentemente a consecuencia de la presión ejercida así sobre la opinión pública, el gobierno bávaro ha tomado medidas legales para proteger a estos obreros.

Según el grado de peligro que entraña su trabajo, vienen luego los talladores y pulidores de vidrio, los obreros de los talleres de esmerilado y, por último, los sopladores de vidrio propiamente dichos, que trabajan junto a los hornos de fusión.

Según los datos cuidadosamente comprobados que han reunido los obreros de 32 fábricas de vidrio, estos establecimientos emplean a 3500 obreros. Los menores de ambos sexos son entre ellos 490; las mujeres en general, 260, de ellas 60 menores de 16 años. El número de obreros jóvenes menores de 16 años es de 230.

La jornada de trabajo en estos establecimientos es
en el ramo del azogado de espejosde 10 a 12 horas
en el ramo del alumbradode 12 a 14
en la fabricación de vidrio huecode 10 a 12
en los establecimientos de talladores y esmeriladores de vidriode 12 a 14
en la industria de perlas y bisutería (industria del juguete)de 16 a 18

Estas horas incluyen las pausas del desayuno y de la comida, pero esas pausas casi nunca se respetan estrictamente. Con pocas excepciones no hay descanso dominical: el trabajo del domingo dura 10 horas. Los vidrieros, incluidos los menores, trabajan por tanto de 70 a 100 horas semanales.

La estadística de los salarios da el siguiente cuadro.

El salario semanal medio es:
para el obrero adulto (maestro)15–25 marcos
para el peón o jornalero9–15
para la obrera adulta6–8
para un obrero joven menor de 16 años (acarreador)5–8

Estos salarios se recortan además a menudo considerablemente con multas, y los descuentos de toda clase están a la orden del día. ¡Las multas van de 1 a 10 marcos! Y solo en casos raros y excepcionales el salario de un obrero pasa de la tarifa que acabamos de presentar, y esas excepciones no influyen en el bienestar económico de la gran masa.

Las instalaciones sanitarias de las grandes fábricas de vidrio son o francamente malas o, por lo menos, insuficientes. La ventilación deficiente, las grandes masas de polvo, humo y gases, la humedad de unos talleres y locales de trabajo y la excesiva sequedad de otros, unidas a viviendas insalubres, salarios bajos y jornadas largas, engendran enfermedades malignas como la tisis pulmonar, etc. Estas condiciones mortíferas crean una clase obrera de personas enfermizas, condenadas a una muerte prematura, y amenazan directamente toda la existencia de la industria del vidrio si no se interviene pronto con reformas serias.

Los obreros piden las siguientes reformas:

  1. Una jornada normal de trabajo de 8 horas,

  2. Supresión del trabajo nocturno en los hornos de cubeta,

  3. Prohibición del trabajo dominical,

  4. Prohibición del trabajo de los niños menores de 14 años,

  5. Prohibición del trabajo de las mujeres junto a los hornos de fusión y separación de los dos sexos en los talleres,

  6. Prohibición del azogado de espejos con mercurio en las fábricas de vidrio,

  7. Todos los dispositivos de protección de los obreros que exija y haga necesarios la naturaleza de la industria.

Los delegados de la federación francesa de sociedades de oficio de los vidrieros del departamento del Sena y del departamento de Sena y Oise se declaran solidarios de estas reivindicaciones de los vidrieros alemanes. (Aplausos.)

El presidente comunica que ha recibido dos propuestas: la primera pide el cierre de los informes; la segunda, el cierre tras oír el informe sobre el trabajo de las mujeres y el informe del capitán Dupon sobre el trabajo de los marinos.

El ciudadano Frohme propone, en virtud de un acuerdo anterior, oír también el informe del ciudadano Kloß sobre el trabajo de los carpinteros.

El ciudadano Lentz, delegado de los camareros de café (y de los despachos de refrescos), desea leer su informe. La cámara sindical que le ha dado el mandato concede gran importancia a que se dé a conocer al congreso la triste situación de los miembros de su oficio.

Después de que el ciudadano Kloß, con la aprobación de todos los delegados, declara que renuncia a la palabra en favor del informe de Lentz, el congreso aprueba la segunda propuesta, y el capitán Dupon, presidente de la asociación para la defensa de los intereses de los marinos, describe la situación de sus mandantes.

Es la primera vez, dice, que los marinos están representados en un congreso internacional, y da las gracias al congreso por haber hecho una excepción en su favor y haberle concedido la palabra.

Se conoce demasiado poco la miserable situación y las insoportables condiciones de servicio de los trabajadores del mar; sus quejas son las más justificadas que cabe imaginar, y este congreso no ha oído hablar de ellas hasta ahora. Los marinos siguen sometidos a la ordenanza del ministro Colbert,154 el ministro de un rey absoluto, Luis XIV, cuyas huellas siguen fielmente los supuestos liberales de la burguesía capitalista de 1889.

El marino está enteramente en manos de explotadores que se han apoderado de la navegación; se le cuenta entre los gastos generales de la explotación, exactamente igual que el carbón, el aparejo, el velamen, la pintura, etc., con la única diferencia de que los gastos de las necesidades materiales no admiten rebajas ni recortes, mientras que en el artículo vivo llamado marino se ahorra continuamente, para aumentar los dividendos o los sueldos escandalosamente altos de los peces gordos de la explotación financiera.

En doscientos años la situación social de los marinos no ha mejorado en nada. Hay que reconocer, desde luego, que la revolución de 1848 quiso abolir la pena de azotes y los golpes con el cabo, pero todavía tenemos el castigo de atar con cabos, el de poner los grilletes de anilla simple y doble, el de pasar por la quilla, la privación de comida y bebida, y los empujones, puñetazos y patadas ocasionales, que no son legales, pero sí tolerados. Para herir por fin a este esclavo blanco en lo que más le llega al corazón, se le escatima el bocado de pan a su mujer, a sus hijos, a una madre o a un padre anciano, recortándole el salario que tan duramente ha ganado; ¡y todo ello en nombre de la fraternidad!155

Para poder aplicar de forma duradera este odioso sistema de explotación del hombre para enriquecer a otros hombres, se ha mantenido un abominable sistema de administración y representación (organisation de commissariat gouvernemental), al que el marino tiene que acudir en todos sus asuntos y que está hecho de tal manera que el explotador es juez y parte en una misma persona en cualquier pleito con sus desdichadas víctimas. En una palabra, el pobre diablo no puede buscar justicia en ningún otro sitio que ante los comisarios del gobierno y los gendarmes de marina, es decir, ante las criaturas («cancerberos») del capitalista del que es esclavo.

Desde que los especuladores capitalistas pusieron la mano sobre la navegación, la explotación de las tripulaciones ha cobrado unas proporciones inauditas hasta nuestros días. Los altos empleados tienen una sola tarea que cumplir: exprimir para el capital todo lo que se pueda exprimir a costa del personal navegante, rebajando los salarios y sobre todo reduciendo el propio personal. De esta última medida se ha hecho un uso muy amplio, pues se sabe por experiencia que al marino se le puede arrancar la mayor cantidad de trabajo imaginable, ya que no existe la más mínima obligación de concederle el necesario descanso nocturno ni el reposo de los domingos o días festivos.

Al primero que se queja se le contesta siempre: «¿No estás contento? ¡Vete al diablo! En el muelle hay 50 dispuestos a ocupar tu puesto».

Ciudadanos, os someto las reivindicaciones mínimas, concluye el capitán Dupon, de vuestros hermanos en el trabajo y en la miseria.

Con lo que piden por mi boca, los marinos explotados podrán hacer su existencia menos peligrosa y contribuir también poco a poco a la emancipación completa de los trabajadores.

Entre vivos aplausos, el ciudadano Dupon lee las reivindicaciones de los marinos de los buques mercantes del puerto de Burdeos, que piden:

  1. Regulación de las horas de servicio del modo siguiente:
    12 horas en cubierta,
    8 horas ante el fuego de las máquinas cada 24 horas, con un día entero de descanso a la semana,

  2. Fijación de un salario mínimo de 3 francos diarios en cubierta y 4 francos diarios ante el fuego, así como modificación de la tarifa de víveres en un sentido más liberal y humano que el que se ha manifestado en la tarifa vigente hasta ahora,

  3. Prohibición de todo castigo corporal y supresión de toda retención de salarios devengados,

  4. Formación de las tripulaciones según el tamaño de los buques y la potencia de las máquinas; obligación de embarcar un grumete de 14 años como mínimo por cada buque y por cada 10 hombres de la tripulación,

  5. Derecho de los marinos a apelar a tribunales de árbitros profesionales de la navegación, que deben crearse inmediatamente; derecho de voto en cualquier puerto en que se encuentren en el momento de unas elecciones.

A petición del congreso, el capitán Dupon lee además otros documentos sobre la situación y los deseos de los marinos. Son estos:

  1. El informe del carpintero de navío Caudéran, al que la administración del puerto de Burdeos hizo encarcelar porque se negó a embarcarse en un buque que hacía agua.

  2. Las reivindicaciones de la Federación de Cámaras Sindicales de las Bocas del Ródano relativas a la marina, que son:

a) Rendición de cuentas de la caja de inválidos,156

b) Pensión proporcional sin límite de edad,

c) Fijación de la pensión en 400 francos anuales como mínimo,

d) Derogación de la ley de 1852;157 en lugar de los tribunales competentes para la marina mercante, un tribunal de peritos (tribunal de árbitros profesionales) de carácter civil y compuesto enteramente por gente del oficio, del modo siguiente:

· 1 capitán de altura, presidente,
· 1 maquinista (jefe de máquinas), vocal,
· 1 capitán de cabotaje, vocal,
· 1 contramaestre (maître d’équipage), vocal,
· 1 fogonero jefe, vocal,
· 1 marinero, vocal,
· 1 fogonero, vocal.
Este tribunal de peritos lo nombrarán todos los inscritos en el servicio marítimo.

  1. Inspección superior del Estado sobre todas las compañías, que explotan a los marinos de todas las maneras posibles, a saber:

  2. Con continuas reducciones de salario,

  3. Con la reducción de la tripulación (los buques son cada vez mayores y más numerosos, y el personal cada vez menos numeroso),

  4. Hay que establecer una regulación de la jornada (horas de servicio),

  5. Asimismo, una vigilancia eficaz de las cantidades insuficientes y de la mala calidad de las provisiones, pues en este terreno cometen abusos los agentes empleados por las compañías, que viven literalmente del robo y trapichean con las raciones de la tripulación en provecho de su propio bolsillo.

  6. Los deseos de los marinos de la marina mercante del puerto de Burdeos son los siguientes:

a. Rendición de cuentas de la caja de inválidos,

b. Pensión proporcional sin límite de edad, sobre la base de un mínimo de 400 francos anuales,

c. Derogación de la ley disciplinaria de 1852, que establece tribunales de excepción para los marinos, y su sustitución por cámaras de peritos de la marina, compuestas del modo siguiente:

· 1 capitán de altura, presidente,
· 1 jefe de máquinas de altura, vocal,
· 1 patrón de cabotaje (maître au cabotage), vocal,
· 1 contramaestre (maître d’équipage), vocal,
· 1 fogonero jefe, vocal,
· 1 marinero, vocal,
· 1 fogonero, vocal,
todos ellos nombrados por elección directa de todos los marinos inscritos.

El ciudadano Tressaud apoya estas reivindicaciones de los marinos, y el congreso acuerda por aclamación que el informe Dupon, junto con los documentos anejos, se publique en forma de folleto y se reparta en todos los puertos de las distintas naciones. (Aplausos.)

El ciudadano Lentz pone en conocimiento del congreso y del mundo entero, en nombre de la cámara sindical (la sociedad de oficio) de los empleados de restaurantes y cafés (camareros), la cantidad de agravios de que su gremio se queja con razón. Al examinar la situación de los camareros hay que admitir que en el propio París la trata de blancos está en plena floración. Los hechos siguientes demostrarán que no es una exageración y que la situación de los camareros puede compararse con la esclavitud de los negros.

El de camarero es el oficio más penoso, agotador y duro. «Hace» sus 18 horas diarias, está expuesto a muchas humillaciones por parte de los diversos temperamentos con que trata a diario, y mucho más todavía a las exigencias desmedidas de sus patronos. No solo no se le paga su esfuerzo, sino que encima está obligado a contribuciones más o menos directas, a ceder una parte de sus ingresos. Nuestros señores patronos, que por lo general han sido a su vez dependientes en una época en que la generosidad del público era mayor, creen que esa excepción a la regla, las propinas abundantes, proporcionan a los camareros sumas muy considerables.

Pero hoy hace ya mucho que la generosidad del público ha disminuido notablemente, y es cada día más rara; de ahí las quejas sobre una situación que en una palabra puede calificarse de insoportable. Si todo se limitara a la falta de generosidad de los clientes, no sería una gran desgracia; al fin y al cabo, una de las reivindicaciones de nuestro gremio es ¡la abolición de la propina!

Con el pretexto de la vajilla rota y de ayudantes de cualquier clase, es decir, de gastos que sin duda corresponderían al patrono, puesto que es él quien saca provecho de ellos, a cada camarero se le descuentan de entrada de 2 a 6 francos de su recaudación diaria.

Lo poco que ganan los camareros se lo recortan además las agencias de colocación. A menudo pagan de 120 a 150 francos por una colocación, y luego esta es muchas veces tan mala que tienen que dejarla, si no los despiden enseguida. ¡A menudo el patrono es incluso cómplice del dueño de la agencia y se las arregla para que su personal tenga que pasar por ella lo más a menudo posible!

Todas las peticiones dirigidas por los afectados a las autoridades competentes para que se supriman las agencias de colocación han quedado hasta ahora sin efecto. Cabe comprobar con cierta satisfacción que esta especulación solo existe en Francia y en Bélgica;158 y a ello se añade que en este último país no explotan las agencias los naturales del país, sino más bien franceses que en su mayoría han perdido en Francia los derechos civiles.

La lamentable situación de los camareros explica de sobra la agitación del año pasado para suprimir las agencias de colocación y establecer la bolsa de trabajo de las cámaras sindicales, sociedades de oficio y sindicatos. Desde 1886 existe una cámara sindical de los empleados de restaurantes y cafés que agrupa a unos 4500 de los 80.000 camareros empleados en París. Pide una jornada normal de trabajo, aumento de salario y supresión de las agencias de colocación.

Espera que los delegados aquí presentes contribuyan a la emancipación de este oficio olvidado durante tanto tiempo.

La reivindicación de un salario fijo por las horas de trabajo realizadas no es, en verdad, injusta, y la supresión de las agencias de colocación se impone por sí misma, ya que es el único medio de asegurar el futuro de los oficios que trabajan en el ramo de la alimentación en general.

El ciudadano Lentz lee además un informe que los gremios del ramo de la alimentación han presentado a la Cámara de Diputados en respuesta a la propuesta de la comisión de la Cámara de rechazar la supresión de las agencias de colocación. El informe expone que la supresión de dichas instituciones no es, como se afirma, un atentado contra la libertad del contrato de trabajo, y que en modo alguno exige indemnizar a los actuales dueños de las agencias por un derecho adquirido mediante un abuso; y, tras un cuadro adjunto de la situación de los camareros, llega a las mismas conclusiones que acaba de exponer el ciudadano Lentz. (Aplausos.)


La ciudadana Zetkin, delegada de las obreras de Berlín, toma la palabra entre vivos aplausos sobre la cuestión del trabajo de las mujeres. Declara que no quiere presentar un informe sobre la situación de las obreras, porque es la misma que la de los obreros varones. Pero, de acuerdo con sus mandantes, examinará la cuestión del trabajo femenino desde el punto de vista de los principios. Como sobre esta cuestión no hay claridad, es absolutamente necesario que un congreso obrero internacional se pronuncie lisa y llanamente sobre el asunto, tratando la cuestión de principio.

No es de extrañar, dice la oradora, que los elementos reaccionarios tengan una concepción reaccionaria del trabajo de las mujeres. Lo que sorprende en grado sumo es que también en el campo socialista se encuentre una concepción errónea, cuando se pide la abolición del trabajo de las mujeres. La cuestión de la emancipación de la mujer, es decir, en última instancia, la cuestión del trabajo femenino, es una cuestión económica, y con razón se espera de los socialistas una comprensión de las cuestiones económicas más alta que la que se manifiesta en las reivindicaciones que acabamos de citar.

Los socialistas tienen que saber que, en el desarrollo económico actual, el trabajo de las mujeres es una necesidad; que la tendencia natural del trabajo femenino es o bien que disminuya el tiempo de trabajo que cada individuo debe dedicar a la sociedad, o bien que crezcan las riquezas de la sociedad; que no es el trabajo de las mujeres en sí lo que, compitiendo con la fuerza de trabajo masculina, hace bajar los salarios, sino la explotación del trabajo femenino por el capitalista que se lo apropia.

Los socialistas tienen que saber, sobre todo, que en la dependencia o independencia económica descansa la esclavitud o la libertad social. Quienes han escrito en su bandera la liberación de todo «lo que tiene rostro humano» no pueden condenar a toda una mitad del género humano a la esclavitud política y social por medio de la dependencia económica. Así como el obrero está sojuzgado por el capitalista, la mujer lo está por el hombre; y seguirá sojuzgada mientras no sea económicamente independiente. La condición indispensable de esa independencia económica es el trabajo. Si se quiere hacer de las mujeres seres humanos libres, miembros de la sociedad con los mismos derechos que los hombres, no hay que abolir ni limitar el trabajo de las mujeres, salvo en ciertos casos excepcionales, muy aislados.

Las obreras que aspiran a la igualdad social no esperan nada para su emancipación del movimiento femenino de la burguesía, que dice luchar por los derechos de la mujer. Ese edificio está construido sobre arena y no tiene ninguna base real. Las obreras están plenamente convencidas de que la cuestión de la emancipación de la mujer no es una cuestión aislada, que exista por sí sola, sino parte de la gran cuestión social. Se dan perfecta cuenta de que esta cuestión no se resolverá jamás en la sociedad actual, sino solo después de una transformación radical de la sociedad.

La cuestión de la emancipación de la mujer es hija de los tiempos modernos, y la ha engendrado la máquina. En el Renacimiento la mujer estaba intelectual y socialmente a la par del hombre, pero a nadie se le ocurrió plantear la cuestión de su emancipación, y la emancipación de la mujer significa el cambio completo y de raíz de su posición social, una revolución de su papel en la vida económica. La antigua forma de producción, con sus medios de trabajo imperfectos, ataba a la mujer a la familia y limitaba su campo de acción al interior de su casa. En el seno de la familia la mujer era una fuerza de trabajo extraordinariamente productiva. Producía casi todos los objetos de uso de la familia. Con el estado de la producción y del comercio de antaño habría sido muy difícil, si no imposible, producir esos artículos fuera de la familia. Mientras rigieron esas relaciones de producción más antiguas, la mujer fue económicamente productiva. Con la transformación de las relaciones de producción, que ya no le permitían a la mujer ninguna actividad productiva, la mujer se volvió consumidora. Este cambio contribuyó mucho a la disminución de los matrimonios.

La producción mecánica ha matado la actividad económica de la mujer en la familia. La gran industria produce todos los artículos más baratos, más deprisa y en mayor cantidad de lo que era posible en la industria individual, que solo trabajaba con las herramientas imperfectas de una producción enana. La mujer tenía que pagar a menudo la materia prima, que compraba al por menor, más cara que el producto acabado de la gran industria mecánica. Además del precio de compra (de la materia prima), tenía que poner su tiempo y su trabajo. En consecuencia, la actividad productiva dentro de la familia se convirtió en un absurdo económico, en un despilfarro de fuerza y de tiempo. Aunque a algunos individuos pueda serles útil la mujer que produce en el seno de la familia, esta clase de actividad significa, con todo, una pérdida para la sociedad.

Por eso ha desaparecido casi por completo la buena ama de casa de los buenos tiempos de antaño. La gran industria ha hecho inútil la producción de mercancías en la casa y para la familia; le ha quitado el suelo a la actividad doméstica de la mujer. Al mismo tiempo, ha creado también el suelo para la actividad de la mujer en la sociedad. La producción mecánica, que puede prescindir de la fuerza muscular y del trabajo cualificado, hizo posible emplear a mujeres en un amplio campo de trabajo. La mujer entró en la industria con el deseo de aumentar los ingresos de la familia. El trabajo femenino en la industria se convirtió en una necesidad a medida que se desarrollaba la industria moderna. Y con cada perfeccionamiento de los tiempos modernos el trabajo del hombre se volvía superfluo; así, miles de obreros fueron arrojados a la calle, se creó un ejército de reserva de pobres y los salarios no dejaron de bajar cada vez más.

Antes, la ganancia del hombre, unida a la actividad productiva de la mujer en casa, bastaba para asegurar la existencia de la familia; hoy apenas alcanza para mantener al obrero soltero. El obrero casado tiene que contar necesariamente con el trabajo remunerado de su mujer.

Por este hecho la mujer quedó liberada de la dependencia económica respecto del hombre. La mujer que trabaja en la industria, que no puede estar ya exclusivamente en la familia como un mero apéndice económico del hombre, aprendió a bastarse a sí misma como fuerza económica independiente del hombre. Pero si la mujer ya no depende económicamente del hombre, no hay ninguna razón sensata para su dependencia social respecto de él. Sin embargo, esta independencia económica no beneficia por ahora a la propia mujer, sino al capitalista. En virtud de su monopolio de los medios de producción, el capitalista se apoderó del nuevo factor económico y lo puso a trabajar en su exclusivo provecho. La mujer, liberada de su dependencia económica respecto del hombre, quedó sometida al dominio económico del capitalista; de esclava del hombre pasó a serlo del patrono: no había hecho más que cambiar de amo. Con todo, salió ganando con el cambio: ya no es económicamente inferior al hombre ni está subordinada a él, sino que es su igual. Pero el capitalista no se contenta con explotar a la propia mujer: se sirve además de ella para explotar todavía más a fondo a los obreros varones.

El trabajo de las mujeres fue desde el principio más barato que el de los hombres. El salario del hombre se calculaba en su origen para cubrir el sustento de toda una familia; el salario de la mujer representó desde el principio solo el coste del sustento de una sola persona, y aun este solo en parte, porque se contaba con que la mujer siguiera trabajando también en casa además de su trabajo en la fábrica. Además, los productos que la mujer hacía en casa con instrumentos de trabajo primitivos solo correspondían, comparados con los productos de la gran industria, a una pequeña cantidad de trabajo social medio. Se llegó así a deducir una menor capacidad de trabajo en la mujer, y esta consideración hizo que se le pagara menos por su fuerza de trabajo. A estas razones de la baja remuneración se añadía la circunstancia de que, en conjunto, la mujer tiene menos necesidades que el hombre.

Pero lo que hacía especialmente valiosa para el capitalista la fuerza de trabajo femenina no era solo su bajo precio, sino también la mayor sumisión de la mujer. El capitalista especuló con estos dos factores: pagar a la obrera lo peor posible y rebajar todo lo posible el salario de los hombres con esta competencia. Del mismo modo se sirvió del trabajo infantil para rebajar los salarios de las mujeres, y del trabajo de las máquinas para depreciar la fuerza de trabajo humana en general. El sistema capitalista es la única causa de que el trabajo de las mujeres tenga resultados opuestos precisamente a su tendencia natural; de que lleve a una mayor duración de la jornada de trabajo en lugar de producir un acortamiento sustancial; de que no equivalga a un aumento de las riquezas de la sociedad, es decir, a un mayor bienestar de cada uno de sus miembros, sino solo a un aumento de la ganancia de un puñado de capitalistas y, al mismo tiempo, a un empobrecimiento cada vez mayor de las masas. Las funestas consecuencias del trabajo de las mujeres, que hoy se hacen sentir tan dolorosamente, solo desaparecerán con el sistema de producción capitalista.

El capitalista, para no sucumbir a la competencia, tiene que esforzarse por hacer lo más grande posible la diferencia entre el precio de compra (de producción) y el precio de venta de sus mercancías; procura, pues, producir lo más barato posible y vender lo más caro posible. El capitalista tiene, por consiguiente, todo el interés en prolongar la jornada de trabajo hasta el infinito y en despachar el trabajo con un salario tan ridículamente escaso como sea posible. Esta tendencia está en oposición directa con los intereses de las obreras, lo mismo que con los de los obreros varones. No hay, pues, una verdadera oposición entre los intereses de los obreros y los de las obreras; lo que sí existe es una oposición irreconciliable entre los intereses del capital y los del trabajo.

Hay razones económicas que hablan en contra de pedir la prohibición del trabajo de las mujeres. La situación económica actual es tal que ni el capitalista ni el hombre pueden renunciar al trabajo de las mujeres. El capitalista tiene que mantenerlo para seguir siendo competitivo, y el hombre tiene que contar con él si quiere fundar una familia. Aun suponiendo que se suprimiera el trabajo de las mujeres por vía legislativa, no por ello mejorarían los salarios de los hombres. El capitalista cubriría muy pronto la falta de fuerza de trabajo femenina barata empleando en mayor medida máquinas más perfeccionadas, ¡y en poco tiempo todo volvería a estar como antes!

Después de grandes huelgas que terminaron favorablemente para los obreros, se ha visto que los capitalistas, con la ayuda de máquinas más perfeccionadas, han anulado los logros conquistados por los obreros y se han apoderado de la misma posibilidad de explotación que tenían antes.

Si se pide la prohibición o la limitación del trabajo de las mujeres por la competencia que de él nace, entonces es igual de lógico pedir la abolición de las máquinas y el restablecimiento del derecho gremial de la Edad Media, que fijaba el número de obreros que podía emplear cada taller.

