Congreso de fundación de la Internacional Comunista, reunido en el Kremlin de Moscú del 2 al 6 de marzo de 1919. Traducido del protocolo alemán publicado por la propia Internacional, Der I. Kongreß der Kommunistischen Internationale. Protokoll der Verhandlungen in Moskau vom 2. bis zum 19. März 1919 (Bibliothek der Kommunistischen Internationale, VII), Hamburgo, Carl Hoym, 1921, pp. 3-201, según el ejemplar digitalizado de Internet Archive; el texto alemán se ha establecido sobre una nueva lectura OCR, cotejada con las imágenes. El alemán fue la lengua de trabajo del congreso; las intervenciones en ruso, francés o inglés se dan en la versión alemana del protocolo. El título de la edición dice «del 2 al 19 de marzo», pero el congreso sesionó del 2 al 6; las fechas de la cuarta y la quinta sesión, erradas en el protocolo, se corrigen en los títulos según la edición rusa de las actas (Moscú, 1933). Los documentos aprobados no se repiten: una línea en cursiva remite a la página del congreso. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
Orden del día
del I Congreso de la Internacional Comunista, aprobado en la primera sesión, el 2 de marzo de 1919.
- Constitución.
- Presentación de los informes.
- Directrices del Congreso Comunista Internacional. Ponentes: Albert, Bujarin.
- Democracia burguesa y dictadura proletaria. Ponentes: Lenin, Rahja.
- La Conferencia de Berna y la actitud ante las corrientes socialistas. Ponentes: Platten, Zinóviev.
- La situación internacional y la política de la Entente. Ponentes: Obolenski, Platten.
- Manifiesto. Ponente: Trotski.
- Terror blanco: Ponente: Sirola.
- Elección del Buró y varios (organización).
Participantes del congreso
| País y partido | Delegados con voto deliberativo | Delegados con voto consultivo | Votos |
|---|---|---|---|
| 1. Partido Comunista de Alemania | Albert | 5 | |
| 2. Partido Comunista de Rusia | Lenin, Trotski, Zinóviev, Stalin, Bujarin, Chicherin | Obolenski, Vorovski | 5 |
| 3. Partido Comunista de Austria alemana | Gruber, Fatin | 3 | |
| 4. Partido Comunista de Hungría | Rudnyánszky | 3 | |
| 5. Socialdemocracia de Izquierda de Suecia | Grimlund | 3 | |
| 6. Partido Socialdemócrata Noruego | Stange | 3 | |
| 7. Partido Socialdemócrata Suizo | Platten | 3 | |
| 8. Partido Socialista Obrero norteamericano (S. L. P.) | Reinstein | 5 | |
| 9. Federación Revolucionaria Balcánica (tesniakí búlgaros y Partido Comunista Rumano) | Rakovski | 3 | |
| 10. Partido Comunista de Polonia | Unszlicht | 3 | |
| 11. Partido Comunista de Finlandia | Sirola, Manner, Kuusinen, J. Rahja, E. Rahja | 3 | |
| 12. Partido Comunista de Ucrania | Skrýpnik, Hopner | 3 | |
| 13. Partido Comunista de Letonia | Gailis | 1 | |
| 14. Partido Comunista de Lituania y Bielorrusia | Gedris | 1 | |
| 15. Partido Comunista de Estonia | Pöögelmann | 1 | |
| 16. Partido Comunista de Armenia | Gaikuni | 1 | |
| 17. Partido Comunista de la Región de los Colonos Alemanes | Klinger | 1 | |
| 18. Grupo Unificado de los Pueblos Orientales de Rusia | Yalýmov, Bikentayev, Altinerov, Kasimov, Mansurov | 1 | |
| 19. Izquierda de Zimmerwald, Francia | Guilbeaux | 5 | |
| 20. Grupo Comunista Checo | Handlíř | ||
| 21. Grupo Comunista Búlgaro | Djorov | ||
| 22. Grupo Comunista Sudeslavo | Milkić | ||
| 23. Grupo Comunista Inglés | Feinberg | ||
| 24. Grupo Comunista Francés | Sadoul | ||
| 25. Partido Socialdemócrata de Holanda | Rutgers | ||
| 26. Liga Norteamericana de Propaganda Socialista | Rutgers | ||
| 27. Comunistas suizos | Kascher | ||
| 28. Turquestana | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Yalýmov | |
| 29. Turca | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Subhi | |
| 30. Georgiana | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Shgenti | |
| 31. Azerbaiyana | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Bagirov | |
| 32. Persa | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Huseinov | |
| 33. Partido Obrero Socialista Chino | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Lao Siu-chao | |
| 34. Partido Obrero Socialista Coreano | (secciones del Buró Central de los Pueblos de Oriente) | Chan Gun-kug | |
| 35. Comisión de Zimmerwald | Balabánova |
35 delegados con voto deliberativo.1
Primera sesión, domingo 2 de marzo de 1919
La sesión se abre el 2 de marzo de 1919, a las seis y diez de la tarde, en el Kremlin.
Lenin: En nombre del Comité Central del Partido Comunista de Rusia, declaro abierto el primer Congreso Comunista Internacional. Ante todo, ruego a todos los presentes que se pongan en pie en memoria de los mejores representantes de la III Internacional, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.2
¡Camaradas! Nuestra reunión tiene un alcance histórico mundial. Demuestra que las ilusiones de la democracia burguesa se han venido abajo. Porque no solo en Rusia, sino también en los países capitalistas más desarrollados de Europa, como Alemania, la guerra civil se ha convertido en un hecho.
La burguesía tiene un miedo atroz al creciente movimiento revolucionario del proletariado. Es comprensible, si pensamos que el curso de las cosas tras la guerra imperialista impulsa inevitablemente el movimiento revolucionario del proletariado, que la revolución mundial internacional comienza y crece en todos los países.
El pueblo es consciente de la magnitud y del alcance de las luchas que se libran actualmente. Solo falta encontrar una forma práctica que permita al proletariado hacer efectiva su dominación. Esa forma es el sistema soviético con la dictadura del proletariado. ¡Dictadura del proletariado! Hasta ahora eso era latín para las masas. Con la extensión del sistema soviético por todo el mundo, ese latín se ha traducido a todas las lenguas modernas: las masas obreras han encontrado la forma práctica de la dictadura. Las grandes masas obreras la han comprendido gracias al poder soviético en Rusia, a los espartaquistas en Alemania y a movimientos semejantes en otros países, por ejemplo los Shop Stewards Committees en Inglaterra.3 Todo esto demuestra que se ha encontrado la forma revolucionaria de la dictadura proletaria, que el proletariado está ya en condiciones prácticas de ejercer su dominación. ¡Camaradas! Creo que, después de los acontecimientos de Rusia, después de las luchas de enero en Alemania, es especialmente importante señalar que también en otros países la forma más reciente del movimiento del proletariado se abre paso y se impone. Hoy, por ejemplo, leo en un periódico antisocialista la noticia telegráfica de que el gobierno inglés ha recibido al consejo de delegados obreros de Birmingham y se ha declarado dispuesto a reconocer los consejos como organizaciones económicas. El sistema soviético ha triunfado no solo en la atrasada Rusia, sino también en el país más desarrollado de Europa, en Alemania, y en el país más antiguo del capitalismo, en Inglaterra.
Por furiosa que esté la burguesía, aunque todavía asesine a miles de obreros, la victoria es nuestra: la victoria de la revolución comunista mundial está asegurada.
¡Camaradas! Al saludaros cordialmente en nombre del Comité Central del Partido Comunista de Rusia, propongo pasar a la elección de la presidencia. Os ruego que propongáis nombres.
Chicherin:4 Propongo elegir para la presidencia a tres secretarios permanentes. Esta presidencia elegirá para cada sesión, de entre las distintas organizaciones nacionales, al quinto miembro. Como miembros permanentes propongo a los camaradas Lenin, Albert5 y Platten,6 y como secretario permanente al camarada Klinger.7
La asamblea aprueba la propuesta por unanimidad. Los elegidos ocupan sus puestos en la mesa de la presidencia.
Platten: En una reunión previa se planteó la cuestión de qué carácter debe tener nuestra reunión. Una opinión era que la reunión debía constituirse como III Internacional. Otra posición, defendida sobre todo por un delegado del extranjero,8 sostenía que era más oportuno llamar a la reunión de hoy solo Conferencia Comunista y dejar a una reunión posterior la constitución de la III Internacional. Esta última posición se fundaba en que el plazo de convocatoria había sido muy corto y no se había podido avisar a todas las organizaciones de la fundación prevista de la III Internacional. Hay que hacer constar que, por dificultades técnicas, varios delegados no han podido llegar a Moscú. Por eso se ha propuesto que hoy nos reunamos solo como conferencia y que esta conferencia se plantee como tarea convocar cuanto antes un verdadero congreso más amplio, en el que se constituya definitivamente la III Internacional.
Zinóviev:9 Quiero declarar en nombre del Comité Central del Partido Comunista de Rusia lo siguiente: nuestro partido considera que ya es hora de fundar formalmente la III Internacional. Y propondríamos que la fundación se llevara a cabo ya en esta primera reunión. Pero como nuestros amigos de Alemania, el Partido Comunista de Alemania, insisten en que la reunión se constituya solo como conferencia, consideramos necesario sumarnos provisionalmente a esta propuesta de los comunistas alemanes. Declaramos, sin embargo, que seguiremos haciendo agitación para que la III Internacional se funde cuanto antes como organización formal.
Kuusinen (Finlandia):10 Los delegados finlandeses compartimos también la opinión de que la III Internacional debería constituirse ahora. Pero, en vista de la circunstancia que acaba de mencionar el camarada Zinóviev, no queremos hacer hoy esa propuesta. Sin embargo, a nuestro juicio sería un resultado sumamente grato que esta conferencia pudiera terminar con la decisión de proceder, como congreso, a la fundación de la nueva Internacional.
La asamblea decide sesionar como conferencia comunista internacional.
Se pasa a la cuestión de la comisión de verificación de mandatos.
Platten: La composición de la conferencia es muy variada y es necesario nombrar una comisión de verificación de mandatos que tenga en cuenta esa composición diversa. El Buró propone elegir a cinco camaradas para la comisión de verificación de mandatos, que habrán de informar una vez despachados los asuntos del día. Al mismo tiempo, esta comisión dará cuenta de la presencia de dos grupos: uno con derecho a voto y otro que solo tiene voto consultivo. Teníamos que hacer propuestas para la comisión de mandatos.
Se proponen los camaradas Chicherin, Rudnyánszky, Sirola, Albert y Stange.
Lenin: Pasemos ahora a la cuestión del reglamento: quiénes tienen derecho a voto, el reparto de los votos, el voto deliberativo y el consultivo, y el tiempo de intervención.
Reinstein:11 Creo que conviene que demos primero un cuarto de hora a la comisión de verificación de mandatos para que informe de quién tiene derecho a voto. Propongo que interrumpamos la sesión durante un cuarto de hora.
Albert: Camaradas, a mi juicio la propuesta del camarada Reinstein es inaceptable, porque la verificación de los mandatos llevará un tiempo considerable, en todo caso más de un cuarto de hora. Por eso propongo que continuemos la sesión.
Reinstein retira entonces su propuesta.
Platten: Soy de la opinión de que el tiempo de intervención en el debate debe limitarse desde el principio, porque varios delegados quieren volver a casa; por eso, dado el gran número de puntos del orden del día, conviene limitar las intervenciones a un cuarto de hora y dejar sin límite las de los ponentes.
Trotski propone que el orador que intervenga por segunda vez disponga de cinco minutos.
Platten: El reglamento se aplica de modo que puedan hablar uno a favor y otro en contra, y después se vota.
Lenin: ¿Hay alguna objeción? Pido propuestas sobre el horario de las sesiones.
Sadoul12 propone que la conferencia tenga derecho a prolongar excepcionalmente el tiempo ordinario de intervención.
Lenin da lectura al orden del día.
ORDEN DEL DÍA.
- Constitución.
- Presentación de los informes.
- Directrices de la Conferencia Comunista internacional. Ponentes: Albert, Bujarin.
- Democracia burguesa y dictadura proletaria. Ponentes: Lenin, Rahja.
- La Conferencia de Berna y la actitud ante las corrientes socialistas. Ponentes: Platten, Zinóviev.
- La situación internacional y la política de la Entente. Ponentes: Obolenski, Platten.
- Manifiesto. Ponente: Trotski.
- Terror blanco. Ponente: Sirola.
- Elección del Buró y varios (organización).
Lenin observa sobre la lista de ponentes: Hemos recibido noticia de que el camarada Rakovski13 se ha puesto en camino y debe llegar mañana. Vienen todavía otros camaradas. La lista de ponentes no debe considerarse definitiva, sino provisional. Tres delegados del Partido Comunista de Hungría han sido detenidos en Galitzia, y es difícil que puedan llegar a nuestra conferencia. ¿Hay otras propuestas sobre el orden del día? ¿Alguien más pide la palabra? Como nadie la pide, queda aprobado el orden del día.
Lenin: Tiene la palabra para el informe el representante de Alemania, el camarada Albert.
Albert (Alemania): ¡Estimadas y estimados camaradas!
Todavía el 8 de noviembre de 1918 hasta los partidarios de los socialdemócratas independientes14 declaraban que en Alemania era imposible que llegaran a darse alguna vez situaciones como las rusas, es decir, que estallara la revolución en Alemania. Ya el 9 de noviembre se había derrumbado el viejo edificio del orden social capitalista. Ya el 9 de noviembre teníamos en Alemania aquello que hasta entonces se criticaba con tanto desprecio en Rusia, aquello que se tenía por imposible en Alemania.
Es cierto que al principio parecía que todo el movimiento en Alemania no era más que una revuelta de soldados, que se trataba solo del descontento de la tropa con la severidad draconiana de los superiores y del hastío de la guerra. Pero de la noche a la mañana se implantó el sistema de consejos; hasta en las pequeñas ciudades se formaron consejos de la noche a la mañana. Por eso no cabe hablar solo de una revolución de soldados hartos de la guerra, sino de la voluntad del proletariado de implantar definitivamente el nuevo sistema por el que había luchado durante tanto tiempo: poner la sociedad socialista en lugar del viejo orden social.
Los consejos obreros formados de la noche a la mañana eran, desde luego, todavía muy dudosos. Los socialistas mayoritarios y los partidarios de Scheidemann,15 muy superiores a los obreros en cuestiones de organización, supieron colarse en el gobierno, ocupar los cargos gubernamentales y hacerse fuertes en los consejos. La vieja idea de los obreros de que bastaría con poner a unos cuantos socialdemócratas en lugar de los antiguos gobernantes y ministros para construir la nueva sociedad trajo consigo que los independientes y los socialistas mayoritarios estuvieran representados en el gobierno de Alemania.
En los primeros días de la revolución, los consejos obreros invitaron a los entonces partidarios de la Liga Espartaco a entrar en el gobierno, y se propuso que el camarada Liebknecht fuera miembro del gobierno. El primer día, el camarada Liebknecht declaró que solo entraría en el ministerio durante tres días, para dejar cerrado el armisticio. Cuando los socialistas mayoritarios lo rechazaron, el camarada Liebknecht renunció a entrar en el gobierno, y con él los camaradas de la Liga Espartaco. Nosotros considerábamos que en Alemania no había llegado todavía el momento de construir el nuevo orden social en lugar del viejo orden capitalista, y que no bastaría con echar a unos cuantos lacayos de los príncipes. Lo principal es destrozar el viejo aparato del Estado y crearse un aparato de dominación propio. Para nosotros, por tanto, la tarea principal consiste en mostrar a las masas obreras y enseñarles que lo primero que hace falta es construir el sistema de consejos, es decir, que el proletariado tome en sus manos la dictadura. Cuánta razón tenían nuestros camaradas al no entrar en el gobierno lo demostraron pocos días después las medidas del gobierno. Todos sus primeros decretos se encaminaban a negar a los consejos obreros el poder ejecutivo.
En el gobierno habían entrado también Haase, Dittmann, Barth16 y otros. Las dos tendencias habían promulgado el primer decreto. Pocos días después ya chocaban con el Consejo Central.17 El gobierno se puso por encima del sistema de consejos. Los oficiales destituidos fueron repuestos en sus cargos y recibieron como antes la vieja potestad de mando. Se consideraba que todavía era demasiado pronto para llevar a cabo el socialismo y se lo quería dejar para más adelante. Las reivindicaciones de los obreros se rechazaban con el argumento de que no era posible cambiar el aparato del Estado existente porque el enemigo estaba a las puertas, porque la Entente no permitiría que el gobierno introdujera cambio alguno.
Cuando la rebelión del proletariado contra esta situación fue haciéndose cada vez más fuerte, cuando los obreros dejaron de estar conformes con que se siguiera por los viejos caminos, el gobierno de los socialistas mayoritarios no tardó en mostrar su verdadero rostro.
Fue característico de la situación alemana que, ya al tercer día de estallar la revolución, los periódicos de derechas declararan que la revolución estaba ahí, sin más, y que era difícil negarla. Lo principal, decían, era que el gobierno se ocupara de que la democracia se implantara de verdad en Alemania, de que se convirtiera también en un hecho práctico. Por democracia entendían la democracia de la burguesía y la convocatoria de la Asamblea Nacional. La Liga Espartaco señaló enseguida que de eso no podía ni hablarse, que lo que necesitábamos era la dictadura del proletariado, que se había dado en el sistema de consejos un aparato de organización; y que, puesto que el proletariado había hecho la revolución en Alemania, era la única clase de Alemania llamada a construir el nuevo Estado. Exigimos que la lucha de clases se llevara sin contemplaciones hasta el derrocamiento del orden social capitalista. Eso no les convenía a los señores Scheidemann y Ebert. Se declararon a favor de la Asamblea Nacional. Con una prisa fabulosa convocaron las elecciones. Con ello quedó dada la consigna para los obreros. Todo el pueblo se dividió en dos grupos. De un lado, los representantes del capital, que defendían la Asamblea Nacional; del otro, la Liga Espartaco, con la reivindicación del sistema de consejos y de la dictadura del proletariado. Bajo esta consigna se han librado todas las luchas de las que estáis informados.
Los camaradas que se adherían a la Liga Espartaco estaban hasta entonces organizados en la socialdemocracia independiente. Las cosas estaban así: hasta el comienzo de la guerra existía un único partido socialdemócrata, al que en el extranjero se ponía por las nubes. Cuando, al estallar la guerra, los socialdemócratas con sus dirigentes se pasaron al nacionalismo, cuando azuzaron a la guerra hombro con hombro con la burguesía, a los miembros de la Liga Espartaco les resultó imposible seguir en esa organización. Había todavía otra tendencia dentro de la socialdemocracia que no estaba de acuerdo con la votación de los créditos de guerra, pero que en otras cuestiones de la defensa de la patria iba de la mano con Scheidemann y Ebert: la de Haase y Ledebour.18 Tras su oposición abierta, fueron expulsados del partido y fundaron el Partido Socialdemócrata Independiente.
Para los amigos de la Liga Espartaco era imposible trabajar y desplegar su actividad. Todos los representantes de la Liga Espartaco fueron arrojados a la cárcel o enviados a las trincheras. Solo unos pocos pudieron trabajar de la manera que habían empezado, mientras estaban en libertad. Cuando se fundó en Gotha el Partido Socialdemócrata Independiente, estábamos dispuestos a unirnos en una organización con los socialdemócratas independientes, pero ya entonces había contradicciones insalvables. Cuando, tras estallar la revolución, los independientes entraron en el gobierno, después de haberse declarado también ellos partidarios de la democracia burguesa e intentar con ello estrangular el sistema de consejos, nos resultó imposible permanecer en su organización. El 3 de enero de 1919, en la conferencia de la Liga Espartaco en Berlín, fundamos el Partido Comunista de Alemania.19 Entonces el gobierno, bajo la dirección de Ebert y Scheidemann, emprendió una lucha encarnizada contra los comunistas y empleó sin contemplaciones todos los métodos de represión del antiguo régimen para combatir al Partido Comunista. Cuando los obreros se volvieron contra esta política, cuando el proletariado mostró con huelgas que no tenía ganas de dejarse oprimir con los viejos métodos, fueron los representantes de Ebert y Scheidemann quienes salieron al campo contra el proletariado con toda dureza y sacaron los primeros ametralladoras y cañones contra el proletariado en las calles de Berlín. El 6 de diciembre de 191820 se emplazaron en las calles de Berlín ametralladoras y cañones contra obreros que se manifestaban pacíficamente, y un gran número de nuestros mejores camaradas fueron abatidos a tiros o heridos de gravedad. Es significativo que fuera contra los representantes de los soldados del Partido Comunista contra quienes se actuó con más dureza.
¿Cómo están hoy las cosas con el ejército en Alemania? Los soldados que han pasado cuatro años en la guerra, que el 9 de noviembre destrozaron el viejo sistema con una insurrección, no quieren seguir jugando a los soldados en Alemania. Los viejos regimientos se han disuelto. Se marcharon en desbandada después de estallar la revolución, le gustara o no a Scheidemann.
Las unidades de tropa existentes en Alemania se disolvieron a los pocos días de la revolución, y regiones enteras cuyos dirigentes se adherían al Partido Comunista habían llevado a cabo la desmovilización por su cuenta. La República de Brunswick anunció en los primeros días después de estallar la revolución su desmovilización para el 23 de diciembre. El gobierno del Reich protestó, pero los soldados ya estaban licenciados. Tampoco tenía mucho sentido para el gobierno retener a los viejos soldados: de todos modos ya no le servían para sus fines. Los viejos regimientos del frente no querían seguir luchando contra el enemigo exterior; se habían marchado sin preocuparse del armisticio. Debo señalar que Rusia tuvo una gran parte en la descomposición de nuestro ejército. Los prisioneros de guerra que volvían de Rusia nos llegaban en un estado estupendo. Allí donde llegaban, al poco tiempo no se hablaba ya de disposición para la guerra.
Había, desde luego, regimientos en los frentes inaccesibles a la agitación, que seguían en manos de los oficiales, pero también estos quedaron pronto incapaces de combatir.
El general al mando en Berlín, Lequis,21 declaró a comienzos de enero que a sus tropas, que todavía estaban en manos de sus oficiales, les bastaría una estancia de cinco o seis días en Berlín para quedar completamente desmoralizadas. Solo la casualidad de que volvieran de los frentes tropas a las que todavía no había llegado la agitación hizo posible que en las calles de Berlín hubiera tropas que actuaran contra los obreros. Así ocurrió el 6 de diciembre de 1918, cuando, tras una asamblea de la Liga de Soldados Rojos, las tropas que acababan de volver de Finlandia dispararon por orden del gobierno contra los soldados que salían de la asamblea. Cuando, pocos días después, los marineros,22 que formaban el fundamento y las tropas de choque de la revolución —se componían sobre todo de obreros que ya antes estaban organizados en el partido—, no quisieron abandonar Berlín, fue el gobierno quien lanzó al fuego contra ellos un regimiento traído del frente, y se los atacó con granadas de cruz amarilla.23 Haase, Barth y Dittmann, los miembros del gobierno, declararon que no habían estado presentes en la reunión en la que se había decidido disparar contra los obreros. Después los independientes salieron del gobierno a patadas de los scheidemannianos. Se los echó a empujones, y no se quejaron poco de ello.
Espartaco ya no podía seguir trabajando con ellos. Con gente así todo trabajo revolucionario era ilusorio, y por eso la fundación de un Partido Comunista propio era una necesidad. Lo era también porque la fragmentación dentro del partido existente avanzaba sin cesar. El partido mayoritario está unido, pero entre los independientes las cosas pintan mal. Cada dirigente representaba una tendencia distinta y cada uno presionaba para fundar otro partido. Sobre todo Ledebour y Däumig24 acariciaban la idea de fundar un partido alemán general; y si esa fundación hubiera llegado a cuajar, habría surgido de nuevo un partido socialdemócrata independiente que no se inclinaría ni a la derecha ni a la izquierda y que no habría estado ni en la posición de la extrema izquierda, la de la Liga Espartaco, ni a favor de la dictadura del proletariado. Eso nos llevó a separarnos sin demora de esa gente y hacer así imposible la fundación de semejante partido de mezcolanza.
La tarea de la Liga Comunista no era solo fundar un nuevo partido, sino, sobre todo, educar a las masas, prepararlas para la realización del orden social socialista, en el que es necesaria la actividad de cada uno, ya que entre los obreros vuelve a expresarse una y otra vez la idea de que, tras sustituir a unos cuantos ministros por socialdemócratas, su tarea ha terminado. Nuestra tarea era señalar que las luchas decisivas con la burguesía solo pueden librarse por la vía de la acción de masas, y para nosotros estaba claro desde el principio que la revolución del 9 de noviembre no fue más que un débil intento de destrozar el viejo orden social, que la verdadera revolución en Alemania estaba aún por venir. Precisamente en estas semanas se ha visto que la transformación del orden social provocará todavía duras luchas y que la guerra civil se encenderá con una pasión como no ha visto aún la historia universal. Es necesario mostrar a las masas que solo con ayuda del sistema de consejos puede alcanzarse ese objetivo. Toda nuestra agitación tiene como fin hacer comprender a los obreros, llevarlos a crearse sus consejos. ¿Cómo están ahora las cosas con los consejos? Al principio de la revolución se fundaron consejos por todas partes. En las empresas y los talleres los obreros se agruparon en consejos que tenían la tarea de mejorar la situación de los trabajadores en sus propias empresas. Para nosotros es importante que esos consejos de fábrica hayan arrinconado a los sindicatos, hasta ahora tan influyentes en Alemania; a los sindicatos que hacían causa común con los amarillos, que habían prohibido a los obreros ir a la huelga, que estaban contra todo movimiento abierto de los obreros, que han apuñalado por la espalda a los obreros en todas partes. Desde el 9 de noviembre esos sindicatos están completamente fuera de juego. Todos los movimientos salariales desde el 9 de noviembre se han llevado a cabo sin los sindicatos, e incluso contra ellos, que por su parte no habían logrado imponer ni una sola reivindicación salarial de los obreros. Solo en los últimos días ha dirigido la Federación de Dependientes de Comercio un movimiento abierto, porque en su dirección hay miembros del Partido Comunista.
¿Cómo se presenta ahora la lucha futura en Alemania? Si uno se guía por el resultado numérico de las elecciones a la Asamblea Nacional, habría que decir que los socialistas mayoritarios tienen detrás de sí a la gran masa en Alemania. Once millones de votos fueron para los scheidemannianos y dos millones para los socialistas independientes; pero si se sigue el movimiento, se ve que los obreros no están tan unidos detrás del gobierno como este pretende. Se ve, más bien, que dondequiera que los obreros intentan conquistar por sí mismos ventajas por la vía del socialismo, contra el gobierno, allí los obreros están detrás de las consignas de los comunistas. En Renania-Westfalia surgió un gran movimiento de los mineros. Se eligió un consejo central que tenía en sus manos el control de todas las minas de carbón. No solo los obreros participaron en la socialización de las empresas, sino que también el personal técnico y administrativo se declaró dispuesto a llevar a cabo la socialización sin los capitalistas y a participar sin sabotaje, junto con los obreros, en la empresa socializada. No es posible, en un Estado, proceder de modo que la socialización se lleve a cabo en un solo ramo, pero es sintomático que los obreros reconozcan que la única vía para acabar con el viejo modo de economía es la socialización de las empresas, de toda la vida. Las perspectivas para las luchas futuras son favorables, porque toda la vida económica de Alemania sigue una línea de rápido descenso.
Menos favorable es que el gobierno actúa con dureza contra los obreros; pero los obreros no se dejan intimidar. Os he contado que el viejo ejército en Alemania, allí donde se ha llegado a combates, declara: «Contra los obreros no luchamos». Pues bien, si se mantenía neutral, ese ejército no le servía de nada al gobierno, y por eso este llegó, siguiendo el modelo ruso, a crear guardias blancas con regimientos de voluntarios. Se formaron nuevos regimientos para la protección del Este, por una parte con el pretexto de reprimir a los polacos sublevados, a los polacos que estaban oprimidos bajo la dictadura de la burguesía y que hoy son maltratados igual que antes. Por otra parte, las tropas se emplean contra el asalto de los guardias rojos bolcheviques. Ese es un capítulo aparte. En Alemania se pinta a los guardias rojos como bandas de salteadores que asesinan y queman. Esta propaganda se hace con todo empeño para ganar soldados que luchen contra los bolcheviques.
Pero los soldados se emplean para actuar contra los obreros en las calles de Berlín y aplastarlos en su lucha revolucionaria. El primer movimiento se produjo en Berlín en enero de 1919. El gobierno había destituido al jefe de policía25 y había nombrado en su lugar a un hombre de la mayoría que ya antes se había hecho odioso a los obreros por su traición. El proletariado podía temer, por tanto, que volviera a actuar con los medios más brutales. Sin consigna alguna, sin directiva del partido, y menos aún de la Liga Espartaco, los obreros habían ocupado el 19 de enero26 algunas imprentas, sobre todo la del Vorwärts, que desde hacía mucho tiempo era odiado por los obreros. Tras algunos días de lucha y de ocupación, los mayoritarios, bajo la dirección del gobierno, lanzaron al fuego las primeras guardias blancas, que debían hacer limpieza en Berlín. Podéis ver de qué modo atroz y con qué brutalidad despiadada se actuó allí por el hecho de que los primeros parlamentarios que salieron del edificio del Vorwärts fueron sencillamente muertos a latigazos por los soldados. Siete hombres fueron asesinados. Después de que los guardias blancos aplastaran el movimiento revolucionario, se pusieron a detener y meter en la cárcel a todos los que se habían adherido a la Liga Espartaco. Así cayeron nuestros mejores dirigentes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, en manos de los verdugos, que los mataron en plena calle. Todos los cuentos sobre el intento de fuga de Liebknecht y sobre el secuestro de la camarada Luxemburgo por los obreros son pura patraña. Existen ya declaraciones de testigos de que Liebknecht fue golpeado en la cabeza con culatas por los soldados de los guardias blancos y, gravemente herido, llevado en automóvil y después fusilado, y de que Rosa Luxemburgo fue muerta de dos culatazos y su cadáver arrastrado fuera. Los asesinos y los oficiales son conocidos, todas las declaraciones se han publicado, pero los asesinos siguen andando hoy libres por las calles. El gobierno no piensa en llevarlos ante los tribunales.
Lo mismo que a Liebknecht y Luxemburgo les ha ocurrido a muchos otros espartaquistas: fueron asesinados y enterrados a escondidas por soldados y oficiales fanáticos. Así fue detenido también el camarada ruso Karl Radek,27 cargado de pesadas cadenas de hierro y encerrado en un sótano húmedo y frío, una celda de asesinos de la antigua penitenciaría. Ya veis que el terror florece en Berlín en todo su esplendor, que la lucha del proletariado contra la burguesía ya no se libra como antes con octavillas y folletos, sino con pólvora y plomo. La burguesía, en su miedo, no tiene otra salida que mantener sometido al proletariado por la fuerza. No tiene otros medios.
La situación económica en Alemania es desoladora. Se cierran empresas en masa; los obreros han conquistado con sus movimientos salariales y sus huelgas unos salarios que hacen que al empresario la empresa ya no le parezca rentable. Sencillamente cierra el negocio, porque ya no queda suficiente excedente. Pero también aumenta la desgana de los obreros en las empresas. No es de extrañar que los obreros, hoy que podrían tener las empresas en sus propias manos, no tengan ya ganas de llenar los bolsillos de los capitalistas. La desgana crece cada vez más. Hay pocas materias primas, y las que hay pasan de mano en mano en el mercado negro. Por eso los empresarios cierran las empresas. El número de parados en Berlín era de 260 000 cuando salí de viaje. El hundimiento económico de Alemania está a las puertas.
Los transportes están mal. En Alemania me decían: si vas a Rusia, vas a ver lo que es bueno. Camaradas, he viajado desde la frontera hasta Moscú estupendamente en comparación con Alemania. Los ingleses y los franceses nos han quitado las mejores locomotoras. Un viaje de Berlín a Leipzig, que antes duraba solo dos horas, dura a menudo nueve o diez horas, y donde antes circulaba un expreso cada hora, ahora circulan solo uno o dos trenes de pasajeros al día. Se ve que tampoco aquí puede continuarse con el método de la gestión económica anterior.
La cuestión de los víveres se complica cada vez más. Los víveres se encarecen y no se pueden conseguir. Lo racionado no basta para vivir, y hay que recurrir al mercado negro. Los obreros no están en condiciones de procurarse los víveres. Como consecuencia, hay revueltas por todas partes. Los guardias blancos esperan el momento de actuar contra el proletariado, y por eso los choques violentos son inevitables.
Todo esto, y en especial también la paz con la Entente, mostrará que las luchas que el proletariado tiene que librar se libran con la alegre esperanza de un final victorioso. El gobierno consuela una y otra vez a los obreros con promesas y dice: no podemos hacer nada, la paz con la Entente está a las puertas. Los trabajadores ya no se dejan engañar por esas excusas baratas. Desde hace meses se declara que tenemos que luchar contra Rusia para congraciarnos con la Entente. Pero no hemos recibido nada de ella, y tampoco se nos entregará nada. Las cuatro latas de leche condensada se nos han ofrecido a precios que pueden pagar los capitalistas, no los obreros. Los scheidemannianos, que hace cuatro años aprobaron y apoyaron la política de guerra contra los países de la Entente, esa misma gente se arrastra ante la Entente, gimotea y pide clemencia. Tienen miedo de la paz. El gobierno alemán, los scheidemannianos y compañía, enseñaron a la Entente cómo hay que hacer la paz con los vencidos, y los ingleses y los franceses pueden señalar a Brest-Litovsk28 y decir: vosotros nos habéis enseñado cómo se hace la paz; y si la paz resulta dura, lo será precisamente porque los representantes de la Entente, los Wilson y Clemenceau, no son otra cosa que los gerentes de sus Estados capitalistas y consideran la conclusión de la paz como un negocio del que hay que sacar lo más posible. No se sacará nada con que el gobierno se arrastre gimoteando ante esa banda, sino con que el proletariado continúe la revolución con energía y pasión. Hay que ganarse la confianza de los proletarios de Inglaterra y de Francia para librar junto con ellos la lucha por la revolución mundial.
Esa es la opinión del Partido Comunista, y con nuestra agitación es posible ganar para nuestras ideas al proletariado alemán allí donde todavía no se ha unido al Partido Comunista. Creo no ser demasiado optimista si digo que el Partido Comunista de Alemania, igual que el de Rusia, continúa la lucha con la plena esperanza de que está cerca29 el tiempo en que también el proletariado alemán llevará la revolución a un final victorioso, en que, a pesar de todas las asambleas nacionales, a pesar de los scheidemannianos y a pesar del nacionalismo burgués, podrá establecerse en Alemania la dictadura proletaria. Para esta lucha es necesario que los proletarios de Alemania salgan al campo junto con el proletariado de los demás países. Con esta convicción he aceptado con alegría vuestra invitación, seguro de que en el plazo más breve podremos luchar hombro con hombro con el proletariado de todos los demás países, sobre todo de Inglaterra y de Francia, por la revolución mundial, para realizar los fines de la revolución también en Alemania.
Lenin: Tiene la palabra el representante de Suiza, el camarada Platten.
Platten (Suiza): ¡Estimados camaradas! Suiza es un país pequeño con un modesto movimiento revolucionario. No está en condiciones de dar por boca de su informante una exposición de luchas tan amplia como otros países, aunque hay que decir que intentamos hacer lo que exigía la solidaridad con los camaradas rusos.
Nos habíamos librado del azote de la guerra, teníamos condiciones de vida más llevaderas y nuestro movimiento obrero siguió un curso distinto del de los países beligerantes. Pero también en Suiza se hicieron sentir las repercusiones políticas de la guerra. En el movimiento del partido nos adherimos desde el principio, en Suiza, a Zimmerwald.30 Solo quiero rozar de pasada la escisión y deciros que la lucha en torno a Zimmerwald apartó del partido a los elementos más nacionalistas y que quedó un partido internacionalista que se desarrolló con fuerza. Pero, a pesar de la escisión interna, no fue posible desalojar a todos los elementos de derechas. Todos los camaradas permanecieron en el partido, porque había que preservar la unidad.
Si paso a echar una breve mirada a la evolución del partido, basta con mencionar que ya con ocasión del envío de delegados a la conferencia de Zimmerwald se vio que incluso este partido cohesionado presentaba en su seno no dos, sino tres corrientes. Los de la derecha, como Studer, Müller o Greulich,31 no estuvieron representados; sí lo estuvo, en cambio, el camarada Naine,32 que tras un fuerte giro a la derecha representó más tarde a la derecha. Pero estaban representados el que luego sería el centro y la izquierda del partido, y en la votación se votó por separado en todas las cuestiones. Yo me sumé a la Izquierda de Zimmerwald. Grimm33 votó contra la izquierda y justificó su actitud diciendo que como presidente estaba obligado a mantener, con una actitud neutral, la cohesión entre las corrientes. Más tarde se vio que su posición obedecía a razones políticas más profundas.
La lucha que hubo que librar en el partido después de Zimmerwald la llevó la izquierda junto con el centro del partido. Los grütlianos34 se separaron, y con ello quedó trazado el camino del partido. Se produjo una rápida evolución hacia la izquierda, y si quisiéramos caracterizarnos, habría que contar al partido, por todas las resoluciones de sus congresos, entre los de izquierda de la Internacional, y con razón estaría hoy representado aquí. Pero la estructura del país lleva a una fuerte contradicción entre la teoría y la práctica.
La misión que el camarada Grimm asumió en Rusia no ha dejado de tener repercusiones políticas en el movimiento del partido suizo.35 Cuando supimos por telégrafo de su actitud en Petersburgo, los más clarividentes, sobre todo los elementos de izquierda de Zúrich, comprendieron que la actitud y la posición de Grimm en la Internacional y en el partido suizo ya no podían ser las de antes. Pero entonces muchos correligionarios creían todavía poder esperar que hubiera sido un desliz personal. Yo defendí entonces que debíamos declarar públicamente que condenábamos su política, pero me quedé solo con mi opinión. Volvió y al principio desplegó un radicalismo de fachada. Pronto sacó las consecuencias naturales, y tuvimos que librar con él una dura lucha. En el próximo congreso del partido la lucha será aún más violenta, porque el partido fijará entonces definitivamente su rumbo; si se llegará a la escisión, todavía no puedo juzgarlo.
El movimiento sindical en Suiza presenta las mismas enfermedades que el alemán. Una plana mayor de funcionarios dominaba el movimiento, y existía el peligro de un anquilosamiento duradero del movimiento sindical. La miseria a la que la carestía arrastró a los obreros los obligó a emprender luchas sin la autorización de la central. Las organizaciones sindicales tuvieron que avenirse a asumir la dirección. Los obreros de Suiza comprendieron pronto que solo podían mejorar su situación material si iban a la lucha sin más, pasando por encima de los estatutos de los sindicatos, no bajo la dirección de la vieja Unión Sindical, sino bajo una dirección elegida por ellos mismos. Se llegó a la fundación de un Congreso Obrero y de un consejo obrero36 en el que, sin embargo, como en los sóviets rusos al comienzo de la revolución rusa, no reinaba un espíritu revolucionario. El comité obrero tuvo que tomar el poder exclusivamente en sus manos. El Congreso Obrero se reunió pese a la resistencia de la Unión Sindical, y se vio ante la tarea de familiarizarse enseguida con los medios de lucha de la huelga de masas. Se prepararon las luchas venideras, y contra la voluntad del comité de este Congreso Obrero se llegó a la gran lucha que puso a los obreros suizos ante una gran tarea. Ha sido el último movimiento, que arrastró a la lucha a más de 400 000 obreros.
La política timorata de la central hizo que Zúrich tuviera que tomar de nuevo la delantera. Solo dos días después de empezar la huelga de Zúrich, la dirección central, para restablecer su prestigio menguante, se decidió a posteriori a dar la consigna de huelga general, y así se logró extender la lucha a todo el país.37 Con todo, no se veía todavía ni rastro de armamento. El proletariado suizo creía poder librar esta lucha sin armas, con el mero paro del trabajo y aguantando. La lucha duró cinco días, y al quinto día, para espanto de los trabajadores, la central dio la consigna de desconvocar la huelga. Hay que registrar aquí, una vez más, una traición a la causa obrera. El comité, compuesto en parte por funcionarios, no se mostró a la altura de la situación, y la desconvocatoria de la lucha se justificó diciendo que, si seguíamos en huelga, la sangrienta guerra civil se convertiría en un hecho. Hubo violentos enfrentamientos. La derrota trajo además cierres patronales: la lucha estaba perdida.
Esta lucha, que exigió el máximo del valor de los obreros —porque el ejército estaba muy bien equipado y se habían movilizado unos 40 000 hombres—, hizo avanzar enormemente la comprensión de las condiciones de las luchas futuras. Una vez desconvocada la lucha y abierta la discusión de la situación, los obreros llegaron a la conclusión de que las luchas venideras ya no podrían tener la misma forma, sino que serían insurrecciones sangrientas.
A la derrota siguió una reacción terrible. Casi todos los camaradas dirigentes fueron llevados ante los tribunales y esperan su condena. También cientos de ferroviarios van a ser puestos a disposición de esas autoridades de instrucción militar por haberse negado a prestar servicio.
El acto importante que siguió a esta acción es la expulsión de la legación rusa de Suiza.38 Puedo decir que precisamente los rumores de que la legación rusa iba a ser expulsada de Suiza contribuyeron a encender la ira de los obreros. Más tarde se vinculó la lucha a diversas reivindicaciones. Nosotros hicimos constar que la lucha se libraba porque se querían dar contra el gobierno soviético pasos que sentíamos como una provocación. Para nosotros la expulsión fue doblemente dolorosa, porque la legación rusa, por medio de una sección especial, nos había prestado enormes servicios en la transmisión de noticias de Rusia, gracias a las cuales pudimos desmentir los infundios que difundía la burguesía.
En cuanto pudimos reagruparnos, nos pusimos a mandar a la imprenta algunos trabajos nuevos y a difundir en lo posible el excelente material. Hemos difundido entre las masas las obras de Lenin y de Trotski, lo que no solo contribuyó a elevar el espíritu revolucionario de los obreros, sino que les dio la posibilidad de conocer a fondo el movimiento proletario en Rusia y todas las formas de la dictadura proletaria. Últimamente nuestra propia propaganda se ha hecho también más amplia. Nos hemos esforzado por trabajar con hojas volantes, folletos y mítines en la revolucionarización del proletariado y por ponerle ante los ojos objetivos claros. Quiero recordar en especial a un grupo con el que tuvimos diferencias en ciertas cuestiones. A ese grupo le debemos un trabajo de esclarecimiento entre los soldados. Tendremos que ocuparnos seriamente de la cuestión de cómo reunir las fuerzas de nuestros grupos en un trabajo común. Eso será posible cuando se haya tomado una decisión clara en el partido. Tengo que mencionar todavía una circunstancia importante. Debemos tener muy presente que no hemos de perder en la lucha un arma poderosa: la prensa. No tenemos nada que temer si conseguimos asegurarnos la prensa con cuidado y sin tacha.
El congreso del partido que precedió al Congreso Obrero fue un congreso por sorpresa. Mi persona desempeñó allí un papel, en la medida en que, como secretario del partido, pude poner mi mandato en la balanza. En esa reunión la derecha lanzó una ofensiva. Con ayuda del centro consiguió trasladar la sede de Zúrich a Berna. Declaré que tenía que oponerme a todo intento de poner en manos de los camaradas de Berna la dirección ejecutiva, que estaba en manos de los radicales de Zúrich. Berna como sede equivalía a política de centro. En ese congreso el camarada Grimm se avino a dejarse elegir para la dirección. Grimm no fue elegido presidente, pero el antiguo presidente de Zimmerwald estaba dispuesto a trabajar bajo la presidencia de un socialpatriota. ¡Con qué orgullo declaró este presidente en el Parlamento: «No soy bolchevique, ni siquiera zimmerwaldiano»!
A sentar en la silla presidencial a este oportunista declarado ayudaron los camaradas, y con ello cometieron una acción infame contra nuestra ala y contribuyeron a desacreditarse ante las masas. El traslado de la sede no alcanzó la importancia que se esperaba, porque un congreso posterior del partido derribó al presidente y demostró que dos tercios de los camaradas estaban del lado de la extrema izquierda.
La cuestión del envío de delegados a la conferencia internacional socialpatriota de Berna39 se resolvió negativamente. El resultado de la votación da una imagen elocuente: 198 votos a favor y 154 en contra de una resolución que presenté yo y que se pronunciaba contra el envío de delegados a la conferencia. Se expresó nuestra solidaridad con los camaradas del partido ruso. Votaron contra nosotros todos los del centro y de la derecha, pero también en la votación definitiva seguimos siendo mayoría, y esta decisión causó enorme sensación en el país en el que los socialpatriotas tuvieron a bien reunirse.
Lenin: Tiene la palabra el representante de Rusia, el camarada Zinóviev.
Zinóviev (Rusia): ¡Camaradas! Comprenderán que solo puedo entresacar algunas cosas de la abundancia de material de que dispongo. Por primera vez estamos en condiciones de celebrar una conferencia internacional en suelo ruso y de presentar a los camaradas una enorme cantidad de material sobre nuestro movimiento. Ya no estamos obligados, como antes, a presentarnos como emigrados y a exponer solo ecos del movimiento obrero ruso. Mucho de lo que ha contado el camarada Albert, de Alemania, podríamos contárselo nosotros, con otras palabras, de nuestro pasado. Nos recuerda lo que tuvimos aquí durante el periodo de Kérenski40, lo que vivimos en Rusia aproximadamente en agosto de 1917.
Nuestro partido fue, como saben, el único que proclamó la revolución proletaria en Rusia. Todos los demás partidos estaban en contra de la Revolución de Octubre, y estaba claro que la vanguardia comunista del proletariado ruso tenía que cargar con todo el peso de la lucha sin ayuda alguna, o más bien en medio de muchos obstáculos.
Antes de la Revolución de Octubre nuestro partido contaba con unos 10 000 miembros41. Ahora, cuando estamos en vísperas del VIII Congreso ordinario del Partido Comunista42, contamos en Rusia con unos 500 000 miembros. Quizá no sea mucho, pero deben comprender que no abrimos así como así las puertas de par en par a todos los elementos que ahora quieren entrar en nuestro partido. Naturalmente, a nosotros vienen los mejores elementos de la clase obrera, los mejores elementos de la juventud obrera, y estos elementos son bienvenidos. Pero, como nuestro partido está al timón del Estado, se comprende que también busquen entrar en él bastantes arribistas, elementos pequeñoburgueses dudosos. Sin embargo, nuestro partido ha tomado la firme y resuelta decisión de poner obstáculos en el camino de esos elementos. Nuestro Comité Central ha decidido incluso privar a algunas categorías de miembros del partido del derecho de voto para el congreso. Es ciertamente extraordinario que hayamos tenido que recurrir a una restricción del derecho de voto también dentro del partido, pero, lo repito, todo el partido lo ha aprobado, porque queremos que esté hecho de una pieza, que solo sean admitidos verdaderos comunistas. Se trata de apenas 500 000 miembros, que tienen en sus manos toda la maquinaria del Estado, de arriba abajo.
El núcleo del partido lo forman los obreros. Los intelectuales escasean mucho en nuestras filas. Solo en los últimos tiempos puede constatarse un cambio. Cierto número de intelectuales están ahora dispuestos a trabajar con nosotros en las instituciones soviéticas, pero su ingreso en el partido no resulta tan fácil.
La segunda forma de nuestra organización obrera son los sindicatos. Entre nosotros los sindicatos han tenido una evolución distinta que en Alemania. Durante los años 1904-1905 desempeñaron un gran papel revolucionario, y marchan a la par con nosotros en nuestra lucha por el socialismo. Los sindicatos de Rusia cuentan ahora con 3,5 millones de miembros. El último congreso sindical dio esa cifra. La inmensa mayoría de los afiliados sostiene el punto de vista de nuestro partido, y todas las decisiones se toman solo en el espíritu de nuestro partido. Es una minoría muy pequeña de los sindicatos la que aboga por la neutralidad, por la «independencia» de los sindicatos. La mayoría sostiene que deben trabajar codo con codo con los comunistas. Hay una corriente bastante grande que reclama la estatización de los sindicatos, es decir, que los sindicatos se sientan formalmente parte del Gobierno soviético. De hecho, los sindicatos actúan como una parte de nuestra maquinaria estatal. En la cuestión de las tarifas salariales, formalmente las cosas son así: las decisiones las toma el Consejo de Comisarios del Pueblo, pero los sindicatos tienen en ello la última palabra. Lo mismo ocurre en todas las demás cuestiones del seguro obrero y en muchas cuestiones de la vida de los obreros.
La tercera forma de organización son las cooperativas de consumo. Tenemos ahora 25 000 cooperativas de consumo; en la ciudad, 2 millones de miembros de las cooperativas de consumo obreras; en el campo, 10 millones de miembros de las cooperativas de consumo rurales. Si se cuentan los familiares, en estas organizaciones están organizadas unos 50 millones de personas.
Pero las organizaciones principales son, como todos saben, nuestras instituciones soviéticas. Es bastante difícil decir cuántas personas, obreros y campesinos, están organizadas en las instituciones soviéticas. Una cosa puede decirse: después de redactar nuestra Constitución soviética, vimos que el derecho de voto podía extenderse poco a poco incluso a una parte de las capas medias. Así, por ejemplo, las elecciones al consejo obrero de Petrogrado dieron este cuadro: en Petrogrado hay unos 650 000 electores; más de dos tercios participaron en las elecciones, y más de nueve décimas partes de la población tienen derecho de voto. Creo que el cuadro de Petrogrado es bastante típico de todas nuestras ciudades, y creo que puede decirse que más de 100 millones de habitantes de nuestra república soviética tienen y ejercen el derecho de voto.
Naturalmente, en las instituciones soviéticas son los simples obreros quienes llevan todo el peso del trabajo. Esta circunstancia es ahora importante también para los camaradas de otros países. También a nosotros se nos intimidó, y hasta los obreros creían que no seríamos capaces de realizar con nuestras propias fuerzas un trabajo tan complicado. Todavía hoy se cometen muchos errores, pero la clase obrera de Rusia, que desde luego no es la más instruida del mundo, ha demostrado que, cuando tiene el poder político en sus manos, cuando tiene por guía a un partido organizado, puede resolver estas tareas complicadas.
Hasta hace poco nuestro partido era, en lo esencial, un partido del proletariado urbano. Es comprensible, porque nuestros primeros miembros procedían de las fábricas; nuestra organización nació en los barrios obreros. Ahora nuestro partido se está convirtiendo en el partido de las masas trabajadoras de la ciudad y del campo. En el campo no trabajamos desde hace tanto tiempo y quizá no con tanta energía como en la ciudad. Pero podemos decir que un año de trabajo en el campo ha aportado a nuestro Partido Comunista numerosas fuerzas nuevas y que allí hemos desplazado a todos los demás partidos. La popularidad del Partido Comunista en el campo es grande y crece día a día. La juventud campesina, los antiguos soldados, los obreros de las ciudades, sobre todo los obreros de Petrogrado y de Moscú, han realizado en el campo una gran labor, en particular los obreros de Petrogrado. Durante el último año salieron de Petrogrado 280 000 obreros, a los frentes y al campo. Desde luego, fue una gran desgracia para Petrogrado, pero una suerte para nuestra revolución que las mejores guardias de los obreros rusos se marcharan y continuaran en el campo su fecundo trabajo. Durante los últimos meses la revolución comunista ha llegado al campo. Ahora el campesino más pobre de Rusia vive su Revolución de Octubre, y de esa fuente sacaremos muchas fuerzas para la revolución comunista.
Nuestro partido y nuestro proletariado fueron los primeros que pudieron hacer propaganda del comunismo desde el Estado. Y lo hemos aprovechado. Estamos apenas al comienzo del trabajo. Mucho se ha hecho, pero mucho queda por hacer. Nuestro partido cuenta con 35 periódicos del partido. En Rusia aparecen más de 100 periódicos soviéticos, que son periódicos para los campesinos y los soldados: esa es la verdadera libertad de prensa. Si ahora podemos editar sencillamente en pequeñas localidades periódicos para campesinos, escritos en su mayor parte también por campesinos, esa es la mejor libertad de prensa que necesita la clase obrera. Las tiradas de nuestros periódicos son bastante grandes: Izvestia, órgano central del Gobierno soviético, tira 400 000 ejemplares; Krásnaya Gazeta, en Petrogrado, tira 280 000, y solo por falta de papel no se aumenta. El órgano central de nuestro partido, Pravda, tira 150 000 y podría tirar más. Hemos fundado muchas universidades proletarias y campesinas, que trabajan con gran éxito y que aportan al campo multitud de fuerzas culturales que trabajan por el comunismo en el campo. Los sóviets de nuestras grandes ciudades han organizado todos grandes editoriales. La editorial del Sóviet de Petrogrado, por ejemplo, publicó el año pasado 11,5 millones de folletos y libros; en Moscú nuestra editorial central ha publicado todavía mucho más. En este terreno el Comisariado de Instrucción Pública ocupa el primer lugar. Este comisariado hace ya en parte propaganda comunista, y nuestro partido exige ahora que organice todo su trabajo, de abajo arriba, sobre una base comunista. Aquí van solo algunas cifras: en 1917 los gastos del Ministerio de Instrucción Pública ascendieron a 300 000 000 de rublos; en 1918, a 3000 millones, y para el primer semestre de 1919 están previstos 4000 millones. De ahí pueden deducir el trabajo que tiene que realizar este comisariado. También han podido seguir en la prensa burguesa de Alemania y de Francia cómo incluso algunas autoridades burguesas tienen que reconocer que el Gobierno soviético ha realizado en este terreno una labor asombrosa.