Pero, aparte de las razones económicas, son sobre todo razones de principio las que hablan contra una prohibición del trabajo de las mujeres. Precisamente por el lado de principio de la cuestión, las mujeres tienen que procurar protestar con todas sus fuerzas contra cualquier intento de ese tipo; tienen que oponerle la resistencia más viva y a la vez más justificada, porque saben que su igualdad social y política con los hombres depende única y exclusivamente de su independencia económica, que les hace posible su trabajo fuera de la familia, en la sociedad.

Desde el punto de vista de los principios, nosotras, las mujeres, protestamos enérgicamente contra una limitación del trabajo femenino. Como no queremos separar en absoluto nuestra causa de la causa obrera en general, no formularemos ninguna reivindicación especial; no pedimos otra protección que la que el trabajo en general reclama frente al capital.

Solo admitimos una excepción en favor de las mujeres embarazadas, cuyo estado exige medidas especiales de protección en interés de la propia mujer y de la descendencia. No reconocemos ninguna cuestión femenina especial; ¡no reconocemos ninguna cuestión de las obreras! No esperamos nuestra plena emancipación ni de la admisión de la mujer a lo que se llama profesiones liberales y de una enseñanza igual a la de los hombres —¡aunque la reivindicación de estos dos derechos es natural y justa!— ni de la concesión de derechos políticos. Los países en los que existe el supuesto sufragio universal, libre e indirecto nos muestran lo escaso que es su valor real. El derecho de voto sin libertad económica no es ni más ni menos que una letra de cambio que «está en papel»159 y no tiene cotización. Si la emancipación social dependiera de los derechos políticos, en los países con sufragio universal no existiría ninguna cuestión social. La emancipación de la mujer, como la de todo el género humano, será exclusivamente obra de la emancipación del trabajo respecto del capital. Solo en la sociedad socialista entrarán las mujeres, como los obreros, en la plena posesión de sus derechos.

En vista de estos hechos, a las mujeres que desean seriamente su liberación no les queda otro camino que sumarse al partido obrero socialista, el único que aspira a la emancipación de los obreros.

Sin la ayuda de los hombres, y a menudo incluso contra su voluntad, las mujeres se han puesto bajo la bandera socialista; hay que reconocer incluso que en ciertos casos han sido empujadas irresistiblemente a ella aun contra su propia intención, por la simple comprensión clara de la situación económica.

Pero ahora están bajo esa bandera, ¡y bajo ella seguirán! Lucharán bajo ella por su «emancipación», por su reconocimiento como seres humanos con iguales derechos.

Marchando de la mano del partido obrero socialista, están dispuestas a compartir todas las fatigas y sacrificios de la lucha, pero también están firmemente decididas a exigir con pleno derecho, después de la victoria, todos los derechos que les corresponden. En los sacrificios y deberes, igual que en los derechos, no quieren ser ni más ni menos que compañeras de armas admitidas en las filas de los combatientes en igualdad de condiciones.

Vivos aplausos, que se repiten después de que la ciudadana Aveling traduce esta exposición al inglés y al francés.

Terminada la serie de informes especiales que el congreso había decidido escuchar, se entabla un debate sobre si se ha de conceder a los anarquistas, o al menos a uno de ellos, la palabra por más de 15 minutos (propuesta Lafargue), para que no puedan quejarse de que se ha mostrado intolerancia ante la exposición de sus teorías.

Muchos delegados advierten que las teorías anarquistas ya se conocen de sobra, y que el congreso daría prueba de una tolerancia más que suficiente si concediera la palabra por más de 15 minutos a un solo orador anarquista.

El «compagnon» (compañero) Montant expone el origen y el significado de la palabra «anarquía»; se extiende largamente sobre la «libertad absoluta» de los anarquistas, la única capaz de transformar la sociedad para mejor.

Esta exposición solo encuentra aplausos entre algunos delegados franceses e ingleses; la inmensa mayoría manifiesta en voz alta su desaprobación e interrumpe al orador con exclamaciones irónicas.

El ciudadano Franchet, delegado de los ebanistas del Faubourg Saint-Antoine, lamenta que los obreros de París ya no tengan sangre revolucionaria en las venas. ¿Van a dejarse burlar otra vez por un parlamentarismo del todo corrompido y podrido hasta la médula? Les recomienda la abstención electoral y desaconseja reclamar una legislación obrera, que en su opinión es incapaz de remediar su triste situación.

Los delegados belgas proponen levantar la sesión; luego el ciudadano Vaillant propone en nombre del buró que el congreso se declare mañana en sesión permanente hasta terminar por completo sus tareas.

Esta propuesta se aprueba, después de acordarse que en el orden del día de la jornada siguiente solo figuren el debate sobre los distintos puntos que estaban desde el principio en el programa de trabajo del congreso y, sobre todo, la votación de las resoluciones que hayan de adoptarse. A las 3 de la tarde se levanta la sesión.

Décima sesión, sábado 20 de julio, por la mañana

Preside el ciudadano Cunninghame Graham, diputado del Parlamento inglés. Lafargue anuncia la llegada de tres nuevos delegados. Los socialistas alemanes de Buenos Aires han dado mandato al ciudadano Liebknecht para que los represente y envían un informe sobre la situación en la República Argentina.

Se da cuenta de telegramas y cartas de adhesión. Liebknecht comunica al congreso que anoche, en la recepción del Hôtel de Ville, se encontró con cientos de obreros franceses que le aseguraron todos que, en lugar del chovinismo y el odio que se les atribuyen, abrigaban hacia los alemanes los sentimientos más fraternales, y que solo deseaban demostrarlos. Esta noticia fue acogida con los más calurosos aplausos. Muchos delegados del congreso posibilista han declarado a miembros del buró que, por desgracia, habían ido a parar por equivocación al congreso posibilista, y que lamentaban sinceramente no haberse unido al congreso de los socialistas unidos.

Terminadas estas diversas comunicaciones, el congreso entra en el orden del día.

Cunninghame Graham declara que es casi imposible hablar de revolución social con los obreros ingleses. El exceso de trabajo, la miseria y el alcoholismo los han arruinado por completo. Ya es mucho que muestren interés por las cuestiones prácticas. Si se los quiere ganar para un movimiento, hay que despertar su interés por medio de cuestiones prácticas.

Una de esas cuestiones es la de la jornada normal de trabajo de ocho horas, que puede unir en una acción común a los obreros del mundo entero. La reducción del tiempo de trabajo es de absoluta necesidad para la salud y el desarrollo intelectual del obrero. Una jornada larga condena al obrero a una existencia de bestia de carga. Es el caso, por ejemplo, de los mineros escoceses, que trabajan en los pozos de once horas y media a doce horas y media, y que vuelven del trabajo tan derrengados que apenas se toman tiempo para comer, pues solo los domina el deseo de acostarse. Pero un sueño pesado no les ha devuelto todavía del todo las fuerzas cuando ya tienen que volver a la mina. Con una vida así no hay posibilidad alguna de satisfacer necesidades intelectuales. Es un deber de todos oponerse a semejante estado de cosas mediante una legislación obrera internacional. Si la legislación no interviene, la situación de los obreros empeorará cada vez más. En Australia existe una ley que fija y reduce la jornada de trabajo. Pues bien, los obreros australianos se encuentran en una situación material mejor que sus hermanos europeos; también están bien desarrollados y adelantados intelectualmente, porque tienen tiempo y ocio para ocuparse de diversas cuestiones. Los capitalistas se esfuerzan por mantener la creencia de que una reducción del tiempo de trabajo tiene que traer consigo necesariamente una reducción de los salarios. Esa afirmación es falsa, pues ocurre lo contrario. Cuanto más corta es la jornada, más altos son los salarios. En Massachusetts, por ejemplo, donde rige la jornada normal de ocho horas, los obreros ganan 3 chelines (1 chelín = 1 marco) diarios más que los de los estados vecinos, donde la jornada es más larga. En contraste con esto, hay en Inglaterra un distrito que se distingue por el desarrollo que ha alcanzado en él el capitalismo y por su llamada «civilización». Las mujeres trabajan allí en la fabricación de cadenas de hierro de 14 a 15 horas diarias y no ganan más que de 4½ a 5½ chelines a la semana. Cuanto más largo es el tiempo de trabajo, más bajos son los salarios. La tasa de los salarios sube con la reducción de las horas de trabajo.

La cuestión de la fijación del tiempo de trabajo tiene una importancia extraordinaria para el desarrollo de los obreros. Por eso el orador invita a todos los delegados a dejar a un lado por el momento todos los celos personales, así como todas las digresiones de principio, para luchar juntos por la reducción de la jornada de trabajo. La jornada normal de ocho horas es un primer paso hacia la emancipación del trabajo respecto del capital. (Aplausos.)

El ciudadano Guesde recuerda al congreso que todavía tiene tres cuestiones en el orden del día. Recomienda, por tanto, que todas las propuestas se hagan llegar por escrito al buró, que deberá reunirlas en resoluciones generales sobre las que el congreso decidirá en la sesión de la tarde. Vaillant propone que hasta la una de la tarde hablen todos los oradores inscritos en la lista y que en la sesión de la tarde se pase a la votación.

El ciudadano Molkenbuhr160 pide que se deje a un lado la lista de oradores para pasar inmediatamente a la discusión de las resoluciones del congreso. Un orador debería hablar a favor y otro en contra de las resoluciones, y se debería tener en cuenta en lo posible la antigua lista de oradores.

Se pide el cierre del debate sobre las propuestas, y el congreso lo acuerda. El ciudadano Kloß,161 delegado de los carpinteros alemanes, expone que en ciertos sectores se opina que es incompatible con los principios socialistas reclamar una legislación sobre el trabajo. Esa opinión le parece equivocada. Los socialistas, los obreros conscientes, tienen el deber de allanar el camino para que la gran masa no sucumba en su marcha hacia la tierra prometida del socialismo, para que el capitalismo no deje degenerar a la masa hasta el punto de que se vuelva intelectual y físicamente incapaz de levantarse. La clase obrera de Alemania se ve tanto más obligada a hacerse paladín de tales reivindicaciones prácticas cuanto que la situación actual estorba mucho la acción política. Por la misma razón no se debe perder de vista la cuestión de la organización sindical. Igual que la cuestión de la legislación protectora del trabajo, es apropiada para ganar y educar a las masas.

El orador no desconoce que muchos socialistas son contrarios a las sociedades de oficio o cámaras sindicales, porque no ofrecen para la educación intelectual de los obreros todo lo que los socialistas querrían ver ofrecido. Pero justamente es tarea de los socialistas elevar esas sociedades de oficio a un grado superior de educación y de desarrollo. Tienen que formar, por así decirlo, una especie de levadura en el seno de las sociedades de oficio, tienen que despertar la consciencia de clase, en una palabra, capacitar a sus miembros para comprender su situación presente y cumplir su misión histórica. La resolución francesa todavía no se ha leído en alemán, y el orador solo conoce la resolución Bebel. Por las razones que acaba de exponer, invita a todos los delegados alemanes a votar por unanimidad la resolución Bebel y, ante todo, la reivindicación de la jornada normal de ocho horas.

Bebel declara que el buró ha refundido la resolución presentada por él con las de Guesde y Morris, y que esa resolución común se presentará al congreso en la sesión de la tarde.

El ciudadano Lefebvre, representante de los tejedores de Amiens, subraya la necesidad de la organización sindical.

Los tejedores de Amiens trabajan de 12 a 13 horas diarias.

Los fabricantes emplean cada vez más mujeres, cuyo trabajo obtienen a más bajo precio y que con su competencia hacen bajar los salarios de los hombres. Hasta fecha muy reciente no existía organización alguna de los tejedores. Pero el año pasado una huelga de los tejedores de terciopelo por el aumento de los salarios dio lugar a la formación de una cámara sindical, que hoy cuenta de 350 a 400 miembros. Esta cámara sindical marcha de la mano con los socialistas de Amiens, y su influencia empieza a hacerse sentir no solo entre los tejedores, sino también entre los obreros de otros oficios. Así, los zapateros han seguido el ejemplo y se han constituido igualmente en cámara sindical.

El compañero Lucian Weil no puede estar de acuerdo con la exposición de Cunninghame Graham. Este subraya la necesidad de ciertas mejoras para poder llevar a cabo la obra de agitación y de organización entre la masa de los obreros ingleses. El compañero Weil es de la opinión contraria.

Si la masa obrera de Inglaterra está todavía atrasada y no ha llegado a la consciencia de clase, la razón está en que a los proletarios se los ha engañado demasiado tiempo con promesas de reformas ilusorias. Para llevar a cabo la educación de la masa hay que lanzar entre ella la idea de la revuelta. Tales reivindicaciones y tales promesas de mejoras no hacen más que engañar a los obreros y embrutecerlos.

Si él (el orador) se ha hecho anarquista, ha sido justamente porque los jefes del marxismo francés han desvelado con claridad el mecanismo económico y han mostrado claramente que la ley de bronce del salario ha condenado al fracaso todos los esfuerzos por mejorar ese mecanismo mediante reformas. Por tanto, no hay que esperar nada de los pequeños remedios. El propio orador desea de todo corazón una mejora de la situación del pueblo trabajador, pero está convencido de que es imposible alcanzarla por la vía de las reformas y de la legislación. El sufragio universal es un cebo para las masas, que solo tienen a su disposición un medio eficaz: el movimiento permanente. Solo la revolución social puede curar todos los males sociales.

(Aplausos de algunos anarquistas franceses y de delegados ingleses.)

La ciudadana Ihrer,162 delegada de las obreras de Gera-Reuss, muestra que la organización de las obreras es condición previa indispensable para mejorar la situación de los obreros y de las obreras. Igual que los hombres se organizan en todas partes para regular las condiciones de trabajo, también las obreras tienen que agruparse en asociaciones de oficio. Mientras a las obreras les falte la organización, seguirán siendo también, en cierto sentido y por la fuerza de los hechos, competidoras del hombre, en lugar de ser solamente sus compañeras en el trabajo y en la lucha.

Si a las organizaciones de los hombres no se suman las de las obreras, será muy difícil, e incluso imposible, que los obreros salgan victoriosos en sus luchas económicas contra el capital.

Única y exclusivamente la organización permitirá a las obreras establecer y aplicar el principio de a igual trabajo, igual salario, único medio de reducir a nada la competencia entre hombres y mujeres. Por desgracia, las mujeres todavía no comprenden lo bastante la necesidad de organizarse y de tomar parte en la vida pública. Prueba de ello es que, pese al número considerable de mujeres empleadas en la industria, solo hay en este congreso muy pocas representantes de obreras. Es, pues, deber de todos los socialistas ayudar a las mujeres en la obra de su organización. La objeción de que las mujeres son todavía demasiado remisas para comprender la importancia de actuar en común no se sostiene. Tampoco los obreros estaban en todas partes a la altura del desarrollo que hoy demuestran; también a ellos les han hecho falta muchos esfuerzos para llegar a la madurez política y a la organización. Las obreras de todas partes muestran las mejores disposiciones para entrar en la corriente del movimiento obrero, pero hay que sembrar el terreno. La oradora ha recibido de todas partes de Alemania cartas de obreras que expresan su alegría por estar representadas en este congreso obrero. Este hecho muestra que las obreras empiezan a comprender su situación. Es deber de los compañeros de todos los países ayudar en los esfuerzos de las mujeres por su independencia, esfuerzos que redundan en beneficio de ambos sexos.

En 1886 la policía alemana sofocó el comienzo de un movimiento entre las obreras; las mujeres que estaban a su cabeza fueron castigadas, y la misma ciudadana Guillaume-Schack163 fue expulsada por su agitación. Pero la intromisión de la policía demostró que las obreras iban por buen camino. Además, desde entonces el movimiento ha resurgido del mejor modo, y las reuniones, a las que acude un público numeroso y entusiasta de obreras, dan muestra de un progreso decidido. Es de esperar también que este congreso tenga por resultado contribuir a la organización de las mujeres proletarias y hacer surgir en todas las ciudades importantes grupos de oficio de obreras. Estas organizaciones, conscientes de sus intereses, marcharán de la mano con el gran movimiento obrero socialista y serán el medio para reconquistar los derechos sociales y civiles que todavía hoy se niegan a las mujeres. Las mujeres de la burguesía mendigan esos derechos en peticiones; las mujeres del proletariado, en cambio, los exigen en virtud del programa socialista.

El próximo congreso traerá la prueba de la obra de organización acabada en la persona de muchas representantes de obreras. Es hora de que los portadores conscientes del movimiento obrero enseñen también a las mujeres obreras las palabras con que Karl Marx llamó a la unión de todos los proletarios. Las palabras «¡Proletarios de todos los países, uníos!» quieren decir también: ¡Mujeres obreras de todos los países, uníos!, y esa debe ser nuestra divisa. (Calurosos aplausos.)

El presidente pregunta a la asamblea si quiere conceder la palabra a John Burns,164 aunque no ha sido delegado a este congreso. Burns ha recibido mandato para asistir al congreso posibilista, pero, como él mismo simpatiza profundamente con este congreso socialista, siente la necesidad de asegurarlo así a la asamblea y de saludar a los representantes del proletariado en su conjunto.

El congreso concede por unanimidad la palabra a John Burns, quien explica que solo por pura casualidad asiste al congreso colectivista. La trade union de la que es miembro recibió primero la invitación de los posibilistas, y la invitación al congreso de los socialistas unidos no llegó hasta después de que se hubiera aceptado formalmente la primera. Lamenta que los esfuerzos por unificar los dos congresos no hayan tenido éxito, pero espera que el proletariado saque provecho a pesar de ello, porque ambos congresos han tratado las mismas cuestiones. El orador representa a 57.000 obreros mecánicos organizados en trade unions. En el continente se cree en general que las trade unions inglesas son reaccionarias y conservadoras de raíz, y en parte es verdad. La mayoría de las trade unions todavía no ha comprendido la necesidad del internacionalismo para todo movimiento obrero; se figuran que pueden mejorar su situación con organizaciones puramente de oficio, con una acción exclusivamente nacional. Por eso muestran poca comprensión y poca simpatía por las luchas del proletariado no inglés. Por lo demás, la indiferencia hacia los hermanos de los demás países, igual que las tendencias retrógradas de las trade unions, no son culpa de los obreros organizados, sino de algunos jefes que van rápidamente cuesta abajo y que ya están desacreditados entre sus propios seguidores. La masa de los tradeunionistas empieza a comprender el error cometido y, favorecida por las condiciones económicas que se desarrollan en Inglaterra con una rapidez vertiginosa, va adquiriendo cada vez más claridad y consciencia. Dentro de cinco años el grueso de los tradeunionistas se habrá pasado al campo socialista y con su entrada reforzará considerablemente el poder del parlamento internacional. El comienzo de esta evolución ya está hecho. «En mi nombre y en el de los obreros que represento, saludo al congreso y le deseo el mejor éxito en sus trabajos.» (Salvas de aplausos.)

El ciudadano César de Paepe, delegado belga, toma la palabra a favor de una legislación obrera internacional, porque ha recibido de su partido el mandato de tomar posición sobre esta cuestión. Además, es probablemente la última vez que podrá hablar ante un congreso internacional, pues su salud es muy precaria.

El orador quiere rebatir algunas objeciones que suelen hacerse a una legislación obrera internacional. Desde distintos sectores se afirma que no se llegará a ningún resultado material, porque los gobiernos no concederán las reivindicaciones en cuestión; habría que contentarse, pues, con los resultados de agitación de esas reivindicaciones, y en consecuencia sería mejor plantear fórmulas más radicales. El orador, sin embargo, no encuentra fundadas esas objeciones. Opina que las reivindicaciones cuya realización es posible de inmediato tienen que llegar a aplicarse y llevarse a efecto lenta y gradualmente. Pedimos mucho a los gobiernos y sin duda obtenemos poco y despacio, pero llegamos paso a paso a lo que hemos querido. Nuestras reivindicaciones se adueñan cada vez más de la opinión pública, y esta, a su vez, ejerce presión sobre los gobiernos. Igual de injustificada es la objeción de los economistas burgueses y de los anarquistas de que una legislación obrera amenaza la libertad de los obreros.

«La libertad del contrato de trabajo significa hoy la absoluta libertad de explotación. Solo después de la socialización de los medios de trabajo podrá hablarse de libertad del trabajo. Los anarquistas declaran sin razón que una regulación del trabajo es una restricción de la libertad personal. La voluntad personal no basta por sí sola para mantener y hacer avanzar el mecanismo social. Una regulación de las condiciones de producción, de las condiciones de trabajo, es tan necesaria en el presente como en el futuro. Si el cuerpo social ha de vivir y actuar, ¡tiene que estar organizado! Desde un tercer lado se objeta aún que una regulación internacional del trabajo es imposible a causa de las distintas condiciones de trabajo de los distintos países. Pero, pese a las diferencias nacionales y locales, la fuerza de los hechos nos ha llevado ya a tratar muchas cosas internacionalmente y a tenerlas en común. Así, los obreros de todos los países se quejan de los mismos males y formulan en todas partes las mismas reivindicaciones. Por lo demás, es muy fácil adoptar las reivindicaciones internacionales con condiciones particulares y especiales. Por ejemplo, la reivindicación de un salario mínimo. Estamos muy lejos de entender con esa fórmula que el salario haya de ser el mismo en todas las partes del globo; pero opinamos que en todas partes, teniendo en cuenta las circunstancias especiales, se fije un salario mínimo por debajo del cual no pueda rebajarse el ingreso del obrero. Además, ya se han formulado internacionalmente muchas otras exigencias, y se han reconocido como realizables en el plano internacional, por ejemplo las relativas a la higiene, al empleo de sustancias tóxicas, a la jornada normal de trabajo, etc. La creación de una legislación obrera internacional es tan realizable como el servicio internacional de correos y telégrafos.»

El orador llega así a la conclusión de que es necesaria una legislación obrera internacional, y aplaude el llamamiento del Consejo Federal suizo, aunque plantea reivindicaciones que van mucho más lejos y formula un programa completo de las reformas que los obreros pueden conseguir ya dentro de la sociedad actual. (Aplausos.)

Vaillant da lectura, en nombre de las cámaras sindicales de la provincia, a la siguiente declaración, muy significativa: «Los representantes de los obreros de provincias organizados en cámaras sindicales (sindicatos y sociedades de oficio) advierten a las delegaciones extranjeras que ninguna de sus organizaciones tiene tendencia anarquista, y que solo el azar ha querido que los delegados de algunos grupos anarquistas de París tomaran primero la palabra en la discusión general, y que por un momento pareciera que eran los intérpretes del proletariado francés.» (Siguen las firmas de los representantes de más de 200 cámaras sindicales de provincias.) (Aplausos.)

Los anarquistas responden a esta declaración lo siguiente:

«Protestamos contra los términos de la comunicación en la que cierto número de delegados de provincias declaran que las organizaciones que representan rechazan las doctrinas anarquistas. No tenemos menos derecho que esos delegados a hablar en nombre de la provincia.

»Hablamos en nuestro nombre personal y en virtud de los mandatos que se nos han confiado.

»La verdad es que, si las cámaras sindicales, grupos corporativos y círculos socialistas de estudio representados por los firmantes de esa comunicación no son anarquistas, en cambio las organizaciones, grupos y corporaciones de las que somos representantes nosotros lo son por completo.

»En consecuencia, protestamos todos contra esas insinuaciones incalificables, que tienen por objeto hacer creer que la provincia francesa es enteramente antianarquista y que los compañeros que han hablado desde la apertura de la discusión general solo representan masas (fuerzas) del todo insignificantes. Dejamos a nuestros hermanos de todos los países que juzguen este modo de proceder.»

Esta contraprotesta lleva los nombres de 9 firmantes, uno de los cuales declara representar a cincuenta secciones de la cámara sindical de los trabajadores manuales.


El ciudadano Beck, delegado ruso, comienza exponiendo que las reivindicaciones obreras y socialistas sobre la regulación legal del trabajo que se voten en este congreso encontrarán sin duda la más viva oposición de la clase burguesa, con sus gobiernos a la cabeza. La reacción ha adquirido en nuestros días dimensiones desconocidas y se ha vuelto universal. Pues bien, es sabido que esta reacción ha encontrado siempre un apoyo considerable en el absolutismo del gobierno ruso. Por tanto, interesa a los partidos obreros y a los socialistas de todos los países que la caída del absolutismo ruso se produzca en el plazo más breve, y tanto más cuanto que incluso los gobiernos europeos que hasta ahora se han distinguido por sus tendencias democráticas empiezan a ponerse a disposición del déspota de San Petersburgo.

La cuestión de los medios y caminos necesarios para que triunfen las reivindicaciones de los obreros está, pues, estrechamente ligada a esta otra: ¿cuál es la fuerza social que en Rusia derribará ese imperio de la ilegalidad, del abuso y de la arbitrariedad?

En vista del tiempo limitado de que dispone, el orador tiene que renunciar a citar datos estadísticos. Pero antes de tratar la cuestión planteada, tiene que decir una palabra sobre el modo en que de vez en cuando se cree resolverla en Europa e incluso en Rusia.