En el extranjero se ha hablado mucho de nuestra situación económica. Kautsky43 habló de un socialismo de la miseria en Rusia. El país es realmente pobre: recibimos el país en un estado tal que sangraba por todos los poros; estábamos realmente en una situación difícil y lo seguimos estando. Pero en un año hemos conseguido algo: tenemos en nuestras manos las organizaciones económicas, tenemos un aparato que funciona más o menos bien y que, aunque haya que perfeccionarlo, al menos funciona. Para el Consejo Superior de Economía Nacional y para otras organizaciones económicas hay que gastar el año próximo 10 000 millones de rublos. Por esta cifra ven lo grande que es el trabajo y cuánto queda por hacer.
En la cuestión de la vivienda no lo hemos conseguido todo, desde luego, pero sí hemos dado unos primeros pasos bastante importantes. En las grandes ciudades, sobre todo en Petrogrado y en Moscú, y también en cierto número de otras ciudades, la cuestión de la vivienda está en vías de solución. La clase obrera, la tropa de choque del proletariado, siente que en esta cuestión, en la que pudimos lograr de inmediato muchas mejoras, aunque no definitivas, hemos hecho lo que podíamos hacer. Hemos expropiado las viviendas burguesas, las hemos repartido, hemos confiscado los muebles más necesarios y los hemos repartido entre los obreros. Calles enteras que antes formaban barrios burgueses son ahora barrios obreros proletario-comunistas, porque allí se han instalado obreros comunistas, obreros de fábricas enteras, etc.
No hablaré mucho del Ejército Rojo; es un tema aparte. Sobre él podrían decir unas palabras camaradas más autorizados, quizá el camarada Trotski.
También hemos considerado nuestro más alto deber de honor ayudar materialmente todo lo posible al movimiento obrero de otros países. Y no en vano la burguesía de todos los países se enfurece contra nosotros. En este terreno hemos cumplido con nuestro deber y seguiremos considerando nuestro deber ayudar a todo movimiento obrero que se sitúe en el terreno comunista.
Nunca ha estado nuestro partido tan unido como ahora, en vísperas de su VIII Congreso. Al comienzo de la revolución tuvimos escisiones; tuvimos discusiones especialmente acaloradas durante la paz de Brest. Y el argumento principal era entonces que, si firmábamos la paz de Brest, quizá debilitaríamos con ello la posición internacional de los camaradas alemanes. También para nosotros ese argumento era lo principal. Temíamos más que nada empeorar por un error la situación de los obreros de Alemania o de los demás países. Afortunadamente, no fue así. La clase obrera de todos los países nos ha comprendido. Con nuestros pasos, según espero, no hemos empeorado la posición de la clase obrera, sino que la hemos facilitado. Y si ahora volviéramos a vernos ante una cuestión semejante, por ejemplo la conclusión de la paz con la Entente, creo que nuestro partido aprobaría en ese caso con plena unanimidad la decisión del Comité Central y del Gobierno soviético. Y los obreros franceses, ingleses y norteamericanos nos comprenderán y se solidarizarán plenamente con nosotros.
Puede decirse que nuestra clase obrera tiene sed de relaciones internacionales. Así era también antes: al comienzo de la revolución, cuando los mencheviques estaban al timón, los obreros de Moscú y de Petrogrado se alegraban incluso de ver a hombres como los señores Albert Thomas, Henderson, etc.44 Cuando vinieron a Petrogrado para confraternizar con los señores Tsereteli, Kérenski y otros, nuestra clase obrera los tomó al principio en serio. Ahora nuestra clase obrera ha comprendido que no son más que socialistas de pega, y el obrero más sencillo de Petrogrado y de Moscú conoce perfectamente las tres corrientes principales que tenemos dentro del movimiento internacional.
Ahora unas palabras sobre el llamado terror rojo. Sé por lo que cuentan nuestros amigos de partido del extranjero que allí es el principal objeto de la polémica contra nosotros, y que incluso algunos amigos no se han sentido a veces plenamente solidarios con nosotros en este punto. Después de lo que hemos vivido en Alemania, después de ver que la guerra civil adopta allí formas mucho más agudas que entre nosotros, después de vivir el asesinato de Liebknecht y Rosa Luxemburgo, creo que ahora también nuestros amigos que han vivido demasiado tiempo en un ambiente pacífico y no comprenden todo lo que aquí ocurría comprenderán por qué tuvimos que recurrir al arma afilada del terror rojo. Y un historiador socialista imparcial no nos reprochará haber ejercido demasiado terror, sino haber sido a veces demasiado magnánimos. Es un hecho que casi todos los ministros del gobierno de Kérenski fueron puestos en libertad por nosotros. Muchos han huido y ahora luchan contra nosotros. Konoválov, Maklakov, todos esos señores que ahora combaten contra nosotros desde París, estuvieron en nuestras manos. Los liberamos; el antiguo ministro de la Guerra, el general Verjovski, que antes estaba contra nosotros, fue liberado por nosotros y en los últimos días nos ha ofrecido sus servicios; e incluso Alexinski, que en julio de 1917 fue el principal director de todo el caso Dreyfus contra los camaradas Lenin, Trotski, Zinóviev y otros, ha sido liberado por el Sóviet de Moscú y trabaja ahora en Moscú45. Si llegan a conocer con detalle las circunstancias, verán que el terror rojo al que recurrió nuestro partido fue una necesidad histórica.
Todos ustedes saben que los partidos que se llamaban socialistas y que se alzaron contra nosotros y nos combatieron han quebrado todos y se han convertido en una minoría ínfima. Los socialistas revolucionarios de derecha (la presidencia de la Asamblea Constituyente) han capitulado ante nuestro partido46. Ya les he citado el resultado de las últimas elecciones en Petrogrado. De 1500 miembros, tenemos 8 socialistas revolucionarios de izquierda, 5 o 6 de derecha, unos 10 mencheviques; todo el resto son comunistas o candidatos a ingresar en el Partido Comunista y trabajan sobre su plataforma. Las elecciones fueron en gran parte secretas, y ningún poder del mundo habría podido impedir, por ejemplo, a los obreros de las fábricas Putílov elegir en votación secreta a miembros de otros partidos si lo hubieran querido. Pero no fue así.
Hay bastantes descontentos entre los obreros, porque la escasez de víveres, en especial de pan, es demasiado grande; pero cuando llegan las elecciones y se trata de expresar su confianza, siempre es el núcleo de la clase obrera, la gran mayoría, el que deposita plenamente su confianza en nuestro partido. Es el mejor testimonio de que hemos cumplido con nuestro deber y obligación en Rusia pese a las grandes dificultades. Nos hemos esforzado y nos hemos propuesto desde el principio asimilar toda la obra de la Comuna de París, comprender lo que los obreros de París mostraron en 1871 al mundo entero y continuarlo en las nuevas condiciones. Naturalmente, una parte bastante grande de nuestro trabajo debemos ponerla en la cuenta de los antiguos adalides de la clase obrera de Francia. Camaradas, quizá estamos ya en una encrucijada; aquí podemos respirar algo más aliviados; creemos que ahora hay muchas probabilidades de que la burguesía de la Entente no se alce contra nosotros, ni pueda hacerlo. Lo prueba la declaración de Lloyd George47 ante los partidos burgueses de que, si supieran qué masas de soldados harían falta ahora para derrotar a Rusia, probablemente no habrían exigido la guerra con tanto valor. Esa cifra, les susurra al oído, es de un millón o más. No es fácil encontrar tantos guardias blancos, y con obreros será difícil alzarse contra nuestro partido. Hubo un tiempo en que estábamos cercados por enemigos, pero las tropas de choque de los comunistas de Rusia sentían que la mayor parte de los obreros de todos los países estaría con nosotros. Y ahora ya hemos visto que los mejores elementos de la clase obrera de todos los países consideran un honor organizarse como comunistas y seguir el camino que nosotros hemos emprendido.
¡Camaradas! Basamos todo nuestro trabajo en la experiencia que nos legó la heroica Comuna de París de 1871. Nuestro gran maestro Karl Marx nos enseñó a amar la Comuna. El legado de la Comuna de París es sagrado para nosotros. Desarrollar su legado y contribuir a la victoria de la clase obrera internacional sobre la burguesía: en eso vemos nuestro mayor orgullo.
Platten propone interrumpir la sesión tres cuartos de hora (aprobado).
Al reanudarse la sesión, el camarada Lenin concede la palabra al representante de Finlandia, el camarada Sirola, para su informe sobre Finlandia.
Sirola48 (Finlandia): ¡Camaradas! Ha pasado un año desde que el proletariado finlandés luchaba a vida o muerte con las bandas de carniceros de la burguesía49. Se alzó con valor para defender su libertad y su vida y para rechazar la ofensiva reaccionaria de los guardias blancos. Aunque estaba insuficientemente preparado, política y militarmente, para una lucha semejante, resistió tres meses en los frentes y en ese tiempo realizó tras los frentes una gran labor organizadora, social y económica. Esta primera revolución del proletariado finlandés fue aplastada. La abnegación y el valor de los camaradas, hombres y mujeres, de la Guardia Roja y la inestimable ayuda de nuestros camaradas rusos no bastaron para rechazar el asalto de las hordas internacionales de guardias blancos mandados por oficiales finlandeses, suecos, alemanes y rusos. A finales de abril, cuando el imperialismo alemán echó en la balanza sus tropas regulares como factor decisivo, los blancos lograron hacer fracasar la evacuación prevista a Rusia de las mejores fuerzas vivas de la revolución. La sed bárbara de venganza de los sabuesos blancos es conocida en todo el mundo. Durante meses los «carniceros» se ensañaron con el proletariado: hombres, mujeres y niños. Junto con proletarios finlandeses fueron fusilados cientos de camaradas rusos e instructores de la Guardia Roja. Según datos publicados recientemente en periódicos finlandeses, el total de asesinados superaba los 13 000, y siguen llegando noticias complementarias que cuentan que en tal o cual municipio fueron ejecutados de 100 a 300 proletarios o más. A ellos se suman los 15 500 que murieron en los campos de concentración de hambre, enfermedad y miseria.
Estos hechos sangrientos, que en modo alguno están exagerados, deben servir de advertencia a todos los obreros que sueñan con una colaboración pacífica con la burguesía en el terreno de la democracia. Esperamos que los camaradas de la Tercera Internacional graben las experiencias del proletariado finlandés en la mente de los obreros de sus países. Estas experiencias se resumen en pocas palabras. El proletariado debe precisar cuanto antes su posición de principio y no vacilar en separarse de todos los elementos y grupos que ya se han mostrado traidores a los obreros o que los dejan en la estacada en el momento decisivo. Democracia o dictadura: esta cuestión no debe encubrirse, y la situación revolucionaria existente debe salir claramente a la luz. El proletariado no debe dar al enemigo ocasión de tomar la iniciativa, sino pasar a la ofensiva en una hora elegida, en lo posible, por él mismo, y destrozar el aparato de poder de la burguesía, la máquina del Estado.
Durante demasiado tiempo también nosotros estuvimos imbuidos de la ideología de un movimiento obrero «unitario». Solo después de la revolución se hizo inevitable la ruptura. Las líneas se separaron tajantemente. En Finlandia, el ala extrema derecha de la vieja socialdemocracia ha obtenido de la dictadura burguesa la «libertad» de organización y de prensa con el objetivo claramente declarado de calmar a los obreros. Estos traidores hicieron también todo lo posible por aplastar la revolución del proletariado finlandés del año pasado y por hacer propaganda de un movimiento obrero pacífico, parlamentario-sindical y cooperativo. Han encontrado eco en algunos círculos pequeñoburgueses y en las elecciones políticas de hoy y de mañana obtendrán cierto número de votos. Pero a las masas atormentadas por la cárcel, el hambre y la miseria —con los recuerdos frescos del terror blanco y con el ejemplo vivo de la dictadura proletaria en Rusia ante los ojos— les son ajenas las exhortaciones de estos lacayos de la burguesía. Con estos compañeros de los scheidemannianos y de Branting50, que confraternizan ahora en Berna con todos los socialtraidores del mundo, el proletariado revolucionario de Finlandia no tiene nada en común, y este proletariado es ahora más revolucionario que nunca. También los periódicos burgueses demuestran sobradamente que el proletariado de Finlandia saluda con alegría la fundación del Partido Comunista. Pruebas de ello tenemos de sobra.
El Partido Comunista de Finlandia fue fundado a finales de agosto, en el congreso de Moscú, por emigrados que viven en el exilio51. Pero vivimos en un exilio de un tipo completamente nuevo, en un país socialista. Nosotros, que éramos radicales o radicales de izquierda, hemos llegado a nuestra convicción comunista a partir de la reflexión sobre nuestras experiencias revolucionarias, a partir de nuestro conocimiento de los trabajos teóricos de los camaradas rusos y, sobre todo, del ejemplo vivo del trabajo comunista de organización aquí, en suelo ruso. En una carta abierta que nuestro partido dirigió al camarada Lenin, rendimos cuentas y explicamos con más detalle nuestras experiencias.
Desde Petrogrado, donde trabaja nuestro Comité Central, hemos hecho además agitación entre los obreros y campesinos finlandeses que viven en Rusia. Se han fundado unas 25 organizaciones comunistas, se han publicado más de 40 folletos y se han fundado en Rusia un diario y dos revistas, una finlandesa y otra sueca. Está organizada la colaboración con los camaradas rusos en el partido, en las instituciones soviéticas y en el terreno económico y cultural. Importante es, naturalmente, la preparación militar. Nuestra organización militar se ocupa de la formación de los soldados finlandeses en el Ejército Rojo. Han aparecido unas 15 traducciones de libros para uso militar.
En Finlandia trabaja todo un conjunto de organizaciones comunistas clandestinas, que difunden literatura y periódicos, hacen propaganda y, a pesar de la cárcel, la tortura y la muerte, realizan el trabajo de preparación de la insurrección. En la conferencia de finales de enero, a la que asistieron representantes de Finlandia, se aprobaron unas tesis sobre las tareas inmediatas de la revolución en Finlandia.
Una profunda convicción nos dice que pronto estaremos también nosotros en la lucha junto a nuestros fieles camaradas de Finlandia. No fundamos esta convicción solo en nuestros ardientes deseos, sino en el análisis de la situación en Finlandia. La influencia del capitalismo imperialista, sobremaduro y en descomposición, es palpable también en la pequeña Finlandia. La burguesía finlandesa ha creado su pequeño mundo a su imagen. Reinan una descomposición y una desmoralización generales. Florecen la especulación y la estafa. Los casos de muerte por hambre son cada vez más frecuentes. El presupuesto del Estado ha pasado de 100 millones a mucho más de mil millones, y los impuestos y la deuda pública en proporción. El soborno es general, la cultura está prostituida. Se ha creado el ejército, con el brillo de su mísera oficialidad, y la corte del dictador52. La reacción domina por todas partes. Como pruebas de la descomposición general pueden citarse el separatismo de los suecoparlantes en Åland53 y en otros lugares, mientras los patriotas se embriagan con sueños de conquista. Naturalmente, a este hermoso cuadro pertenecen también la actuación de la gendarmería, las violencias de las guardias burguesas, la caza de revolucionarios, los registros domiciliarios en masa, las detenciones, la tortura según el modelo de la Inquisición española, el fusilamiento de presos con el pretexto de intento de fuga, y otras cosas.
Un sistema semejante no puede sostenerse mucho tiempo. Solo falta el impulso que haga estallar la tensión revolucionaria. Y llegará en relación con la evolución de la situación internacional. Tras el rotundo fiasco de sus aventuras alemanas, la burguesía finlandesa se orienta, naturalmente, hacia la Entente, y esta espera servicios de su nuevo criado en la lucha del imperialismo mundial contra el bolchevismo. La expedición a Estonia54 y la organización en Finlandia de grupos armados contrarrevolucionarios rusos, dispuestos a luchar incluso contra la independencia de Finlandia, lo atestiguan. Está claro que esta aventura tiene que acabar en un estallido. Será la señal de la lucha, y esta vez, siguiendo el ejemplo práctico de nuestros fieles y valientes precursores, los proletarios rusos, llevará a la instauración de la dictadura de hierro del proletariado. Ponemos nuestra confianza en la solidaridad del proletariado del mundo con la república soviética internacional de Rusia. También el proletariado finlandés luchará bajo el signo de la III Internacional Comunista, la liga mundial de las repúblicas de los consejos del proletariado.
Lenin: Tiene la palabra el representante de Noruega, el camarada Stange.
Stange55 (Noruega): El Partido Laborista Noruego es el único partido socialista de Noruega y por eso cuenta hoy entre sus miembros con partidarios de todas las corrientes socialistas. El Partido Laborista Noruego es un partido legal, que trabaja en el Parlamento, pero que siempre se ha declarado un partido socialdemócrata revolucionario.
En el invierno de 1916-1917 tuvimos en Noruega dificultades muy grandes de víveres y de combustible, y el estado de ánimo de los obreros era del todo revolucionario. La dirección central del partido y las organizaciones sindicales declararon que, si el Gobierno no satisfacía las reivindicaciones de los obreros, estos emplearían medios más contundentes contra el poder del Estado y se convocaría de inmediato un congreso del partido y de las organizaciones sindicales. Ni el congreso ni los medios más contundentes se hicieron realidad, lo que indignó bastante a los obreros.
En el invierno de 1917-1918 se formaron los primeros consejos de obreros y soldados, y en la primavera de 1918 celebraron su congreso. El congreso de los consejos obreros declaró en una proclama que los consejos obreros debían llevar a cabo inmediatamente distintas reivindicaciones, entre ellas la jornada de ocho horas, y que los consejos se proponían asumir toda la administración de Noruega. Entretanto, los distintos órganos del partido y las asociaciones obreras habían discutido con mucho empeño la posición del partido. La dirección central y el órgano principal (redactor Vidnes56) tomaron posición resueltamente contra los consejos de obreros y soldados, contra el bolchevismo y contra las tendencias revolucionarias en general. No querían una dictadura del proletariado, sino un mayor desarrollo de la democracia. Contra ellos luchó la gran mayoría de los distintos órganos locales del partido.
En la Pascua de 1918, la minoría revolucionaria de la federación central había propuesto al congreso del partido que este se declarase un partido revolucionario, pero un partido que quisiera trabajar en primer lugar en el Parlamento y que al mismo tiempo saludase con alegría los consejos de obreros y soldados. El congreso del partido aprobó esta propuesta por 159 votos contra 18657. El partido, que antes era miembro de la Internacional, decidió también adherirse a la Internacional de Zimmerwald. Como el ala derecha no quiso entrar en la dirección central, toda la dirección se cubrió con miembros del ala izquierda. El órgano principal, Social-Demokraten, ha tomado partido resueltamente, bajo la nueva dirección, por el bolchevismo ruso, la Liga Espartaco y los demás partidos socialdemócratas de izquierda.
Como puede verse, el partido es un partido legal y parlamentario que quiere emplear al mismo tiempo medios revolucionarios de lucha. No se ha pronunciado contra el parlamentarismo democrático ni a favor de la constitución de consejos, aunque haya reconocido los consejos de obreros y soldados como órganos revolucionarios de lucha. Pero la cuestión constitucional se discute con gran interés en todos los periódicos y asociaciones obreras. Las organizaciones sindicales estaban antes por completo en manos del ala derecha, y el congreso sindical del otoño de 1917 rechazó por gran mayoría todas las propuestas importantes de la llamada «oposición sindical». Sin embargo, el estado de ánimo ha cambiado mucho también en los sindicatos, y en 1918 las grandes federaciones, la Federación de Peones (mineros y obreros de la construcción), etc., y la Federación de Obreros del Hierro y del Metal se pasaron al ala izquierda.
Después de la revolución alemana se fortaleció también el estado de ánimo revolucionario de los obreros noruegos. Las dos alas del partido pudieron entonces unirse para un trabajo revolucionario común. Las direcciones centrales del partido y de las organizaciones sindicales están ahora de acuerdo en:
- trabajar por todos los medios por la realización del programa socialdemócrata;
- preparar la formación de los consejos obreros, pero sin llevarla a cabo todavía, y
- organizar inmediatamente los consejos de soldados como órganos de agitación en el ejército.
Como se ve, para el Partido Laborista Noruego es una cuestión de la mayor importancia si el partido debe abandonar por completo la línea democrática y pronunciarse por la dictadura proletaria mediante una constitución de consejos. Personalmente estoy convencido de que el desarrollo de la revolución mundial hará que el partido adopte una posición clara en esta cuestión.
Pero la dirección del partido no ha tenido todavía ocasión de tomar posición en esta cuestión, como tampoco había visto, antes de mi partida de Cristianía58, la invitación a este congreso. Por eso no puedo tomar posición ante la nueva Internacional Comunista sin consultar con mis colegas de la dirección central. Pero quiero participar con el mayor interés en el trabajo preparatorio y presentar al Partido Laborista Noruego los resultados de nuestro trabajo. Espero que también el Partido Laborista Noruego, que hasta ahora ha evolucionado en sentido revolucionario, sea capaz de contribuir enérgicamente a la victoria de la revolución internacional.
Lenin: Tiene la palabra el representante del Partido Socialista Norteamericano, el camarada Reinstein.
Reinstein (Norteamérica): ¡Camaradas! Por desgracia no estoy en condiciones, como han hecho aquí otros camaradas, de darles informaciones frescas sobre el movimiento en Norteamérica, porque hace ya casi dos años que dejé Norteamérica y que estoy aquí. En este sentido puedo darles poca información sobre la situación más reciente en los Estados Unidos. Pero creo poder afirmar que el movimiento en Norteamérica, sobre todo desde la entrada de los Estados Unidos en la guerra mundial, ha evolucionado muy rápidamente hacia la izquierda. Ya antes de esta guerra Norteamérica pasaba, y con razón, por el país más clásico de la democracia burguesa, por un lado, y de la autocracia financiera e industrial, por otro. En este país la democracia se ha desarrollado de la forma más madura y más plena. Estoy seguro de no exagerar si afirmo que, en lo que se refiere a las bases objetivas de una verdadera transformación socialista, Norteamérica es el país más maduro. Quiero exponerles aquí todavía un par de hechos que les explicarán por qué sostengo que, pese al estado aparentemente atrasado del movimiento obrero en general, en lo que se refiere al número de votos socialistas, los Estados Unidos de América están al menos tan maduros para la revolución socialista mundial como los países de Europa, si no más. En primer lugar, una comisión pública nombrada por el presidente Wilson, compuesta por no socialistas y antisocialistas, constató el hecho de que el empobrecimiento del pueblo norteamericano había avanzado tan deprisa en las últimas décadas que, del campesinado, de los granjeros de Norteamérica, que hasta hace poco podían vivir de forma independiente, cerca del 37 por ciento ya no poseían tierra propia y solo podían ganarse la vida como arrendatarios; y que de los otros dos tercios, aproximadamente la mitad, aunque fueran nominalmente propietarios de sus granjas, las tenían gravadas con hipotecas de los bancos. En resumen, los granjeros, esa columna vertebral de la clase media, se vieron en los últimos años empobrecidos y arruinados con gran rapidez. Todo el pueblo se proletarizó tan deprisa que, como constató otra comisión, unos años antes de la guerra había en Norteamérica 32,5 millones de hombres, mujeres y niños mayores de 15 años que dependían de su sueldo o de su salario para subsistir. Si a ellos añadimos los niños pequeños y los ciudadanos demasiado viejos, los desgastados —en muchas ramas de la industria norteamericana las personas de más de 40 años ya no se consideran buenos objetos de explotación—, verán que estos 32,5 millones de población dependiente del salario representan hasta dos tercios de la población total del país. Ese es el cuadro de la situación social moderna en Norteamérica. Al mismo tiempo que avanzaba este proceso de proletarización de las masas, se desarrollaba por el otro lado un proceso de concentración del capital como no puede observarse en ningún otro país. Unos años antes de la guerra, un economista informó de que los capitales, no de toda la clase capitalista norteamericana, sino solo los de la banca Morgan, hoy probablemente el mayor banco del mundo, ascendían ya en acciones y obligaciones a más de 527 millones de dólares. Pero eso era ya en una época en que el viejo Morgan59 todavía no era un anciano, en 1892. Desde entonces este capital de la banca Morgan ha absorbido la propiedad —propiedad de la tierra, propiedad industrial y comercial— como una esponja absorbe el agua, y en 1912 la suma de los capitales controlados por la banca Morgan ya no era de 527 millones, sino de más de 26 000 millones de dólares.
Esa es la razón por la que sostengo que Norteamérica es el país clásico de la democracia burguesa, por un lado, y de la autocracia financiera e industrial, por otro. En Norteamérica este proceso de acumulación del capital en manos de unos pocos ha llegado tan lejos que puede afirmarse realmente, sin exagerar, que un pequeño número de multimillonarios es capaz de dar trabajo a su antojo a cientos de miles, si no a millones, de obreros, o de dejarlos morir de hambre. Disponen de la vida de enormes ejércitos de asalariados. Esos son los hechos en que puede apoyarse la afirmación de que Norteamérica, en lo que toca a las relaciones sociales, representa realmente un polvorín para la dominación capitalista, y no hace falta ser demasiado optimista para afirmar que en Norteamérica, ya antes de esta guerra, cualquier gran huelga, una crisis industrial y el paro podían provocar una explosión social. Solo hay que subrayar aquí que la clase capitalista norteamericana fue lo bastante práctica y astuta para crearse un pararrayos práctico y eficaz, que consistió en el desarrollo de una gran organización sindical antisocialista bajo la dirección de Gompers60. No es correcto considerar a Gompers como el Scheidemann norteamericano. Scheidemann es, sin duda, un socialpatriota, no es un verdadero socialista, pero en su pasado hizo algo por el socialismo. Gompers, en cambio, es más bien un Zubátov61 norteamericano: es y ha sido siempre un adversario resuelto de la concepción socialista y de los fines socialistas, y sin embargo pasa por representante de una gran organización obrera, la Federación Americana del Trabajo, que se basa en la cháchara de la armonía entre el capital y el trabajo y se encarga de que la fuerza de la clase obrera quede paralizada y esta, por tanto, incapacitada para luchar con éxito contra el capitalismo en Norteamérica.
El otro pararrayos, que actuó como cloroformo sobre el proletariado, consistió en el carácter oportunista de los dirigentes más influyentes del Partido Socialista Norteamericano, que, como han hecho dirigentes semejantes en otros países, se encargaron de que el movimiento socialista en Norteamérica siguiera en aguas oportunistas y no tuviera una dirección verdaderamente revolucionaria y marxista. Estos dos elementos consiguieron impedir durante las últimas décadas que el proletariado de Norteamérica se agrupara para una verdadera lucha revolucionaria. Afortunadamente, apoyándose en los hechos y en la evolución más reciente dentro del movimiento socialista y del movimiento obrero en general, puede afirmarse ahora con calma y con seguridad que estos pararrayos del sistema capitalista pierden con bastante rapidez fuerza y eficacia. Pese a todos los esfuerzos de los dirigentes sindicales antisocialistas, que están bajo la influencia de los capitalistas y del clero, en los últimos años hubo una fuerte efervescencia dentro de los sindicatos norteamericanos. Uno de los ejemplos más alentadores de esta efervescencia y del giro a la izquierda lo vivimos todavía en 1916. Entonces cuatro de las mayores organizaciones de ferroviarios, las de maquinistas, fogoneros, revisores y personal de servicio de los trenes, que hasta entonces estaban organizadas en hermandades obreras separadas y no querían coordinar su lucha, decidieron plantear conjuntamente la reivindicación de la jornada de ocho horas para los ferroviarios. Dieron todavía un paso más: se negaron directa y resueltamente a que su lucha se resolviera mediante arbitraje. Insistieron en que se cediera de inmediato a su reivindicación; de lo contrario, paralizarían el tráfico. Con ello obligaron al Gobierno a dejar a un lado todo lo demás, y durante varios días todo el aparato gubernamental de Washington trabajó día y noche para impedir aquella huelga inminente. Bajo la presión de las cuatro hermandades ferroviarias, el Gobierno se vio obligado a convertir inmediatamente en ley la jornada de ocho horas para los ferroviarios62. Entonces se vio con qué astucia está construido todo el aparato gubernamental de la democracia burguesa en Norteamérica: cuando la jornada de ocho horas se convirtió en ley, se consiguió que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos tuviera que decidir si esa ley era constitucional o no. Este Tribunal Supremo dictó sentencia de que la ley era, sin duda, constitucional, pero añadió que en el futuro los ferroviarios ya no tendrían derecho a hacer huelga y a perturbar el tráfico. Así pues, se les arrebató el derecho de huelga. Este caso muestra cómo en los países capitalistas desarrollados la «democracia» burguesa no solo se vuelve ilusoria, sino directamente perjudicial para los obreros. Por otra parte, el método de lucha resuelto de estas cuatro grandes organizaciones ferroviarias, hasta entonces muy «modestas y razonables», mostró que incluso dentro de los sindicatos conservadores se abre paso un nuevo estado de ánimo y que en sus luchas recurren cada vez más a armas revolucionarias. Pero lo que falta todavía es una reorganización práctica del movimiento obrero, tanto del político como del sindical. Este trabajo práctico de reorganización recibió un impulso cuando también el Gobierno norteamericano precipitó al país en la guerra. La creciente influencia de diversos socialistas revolucionarios en Norteamérica es realmente muy alentadora. Ya cuando se declaró la guerra pudo observarse que no era popular. Las masas no mostraron ningún entusiasmo por la guerra. La prensa capitalista hizo, desde luego, todo lo posible por avivar el patriotismo, pero entre el proletariado de las fábricas, con pocas excepciones, no se notaba ningún entusiasmo. A medida que la guerra se hacía más impopular, también muchos de los sindicatos hasta entonces muy influyentes perdieron su popularidad. En los últimos 18 a 20 meses pudo notarse en el movimiento obrero socialista norteamericano un giro considerable a la izquierda. Las organizaciones conocidas con el nombre de IWW, Trabajadores Industriales del Mundo63, que hace pocos años todavía sostenían tajantemente el punto de vista anarcosindicalista y estaban fuertemente influidas por los anarquistas, se volvieron algo más sensatas, menos anarquistas. Al mismo tiempo desarrollaron una lucha enérgica contra la guerra, contra el militarismo, contra el socialpatriotismo y contra el sistema capitalista del salariado en general. También se notó un giro a la izquierda dentro del Partido Socialista, que hace apenas tres años estaba dirigido casi por completo por dirigentes socialpatriotas o puramente parlamentarios. En este partido pudo observarse por primera vez con mucha claridad, en la época del congreso extraordinario del partido de 1917 en San Luis64, un estado de ánimo verdaderamente revolucionario. Era tan revolucionario que muchos de los antiguos dirigentes fueron arrojados por la borda o arrinconados y perdieron su influencia. Dirigentes del tipo de Hillquit65 tuvieron que adoptar un tono más revolucionario para no perder su influencia. Fueron lo bastante astutos para comprenderlo y obrar en consecuencia. Muchos otros no lo hicieron y quedaron fuera de juego. La masa de los verdaderos dirigentes del partido procedentes de las capas inferiores de la afiliación mostró un espíritu y un carácter mucho más frescos, al menos en lo que respecta a la cuestión de la guerra, y este partido se mantuvo hasta hace poco en esa posición revolucionaria. Dentro de ese partido se desarrollaron alas organizadas enteras. Debs66, uno de los agitadores más populares de Norteamérica, también ganó cada vez más influencia en este partido socialista. En cuanto al Partido Socialista Obrero67, desde el primer día de la guerra hasta hoy se ha mantenido con todas sus fuerzas en el terreno de la doctrina marxista, en el programa y en la táctica. En Norteamérica se produce ahora, tanto en las organizaciones sindicales como en las políticas, un proceso que nos autoriza a esperar que allí se produzca en un futuro próximo una transformación, que los diversos elementos revolucionarios de los partidos socialistas se fusionen por fin y hagan frente a la gente que ha actuado como pararrayos para proteger la democracia capitalista. Entonces podrá afirmarse que, cuando suene la hora de la expansión de la revolución socialista mundial, el proletariado norteamericano estará en su puesto para cumplir con el deber que le corresponde.
Estoy convencido de que en esta lucha del proletariado mundial contra el capitalismo mundial el proletariado de Norteamérica será tan decisivo para la victoria del proletariado mundial como lo fue el capital norteamericano en esta guerra imperialista contra las potencias centroeuropeas. No cabe ninguna duda de que la Revolución rusa ha ejercido una influencia enorme sobre las masas proletarias de Norteamérica y de que el Gobierno soviético, y en especial los bolcheviques, se hacen cada día más populares entre las masas que despiertan rápidamente. Por eso sostengo que el proletariado norteamericano ha ejercido ya ahora una influencia muy considerable sobre el Gobierno norteamericano. Si vemos que Wilson ha adoptado en los últimos meses otro tono y otra actitud ante la Revolución rusa y el Gobierno ruso, ello se debe con toda seguridad, en lo esencial, a la presión desde abajo, a la presión de las masas proletarias de Norteamérica que despiertan.
Concluyo diciendo que el paso que damos aquí pondrá la primera piedra de la III Internacional, la Internacional comunista y soviética. No cabe ninguna duda de que esta colocación de la primera piedra no solo será recibida con júbilo y con aprobación unánime por los miembros de mi partido, sino que grandes masas, que se cuentan por millones, nos aclamarán ya. Podemos contar con confianza en que en un futuro próximo también un gran número de proletarios norteamericanos participará en la lucha bajo nuestra bandera de la III Internacional Comunista.
Lenin: Tiene la palabra el camarada Rudnyánszky68, representante del Partido Comunista de Hungría.
Rudnyánszky lee el siguiente informe: Como los representantes del Partido Comunista enviados desde Hungría fueron detenidos por el camino y no han podido, por tanto, participar en el congreso, el siguiente informe sobre el desarrollo del movimiento comunista en Hungría se basa en las noticias que el Buró del partido aquí establecido ha recibido de Hungría hasta el 15 de febrero. El Partido Comunista de Hungría69 —es decir, los comunistas que regresaron de Rusia, los elementos de extrema izquierda y un pequeño grupo de intelectuales radicales de izquierda— se separó a finales de noviembre del Partido Socialdemócrata. Las primeras masas en las que se apoyaron los comunistas fueron los obreros siderúrgicos y metalúrgicos. La situación general en el momento de la fundación del Partido Comunista era favorable para un movimiento proletario revolucionario.
El 16 de noviembre se proclamó la república en Hungría, pero el poder efectivo siguió en manos del mismo gobierno que todavía había confirmado el archiduque José70. La única diferencia era que el presidente del Consejo de Ministros, el conde Károlyi71, y sus partidarios se llamaban «gobierno popular» y se subordinaban al Consejo Nacional72. El Consejo Nacional asumió todas las funciones que antes había desempeñado el parlamento. Este Consejo Nacional se componía de independentistas, radicales y socialdemócratas, y se proponía funcionar hasta que se eligiera una asamblea nacional legislativa.
Pero ya en las primeras semanas se podía prever el curso ulterior de la revolución. Los campesinos esperaban del nuevo «gobierno popular» la propiedad de la tierra, el proletariado esperaba liberarse de la explotación, las masas de soldados que volvían en tropel a casa desde un ejército en descomposición exigían trabajo e indemnizaciones, pero el gobierno no podía satisfacer todas estas reivindicaciones, y el descontento de las masas era cada vez mayor.
En ese momento los comunistas que habían regresado de Rusia pasaron a la acción. El Partido Socialdemócrata, que al principio había considerado insignificante el movimiento comunista, tuvo que reconocer muy pronto que las masas no se solidarizaban con los socialistas ministeriales, sino con los comunistas. Tras los primeros y rápidos éxitos de los comunistas, el Partido Socialdemócrata hizo todo lo posible por aplastar el movimiento.
Mientras los comunistas explicaban al proletariado que la socialdemocracia, junto con la burguesía, no podía llevar a cabo una verdadera transformación, y señalaban a diario que la socialdemocracia «revolucionaria» se veía obligada a ser defensora de la propiedad privada y enemiga de los intereses de las masas obreras, el Partido Socialdemócrata solo tenía en la mano un antídoto, a saber, la advertencia de que se acabaría la unidad del proletariado húngaro si los comunistas arraigaban en Hungría. Esta contraagitación tuvo poco éxito, pero dio a los socialdemócratas la posibilidad de perseguir duramente el movimiento comunista con el consentimiento de algunas organizaciones sindicales.
El movimiento comunista arraigó sobre todo entre las masas obreras de las ciudades. Fábricas e industrias enteras se adhirieron a él. Entre los soldados se notaba también una fuerte efervescencia comunista, principalmente entre las tropas especiales.
Especialmente peculiar fue el movimiento comunista entre los campesinos: entre los campesinos pobres en tierra surgieron organizaciones comunistas de forma totalmente espontánea. Sobre todo los campesinos que habían vuelto del cautiverio de guerra en Rusia fundaron organizaciones comunistas tras el anuncio de la reforma agraria socialdemócrata y ofrecieron su ayuda al Partido Comunista. Los mismos fenómenos se observaban también en los sóviets. En general, el movimiento de los consejos en Hungría es débil. Como el proletariado urbano está bajo la influencia de la socialdemocracia y de los comunistas, los pocos consejos obreros que ha llegado a formar la dirección del partido socialdemócrata están casi por completo en sus manos, y para los comunistas solo sirven de campo de batalla.
En los consejos de soldados los comunistas ya han librado esa batalla, y en algunos consejos tienen la mayoría. Y los consejos campesinos, que, eso sí, no son muy fuertes ni muy numerosos, son enteramente comunistas.
Por este fortalecimiento y desarrollo del Partido Comunista, y también por la creciente influencia de los comunistas en los consejos, podemos prever ya desde ahora que también en Hungría el comunismo desempeñará el papel decisivo.
Lenin: Tiene la palabra la camarada Kascher, representante del Grupo Comunista de Suiza.
Kascher: ¡Camaradas! Además del Partido Socialista y de la Organización de la Juventud Socialista, existe en Suiza un movimiento comunista pequeño, pero consciente de sus fines.
La raíz y la escuela de este movimiento comunista están en la izquierda de Zimmerwald73, cuyo espíritu se había difundido también entre nosotros en Suiza.
Lo que aprendimos de la izquierda de Zimmerwald fue a exigir la acción de masas, y no en un futuro lejano, sino ya en el momento presente. Debo confesar que principios claros, un programa claro, no pudimos recibirlos entonces de la izquierda de Zimmerwald. Se quería crear un programa comunista claro, pero faltaban tanto el tiempo como los escritos y la tradición en la materia. En 1917 el camarada Itschner fundó en Suiza, junto con algunos otros camaradas, un periódico, Die Forderung74, que empezó a hacer la crítica más dura del partido y propaganda del programa comunista entre los obreros. Además, en el verano de 1917 el camarada Herzog75 había fundado una organización de soldados. Esta organización tenía por objeto organizar entre los soldados del ejército la propaganda en favor del socialismo y hacer preparativos para el movimiento revolucionario que se avecinaba. Los comunistas se opusieron a los propósitos del comité central de la organización juvenil y del camarada Platten, que querían utilizar por el momento la organización de soldados para mejorar la situación de los soldados. Esta conservó su carácter puramente revolucionario y se desarrolló con mucha rapidez.
La aparición pública de los comunistas, en la calle, coincidió con la Revolución de Octubre. En nuestras octavillas planteamos casi todos los puntos del programa que más tarde llevó a la práctica el gobierno soviético, y ya entonces, en los comienzos del gobierno soviético, se lanzó a las masas el llamamiento a formar consejos obreros en Suiza. Este movimiento tuvo además, como los camaradas habrán leído, consecuencias muy graves. Hubo tiroteos durante dos días y dos noches76. En la Suiza libre pudo verse una estampa como en Rusia solo se había visto en 1905. Se disparó con ametralladoras. La reacción, que llegó al cabo de dos días, fue terrible: estado de sitio, detenciones en masa, registros domiciliarios y cosas por el estilo. El periódico que publicábamos con diversos títulos fue suprimido.
Lo que lograron los comunistas fue que los obreros suizos, bajo la presión de las circunstancias, de la carestía, del descontento y bajo la influencia del movimiento contagioso y entusiasta de Rusia, manifestaran su plena solidaridad con la Revolución rusa. Pero faltaba un programa positivo, consciente de sus fines. A raíz de esta experiencia se abrió paso también en el movimiento comunista una nueva orientación. Ya sabíamos que hay un objetivo —la conquista del poder—, pero los obreros suizos no se conforman con esos objetivos generales, buscan una consigna claramente definida, son prácticos, quieren saber para qué entran en la lucha. Las cuestiones que preocupaban a las masas eran, en primer lugar, la jornada de ocho horas, y en segundo lugar, la carestía y el descontento con la situación económica. Formulamos una consigna: incautación de los víveres y su reparto, no según la propiedad, sino según la necesidad, bajo el control de los obreros. Estas dos consignas nos parecieron adecuadas para los obreros suizos, incisivas; eran algo distinto de lo que se solía plantear. Llevaban, sobre todo la segunda, un sello socialista, y su realización significaba una lucha contra el orden social capitalista.
Este trabajo positivo prosiguió en 1918. En esa época se abrió paso también en los sindicatos un estado de ánimo favorable a los comunistas. Los sindicatos suizos no se distinguen de los sindicatos de los demás países capitalistas. En el sindicato metalúrgico los camaradas comunistas formaron un grupo aparte. El punto principal del programa de este grupo era la formación de consejos obreros.
En el verano de 1918 se celebró en Olten un congreso de todos los grupos comunistas y organizaciones de soldados. Estaban representadas 13 localidades de Suiza por 26 delegados. Este congreso era necesario porque por todas partes oíamos decir que había que separarse de una vez del partido y formar un partido comunista independiente. El congreso decidió no separarse por el momento del partido, sino hacer oposición dentro de él. La influencia de los dirigentes del partido y de las dos tendencias era bastante grande. Lo principal seguía siendo, como hasta entonces, poner el peso en la formación de consejos obreros.
Con fuerzas redobladas emprendimos la creación de los consejos obreros y opusimos este empeño a otro que se abría paso entre los obreros, a saber, la unión del partido y los sindicatos en un comité común, consigna que procedía del ala izquierda del partido. Previmos el lamentable hundimiento del Comité de Olten y lo combatimos desde el primer día. Con nosotros iba una parte considerable de los obreros. En aquella época declaramos que la época del parlamentarismo había pasado, que ya no teníamos nada que esperar de esa institución burguesa. Perdimos entonces toda posibilidad de colaborar en la prensa del partido. El Volksrecht77 dejó de publicar incluso los anuncios de nuestras reuniones, y teníamos que repartir personalmente octavillas en las fábricas. También las organizaciones de soldados fueron perseguidas. Había que trabajar en la clandestinidad, nos espiaban.
Entre los grupos comunistas se fue haciendo cada vez más fuerte el deseo de proceder a la separación. Llegó entonces un momento en que la separación se hizo realmente necesaria. Fue en octubre de 1918, tras la huelga de los empleados de banca de Zúrich78. La unánime huelga de solidaridad de los obreros de Zúrich no tenía ciertamente solo el fin de obtener las cuantas firmas que faltaban, o, mejor dicho, que se demoraban, de los señores banqueros, sino que fue una descarga elemental de la tensión que reinaba desde hacía meses en Zúrich y en cuyo fondo estaba el afán de llevar a cabo una huelga cantonal por la jornada de ocho horas. Para la Unión Obrera de Zúrich y los dirigentes de la huelga, en cambio, los camaradas Platten y Küng, el movimiento era un medio para atraer a los empleados de banca a la organización (cosa que no lograron en absoluto: los empleados de banca no participaron en la huelga general). La masa indignada y excitada aprobó por unanimidad la propuesta del camarada Herzog de seguir en huelga por la jornada de ocho horas, pero, ante la dura oposición de la asamblea de delegados y de la Unión Obrera, al día siguiente no se presentó. Esta acción por separado de la gente de la Forderung fue condenada públicamente, el camarada Herzog y otros fueron expulsados del partido y los grupos recibieron una severa reprimenda.
Esta actitud de las instancias del partido demostró que ya no era posible seguir colaborando con ellas. Se celebró una gran asamblea pública y se decidió fundar un Partido Comunista. Poco después vinieron las detenciones en masa y las organizaciones fueron desmanteladas. A partir de entonces hubo que trabajar en la clandestinidad. De este estado de ánimo nació la huelga general79. Ya el segundo día de la huelga previmos cómo iba a terminar. La consigna de la dirección de la huelga a los obreros, «mantenerse completamente tranquilos», y el temeroso empeño en evitar manifestaciones y asambleas permitieron a la burguesía, que había organizado de maravilla la guardia cívica, pasar tranquilamente las jornadas de huelga. En el plano puramente económico la huelga no podía surtir efecto; solo con una actitud revolucionaria habrían conseguido algo los obreros, pero eso es precisamente lo que la dirección y el partido, sin excepción, evitaron temerosamente. La traición del Comité de Olten fue el remate obligado de todo el curso de este movimiento, que una vez más, como tantas veces en Suiza, no estaba en manos de la masa, sino de unos cuantos dirigentes, y para todos ellos una breve huelga general «tranquila» era una válvula de escape necesaria.
Cuando la masa conoció la traición de la dirección de la huelga, que de cara afuera pareció inesperada, todo el mundo gritaba: ¡Que vengan los consejos obreros, los comunistas tienen razón! Las masas comprendieron, pues, que esa traición había sido posible porque lo habían confiado todo a unas cuantas personas y no habían tomado ellas mismas la dirección en sus manos por medio de consejos obreros. Después de esta huelga el grupo metalúrgico consiguió que los delegados metalúrgicos formaran un consejo. Les siguieron otros ramos, y pronto se formó un Consejo Obrero de Zúrich. Tuvo que trabajar por el momento en la clandestinidad, porque la policía lo vigilaba de cerca. Tras la huelga vino una reacción terrible. Para justificar el enorme despliegue militar, el gobierno declaró que había sido una medida frente a un levantamiento armado de los comunistas que se esperaba. En una palabra, quisieron cargarlo todo sobre el Partido Comunista, y por eso no es de extrañar que la reacción más terrible se volviera contra los comunistas. A los obreros abatidos, los astutos dirigentes les dieron de nuevo ocasión de desahogar su rabia en un gran congreso obrero. Nosotros exigimos: la supresión del Comité de Olten y de todos los comités en general; la celebración inmediata de elecciones de delegados a los consejos obreros en toda Suiza; la creación de consejos de soldados (que ya se habían formado en las organizaciones de soldados durante la huelga general); el armamento de los obreros y, sobre todo, la realización en un plazo próximo de una huelga general revolucionaria armada con las siguientes consignas: jornada de ocho horas y control obrero de la producción y la distribución. Exigimos además una política campesina distinta de la seguida hasta entonces. Nuestras consignas y reivindicaciones encontraron eco entre los obreros; el manifiesto se difundió por muchos miles de ejemplares y suscitó entre los obreros una viva discusión. La prensa burguesa se enfureció, se escribieron columnas enteras sobre el manifiesto, los últimos camaradas fueron detenidos y acusados de alta traición, se movilizaron nuevas tropas. Solo la prensa del partido y las instancias prosiguieron su política de ignorarlo todo y guardaron silencio sobre las cuestiones candentes del momento. El Consejo Obrero adoptó el programa comunista como su plataforma, y el grupo metalúrgico presentó la propuesta de formar consejos obreros. Pero después de que fracasara la propuesta del ala izquierda del partido (camaradas Platten, Rüegg) de elegir un nuevo comité, aquella ni siquiera se sometió a votación. En un congreso metalúrgico convocado especialmente con ese fin se censuró al grupo por la fundación del Consejo Obrero y por sus tendencias separatistas, y a los delegados de los consejos obreros se les amenazó con la expulsión del sindicato por una conducta «contraria a los estatutos».
También se desarrolló el movimiento de los consejos de soldados, y se hizo mucho en el armamento de los soldados y los obreros.
Para terminar, hay que tocar en pocas palabras nuestra relación con el ala izquierda del partido. En cuanto a las cuestiones del armamento de los obreros y soldados y del antiparlamentarismo, esos camaradas han cambiado últimamente de opinión al respecto y han apoyado la causa. En teoría se reconoció plenamente el programa comunista del partido ruso, y también en la práctica los camaradas del ala izquierda defendieron con mucha viveza a los bolcheviques y la política de los rusos en la prensa y en la propaganda. Con nosotros el ala izquierda no se comportó de otro modo que el partido entero. Pero su giro a la izquierda permite esperar que esta ala se separe por completo del partido y emprenda una política puramente comunista también para Suiza. Entonces —pero solo entonces— será posible la unificación con los comunistas actuales, y un partido comunista de Suiza fuerte y grande sería el resultado de nuestros largos esfuerzos y luchas.
Albert propone escuchar el informe complementario sobre el Partido Comunista de Rusia, en particular sobre el Ejército Rojo (se aprueba con grandes aplausos).
L. Trotski80 (Rusia): El camarada Albert ha dicho que el Ejército Rojo es muy a menudo tema de discusión en Alemania y que, si le he entendido bien, inquieta también a los señores Ebert y Scheidemann81 en sus noches de insomnio, concretamente por la amenaza de una irrupción del Ejército Rojo en Prusia Oriental. En cuanto a la irrupción, el camarada Albert puede tranquilizar a los actuales gobernantes de Alemania: por suerte o por desgracia —según se mire— hoy todavía no hemos llegado tan lejos. En cualquier caso, ante las irrupciones que nos amenazan estamos ahora mucho mejor que en la época de la paz de Brest-Litovsk. Eso es completamente seguro. Entonces todavía estábamos en pañales en todo lo que se refiere al desarrollo del gobierno soviético y también al del Ejército Rojo. Entonces todavía se llamaba Guardia Roja. Ese nombre hace ya mucho que no existe entre nosotros. La Guardia Roja fueron las primeras tropas de guerrilla, los grupos improvisados de obreros revolucionarios que, impulsados por su espíritu revolucionario, extendieron la revolución proletaria desde Petrogrado y Moscú por todo el territorio ruso. Este periodo duró hasta el primer choque de esta Guardia Roja con los regimientos regulares alemanes, en el que se vio claramente que esos grupos improvisados no eran capaces de dar una protección real a la república socialista revolucionaria cuando no se trataba solo de vencer a los contrarrevolucionarios rusos, sino de rechazar a un ejército disciplinado.
Y a partir de entonces empieza el cambio de actitud de los obreros respecto al ejército y también el cambio en sus métodos de organización. Bajo la presión de la situación, emprendimos la construcción de un ejército bien organizado y con consciencia de clase. En nuestro programa figura, es cierto, la milicia popular. Pero hablar de la milicia popular, de esa reivindicación política de la democracia, en un país gobernado por la dictadura del proletariado es imposible, porque el ejército está siempre en la más estrecha relación con el carácter del poder dominante. La guerra, como decía el viejo Clausewitz82, es la continuación de la política, solo que por otros medios. Y el ejército es el instrumento de la guerra y tiene que corresponder a la política. El gobierno es proletario, y también el ejército, por su composición social, tiene que corresponder a ese hecho.
Así que hemos introducido el censo en la composición del ejército. Desde mayo del año pasado hemos pasado del ejército voluntario, de la Guardia Roja, al ejército basado en el servicio militar obligatorio, pero solo admitimos en el ejército a los que son proletarios o campesinos que no explotan trabajo ajeno.
Hablar en serio de una milicia popular en Rusia es imposible si se tiene en cuenta que al mismo tiempo teníamos, y seguimos teniendo, varios ejércitos de clase enemigos en el suelo del antiguo imperio del zar ruso. Tenemos incluso, como en la región del Don83, un ejército monárquico, dirigido por oficiales cosacos, compuesto de elementos burgueses y de cosacos campesinos ricos. Luego tuvimos en la región del Volga y los Urales el ejército de la Constituyente84. También era, en la idea, el ejército «popular», como se le llamaba. Ese ejército se disolvió muy deprisa. Los señores de la Constituyente tuvieron que llevarse la peor parte, abandonaron muy a su pesar el territorio de la democracia del Volga y los Urales y buscaron entre nosotros la hospitalidad del gobierno soviético. Al gobierno de la Constituyente el almirante Kolchak lo hizo detener sin más, y el ejército se ha convertido en un ejército monárquico. Así pues, en un país que está en plena guerra civil, solo se puede construir un ejército sobre el principio de clase. Así lo hemos hecho nosotros, y con éxito.