Rusia, se nos dice, se encuentra en el periodo de transición de las viejas formas económicas a las nuevas. La economía natural se extingue para dejar sitio a la producción para el mercado; la comunidad rural se descompone, mientras la producción capitalista se desarrolla de día en día con mayor rapidez; al mismo tiempo, la burguesía, cuya consciencia de clase se aviva cada vez más, empieza a encontrar que las formas políticas actuales de Rusia traban su desarrollo; el choque entre ella y el régimen absolutista es, pues, inevitable, y tendrá como primer resultado la caída del absolutismo, etc. El programa político y revolucionario que se sigue de esta concepción es muy claro y sencillo; pero el idealismo de esta concepción salta enseguida a la vista si se echa una mirada a la historia rusa de los últimos 25 años. Al orador le importa examinar bien este punto, pues considera completamente ilusorias las esperanzas puestas en las tendencias revolucionarias de la burguesía rusa, y capaces de tener consecuencias desdichadas para la causa común de los socialistas rusos y de los socialistas de Europa occidental. Por grandes que sean las ventajas que promete esa ilusión, el orador la combate, porque toda ilusión debe ser combatida.

Al comenzar la segunda mitad de este siglo, la Rusia de Nicolás I, de Arakchéiev,165 la Rusia de la servidumbre y de la arbitrariedad ilimitada de la nobleza, estaba hundida en el fango más profundo de la disgregación y de la podredumbre interior. Las fuerzas productivas del pueblo, encadenadas por una organización policial de la justicia y de la administración local que era su complemento, se esforzaban por vencer los obstáculos que se oponían a su desarrollo. Los intereses de Europa, donde la industria se había desarrollado poderosamente, estaban en contradicción con un régimen que entregaba un mercado tan grande como Rusia a la posesión exclusiva de un puñado de nobles y de sátrapas de distrito, de tal modo que en la guerra de Crimea de 1851-56166 se produjo un choque terrible entre la vieja Rusia y la Europa burguesa, del que la primera salió completamente derrotada. Esta derrota, que halló expresión de otro modo en las palabras que Alejandro II dirigió en 1860 a la nobleza de Moscú —«liberemos», dijo, «a los siervos desde arriba, para que no se liberen desde abajo»—, hizo imposible el estado de cosas existente. Las sublevaciones de los campesinos empujaron a la sociedad y al gobierno rusos a actuar con más decisión. El manifiesto del 19 de febrero de 1861 abrió una nueva era en la historia de Rusia: abolió la servidumbre y sentó las bases con arreglo a las cuales había que proceder a amplias reformas en el terreno de la justicia, del autogobierno de distrito, de la administración, de la censura, etc. La mayoría de estas reformas se llevaron a cabo, en efecto, en un plazo determinado. De 1862 a 1870 se llevaron a cabo la separación del poder respecto de la administración y del poder respecto de la enseñanza, la creación de los «zemstvos» (asambleas territoriales), la publicidad del procedimiento judicial, la elegibilidad de los jueces de paz y las instituciones municipales. El principio del derecho de voto según el sistema electoral de tres clases, aunque estaba muy lejos de ser la forma ideal de participación de la población en la administración local, significó con todo un gran paso adelante. Todas estas reformas, igual que el reglamento del servicio militar obligatorio general, el de la redención de las parcelas de los campesinos, etc., no dieron, a decir verdad, una extensión suficiente al selfgovernment, pero cambiaron de todos modos el carácter de las relaciones sociales del periodo siguiente. Los zemstvos y las municipalidades, a los que la sociedad sacrificó directa e indirectamente sus mejores fuerzas, empezaron a actuar con energía y obtuvieron éxitos evidentes. Las cuestiones que tenían relación directa con las necesidades del pueblo se pusieron en el orden del día y en parte se resolvieron; la instrucción pública, la asistencia pública, el abastecimiento público, el seguro de los productos del trabajo del pueblo, libres de la tutela del gobierno, hicieron en poco tiempo un progreso notable, que dejó muy atrás todo lo que en este terreno había conseguido un gobierno omnipotente. Los progresos alcanzados ilustran la brillante victoria que el principio de los funcionarios electivos (mejor dicho, de la elección de los funcionarios) había obtenido sobre el de las instituciones burocráticas.

En la misma época se habían producido cambios esenciales en el terreno económico. El trabajo, liberado del yugo de la servidumbre, pasó a ser jurídicamente dueño de sí mismo y se organizó sobre otras bases, se repartió de otro modo entre las distintas ramas de la producción nacional. Una parte, sin dejar de ocuparse de la agricultura, empezó a tomar parte en el comercio y en la industria del país. Los capitalistas, que hasta entonces se habían concentrado casi exclusivamente en la agricultura, pasaron al terreno de la usura y de la manufactura. Las condiciones desfavorables del reparto de tierras obligaron en muchos casos a los campesinos a abandonar las parcelas que se les habían asignado. Al proletariado que en el periodo anterior había estado empleado en las fábricas, fundiciones y minas pertenecientes a la Corona y a la nobleza, y al proletariado procedente de los siervos domésticos, que tras la abolición de la servidumbre no recibieron parcelas, se sumó también el proletariado campesino, y la fuerza de trabajo ofrecida en el mercado aumentó sin cesar; y la oferta de brazos hasta la sobreabundancia aseguró al capital un pronto triunfo. El triunfo era tanto más seguro cuanto que la llegada del capitalismo al poder en Rusia se produjo en una época en que el desarrollo de la maquinaria y de la técnica había alcanzado ya un alto grado. El capital extranjero quizá desempeñó en esto un papel más importante que el propio capital ruso, atraído como estaba por la baratura del mercado de trabajo y por la extensión de la salida para las mercancías. Pero fue sobre todo el gobierno el que contribuyó en Rusia al triunfo del capitalismo. Como tenía las manos completamente libres, durante largos años casi agotó el tesoro público con miles de millones repartidos en forma de subvenciones, primas y garantías de intereses en perjuicio del pueblo. En el periodo que siguió a la emancipación de los siervos, el presupuesto del Estado quedó entregado por el gobierno omnipotente a un puñado de fabricantes, usureros y grandes terratenientes rapaces.

Como consecuencia de estos hechos se produjo un enorme auge de la producción nacional, del movimiento comercial, del desarrollo del crédito y de los medios de comunicación. En veinte años Rusia ha ocupado un lugar junto a las potencias de Europa occidental, si no por el volumen relativo de su producción, sí por el carácter de su desarrollo económico. La deuda pública, que pasa de 5.000 millones, es la mejor prueba de los esfuerzos del gobierno por marchar por la senda del capitalismo, pero también de la miseria que ello ha traído al pueblo. El capitalismo ha triunfado, pues, en Rusia, como ha triunfado en todas partes. Pero ¿cumple el capital en Rusia el mismo papel que en todos los lugares donde su reinado quedó asegurado? ¿Ha concentrado en Rusia, como en otras partes, las fuerzas productivas en un número limitado de fábricas, fundiciones y minas? ¿Ha acumulado los medios de producción en manos de un pequeño número de propietarios? ¿Cómo han podido conservarse hasta hoy formas de la vida económica del pueblo como la comunidad agraria o la cooperativa de producción (arteli)? ¿Por qué no se abolió en Rusia el poder absoluto con la abolición de la servidumbre, como ocurrió en otras partes? Para responder a estas preguntas hay que tomar en consideración las condiciones históricas de las formas de la vida social y política de Rusia, condiciones que influyeron en el nacimiento de las nuevas formas y que aparecieron tras la implantación de la servidumbre. La comunidad rural, fundamento histórico de la propiedad y de las relaciones económicas, ha creado en la población campesina cierto espíritu de solidaridad que ha sabido resistir a las tendencias destructoras del gran capital. La educación de las clases ilustradas, que durante siglos habían crecido en una obediencia servil a los órganos del gobierno, la represión de sus aspiraciones políticas más moderadas, el dominio de los Románov, todo esto ha tenido efectos que no podían desaparecer en unas pocas décadas de vida nueva. La falta de unidad y el temperamento contemplativo y resignado de estas clases han servido de base en la que se ha apoyado el absolutismo. Pero junto a estas circunstancias actuaba otra, tanto antes como después de la abolición de la servidumbre: la influencia del capital internacional y el desarrollo que este había alcanzado en el momento en que se introdujo en Rusia. Si hay un país del que pueda afirmarse que el reinado del capitalismo llegó a él demasiado tarde para cumplir todo su papel histórico, ese país es sin duda Rusia. La abolición de la servidumbre se produjo allí en una época en que el capitalismo ya había suscitado en Europa todas las contradicciones internas que son inseparables de él. Una de esas contradicciones, la que existe entre la necesidad creciente de ampliar el volumen de la producción y la capacidad decreciente del mercado para absorber las masas de mercancías con que se le inunda, ha provocado ya en Europa sublevaciones esporádicas del mercado contra este modo de producción, de cambio y de distribución. La burguesía rusa, que inmediatamente después de la abolición de la servidumbre se había visto obsequiada con la competencia en la oferta de brazos, se quejaba, en la persona de los grandes terratenientes, del alto precio de la fuerza de trabajo, aunque este era y sigue siendo tan bajo que muchos capitalistas prefieren hacer trabajar con las herramientas más imperfectas. Pero esas quejas tenían su razón en lo poco seguro del mercado interior. Cuanto más se extiende el capitalismo, cuanto más crece esa inseguridad del mercado, tanto más disminuye la capacidad de compra del pueblo, en la medida y proporción en que la máquina sustituye al obrero. Llegado cierto punto del desarrollo capitalista, la burguesía se ve obligada a sacrificar una parte de su beneficio para conservar el mercado interior. Entonces el gran capital no destruye las formas de la pequeña explotación y de la pequeña propiedad, como la industria a domicilio, la pequeña industria o la comunidad rural: las adopta para sus fines, sin aniquilarlas, sirviéndose de ellas para el mercado interior.

Este hecho, del que hay ejemplos análogos en la historia de cualquier otro país, tiene su importancia para la vida económica de Rusia. Todas las investigaciones estadísticas han mostrado que el número de las grandes fábricas y fundiciones ha seguido siendo casi exactamente el mismo en los últimos diez años; y también que el número de obreros empleados en la gran industria, en la pequeña industria y en la agricultura apenas ha aumentado en conjunto. Además, la propiedad de la tierra está muy lejos de acumularse en manos de un pequeño número de propietarios; las proporciones entre la gran industria y la producción nacional en general casi no han variado, aunque la primera había tomado un gran impulso de 1881 a 1882, un impulso del que da testimonio la rápida introducción de las máquinas en la industria. Además, junto a las grandes fábricas, la pequeña industria ocupa a un número de obreros mucho mayor que la gran industria, y ese número no disminuye. Estos hechos se explican por la impotencia interna, rasgo característico del capitalismo en su última época y revelador del desorden de la industria universal.

Rusia escapó más o menos a la crisis industrial de 1873, pero fue presa por completo de la crisis general de 1879 a 1882, crisis que todavía hoy continúa. Desde entonces la industria rusa sufre todas las consecuencias de la decadencia interna del capitalismo internacional. La producción en muchas ramas industriales empieza a disminuir, igual que el volumen del comercio exterior. Las grandes empresas más seguras se vuelven inciertas y a menudo quiebran. El único medio de garantizar el mercado, es decir, la conquista de territorios y su protección mediante barreras arancelarias y cosacos, se ha vuelto ineficaz, porque Inglaterra en Oriente y Austria en el sudoeste se ven obligadas a recurrir al mismo medio. La conquista de nuevos mercados es muy difícil, y la Europa capitalista espera con espanto el momento de la emancipación económica de las colonias. Al mismo tiempo, los obreros son arrojados a miles a la calle y forman grandes ejércitos de «descalzos» (vagabundos); miles de campesinos que han abandonado su tierra buscan en vano trabajo o un lugar donde fundar un nuevo hogar. El gobierno busca medios para prevenir los efectos de esta situación. El conde Ignátiev167 piensa en un movimiento antisemita; los obreros son transportados en masa desde los centros industriales a sus lugares de origen. Sublevaciones de campesinos, que el gobierno reprime con la fuerza militar condenando a muerte a sus cabecillas, y huelgas incesantes: estos son los hechos característicos de los últimos años en Rusia. El capitalismo, que se había introducido en Rusia en una época en que se había convertido en un modo de producción universal e internacional, está, pues, en camino de terminar su papel histórico, allí como en otras partes.

Junto con todos los demás países de Europa, Rusia se acerca hoy al final de esta era, pues sufre como ellos los efectos del capitalismo internacional. Es, pues, demasiado tarde para hablar de la destrucción de las formas populares de producción y de propiedad en una época en que el capital, desde el comienzo de su era en Rusia, se ve obligado a mantenerlas. Es demasiado tarde para hablar del desarrollo del capitalismo en un futuro próximo, en una época en que este empieza a hundirse bajo su propio peso; es demasiado tarde, en fin, para contar con aspiraciones liberales y reformadoras de la burguesía rusa, cuando esta, inmediatamente después de la abolición de la servidumbre, no tuvo la fuerza necesaria para crear lazos orgánicos con los intereses del pueblo y engañarlo del mismo modo que la burguesía europea. Desde su aparición en Rusia, el capitalismo necesita un poder ilimitado para garantizar su existencia parasitaria, para hacer callar todas las voces que anunciaban los peligros de su dominio, para ahogar todo espíritu crítico y para defenderse del socialismo combatiente. El régimen absolutista ha sido, pues, hasta ahora, y seguirá siendo en el futuro, el programa político de la burguesía rusa. Los intereses de la dinastía de los Románov y los de la burguesía son los mismos.

Es característico de la historia de Rusia en las últimas décadas el hecho de que los distintos partidos socialistas se encuentran a la cabeza del movimiento revolucionario contra el absolutismo, de que son ellos los que lo combaten en nombre del pueblo. Este hecho se explica porque las reivindicaciones obreras se mantienen en el orden del día y exigen un cambio del orden político actual. La burguesía, que reniega de sus tradiciones históricas, se vuelve reaccionaria y conservadora; a las clases trabajadoras les toca traer el porvenir. Rusia no tiene todavía una clase obrera organizada y consciente de su tarea histórica, pero el partido socialista ocupará el terreno político, y los derechos políticos son absolutamente necesarios para su desarrollo. En Europa los socialistas revolucionarios defienden esos derechos frente a la burguesía, que ya los ha conquistado. En Rusia se ven obligados a combatir a la vez al absolutismo y a la burguesía para conseguir la libertad política. El socialismo es la única fuerza que sabrá conquistar y conservar los derechos políticos; solo él vencerá al absolutismo ruso. La burguesía rusa se ve obligada a mantener ella misma las distintas formas populares de producción y de propiedad. Pero hoy las mantiene para socavarlas mañana, y la miseria del pueblo no puede curarse con la comunidad agraria. Solo la transformación completa del orden político, social y económico puede poner remedio.

Sin embargo, igual que los socialistas de Europa tienen sus razones para reclamar una legislación obrera, también los socialistas rusos, al menos los que se adhieren al programa de la Naródnaia Volia168 (Voluntad del Pueblo), reclaman la protección de la comunidad agraria y de las cooperativas de trabajo (arteli) por el Estado. El pueblo ruso ha sacado provecho, en las condiciones actuales, de estos restos de su pasado histórico. En los años 1880 a 1883, años de crisis para Rusia, los obreros de las fábricas, a falta de toda organización, no pudieron defenderse de los fabricantes y usureros; los obreros del campo encontraron medios de resistencia en sus usos y costumbres, que son consecuencia de las instituciones de la comunidad agraria. En un gran número de distritos el «mir», órgano administrativo de los campesinos, consiguió que se implantara un salario fijo para los obreros del campo, y este ejemplo lo siguieron las autoridades de provincias enteras. Los hechos aquí expuestos bastarán, queremos esperarlo, para justificar las reivindicaciones de los socialistas rusos adheridos al programa de la Naródnaia Volia en favor del apoyo a la comunidad agraria, que como forma de la vida del pueblo tiene una gran importancia para el momento presente y para el futuro próximo.

El ciudadano Dulucq se declara a favor de una legislación obrera internacional, pero pide al congreso que adopte resoluciones formales sobre el modo en que los partidos y las organizaciones que se han adherido a ellas deben luchar por la realización de las reivindicaciones planteadas.

El ciudadano Combemoreil señala que el concejo municipal de París hace mucho por implantar la jornada de nueve horas para los obreros municipales. Los poderes políticos anularon la resolución del concejo municipal; pero este, manteniendo su acuerdo, implantó la jornada de nueve horas también para los obreros empleados por contratistas privados en obras municipales. El concejo está unido en su mayoría en la exigencia de medidas de protección como medios necesarios para preparar a los obreros para su completa emancipación.

El ciudadano Chauvière,169 concejal de París, recomienda como el mejor medio para hacer realidad las resoluciones del congreso el desarme de la burguesía que reclamaba Blanqui, mediante la abolición de los ejércitos permanentes y el armamento del pueblo.

Dupré, delegado de los ebanistas del arrabal de Saint-Antoine, combate la opinión de que los obreros puedan esperar buenos resultados de una legislación obrera. Hasta nuestros días la legislación nunca ha actuado por el bien y en provecho del pueblo. Toda la legislación de ayer está carcomida, y la de mañana estará podrida. Ya se ha hablado bastante de cuestiones económicas, pero con todo ese tratar de cuestiones la causa del pueblo no ha avanzado. Hay que destruir el capital, a los capitalistas y todos los monopolios. (Exclamaciones irónicas de los alemanes: «¡Hay que destrozarlo todo!»)

El ciudadano Domela Nieuwenhuis, delegado holandés, empieza por hacer constar que, según le parece, el congreso es un gran éxito en la medida en que ha expresado la unidad de los socialistas del mundo entero, pero que es un mal éxito en cuanto al orden del día con el que se ha empezado la última jornada, en la que, con excepción de algunos privilegiados, ¡nadie puede hablar más de cinco minutos! ¡Pues bien! Declaro —dice— que no soy un prestidigitador capaz de tratar una cuestión tan grande y de tanto peso en tan poco tiempo. Por eso renuncio a la palabra sobre la cuestión misma. Pero pido su atención para añadir algunas observaciones al discurso de mi amigo De Paepe.

No espero nada del parlamentarismo, precisamente porque soy miembro de un parlamento, porque he visto toda la comedia. A todos los que son miembros de un parlamento les pregunto, por medio de nuestro presidente Cunninghame Graham, miembro del Parlamento inglés, si esperan, sí o no, algo del parlamentarismo. La palabra «parlamento» se compone de dos palabras que, según un escritor ingenioso, designan perfectamente el carácter de la cosa, a saber: «parle» (habla) y «ment» (miente170). Los parlamentos son, pues, asambleas en las que se habla y se miente. ¿Quién puede definir los parlamentos de una manera más breve y más precisa? Los parlamentos son asambleas parlantes, y eso no es solo culpa de las personas: no, es culpa del sistema mismo. Lo hemos visto aquí.

Nuestro congreso está compuesto por gente escogida; ningún parlamento del mundo entero puede compararse con este parlamento de aquí, y sin embargo les pregunto si no ha cometido exactamente los mismos errores. Se ha hablado mucho, incluso demasiado, y al final uno se ve obligado a votar y a aprobar resoluciones preparadas de antemano, sin tener tiempo ni ocasión de discutirlas seriamente. El defecto está, pues, en el sistema. Pero supongamos por un momento que hubiéramos triunfado en toda la línea, supongamos que tenemos una legislación obrera como la deseamos: díganme, ¿creen ustedes que la situación general cambiaría mucho en favor de los obreros? Si se me pregunta mi opinión, diré con toda franqueza que la peor jugada que podrían hacernos los gobiernos sería aceptar sus propuestas, pues durante veinte o veinticinco años habrían matado todo movimiento socialista revolucionario entre los obreros. Por suerte los gobiernos están ciegos y no comprenden la situación. Pero para mí el mayor peligro de la jornada de ocho horas es este: su implantación será en todo caso para los obreros un desengaño inmenso; pues los obreros pueden hacer lo que quieran, pueden implantar la jornada de ocho horas, pueden emigrar, pueden abstenerse del matrimonio y practicar el neomalthusianismo, no engendrar hijos en absoluto: el capital encontrará siempre medios de protegerse de un aumento de salario que tuviera que soportar, y no dejará que se le escape la presa; solo por la fuerza se le podrá arrancar. Mientras subsista la producción capitalista, el salario no se elevará por encima de lo necesario para conservar la fuerza productiva. Los capitalistas, que son dueños de los gobiernos, concederán la jornada de ocho horas cuando vean que es el único medio de mantenerse; y mientras sigan siendo los amos, los obreros seguirán siendo los esclavos. Lo más que conseguirán los obreros será que las cadenas de la esclavitud se envuelvan en terciopelo o en seda; las cadenas seguirán siendo cadenas. Entonces los obreros verán que el mal no está en el tiempo de trabajo ni en el salario —de lo contrario, los efectos habrían desaparecido con las causas—, sino que la causa del mal es la distribución imperfecta y del todo injusta de los productos del trabajo. Pues bien, sin suprimir esa causa nunca se suprimirán la miseria y la esclavitud.

Carroll Wright,171 secretario de la Oficina de Estadística norteamericana, lo ha comprendido perfectamente cuando dice:

«Una de las cuestiones más importantes que exigen solución es la de distribuir de una manera proporcionada y más justa entre los productores los productos del trabajo, que no dejan de aumentar, pues la distribución imperfecta, y no la superproducción, es el gran mal que padece el cuerpo social. El capital se lleva ahora la parte del león, y por eso los obreros se han visto obligados a organizarse y amenazan con agitarse contra el capitalismo. El conflicto entre el capital y el trabajo solo puede resolverse mediante la abolición del sistema del salario y su sustitución por el trabajo cooperativo.»

Aquí está el mal y aquí está el remedio. Si nosotros, que somos socialistas testarudos, nos hacemos paladines de una legislación obrera, hay que comprender que es una concesión por nuestra parte; por eso compartimos la opinión del inspector inglés Saunders172 de que no se pueden dar con algún éxito pasos para reformar la sociedad si no se limita de antemano la jornada de trabajo y si no se respetan con rigor los límites legales. Nos serviremos de esta reducción de la jornada como de una palanca para que el gigante proletario, derribado en el suelo e incapaz de protegerse de los puntapiés de sus tiranos, se ponga en pie y haga uso de su fuerza. Esta es la única razón por la que puedo concebir que un socialista convencido se esfuerce por imponer semejante tesis; me parece que el ultimátum de la clase obrera a la clase dominante no puede expresarse de manera más breve y precisa que en las cuatro reivindicaciones de los ingleses:

Eight hours to work, eight hours to play,
Eight hours to sleep and eight shillings a day.

(Ocho horas de trabajo, ocho horas de recreo, ocho horas de sueño y ocho chelines al día), reivindicaciones de las que sabe de antemano que no traerán una mejora a fondo. En el Evangelio hay una parábola que siempre me viene a la memoria cuando se discute la legislación obrera: «Nadie pone un remiendo nuevo en un vestido viejo, porque lo rasga y el roto se hace mayor».173 Pues bien, ¿no vale esto también para la cuestión que estamos discutiendo? El capitalismo, es decir, el sistema por el que se impide al obrero poseer en propiedad el producto y el medio de su trabajo, el capitalismo es nuestro enemigo, y como Catón repetía siempre «Carthaginem esse delendam» (hay que destruir Cartago), así deberíamos decir también nosotros siempre y en todas partes: ¡Hay que destruir el capitalismo!

Si queremos una jornada de ocho horas, es solo como un medio, nunca como un fin. Un tren no puede ir siempre en marcha; a veces tiene que parar para tomar agua; cuanto menos se detenga en el camino, mejor, y buscamos el medio de que se detenga lo menos posible. Para nosotros la jornada de ocho horas es una estación en la que uno se detiene un poco para refrescarse y para poder reanudar luego la lucha con más fuerza y mejor armado. La jornada de ocho horas no es más que un arma de guerra y solo es una medida provisional. Los obreros tienen que saber que no están al final de la lucha cuando hayan conseguido la ley de la jornada normal de trabajo, sino que entonces es cuando empieza la verdadera lucha.

No hace falta ser socialista para marchar con nosotros hacia ese objetivo, y nuestro congreso socialista es muy modesto, incluso demasiado modesto, si solo plantea esta reivindicación. Por eso, cuando reclamamos una legislación así, es necesario añadir: una legislación así en terreno socialista es como una planta en un suelo pantanoso. Tenemos que decir: la propiedad personal es el mayor de los males; sin destruirla no lograremos la curación anhelada. Si se me ofreciera un puesto en un ministerio —espero que no, y no temo que se haga—, pondría una sola condición, a saber: ¿se quiere atacar la propiedad personal? Si se me respondiera que sí, aceptaría vacilando, pero por deber; si se me respondiera que no, diría: ¡apártate de mí, Satanás, que quieres tentarme!

A Platón le pidieron que propusiera instituciones modelo, leyes para una ciudad griega. El filósofo respondió: «Con gusto, pero ¿habrá entre vosotros propietarios?» «Sin duda», le respondieron, «cada uno de nosotros poseerá su campo y podrá rodearlo de muros». «Entonces no tengo nada más que deciros; construid vuestra ciudad, otros la arrasarán y no podréis defenderos». Esta respuesta del filósofo lo dice todo. Si la propiedad personal sigue siendo la base de nuestra sociedad, la pobreza, la esclavitud y la miseria, con todas sus consecuencias, seguirán siendo el lote de los obreros, y el cuarto estado, que no es nada y tiene que llegar a serlo todo,174 no podrá tomar sus derechos y su lugar más que destruyendo la forma privada de la propiedad, que ha sobrevivido a su tiempo. Toda propuesta de legislación obrera internacional se recibe con simpatía, pero respondemos siempre: no basta, no es más que un primer paso; ceterum censeo —por lo demás, opino—: hay que destruir la propiedad privada.