Grandes dificultades nos causó la cuestión de los mandos militares. Naturalmente, la primera preocupación fue formar oficiales rojos salidos de los obreros y de los hijos de campesinos más avanzados. Pusimos manos a esta obra desde el principio, y aquí mismo, a la puerta de esta sala, podéis ver a más de un «alférez» rojo que dentro de poco ingresará como oficial rojo en el ejército soviético. Tenemos un número bastante grande de ellos. No quiero dar la cifra, porque un secreto militar es siempre un secreto militar. La cifra —lo repito— es bastante grande, pero no podíamos esperar a que los jóvenes alféreces rojos se convirtieran en generales rojos, porque el enemigo no quería darnos una pausa tan larga. Para sacar con éxito de esa reserva a más de un hombre capaz, tuvimos que dirigirnos también a los antiguos mandos militares. Naturalmente, no buscamos a nuestros oficiales en la brillante capa de los militares cortesanos, sino que sacamos de los elementos más modestos fuerzas muy capaces, que ahora nos ayudan a combatir a sus antiguos colegas. Por una parte, de los elementos mejores y honrados del antiguo cuerpo de oficiales, a los que agregamos como comisarios a comunistas capaces, y por otra, de los mejores elementos de las filas de los soldados, los obreros y los campesinos para los puestos de mando inferiores: así hemos formado un cuerpo de oficiales rojo.
Desde que existe la República soviética en Rusia, se ha visto siempre obligada a hacer la guerra, y todavía hoy la hace. Tenemos un frente de más de 8000 kilómetros. En el sur y en el norte, en el este y en el oeste, en todas partes nos combaten con las armas en la mano, y tenemos que defendernos. Kautsky85 nos ha acusado incluso de haber fomentado el militarismo. Pero yo creo que, si queremos conservar el poder para los obreros, tenemos que defendernos en serio. Para defendernos tenemos que enseñar a los obreros a servirse de las armas que forjan. Empezamos por desarmar a la burguesía y armar a los obreros. Si eso se llama militarismo, pues bien, entonces hemos creado nuestro militarismo socialista, y nos mantenemos firmes en él.
En agosto del año pasado nuestra situación en este aspecto era condenadamente mala; no solo nos habían cercado, sino que el cerco se había estrechado bastante en torno a Moscú. Desde entonces hemos ido ensanchando ese cerco cada vez más, y en los últimos seis meses el Ejército Rojo ha reconquistado para la República soviética no menos de 700 000 kilómetros cuadrados, con una población de unos 42 millones, 16 provincias con 16 grandes ciudades en las que los obreros solían librar, y siguen librando, una lucha enérgica. Y todavía hoy, si desde Moscú trazáis en el mapa una línea en cualquier dirección elegida a voluntad y la prolongáis, encontraréis en todas partes en el frente a un campesino ruso, a un obrero ruso, que esta noche fría está con su fusil en la frontera de la república socialista para defenderla. Y puedo aseguraros que los obreros comunistas, que forman verdaderamente el núcleo de este ejército, no solo se sienten86 la tropa de defensa de la república socialista rusa, sino también el Ejército Rojo de la III Internacional. Y si hoy tenemos la posibilidad de ofrecer hospitalidad a esta conferencia comunista, para con ello, por una vez, […] a los hermanos de Europa occidental por su hospitalidad de decenios, se lo debemos por nuestra parte a los esfuerzos y […] del Ejército Rojo, en el que los mejores camaradas de los obreros comunistas actúan como simples soldados, como oficiales rojos o como comisarios, es decir, como representantes directos de nuestro partido, del gobierno soviético, que en cada regimiento, en cada división, dan el tono político y moral, es decir, enseñan con su ejemplo a los soldados rojos cómo se lucha y se muere por el socialismo. Y en esa gente no son palabras vacías, porque a ellas les siguen los hechos, y hemos perdido en esta lucha a cientos y miles de los mejores obreros socialistas. Creo que no solo han caído por la República soviética, sino también por la III Internacional.
Y si hoy no pensamos en absoluto en irrumpir en Prusia Oriental —al contrario, seríamos muy felices si los señores Ebert y Scheidemann nos dejaran en paz—, lo cierto es en todo caso que, cuando llegue el momento y los hermanos de Occidente nos llamen en su ayuda, les responderemos: «¡Aquí estamos; durante este tiempo hemos aprendido el manejo de las armas; estamos dispuestos a luchar y a morir por la causa de la revolución mundial!».
A continuación de las últimas palabras de Trotski, el camarada Rutgers describe el júbilo con que se hacía propaganda del Ejército Rojo de Rusia en los medios obreros de Norteamérica. En las asambleas, mujeres y muchachas recogían joyas a beneficio del Ejército Rojo.
Lenin: Tiene la palabra para el informe el camarada Rutgers, representante del Partido Comunista de Holanda.
Rutgers87 (Holanda): Sobre el informe acerca de Holanda hay que subrayar que allí, hace ya más de diez años, se produjo una escisión formal entre la Segunda Internacional y las nuevas ideas de la Tercera Internacional.
El movimiento revolucionario de Holanda es hijo de la Revolución rusa (pero hijo anticipado) nacido de las bodas sangrientas de 1905. Entonces fundamos nuestro órgano, De Tribune, y, a causa de la agitación de ese órgano, nos expulsaron del viejo Partido Obrero Socialdemócrata88. ¡A eso se le llamaba entonces «libertad de prensa»! Desde entonces hemos estado siempre en estrechísimo contacto con nuestros camaradas rusos. Ya entonces esperábamos que los métodos de lucha rusos se impusieran en Europa occidental a través de Alemania. Las grandes manifestaciones de Berlín reforzaron esa esperanza, pero los burócratas del partido, con Kautsky a la cabeza, lograron desacreditar la táctica de los movimientos de masas y convertirla en una simple táctica defensiva. Con ello quedó encaminado el curso de las cosas, no hacia la revolución, sino hacia la guerra mundial. La victoria de la reacción en Alemania repercutió, naturalmente, también en Holanda.
Es verdad que el joven partido, el Partido Socialdemócrata —ahora Partido Comunista—, no se dejó extraviar, pero aún no pudo convertirse en un movimiento de masas de cierta amplitud.
Sin embargo, el movimiento holandés contribuyó, en la teoría y en la práctica, a esclarecer mejor las relaciones imperialistas y la futura táctica comunista. Los escritos y discursos de Lenin, Zinóviev y Kámenev siempre llegaron a conocimiento de los lectores de De Tribune y, a la inversa, los camaradas holandeses Roland Holst, Gorter, Pannekoek, Van Ravesteyn, Wijnkoop89 y otros son ya viejos conocidos de muchos comunistas rusos.
En la propia Holanda el joven partido revolucionario tuvo que librar una dura lucha con los oportunistas dirigidos por Troelstra90, y al presidente, Wijnkoop, llegaron a sacarlo a la fuerza de las asambleas. Pero entonces los obreros portuarios sindicalistas salieron en nuestra defensa y formaron un cuerpo de protección de gigantes de más de seis pies.
También en el terreno de las ideas nos hemos entendido cada vez mejor con los elementos sindicalistas del movimiento obrero holandés, y cuando estalló la guerra mundial nuestro partido formó, junto con los sindicalistas y un grupo anarquista, un comité revolucionario que abogaba por la desmovilización inmediata y contra la política de rapiña que el gobierno practicaba con los víveres. Poco a poco nuestro partido ganó una gran influencia sobre las masas y pudo intentar dar una orientación revolucionaria a las acciones de masas que estallaban a consecuencia del hambre y la miseria.
Es sabido que en Holanda hubo varias de esas manifestaciones de masas, en las que los choques con las tropas causaron víctimas. Con ocasión del aniversario de la Revolución rusa, la policía dispersó una manifestación de mujeres, y en ella resultó herida también la camarada Roland Holst.
Tras el estallido de la primera revolución alemana hubo muertos y heridos en manifestaciones en Holanda. Pero entonces la burguesía ya estaba presa de un miedo terrible: se parapetaron con sacos de arena los edificios públicos y se tenía la tropa preparada por las noches. Al principio pareció que también el partido de Troelstra iba a sumarse al movimiento revolucionario, pero un congreso extraordinario de los socialtraidores, convocado a toda prisa, decidió que todas las mejoras deseadas podían obtenerse también por vía pacífica. Con eso el movimiento quedó interrumpido por el momento.
Sin embargo, ya se ha visto que algunas unidades se negaron a disparar contra los obreros, y el ejército puede considerarse ya poco fiable para los capitalistas. El Partido Comunista ha creado consejos de soldados ilegales en diversas unidades del ejército.
Pero ahora Holanda se encuentra en una situación difícil, porque se ha convertido por completo en un Estado vasallo de Inglaterra. La burguesía holandesa se apoyaba antes en Alemania en sus esperanzas de poder seguir explotando las colonias. Ahora que Alemania ha quedado eliminada como potencia imperialista, a los capitalistas holandeses no les queda más que una esperanza: comportarse de un modo tan servil con Inglaterra que John Bull prefiera servirse de los explotadores holandeses en las colonias y dejarles un trozo del botín. La parte del león del botín de las colonias holandesas irá a parar en adelante, naturalmente, a los capitalistas ingleses. Pero es de temer que la burguesía holandesa esté dispuesta a cualquier vileza para conservar una parte del botín. Con ello se abrirá para Holanda un periodo de reacción extrema. Igual que se azuzó a Finlandia y Polonia contra los proletarios rusos, Holanda actuará contra los proletarios orientales. Además, la dependencia respecto a Inglaterra y la Entente será tan grande que Holanda podrá servir también de puerta de invasión contra una Alemania revolucionaria.
El proletariado holandés tiene en todo esto una tarea muy difícil, y nuestro Partido Comunista es plenamente consciente de las dificultades que le esperan. Necesitamos con urgencia un apoyo internacional y saludamos de todo corazón este primer congreso comunista. Nuestros mejores medios de propaganda han sido siempre los informes concretos sobre los acontecimientos revolucionarios de los demás países, y por eso nos esforzamos ante todo en mantener las relaciones internacionales. Sería de desear también que este congreso adoptara resoluciones prácticas sobre la lucha que tenemos que librar en las colonias codo con codo con los proletarios morenos y amarillos.
También aquí hay una gran tarea, y hace falta una gran fuerza. Y solo con la tensión de todas las fuerzas podemos esperar vencer ya ahora.
Lenin: ¿Hay alguna otra pregunta complementaria?
Platten: Queremos presentar una propuesta, la siguiente: El Congreso Comunista Internacional, reunido en Moscú el 2 de marzo de 1919, envía un saludo al Ejército Rojo. Será una señal de que durante las sesiones tenemos presentes sus magníficas hazañas.
(Se aprueba con un entusiasmo tempestuoso.)
Zinóviev: Se plantea la cuestión de si damos ya a la prensa alguna información sobre nuestras sesiones. Algunos camaradas han discutido esta cuestión y han decidido tratar por el momento las sesiones como secretas, es decir, no dar ninguna información ni a la prensa ni a camaradas particulares, y dejar que la presidencia decida el momento de publicar algo sobre nuestro trabajo.
Lenin: Acaba de llegar la noticia de que el camarada Rakovski y el delegado sueco ya están en camino. Ahora tenemos que decidir a qué hora se celebrará mañana la sesión. ¿Qué propuestas hay? A las cinco de la tarde. Pero el camarada Stange tiene que partir a las siete. ¿Otras propuestas? A las doce.
Klinger propone que la sesión empiece a las cinco, porque todavía están llegando camaradas, y por razones puramente técnicas, porque el Buró tiene que prepararse. Para la partida del camarada de Noruega serían, al fin y al cabo, solo dos o tres horas de diferencia. Por eso lo mejor sería a las cinco, sobre todo para el secretariado.
Lenin: Debo señalar que el camarada Rakovski solo viene por un día. Por eso convendría empezar mañana a las doce.
Trotski: Creo que no vamos a fijar ahora la hora, sino que dejaremos que la fije el Buró según las circunstancias.
Se aprueba.
Se levanta la sesión a las doce de la noche.
Segunda sesión, lunes 3 de marzo de 1919
3 de marzo de 1919. Doce del mediodía.
Platten: Están previstos los informes de Rakovski y de los camaradas ucranianos, un informe de Francia y quizá otro de la Austria alemana. Estos puntos llenarán la sesión de la mañana.
Chicherin (comisión de verificación de mandatos): Nuestro informe solo puede ser provisional, porque ayer por la tarde, e incluso ahora, no están presentes todos los delegados. Pero también teníamos que decidir algunas cuestiones de principio. Además de los mandatos con voto deliberativo, la comisión de verificación de mandatos ha examinado también los mandatos con voto consultivo. Se consideran participantes con voto consultivo los que están en contacto con sus países de origen pero no los representan directamente; además, los que vienen de sus países pero no tienen un mandato directo para la conferencia, y los que ocupan una posición destacada en su movimiento y tienen por ello el derecho moral de hablar aquí en nombre del movimiento, pero no pueden presentar un mandato directo.
En cuanto a los mandatos con voto deliberativo, la comisión ha examinado la cuestión, bastante complicada, de la proporción de votos y hace a la conferencia la siguiente propuesta.
Como no es posible poner a los países grandes y a los pequeños en el mismo plano, y como, por otro lado, tampoco es posible adoptar la escala extraordinariamente complicada que había establecido la II Internacional, la comisión de verificación de mandatos propone adoptar una escala simplificada. En esta escala no se tiene en cuenta la fuerza del partido, sino la importancia de los países. Consideramos que los partidos revolucionarios, incluso en los casos en que por el momento no son muy numerosos, ni siquiera formalmente, son a pesar de todo los representantes del proletariado revolucionario de su país. La división se hace según la importancia del país. Proponemos adoptar tres categorías: países grandes, medianos y pequeños; los primeros con 5 votos, los segundos con 3 y los terceros con un voto cada uno. Como países grandes se consideran Alemania, Rusia y América. Si llega un representante de Italia, también Italia se considerará un país grande con 5 votos. Lo mismo Francia. Como países medianos con 3 votos se consideran: Ucrania, Finlandia, Polonia, Noruega, Suecia, Suiza y los fragmentos de la antigua Austria-Hungría, de los que por ahora solo está representada aquí Hungría. Los demás tienen un voto cada uno, a saber: Lituania y Bielorrusia —que ahora están unidas y han fundado el Partido Comunista de Lituania y Bielorrusia—, Letonia, Estonia, la región de los colonos alemanes, que constituye un territorio compacto, Armenia y, por último, los pueblos orientales de Rusia —los tártaros, los baskires, los kirguises y los pueblos montañeses del Cáucaso—, que tienen entre sí cierta afinidad cultural, habitan territorios compactos y tienen también movimientos comunistas en sus tierras; se considerarán, pues, en conjunto como un solo país con un voto. La cuestión de los países balcánicos quedó abierta porque el camarada Rakovski aún no había llegado ayer. Así pues, están representados 3 países con 5 votos cada uno, 4 países con 3 votos cada uno y 6 países con un voto, en total 13 países. Se esperaban todavía 5 países; algunos han llegado ya, a otros se les sigue esperando. Ayer teníamos votos consultivos de 12 países; se esperan todavía 3 países, que han anunciado su llegada. De los consultivos estaban representados ayer: Bohemia, es decir, el grupo checo de aquí; Bulgaria; el grupo sudeslavo y sudeslavonio, que abarca Serbia, Croacia y Eslavonia; Holanda; el grupo francés; la Liga de Propaganda Socialista de América; los comunistas suizos; el Turquestán; Turquía; Georgia; Azerbaiyán y Persia. Del grupo inglés no hemos recibido el mandato hasta hoy. China y Corea, es decir, los grupos de emigrados de los obreros chinos y coreanos que viven en Rusia, se esperan todavía.
Ayer por la tarde contábamos en total 26 delegados con voto deliberativo, que representaban a 13 países, y 13 con voto consultivo. Al examinar los mandatos tuvimos que tener en cuenta que la conferencia se ha reunido en condiciones del todo anormales. En primer lugar, la necesidad del secreto, que hacía imposible celebrar elecciones o dar paso alguno que hubiera dado a conocer a los cuatro vientos la reunión de la conferencia. En segundo lugar, las dificultades del viaje. Ya saben ustedes que los representantes húngaros fueron detenidos por el camino. Con las mismas dificultades tuvieron que contar también otros delegados, con el resultado de que algunos no pudieron presentar mandatos escritos y sus mandatos hubo que verificarlos mediante testimonios. Para los partidos que actúan en Rusia y en las repúblicas soviéticas vecinas solo contaba la primera circunstancia, es decir, la necesidad del secreto. Por eso muchos solo pueden presentar mandatos de sus organismos centrales. Para los pueblos orientales se toma en consideración el mandato del Buró Central de los Pueblos Orientales de Rusia. Esta circunstancia se refiere en particular a los representantes de los países de Europa occidental. Entre los países que figuran en el programa provisional con voto consultivo se menciona el grupo socialista japonés, pero después de oír el informe del camarada Rutgers a la comisión ya no le pareció posible mantener el grupo japonés. El camarada Rutgers representa a Holanda con voto consultivo; no tiene mandato, pero puede hablar en nombre del partido. Al mismo tiempo tiene voto consultivo por la Liga de Propaganda Socialista de América. Pero como en Japón solo estuvo de paso, durante su viaje, no se le puede considerar, en lo que respecta a Japón, ni miembro destacado de un movimiento ni mandatario con voto consultivo. Por consiguiente, fue necesario borrar de la lista el grupo japonés. La cuestión de la representación rumana queda abierta hasta que la comisión de mandatos se ponga en contacto con el camarada Rakovski.
Estos son, por ahora, los resultados del trabajo de la comisión de verificación de mandatos. Cuando hayamos examinado los demás mandatos, entregaremos la lista definitiva a todos los representantes aquí presentes.
Lenin: ¿Alguien pide la palabra sobre la verificación de mandatos? No es así. Los mandatos quedan confirmados. Pasamos a la continuación de los informes. Tiene la palabra el camarada Rakovski.
Rakovski (Federación Revolucionaria Balcánica): En nombre de la Federación Balcánica, fundada en 191591, que agrupa a los partidos rumano, serbio y griego y a una parte del partido búlgaro —los «tesniakí»92—, quisiera hacer algunas comunicaciones complementarias.
Esta federación se declaró desde su fundación, y en concreto todavía antes de la Conferencia de Zimmerwald, por la lucha contra la guerra, y en ese sentido ha actuado durante todo este tiempo. El partido rumano se ha ido convirtiendo poco a poco en un partido comunista y, en consecuencia, se ha llamado también comunista. En Rumanía la situación evoluciona en un sentido favorable a la revolución; mucho depende también del avance del Ejército Rojo: el contacto con él dará, sin duda alguna, impulso a un fuerte movimiento revolucionario. Pero ya ahora, sobre todo en las últimas semanas, se han producido hechos significativos: los soldados se han negado a participar en manifestaciones monárquicas, y ha habido enfrentamientos armados. Aunque no es posible prever el momento en que estallará la revolución, no cabe ninguna duda de que también en Rumanía la situación evoluciona en una dirección marcadamente revolucionaria.
En cuanto al partido búlgaro, es decir, la corriente revolucionaria conocida con el nombre de «tesniakí», desde el estallido de la guerra se ha mantenido en su posición internacionalista de clase; su agitación y su propaganda han contribuido a acelerar la derrota del imperialismo alemán, y su influencia, favorecida por las condiciones económicas de Bulgaria, crece sin cesar.
El partido serbio, por desgracia, ha abandonado la posición de clase que adoptó al comienzo de la guerra. Todos recuerdan con qué valentía y coherencia actuó el partido serbio cuando sus diputados se negaron a votar los créditos93 y, en un momento sumamente difícil, hicieron una declaración de lo más coherente y se guiaron por ella. Todos recuerdan también la postura del camarada Kaclerović en Kienthal94. Pero con el tiempo tanto Kaclerović como Popović —representantes oficiales y autorizados del partido— se pasaron al socialpatriotismo, sobre todo a partir de su estancia en Estocolmo. Es una lástima que un partido que al comienzo de la guerra adoptó una postura tan irreprochable y valiente haya ido a parar a las aguas del socialpatriotismo. (El camarada Milkić95 pide la palabra para una rectificación.)
Rakovski lee una serie de saludos que ha recibido desde Berna de participantes de la oposición en la Conferencia de Berna, todos los cuales apuntan a una fuerte orientación hacia la izquierda y son significativos de la convicción que ahora se abre paso también entre los elementos hasta hoy vacilantes: que se está ante una encrucijada. O se rompe definitivamente con la II Internacional, o hay que contar con ser considerado enemigo de la clase obrera. Tampoco para los indecisos hay ya un camino intermedio.
Skrýpnik96 (Ucrania): Al tomar la palabra como representante del Partido Comunista de Ucrania, debo decir ante todo que me será imposible trazar en pocas palabras un cuadro detallado de la situación de mi partido, tanto menos cuanto que estamos ahora en plena lucha, en lucha con las armas en la mano. Además, todavía está reunido el tercer congreso del partido97. Nuestro partido cuenta actualmente con unos 30 000 miembros. Quiero señalar a este respecto que siempre nos hemos esforzado por limitar en lo posible el ingreso en nuestro partido de elementos todavía no del todo convencidos. Hay que señalar también que en las partes de Ucrania aún no liberadas el número de miembros es menor que en las liberadas, porque en las primeras las condiciones de existencia clandestinas limitan y frenan. El crecimiento constante de la influencia de nuestro partido puede medirse mejor por los congresos del partido que se han convocado, tanto los de provincia como los de distrito. Ya se han celebrado congresos de provincia en las provincias de Járkov, Poltava, Yekaterinoslav y Kiev. En cuanto a los distritos, todos han celebrado ya sus congresos del partido.
En esos congresos el Partido Comunista estuvo representado por el 75-90 por ciento de los miembros, mientras que el 25-10 por ciento restante correspondió a los demás partidos.
La actividad de nuestro partido consiste en la actualidad, en lo esencial, en extender nuestra influencia y en organizar escuelas del partido, que ya existen y funcionan en todas las provincias y en las cabezas de distrito más importantes.
Se publican de 8 a 10 periódicos del partido y, además, 20 o más periódicos de los sóviets, que también están en manos de los comunistas.
Está en marcha un trabajo de partido de gran envergadura para introducir en todas las unidades del Ejército Rojo la institución de los comisarios políticos. En la misma medida se lleva a cabo una propaganda político-revolucionaria enérgica y muy ramificada, y además una propaganda que tiene por objeto la ulterior construcción del ejército. En las localidades todavía ocupadas se hace también una propaganda intensa entre las tropas extranjeras. En particular, el grupo comunista de Odesa, con la participación de soldados franceses de las tropas de ocupación, publica un periódico en francés y en inglés que se difunde en unos 10 000 ejemplares.
De modo parecido se hace ahora una propaganda de lo más intensa en Nikoláiev, con la participación eficaz de camaradas espartaquistas del ejército de ocupación alemán que se ha quedado atascado allí y que cuenta hasta 20 000 hombres. La actividad principal del partido es, naturalmente, la organización de los sóviets y el trabajo de organización en el ejército.
Ya antes de que Ucrania fuera liberada de las tropas de ocupación, nuestro partido organizó dos divisiones insurgentes98, que se mantenían sobre todo en la línea de demarcación y que, cuando nuestro partido proclamó la insurrección, emprendieron desde allí la ofensiva en agosto. Más tarde, sin embargo, tras el estallido de la revolución alemana, las divisiones insurgentes ampliaron su campo de acción y dirigieron sus ataques primero contra el Hetmanato y después contra el Directorio99.
Hacia dentro, nuestra organización tomó la forma de una red muy ramificada de comités militares revolucionarios, compuestos en su gran mayoría por militantes de nuestro partido, con el Comité Central militar revolucionario creado por el Comité Central de nuestro partido a la cabeza. Esta actividad no pudieron menoscabarla ni la suerte de los comités revolucionarios de distrito en Odesa ni las ejecuciones llevadas a cabo en Kiev y en muchos otros lugares, en las que perdieron la vida bastantes de nuestros camaradas. Puedo citar en particular el fusilamiento de los camaradas Klochko, Grussman y Berg en Yekaterinoslav, de Isaak Kreuzberg en Poltava, de Wróblewski, Gali Timoféiev100 y otros más en Kiev, así como de otros muchos camaradas nuestros en otras ciudades. Pero ninguna de las sangrientas ejecuciones de la burguesía y de los socialtraidores pudo detener el crecimiento constante ni la influencia cada vez más extendida de nuestro partido. Para someter a su influencia a las masas aún no formadas políticamente, los partidos oportunistas, con el Directorio a la cabeza, tuvieron que darse un barniz bolchevique. Ya en tiempos del Hetmanato, Vinnichenko101 proclamó oficialmente en Vínnitsa que el Partido Socialdemócrata Ucraniano era partidario del gobierno soviético.
Más tarde, sin embargo, cuando el partido ucraniano de los socialtraidores llegó al poder, empezó una lucha encarnizada contra el Partido Comunista, contra los proletarios y semiproletarios del campesinado, que entretanto habían tomado consciencia de su verdadero objetivo.
Desde el momento en que se puso en marcha un movimiento revolucionario abierto contra el hetman y el Directorio, nuestras tropas insurgentes empezaron a combatir también en todas las demás partes del país con una abnegación admirable, y en toda Ucrania las capas más amplias de las masas trabajadoras les tributaron un aplauso entusiasta. La piedra angular de nuestra organización militar, nuestras dos divisiones insurgentes, la convertimos en un Ejército Rojo numeroso y poderoso, que cuenta en sus filas hasta 180 000 combatientes102. Puedo dar esta cifra con toda tranquilidad, porque en realidad ya se ha dado muchas veces.
No quiero detenerme aquí en los combates heroicos y victoriosos de nuestro ejército: son de todos conocidos. Solo puedo decir que la idea fundamental de nuestro trabajo consiste en disciplinar debidamente tanto a nuestras propias tropas insurgentes como a las unidades de las tropas de Petliura103 que se pasan continuamente a nuestro lado, para crear con ellas, en lugar de destacamentos dispersos y poco disciplinados, un Ejército Rojo completamente disciplinado, y para ello tenemos ante los ojos como modelo a nuestro ejército, bien disciplinado, con mando único y que actúa según un plan establecido.
La influencia de nuestro partido no puede documentarse solo con la enumeración de nuestros miembros o de la actividad del gobierno, que está formado por camaradas del partido y dirigido por el Comité Central del partido. Bajo la influencia del Partido Comunista se ha producido también un gran vuelco en los demás partidos de Ucrania.
El Partido Socialista Revolucionario ucraniano, que hasta hace muy poco combatía bajo la bandera nacionalista, se ha pasado por completo a nuestro lado bajo la influencia de las luchas libradas junto con nosotros, bajo la influencia del estado de ánimo que predomina en las masas y de nuestra propaganda. Bajo estas influencias se ha situado en el terreno de la revolución social y de la dictadura del proletariado. Ha comprendido y reconocido la necesidad de unirse plenamente a nuestro Partido Comunista.
La inmensa mayoría del Partido Socialista Revolucionario ucraniano, así como algunas organizaciones pequeñas de provincias, ingresan sin más en nuestro partido. Un fenómeno parecido se observa también en el Bund104. Este partido actúa ya conjuntamente con nosotros. También se ha planteado ya la cuestión de su paso completo al comunismo. Los socialistas revolucionarios de izquierda (este partido actúa, como es sabido, separado del Partido Socialista Revolucionario ucraniano), es decir, ese partido de los socialistas revolucionarios de izquierda que en Rusia siguió una política tan mortalmente hostil y funesta contra el gobierno soviético y la revolución social, no tiene entre nosotros ninguna influencia. La delegación de miembros de su Comité Central ruso que fue enviada a Ucrania e intentó hacer allí la misma política que en Rusia sufrió un fiasco vergonzoso. Ni siquiera el Partido Socialdemócrata Ucraniano, al que pertenecen los jefes del Directorio, Vinnichenko y Petliura, pudo quedar al margen de los efectos de las luchas comunistas.
Al contrario, también en él se llegó a que, bajo la influencia de las luchas dirigidas por los comunistas, la fracción de los socialistas independientes105 se escindiera. Aunque estos socialistas independientes se diferencian por principio de los comunistas, ya que en realidad no son comunistas, actúan hoy en pleno acuerdo con nuestro partido, participan en los sóviets e incluso en muchos casos dirigen sus asuntos.
Exactamente lo mismo ocurrió con los socialistas revolucionarios de derecha. Ahora también ellos están representados en los sóviets y hacen una declaración en la que renuncian por completo a cualquier entendimiento con la Entente.
Por último, también en el ala derecha del Partido Socialdemócrata Ucraniano, a la que pertenecen los señores Shvets y Andriievski106, se está produciendo una reorientación. También allí está en marcha el proceso de descomposición y, al mismo tiempo, de diferenciación y de autodeterminación.
En efecto, en el Partido Socialdemócrata Ucraniano de la derecha se produjo una escisión, que se expresa, por un lado, en la salida de Vinnichenko y otros del gobierno y que, por otro, ha llevado a la salida de Petliura, Shvets y otros del gobierno. En relación con ello se ha formado una dictadura puramente militar, con el antiguo general zarista Grekov107, monárquico declarado, a la cabeza. Tenemos, pues, ahora ante nosotros una dictadura militar. Detrás del Directorio, que ha sufrido una bancarrota completa y ha perdido toda influencia sobre las masas, solo quedan ahora grupos de oficiales ucranianos y nacionaldemócratas galitzianos, que no tienen nada que ver con el socialismo.
Frente a ello, nuestro gobierno comunista publicó una declaración categórica de que las masas ucranianas se sitúan en el terreno de la revolución social, y propuso al Directorio poner fin a un derramamiento de sangre innecesario e inútil, que solo beneficia a los enemigos de la clase obrera. Aunque el Directorio no acepte el llamamiento, este hallará un eco poderoso en las masas, que se pasan a nuestro lado, en las masas que no quieren luchar contra nosotros, sino que, al contrario, se levantan contra sus señores.
Antes de terminar mi breve informe, tengo que subrayar muy especialmente una circunstancia: el carácter internacional de nuestro movimiento. Pese a que Ucrania tuvo que soportar una ocupación alemana durísima, entre los obreros y campesinos no hay ningún movimiento nacionalista. El terror rojo, con el que los obreros y campesinos de Ucrania se protegen del terror blanco, del capital internacional, no se dirige contra los soldados alemanes o franceses, sino contra sus oficiales, y además se ejerce junto con los soldados alemanes, franceses, griegos y rumanos contra la burguesía de todas las naciones, contra el capital internacional: ese es el camino que hemos emprendido. Nuestro movimiento ha tenido que pasar por muchas pruebas. Pero, pese a la amenaza que llega del sur por parte de Krasnov108 y de las tropas de la Entente, el tercer Congreso de los Sóviets de Ucrania, convocado para mañana, demostrará lo invencibles que son los obreros y campesinos de Ucrania agrupados en torno a la bandera roja del Partido Comunista.
Como mi tiempo ya se ha acabado, me es imposible caracterizar con detalle la actividad de nuestro partido. Por eso solo tengo que destacar aún, con la mayor brevedad, lo siguiente:
Si el año pasado, cuando los obreros y campesinos de Ucrania se levantaron, las olas de la revolución rebasaron con mucho las fronteras del antiguo Imperio ruso y se desbordaron hacia Galitzia, donde llegaron hasta Stanislau109, ahora que primero la ocupación alemana, luego la francesa, y el paso de tropas galitzianas a Rusia han hecho que todos esos soldados extranjeros compartieran la vida con nosotros, ahora podemos —lo repito— esperar que este movimiento revolucionario se extienda mucho más. La revolución actual abarcará toda Galitzia y tenderá así un puente revolucionario entre Rusia y Galitzia; y eso significa un nuevo e importante paso adelante hacia la revolución mundial.
Sadoul (Francia): ¡Camaradas! Tengo que disculparme mucho por no hablar ni alemán, la lengua del socialismo internacional, como la llamó ayer el camarada Zinóviev, ni ruso, la lengua que mañana mismo será la del comunismo internacional. Solo domino con bastante soltura el francés, que por desgracia, al menos por el momento, hay que calificar de lengua de la revolución de antaño.
Antes de daros, a petición del camarada Lenin, un cuadro de la situación política en Francia, quiero responder a la pregunta que me han hecho algunos camaradas extranjeros, a saber, qué pienso yo, como oficial francés, del Ejército Rojo ruso.
¡Camaradas! Hace unas semanas tuve ocasión de estar en el frente norte110, en ese frente hacia el que se dirigen las miradas angustiadas de la joven República Soviética, cubierta de sangre. Aprovecho ahora con alegría la ocasión para expresar abiertamente, ante el mundo entero, en el primer congreso comunista internacional, los profundos sentimientos que animan a todo verdadero revolucionario ante el gran Partido Comunista de Rusia, ante esa antorcha de la revolución mundial que, a pesar de tantos nobles esfuerzos, ha sentido aún en sí fuerza suficiente para levantar esta indiscutible potencia militar, este Ejército Rojo en cuyas filas tengo el honor de servir.
Mucho debemos agradecer a los dirigentes de este ejército, pero ante todo al camarada Trotski, cuya energía incontenible, unida a una gran inteligencia y a una verdadera genialidad, ha logrado infundir nueva vida al ejército ruso, que ya estaba completamente descompuesto.
Apenas han transcurrido seis meses desde que los Aliados, en su soberbia y llenos de un profundo odio a la revolución rusa, afirmaban que bastaban dos divisiones checas111, apoyadas por un único destacamento anglo-francés, para derribar al gobierno soviético y conquistar Rusia. Las primeras semanas, a juzgar por los acontecimientos, pudo parecer que esas opiniones de los Aliados eran acertadas, porque los ataques enemigos avanzaban con la rapidez del rayo en la región del mar Blanco y en la cuenca del Volga. Amenazado por este peligro mortal, el ejército revolucionario se formó con una rapidez colosal. Ahora hasta los Aliados reconocen que el «despreciado» Ejército Rojo ha crecido de pronto hasta tal punto que tiene fuerza suficiente para resistir a los ejércitos enemigos que, de forma criminal, han sido lanzados hasta aquí para asaltar la ciudadela bolchevique. Reconocen sus virtudes, su organización, su importancia militar. Sí, sencillamente le tienen miedo. Le tienen tanto miedo que, pese a su deseo —enmascarado con declaraciones hipócritas, pero sin duda ardiente— de estrangular la revolución rusa, porque esta se alza como una amenaza revolucionaria incesante para toda Europa, pese a su deseo de restablecer el poder político de algún zar y de devolver a la burguesía rusa su dominio económico, se ven obligados a renunciar a una intervención militar con la que vienen amenazando al gobierno soviético, de la manera más desvergonzada, desde hace más de un año.
Lo que los Aliados no son capaces de llevar a cabo con sus propias fuerzas deben hacerlo contra Rusia las guardias blancas de Kolchak, Denikin, Krasnov, Petliura, Mannerheim o Paderewski112.
Pero al obligar al Ejército Rojo ruso a nuevos combates, los propios Aliados le preparan nuevas victorias, porque tanto ante Petrogrado como en el Volga y en el Ural, en el sur como en el oeste, las tropas soviéticas vencerán.
Y esa es la razón por la que invito a la conferencia comunista a dirigirse con palabras de reconocimiento al Primer Ejército Internacional, que ha desbaratado la expedición de castigo planeada por los Aliados y ha asegurado la salvación de la revolución rusa, y que al mismo tiempo da también al proletariado de Europa occidental la posibilidad de organizarse y de prepararse para la lucha.
¡Camaradas! Hace ya dieciocho meses y medio que salí de Francia. Por eso no soy testigo directo de lo que allí ocurre ahora. Pero a un militante político activo, que conoce bien la psicología de sus compatriotas, le basta con seguir atentamente los periódicos franceses para poder juzgar con acierto los acontecimientos políticos y, sobre todo, valorar el papel de dos organizaciones tan importantes y populares como el Partido Socialista y la Confederación General del Trabajo113. Es sumamente interesante seguir la evolución de los sentimientos que animan a las masas francesas.
Cuando salí de París en septiembre de 1917, es decir, unas semanas antes de la Revolución de Octubre, la opinión pública francesa veía el bolchevismo como una caricatura espantosa del socialismo. A los dirigentes del bolchevismo se los tenía por criminales o por locos. A su ejército se lo describía como una horda compuesta por unos cuantos miles de fanáticos o de criminales.
Esa era la opinión de toda Francia. Me avergüenza tener que confesar que nueve décimas partes tanto de los socialistas mayoritarios como de los minoritarios eran de la misma opinión. Lo que podemos alegar en nuestra disculpa es, por un lado, que no estábamos en absoluto informados de los acontecimientos de Rusia y, por otro, que nuestra prensa de todas las tendencias trataba de demostrar, a base de hechos inventados y documentos falsificados, la depravación, la crueldad y la falta de escrúpulos de los bolcheviques.
La toma del poder por esa «banda de insurrectos» causó una impresión estremecedora. Las calumnias, que no dejaban salir a la luz el verdadero rostro del comunismo ruso, se volvieron aún mucho más negras cuando se firmó la paz de Brest. En aquel momento la agitación antibolchevique había alcanzado su punto culminante.
A pesar de todo, al cabo de un tiempo algunos informes libres de prejuicios lograron penetrar en Francia. A algunos de nosotros empezó a hacérsenos la luz: era del todo imposible que un partido que se había mostrado capaz de quitar de en medio tantos obstáculos se apoyara exclusivamente en el terror; había que suponer más bien que la parte más importante del pueblo ruso lo había reconocido y que ahora lo quería y lo apoyaba.
En la prensa burguesa continuó la infame campaña de acoso. En los periódicos de los socialpatriotas cesaron, es cierto, los insultos, pero empezaron entonces furiosos ataques contra los dirigentes del bolchevismo, cuyas utopías, en opinión de los socialpatriotas, amenazaban sin duda con destruir la revolución rusa y no podían menos que comprometer la revolución mundial. Los periódicos del centro socialista (del grupo de Longuet114) mostraban menos indignación y desprecio. Empezaron incluso a desvelar las intrigas de los gobiernos burgueses de la Entente. Les expresaron su protesta contra la intervención armada, aunque, eso sí, no fundaban su táctica en el sentimiento de la solidaridad socialista, sino que se remitían al derecho de autodeterminación de los pueblos. Estos ortodoxos intransigentes, vacilantes y cobardes seguían absteniéndose de todo juicio sobre el valor socialista del programa bolchevique. Sorprendidos y asustados por el carácter radical de la gigantesca transformación social que el poder soviético lleva a cabo con firme convicción, seguían esta revolución meteórica sin comprender su necesidad y sin apreciar su fuerza. Pero no se atrevían a condenarla. Su desconcierto se parece al de cualquier burgués ante una idea nueva, porque como socialistas han demostrado una completa falta de voluntad. Claro que no puedo condenarlos con demasiada severidad, porque no hace mucho que yo mismo estaba en sus filas, y no es imposible que hoy estuviera tan ciego como antes si no hubiera pasado aquí por la gran escuela del comunismo ruso.
La primera muestra de simpatía, el primer signo de una unión, aunque solo parcial, pero fraternal, se produjo en octubre de 1918 en la conferencia nacional del Partido Socialista de Francia115. En medio del discurso de Longuet sobre la intervención militar se oyeron de pronto gritos entusiastas: «¡Viva la República Soviética!». Estos gritos sorprendieron tanto a la mayoría de los dirigentes de la mayoría como a los de la minoría. El propio Longuet, al que esa conferencia elevó a la dirección del Partido Socialista, quedó profundamente conmovido. Fue la primera advertencia dirigida a sus dirigentes desde las filas de los militantes poco conocidos, pero sabios.
Desde entonces estos dirigentes empezaron —hay que reconocérselo— a apoyar de manera mucho más abierta la evolución hacia la izquierda, y esta evolución se ha ido profundizando en los últimos seis meses, lenta pero incontenible. Desde ese momento era evidente que el giro de las masas hacia la izquierda avanzaba mucho más deprisa que el de los dirigentes. El interés inmediato del proletariado por lo material, por lo real, su sentido político bien desarrollado, el instinto profundo y sano propio del pueblo francés, todo ello lleva naturalmente al proletariado a decisiones sensatas; en otras palabras, aunque al proletariado le falta una fundamentación científica del socialismo, llegará sin embargo a decisiones en el sentido del comunismo. Aunque no disponemos de datos precisos, podemos suponer que esta aspiración natural está influida en cierta medida por el sindicalismo. No quiero hablar aquí de los dirigentes oficiales de la Confederación General del Trabajo, de Jouhaux, que ha entablado un flirteo con el gobierno belicista, o de Merrheim116, cuya actividad revolucionaria ha decaído mucho. Prefiero con mucho hablar de los militantes del sindicalismo, menos conocidos, es verdad, pero también menos afectados por el proceso de descomposición, que se han librado también del espíritu de las innumerables comisiones parlamentarias y de las negociaciones con representantes del gobierno, y que conservan todavía el vivo espíritu del sindicalismo de otros tiempos. Estos hombres, aunque solo están mal informados sobre el comunismo bolchevique, parecen haber captado instintivamente su verdadera fuerza y su vitalidad. En su mayoría son hombres que están en las últimas filas de la vida pública, cuyo nivel cultural a veces no es demasiado elevado, pero que tienen una voluntad fuerte y que algún día, cuando el curso de la historia empuje al pueblo francés a las acciones revolucionarias que han de llevarlo al poder, se encontrarán sin duda en primera fila.
¡Y en efecto, camaradas! Por el momento no veo dirigentes revolucionarios en el Partido Socialista Francés. A su cabeza están preferentemente personas que, como funcionarios, no tienen ningún vínculo interior con las grandes masas populares, personas a las que el parlamentarismo burgués ha vuelto triviales y obtusas. La influencia desmoralizadora de la Cámara, con sus galantes debates oficiales por un lado y sus maquinaciones secretas por otro, es muy singular y enorme. Camaradas tan valiosos, de fuerte temperamento y buenas convicciones políticas, como Cachin, Lafont y —sin duda les sorprenderá que lo diga— incluso Renaudel117, caen en el oportunismo con solo pasar unos meses en la Cámara. Muchos de ellos sin duda recapacitarán todavía, pero demasiado tarde para atizar con su mano las llamas de la revolución. Muchos se unirán sin duda a la revolución veinticuatro horas después de que estalle, pero esos hombres no serán capaces de preverla ni siquiera veinticuatro horas antes de que estalle, porque a su capacidad de juicio le falta perspicacia y a sus actos valor y resolución. Si intentarán impedir que estalle la revolución o detenerla por la fuerza, no lo puedo decir con certeza; tampoco quiero afirmar que esa sea en absoluto su intención, y tampoco desearía que lo fuera, porque estos elementos, si el proletariado los arrastra y los pone bajo su control, podrían ser para él colaboradores sumamente valiosos.
Vemos, pues, que la revolución francesa no puede dar a luz ni a su propio Lenin ni a su Trotski. La naturaleza no es muy pródiga en titanes de ese calibre. En el fondo, basta con que la revolución mundial cuente con estos dos poderosos dirigentes para que el proletariado llegue al poder. Estos dirigentes están plenamente a la altura de sus inmensas tareas. Han mostrado el camino y seguirán allanándolo. Y si algún día la revolución francesa necesita la ayuda de los dirigentes rusos, entonces nos prestaréis a esos dirigentes por unas semanas, ¿verdad, camaradas? A los franceses, al menos por el momento, no solo nos falta el mariscal comunista: nos faltan también los destacados generales revolucionarios de los que Rusia dispone en tan gran número y que son por su naturaleza fenómenos rusos, creados gracias a la naturaleza del país, a sus bruscos contrastes climáticos y a su inabarcable extensión; fenómenos genuinamente rusos, cuya poderosa voluntad se hizo dura como la roca ya en las cárceles zaristas y en los largos años de destierro, hombres dispuestos a todos los sufrimientos y sacrificios imaginables.
Los dirigentes de los socialistas de izquierda franceses, Longuet y sus amigos, que rinden culto al reformismo y al oportunismo, no son capaces de heroísmo revolucionario. Con ello no quiero decir en absoluto que no vayan a mostrar heroísmo cuando suene la hora; pero no tendrán el arrojo necesario para acercar esa hora.
Los dirigentes bolcheviques son dirigentes en el sentido más elevado de la palabra. Han sabido conducir al pueblo a la revolución y por el camino trazado por la historia. Son para las masas populares como un faro que ilumina el camino con su luz. Nuestros dirigentes franceses, me temo, solo se revelarán como discípulos de los rusos.
El proletariado francés tendrá que dar el primer paso por sí solo; tendrá que ir solo al primer combate. Todas nuestras esperanzas las ponemos en el proletariado. Bastante tiempo ha descansado en los laureles de sus gloriosos antepasados, pero ahora empieza a despertar. Es consciente del gran destino que le está reservado. Sus manos toscas, pero fuertes, se tienden ávidas hacia el poder. El eco del grito que resonó en la conferencia de octubre se deja oír desde hace seis meses en toda Francia.
La mayoría de los mítines públicos terminan últimamente con la nueva consigna: «¡Viva Lenin!», «¡Viva Trotski!», «¡Viva la dictadura del proletariado!», «¡Vivan los sóviets!». Estos gritos suenan sin duda penosos a los oídos de los gobernantes, y los periódicos burgueses dan cuenta de ellos con indignación. Por desgracia, la falta de dirigentes se hace sentir mucho; se echa de menos una organización unificada, y con demasiada facilidad el movimiento que se enciende aquí y allá es aplastado por la fuerza bruta.
Pero, en conjunto, el curso de los acontecimientos es favorable a la revolución. El hundimiento del orden capitalista, la absoluta incapacidad de este orden para resolver las cuestiones de la paz o de la guerra, su insensato afán de limitarse a compromisos ilusorios, el odio que siente hacia las masas populares, no hacen más que aumentar la ira y la exasperación de las masas. La idea caduca del entendimiento con la burguesía les parece a los obreros cada vez más insostenible. Los socialpatriotas, partidarios de esa alianza monstruosa, hace tiempo que han sido rechazados con desprecio por las masas obreras. Las decisiones inmaduras de los dirigentes de los socialistas del centro, que por su prolijidad no inspiran la menor confianza, difícilmente pueden satisfacer a nadie.
Por fin se hace la luz sobre la naturaleza de los acontecimientos rusos. La táctica honrada y sincera del Partido Bolchevique se corresponde con el temperamento del francés mucho más que las fórmulas confusas y turbias de la primera revolución alemana.
Sí, camaradas, estoy firmemente convencido de que el programa del Partido Comunista de Rusia, con algunas pequeñas modificaciones conforme a las condiciones francesas, sobre todo en el terreno de la cuestión agraria, será adoptado muy pronto por el proletariado francés.
Y a esa meta solo lleva un camino: propaganda, y otra vez propaganda. El terreno para la agitación está perfectamente preparado. El retraso imperdonable de la desmovilización, las aspiraciones imperialistas de la oligarquía capitalista, en cuyas manos está el poder sobre toda la república, la actitud brutal de la burguesía frente a la revolución rusa y la alemana, la descomposición del Estado, el caos económico, la crisis del paro, las dificultades de abastecimiento: todo ello contribuye al hundimiento del orden explotador.
¿Cuándo empezará el movimiento de liberación? ¿Quién puede predecir el curso de los acontecimientos? Es cierto que obstáculos serios pueden todavía retrasar lo inevitable.
Las clases dominantes francesas supieron protegerse, ya antes de que los capitalistas de la Entente organizaran esa ayuda mutua llamada Sociedad de Naciones, con una fuerza militar especial, con tropas de color y negras, con senegaleses e indios, acuartelados en todos los centros industriales y dispuestos a caer sobre las masas obreras.
Por último, el gobierno amenaza a la revolución futura con un bloqueo económico que, cortando el suministro de cereales norteamericanos a Francia, ha de entregar a la población de Francia al hambre.
Las tareas que así se plantean deben pensarse a fondo, porque la responsabilidad que asumimos es inmensa.
Aun así, estoy convencido de que, en cuanto la desmovilización devuelva al país a unos cuantos millones de ciudadanos y provoque una crisis de paro y de abastecimiento, tendrá que empezar sin falta el movimiento proletario, cuyo objetivo será sin duda la construcción de una república soviética que se unirá al Partido Comunista.
Así pues, sigamos trabajando y esperemos la hora bendita, la alianza sagrada de la revolución alemana, la francesa y la rusa, que hará invencible la revolución social mundial.
Y con esto termino.
Permítanme todavía, camaradas, leer aquí las declaraciones de dos militantes de las filas de los socialistas de izquierda, Verfeuil y Loriot118, que iluminan con nitidez la psicología de los elementos verdaderamente vivos y tan valiosos para el proletariado del Partido Socialista Francés.119
¡Camaradas! Al terminar mi discurso, repito una vez más: hace apenas seis meses la mayoría del Partido Socialista Francés gritaba: «¡Abajo los bolcheviques!». Ahora los mismos gritan: «¡Viva la República Soviética!». Periódicos del partido oficiales y prudentes tratan de explorar la posibilidad de una dictadura del proletariado en Francia. ¿Necesitan estos hechos algún comentario? ¿Y no tenemos todo el derecho a esperar que ya no tendremos que aguardar mucho tiempo?
Feinberg120 (Inglaterra): Las esperanzas de los países revolucionarios están puestas en Inglaterra. Estas esperanzas han crecido con los acontecimientos de los dos últimos meses en ese país. El movimiento huelguístico se extiende por toda Inglaterra y alcanza a todas las ramas de la industria. En el ejército la disciplina está muy debilitada, lo que en otros países fue el primer síntoma de la revolución. El movimiento huelguístico no empezó con el final de la guerra, sino que es la continuación del movimiento que se mantuvo durante toda la guerra. Incluso antes de la guerra, sobre todo en 1911-1912, el movimiento huelguístico alcanzó en Inglaterra su punto más alto. En aquella época hubo toda una serie de huelgas que afectaron a los ferrocarriles, los astilleros y los muelles. La huelga ferroviaria le pareció al Gobierno tan grave que todos los ferrocarriles fueron ocupados por tropas, y en Liverpool se hizo venir a los soldados para aplastar la huelga. Se disparó contra los obreros, y muchos resultaron muertos y heridos.121
En cuanto al movimiento huelguístico durante la guerra, hay que señalar que fue más fuerte cuando los Aliados tenían éxito en la guerra; en cambio, en cuanto sufrían reveses, el movimiento se calmaba. Aun así, hubo momentos en que los socialistas creímos estar en vísperas de una revolución.
Lo que más nos interesa a los comunistas es la forma y el carácter del movimiento, y si nos fijamos en ellos, vemos que el movimiento obrero británico ha cambiado por completo desde 1914. Cuando estalló la guerra, el movimiento obrero británico, como el movimiento obrero de todos los países, fue arrastrado por una oleada de chovinismo. Los sindicatos renunciaron a las conquistas arrancadas en largos años de lucha, y el comité central de los sindicatos concluyó la paz civil con la burguesía. Pero la vida misma, la intensificación de la explotación y la subida de los precios de los alimentos obligaron a los obreros a defenderse de los capitalistas, que aprovechaban la paz civil para sus fines de explotación. Se vieron obligados a exigir aumentos de salario y a respaldar estas reivindicaciones con huelgas. El comité central de los sindicatos y los antiguos dirigentes del movimiento habían prometido al Gobierno tener a raya a los obreros, y por eso intentaron frenar el movimiento y desautorizaron las huelgas. Aun así, las huelgas se produjeron «extraoficialmente». El Gobierno sermoneaba a los obreros, por medio de la prensa y de sus funcionarios, sobre la disciplina y el respeto a los dirigentes, pero cuando los ruegos y las lisonjas dejaron de bastar, empezó a amenazar; pese a ello, una huelga seguía a otra, aunque a todo huelguista o a todo el que incitara a otros a la huelga se le castigaba con severidad. Naturalmente, un movimiento así no podía empezar ni continuar sin alguna organización. Y, en efecto, esa organización existe: el comité de shop stewards. Los shop stewards existían desde hacía mucho en la vida sindical. Representan a los sindicatos en las fábricas, vigilan que se cumplan las condiciones pactadas por los sindicatos y llevan las negociaciones con la dirección de la fábrica. En las grandes fábricas con muchas secciones hay un comité de shop stewards por cada sección, y debido a la organización sindical existente ocurre a veces que en una misma fábrica están representados varios sindicatos. El cambio en los métodos de organización y de producción de la industria hizo ver a los elementos más jóvenes y avanzados del movimiento obrero que la organización de los obreros por oficios ya no podía servir de arma en la lucha de clases; se emprendió una agitación por la fusión de todas las organizaciones de una misma rama de la industria. En Inglaterra a este movimiento se le considera utopismo industrial. Los comités centrales de los sindicatos y los antiguos dirigentes combaten esta tendencia; los comités de shop stewards, por su parte, se organizaron. Cuando las directivas sindicales, instrumentos del Gobierno, intentaron aplastar el movimiento de los obreros, los comités de shop stewards asumieron la dirección del movimiento. En las zonas industriales se fundaron comités obreros locales, en los que entraron representantes de los comités de shop stewards, como, por ejemplo, el Comité Obrero del Clyde, el Comité Obrero de Londres, el Comité Obrero de Sheffield, etc. Estos comités se convirtieron en el centro de la organización y en los representantes de los obreros organizados de sus localidades. Durante un tiempo los patronos y el Gobierno no quisieron reconocer en absoluto a los comités de shop stewards, pero al final se vieron obligados a negociar con esos comités «extraoficiales». El hecho de que Lloyd George aceptara reconocer al comité de Birmingham como organización económica demuestra que los comités de shop stewards se han convertido en un factor permanente del movimiento obrero británico. En los comités de shop stewards, en los comités obreros y en las conferencias nacionales de los comités de shop stewards tenemos ya una organización semejante a aquella sobre la que descansa la república soviética. Esta organización no se creó por la difusión artificial de una idea nueva, sino que es fruto natural del desarrollo del movimiento obrero: una prueba más de la justeza de los principios del Partido Comunista. Con esta organización se produce un cambio completo en la forma y en la estructura del movimiento obrero británico, y hay motivos para creer que desempeñará el papel más destacado en la historia futura del movimiento. Con el cambio de los métodos de producción y de la industria, los obreros, sobre todo los metalúrgicos, comprendieron que su situación corría serio peligro. Un trabajo que antes exigía gran destreza lo realizaban ahora obreros sin experiencia: hombres, mujeres y muchachos. Los obreros de más edad y más conservadores pensaban que eso solo ocurriría mientras durase la guerra, pero los obreros jóvenes comprendieron que la vuelta a lo de antes no era ni posible ni deseable. Los obreros, sobre todo los metalúrgicos, exigieron con energía el control de la industria, y también el Gobierno se vio obligado a prestar atención a esta reivindicación. Se formó una comisión para averiguar la causa del descontento entre los obreros. Esta comisión propuso conceder a los obreros un control parcial de la industria para calmarlos. Pero la puesta en práctica de esta idea no dio a los obreros ninguna posibilidad de control, sino que simplemente se endureció la disciplina y se introdujeron tribunales de arbitraje. El «informe Whitley»122 causó poca impresión en los obreros… La reivindicación del control de la industria es cada vez más apremiante.