Aceptamos la resolución de Bebel, pero solo con estas dos condiciones: que a la jornada máxima fijada se añada un salario mínimo fijado; y que en los considerandos se declare que la legislación obrera no es más que una medida transitoria, y que la suerte de los obreros nunca podrá mejorar si no se sale del marco de la propiedad personal como base de la sociedad; y que nuestro objetivo es y sigue siendo: la transformación de la propiedad privada en propiedad social. (Aplausos.)

El ciudadano Liebknecht declara, en pleno acuerdo con los delegados alemanes, que no quiere entrar en una discusión sobre la utilidad del parlamentarismo. Sabemos, dice, qué pensar del parlamentarismo, pero de nuestro silencio no debe deducirse que estemos de acuerdo con el rechazo absoluto que acaba de pronunciar Domela Nieuwenhuis. Nuestra posición ante el parlamentarismo ha sido definida con precisión en nuestros congresos, y me remito sencillamente a los debates correspondientes.

En cuanto a las consecuencias de una legislación obrera, el orador está convencido de que la realización de las leyes de protección, lejos de detener el movimiento obrero, lo favorecerá y contribuirá mucho a darle un poderoso impulso.

(Aplausos y muestras de aprobación de los delegados alemanes.)

El buró da cuenta entonces de las sumas recogidas para las víctimas del accidente de Saint-Étienne y para una corona que se depositará en el «Muro de los Federados» (los comuneros). Ruega luego a los delegados de los tejedores de los distintos países que se reúnan después de la sesión para llegar a un acuerdo internacional.

La sesión se levanta a la una y debe reanudarse a la una y media. Conforme al acuerdo del congreso, la asamblea procederá entonces a la votación de las resoluciones.

Informes

Por acuerdo del congreso, publicamos aquí en extracto los informes enviados al congreso que, por falta de tiempo, no pudieron leerse.

Informes generales

Informe de la Société républicaine-socialiste de los alsacianos-loreneses, presentado por su delegado, el ciudadano Jaclard

Los alsacianos-loreneses que pertenecen a la democracia republicano-socialista han considerado un deber que les incumbía muy especialmente tomar parte en esta gran manifestación socialista e internacional.

La singular situación impuesta a nuestro país —se dijeron—, el abuso que se ha hecho de los sentimientos patrióticos, imprimiéndoles unas veces el sello de un burdo chovinismo y poniéndolos otras al servicio de planes políticos personales y de charlatanes ambiciosos, nos obliga muy especialmente a acudir a este congreso, para dar expresión a los verdaderos sentimientos que deben animar a todo alsaciano-lorenés en lo más hondo de su corazón.

¡Ciudadanos! Como demócratas, pensamos que la libertad de un pueblo es sagrada como la del individuo. Al proclamarse de nuevo, el 4 de septiembre de 1870, la república, que por dos veces había sucumbido a los golpes de mano de los Bonaparte, se proclamó a la vez la solidaridad de todos los miembros de esa república. Asumimos el compromiso mutuo de defender la libertad conquistada en todas sus formas y en todas las partes del cuerpo social donde pudiera verse amenazada. Esa libertad era un patrimonio común que ninguno de nosotros debía dejar que se menoscabara, y los socialdemócratas menos que nadie, puesto que han dado a la idea republicana su expresión verdadera y completa, al considerarla fuente de toda emancipación y reunir en ella todas las reivindicaciones políticas y sociales.

Ese es el secreto de la gloriosa defensa de 1870; esa es la razón por la que nosotros, los socialistas, que en nuestro odio al despotismo habíamos llegado a desear la derrota del ejército imperial, nos alzamos como hombres de la defensa a ultranza desde el día en que la patria abarcó en sí los conceptos de república y revolución y se identificó con ellos.

Ese día nuestra protesta encontró eco favorable en la socialdemocracia de todos los países, y precisamente en el mismo momento en que en la propia Francia se volvía contra ella la coalición de los falsos patriotas. Mientras los Trochu, los Jules Ferry y los Jules Favre175 nos metían en la cárcel porque queríamos vengar la traición de Bazaine,176 en Berlín hubo hombres que tuvieron el valor de gritar a los ejércitos victoriosos: «¡No más allá!», y que respondieron con toda energía a Bismarck, que pedía nuevos créditos: «¡Le negamos nuestro voto! Los alemanes y los franceses son hermanos, y no queremos ser cómplices de una guerra fratricida».177 ¡Esos valientes se sientan hoy con nosotros en este congreso! Los saludamos como amigos y hermanos, con la misma gratitud y cordialidad con que perseguimos con un rencor inextinguible a los traidores que entregaron la patria indefensa.

Cuando toda la desgracia se nos vino encima, fue Alsacia-Lorena la que tuvo que pagar la cuenta por todos. Se la trató como en tiempos bárbaros se trataba a los países conquistados.

Contra esa violación del derecho nunca protestaremos con bastante fuerza.

Somos los hombres de la revancha, que en justicia se nos debe. Pero ¿cómo hemos de tomarnos nuestra revancha? ¿Cómo hemos de conseguirla?

¿Os atreveríais vosotros, socialdemócratas, a cargar con la responsabilidad de azuzar una contra otra a dos grandes naciones, Alemania y Francia, que ambas han contribuido gloriosamente a las obras de la civilización y lo harán aún más en el futuro, y de empujarlas a una guerra de exterminio que sería funesta para las dos y para toda la humanidad? Fuera cual fuera el desenlace, sería en todo caso una derrota de la emancipación social, una recaída en la barbarie.

No nos prestaremos a ello; deseamos que esa guerra no tenga lugar nunca. Nuestra revancha no ha de exterminar a los pueblos ni afianzar la tiranía: nuestra revancha consiste en el avance de las ideas republicanas y socialistas, que desde Francia irradian más allá de las fronteras y muestran a los pueblos que no somos enemigos, sino hermanos; que tenemos los mismos impulsos, las mismas necesidades; que profesamos las mismas aspiraciones, y que del mismo modo vencemos los mismos obstáculos y tenemos que combatir al mismo enemigo. Y ese enemigo es la opresión en todas sus formas políticas y sociales, es el brutal despotismo militar, es el yugo del capital, más hipócritamente disimulado, pero no menos pesado.

El capital, por su parte, no conoce patria: es tan despiadado en suelo alemán y francés como en el de Alsacia-Lorena. Se ha hecho mucho ruido con los ensayos filantrópicos de los Dollfus y los Köchlin,178 pero el único resultado que de ellos salió, lejos de liberar a los obreros, fue apretar aún más la cadena y completar su servidumbre. La comunidad de intereses y de peligros que mantiene unida a toda la democracia y la impulsa a juntar sus esfuerzos, vosotros la proclamáis en este congreso, y nosotros, los socialistas de Alsacia-Lorena, la saludamos con alegría. De acuerdo con vosotros, deseamos la paz, lo único que permite a las ideas democráticas y socialistas echar raíces y crecer; igual que vosotros, no queremos rompernos el cuello unos a otros, como quisieran empujarnos a hacer los charlatanes políticos, sino unirnos, organizarnos en grupos, para trabajar en común por la liberación general, por la emancipación política y económica de la gran familia de todos los proletarios. Decimos a los franceses y a los alemanes, como a los belgas, a los suizos, etc.: ante la idea socialista desaparecen la multiplicidad y las diferencias de los pueblos. Para nosotros no hay más que un pueblo: el pueblo de los trabajadores, que se agrupa bajo la bandera que luce en esta sala y que, mejor que todas las demás banderas, dará la vuelta al mundo, y no para llevar tras de sí matanzas y un odio que resopla de furia, sino para esparcir la semilla fecunda de la emancipación universal, para romper en todas partes la cadena común de la esclavitud y la miseria.

Esa cadena debe su duración a la guerra, y nosotros queremos la paz; debe su solidez a un ejército de soldados a sueldo de los que dominan y de los capitalistas. ¡No más ejércitos permanentes! ¡Y en su lugar, el armamento general del pueblo! Ese es el único medio de suprimir la guerra, de asegurar el triunfo de la libertad política y social y de instaurar así el reino de la fraternidad entre los hombres.

Informe del ciudadano Uhle179 sobre la situación de los obreros en Buenos Aires (República Argentina), enviado en nombre de los socialistas alemanes de esa ciudad y aprobado por la asociación de socialistas alemanes «Vorwärts»

Con cordial alegría saludan los socialistas alemanes de la República Argentina al congreso socialista de los obreros de los dos mundos, que va a abrirse para celebrar el centenario de la memorable toma de la Bastilla. Por desgracia, no les es posible enviar un delegado, debido a la gran distancia que los separa de París y a los elevados gastos de viaje. No obstante, conceden muchísima importancia a estar representados en este congreso, y le someten un breve informe sobre la situación de los obreros en Buenos Aires.

El movimiento obrero está aquí todavía en formación. El desarrollo intelectual de los proletarios nativos está aún tan atrasado que ni siquiera han comprendido la necesidad de defender sus intereses.

Los proletarios inmigrados son en su mayoría italianos, españoles y franceses, y solo en minoría suizos, austriacos, alemanes y, en general, europeos del norte. La diversidad de lenguas es un gran obstáculo para un entendimiento general. Además, muchos vienen aquí con la idea fija de hacer en poco tiempo una gran fortuna y volver luego a su patria. De esta clase de gente tenemos una gran masa que, por un lado, no se preocupa de la cuestión social ni de ninguna otra y solo tiene puesta la vista en la «caza del dólar» —y aquí rige el dicho: lo que el agua trae, el agua lleva—, y que, por otro lado, forma un proletariado que languidece en la miseria.

Además del sistema del salario, hay que citar como causa de la explotación de los obreros la administración descuidada y deshonesta de este país, tan rico por naturaleza. Gracias a esa administración miserable, la República Argentina ha regalado a particulares todas las tierras de labor, que especulan con ellas y practican la usura de forma desvergonzada y convierten a los inmigrantes en tributarios de por vida. Gracias a esa misma administración, la República Argentina tiene además una deuda pública de 900 millones de pesos (1 peso = 5 francos = 4 marcos); para pagar los intereses de esa deuda salen cada año al extranjero más de 60 millones de pesos. Los ingresos del Estado proceden en nueve décimas partes de impuestos indirectos, que recaen principalmente sobre los alimentos y los encarecen hasta el punto de que la situación de los obreros es insoportable, sobre todo si tienen familia numerosa.

El papel moneda es el medio de pago legal. Según el informe del presidente en su mensaje al Congreso, con una población de tres millones y medio, circulan más de 151 millones de pesos (755 millones de francos) en billetes de banco, que solo pueden cubrirse con oro en un 8 %. Esta escandalosa desproporción, que empeora de día en día, ha creado un agio del oro del 60 %, de modo que 160 pesos en papel solo valen 100 pesos en oro. Esta circunstancia agrava naturalmente de forma muy considerable la situación de los obreros, a los que se paga exclusivamente en papel moneda, mientras que el precio de todos los artículos que necesitan se calcula según el agio del oro. Los salarios altos no son, pues, más que una apariencia.

El jornal de un obrero oscila entre 1, 2, 2½ y 3 pesos; solo en algunas industrias excepcionalmente favorecidas los salarios superan esa cifra.

Las condiciones de la vivienda y los alquileres son otro cáncer que roe al obrero hasta la médula. El alquiler de una sola habitación es por término medio de 20 pesos al mes y, gracias a la especulación con el suelo, no deja de subir. Además, las habitaciones carecen en su mayor parte de ventanas, tienen suelo de losas, son húmedas y muy insalubres.

El sistema capitalista de rapiña ha conseguido felizmente convertir este país, tan favorecido por la naturaleza, en un infierno para los obreros y un paraíso para los explotadores. Tener hijos está, por así decirlo, prohibido, a la vista de que las familias obreras numerosas solo encuentran vivienda con mucha dificultad y pagando un alquiler considerablemente mayor.

Las escuelas, pese a su brillante apariencia, no responden en absoluto a lo que con justicia cabe exigir de una buena escuela. Los niños corren aquí el peligro de quedar abandonados intelectualmente, de modo que hay que desaconsejar seriamente la emigración a la República Argentina a las familias con hijos en edad escolar. Los hijos de los proletarios se ven obligados desde la más tierna edad a ganarse el pan por sí mismos. No hay leyes protectoras del trabajo que limiten el trabajo de las mujeres y de los niños en los talleres. Al contrario, el Estado favorece abiertamente, con exenciones fiscales, protección de sus intereses y cesión de tierras, a los empresarios que fundan establecimientos con el propósito declarado de explotar el trabajo de las mujeres y de los niños.

La administración de justicia es lamentable; solo el favoritismo dicta las sentencias. Si el obrero pleitea contra su patrono por salarios retenidos, puede pasarse largos años litigando, con grandes gastos, sin obtener justicia.

Esta triste situación social, que empeora sin cesar, provocó a finales del año pasado y a comienzos de este varias suspensiones del trabajo, concretamente entre los obreros de los talleres ferroviarios. Durante esas huelgas, la policía tomó partido brutalmente por los patronos. Se suprimió el derecho de asociación de los obreros y se metió en la cárcel a los huelguistas. Unos meses más tarde fueron detenidos 144 sastres que celebraban tranquilamente una reunión, y ello por denuncia de sus patronos. Su delito consistía en haber deliberado sobre un aumento de salario del 25 %. La prensa capitalista reclamó a comienzos de este año una ley contra los socialistas, a los que se hacía responsables de las huelgas, cuando en realidad era la miseria y la necesidad lo que empujaba a una lucha desesperada a los huelguistas, que en su mayor parte se mostraban del todo indiferentes ante el socialismo.

La influencia de los socialistas es, en efecto, todavía muy escasa. Predomina la pequeña industria y faltan industrias que lleven a los obreros por miles a los lugares de trabajo o a las fábricas.

Solo aquí y allá hay algunas sociedades de oficio y corporaciones; el número de sus miembros es ínfimo y apenas pueden subsistir. Solo cabe mencionar una asociación internacional (cercle international), que agrupa sobre todo a italianos, españoles y franceses, que se reúnen una vez por semana. Profesan tendencias anarquistas, y el dinero que recaudan se envía a Europa para sostener la propaganda de allí.

Los intentos hechos repetidas veces por italianos de fundar un periódico obrero en lengua italiana han fracasado siempre por la indiferencia de la masa.

Desde hace ya nueve años los socialistas alemanes de Buenos Aires se han unido en una asociación, «Vorwärts», que fundaron trece miembros y que hoy cuenta más de 150. La asociación tiene local propio, con una sala, un escenario y una biblioteca de varios centenares de volúmenes, la mayoría de ellos escritos socialistas y obras científicas. La base de la asociación es el programa de los socialdemócratas alemanes. Tiene una agencia para la venta y difusión de literatura socialista; recauda dinero que envía a Alemania para apoyar las elecciones y a los compañeros perseguidos y represaliados. En las veladas de la asociación se organizan discusiones sobre temas sociales. Se cultiva además el canto, y los obreros alemanes de Buenos Aires acuden con gusto a las fiestas que organiza la asociación. Los miembros de la asociación tomaron la iniciativa y pusieron manos a la obra para fundar un periódico obrero alemán, Vorwärts, que edita el autor de este informe. El periódico se fundó hace tres años; empezó a salir con 150 suscriptores y en formato pequeño, tuvo que agrandarse tres veces y tiene hoy una tirada de 600 ejemplares. Se mantiene con grandes dificultades, gracias a la ayuda de los compañeros fieles.

Hemos descrito la situación social en Buenos Aires; en la provincia las condiciones son parecidas y, lejos de ser mejores en el campo, hay que calificarlas allí de peores todavía.

Los socialistas alemanes de los Estados del Plata envían este breve informe al congreso y le aseguran que siguen sus deliberaciones con el más vivo interés y que trabajan con todas sus fuerzas por la difusión de las ideas socialistas, para acelerar la llegada del día en que la Bastilla del capital sea arrasada y triunfen la libertad, la igualdad y la fraternidad. ¡Viva la fraternidad de los obreros de todos los países!

Saludos socialdemócratas.


Informes especiales

Informe de los tejedores de Amiens y del departamento del Somme, presentado por el ciudadano Lefebvre

La gran corporación de los tejedores de Amiens y del departamento del Somme ha considerado necesario estar representada en el congreso internacional, para exponer en él la situación insoportable en que se encuentran, ellos y la gran masa del pueblo trabajador, por culpa de quienes han vivido siempre en la abundancia y la ociosidad.

En el centenario de la Revolución de 1789 hay que declarar que por los obreros no se ha hecho nada. Solo gente que no conoce los sufrimientos y las privaciones diarias de los proletarios puede afirmar lo contrario. Esa gente no ha sabido nunca que nosotros, los tejedores en particular, languidecemos en la miseria sin atrevernos siquiera a quejarnos.

Encerrados día tras día de doce a catorce horas en locales de trabajo más o menos insalubres, recibimos un salario que apenas basta para cubrir la mitad de nuestras necesidades más imprescindibles. En cambio, la llamada riqueza nacional crece cada día en proporciones inauditas gracias a nuevos progresos de la técnica, etc. Pero esos progresos no benefician a la masa de los obreros; las riquezas que crean los obreros solo redundan en provecho de la minoría capitalista. Este estado de cosas no puede durar así. Si nuestros gobernantes hubieran comprendido la situación y su deber, habrían empezado por acortar la jornada de trabajo. La larga duración del trabajo perjudica muchísimo la salud de los obreros, sobre todo cuando los pobres esclavos del salario están encerrados desde las seis de la mañana hasta las siete u ocho de la tarde. Si una ley sobre la duración del trabajo, como la que los proletarios reclaman desde hace mucho, limitara la jornada en proporción al consumo, también los obreros sacarían provecho de esos progresos que se deben a la ciencia. Si hubiera una ley que redujera las horas de trabajo de las mujeres y de los niños —¡y a estos se les obliga a trabajar antes de que tengan fuerzas para ello!—, reinaría menos miseria en la clase obrera. Los salarios serían entonces también más altos y nos permitirían consumir más, en proporción a nuestras necesidades; no habría paros, las mercancías no se amontonarían en los almacenes hasta pudrirse mientras a nosotros, los obreros, nos falta de todo.

¡Pero quienes nos hacen sufrir no han hecho esa ley!

En la ciudad de Amiens y en diversas industrias, un gran número de hombres están sin trabajo, mientras que en su lugar han entrado mujeres que deberían ocuparse de su casa. Nuestros amos sacan provecho de esta circunstancia rebajando aún más nuestros salarios, en vista de que esas débiles criaturas se conforman, a la fuerza, con un salario todavía menor que el de los hombres.

Todos los sufrimientos, todas las injusticias recaen sobre los obreros, y sin embargo estos han trabajado siempre y han entregado su sudor y sus fuerzas para enriquecer a quienes los reducen a la miseria más extrema. Los representantes que nosotros mismos hemos elegido no han hecho nunca nada por nosotros; al contrario, nos aplastan con su poder cuando reclamamos nuestro derecho a la existencia. Los que nos hemos puesto por amos carecen de toda humanidad, pues de lo contrario no habría tantos desgraciados en un país como Francia, que produce el doble de los bienes necesarios para que haya bastante para todos.

Somos las víctimas de cien años de injusticias de nuestros gobernantes; se nos explota en su provecho, se nos amenaza con leyes hechas expresamente contra nosotros; por eso solo la unión puede remediar esta triste situación, que es consecuencia de la miseria y de las desigualdades sociales.

Unámonos: somos la mayoría; unámonos: somos la fuerza. Se acerca la hora en que fundaremos una república socialdemócrata que asegure a todos los ciudadanos un futuro mejor, respetando con sus leyes los derechos de todos sus miembros. Para llegar a ello, elijamos representantes que marchen derechos, sin segundas intenciones, a la lucha social, y cuya actividad en el parlamento no sea perder el tiempo en niñerías o en cuestiones de interés personal, sino que sirva para mejorar la situación del pueblo. Todos conocemos en nuestros respectivos departamentos hombres dignos de nuestra confianza, hombres que ponen todas sus fuerzas en traer la república socialdemócrata, en la que humanidad, libertad y justicia serán algo más que palabras vacías. ¡Demostremos en las próximas elecciones que sabemos elegir representantes de confianza, y marchemos todos, de la mano y unánimes, hacia la misma meta!

Informe del ciudadano Bouchard, delegado del Cercle socialiste d'étude et de propagande (Círculo Socialista de Estudio y Propaganda) de Beauvais

El comienzo del movimiento socialista en el departamento del Oise data de finales de 1889 [sic, por 1884, según la transcripción del MIA], cuando se fundó nuestro círculo de estudio y propaganda. Para despertar la consciencia de las masas, organiza conferencias, debates y cursos de economía social para todos los sindicatos y sociedades de oficio organizados. Para cumplir la parte educativa de su tarea, el círculo prepara reuniones privadas y públicas en Beauvais y en otros centros industriales y agrícolas del departamento. Desde que existe ha celebrado más de veinte reuniones, por sí solo o con ayuda de los ciudadanos Guesde, Vaillant, etc.

La actividad de los grupos se extiende al terreno político, al económico y al internacional.

Cuando estalla un conflicto entre patronos y asalariados, el círculo hace que un comisionado investigue las circunstancias concretas del conflicto y ofrece a la corporación amenazada su apoyo intelectual y moral, porque considera deber de todo socialista estar siempre en la vanguardia de los obreros, aprovechar para la propaganda las luchas entre el trabajo y el capital y socorrer a los hombres sin trabajo y a las mujeres y los niños que pasan necesidad. Una vez decidida la lucha, se lleva adelante con toda energía, se saque algo o no: los soldados del ejército proletario deben tomar parte en todas las batallas.

De este modo el círculo ha facilitado la solución de dos huelgas que estaban a punto de estallar y, en 1887, tomó parte en la huelga de 1.200 obreros metalúrgicos de Creil-Montataire, que por desgracia terminó con una derrota de los obreros.

El contacto constante con las masas obreras ha hecho ver al círculo la gran importancia de la organización corporativa, que permite una propaganda y una acción más amplias y constituye una buena preparación del soldado obrero para la lucha de emancipación. La agrupación por sociedades de oficio lleva en su seno, en germen, el poder que en un futuro no demasiado lejano habrá de encargarse de regular la producción y la distribución de los bienes.

Así, pues, el círculo ha promovido la formación de las siguientes sociedades de oficio en Beauvais:

Sociedad de oficio de los hilanderos y tejedores160 miembros
Sociedad de oficio de los ebanistas30 miembros
Sociedad de oficio de los obreros de la construcción120 miembros
Sociedad de oficio de los obreros del cuero25 miembros

Está en formación una sociedad de oficio del ramo del vestido.

En Creil existe una sociedad de oficio de los obreros metalúrgicos con 300 miembros.

En otras pequeñas ciudades del departamento el círculo ha creado grupos de estudio y de compañeros de oficio.

La actividad política del círculo se ha limitado hasta ahora a la ciudad de Beauvais. En las elecciones municipales de 1888 nuestro candidato salió elegido en la primera vuelta con 1.789 votos. Desde su elección, el concejal socialista ha conseguido:

  1. la creación de una comisión de asuntos del trabajo;

  2. un voto favorable a la creación de un tribunal de conciliación laboral (conseil de prud'hommes);

  3. un aumento de 1.700 francos de la asignación para los obreros de los talleres municipales;

  4. un crédito de 2.400 francos para los parados;

  5. un crédito de 2.200 francos para una delegación —de hombres y mujeres— a la Exposición Universal de París.

El concejo ha tomado en consideración las peticiones de:

  1. creación de comedores escolares;

  2. apertura de una bolsa del trabajo.

La petición de una tasa sobre la carne y el deseo de crear oficinas municipales de abastecimiento público de alimentos a precio de compra han sido rechazados por escasa mayoría.

Estas medidas no se consideran medios de emancipación, puesto que esta es imposible mientras, bajo el sistema capitalista, la ley de bronce del salario siga desempeñando su papel. Pero destruyen prejuicios económicos y preparan a los individuos y a las corporaciones para hacerse cargo de los servicios públicos el día en que se transformen las condiciones.

La comisión de asuntos del trabajo examina los pliegos de tarifas municipales y se propone fijar un salario por hora para el contratista y determinar el precio de desembolso (prix de déboursé) que el patrono debe garantizar a sus obreros que trabajan para el municipio.

Si se rechaza esta petición, se encargará al concejal socialista que proponga una jornada máxima de trabajo y un salario mínimo para las obras municipales.

En el terreno político, el círculo socialista de Beauvais rechaza todo compromiso, pero eso no significa en modo alguno una política de abstención. Los socialistas conservan siempre su puesto en la vanguardia de la reserva republicana, porque, bajo el régimen capitalista, ese es el terreno menos desfavorable para los fines socialistas. Lo mismo ocurre con el sufragio universal, que no es la panacea, pero sí un medio de propaganda y de agitación.

Su actividad política ha llevado varias veces al círculo a ocuparse de cuestiones que figuran en el orden del día del congreso, sobre todo de las que se refieren a la legislación obrera internacional.

Es una prueba contundente de la fuerza del socialismo y de la presión de las fuerzas económicas que los gobiernos —¡a su manera, naturalmente!— se hayan propuesto estudiar en la conferencia de Berna la cuestión de una legislación obrera internacional.

Aunque la liberación definitiva de la clase obrera solo puede lograrse suprimiendo el sobretrabajo, puesto que eso hace imposible la producción de plusvalía —¡y será la obra común de todo el mundo socialista!—, el proletariado consciente de sus fines plantea reivindicaciones inmediatas que están formuladas ya desde la fundación de la Asociación Internacional de los Trabajadores: así, la reducción de la jornada de trabajo a ocho horas para hombres y mujeres y a seis horas para los obreros jóvenes de catorce a dieciocho años. Como complemento necesario, esta medida trae consigo la fijación de un salario mínimo que permita al obrero vivir y mantener y educar a su familia.

La reducción de las horas de trabajo significa para los obreros una mejora de su estado de salud física, intelectual y moral; les dará tiempo para el estudio y para la obra de la organización; contribuirá a hacerlos conscientes de sus fines y capaces de cumplir su misión histórica. Es, pues, en cierto modo una preparación para la liberación definitiva del proletariado; permitirá formar batallones obreros capaces, resueltos y plenamente esclarecidos sobre los fines últimos, porque las revoluciones no nos caen del cielo como fruta madura.

Hay que poner coto de una vez al aplastamiento de los obreros por la burguesía, y hay que acallar por fin ese grito de desesperación y de impotencia: «¡Todavía tiene que ponerse mucho peor antes de que mejore!». Con eso no se hace más que justificar los horrores del régimen capitalista. No hay opinión más necia que esta, que defienden algunos compañeros y según la cual precisamente los seres más débiles serían los más aptos para rebelarse.

Acortar la jornada de trabajo, elevar los salarios, aumentar el bienestar de los obreros equivale a acelerar la llegada de la revolución. Los combatientes, pensadores y organizadores del partido obrero salen en general de las filas de los obreros menos sojuzgados y mejor pagados.

La reducción de la jornada de trabajo es perfectamente posible sin perjudicar a la industria nacional: nuestros compañeros de Inglaterra tienen la jornada de nueve horas, y los obreros americanos empleados en los talleres del Estado trabajan ocho horas, o 48 horas semanales. Por ahora nos quedaremos en este número de horas en nuestras reivindicaciones de reducción; solo para los obreros jóvenes de ambos sexos el límite sería de 36 horas.

Razones fisiológicas y sociales nos llevan a reclamar —con la salvedad de las excepciones ante imposibilidades técnicas y con la introducción de un sistema de compensación— la supresión total del trabajo nocturno y la eliminación del trabajo en domingos y festivos. El rendimiento de la fuerza de trabajo no sufrirá merma alguna con esta medida. La fuerza muscular descansada rinde más que la agotada; el trabajo de ocho horas rendirá tanto como el de diez o doce, como reconoce por ejemplo Thomas Brassey,180 que llevó al campo ejércitos enteros de peones para construir ferrocarriles en Francia, Austria, Canadá y la India.

La reducción de la jornada disminuirá la producción en ciertas industrias, y permitirá, por tanto, reducir también los ejércitos de parados. Pero para que la reducción de la jornada no acabe siendo un engaño en lo que se refiere a la mejora de la situación del trabajo, hay que fijar cada año en cada localidad un salario mínimo, por medio de comisiones obreras y sobre la base de los precios de los artículos de primera necesidad. El obrero recibirá entonces lo que cuesta, pero ni mucho menos lo que produce. La fijación de un salario mínimo no contradice en absoluto, como afirman algunos, las leyes del intercambio de mercancías.

Para determinar el precio de los productos, el capitalista calcula con mucha exactitud y precisión los precios fluctuantes de las materias primas y de los medios de trabajo necesarios; ¿por qué no ha de tener en cuenta del mismo modo en su cálculo el salario y la persona de los obreros? El precio de la mercancía fuerza de trabajo ha de poder determinarse igual que el de cualquier otra mercancía. Carece de fundamento la objeción de que el obrero perderá como comprador, como consumidor, el aumento de su salario como productor. El aumento de los salarios eleva, desde luego, el precio de todas las mercancías producidas; pero como esas mercancías las consume solo en parte el proletariado y en otra parte la burguesía, aquel solo pagará una fracción de la subida de precios, digamos, por ejemplo, la mitad. Si el proletariado entero, como vendedor de fuerza de trabajo, recibe un aumento de 50 millones de francos diarios y, como consumidor, como comprador de mercancías, gasta 25 millones de francos más por la subida de los precios, le queda en conjunto una mejora de 25 millones de francos.

Además, no es cierto que los aumentos de salario vayan a provocar la ruina de la industria nacional. Por todas partes se ve que el capital es cosmopolita y que, para obtener plusvalía en mayor medida, se preocupa muy poco de la patria y de sus intereses. Sus objeciones patrióticas se las dicta sencillamente su egoísmo. Además, los países industriales con salarios altos dominan el mercado mundial: Inglaterra, los Estados Unidos. Por otra parte, tampoco hay tipos de salario nacionales, sino distintos en cada país, según los promedios...

Si se examina además el argumento según el cual los salarios bajos son necesarios para que la industria nacional pueda resistir la competencia extranjera en el mercado mundial, resulta que esa tendencia destruye precisamente para el obrero el concepto de patria. El arma principal en la lucha de la competencia es producir barato y vender a precios baratos, incluso a los precios más bajos; y eso trae consigo a su vez la adulteración de las materias primas, el empeoramiento de las mercancías, la disminución del valor del trabajo humano cristalizado en el producto. Esa reducción se logra o bien empleando en mayor medida fuerzas mecánicas, o bien explotando a obreros cada vez peor pagados. La condición indispensable para que la industria nacional pueda batir a la competencia extranjera es, pues, un aumento constante de la miseria de los proletarios: aumento de los parados, desplazamiento de los hombres por las mujeres, de las mujeres por los niños, salarios bajos. La tierna solicitud de la burguesía por la industria nacional convierte para los proletarios el país que es su patria en un país de miseria. Es para ellos un valle de lágrimas y privaciones que se extiende al pie de las colinas de oro que son la patria del capital. La producción burguesa, por su propia ley vital, destruye toda patria y no deja en pie más que el mundo del capital y el mundo del trabajo, sin distinción de naciones. Si nuestros patriotas amaran de verdad a la patria, tendrían que poner la vista en el bienestar de todos sus hijos; pero de eso ni se habla.

Por lo demás, esa objeción «patriótica» pierde su último apoyo cuando —como es el caso— nuestra reivindicación la formulan los obreros de los dos mundos.

Además de la fijación de las horas de trabajo y de un salario garantizado, reclamamos que los lugares de trabajo (fábricas, minas, oficinas, obras, talleres) se instalen conforme a las leyes de la higiene y se doten de todos los dispositivos de protección de la vida y la salud de los obreros.

Para imponer todas estas medidas preparatorias y de transición, los proletarios solo pueden contar consigo mismos, aunque a veces suceda que las disputas internas, domésticas, del mundo capitalista favorezcan nuestra causa.

La primera exigencia de la necesidad es hacer ver con claridad a las masas obreras el alcance de estas reivindicaciones, de modo que las comprendan. Un manifiesto sencillo, comprensible, enérgico y breve, que el congreso debería hacer redactar por una comisión y enviar a todos los países, favorecería mucho esta labor. La comisión tendría que dictaminar sobre los medios materiales necesarios para publicar y difundir el manifiesto. Todos los representantes del partido tendrían entonces que presentar en breve plazo, ante las mesas de sus respectivas asambleas representativas, propuestas en el sentido de las reformas que se consideran necesarias. Todos los oradores (agitadores) de los partidos obreros deberían organizar una campaña de reuniones dedicadas a este asunto. Los sindicatos y las sociedades de oficio deberían ponerse de acuerdo para actuar en común y, hecho este trabajo, es muy probable que un requerimiento general, dirigido el mismo día y desde todos los puntos del mundo a los amos del mundo burgués, tuviera un gran alcance y una gran eficacia.

Para centralizar esta agitación y orientar con precisión al mundo obrero, es necesario fundar un órgano al servicio de este movimiento, que habrían de redactar conocidos adalides de nuestra causa, y estamos convencidos de que el congreso estudiará la cuestión y tomará un acuerdo sobre ella.

El tiempo apremia: en todas partes vemos los signos de esa descomposición que precede a toda nueva formación y transformación. El dominio militar, hoy en pleno vigor y prestigio, acelerará el hundimiento y la bancarrota del mundo capitalista. El ejército permanente, esa escuela de servidumbre y de opresión del espíritu, es el último baluarte del dominio burgués, el arma de que se sirve el capital para mantener sometidos a los obreros y destruir la libertad política. Por eso reclamamos la abolición de los ejércitos permanentes y, en su lugar, el armamento directo del pueblo.

El ejército será entonces sencillamente una escuela por la que todo hombre apto para las armas pasará en el plazo de unos meses para completar su instrucción en el oficio de las armas. La juventud se prepararía para esa escuela con ejercicios físicos, prácticas de manejo de armas y de marcha, estudios topográficos, etc. Al salir de esa escuela, los hombres, organizados en cuadros locales de reserva, formarían una fuerza fácil de movilizar, tan difícil de emplear en guerras de conquista y de agresión como invencible en la lucha defensiva. Poner las armas en manos del proletariado es quitar el poder a la explotación, romperle la punta; es el golpe mortal para la guerra internacional; es la garantía de paz para todos los pueblos, la garantía de la emancipación social.

El enorme desarrollo de las fuerzas militares y las cargas financieras que conlleva obligan incluso a la burguesía a avanzar en la dirección de nuestras reivindicaciones. El aumento de los efectivos y la reducción del tiempo de servicio activo preparan el terreno al armamento organizado del pueblo.

Todos los partidos socialistas coinciden en reclamar la abolición de los ejércitos permanentes y en querer sustituirlos por el armamento general del pueblo. Pero ¿qué garantía de una acción internacional solidaria ofrecen los partidos obreros a la nación que inicie el movimiento revolucionario? A nuestro juicio —en vista del desarrollo de la idea socialista y del desarrollo de la organización que representa la socialdemocracia, y a la vista de la rapidez con que se desarrollan las condiciones económicas—, será Alemania la que abra la danza revolucionaria. ¿Qué garantía ofrece el socialismo internacional a la Alemania socialista? El día en que se levante, se verá frente a la coalición del capital de toda Europa, una verdadera Triple Alianza: la alianza de los intereses. Pero ese mismo día verá también —¡esa es nuestra esperanza!— alzarse a los proletarios de los dos mundos para apoyar el sublime movimiento de sus hermanos alemanes.

Como prenda de esta coalición de la igualdad, es necesario oponer desde ahora y para siempre a la alianza de los emperadores y los reyes la alianza indisoluble de los obreros. Dé el congreso esta garantía a los obreros alemanes, apoye la difusión de esta idea de la alianza de los pueblos, que constituye el eje de la política internacional del socialismo. Los políticos burgueses han sembrado bastante odio entre las naciones; proclamemos en este congreso a voz en grito la solidaridad universal de los intereses proletarios y estrechemos cada vez más, en todas partes y en todas las circunstancias, los lazos internacionales que unen a los pueblos entre sí. Entonces, y solo entonces, dejarán los obreros de ser un juguete en manos de sus peores enemigos y se harán dueños de sus destinos.

Informe de la cámara sindical de los mineros de Sainte-Florine (Alto Loira), presentado por el ciudadano Rouget181

El sindicato de los mineros de Sainte-Florine aprovecha la ocasión para exponer sus deseos al congreso internacional, frente a los ahítos del capital, que despliegan ante los ojos de los hambrientos todas las riquezas que han amontonado en perjuicio de los obreros.

Nuestra querida Francia tiene grandes recursos, pero también grandes miserias. Hay una triste diferencia entre quienes lo producen todo y no tienen nada y quienes no producen nada y lo tienen todo. Nuestra cámara sindical de los mineros, que viven en una hondonada en los confines de Auvernia, pertenece mitad al departamento del Puy-de-Dôme y mitad al del Alto Loira. Allí, como en otras partes, es el sistema del capital el que socava el trabajo. Las cosas ocurren del modo siguiente. Hace dos años, el todopoderoso de Le Creusot, que se llama Schneider,182 tenía dos concesiones, la de Cambelle y la de Bouxhors, que quería unir a las minas de Grosménil. Pero las autoridades municipales y los habitantes de los pueblos impidieron estos afanes de fusión, porque habían comprendido que, en cuanto hubiera un solo amo, la tiranía se haría aún mayor e insoportable. Pero Schneider no se dio por vencido: «Ah, ¿queréis tener voluntad propia, esclavos venales, no queréis la fusión? Pues bien: yo, el propietario, paro mis minas. Habéis querido elevar peticiones para impedir la fusión; ¡os obligaré a elevarlas para conseguirla!». Y en efecto se empezó a maniobrar en ese sentido.

El año pasado se paró Cambelle, y el 22 de junio de este año se dejó también sin explotación Bouxhors. En un año se ha sumido a 600 obreros en la más negra miseria y se ha arruinado toda la comarca. En la asamblea se encontró una mayoría lo bastante servil como para aprobar esta acción indescriptible. Pero en el pecho de los obreros late un dolor sordo, y ¿quién puede prever lo que ocurrirá el día de la gran lucha?

Hace diecinueve años que se nos engaña con mentiras y que nuestros diputados trafican con sus mandatos. Pero las cosas van a cambiar. Los obreros comprenden cada vez más que su liberación solo puede venir de su acción revolucionaria y que, para llevarla a cabo, tienen que organizarse en un partido determinado y separado, según el programa del Partido Obrero.

Ciudadanos, desde el extranjero se alza un ruido: el martillo resuena sobre el yunque donde forja armas. Pero no es el pueblo quien las hace forjar; son los tiranos de todos los países, que quieren precipitarnos en una guerra fratricida, en una matanza sin igual, para poder echarnos encima un yugo aún más pesado. Pero ¡alto, señores!: los socialistas no lo consentirán jamás. Para ellos rige el lema: nada de guerra, nada de fronteras; solo tienen compañeros de miseria, hermanos con los mismos sufrimientos y los mismos deseos.

Cuando hayan desaparecido los tiranos, se abrirá para todos los que sufren el reino de la justicia; ya no se forjarán armas para matar a los hombres, sino arados para alimentarlos. ¡Adelante! ¡La tierra para los campesinos, las minas para los mineros, el yunque para los herreros! El día en que todo eso se haya hecho realidad, se habrá acabado el reino de la explotación del hombre por el hombre. ¡Ciudadanos! Los camaradas de la tierra negra envían al congreso un apretón de manos fraternal. Dicen a los representantes del proletariado universal que pueden contar con ellos.


Informe sobre la situación de los hilanderos de algodón de Gante, presentado por el delegado Fr. Sessers

Al dirigir al congreso este breve informe en nombre de los hilanderos de algodón de Gante, el autor no solo se propone mostrar la urgente necesidad de una reducción de las horas de trabajo, sino también demostrar que la regulación legal de las horas de trabajo tiene que hacerse en todos los países.

Desde hace algunos años el número de parados crece de forma espantosa. El perfeccionamiento de las máquinas desplaza al obrero cada día más; pronto las máquinas y el perfeccionamiento del mecanismo sustituirán al obrero. ¿Qué ocurrirá si no se aplican pronto medios eficaces para mejorar la situación de toda la clase obrera? Todo el que vive de su trabajo, cuando lo tiene, ha de preguntarse si la situación de los obreros puede seguir así y qué va a ser de ellos en la época de crisis hacia la que vamos.

Por eso la cuestión de los intereses personales ocupa todos los espíritus. Ni las pretensiones de los curas, que más que nunca sueñan con la omnipotencia de la Iglesia para gobernar el mundo, ni el terrible peligro de una guerra europea: nada puede despertar más la atención general ni conmover más la pasión humana. ¿Por qué? Porque esos acontecimientos, incluso una guerra entre algunos millones de soldados, no admiten comparación con esa otra guerra terrible, a vida o muerte, que los desheredados de toda la tierra han emprendido contra las clases dominantes, esa lucha gigantesca que se prepara desde hace mucho y que estallará antes de lo que se piensa.

Los obreros franceses, los de los Estados Unidos, los ingleses reclaman la expulsión de los obreros extranjeros. Por todas partes los comerciantes, los fabricantes, los industriales piden a sus gobiernos leyes de protección, y estos se esfuerzan en dárselas. La competencia es imposible a causa de aranceles proteccionistas y aduanas inauditos.

En todas partes aumentan las penurias y con ellas los estancamientos del comercio y de la industria; por otro lado, vemos aumentar los vagabundos, los delincuentes, los desgraciados que pasan hambre. En todas partes aparecen los mismos síntomas de empobrecimiento: lo mismo en los países de población poco numerosa que en los países donde la población obrera está apiñada como sardinas en lata. En todas partes reina la misma miseria para el obrero: lo mismo en las repúblicas que en las monarquías; lo mismo en los grandes Estados que despilfarran sus fuerzas en hacer la guerra que en los pequeños Estados que no lo hacen; lo mismo en los países donde el ciudadano disfruta del sufragio universal que en los más despóticos; lo mismo donde la Iglesia está separada del Estado que donde holgazanes católicos y de otras confesiones viven del sudor del pueblo; lo mismo donde rige la enseñanza gratuita y obligatoria que donde el pueblo se pudre en la ignorancia; lo mismo donde el consumo de alcohol se cuenta por litros por cabeza que donde ese veneno está prohibido. En el clima cálido como en el clima frío, en todas partes los mismos síntomas, porque en todas partes, en el mundo entero, existe el mismo azote para el obrero: el sistema capitalista, que reina como amo todopoderoso en nuestra sociedad.

Iríamos demasiado lejos si quisiéramos enumerar todos los males que sufre la clase obrera en su conjunto. Nos limitamos, por tanto, a nuestro oficio de obreros del algodón, para dar algunas cifras de veracidad indiscutible.

El número de horas de trabajo de nuestros hilanderos de algodón de Gante es de 69 a 74 horas semanales. Los salarios son los siguientes:

Montadoras (monteuses) de 12 a 15 años6 francos semanales
Montadoras (monteuses) de 16 a 20 años7-10 francos semanales
Montadoras adultas13-18 francos semanales
Hilanderos20-30 francos semanales
Muchachas de las cardas de 11 a 15 años2-5 francos
Anudadoras8-12 francos
Adultos en el banco10-14 francos
Continues (en la continua de hilar) de 11 a 16 años9-15 francos
Cardadores, hombres14-17 francos
Cardadores, muchachos10-12 francos

Los obreros del algodón son 5.800, incluidos mujeres y niños. Pero hay más de 900 parados. Con cada perfeccionamiento de la máquina, los hombres son sustituidos por mujeres o niños.

En Bélgica no existe ninguna ley sobre el trabajo infantil. Muchos fabricantes exigen que el niño haya hecho la primera comunión, sin preguntar su edad; por eso muchos padres se ven obligados a hacérsela hacer mucho antes de la edad en que se hace en otras partes. El cura, por fanatismo y de acuerdo con el capitalista, da su consentimiento con el pretexto de salvar un alma del infierno. En cuanto los tiernos niños ponen el pie en la fábrica, la puerta cerrada no vuelve a abrirse hasta la hora de volver a casa; y los desgraciados se quedan sin escuela, porque las horas de trabajo de estos pequeños seres tienen la misma duración que las de los adultos.

Esa es también la razón principal de que en nuestros centros industriales se encuentren tantos lisiados, tantos seres enfermizos, de que haya tantos enfermos, de que estallen tantas epidemias y de que la muerte se lleve a nuestra población obrera en la flor de la edad.

Por eso los hilanderos de algodón de Gante se hacen representar en el congreso con el propósito bien meditado de ayudar a extirpar con medios enérgicos el azote de la esclavitud obrera, consecuencia necesaria del trabajo asalariado, para que alcancemos nuestro ideal: hacer de los productores los dueños del mundo.


Informe en nombre del sindicato de Lagresle (Loira), al que pertenecen 975 tejedores, y de todos los sindicatos de tejedores de la región del departamento del Loira, presentado por el ciudadano Béluze

El sindicato socialista de Lagresle envía un delegado al congreso internacional para ponerse de acuerdo con los demás representantes obreros y para ponerse en pie de igualdad con los demás obreros, a fin de que vuelvan a subir los salarios de nuestros pobres obreros, explotados desde hace mucho por los patronos, es decir, por la clase capitalista. La unión y la solidaridad de todos los obreros tienen que destruir ese patronato que, por medio de su dinero, es decir, de su capital, intimida a los obreros y los somete a un trabajo brutal de quince a dieciocho horas diarias en un telar de algodón, para ganar un salario de 1,25 a 1,50 francos diarios. De este escaso salario hay que descontar todavía 25 céntimos diarios por el mantenimiento del telar, que tiene que pagar el obrero.

Comunicamos a nuestros colegas de las naciones extranjeras que en Lagresle y en todo el distrito de dicho sindicato hemos llevado a cabo durante diez días una pequeña huelga de los tejedores a mano de algodón. Si hemos vencido, ha sido gracias a nuestra energía. Hemos comprendido perfectamente que, si los obreros no actúan con toda energía para luchar contra los patronos, la policía no los ayudaría. Muy al contrario. Se han hecho leyes sobre los sindicatos, pero no se deja que se apliquen en favor de los obreros. Todos los obreros socialistas de las montañas del Loira quieren un gobierno socialdemócrata para abolir la clase capitalista.


Informe del ciudadano Blacke, delegado de la cámara sindical de los herreros y de la federación de las cámaras sindicales de Lyon

En todos los países de Europa, el patronato sabe de maravilla oprimir a los pobres mártires que llevan el nombre de proletarios. Explota su trabajo y su salud para entregarse a todos los placeres, para llevar una vida de ignominiosos desenfrenos. ¿No son los explotadores los que, con la ganancia exprimida del trabajo de sus víctimas, crean y mantienen la prostitución? La explotación del trabajo por el capital crece cada vez más.

Para remediar este estado de cosas es necesario que los gobiernos de todos los países fijen cuanto antes por ley la jornada de trabajo de ocho horas, sin reducción de los salarios, así como la supresión completa del destajo por intermediarios (marchandage).

El trabajo demasiado prolongado o demasiado precipitado no solo arruina la salud del obrero, sino que el trabajo demasiado prolongado de unos supone el paro de otros. Además, impide al obrero cultivar su inteligencia, menoscaba, pues, la dignidad humana y el principio de la fraternidad. Solo sería justo que el producto íntegro del trabajo correspondiera al obrero, que lo produce todo a costa de su salud. Mientras tanto, reclamamos al menos que, al acortarse la jornada diaria, no se rebajen los salarios. Solo la organización obrera internacional, el avance de todos los proletarios de la mano, dará a nuestras justas reivindicaciones la fuerza debida; solo la fuerza unida nos ayudará a conquistar nuestros derechos humanos.

Esta organización internacional de los obreros es también la condición previa necesaria de la liberación definitiva de la clase obrera, que se realizará poniendo a la clase obrera en posesión de todos los medios de producción. Así, pues, ¡la máquina y la herramienta para el obrero de la fundición y del taller, y la tierra para el obrero del campo!


Informe de los tejedores y oficios similares, en número de 400, que pertenecen a la cámara sindical de Mandore (Ródano), presentado por el ciudadano Moncorge

El autor de este informe es delegado en este honorable congreso para exponer la situación de los obreros de Mandore, explotados desde hace mucho por los patronos.

El tejedor a mano de algodón está condenado a una jornada de trabajo de catorce a quince horas, y eso en un patio húmedo, por el escaso salario de 1 a 1,25 francos. Le es absolutamente imposible alimentar con esa suma a toda una familia. Hace apenas dos meses, los obreros, a consecuencia de estas tristes condiciones de trabajo, se vieron obligados a declarar una huelga que, gracias a la energía y a la unión de los tejedores, tuvo un desenlace feliz. En represalia, los patronos hacen sentir a los obreros todo su mal humor.

El sindicato de los tejedores quiere unirse, tomando parte en este congreso, con todas las organizaciones francesas y extranjeras. Promete su colaboración para el caso de una huelga general cuyo fin sea reclamar el derecho de los obreros del mundo entero.


Informe del ciudadano Miller,183 delegado de la unión de los sindicatos judíos de Nueva York, sobre el movimiento obrero judío en Nueva York

El movimiento entre los obreros judíos de Nueva York, como en general de toda América, data de hace seis o siete años. Se debe a la inmigración en masa de artesanos y pequeñoburgueses judíos que huyeron y siguen huyendo de Rusia a causa de las insoportables condiciones políticas y económicas de ese país, condiciones que pesan muy especialmente sobre la población judía. El número de estos inmigrantes aumenta de año en año, y son precisamente ellos los que forman el verdadero núcleo y el centro del movimiento obrero judío en América. Este movimiento empezó —como, por lo demás, todo movimiento obrero en América— en el terreno de la organización sindical pura y simple: reducción de las horas de trabajo, aumento de los salarios y, en general, mejora de las condiciones de existencia del proletariado dentro de los límites de la sociedad capitalista; esas son las tendencias que perseguían al principio las organizaciones de que tratamos.

Como medio para alcanzar estos fines, el movimiento recomendaba la organización, a fin de poder organizar y llevar a cabo luchas económicas como huelgas, boicots, etc. Pero el fracaso del movimiento por las ocho horas de 1886184 mostró lo impotentes que tienen que quedar necesariamente tales esfuerzos mientras las organizaciones sindicales sean las únicas que luchen por ellos. Ese fracaso no fue solo una declaración de bancarrota de las organizaciones sindicales como poder social independiente; predicó además al proletariado la necesidad de organizarse como partido político independiente y fuertemente organizado, con el fin de poder servirse del poder político como arma eficaz en la lucha por la emancipación del pueblo trabajador.