Sin duda, la revolución rusa ejerció una gran influencia en el movimiento obrero británico. Como en todos los demás países, la guerra había dividido el movimiento en una mayoría y una minoría, pero, debido a la peculiar estructura de las conferencias del Partido Laborista, la minoría no pudo organizar sus fuerzas tan bien como en el continente. Por eso los partidos socialistas internacionales no podían calibrar con exactitud su importancia. Pero cuando estalló la revolución rusa, hicimos un gran esfuerzo por reunir nuestras fuerzas para pasar a la ofensiva contra la mayoría. Decidimos convocar en junio de 1917 en Leeds una conferencia de todas las organizaciones, o partes de organizaciones, que quisieran declararse con nosotros contra la guerra y por el internacionalismo.123 El objetivo principal era dar a conocer públicamente la opinión de la clase obrera sobre la revolución rusa. El éxito fue mucho mayor de lo que esperábamos. Acudieron más de 1200 delegados, en su mayoría representantes de los comités de shop stewards. El entusiasmo y el verdadero fervor revolucionario fueron realmente notables. Tanto nuestros amigos como nuestros enemigos declararon que había sido la conferencia más impresionante celebrada en Inglaterra desde las convenciones cartistas;124 causó una profunda impresión en el país. Se decidió fundar sóviets nacionales y locales de diputados soldados y obreros y hacer propaganda revolucionaria contra la guerra. Se dieron pasos para formar sóviets locales de soldados y obreros, y numerosas organizaciones sindicales expresaron el deseo de adherirse. Lo más significativo fue que recibimos del ejército gran número de peticiones para formar sóviets de soldados bajo nuestra protección. El Gobierno se asustó y, aunque no nos reprimió por vía legal, empleó métodos que sin duda había aprendido de su aliado zarista. Nuestras reuniones locales fueron disueltas por bandas de matones y de soldados borrachos.
La idea de los sóviets de soldados y obreros no es nueva para el movimiento obrero británico; el propio desarrollo natural de la forma de organización en el movimiento obrero lo demuestra. La parte del movimiento obrero de Inglaterra representada por los comités de shop stewards reconoce la importancia de la revolución rusa, en particular de la Revolución de Octubre, y considera la república soviética el modelo por el que debe guiarse. Cuando terminó la guerra se desplegó un poderoso movimiento huelguístico en el que los comités de shop stewards desempeñaron el primer papel. Al mismo tiempo, las tropas expresaron su opinión ante el Gobierno sin arredrarse ante severos castigos disciplinarios. El movimiento de los soldados es principalmente la expresión natural del deseo de volver a casa; pero cuando surgió la posibilidad de una nueva agresión contra Rusia, se advirtieron también signos de toma de consciencia revolucionaria. En manifestaciones de soldados por las calles se exigió la desmovilización inmediata, y en Aldershot, uno de los mayores campamentos militares de Inglaterra, los soldados marcharon por las calles gritando: «¿Queréis mandarnos a Rusia?». Durante toda la guerra los soldados solían decir: «Esperad a que acabe la guerra: no volveremos a las viejas condiciones insoportables», y no cabe duda de que eso era lo que tenían en mente los soldados que se manifestaban por las calles. El objetivo principal del movimiento huelguístico es la reducción de la jornada de trabajo. En las ramas de la industria en que aún no se ha implantado la jornada de ocho horas, los obreros la exigen, y en las ramas en que ya existe, los obreros exigen la semana de cuarenta horas. Se trata, en concreto, de dar trabajo a los soldados que regresan sin dejar en paro a quienes ya trabajan en las fábricas y en las minas. Además, hay un fuerte movimiento contra la intervención en Rusia, y ello por dos razones: en primer lugar, por puro cansancio de la guerra y por el deseo de ver por fin el término de las hostilidades; pero, en segundo lugar, porque los trabajadores son conscientes de que una agresión de los Aliados contra Rusia significaría una agresión contra la clase obrera del mundo entero. Hasta ahora no puede decirse que el movimiento de los shop stewards sea plenamente consciente de su tarea. Exige el control de la industria, pero no parece haber comprendido aún que el control de la industria por los obreros es imposible mientras la industria siga en manos de los capitalistas. Pero que se empieza a comprenderlo lo demuestra el hecho de que varios sindicatos importantes exigen la nacionalización de los ferrocarriles, de las minas, de la tierra, etc. El movimiento no ha llegado aún a la etapa en que pueda exigir la entrega del poder a los comités de shop stewards. Pero Lloyd George se vio obligado a reconocer la conferencia de shop stewards de Birmingham, y de ello podemos deducir que el movimiento ha hecho enormes progresos.
La enorme cantidad de problemas sociales y económicos que ha engendrado la guerra obligará a la clase obrera de Gran Bretaña a tomar la única medida radical que permite resolverlos. Aun cuando se reduzca la jornada de trabajo, cierto grado de paro es inevitable, y la necesidad de pagar los costes de la guerra aumentará la explotación de los obreros y los revolucionará. Además, la situación en Irlanda contribuirá por su parte a acumular tensión revolucionaria: todo esto tiene que conducir a la revolución. El movimiento de Irlanda también pondrá lo suyo para revolucionar a las masas obreras de Inglaterra.
El movimiento del Sinn Féin125 es un movimiento puramente nacionalista, o nacionalista revolucionario, y ha influido también en los trabajadores irlandeses. Pero, por otro lado, el movimiento obrero irlandés, sobre todo el gran sindicato del transporte, el mayor sindicato de Irlanda, se ha mostrado revolucionario e internacionalista. Precisamente este sindicato, dirigido por Connolly, estuvo detrás del levantamiento de Dublín (1916).126 Aunque Connolly ha muerto, su influencia sigue viva en el movimiento obrero irlandés, como lo prueba el entusiasmo de los obreros irlandeses por la revolución bolchevique rusa. Hoy el movimiento obrero irlandés ejerce una gran influencia sobre el movimiento del Sinn Féin, de modo que cualquier intento del Gobierno de reprimirlo llevará a los obreros a participar más activamente en los asuntos irlandeses. Por otra parte, el resultado de las elecciones127 habrá enseñado a los obreros que es inútil esperar un provecho duradero de la acción parlamentaria. Aunque sería un error por parte del Gobierno soviético ruso dejar que su táctica se guiara por la expectativa de una revolución inmediata en Inglaterra, no cabe duda de que las condiciones evolucionan en un sentido favorable a la revolución y de que se están creando organizaciones con cuya ayuda el proletariado tomará el poder y proclamará la dictadura del proletariado.
Albert: Camaradas, tenemos que imponernos algunas limitaciones en los informes. Si queremos terminar por la mañana, sería necesario limitarlos. Se propone que los camaradas presenten aquí un informe breve y que, por lo demás, entreguen sus informes por escrito, para abreviar así las exposiciones orales.
Zinóviev: Yo propondría que los demás informes se entreguen por escrito para que consten en acta, y hacer una excepción solo con el camarada Grimlund,128 que ha venido de Suecia. Si seguimos trabajando así, no terminaremos.
Se aprueba. Se levanta la sesión a las tres y media.
La sesión se reanuda a las cinco de la tarde.
Lenin: Sigue el informe de Suecia. El camarada sueco no está presente. Proponemos cerrar los informes. ¿Están los camaradas de acuerdo en que el informe sueco se entregue por escrito? Pasamos al siguiente punto del orden del día: Directrices de la Conferencia Comunista Internacional. Los ponentes son los camaradas Albert y Bujarin. Tiene la palabra el camarada Albert.
Albert (Alemania): ¡Estimados camaradas! Tras las declaraciones que hicieron ayer los representantes de Rusia y Finlandia, podría parecer que los camaradas de Alemania están en contra de la fundación de la III Internacional. No tenemos objeción alguna de principio a ello, pero los camaradas opinan que, cuando se emprende la fundación de una nueva Internacional, habría que tener algo en cuenta el estado de ánimo de los obreros, en particular de los obreros de los países occidentales, que con el tiempo han llegado a desconfiar de por sí de fundaciones de este tipo; y el respeto a esa desconfianza de los obreros de los países occidentales fue la razón por la que los camaradas alemanes declararon que no queremos proceder ya ahora a la fundación de la nueva Internacional, sino que queremos primero, en una conferencia preliminar, examinar las fuerzas con que contamos y hacernos una idea de las bases políticas sobre las que podemos unirnos. Que la desconfianza de los obreros de los países occidentales hacia la fundación de uniones de este tipo está justificada tendrá que admitirlo cualquiera que conozca la historia de la Internacional difunta. Sabemos con qué pompa y formalidades se celebraban conferencias, se adoptaban resoluciones grandiosas, se elaboraban planes de grandes acciones; y cuando luego, en la hora de la necesidad, se trataba de convertir todo eso en hechos, todas esas resoluciones fueron vergonzosamente abandonadas y toda la obra de la Internacional quedó hecha añicos. Todas las resoluciones fueron pisoteadas, se actuó exactamente en contra de ellas. Estas son las razones por las que los obreros desconfían. No quieren que también la III Internacional vuelva a ser un apaño de unos cuantos camaradas reunidos por azar, pues las condiciones en que nos hemos reunido aquí en conferencia eran demasiado difíciles. Y, en efecto, se ve que están presentes muy pocos representantes de las organizaciones de los distintos países. Los obreros no quieren que aquí vuelva a producirse una fundación pomposa, que aquí vuelvan a adoptarse resoluciones de papel. Quieren saber primero quién está con ellos, quién está detrás de nosotros, quieren saber con quién pueden contar en las luchas venideras; y en que la III Internacional tiene que ser distinta de la anterior en su actuación estamos todos de acuerdo. Hoy ya no se trata de discutir en conferencias sobre las teorías del socialismo, hoy ya no se trata de anunciar luchas para el futuro, de forjar planes, de adoptar resoluciones. Se trata de llevar a la acción al proletariado de todos los países. Hoy, cuando los proletarios de todos los países libran una lucha por su liberación que no se lleva a cabo solo con octavillas, folletos y discursos, hoy que va en ello la vida o la muerte, hoy los obreros quieren saber si la III Internacional que se va a crear posee la fuerza necesaria para apoyar la lucha de los obreros o si está en condiciones de procurársela. Por eso los obreros opinan que primero hay que decir qué queremos y con qué bases contamos para la lucha futura, y que después ellos declararán si están dispuestos a fundar la nueva Internacional y a adherirse a ella. Este camino será también el más acertado y el más sencillo, y llevará a la meta que todos deseamos. Puedo afirmar expresamente que los obreros alemanes no están en contra de la fundación de una III Internacional, pero lo que quieren es que esa Internacional esté dotada desde el principio de la fuerza y el vigor necesarios para apoyar la lucha proletaria en todos los países. Para ello, a nuestro juicio, es necesario ante todo que nos presentemos ante el mundo con una plataforma en la que expresemos con claridad y rotundidad cuál es la tarea del proletariado, que tracemos su meta y sus caminos, que creemos una bandera que pueda llevarse al frente en la lucha contra la burguesía. Para ello es necesario que desde el principio nos expresemos de la forma más clara y rotunda posible. Ya no puede ser que lo único que importe sea, como antes, juntar a base de palabrería al mayor número posible de gente y que en la Internacional figure el mayor número posible de piezas decorativas que no son más que pompas de jabón huecas. Tenemos que agrupar a los que están plenamente con nosotros y apartar de nosotros a los que no son más que tibios y débiles, con los que no se puede contar.
El camarada Bujarin y yo hemos redactado unas directrices para una plataforma de este tipo, que se les presentan a ustedes. Nuestra tarea será comentarlas brevemente, y la de ustedes será tomar posición ante estas Directrices y decir si están de acuerdo con lo que se expone y si asumen el compromiso de procurar que las resoluciones se conviertan en hechos, que sus organizaciones se atengan a estas Directrices y que, sobre esa base, el propio proletariado decida si está dispuesto a unirse en una III Internacional.
Estas Directrices se dividen, en primer lugar, en un preámbulo en el que se caracteriza a la burguesía y al capitalismo. Se describe cómo el capitalismo, con sus tendencias imperialistas, ha convertido a los distintos Estados en Estados rapaces, qué política ha seguido el capitalismo en su afán de mercados siempre nuevos, de fuentes de materias primas, de territorios coloniales siempre nuevos, y cómo de este modo los Estados capitalistas se han repartido todo el mundo. Se describe cómo los Estados capitalistas llevaron a cabo este reparto del mundo y cómo, aun así, una vez repartido el mundo, las tendencias del capitalismo no cesaron, el afán de expansión, de ampliación, la codicia de las clases capitalistas no quedaron saciados, y los distintos Estados llegaron a echarse unos sobre otros, queriendo arrebatarse mutuamente un mercado tras otro. Se describe cómo la naturaleza del capital, sin consideración alguna por las necesidades de la clase obrera de los distintos países, solo por codicia, por la necesidad de aumentar el beneficio, de acrecentar las propias posesiones, ha enfrentado a los pueblos y los ha puesto en actitud hostil unos contra otros. Se describe cómo el capitalismo intentó ganar a los trabajadores para sí y para sus fines egoístas, cómo intentó superar la estructura social antagónica dentro de cada Estado para poder servirse del obrero en la lucha contra el vecino, para llenarse los bolsillos, y cómo se le quería utilizar para llevar a cabo la política colonial de cada Estado. Se muestra cómo el capitalismo y la burguesía de los distintos países supieron despertar en el espíritu de los trabajadores el sentimiento de la solidaridad entre el trabajo y el capital, cómo supieron implantar el concepto de «patria» en las cabezas y en los corazones de los obreros y, sobre la base de ese sentimiento común, lanzarse sobre el vecino; cómo se llegó a la paz civil.
Las tendencias imperialistas del capitalismo llevaron a la guerra mundial, llevaron a que los grandes Estados capitalistas se propusieran devorarse unos a otros. El obrero siguió de buen grado los deseos y los intereses de las clases dominantes; con ello pisoteó sus propios intereses y se puso por completo a remolque de las clases dominantes. Que fuera posible que la gran masa de los obreros siguiera las tendencias del capitalismo se debió a que nuestra predecesora, la II Internacional, fracasó de la forma más completa posible. Todavía en la última conferencia de la II Internacional se decidió que, en caso de guerra, los proletarios debían emplear todos los medios para impedirla.129 Cuando estalló la guerra, lo emplearon todo para fomentarla; los dirigentes que se habían reunido en conferencias anteriores intentaron con todas sus fuerzas y toda su influencia convencer a los obreros de que la lucha de clases había terminado, de que era necesaria la fraternización de los obreros con la clase dominante, y gracias a su influencia llevaron a todo el proletariado al matadero. En el curso de la guerra, en el curso de la paz civil, se ha visto que los fines con que se embaucó al proletariado no podían alcanzarse. Se ha visto que, en lugar de mejorar la situación de los trabajadores por su participación en la guerra, se produjo para ellos lo contrario; en lugar de una mejora de sus condiciones de vida, hemos visto que, a causa de esa paz civil, durante la guerra se puso en marcha la aniquilación física general del proletariado, que la miseria, la penuria y el sometimiento del proletariado progresaron, que la consecuencia de la paz civil no fue la mejora de la situación del proletariado, sino una hambruna mundial que se abatió sobre él. Cuando, tras el final de la guerra, esta comprensión fue ganando cada vez más terreno entre los obreros, cuando la clase obrera se dio cuenta de que había cometido la mayor de las estupideces al lanzarse, hombro con hombro con la burguesía, sobre los trabajadores del Estado vecino, cuando vio que la teoría de la paz civil había fracasado, entonces la guerra imperialista se transformó en guerra civil en varios Estados. Por un lado, vemos que en los mayores Estados ha estallado la revolución, vemos cómo en Rusia y en otros Estados los obreros han dado la vuelta al fusil para apuntarlo contra sus verdaderos enemigos, los capitalistas de su propio país. Hemos visto que la consecuencia fue la agitación en los demás Estados, la agitación entre los pueblos coloniales, que hasta ahora eran los más explotados por los Estados capitalistas; que los levantamientos obreros se multiplican en los distintos países, que tras la paz civil los antagonismos entre el capital y el trabajo se han agudizado y que la hostilidad entre las clases ha aumentado. Hoy, en muchos Estados, la lucha ya no se libra solo con octavillas, folletos y mítines, sino con ametralladoras y granadas de gas. La clase capitalista no encuentra salida a todo esto. Nos ha llevado cada vez más lejos por el camino del abismo, ha convertido los Estados civilizados de Europa en un campo de ruinas y no es capaz de levantar sobre él un nuevo orden social, y vemos que, si no se produce por fin un cambio, cabe prever la aniquilación total de la civilización europea. Entonces los obreros buscan una salida a este dilema. Si nos preguntamos primero si la clase dominante es capaz de reconstruir la sociedad en ruinas, tenemos que responder que no lo será ni puede serlo, que no podrá reconstruir lo destruido. La sociedad capitalista se ha mostrado incapaz de seguir ejerciendo el dominio, se ha mostrado incapaz de seguir llevando las riendas del destino de la sociedad humana; no queda otra salida que la de que el proletariado, como la clase productiva más numerosa con diferencia, se disponga por fin a tomar él mismo el poder. En algunos Estados ya hemos llegado a ese punto: ya hemos visto que en Rusia ha empezado la última lucha decisiva y se ha recorrido con fortuna un buen trecho del camino, que en Alemania la burguesía y el proletariado se preparan para la última lucha, decisiva y encarnizada, y que la burguesía moviliza todos los medios de poder de la clase dominante que todavía puede reunir. La teoría de la Sociedad de Naciones,130 el hecho de que se creen guardias blancas y de que reine el terror blanco no detendrán ni deben detener al proletariado en su decisión de emprender la lucha.
Esto es lo que hemos expresado en las Directrices, para poner luego al descubierto los antagonismos, abrir los ojos a los obreros y mostrarles dónde estamos hoy. Es obvio, entonces, que en nuestras Directrices hay que decir por qué camino pensamos alcanzar nuestra meta, que hemos de hacer comprender al obrero lo que tiene que hacer, explicarle qué camino debe seguir para llegar a la meta de la revolución socialista, a la realización del nuevo orden social. Eso es, naturalmente, muy difícil, porque las condiciones de esta lucha son distintas en los distintos países y, en el camino hacia la revolución socialista, unos llevan a otros un buen trecho de ventaja, y lo que hoy les exponemos estará superado para unos y será todavía demasiado avanzado para otros. Se verá que los Estados que más han avanzado por el camino de la revolución socialista nos dirán: lo que queréis, ya lo tenemos en su mayor parte; y los otros nos dirán: lo que aquí queréis está todavía muy lejos de darse entre nosotros, todavía estamos lejos de poder llevar a cabo lo que nos exigís, todavía no hemos llegado tan lejos en nuestro desarrollo.
Y, sin embargo, hay que encontrar un camino por el que podamos unirnos, hay que esbozar una especie de línea media sobre cuya base podamos ligarnos unos a otros, y es importante y necesario que los Estados más avanzados en su desarrollo apoyen enérgicamente a los Estados que se han quedado atrás, con su experiencia y también con hechos. Es necesario que nos unamos, y espero que las posibles objeciones a las Directrices que hemos redactado puedan examinarse y despejarse en la discusión. Lo que exigimos es que, conforme a lo dicho, el proletariado tiene que ponerse a conquistar el poder político, que el proletariado tiene que ponerse a establecer el entendimiento y la unión internacionales con los trabajadores de todos los demás países.
La toma del poder político por el proletariado exige combatir sin contemplaciones a la burguesía y destruir su poder político. No puede ser, como piensan los centristas,131 que se restablezca el viejo poder político y solo más tarde se pase a la realización del socialismo. En este momento, en que el poder de la burguesía se ha vuelto poroso, no debemos vacilar; en cada Estado tenemos que ponernos con todas nuestras fuerzas a tomar el poder político y a hacer añicos el de la burguesía. Pero eso no debe hacerse contentándose sin más con hacer una supuesta revolución, quitar de en medio a unos cuantos príncipes y lacayos de príncipes y poner en su lugar a otros cuantos hombres, como nos ha mostrado el ejemplo de Alemania. No puede ser que se derribe a un emperador y se ponga en su lugar a un Ebert; eso no basta. Es necesario que el proletariado no se limite a un cambio de personas en los gobiernos, sino que cumpla la tarea de destruir todo el aparato del Estado de los países capitalistas, que no se elimine a las personas sino el sistema, y que el orden socialista ocupe el lugar del capitalista. En Alemania, en los primeros días de la revolución, exigimos el desarme de toda la burguesía, en especial del cuerpo de oficiales. Los obreros tienen que quitar de manos de la burguesía la fuerza física y ponerla en manos del proletariado, tienen que desarmar a los representantes de las clases enemigas, tienen que eliminar todo el aparato de poder del Estado, el funcionariado, los jueces, los representantes de la enseñanza, y poner en su lugar a hombres y organizaciones que reconstruyan los organismos del Estado en interés del socialismo y según su sentido y su espíritu. El camarada Bujarin entrará en los detalles.
La destrucción del aparato del Estado de la burguesía y de las clases dominantes es la primera necesidad tras la toma del poder político por el proletariado y sus organizaciones. Democracia burguesa o dictadura del proletariado: esa es la consigna. No hay ninguna posibilidad de llevar a cabo los fines socialistas junto con las clases dominantes. Y si en todos los Estados en que ha llegado la revolución la primera consigna de la burguesía es: «Habéis hecho la revolución; vuestra tarea es defender la democracia», nosotros tenemos que responder: el proletariado nunca ha reclamado la democracia en ese sentido. El proletariado, en la medida en que se declaraba socialista, siempre se ha situado en el terreno de la lucha de clases, siempre ha proclamado la lucha de clases sin contemplaciones de las clases proletarias contra la burguesía, y el día en que el proletariado toma el poder no puede hablarse de renunciar a la lucha de clases. Es entonces precisamente cuando el proletariado tiene que empezar a abatir por completo, por la vía de la lucha de clases, el viejo sistema social. Pero eso solo puede ocurrir si el proletariado rechaza la democracia burguesa, si se niega a construir la nueva sociedad hombro con hombro con la burguesía, a conservar el viejo aparato del Estado; si el proletariado, sin hacer caso de los aullidos de la burguesía, prosigue la lucha y proclama la dictadura del proletariado; y para ello es preciso que en lugar del viejo aparato del Estado se ponga ese nuevo sistema de organizaciones proletarias de masas que es el sistema de consejos. Y entre las preguntas principales que los delegados aquí reunidos tienen que plantear al proletariado debe figurar esta: ¿Os declaráis por la democracia burguesa o defendéis la dictadura del proletariado, es decir, el sistema de consejos? Es imposible que fundemos la III Internacional con gente que sigue declarándose por la democracia burguesa y se niega a unirse con nosotros en la reivindicación del sistema de consejos. Tampoco podemos, por tanto, unirnos con aquella ala izquierda de la vieja Internacional que primero defendió con entusiasmo la democracia burguesa y con ello estranguló el desarrollo del sistema de consejos. No podemos ir junto con esa gente que se ha colgado de los faldones de la burguesía, que ve en la conservación de la burguesía una condición previa necesaria para el desarrollo futuro, que con ello ha arrinconado el sistema de consejos y vuelve a poner el viejo poder en manos de la burguesía. Hoy declaran con voz llorosa que ellos también están por el sistema de consejos, y buscan una combinación entre la democracia burguesa y la dictadura proletaria, un enlace entre el parlamento y el sistema de consejos. Con semejantes tibios y débiles no podemos ni debemos unirnos; no serán para nosotros un refuerzo del frente de lucha proletario, sino, al contrario, un lastre que nos impedirá avanzar por el camino de la lucha de clases proletaria. Una de las tareas principales será procurar en cada país que se aparte a estos elementos y que los comunistas se pongan en todas partes a andar por su propio pie, se declaren por la dictadura y el sistema de consejos y agrupen a su alrededor solo a los obreros que se declaren resueltamente por la dictadura del proletariado, por la lucha de clases; que los obreros de cada país se pongan a hacer añicos las formas de organización existentes y se creen sus propias organizaciones de masas. La democracia burguesa sirve para despojar de nuevo al proletariado de su poder; las masas tienen que combatirla. La tarea de las masas será mantener el poder en sus propias manos y ejercer el autogobierno mediante el sistema de consejos. También aquí el camarada Bujarin entrará en los detalles.
Pero si queremos llevar al proletariado a la lucha por la dictadura, tendremos que decir a los obreros qué tareas implica la toma del poder. Me refiero a la necesidad de que, junto a la dictadura política, se ejerza también la dictadura económica, de que el proletariado se ponga sin demora a expropiar a la burguesía y a socializar la producción. Ya dije antes que es imposible volver a poner en orden la vida económica de los distintos Estados. Durante la guerra los obreros consiguieron en parte aumentos considerables de salario; los patronos de las grandes empresas ya no quieren producir porque, en su opinión, las luchas salariales victoriosas han hecho que la empresa ya no les resulte rentable. Por otro lado, la desgana en el trabajo crece cada vez más, no hay ganas de trabajar para el bolsillo de los capitalistas; los obreros quieren que se transforme el modo de producción para obtener también ellos el provecho de su propio trabajo. Es necesario, por tanto, que allí donde el proletariado ha tomado el poder proceda a expropiar a los grandes capitalistas y a los junkers132 para encauzar la socialización, para romper ante todo el espinazo a la burguesía, de modo que ya no le sea posible pensar en una vuelta atrás, en levantarse de nuevo. Eso es justamente lo necesario frente a los kautskianos, que quieren aplazar el socialismo hasta más adelante para restablecer el viejo modo de producción hasta que se curen los daños de la guerra.