Conscientes de este hecho, los obreros judíos tomaron una parte relativa y absolutamente grande en el movimiento impulsado por Henry George,185 un movimiento que al final desembocó exclusivamente en un movimiento de bolsa, pero que en sus comienzos fue un puro movimiento de clase.

El centro del movimiento obrero judío está en Nueva York. En esta ciudad existen varias organizaciones, cada una de las cuales persigue fines particulares, pero que están todas unidas solidariamente en la búsqueda de fines generales y que forman juntas la unión de los sindicatos judíos.186 Forman parte de esta unión las siguientes organizaciones:

  1. La sección judía del Partido Socialista Obrero de América.

Esta organización está formada por un número bastante elevado de obreros judíos que hacen sobre todo una activa propaganda en favor del socialismo entre la masa de los que solo hablan la jerga187 y que procuran organizarlos económica y políticamente sobre la base de un programa socialista.

  1. La sección rusa del Partido Socialista Obrero de América (Club Socialista Ruso).

Este club persigue el mismo fin, con la única diferencia de que se dirige a la población obrera de habla rusa de Nueva York. Por lo demás, procura reunir medios materiales para apoyar el movimiento socialista revolucionario en Rusia.

  1. Los Pioneros de la Libertad; forman una organización bastante considerable, que hace una celosa agitación y propaganda en favor del socialismo (aunque coqueteando un poco con el anarquismo) entre los obreros judíos. Esta organización publica un semanario en lengua rusa: La Verdad.

  2. El grupo «Znamia» (La Bandera). El fin que persigue esta organización es la publicación y distribución de literatura socialista en lengua rusa. El grupo tiene un semanario: Znamia.

  3. La Unión de los Camiseros (Shirt-makers Union); está formada exclusivamente por obreros y obreras judíos de las fábricas de ropa blanca. Esta organización no solo tiene por fin la defensa de intereses materiales; trabaja también por la ilustración y el desarrollo intelectual de sus miembros. Además, despliega una actividad de agitación organizando asambleas populares en las que se explican los principios socialistas a los obreros de los distintos oficios.

  4. La Unión de los Tipógrafos Judíos; abarca a todos los cajistas judíos de Nueva York. Merece toda la atención, porque ejerce un control completo sobre todas las imprentas judías de Nueva York, aunque su número es relativamente grande.

  5. La Unión de los Coristas.

  6. La Unión de los Actores.

Estas dos organizaciones reclutan a sus miembros entre los coristas y actores de los teatros judíos de Nueva York. En su oficio han comprendido por fin que el arte ha perdido hace mucho su posición privilegiada; que en la actual sociedad capitalista los artistas son esclavos asalariados como todos los demás obreros, y que solo pueden vencer a su enemigo poniéndose en las filas del proletariado combatiente.

  1. La Unión Musical Rusa, un grupo de músicos de habla rusa y judía.

  2. La Unión de los Sastres, una organización muy fuerte formada por sastres judíos.

  3. La Unión de los Sastres de Confección para Señoras (Dress-makers Union).

  4. La Knickerbockers Union; está formada por obreros y obreras que se dedican a la fabricación de pantalones de niño (knickerbockers).

  5. La Unión de los Colchoneros.

  6. La Unión de los Tejedores de Cintas de Seda.

El programa de los sindicatos judíos, como el de la unión de los sindicatos alemanes con la que marchan de la mano, tiene por base y piedra angular el principio de la lucha de clases. Declaran como fin principal de sus esfuerzos la supresión del sistema del salario mediante la abolición de la propiedad personal y la socialización de todos los medios de producción y de transporte.

La táctica de la unión de los sindicatos judíos y su actividad práctica responden a los principios de este programa, que han de reconocer todas las organizaciones que deseen adherirse a ella.

Además de las organizaciones mencionadas, existen entre los obreros y obreras judíos de Nueva York otras agrupaciones que no pertenecen a la organización, como por ejemplo:

  1. la Unión Progresista Rusa (sociedad de formación),

  2. círculo de estudio de las mujeres, Unión de Mujeres Rusas,

  3. la Selfhelp Association (Asociación de Autoayuda), que se ocupa de iniciativas cooperativas, etc., etc.

Todas estas organizaciones, de uno u otro tipo, trabajan con gran celo por la difusión del socialismo. Ocurre con frecuencia que una misma noche se celebren en distintos puntos del barrio ruso de Nueva York media docena de reuniones públicas, donde miles de obreros y obreras judíos escuchan con atención tensa la explicación del nuevo evangelio. La representación del proletariado judío organizado en este congreso es una prueba de lo hondo que han penetrado en el corazón de ese proletariado las ideas de la solidaridad y la fraternidad de los explotados de todos los países.

Hasta qué punto es grande el éxito en el desarrollo de la consciencia de clase de toda la masa obrera judía lo prueba el hecho de que los órganos capitalistas judíos, incluso los más grandes y poderosos, consideran necesario, en interés de su existencia, adornarse más o menos con plumas socialistas.


Informe del ciudadano E. Lecomte, delegado de la cámara sindical de los vidrieros de los departamentos del Sena y de Sena y Oise

La cámara sindical de los vidrieros ya expuso el mínimo de sus reivindicaciones en los congresos de Burdeos y Troyes,188 en los que tomó parte. Los informes leídos en esos congresos y depositados ante sus mesas se han reunido en uno solo, que se entregó al grupo obrero socialista de la Cámara algunos días después de las manifestaciones obreras del 10 y el 24 de febrero de este año. Los diputados socialistas han prometido formalmente ser en el parlamento los intérpretes de estas reivindicaciones, y sabemos que cumplirán su promesa. Pero todo el mundo sabe cómo acogen los burgueses que mandan las reclamaciones de los obreros. Se hacen propuestas, que luego se envían a comisiones de entierro, que se encargan de colocarlas en el fondo de sus carpetas de tal modo que no resuciten hasta que ya no se hable de ellas.

Pese a la mala voluntad de nuestros gobernantes, no cejamos en nuestras reivindicaciones, y como nos es imposible hacer oír nuestras quejas y agravios a los que tienen el poder, toca a la clase obrera, a los socialistas unidos, a quienes exponemos nuestros deseos, ganar para nosotros a la opinión pública, que impondrá lo que hoy todavía se nos niega.

Como todas las corporaciones han de estar representadas en este congreso, cada una tiene derecho a exponer sus reivindicaciones propias, para que sea más fácil expresar en una fórmula precisa las reformas necesarias para nuestra industria. Para dar más peso a nuestras reivindicaciones, para poder justificar mejor las reformas que tenemos derecho a reclamar —tanto ante nuestros explotadores de cada día como ante los poderes públicos—, conviene poner al descubierto las innumerables injusticias de que somos víctimas. La corporación de los vidrieros tiene tanto más derecho a formular con firmeza sus reivindicaciones cuanto que está sometida a las peores condiciones de trabajo, que están en la más flagrante contradicción con las exigencias de la higiene más elemental.

El trabajo de los vidrieros se realiza por medio de una especie de colectivos formados por doce a dieciséis personas, que se designan con el nombre de place (puesto).

Pues bien, si un obrero del «puesto», a consecuencia de una quemadura, de un malestar, de debilidad, etc., necesitara aflojar la agotadora actividad que tiene que desplegar en nuestro trabajo, no puede hacerlo: su trabajo depende tanto del de todo el «puesto» que no se le permite ser un día menos activo que otro, y eso en unas condiciones de trabajo que se parecen a las de los galeotes.

Así ocurre que el vidriero, a la edad de cuarenta o cincuenta años, está completamente gastado, incapaz de seguir ejerciendo su profesión y, lo que es peor, de emprender otra. Además de que, tras quince o veinte años de actividad en nuestro oficio, las fuerzas musculares han desaparecido, se debilita también la vista, quemada por el ardor de nuestros hornos, que, calentados hasta 1.800 grados, añaden un nuevo tormento a nuestra penosa situación.

Este bosquejo general de nuestra situación hará comprender la urgente necesidad de que los poderes públicos se decidan por una legislación obrera que ponga fin al abuso indignante que se comete a diario en nuestras fábricas de vidrio.

Queremos hablar también del trabajo nocturno y del trabajo de los niños en nuestra industria, sobre todo en los departamentos del Sena y de Sena y Oise.

La composición de los «puestos» permite emplear a niños, que trabajan en gran número.

Las disposiciones legales sobre el trabajo infantil son letra muerta para nuestros patronos, y en los grandes hornos que nos sirven de talleres hay numerosos pequeños desgraciados menores de doce años. En cuanto a la enseñanza de estos pobres pequeños, se imparte en condiciones que quizá les resultan más perjudiciales para ellos y su salud que fortalecedoras y útiles. Hay incluso fábricas de vidrio donde no se da ninguna clase a los niños, y otras donde solo hay una clase y donde, después de una jornada de trabajo de doce a catorce horas, se da a los niños dos horas de escuela. Tienen, pues, de catorce a dieciséis horas de trabajo al día. ¡Y aún hay más! Como los niños van a la escuela después de la jornada de trabajo, ocurre a menudo —podemos decir incluso: siempre— que están completamente empapados de sudor y, como no tienen posibilidad de cambiarse de ropa, el sudor se les seca en la espalda. ¡Y a qué trabajo se obliga a estos pequeños parias!

Para decirlo claramente, es un trabajo de presidiarios189 el que se nos impone, del más pequeño al más grande.

Pero, aparte de la naturaleza insalubre y agotadora de nuestro trabajo, tenemos además que soportar un trabajo nocturno tanto más insoportable cuanto que no nos es posible reponer de forma normal el gran desgaste de fuerzas que exige este trabajo de fundición. ¡Júzguese! El número medio de horas de trabajo que exigen nuestros patronos es de doce de cada veinticuatro. Se ha establecido una especie de turno entre el trabajo de día y el de noche, de modo que tenemos que trabajar horas de día y de noche, intercalando las mismas horas de trabajo en cada tramo de doce horas. Así, nunca tenemos más de seis horas para descansar, ¡de las que todavía hay que descontar el tiempo necesario para el camino entre la fábrica y nuestro domicilio, para nuestras comidas, para asearnos, etc.!

Esas son, ciudadanos, en pocas palabras, nuestras condiciones de trabajo, a las que están sometidos igualmente muchachos de once a quince años.

¿No creéis con nosotros que los poderes públicos deberían hacer leyes protectoras, si no para nosotros, que somos hombres y, por tanto, capaces de romper las cadenas cuando tengamos consciencia de nuestro derecho y de nuestra fuerza, sí para los niños entregados a la más salvaje explotación capitalista?

Fuertes en nuestro derecho y seguros del apoyo de todos los obreros y socialistas, reclamamos, por tanto, como medidas que deben introducirse inmediatamente:

  1. abolición del trabajo nocturno;

  2. abolición del trabajo de los niños menores de dieciséis años;

  3. reducción de la jornada diaria de trabajo a ocho horas;

  4. derecho absoluto a aplicar la ley de 1884 sobre los sindicatos profesionales, modificada y mejorada según los acuerdos del presente congreso obrero;

  5. obligación de la sociedad de mantener a los ancianos, a los incapacitados para el trabajo y a los niños.

Esas son, lo repetimos, nuestras reivindicaciones mínimas. En cuanto a nuestros fines y aspiraciones, pensamos, de acuerdo con todos los delegados, que la liberación definitiva y completa ha de ser nuestra única aspiración, la única que responde a nuestras necesidades, la única digna de nosotros.

Undécima sesión, sábado 20 de julio, por la tarde

Preside el ciudadano Deville.

Conforme al acuerdo tomado anteriormente, debía procederse primero a la lectura de las resoluciones presentadas, refundidas en lo posible por el comité, y a la votación sobre ellas. Las eventuales observaciones, declaraciones, explicaciones y añadidos que quisieran hacer los delegados se discutirían después de la votación.

Algunos anarquistas opinaron que este procedimiento no era democrático, que suponía violentar al congreso, etc. Así que armaban sistemáticamente alboroto en cuanto se quería pasar a la lectura de las resoluciones y a la votación.

El presidente observa que ciertas personalidades se comportan en el congreso posibilista de manera muy distinta que aquí. La gran tolerancia, más aún, la excesiva tolerancia mostrada hasta ahora con esos señores los había vuelto, evidentemente, descarados. El alboroto creció cuando uno de los delegados franceses declaró categóricamente que los principales alborotadores anarquistas, y en primer lugar el italiano Merlino, se comportaban con toda tranquilidad en el congreso posibilista, de modo que había motivos para suponer que querían reventar el congreso socialista antes de que llegara a resultados. Confirmaron la noticia no solo otros delegados, sino también la tenacidad con que los anarquistas volvían a armar alboroto cada vez que se restablecía la calma y parecía posible una votación. Era evidente que había un método en esta conducta, y daba la impresión de que el congreso se hallaba ante una maniobra concertada.

El ciudadano Vaillant pide que cada delegado permanezca en su sitio para que se pueda reconocer a los alborotadores. Hay que mantener la calma, pues de lo contrario bastaría un agente para sembrar la confusión en todo el congreso.

Cuando todas las llamadas al orden del presidente y la indignación inequívocamente manifestada del congreso resultaron ineficaces para poner fin al desorden anárquico, el congreso tuvo que hacer uso de su derecho de admisión. Los principales perturbadores, Merlino y dos de sus amigos, fueron sacados de la sala, y los delegados apostados en la puerta recibieron el encargo de no permitir la entrada en el local de sesiones más que a las personas provistas de tarjeta.

La ciudadana Guillaume-Schack protestó contra la expulsión de los alborotadores y abandonó el congreso junto con siete ingleses e italianos.

Se somete entonces a votación, en primer lugar, la cuarta cuestión, «Abolición de los ejércitos permanentes, etc.». La resolución presentada al congreso es de Vaillant y ha sido enmendada y modificada por varias resoluciones presentadas por parte alemana y francesa. Dice así:

Sigue en las actas el texto de la resolución sobre la cuarta cuestión; véase Cuarta cuestión. Abolición de los ejércitos permanentes y armamento general del pueblo.


La resolución precedente fue aprobada por unanimidad. Se abstuvieron siete de los presentes, a los que, sin embargo, se reconoció como anarquistas.

A continuación se somete a votación la resolución sobre la tercera cuestión. Dice así:

Sigue en las actas el texto de la resolución sobre la tercera cuestión; véase Tercera cuestión. Medios para hacer realidad las reivindicaciones de protección del trabajo.


A propuesta de los holandeses se vota la resolución por nacionalidades. Quince naciones votan a favor, tres se abstienen y dos no están presentes. Votaron a favor de la resolución: Alemania, Francia (con cuatro abstenciones), Hungría, Inglaterra, España, Suiza, Dinamarca, Suecia (con una abstención), Rumanía, Polonia, Rusia (estos dos últimos países con reservas, por la situación excepcional en que se encuentran), Norteamérica (con una abstención entre sus tres delegados) y Argentina. Estaban ausentes los delegados noruegos e italianos. Se abstuvieron Bélgica, Holanda y Austria.

Un añadido a la resolución:

Sigue en las actas el texto del añadido; véase Tercera cuestión. Medios para hacer realidad las reivindicaciones de protección del trabajo.

se aprueba por unanimidad.

El congreso pasó entonces a votar la más importante de las resoluciones, la referente a la legislación protectora del trabajo. Había surgido de la fusión de las propuestas de Bebel y de Guesde, y Morris, Keir Hardie, Scherrer,190 etc., la habían modificado en algunos puntos.

La resolución dice así:

Sigue en las actas el texto de la resolución sobre las cuestiones primera y segunda; véase Cuestiones primera y segunda. Legislación internacional de protección del trabajo.


El ciudadano Lavigne191 presenta a continuación, en nombre de la Federación Nacional de las Cámaras Sindicales y Grupos Corporativos de Francia, una propuesta de una gran manifestación destinada a ayudar a llevar a la práctica los acuerdos del congreso. La propuesta dice así:

Sigue en las actas el texto de la resolución; véase Manifestación internacional del Primero de Mayo de 1890.


A propuesta de los belgas se vota por nacionalidades. Votan a favor de la resolución todas las nacionalidades, salvo los belgas y los rusos; los primeros quieren justificar su voto más tarde, y los segundos solo se abstienen porque en Rusia una manifestación de esa clase es imposible.

Se aprueba además la siguiente resolución:

Sigue en las actas el texto de la resolución; véase Resolución sobre la sede de la comisión ejecutiva.


Se pasa ahora a la discusión, que debe permitir a los delegados justificar sus votos o proponer todavía nuevos añadidos y enmiendas a las resoluciones.

El ciudadano Volders protesta en nombre de los belgas contra el procedimiento del comité de hacer votar antes de la discusión. Le da la impresión de que se ha querido ahogar los debates. Hasta el último momento había considerado imposible que se votara primero y se discutiera después. Aunque los belgas están en principio a favor de las resoluciones presentadas, se han abstenido para protestar contra el procedimiento del comité. En lugar de que el congreso pudiera discutir libremente, se han establecido dogmas y se han sometido a votación. Espera que el próximo congreso internacional se lleve de manera más democrática.

El ciudadano Deville replica que el comité no tiene nada que responder a Volders, pues no ha actuado por su propia autoridad, sino que se ha limitado a ejecutar las decisiones y disposiciones tomadas por el congreso.

El ciudadano Körner protesta contra la deficiente dirección de los trabajos por parte del comité. Los acuerdos tendrían que haberse presentado impresos antes de la votación, para que cada cual supiera exactamente qué votaba. Él personalmente se ha abstenido porque no pudo entender las resoluciones leídas.

El ciudadano Liebknecht considera superfluo defender al comité. Quien haya asistido a las deliberaciones habrá visto también las dificultades de la dirección. En cuanto a la votación antes de la discusión, no fue en absoluto poco práctica, como se ha afirmado, pues se trataba de cuestiones sobre las que todos los delegados tenían las ideas claras desde hacía mucho. El orador está convencido de que nadie ha venido al congreso para que lo instruyan sobre las cuestiones del orden del día; cada uno traía ya un programa firme. Pero la votación antes de la discusión se convirtió en una auténtica necesidad, dado lo avanzado del tiempo, si se quería evitar que el congreso se separara sin acuerdos. Con otro procedimiento, las discusiones se habrían prolongado hasta el infinito. Si después de la votación se abre todavía una discusión, solo puede ser para dar ocasión a justificar los votos discrepantes.

En cuanto a la dirección del congreso, no hay que olvidar las enormes dificultades con que ha tenido que luchar el comité, aunque solo fuera por la diversidad de lenguas. Ya se conocen las dificultades que supone dirigir un congreso nacional del partido; en un congreso internacional con tres lenguas oficiales se multiplican al menos por tres.

Desde luego habría sido bueno poder presentar las resoluciones impresas, pero hay que tener en cuenta que los socialistas de aquí no disponen ni de un órgano ni de una imprenta, y que, pese a todos los esfuerzos, fue imposible encontrar una imprenta que quisiera trabajar para nosotros en el acto.

El delegado norteamericano Bush192 presenta después una resolución más, que dice así:

Sigue en las actas el texto de la resolución; véase Resolución sobre la conquista del poder político y el sufragio.


Esta resolución se aprueba con todos los votos menos uno.

El ciudadano Werner (Berlín) declara que es contrario al principio democrático votar sin discusión previa. Después de que el congreso perdiera tres días con cuestiones de forma, ya no había tiempo para tratar a fondo las cuestiones del orden del día, y se ha forzado la votación a toda máquina.

El ciudadano Dumortier, representante de los mecánicos de Lyon, declara que está en contra del acuerdo del congreso porque no puede aprobar la conferencia de Berna, convocada por un gobierno burgués.

Los cuatro delegados franceses que se abstuvieron en la votación de la resolución sobre la tercera cuestión declaran que con su abstención querían evitar la apariencia de que tuvieran confianza en algún gobierno.

Los dos delegados españoles, Mesa e Iglesias, y un delegado húngaro piden en una propuesta que el comité del congreso nombre un comité central que represente a los distintos países y que tenga la misión de mantener el entendimiento internacional entre las distintas organizaciones obreras y partidos.

El ciudadano Vaillant declara que la aprobación de esta propuesta es imposible, dadas las leyes de muchos países, y en consecuencia la propuesta se retira.

El ciudadano Kranz, delegado de la Asociación Obrera Socialista Judía de Londres, pide como añadido a la resolución Bebel-Guesde la abolición de los intermediarios (factores, sweaters del «sistema de sudor», sweating system).193 El orador ha tenido ocasión precisamente en Londres de conocer el sistema y sus deplorables consecuencias para los obreros.

El comité y el congreso aprueban el añadido por unanimidad. (Véase k en la resolución sobre las cuestiones primera y segunda.)

El ciudadano Seitz (Berlín) protesta contra los ataques al comité. Comprende perfectamente las grandes dificultades con que tiene que luchar. Es cierto que al final se ha ido deprisa, pero lo imponía la situación. Todo el mundo tenía claras las cuestiones del orden del día y, además, se sabe que se puede confiar plenamente en el comité.

El ciudadano Liebknecht agradece la declaración, aunque no era necesaria, puesto que el comité no tiene por qué defenderse.

El ciudadano Chrétien (Marsella) declara que ha votado con plena convicción, pues sabe que las medidas reclamadas mejorarán efectivamente la situación de los obreros. Desde luego habría sido deseable una discusión detenida, pero, dada la falta de tiempo, el comité ha hecho bien en someter primero las resoluciones a votación.

El ciudadano Lenz propone, en nombre de los camareros y limonadiers, un añadido a la resolución Bebel-Guesde en el que se reclama la abolición de las agencias privadas de colocación.

La propuesta se aprueba por unanimidad. (Apartado k de la resolución sobre las cuestiones primera y segunda.)

El ciudadano Tressaud (Marsella) declara que es de prever que la manifestación del 1 de mayo de 1890 se quede sin efecto. Habría que apoyarla, pues, con una huelga general (grève générale). Pero el congreso debe «acordar la huelga general como comienzo de la revolución social».

El orador presenta una propuesta en este sentido, que se acoge con interrupciones irónicas.

El ciudadano Liebknecht habla brevemente contra la propuesta. El orador expone que la huelga general es algo imposible, porque presupone una organización de los obreros tan fuerte y unitaria como la que todavía no existe y no puede existir en absoluto en la sociedad burguesa. Los obreros ingleses estaban a finales de los años treinta y comienzos de los cuarenta magníficamente organizados, mucho mejor de lo que lo están ahora los franceses, y sin embargo fracasaron sus grandes huelgas, así como otros intentos de paro general del trabajo.194 Y cuando los obreros tengan por fin una organización lo bastante fuerte para llevar a cabo una huelga general, es de esperar que no se contenten con ella, sino que hagan un uso mejor de su organización. Entonces serán los dueños del mundo. Y parar el trabajo precisamente entonces sería una necedad sin límites.

El ciudadano Tressaud observa que su resolución solo debía valer para los países en los que fuera posible conseguir algo con una huelga general.

Dos delegados apoyan su propuesta.

Se presenta una propuesta de cierre del debate; la combaten varios delegados, entre otros Dormoy (provincias francesas),195 que considera que los representantes de provincias apenas han tenido la palabra hasta ahora y que sería importante que pudieran mostrar ante cuestiones tan importantes que no se sitúan en un punto de vista anarquista o confuso, sino en el punto de vista socialista correcto.

Se acuerda el cierre del debate sobre la huelga general, y la propuesta de Tressaud es rechazada por una mayoría muy amplia.

Se someten después a votación dos propuestas de una amnistía general para todas las personas condenadas por delitos políticos y en relación con el movimiento obrero.

El ciudadano Liebknecht declara que, dada la lucha que la socialdemocracia alemana mantiene con el gobierno, sería por su parte una cobardía votar a favor de un acto de gracia.

Se aprueba la propuesta de amnistía, o de agitación por la amnistía. Los delegados alemanes se abstienen.

El ciudadano Faure ha recibido de siete delegados ingleses y uno italiano el encargo de protestar contra la exclusión de Merlino y sus amigos.

Un delegado francés declara fundada la protesta; pide al congreso que lo reconozca con un voto y que pase después al orden del día.

El ciudadano Palmgreen no quiere protestar; solo hace constar que ha habido irregularidades, pero que eran naturales e inevitables; no hacen sino mostrar que el congreso ha sido socialista y no parlamentario. El comité ha cumplido plenamente con su deber; estaba sobrecargado de trabajo y no podía mantener más orden del que mantuvo. No iba a poner gendarmes a vigilar el escrupuloso cumplimiento de todos los acuerdos y disposiciones.

El orador está satisfecho de que el congreso no haya transcurrido de manera demasiado parlamentaria. El congreso ha cumplido su propósito: hemos tomado contacto unos con otros y hemos visto que los obreros persiguen en todas partes el mismo objetivo.

El ciudadano Besset declara que tenía el mandato de defender la manifestación y la huelga general. Como el congreso ha rechazado esta última, se retira.

El ciudadano Vollmar comunica que el depósito de las coronas en las tumbas de los comuneros y en las de Börne y Heine tendrá lugar el domingo a las diez de la mañana.

El ciudadano Lenz hace constar que todos los delegados han estado de acuerdo sobre el objetivo que hay que alcanzar: la emancipación de la humanidad. Pero la cuestión es cómo realizarla. Él, por su parte, está convencido de que solo mediante una revolución social.

Se hace notar un deseo general de clausurar el congreso.

El ciudadano Cipriani declara en nombre de sus compañeros de delegación italianos que estos no se han ausentado del congreso, sino que solo han asistido a él como espectadores, porque su mandato, lograr la unificación de los dos congresos, no se ha podido cumplir.

El presidente, Deville, anuncia que los alemanes, los norteamericanos y los ingleses han presentado una propuesta de clausura del congreso, puesto que este ha agotado su orden del día.

La propuesta se aprueba por amplia mayoría.

El presidente, Deville: «Declaro clausurado el congreso, que ha agotado ya su orden del día. ¡El congreso queda clausurado! ¡Viva la revolución social!»

Por parte alemana resuena el grito: ¡Viva la socialdemocracia! ¡Viva la socialdemocracia internacional! Y durante minutos se mezclan atronadores, en francés y en alemán, los gritos de ¡viva la república social! ¡viva la revolución social! Los delegados alemanes entonan la Marsellesa obrera,196 y los franceses la cantan con ellos. Todos se estrechan las manos con entusiasmo.

«¡Hasta la vista!» «Au revoir!»

La última sesión termina a las ocho y media de la noche.

Domingo 21 de julio

A la mañana siguiente, el 21 de julio, los delegados se dirigieron al Père Lachaise, donde los comuneros habían tenido su última posición firme en la sangrienta semana de mayo de 1871,197 y donde la «legión sagrada» que allí combatió encontró también la muerte. La enorme corona que los delegados alemanes depositaron el domingo en la fosa común de los comuneros caídos en 1871, en el cementerio del Père Lachaise, era de siemprevivas; tenía el tamaño de una gran rueda de molino y la llevaban por turnos dieciséis hombres. En una gran cinta de raso negro figuraba en letras de oro la inscripción: «Congrès international ouvrier socialiste de Paris 21 juillet 1889» (Congreso Obrero Internacional de París, 21 de julio de 1889). En una larga serie de discursos de representantes de todas las naciones (entre otros, Vaillant, Cipriani, Longuet, Liebknecht, este último en alemán y en francés) se honró la memoria de los «caídos por la causa del proletariado». La idea fundamental de todos estos discursos fue: «La Comuna ha muerto, ¡viva la Comuna!».

Liebknecht había pronunciado antes un breve discurso ante la tumba de Ludwig Börne,198 en el que honró la memoria de «este mártir de la libertad y del cosmopolitismo». Después los delegados alemanes depositaron una magnífica corona sobre la tumba de Börne. Tras visitar todavía la tumba de Blanqui,199 una parte de los delegados se dirigió al cementerio de Montmartre. Hoffmann (Halle an der Saale) depositó allí, en nombre de los socialdemócratas alemanes, una corona grande y hermosa sobre la tumba de Heinrich Heine. La corona llevaba en una cinta de raso blanco, con letras de oro, la inscripción: «Henri Heine les socialistes Allemandes, 21 juillet 1889» (A Heinrich Heine, los socialistas alemanes, 21 de julio de 1889). Hoffmann recordó los méritos que Heine había contraído con la causa del proletariado.

En el banquete de confraternización celebrado el domingo por la noche en la rue Saint-Mandé, Vaillant (París) brindó por la «Nueva Internacional»; Liebknecht (Alemania), por la fraternidad de los pueblos por el socialismo y por los Estados Unidos del mundo; Palmgreen (Dinamarca), por la solidaridad inquebrantable de todos los proletarios, y un delegado del sur de Francia, por la fraternidad solícita de los obreros de todos los países, que tan magníficamente se había demostrado con los mineros víctimas de la catástrofe de Saint-Étienne.

Después de cantar todos juntos la Marsellesa, empezó el baile, que mantuvo reunidos a los presentes, en el mejor de los humores, hasta altas horas de la noche. Había despuntado hacía mucho la mañana del 22 de julio cuando los delegados emprendieron el camino de vuelta entre vivas a la Comuna y a la socialdemocracia.

Lista de los delegados y de los partidos obreros, grupos y organizaciones que representaban

Alemania

Bebel, August; Becker, Carl; Bernstein, Ed.; Bock, Wilh.; Busenbender, A.; Bruhns, Jul.; Dieckmann, Ferdinand; Dietrich, Adam; Eckhardt, Daniel; Erhardt, F.; Ewald, F.; Fischer, Richard; Fleischmann, Emil; Frohme, Karl; Förster, H.; Geck, Ad.; Geyer, Friedr.; Glocke, Theodor; Grünberg, K.; Harm, Friedr.; Heine, Aug.; Hirsch, Friedr.; Hillmer, Ernst; Hofmann, Franz; Hoffmann, Adolf; Horn, Georg; Ihrer, E. (ciudadana); Joest, F.; Junge, Herm.; Kaden, Aug.; Kersten, Alex.; Keßler, Gustav; Kirchnner, F. E.; Kloß, F.; Koenen, H.; Körner, W.; Kunert, Fritz; Legien, F.; Lehmann, Karl; Liebknecht, Wilh.; Lutz, Theod.; May, Ernst; Meister, Heinrich; Müller, Herm.; Molkenbuhr, Herm.; Paschky, A.; Pfannkuch, W.; Pfeiffer, Leonh.; Pfeiffer, Aug.; Pinkau, Karl; Reißhaus, Paul; Rödiger, Hugo; Schiemann, Paul; Schmidt, W.; Schneider, Frz.; Schreiber, Balduin; Schulze, K.; Schumacher, L.; Schwarz, Theod.; Schwarz, F.; Schweitzer, W.; Schütz, Oscar; Segitz, Mart.; Seitz, Jul.; Sommer, Bruno; Stolle, W.; Strunz, Ant.; Ulrich, Carl; Vahrenholz, V.; v. Vollmar, G.; Wagner, Paul; Woldersky, Hugo; Wedde, Johannes; Wesch, W.; Wernau, Jul.; Weneger, Carl; Werner, Wilh.; Zenker, Theod.; Zetkin, Clara; Zwiener, Josef. Alsacia-Lorena: Jaclard, Dr. B.

Inglaterra

Sección de Mitcham (Liga Socialista) – Cooper, T.; sección de Norwich (Liga Soc.) – Netlow, F.; sección de Hammersmith (Liga Soc.) – Tarleton, H. B.; Consejo de la Liga Soc. – Kitz, F. y Morris, W.; sección de Yarmouth (Liga Soc.) – Tochati (ciudadana); sección de Manchester (Liga Soc.) – Ritson, John; sección de North Kensington (Liga Soc.) – Lyne; Londres Este (Liga Soc.) – Schack, G. G. (ciudadana); Club Obrero Internacional – West, W.; Club Radical de Hammersmith – Tochati; Socialistas de Bloomsbury – Dard; Socialistas de Walsall – Draken; Club Radical de New Road – Halliday; Club Radical de East Finsbury – Aveling, E.; Liga Obrera de Hoxton – Donald, K.; Partido Obrero Escocés – Gibry, O.; Mineros de Ayrshire – Hardie, Keir; Socialistas de Sheffield – J. E. Carpenter; Asociación Electoral Obrera (Electoral Labor Association) – Cunninghame Graham, miembro del Parlamento.

Argentina

Grupo Socialista de Buenos Aires – Peyret, Alexander.

Austria

Viena: Pokony, R.; Popp, Jul.; Kralik, Emil; Dr. Adler, Viktor; Brünn: Hybes; Praga: Korber, Wilh.; Jägerndorf: Franz, Joseph; Bohemia del Norte: Dietel, Hermann; Althanns; Sección checa de la Liga Eslava – Habrowsky, Georg.

Bélgica

Sociedad Cooperativa Obrera de Gante – Anseele; Obreros metalúrgicos de Gante – Vanderhaegen; Círculo de Propaganda de Bruselas – Maes, T.; Hilanderos de algodón de Gante – Seifers, J.; Hilanderos de lino de Gante – Bairt, C.; Tejedores de Gante – Toucairt; Círculo de Propaganda de Gante – Stautemas; Asociación Obrera de Bruselas – César de Paepe; Mecánicos del Centro – Selvars; Consejo General del Partido Obrero Belga – Volders, Jean; Hilanderos de algodón de Gante – Hardyn; Federación de Amberes – Goetschalck; Cooperativa «Werke» – Mortelmans; Borinage – Deffuisseau.

Bulgaria

Asociación de Estudiantes Búlgaros de Bruselas – Many.

Dinamarca

Partido Socialista de Dinamarca – Christensen, P., Meyer, A. C.; asociaciones socialistas de Amare y Oesterbro, Sindicato de Escultores de Copenhague, círculos alemán y sueco de Copenhague – Petersen, Nicolai L.

España

Partido Socialista Obrero – Iglesias, Pablo; Redacción de El Socialista – Mesa, José.

Estados Unidos de América del Norte

Partido Socialista Obrero – Busche; Sindicatos Alemanes Unidos de Nueva York – Kirchner, F. E.; Sindicatos Judíos Unidos de Nueva York – Miller, L. L.; Sindicatos Judíos Unidos de Nueva York – J. Barsky; Hermandad Unida de Iowa – Ahles, Carl.

Finlandia

Finn, Nicolaus.

Holanda

Partido Socialista de Holanda – Fortuyn, J. A.; Bliegen, W. H.; Helsdinger, W. P. G.; Domela Nieuwenhuis.

Hungría

Partido Obrero Húngaro – Fränkel, Leo; Ihrlinger, A.; Zapateros de Budapest – Popp, R.

Italia

Fraternidad Universal (sección latina), con sus numerosos grupos y secciones en Italia, España, Portugal y Rumanía, y muchas otras asociaciones en Italia – Cipriani, Amilcare; Federación Socialista de Predappio – A. Costa y Croce; Partido Socialista Revolucionario de la Romaña – Balducci, Piselli, Balducci; Federación Socialista de Roma – Merlino; Círculo socialista-anarquista «Hierro y Fuego» de Alejandría (Egipto) – Pichi, C.; Sociedad Obrera «Emancipación» de Zúrich (Suiza) – Bertoja, Merlinari, E.; Círculo Socialista «Emancipación del Trabajo» de Livorno – Cini, F., Foraboschi, Ezio.

Noruega

Partido Socialista Noruego – Jeppesen, Carl; Federación Obrera de Cristianía – Olsen, J., Bergenen, C.

Polonia

Grupo socialista revolucionario Oswiata (Instrucción), de Nueva York – Dasrynski, Felix; Organización Walka Klas (Lucha de Clases) – Jankowska, Marie; Comité Central del Partido Obrero Socialista Revolucionario, etc. – Mendelson, Stanislaus; Liga Eslava (sección polaca) – Winiarski, Leon.

Rumanía

Tipógrafos de Bucarest y su órgano Gutenberg, etc. – Many, Voinov, D.; Círculo Obrero de Bucarest y estudiantes socialdemócratas rumanos de París – Racovitza; Asociación de Guarnicioneros de Bucarest – Procopin; Círculo de los Obreros Rumanos – Seulesco, A.

Rusia

El «Socialista», Sociedad de los Obreros Rusos de París, etc. – Lawroff; Unión de los Socialdemócratas Rusos – Plechanow; Tres grupos adheridos al programa de la «Voluntad del Pueblo»200 – Beck; Club Internacional de Instrucción Obrera de Londres – Krantz, Philipp; Unión de los Artesanos Israelitas de Nueva York – Barsky, Miller, Louis.

Suecia

Partido Socialista Sueco y Asociación Socialista Escandinava de París – Palmgreen, C., Allard, O.

Suiza

Partido Socialdemócrata Suizo – Schrag, L.; Federación de las Sociedades de Oficio Suizas – Merk, A.; Grütliverein201 – Brandt, P.; Vogelsanger, J.; Sección del Grütli del cantón de Basilea-Campiña – Gschwind, S.; Sección del Grütli de Neuchâtel – Houst, H.

Francia

Sindicato de los Cargadores de Cette – Affre, Antoine; Comité Socialista de Figeac – Antraigues; Federación de los Obreros Socialistas de Alais y otros grupos – Araud, Chauvet; Comité Departamental de los Republicanos Socialistas del Ródano – Archain, Baudin, C.; Sindicato de las Costureras de Burdeos – Arrécot, Léon; Sindicato de los Fundidores de Hierro de Lille – Aussens, Louis; Grupo L'Égalité, Círculo Socialista de Estudios de Bacalan (Burdeos) – Anscot, Charles; Unión de los Cargadores de Cette – Balmain; Sindicato de los Mineros del Norte y del Paso de Calais – Basly; Sindicato de los Gorreros de Troyes – Barisse, G.; Federación de los Sindicatos Obreros de Vierzon, etc. – Baudin; Sindicato de los Tejedores y oficios afines de Lagreslez (Loira) – Beluze; Unión de los Sindicatos de Béziers, etc. – Besset; Grupo lionés del Partido Obrero y otros grupos – Vessy-Placet; Sindicato de los Metalúrgicos de Troyes, etc. – Pischler, Ch.; Federación Lionesa de 54 sindicatos – Blache, Farjat, Gabriel, Perronin; Sindicato de los Cocheros y Conductores de Cette – Bonnet, Étienne; Grupo «Ni Dios ni Amo» de Lyon – Bonnotte; Unión Socialista de Toulouse – Bousquet; Sindicato de los Obreros Reunidos de La Celle (Allier), etc. – Bonvin; Círculo Socialista de Beauvais, etc. – Bouchard, Adolf; Sindicato de los Yeseros de Cette – Bressac, Marc.; Comité Central de la Juventud Socialista Revolucionaria de Lyon, etc. – Breuillé, Duplat; «Acción Anarquista» de Reims – Brunet; Sindicato de los Mineros de Carmaux – Calvignac; Panaderos de Burdeos – Carla, Charles; Grupo de los Tiradores de Burdeos (Partido Obrero), etc. – Caradec, J.; Sindicato de los Fideeros de Niza – Carlin, G.; Sindicato de los Tintoreros de Roanne – Chabas, Julien; La Solidaridad, la Vanguardia, de Burdeos (Partido Obrero) – Chirac (preso en Sainte-Pélagie); Unión de los Sindicatos de Marsella – Chrétien, Tressaud, Gillet, Gentil, Louis, Issalène; Tejedores de Thizy (Ródano) – Corget; Círculo del Comité Republicano Radical de La Seyne (Var), etc. – Cluseret; Círculo Republicano de los Obreros de Montluçon – Courtignon; Jóvenes Anarquistas de Saint-Quentin – Conrtois; Ebanistas de Cette – Crassous; Grupo de Petit-Courgain, etc. – Delcluze, A.; Unión de los Sindicatos, etc., de Toulouse – Delmas, Alph.; Consejo Local de la Federación de Roanne, etc. – Delorrme, Louis, Desseigne, Gay-Simon, Meunier, Guill., Parraud, Jean, Vergne; Federación del Partido Obrero del Norte, 74 grupos y sindicatos – Delory, G., Lepers, A.; Unión de los Tejedores y oficios afines de Tarare – Demangé, Bost; Unión Federativa de los Sindicatos Obreros de Castres, etc. – Denis; Sindicato de los Carpinteros y Aserradores de Cette – Desmazes; Sindicato de los Obreros Reunidos de Montluçon – Dormoy, J.; Comité Socialista de Amiens (P. O.) – Ducerf; Mecánicos de Lyon – Dumortier; Grupo «La Vigie» de Burdeos (P. O.), Unión Sindical de los Marinos Inscritos – Dupon; Sindicato de los Marinos y Pescadores de Cette – Esquillan, Félix; Comité Central Revolucionario de Lyon – Farjat, Adrien; Liga de los Obreros Reunidos del Havre – Faure, Sébastien; Comité de los Obreros Socialistas de Nanterre – Féline, Louis; Asociación Socialista de Narbona – Ferroul; Sindicato de los Obreros Reunidos de Bézenet (Allier), etc. – Fréjac, Raoul; Comité del Partido Obrero de Vauban-Chanzy (Calais), etc. – Fuchs; Sindicato de los Carpinteros de Saint-Quentin – Gadrop, Léon; Obreros del tabaco de Marsella – Gros; Grupo Obrero de los Librepensadores de Marsella, el «Argel Radical» – Guesde, Jules; Círculo de la Vanguardia de Limoges – Hummec, Aristide; Grupo «La Mouche» del III distrito de Lyon – Jaquet; Sindicato de los Metalúrgicos de Cette – Jeannot, Louis; Sindicato de los Carpinteros (Calais) – Jude, Henri; Sindicato de los Obreros del Mueble de Cours (Ródano) – Lachize; Sindicato de los Mineros del Aveyron (Decazeville) – Laconche, Ant.; Liga Obrera Nacional (Burdeos) – Lafitte; Unión Electoral del III distrito de Lyon – Landrin; Sindicato de los Tejedores de Saint-Quentin – Langrand; Unión de los Obreros Socialistas de Pantin – Lapierre; Sindicato de los Empleados del Comercio y la Industria (Burdeos) – Lavau; Comité Central de los Grupos Socialistas, etc. – Savigne; Comité Central de los Republicanos Socialistas del Cher (Bourges) – Lebeau, Louis; Preichoux, Gilbert; Sindicato de los Tejedores de Amiens – Lefebvre; Sindicato de los Metalúrgicos, etc., de Commentry (P. O.) – Letang, S.; Sindicato de los Picadores de Limas de Arnay-le-Duc (Côte-d'Or) – Levitre, Jul.; Unión Obrera de Tulle – Malaurie, Marc.; Comité Socialista Revolucionario de Saint-Ouen – Maquaire; Comité de Mâcon – Marmonnier; Les Égalitaires del III cantón de Reims, Grupo Revolucionario del III cantón de Lyon – Michel, Joseph; Sindicato de los Tejedores de Mardore (Ródano) – Moncorge, Émile; Talladores de cristal del Sena y del Sena y Oise (Aubervilliers) – Moffer; Sindicato de los Tejedores Reunidos de Annonay (Ardèche), etc. – Neveu, Henri; Sindicato de los Mineros del Loira (Saint-Étienne) – Ottin, Ant.; Sindicato de los Cargadores, sección de Choisy-le-Roi – Paulet; Federación de los Grupos Socialistas del Partido Obrero (Reims), etc. – Pédron; Concejo municipal de Saint-Ouen – Pernin, alcalde; Grupo «Ni Dios ni Amo» (Lyon) – Perreux, Alex.; Unión de los Sindicatos Obreros de Nantes, etc. – Piron, Joseph, Rigaud; Librepensadores del Ardèche (Annonay) – Place, Henri; Sindicato de los Carniceros de Saint-Fargeau, etc. – Poilblanc, Élie; Sindicato de los Hilanderos de Vienne – Poncet; El Centinela (la Sentinelle) de Saint-Quentin, etc. – Renard, Victor; Zapateros de Lyon – Richerand; Comité Central Revolucionario de los 3 cantones de Grenoble – Robesto; Sindicato de los Obreros Reunidos del Alto Loira y del Puy-de-Dôme (Sainte-Florine) – Reuget; Los Independientes de Annonay – Rouillon; Unión de los 20 Sindicatos de Burdeos, etc. – Roux; Mineros de Bocas del Ródano (Marsella) – Sabathier; Sindicato de los Metalúrgicos de Calais – Salembier; Pescadores de Cette – Sauvaire; Grupo de Estudios Sociales de Lormont (Gironda) – Sciota; Sindicato de los Tipógrafos de Cette – Sénégas; Sindicato de Lérouville (Mosa) – Sieffert; Tejedores de terciopelo de L'Arbresle (Ródano), etc. – Sol, Louis; Federación Socialista del Alto Vienne (Limoges) – Soulat, Henri; Comité Socialista Federal del Allier (Montluçon) – Tissier; Unión Socialista Revolucionaria (Marsella) – Tressaud; Grupo Socialista Revolucionario de Saint-Amand (Cher), etc. – Vaillant; Sindicato de los Toneleros y Trasegadores de vino de Cette – Ballat, Pierre; Grupo Socialista de Orleans – Viard; Unión de los Obreros Socialistas de Lyon – Vimenet, Jean; Unión de los Librepensadores Socialistas de Boulogne-sur-Seine – Macherey; Grupo socialista de la Cámara de Diputados – Boyer, Camelinat.

París

Adam, Ferdinand; Ambourg; Andrieux; Anquetil; Baju; Pellegrie; Baudet; Bedier; Besse; Boicervoise; Boulé; Besseguet; Bureau, Jacques; Calmel; Camescasse; Charreron; Chauvière; Granger; Vaillant; Ciret, Louis; Comaille; Combomoreil; Courbet; Dangers; Delmas; Delacôte; Dereure; Desgrosjean; Deville; Dimnet, Nicolas; Dubois; Dubucq; Duprès; Guillon, G.; Lafargue, Paul; Léveillé; Féline, George; Gaiffe; Geiler; Gerbaud; Geba; Gouzon; Grenier; Guillot-Poupardin; Kahn; Hertaud; Hinart; Jannot; Lacher; Lacoste, Maximilien; Lainé; Laurençon; Lecomte, Eugène; Lentz; Lepage; Lepeut; L'Homme; Ligneul; Luß; Mercier; Marchat; Messer; Monceau; Montant; Patricot; Policon; Reinert; Rigal (ciudadana); Rouanet; Weber; Rousseau; Roussel; Siguret; Stievenard; Troquet; Valette, ciudadana; Weil, Lucien; Daumas, Humbert; Longuet.

  1. Johannes Wedde (1843-1890), escritor y periodista socialdemócrata de Hamburgo, delegado en el congreso; murió en 1890. ↩

  2. Las elecciones legislativas francesas de septiembre y octubre de 1889. ↩

  3. Jules Guesde (1845-1922), dirigente del Partido Obrero francés, uno de los organizadores del congreso. ↩

  4. Las elecciones al Reichstag del 20 de febrero de 1890, en las que la socialdemocracia, todavía bajo la ley antisocialista, obtuvo cerca de millón y medio de votos y fue el partido más votado. ↩

  5. El Partido Obrero francés (Parti ouvrier), de Jules Guesde y Paul Lafargue, cuyo programa de 1880 se redactó con Marx. ↩

  6. Organización de los blanquistas, dirigida por Édouard Vaillant, fundada en 1881. ↩

  7. Junio de 1848: la insurrección obrera de París; marzo-mayo de 1871: la Comuna de París. Gracchus Babeuf (1760-1797), dirigente de la Conjuración de los Iguales; Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario; Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, miembro de la Internacional y de la Comuna, fusilado en mayo de 1871. ↩

  8. Paul Lafargue (1842-1911), socialista francés, yerno de Marx, dirigente del Partido Obrero. ↩

  9. Wilhelm Liebknecht (1826-1900), fundador y dirigente de la socialdemocracia alemana, diputado del Reichstag. ↩

  10. Édouard Vaillant (1840-1915), miembro de la Comuna de París, dirigente blanquista, concejal de París desde 1884. ↩

  11. Andrea Costa (1851-1910), socialista italiano, primer socialista elegido diputado en Italia (1882). ↩

  12. Amilcare Cipriani (1844-1918), revolucionario italiano, combatiente de la Comuna de París. ↩

  13. Edward Anseele (1856-1938), socialista belga de Gante, dirigente del cooperativismo obrero (el Vooruit). ↩

  14. Leo Frankel (1844-1896), obrero orfebre húngaro, miembro de la Comuna de París y de la Internacional, dirigente del socialismo húngaro. ↩

  15. Piotr Lavrov (1823-1900), teórico del populismo revolucionario ruso, emigrado en París, miembro de la Internacional. ↩

  16. Ferdinand Domela Nieuwenhuis (1846-1919), antiguo pastor, fundador del socialismo neerlandés y primer diputado socialista de los Países Bajos (1888); más tarde, anarquista. ↩

  17. Ernest Ferroul (1853-1921), médico, diputado socialista por el Aude desde 1888 y más tarde alcalde de Narbona. ↩

  18. El Congreso de Basilea de la Primera Internacional (septiembre de 1869). ↩

  19. Asociación suiza de carácter obrero y democrático, fundada en 1838. ↩

  20. August Bebel (1840-1913), dirigente de la socialdemocracia alemana, diputado del Reichstag. ↩

  21. Francesco Saverio Merlino (1856-1930), abogado y anarquista italiano, emigrado. ↩

  22. Wilhelm Werner, tipógrafo berlinés, más tarde uno de los «jóvenes» de la oposición de izquierda en la socialdemocracia alemana. ↩

  23. Eduard Bernstein (1850-1932), socialdemócrata alemán, entonces director en Londres del Sozialdemokrat, órgano del partido durante la ley antisocialista. ↩

  24. (Nota de la edición alemana de 1890.) Esta lista, exacta para el 15 de julio, quedó anticuada por la llegada de nuevos delegados en los días siguientes, de modo que da una imagen insuficiente. Véase sobre ello más adelante. ↩

  25. Georg von Vollmar (1850-1922), socialdemócrata bávaro, diputado del Reichstag de 1881 a 1887 y de nuevo desde 1890, más tarde uno de los dirigentes del ala reformista. ↩

  26. La gran huelga de los mineros del Ruhr y de otras cuencas alemanas en mayo de 1889. ↩

  27. (Nota de la edición alemana de 1890.) Estos dos germanoamericanos no están incluidos en la enumeración de 81 alemanes que dio Vollmar, sino que en la lista de arriba se cuentan entre los americanos. ↩

  28. La ley antisocialista de Bismarck (1878-1890), que prohibía las organizaciones, la prensa y las reuniones socialdemócratas, y permitía declarar el «pequeño estado de sitio» en ciudades como Berlín, Hamburgo o Leipzig. ↩

  29. La Convención Nacional cartista de 1839 y el «Parlamento del Trabajo» (Labour Parliament) reunido en Mánchester en 1854. ↩

  30. William Morris (1834-1896), poeta, artista y socialista inglés, dirigente de la Liga Socialista. ↩

  31. Eleanor Marx-Aveling (1855-1898), hija menor de Marx, socialista y sindicalista inglesa. ↩

  32. Robert Bontine Cunninghame Graham (1852-1936), escritor escocés, diputado radical en la Cámara de los Comunes (1886-1892), cercano entonces a los socialistas. ↩

  33. Pablo Iglesias (1850-1925), tipógrafo, fundador del Partido Socialista Obrero Español. ↩

  34. Victor Jaclard (1840-1903), blanquista, miembro de la Internacional y de la Comuna de París. ↩

  35. Stanisław Mendelson (1858-1913), socialista polaco emigrado. ↩

  36. César De Paepe (1841-1890), médico, socialista belga, miembro destacado de la Primera Internacional. ↩

  37. James Keir Hardie (1856-1915), dirigente de los mineros escoceses, fundador del Partido Laborista Escocés (1888). ↩

  38. Clara Zetkin (1857-1933), socialdemócrata alemana, emigrada entonces en París; en este congreso informó sobre el trabajo de las mujeres. Maria Jankowska-Mendelson (1850-1909), socialista polaca, compañera de Stanisław Mendelson. ↩

  39. Gabriel Deville (1854-1940), socialista francés del Partido Obrero, autor de un resumen de El capital. ↩

  40. Charles Longuet (1839-1903), miembro de la Comuna y de la Internacional, yerno de Marx. ↩

  41. La asociación de los obreros alemanes de Londres, fundada en 1840. ↩

  42. Paule Mink (1839-1901), socialista y feminista francesa, participante en la Comuna. ↩

  43. El muro del cementerio del Père-Lachaise ante el que fueron fusilados los últimos combatientes de la Comuna en mayo de 1871. ↩

  44. Jean Volders (1855-1896), socialista belga, director del periódico Le Peuple. ↩

  45. El Consejo Federal suizo había propuesto en 1889 una conferencia internacional de gobiernos sobre la protección del trabajo en Berna; no llegó a reunirse, porque el gobierno alemán convocó en su lugar la conferencia de Berlín de marzo de 1890. ↩

  46. Raymond Lavigne, de Burdeos, secretario de la Federación Nacional de Sindicatos francesa, próxima al Partido Obrero. ↩

  47. Samuel Gompers (1850-1924), cigarrero, presidente de la Federación Americana del Trabajo desde su fundación en 1886. ↩

  48. Así, «Defuet», en la edición alemana: es Gustave Defnet, socialista belga, secretario del Consejo General del Partido Obrero belga. ↩

  49. Gustav Kessler (1832-1904), dirigente sindical berlinés, partidario de las organizaciones locales de oficio. ↩

  50. Antide Boyer (1850-1918), alfarero, socialista de Marsella, más tarde diputado. ↩

  51. (Nota de la edición alemana de 1890.) Cuando apareció en Francia el peligro del boulangismo, los republicanos burgueses fundaron una Sociedad de los «Derechos del Hombre», a la que debían adherirse todos los defensores de la República. Los posibilistas se sumaron a ese batiburrillo republicano burgués y pasaron así a ser oficialmente comparsas de los partidos burgueses y del oportunismo gubernamental. La «Sociedad de los Derechos del Hombre» se fundó en la rue Cadet; de ahí la denominación de «cadetistas», «cadetista», etc., para los partidos gubernamentales franceses. ↩

  52. Jules Joffrin (1846-1890), mecánico, antiguo communard, dirigente posibilista y concejal de París. ↩

  53. Arthur Ranc (1831-1908) y Georges Clemenceau (1841-1929), políticos republicanos radicales, promotores de la Sociedad de los Derechos del Hombre contra el boulangismo. ↩

  54. Congreso clandestino de la socialdemocracia alemana celebrado en St. Gallen (Suiza) en octubre de 1887, bajo la ley antisocialista. ↩

  55. Jules Ferry (1832-1893), jefe de gobierno republicano «oportunista»; Georges Boulanger (1837-1891), general cuyo movimiento nacionalista y cesarista amenazó a la Tercera República en 1886-1889. ↩

  56. El texto alemán dice «zu veranlassen» («ocasionar»), sin duda errata por «zu verbessern» («mejorar»). ↩

  57. Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), político liberal alemán, promotor de cooperativas y asociaciones obreras de tutela burguesa. ↩

  58. José Mesa, tipógrafo, antiguo miembro de la Internacional en España y cofundador del Partido Socialista Obrero Español; vivía en París y colaboraba con Guesde. ↩

  59. (Nota de la edición alemana de 1890.) Federación Socialdemócrata: nombre de un grupo de partido inglés. ↩

  60. La Socialist League, de William Morris, nació en 1884-1885 de una escisión de la Social-Democratic Federation de Henry Hyndman. ↩

  61. Victor Adler (1852-1918), médico, fundador del Partido Socialdemócrata de Austria en el congreso de Hainfeld (1888-1889). ↩

  62. Karl Frohme (1850-1933), periodista, diputado socialdemócrata del Reichstag. ↩

  63. Fritz Kunert (1850-1931), maestro y periodista socialdemócrata alemán; así figura en la lista de delegados («Kunert, Fritz»). ↩

  64. Sébastien Faure (1858-1942), propagandista anarquista francés. ↩

  65. Atentados contra el emperador Guillermo I cometidos por Max Hödel (11 de mayo de 1878) y Karl Nobiling (2 de junio de 1878); sirvieron de pretexto a la ley antisocialista, aprobada en octubre de 1878 y vigente hasta 1890. ↩

  66. El artículo 28 de la ley antisocialista permitía declarar en una ciudad o comarca el «pequeño estado de sitio», que autorizaba a expulsar a personas consideradas peligrosas y a prohibir reuniones. ↩

  67. El caso Wohlgemuth: en abril de 1889 Suiza detuvo y expulsó a August Wohlgemuth, inspector de policía alemán que trataba de reclutar espías entre los socialdemócratas emigrados; Bismarck respondió con amenazas y presiones diplomáticas. ↩

  68. Gran huelga de los mineros del Ruhr (Renania y Westfalia) de mayo de 1889, con unos 90.000 huelguistas; Guillermo II recibió a una delegación de mineros y exhortó a los patronos a la conciliación. ↩

  69. En las elecciones al Reichstag de febrero de 1890 la socialdemocracia obtuvo cerca de 1.430.000 votos, la cifra más alta de todos los partidos. ↩

  70. Explosión de grisú en el pozo Verpilleux de Saint-Étienne, el 3 de julio de 1889, que costó la vida a más de doscientos mineros. ↩

  71. La explosión de grisú del pozo Verpilleux, en Saint-Étienne, el 3 de julio de 1889, que mató a más de doscientos mineros. ↩

  72. Pedro I el Grande, que en 1689, a los diecisiete años, apartó del poder a la regente Sofía. ↩

  73. La sublevación de Yemelián Pugachov (1773-1775). ↩

  74. Pablo I, zar de 1796 a 1801. ↩

  75. Alexandr Herzen (1812-1870), escritor y revolucionario ruso; fundó en Londres en 1853 la Imprenta Rusa Libre y publicó Kólokol (La Campana). ↩

  76. Los miembros del círculo de Petrashevski, detenidos en 1849; entre ellos estaba Dostoievski. ↩

  77. Nikolái Chernyshevski (1828-1889), escritor y economista revolucionario ruso, deportado a Siberia en 1864; murió en octubre de 1889. ↩

  78. La traducción rusa del primer libro de El capital, de Guérmann Lopatin y Nikolái Danielsón, apareció en San Petersburgo en 1872. ↩

  79. Vperiod! (¡Adelante!), revista y periódico que Lavrov publicó en Zúrich y Londres entre 1873 y 1877. ↩

  80. Nabat (La Campana de Alarma), periódico de Piotr Tkachov y los blanquistas rusos, publicado en Ginebra desde 1875. ↩

  81. Sofía Bardina y el obrero tejedor Piotr Alexéiev pronunciaron discursos célebres en el «proceso de los cincuenta» (Moscú, 1877). ↩

  82. Vera Zasúlich (1849-1919) disparó en 1878 contra el gobernador de San Petersburgo, Trépov, y fue absuelta por un jurado; más tarde fue cofundadora del grupo Emancipación del Trabajo. ↩

  83. Zemlia i Volia, organización populista revolucionaria (1876-1879), que se escindió en 1879 en Chorni Peredel y Naródnaya Volia. ↩

  84. (Nota de la edición alemana de 1890.) Quiere decir: la tierra, la tierra de labor negra (que debe repartirse entre los hombres). ↩

  85. El grupo Emancipación del Trabajo, fundado en Ginebra en 1883 por Plejánov, Axelrod, Zasúlich, Deutsch e Ignátov. ↩

  86. Naródnaya Volia, organización revolucionaria rusa (1879), que practicó el terrorismo contra el zarismo. ↩

  87. Alejandro II, muerto en el atentado de Naródnaya Volia del 1 (13) de marzo de 1881. ↩

  88. El partido socialista polaco «Proletariado», fundado en 1882 por Ludwik Waryński. ↩

  89. En Yakutsk, en marzo de 1889, la tropa disparó contra los deportados políticos que protestaban por las condiciones de su traslado; varios murieron y tres fueron ahorcados después. ↩

  90. Wilhelm Hasenclever (1837-1889), dirigente lassalleano y luego socialdemócrata alemán, diputado del Reichstag; murió el 3 de julio de 1889. ↩

  91. Eugène Varlin (1839-1871), obrero encuadernador, miembro de la Internacional y de la Comuna, fusilado en mayo de 1871. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés, que pasó más de treinta años en prisión. ↩

  92. Der Arbeter Fraint, periódico socialista en yidis fundado en Londres en 1885. ↩

  93. El Comité Revolucionario Central, organización de los blanquistas franceses, fundado en 1881. ↩

  94. El III Congreso Obrero de Francia, celebrado en Marsella en octubre de 1879. ↩

  95. El programa electoral del Partido Obrero, cuyo preámbulo dictó Marx a Guesde en Londres en mayo de 1880; lo adoptó el congreso de Le Havre en noviembre de 1880. ↩

  96. La ley Le Chapelier, del 14 de junio de 1791, que prohibió las corporaciones y las coaliciones de obreros y de patronos. ↩

  97. La ley Waldeck-Rousseau del 21 de marzo de 1884 autorizó los sindicatos profesionales. ↩

  98. Escenarios de grandes huelgas: los mineros de Montceau-les-Mines (1882) y de Anzin (1884) y los obreros de Vierzon (1886). ↩

  99. El general Georges Boulanger (1837-1891), cuyo movimiento nacionalista amenazaba entonces a la república parlamentaria; había huido a Bruselas en abril de 1889. ↩

  100. William Vernon Harcourt (1827-1904), político liberal británico, ministro del Interior y de Hacienda en los gobiernos de Gladstone; a él se atribuye la frase «We are all socialists now». ↩

  101. The Star, diario vespertino londinense de tendencia radical, fundado en 1888 por T. P. O'Connor. ↩

  102. Organización socialista fundada en diciembre de 1884 por William Morris, Eleanor Marx, Edward Aveling y otros, escindidos de la Social-Democratic Federation; hacia 1889 predominaba en ella la corriente antiparlamentaria y anarquista. ↩

  103. John Bright (1811-1889), industrial y político liberal inglés, dirigente de la Liga contra las Leyes de Cereales; había muerto en marzo de 1889. Aludía al «residuum», la capa más pobre de la población, que en su opinión no debía tener derecho de voto. ↩

  104. (Nota de la edición alemana de 1890.) De la interjección by Jingo (pronúnciese «bai dchíngou»), algo así como «¡rediez!», que los chovinistas ingleses gustan especialmente de tener en la boca. Al chovinista se le llama en Inglaterra jingoist (pronúnciese «dchíngoist»). ↩

  105. La Social-Democratic Federation, fundada en 1881 (con el nombre de Democratic Federation) por Henry Mayers Hyndman; su órgano era el semanario Justice. No acudió al congreso marxista, sino al posibilista. ↩

  106. Alusión a la escisión entre «radicales» y «moderados» del movimiento obrero austriaco en la década de 1880; la unificación se selló en el congreso de Hainfeld. ↩

  107. Frank Kitz (1849-1923), obrero tintorero, militante de la Socialist League, de la corriente anarquista. ↩

  108. El Parti Ouvrier Belge, fundado en Bruselas en abril de 1885. ↩

  109. Josef Hybeš (1850-1921), obrero textil de Brno, dirigente socialdemócrata checo, varias veces encarcelado. ↩

  110. Johann Most (1846-1906), antiguo diputado socialdemócrata del Reichstag, expulsado del partido en 1880 y convertido al anarquismo; publicaba en Nueva York el semanario Freiheit. ↩

  111. Así en el original; la equivalencia es errónea: 1.200 millones de libras equivalían a unos 24.000 millones de marcos. ↩

  112. Nicolai L. Petersen, socialdemócrata danés, delegado de varias asociaciones socialistas de Copenhague. ↩

  113. Maria Jankowska (1850-1909), más tarde Jankowska-Mendelson, socialista polaca exiliada, una de las secretarias del congreso. ↩

  114. La «ley de bronce de los salarios» (ehernes Lohngesetz), fórmula de Ferdinand Lassalle según la cual el salario medio tiende siempre al mínimo de subsistencia; Marx la criticó en la Crítica del Programa de Gotha. ↩

  115. Asociación suiza fundada en 1838, al principio de artesanos y obreros de orientación patriótica y democrática; en los años ochenta se acercó a un socialismo reformista. ↩

  116. Conrad Conzett (1848-1897), impresor y editor socialista de Zúrich. ↩

  117. (Nota de la edición alemana de 1890.) Dominio de la riqueza. ↩

  118. El Schweizerischer Arbeiterbund, fundado en 1887; su Secretariado Obrero, dirigido por Herman Greulich, recibía una subvención de la Confederación. ↩

  119. Los Knights of Labor, organización obrera fundada en Filadelfia en 1869, que alcanzó su apogeo en 1886. ↩

  120. (Nota de la edición alemana de 1890.) Según los últimos informes fidedignos, la cifra es bastante menor: 600.000 como máximo. ↩

  121. Ioan Nădejde (1854-1928), profesor en Iași, uno de los primeros teóricos socialistas rumanos. ↩

  122. La gran revuelta campesina de la primavera de 1888. ↩

  123. Antal Ihrlinger, uno de los dirigentes del Partido Obrero General de Hungría, fundado en 1880. ↩

  124. En alemán, Stuhlrichter (en húngaro, szolgabíró): funcionario del condado con atribuciones administrativas, judiciales y de policía. ↩

  125. Cooperativa obrera de Gante (Adelante), fundada en 1880 a partir de una panadería cooperativa. ↩

  126. (Nota de la edición alemana de 1890.) 1 florín = 1 marco 68 pfennig. ↩

  127. Asociación obrera protestante fundada en 1876. ↩

  128. El Algemeen Nederlandsch Werkliedenverbond, fundado en 1871, de orientación liberal. ↩

  129. La Sociaal-Democratische Bond, fundada en 1881. ↩

  130. Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba (1507-1582), gobernador de los Países Bajos de 1567 a 1573. ↩

  131. Así en el texto; probablemente errata por 800. ↩

  132. Gueorgui Plejánov (1856-1918), fundador en Ginebra, en 1883, del grupo Emancipación del Trabajo, la primera organización marxista rusa. ↩

  133. Carl Jeppesen (1858-1930), uno de los fundadores del Partido Obrero de Noruega (1887). ↩

  134. (Nota de la edición alemana de 1890.) La palabra viene del francés état, el Estado, y la han fabricado los «anarquistas» para designar todo lo que no apunte a la «destrucción» del «Estado». ↩

  135. (Nota de la edición alemana de 1890.) En España se llama pronunciamiento a un intento de sublevación, con la obligada proclamación de otro gobierno. ↩

  136. Así en el texto; el congreso de Barcelona nombró un comité nacional. ↩

  137. Así en el texto alemán (Gegner); probablemente errata. ↩

  138. Así en el texto alemán; probablemente errata por «legislación obrera internacional». ↩

  139. El 3 de julio de 1889 una explosión de grisú en el pozo Verpilleux, en Saint-Étienne, mató a más de doscientos mineros. ↩

  140. Diario liberal de Fráncfort, fundado por Leopold Sonnemann, órgano de la democracia burguesa del sur de Alemania. ↩

  141. «Adelante»: la cooperativa obrera socialista de Gante, fundada en 1880, de la que Edward Anseele era uno de los dirigentes. ↩

  142. August Palm (1849-1922), sastre, introductor del socialismo en Suecia; fundó en 1885 el Social-Demokraten de Estocolmo. ↩

  143. Hjalmar Branting (1860-1925), periodista, dirigente de la socialdemocracia sueca y redactor del Social-Demokraten. ↩

  144. Axel Danielsson (1863-1899), periodista socialista sueco, redactor en Malmö del periódico Arbetet. ↩

  145. El congreso de fundación del Partido Obrero Socialdemócrata de Suecia, celebrado en Estocolmo en abril de 1889. ↩

  146. Terence V. Powderly (1849-1924), gran maestre (Grand Master Workman) de los Caballeros del Trabajo de 1879 a 1893. ↩

  147. Así en el acta; la reunión prohibida del campo de Fælleden, en Copenhague, fue el 5 de mayo de 1872. ↩

  148. Louis Pio (1841-1894), Harald Brix (1841-1881) y Paul Geleff (1842-1928), fundadores de la sección danesa de la Internacional (1871). ↩

  149. Emil Wiinblad (1854-1935), redactor jefe del Social-Demokraten de Copenhague desde 1881. ↩

  150. Jacob Brønnum Scavenius Estrup (1825-1913), jefe del gobierno conservador danés de 1875 a 1894, que desde 1885 gobernó con presupuestos y leyes provisionales sin la mayoría del Folketing. ↩

  151. P. Holm y Christian Hørdum, los dos primeros diputados socialdemócratas elegidos al Folketing danés, en 1884. ↩

  152. La gran huelga de los mineros del Ruhr de mayo de 1889. Los tres mineros que se citan a continuación, Ludwig Schröder, Friedrich Bunte y August Siegel, fueron recibidos por Guillermo II el 14 de mayo. ↩

  153. Bruno Schönlank (1859-1901), periodista socialdemócrata alemán, más tarde diputado del Reichstag. ↩

  154. Jean-Baptiste Colbert (1619-1683), ministro de Luis XIV; su ordenanza de la marina de 1681 regía todavía en parte el trabajo a bordo. ↩

  155. (Nota de la edición alemana de 1890.) Como es sabido, la divisa de la República dice: ¡Libertad, igualdad, fraternidad! ↩

  156. La Caja de Inválidos de la Marina, fondo de pensiones de los marinos inscritos, alimentado con descuentos sobre sus salarios. ↩

  157. El decreto disciplinario y penal para la marina mercante del 24 de marzo de 1852, que sometía a los marinos a tribunales marítimos especiales. ↩

  158. (Nota de la edición alemana de 1890.) Por desgracia, también en otros países. ↩

  159. Expresión de la jerga bursátil: valor ofrecido que nadie compra. ↩

  160. Hermann Molkenbuhr (1851-1927), cigarrero, socialdemócrata de Hamburgo, diputado del Reichstag desde 1890. ↩

  161. Karl Kloß (1847-1908), carpintero de Stuttgart, dirigente de la federación alemana de carpinteros (Tischler). ↩

  162. Emma Ihrer (1857-1911), socialdemócrata berlinesa, una de las fundadoras del movimiento obrero femenino alemán. ↩

  163. Gertrud Guillaume-Schack (1845-1903), fundadora en Berlín de asociaciones de obreras; expulsada de Prusia en 1886, se instaló en Londres, donde se acercó a los anarquistas. ↩

  164. John Burns (1858-1943), mecánico, miembro de la Amalgamated Society of Engineers y de la Federación Socialdemócrata; en agosto de 1889 sería uno de los dirigentes de la gran huelga de los muelles de Londres. ↩

  165. Alekséi Arakchéiev (1769-1834), ministro de la Guerra y valido de Alejandro I, símbolo del régimen militar y policial ruso. ↩

  166. Así en el texto; la guerra de Crimea duró de 1853 a 1856. ↩

  167. Nikolái Ignátiev (1832-1908), ministro del Interior en 1881-1882, autor de las «leyes de mayo» de 1882 contra los judíos. ↩

  168. Organización revolucionaria rusa fundada en 1879, que organizó el atentado mortal contra Alejandro II (1881). ↩

  169. Emmanuel Chauvière (1850-1910), blanquista y antiguo comunero. ↩

  170. (Nota de la edición alemana de 1890.) El juego de palabras es francés: parlamento se dice en francés parlement. ↩

  171. Carroll D. Wright (1840-1909), comisario de la Oficina de Estadística del Trabajo de los Estados Unidos desde 1885. ↩

  172. Robert John Saunders, inspector de fábricas inglés, cuyos informes cita Marx en el libro I de El capital. ↩

  173. Marcos 2, 21. ↩

  174. Eco de la fórmula de Sieyès sobre el tercer estado en ¿Qué es el tercer estado? (1789): «¿Qué es el tercer estado? Todo. ¿Qué ha sido hasta ahora en el orden político? Nada. ¿Qué pide? Llegar a ser algo». ↩

  175. Louis-Jules Trochu (1815-1896), presidente del Gobierno de la Defensa Nacional en 1870-1871; Jules Ferry (1832-1893) y Jules Favre (1809-1880), miembros de ese gobierno. El acta escribe «Jules Fabre». ↩

  176. El mariscal François Achille Bazaine (1811-1888) capituló en Metz con el ejército del Rin el 27 de octubre de 1870; en 1873 fue condenado por traición. ↩

  177. Alusión a Wilhelm Liebknecht y August Bebel, que en el Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte se abstuvieron en julio de 1870 y votaron en noviembre contra los nuevos créditos de guerra y contra la anexión de Alsacia-Lorena; en 1872 fueron condenados a dos años de fortaleza por alta traición. ↩

  178. Familias de fabricantes textiles de Mulhouse; Jean Dollfus fundó en 1853 las «ciudades obreras» de Mulhouse. El acta escribe «Dolfus, Cöstlin». ↩

  179. Editor del semanario Vorwärts, órgano de la asociación socialista alemana del mismo nombre en Buenos Aires. ↩

  180. Thomas Brassey (1805-1870), contratista británico de ferrocarriles en Europa, Canadá y la India; el acta escribe «Brassen». ↩

  181. El acta escribe «St. Floride»; se trata de Sainte-Florine, municipio minero del Alto Loira, en el límite con el Puy-de-Dôme. ↩

  182. La casa Schneider, dueña de las acerías y talleres de Le Creusot (Saona y Loira); la dirigía entonces Henri Schneider (1840-1898). ↩

  183. Louis E. Miller (1866-1927), periodista socialista judío de Nueva York, uno de los fundadores de las United Hebrew Trades (1888). ↩

  184. La campaña por la jornada de ocho horas que culminó en la huelga general del 1 de mayo de 1886 en los Estados Unidos y que desembocó en la represión que siguió a los sucesos de Haymarket (Chicago). ↩

  185. Henry George (1839-1897), economista estadounidense, autor de Progreso y miseria (1879) y partidario del impuesto único sobre la renta del suelo; en 1886 fue candidato de los sindicatos a la alcaldía de Nueva York y obtuvo 68.000 votos. ↩

  186. Las United Hebrew Trades (Vereinigte Jüdische Gewerkschaften), fundadas en Nueva York en octubre de 1888. ↩

  187. El yidis, que entonces se llamaba con frecuencia «jerga». ↩

  188. Los congresos obreros franceses de 1888 en Burdeos (sindicatos) y Troyes (Partido Obrero), que acordaron convocar el congreso internacional de 1889. ↩

  189. (Nota de la edición alemana de 1890.) En francés, travail de forçats: trabajo de galeotes. ↩

  190. Heinrich Scherrer (1847-1919), abogado socialista de San Galo, dirigente de la socialdemocracia suiza. ↩

  191. Raymond Lavigne, sindicalista guesdista de Burdeos, secretario de la Federación Nacional de Sindicatos. ↩

  192. El mismo delegado del Partido Obrero Socialista norteamericano que las actas llaman en otros lugares Bushe. ↩

  193. Explotación de los trabajadores a domicilio, sobre todo en la confección, por intermediarios que subcontratan el trabajo a destajo y viven de la diferencia entre lo que cobran y lo que pagan. ↩

  194. Alusión al cartismo y al «mes sagrado» o huelga general que propugnó, en especial a las huelgas de 1842. ↩

  195. Jean Dormoy (1851-1898), obrero metalúrgico, dirigente del Partido Obrero en Montluçon. ↩

  196. La Arbeiter-Marseillaise, letra de Jakob Audorf (1864) sobre la música de La Marsellesa, himno del movimiento obrero alemán. ↩

  197. La «semana sangrienta» (21-28 de mayo de 1871), en la que el ejército de Versalles aplastó la Comuna de París; los últimos combatientes fueron fusilados el 28 de mayo junto al muro del cementerio del Père Lachaise, el «muro de los Federados». ↩

  198. Ludwig Börne (1786-1837), escritor y publicista demócrata alemán, emigrado a París tras 1830; está enterrado en el Père Lachaise. ↩

  199. Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés, que pasó en la cárcel más de treinta años de su vida. ↩

  200. Narodnaia Volia, la organización revolucionaria rusa que preparó el atentado contra Alejandro II (1881). ↩

  201. Asociación obrera y democrática suiza fundada en 1838, de orientación cada vez más socialista en la década de 1880. ↩