Además, tenemos que decir al obrero cómo debe llevarse a cabo la socialización; tenemos que mostrarle que no puede hablarse de un reparto general, tal como él muchas veces se lo imagina. Tenemos que evitar que el obrero crea, como ha ocurrido por ejemplo en algunas regiones de Alemania, que la socialización está hecha cuando ha echado a los capitalistas y se ha repartido las materias primas existentes. Tenemos que decirle que esos métodos son erróneos, que el obrero no puede socializar para sí, sino que la socialización tiene que hacerse en interés de toda la sociedad. Tenemos que procurar que se recorte la propiedad de los capitalistas, que se les quite, que se anulen las deudas del Estado y los empréstitos de guerra, que se expropie a los caseros de sus casas y se entreguen estas a los obreros. En este terreno podemos sacar enormes lecciones de Rusia, pues vemos cómo se ha echado de sus palacios a los grandes capitalistas y se ha instalado en ellos a sus verdaderos dueños, los obreros; cómo solo tienen derecho a vivir dignamente quienes trabajan para el sostenimiento de la sociedad.
Entonces podremos y tendremos que mostrar también al obrero por qué camino podemos alcanzar todas estas metas que aquí nos fijamos; le mostraremos el camino de la victoria, le diremos que el proletariado tiene que librar la lucha principalmente mediante acciones de masas. Ya no puede ser que acosemos a la burguesía solo con bonitos discursos, ni que los obreros libren la lucha junto con todos esos tibios y débiles. La separación de los agentes del capital es la primera exigencia que hay que plantear aquí. No puede ser que el proletariado se deje seguir engañando, que se deje seguir llevando a remolque de la Internacional amarilla.
Todas estas son razones que pueden ser decisivas para preparar la fundación de la III Internacional, razones que es necesario expresar aquí. En adelante no habrá ya comunidad alguna con los representantes de la Internacional amarilla de Berna. En adelante no solo tenemos que declarar a la burguesía la lucha a vida o muerte, sino que tenemos que emprender también la lucha contra los traidores al proletariado, contra los scheidemannianos de todos los países y contra los débiles y cobardes de todos los países. Entonces podremos decir con pleno derecho que cumplimos la misión histórica asignada a la tercera Internacional, la Internacional Comunista.
Bujarin133 (Rusia): ¡Camaradas! Mi tarea consiste en analizar las Directrices que hemos presentado. El carácter general de estas Directrices tiene que ser por fuerza algo abstracto. Ello se debe a que aquí solo podemos formular tesis que han de valer no solo para un país determinado, sino para todos los países que estarán representados en la III Internacional. Pero, por otra parte, en estas Directrices debe estar contenida toda la experiencia de los países en los que el movimiento ya se ha desarrollado, en particular la gran experiencia de la revolución obrera comunista rusa. Doy por supuesto que los camaradas ya conocen el texto de estas Directrices. Primero viene la introducción teórica. En ella se caracteriza toda la época desde un punto de vista muy particular, a saber, desde el punto de vista del hundimiento del sistema capitalista. Antes, cuando se escribían introducciones de este tipo, se daba sencillamente una descripción general del sistema capitalista. En los últimos tiempos, a mi juicio, eso ya no basta. Aquí no solo tenemos que dar la caracterización general del sistema capitalista e imperialista, sino también describir el proceso de disolución y de hundimiento de ese sistema. Ese es un punto de vista. El otro es que debemos considerar el sistema capitalista no solo en su forma abstracta, sino en la práctica como capitalismo mundial, y a este debemos verlo como un todo, como un todo económico. Pues bien, si consideramos este sistema capitalista de la economía mundial desde el punto de vista de su hundimiento, debemos plantearnos la pregunta: ¿cómo fue posible ese hundimiento? Y para ello hay que analizar en primer lugar las contradicciones del sistema capitalista.
Las dos contradicciones importantes del capitalismo consisten, en primer lugar, en la anarquía de la producción y, en segundo lugar, en la anarquía de su estructura social. Primero tenemos las contradicciones puramente económicas, luego las sociales, y no las consideramos en su forma general, sino en la forma en que se manifiestan en nuestra época. En la primera parte de la introducción exponemos que la contradicción económica del sistema capitalista reside en su naturaleza anárquica. En parte, el capital desarrolló por todas partes un proceso de organización capitalista. Como es sabido, la forma anterior del capital, la del capital disperso, no organizado, casi ha desaparecido. Este proceso había comenzado ya antes de la guerra y se reforzó en el curso de ella. Esta guerra ha desempeñado un papel organizador muy grande: bajo su presión, la forma del capitalismo financiero se transformó en una forma aún más alta, en la forma del capitalismo de Estado, y del mismo modo el anterior capitalismo no organizado fue sustituido en cada país por su forma organizada, el capitalismo de Estado. Diversos sabios burgueses afirman que la naturaleza anárquica del capitalismo, de la que escriben los marxistas, es un bluff, y que todas las consecuencias que los marxistas sacarían de la suposición de la anarquía capitalista serían igualmente un bluff. Pero estos buenos sabios burgueses no se dan cuenta del otro lado del mismo desarrollo: en la medida en que las contradicciones económicas desaparecen poco a poco y el capitalismo disperso de cada país se transformaba en un capitalismo organizado, ese mismo proceso de desarrollo de las fuerzas productivas del sistema mundial traía consigo una agudización extraordinaria de la anarquía en la economía mundial. Es una ley general del desarrollo capitalista que la competencia es la expresión de la anarquía en el sistema capitalista. Esta competencia se reprodujo a una escala cada vez mayor. Los sabios burgueses no se han dado cuenta de que en nuestra época la naturaleza anárquica del capitalismo se manifiesta en proporciones gigantescas, y precisamente en el marco de toda la economía mundial capitalista: su naturaleza interna contradictoria ha conducido a su hundimiento completo. Ese es un lado de la cuestión.
Lo mismo ocurre con la cuestión de la anarquía social de la sociedad capitalista. También esta quiso superarla el capitalismo. ¿Con qué medios? Precisamente con los medios de la política imperialista, por paradójico que suene. El capitalismo de los países más desarrollados lo intentó mediante el saqueo de otros países y la acumulación de superbeneficios a costa de los pueblos coloniales saqueados. El capital quiso dar una partecita de esos superbeneficios al obrero del continente y crear así una paz civil permanente. Todos sabemos ahora cómo, a costa del saqueo de los pueblos coloniales, se creó el patriotismo de los obreros, sobre todo el de las capas cualificadas de la clase obrera, que recibían la mayor parte de esos superbeneficios. Pero como el método para crear la paz civil era precisamente el método imperialista, también él llevaba dentro una contradicción. Este método, que efectivamente produjo la paz civil, condujo inevitablemente al formidable choque de las fuerzas capitalistas en los países de rapiña. Más aún, este medio con el que el capitalismo intentaba superar su estructura social internamente contradictoria condujo de hecho a una agudización de los antagonismos sociales que crecía de un modo insospechado y, con ello, al estallido de la guerra civil, a la explosión formidable, al gigantesco hundimiento interno de cada país. Eso es lo que exponemos en la introducción teórica.
Hemos considerado necesario analizar también en esta introducción el último intento de la burguesía de superar estas contradicciones: la Sociedad de Naciones. Es el último esfuerzo del capital mundial por eliminar las contradicciones que lleva dentro. Pero al aplicar este medio la situación es tal que en manos del capitalismo ya no queda ninguna fuerza lo bastante fuerte para impedir el proceso de fermentación social y de revolución comunista. Ese es el trasfondo teórico de todo nuestro programa, de nuestro proyecto de Directrices.
Ahora, camaradas, quisiera comentar brevemente algunos puntos de nuestras Directrices. El primer punto se refiere a la cuestión de la conquista del poder político. Aquí tuvimos que decir con toda franqueza que volvemos a la vieja doctrina marxista. Como es sabido, la vieja socialdemocracia, que se dice marxista, se sitúa casi en todas partes en el terreno de una doctrina marxista castrada. La doctrina de Marx sobre el Estado lo considera un aparato de opresión. En la sociedad comunista no existe en absoluto ningún poder del Estado, porque en ella no hay clases y, por consiguiente, tampoco organizaciones de clase. Aquí decimos que, tras la conquista del poder político por el proletariado y tras la destrucción completa de la burguesía como clase que lucha contra el proletariado, también el Estado mismo, con las clases y con todas las organizaciones de clase, se «extinguirá». Hemos empleado aquí esta palabra, que Marx y Engels usaron a menudo para este proceso134. A propósito de ello, estimados camaradas, hemos tenido que tocar con bastante detalle la cuestión de la conquista del poder político. El viejo partido socialdemócrata no tiene la menor idea de lo que significa en realidad la conquista del poder político. Se imaginaba el poder político como un objeto neutral cualquiera. Esta idea del poder del Estado es totalmente errónea. No existe un poder del Estado abstracto, sino solo uno concreto. Cuando la burguesía está al timón del aparato del Estado, el Estado es una organización burguesa, y cuando el proletariado conquista el poder del Estado, no conquista ese poder del Estado, sino que organiza su propio poder del Estado, y en este proceso tiene que destruir necesariamente las viejas organizaciones estatales. Esto está particularmente claro ahora, tras las experiencias de la revolución rusa y de la alemana. Tomemos el mejor puntal del viejo Estado: el ejército. ¿Puede uno imaginarse que el proletariado conquiste el poder del Estado sin desorganizar el ejército imperialista? Naturalmente que no. La conquista del poder del Estado va unida a la desorganización del ejército imperialista. Lo mismo puede decirse, en general, de todo el aparato. Al conquistar el poder del Estado, al tomar en sus manos el poder político, el proletariado destruye el aparato del Estado burgués. Esta verdad es una verdad revolucionaria, y la conocían bien precisamente Marx y Engels, los fundadores de la doctrina comunista. Solo en el periodo posterior de desarrollo pacífico se olvidó por completo esta idea fundamental. Ahora volvemos a esta vieja y probada doctrina de Marx diciendo: primero, en la sociedad comunista no puede existir en absoluto ningún Estado, y segundo, la conquista del poder político por el proletariado tiene que traer consigo necesariamente la destrucción de las viejas organizaciones estatales. Hasta aquí lo referente a la conquista del poder político.
Sigue luego el punto: democracia burguesa o dictadura del proletariado. No voy a tratar este punto con mucho detalle, no porque no sea importante, sino porque en el orden del día tendremos un debate especial sobre él y el camarada Lenin presentará la ponencia sobre este punto. Solo comentaré algunas ideas fundamentales de las Directrices.
Primero, algo más sobre la estructura de las Directrices. Las tesis están construidas aquí de forma antitética. Cuando consideramos la cuestión de la democracia burguesa o la dictadura del proletariado, lo más importante que hay que mencionar es que la democracia burguesa, en primer lugar, no significa en la realidad otra cosa que la dictadura de la burguesía y, en segundo lugar, que se apoya por completo en una ficción, a saber, en la ficción de la llamada «voluntad popular». Este fetiche, este falso concepto de la «voluntad popular», es una consigna para todos los partidos. Tomemos cualquier octavilla del viejo partido socialdemócrata y encontrarán en innumerables frases esas palabras sacramentales de la «voluntad popular». Pero en realidad esa voluntad popular es un absurdo. La sociedad capitalista no es en modo alguno un todo cerrado. En la sociedad capitalista no hay, en efecto, una sociedad, sino dos. A la voluntad de la minoría explotadora135 se opone del modo más tajante la voluntad de la mayoría explotada, y por eso no puede existir una «voluntad popular» unitaria que abarque a todas las clases. No puede decirse que podría haber, pese a todo, una resultante de la voluntad de las distintas clases; en realidad, semejante resultante es imposible, porque una clase quiere imponer a la otra su voluntad con diversos medios de violencia bruta o de engaño ideológico; de hecho domina una sola voluntad, y no es casualidad que precisamente en la democracia burguesa se ponga especialmente en primer plano esta ficción de la voluntad popular. Precisamente en la democracia burguesa está claro que solo se realiza la voluntad de la burguesía y no la voluntad del proletariado, que bajo la democracia burguesa está más bien completamente sofocada.
La segunda idea fundamental de las Directrices es la antítesis entre la libertad formal en la democracia burguesa y la realización material de la libertad por la dictadura proletaria. La primera proclama diversas libertades para todo el pueblo, y por tanto también para las clases trabajadoras, pero mientras la base material esté concentrada en manos de la clase capitalista, esas libertades no son realizables para la clase obrera. La situación se parece a la de la libertad de prensa en los Estados Unidos: la censura norteamericana no prohibía los periódicos proletarios, pero se negaba a distribuirlos por correo136. De hecho, pues, la existencia formal de esa libertad de prensa no significaba nada para el proletariado. Lo mismo ocurre con todas las libertades bajo la democracia burguesa. Como la burguesía tiene en su poder las casas, el papel, las imprentas, en una palabra, todo, el proletariado puede disponer formalmente de diversas libertades, pero no está en condiciones de realizarlas. Con la dictadura proletaria ocurre lo contrario. No hay grandes discursos sobre las diversas libertades. Garantizamos la realización de esas libertades quitando a la burguesía la base material de la sociedad capitalista, la propiedad, los medios materiales, para entregárselos a los obreros, a los campesinos pobres, es decir, al pueblo real.
En tercer lugar, nuestras Directrices contienen además la antítesis entre la dictadura burguesa y la proletaria en lo que se refiere a la participación en el poder del Estado. Aunque en la democracia burguesa se habla muchísimo de que el pueblo se gobierna a sí mismo (la palabra «democracia» significa precisamente «autogobierno del pueblo»), en la democracia burguesa el pueblo propiamente dicho, en primer lugar el proletariado, queda completamente aislado del aparato del Estado. En las repúblicas democráticas burguesas de Suiza o de los Estados Unidos, la «participación» del proletariado en la administración del Estado consiste únicamente en que una vez cada cuatro años el proletario echa un papelito en la urna y cumple así con su «deber» de ciudadano. Todo el trabajo se encomienda a un diputado, muy a menudo burgués, y el obrero no tiene la menor idea de cómo «trabajan» en realidad esos diputados. Está completamente excluido del aparato del Estado. Con la dictadura proletaria las cosas son distintas. La situación es entonces que el proletariado no solo participa en las elecciones, sino que es más bien el miembro activo de todo el aparato del Estado, de ese gran mecanismo que está por encima del país y tiene al país en sus manos. Todas las organizaciones de masas del proletariado se convierten aquí en grandes órganos auxiliares del poder del Estado proletario, y con ello está dada la participación constante en la administración del Estado.
Ahora, camaradas, viene el punto sobre la expropiación de la burguesía, el lado económico de la dictadura del proletariado. Este lado de la dictadura proletaria es tan importante como la conquista del poder político. La dictadura política, la dictadura del proletariado, es para nosotros únicamente un medio para llevar a cabo la transformación económica. La transformación de la sociedad capitalista en sociedad comunista se produce sobre la base del cambio de la estructura económica de la sociedad moderna, y el cambio de las relaciones de producción es el fin principal de la dictadura proletaria. Aquí tenemos que polemizar primero con nuestros adversarios políticos. Sabemos ya que se nos objeta que después de la guerra se ha producido un agotamiento tan grande que sería ridículo tomar medida socialista alguna. Los scheidemannianos, nuestros mencheviques, Kautsky, que coquetean con el socialismo, afirman naturalmente que el socialismo en sí es una cosa muy buena, pero que con el actual nivel tan bajo de las fuerzas productivas tras el proceso de destrucción, con el empobrecimiento de la clase obrera y de toda la sociedad, sería ridículo pasar al socialismo. Kautsky ha llegado a decir que socializar la Alemania actual sería convertir todo el país en un manicomio. Frente a eso, afirmamos en nuestras Directrices que, en el estado actual de las relaciones de clase y de las fuerzas productivas, no solo es erróneo, sino utópico, creer que el restablecimiento del capitalismo sea siquiera posible. Todo el sistema capitalista cruje ahora por todas sus junturas. Tomemos el lado económico: es verdad que todo está destruido, pero lo destruido no se puede volver a pegar sobre la vieja base. Consideremos la relación entre obreros y capitalistas. La anterior sociedad capitalista presuponía una relación particular entre el «patrono» y el trabajador. Este sistema se basaba en una paz civil permanente, que no tiene solo un sentido político, sino un sentido mucho más general. En cada fábrica tiene que existir esa paz civil para que la producción capitalista pueda siquiera funcionar. Pero una vez cortados esos hilos entre el capitalista y el obrero, ya no pueden volver a anudarse orgánicamente sobre la base anterior. Como el movimiento salarial de los obreros no puede detenerse, seguirá avanzando. Pero con ello las distintas ramas de la producción dejan de ser rentables para la clase capitalista, es decir, en las circunstancias dadas los capitalistas se dedicarán al sabotaje y cerrarán sus empresas, ¡como ocurrió en Rusia! En ninguna parte tenemos la posibilidad de que las relaciones capitalistas sigan desarrollándose. Solo a un utopista puede ocurrírsele exigirlo. Los kautskianos ya demostraron ser utopistas por la manera en que respondieron a la cuestión del imperialismo y de las luchas futuras del proletariado. Ahora son ellos los que aspiran a restablecer las relaciones capitalistas. Solo hay dos salidas posibles: o la destrucción completa de toda la vida económica, o la producción socialista. Restablecer las relaciones capitalistas no significaría más que alargar la agonía de la vieja sociedad, prolongar cada vez más el proceso de disolución y de anarquía y, con ello, estorbar también la posibilidad de restablecer la vida económica sobre la nueva base.
A esto va unida otra cuestión. No solo los socialistas rusos, sino también los socialistas alemanes del estilo de Kautsky, afirman que aquí practicamos un tipo muy particular de comunismo, que en lugar del comunismo productivo practicamos un tipo muy particular de comunismo de harapientos, un comunismo de reparto, que no tendría nada que ver con las verdaderas tareas de la clase obrera. A ello tenemos que responder que esos socialistas olvidan el fundamento de la doctrina de Marx. Según Marx, la fuerza productiva más importante de la sociedad capitalista es su fuerza de trabajo. Desde el punto de vista puramente económico, el proletariado es esa fuerza productiva más importante de toda la sociedad. Ahora, tras la gigantesca destrucción causada por la guerra, la tarea de todo aquel que aspire en general al progreso de la sociedad consiste en conservar esa fuerza productiva más importante, la clase obrera. Pero todas las cargas de la guerra, todo el proceso de destrucción que la guerra llevó consigo, pesan sobre todo sobre la clase obrera, de modo que esa fuerza productiva amenaza con desaparecer. Uno de los economistas burgueses ha observado con razón a este respecto que, aunque se hayan destruido todos los medios materiales, si esa fuerza de trabajo sigue ahí, sigue habiendo la esperanza, la certeza, de que precisamente gracias a esa fuerza de trabajo volverá a producirse riqueza material. Pero si también esta desaparece, si se aniquila al proletariado mismo, desaparece con ello la última esperanza de que la sociedad humana pueda seguir existiendo. Por eso está claro para cualquier persona razonable que todos los esfuerzos deben dirigirse a conservar esa fuerza. Y el llamado comunismo de consumo que practicamos, el «comunismo de reparto», es decir, el traspaso a manos del proletariado de lo que antes estaba en manos de los capitalistas, es el único medio de salvar a los obreros de la destrucción completa; crea literalmente la posibilidad de un desarrollo ulterior de las fuerzas productivas y del comunismo productivo.
Así nos acercamos a la cuestión por un camino nuevo, que en definitiva también nos lleva al desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad. Esta idea la hemos aclarado no solo teóricamente, sino también en la práctica.
En cuanto a las medidas concretas, todos los camaradas las conocen. Casi todas figuraban ya en el programa radical, en el de los tribunistas holandeses137 durante la guerra, en el folleto ¿Qué quiere la Liga Espartaco?138 y en los escritos publicados por el Partido Comunista. Quiero señalar a este respecto que hemos subrayado aquí algunos puntos que merecen una atención especial. En primer lugar, el punto de los diversos aparatos del capitalismo de Estado en los países más desarrollados. Se dice que deberíamos expropiar los bancos, socializar las grandes empresas, los sindicatos patronales, etc., pero se olvida que también el propio capitalismo de Estado ha creado nuevos aparatos, aparatos que podemos aprovechar para nuestros fines. Me refiero a los diversos aparatos de municipalización y de distribución, así como a las instituciones del capitalismo de Estado que surgieron en gran número durante la guerra, sobre todo en Alemania, pero también en Inglaterra, en América y en Francia. Como precisamente estos aparatos estaban estrechamente ligados al Estado, es ciertamente muy difícil mantenerlos durante la revolución, pero podemos aprovechar algunos de sus elementos materiales para nuestros fines. Por eso hemos insistido precisamente en este punto.
Además, hemos tratado específicamente los puntos sobre la pequeña burguesía y el pequeño campesinado. Aquí la cuestión solo puede plantearse de forma general, porque las condiciones agrarias son tan distintas en los diferentes países que es del todo imposible elaborar algo concreto al respecto. Pero también aquí hemos dado una directriz: primero, la pequeña burguesía y el pequeño campesinado no serán expropiados en modo alguno por el proletariado; segundo, estas clases serán atraídas en un proceso lento y por vía pacífica a la organización socialista general; y tercero, el proletariado no luchará contra estas clases, sino que incluso hará algo positivo por ellas, librándolas de la presión del capital usurario, de la carga de los impuestos y de las deudas del Estado. Esta última cuestión financiera, que está también estrechamente ligada a la de la anulación de las deudas del Estado, es muy importante.
Si escribiéramos para rusos, habríamos tratado el papel de los sindicatos en el proceso revolucionario de transformación. Pero según la experiencia de los comunistas alemanes, eso es imposible, porque los camaradas de allí nos cuentan que la posición de los sindicatos de allí es completamente opuesta a la de los nuestros. Entre nosotros, los sindicatos desempeñan el papel principal en el proceso del trabajo positivo; el poder soviético se apoya precisamente en ellos; en Alemania ocurre lo contrario. Esto parece deberse a que los sindicatos alemanes estaban en manos de los amarillos, de Legien139 y compañía. Estaban dirigidos contra los intereses del proletariado alemán, y lo siguen estando, y el proletariado ya está liquidando esos viejos sindicatos. En su lugar han surgido en Alemania nuevas formas de organización, los consejos de fábrica, que intentan hacerse cargo de las empresas. Los sindicatos ya no desempeñan ningún papel positivo. Aquí no podemos elaborar directrices concretas y, por eso, hemos dicho de forma general que para la administración de las empresas deben crearse órganos en los que el proletariado se apoye en esta cuestión, organizaciones que estén estrechísimamente entrelazadas y ligadas con la producción. Así, por ejemplo, si en Inglaterra existen los comités de shop stewards o cualesquiera otras organizaciones cercanas al proceso de producción, estas formarán —como entre nosotros los sindicatos, como en Alemania los consejos de fábrica— la columna vertebral de la administración en la sociedad socialista.
Nos quedan todavía dos cuestiones por tratar. La primera se refiere a las cooperativas, la segunda a los técnicos y especialistas. La de las cooperativas es, como nos ha mostrado la revolución rusa, muy importante. En lo que respecta a las organizaciones del aparato de distribución, afirmamos que aquí en Rusia no podemos hacer casi nada sin esas cooperativas. Por eso tenemos que contar con ellas y aprovecharlas plenamente para nuestros fines. En la conversación con el camarada Albert no hemos encontrado ni un solo argumento que pudiera refutar esta experiencia rusa. También para los demás países hemos incorporado esta experiencia rusa a nuestras Directrices. La cuestión de los técnicos y especialistas desempeña ahora, como ustedes saben, un papel bastante grande en Rusia. Toda esa gente quiere ahora trabajar con nosotros. Sabemos muy bien que entre ellos hay adversarios, pero como son los acumuladores de las experiencias prácticas del sistema anterior, en la economía técnica no podemos arreglárnoslas sin ellos. En Alemania, en Inglaterra y todavía más en América, la primera fase de la lucha contra estas fuerzas será mucho más aguda que entre nosotros. Nosotros ya hemos dejado atrás esa fase. Las dos ideas fundamentales de este apartado son: primero, mientras estas capas libren una lucha abierta o encubierta contra nosotros, también nosotros tenemos que tratarlas en consecuencia; segundo, pero una vez quebrada la resistencia de estas capas y de toda la burguesía, tenemos la necesidad de aprovechar en gran medida a estas fuerzas técnicas y de asimilarlas poco a poco.
El título del apartado final es: «El camino de la victoria». Aquí hemos señalado la posibilidad de aprovechar revolucionariamente el parlamentarismo burgués. Hemos incluido esta posibilidad en nuestras Directrices porque sería teóricamente erróneo decir que para nosotros es imposible por principio entrar en cualquier parlamento. La cuestión del boicot al parlamento democrático burgués es puramente táctica y se decide exclusivamente según la situación dada, es decir, según las relaciones de clase, según la fuerza del proletariado y su madurez y disposición para la lucha final victoriosa. Hay que decir todavía una cosa: estamos a favor de la insurrección armada como forma suprema de la lucha revolucionaria de masas; pero la fecha concreta de esa insurrección, el momento del choque decisivo, lo determinan la situación dada y las relaciones de clase. Hemos dicho que no debemos forzar el desarrollo histórico, sino que primero tenemos que organizar nuestras fuerzas e incluso aprovechar las organizaciones burguesas, parlamentarias, para luego, ya organizados, ir con todas nuestras fuerzas a la lucha final.
En cuanto a los oportunistas y los kautskianos, no necesitamos añadir nada especial.
Como frase final hemos incluido en nuestras Directrices la idea de que el proletariado internacional no se encuentra a la ofensiva, sino a la defensiva. Esta expresión tiene un gran valor de agitación. La burguesía grita que ahora somos nosotros los enemigos de la paz, los representantes del imperialismo rojo, la fuerza agresora. Todos los hechos lo desmienten, tanto la revolución en Rusia como la de Alemania. Sabemos que el terror blanco ya existe, que se emplean contra nosotros los métodos de lucha bárbaros de la burguesía; sabemos también muy bien que esa Sociedad de Naciones no significa otra cosa que la preparación de la última lucha del capitalismo contra el proletariado internacional, y el proletariado tiene que defenderse de ello. Está a la defensiva. Pero en esta defensa frente a la burguesía, que emplea todos los medios contra el proletariado, también el proletariado tiene que echar mano de las armas correspondientes.
Estas son nuestras Directrices. Quisiera expresar el deseo de que la mayor parte de los camaradas tome parte en la discusión de estas Directrices. Como todos ustedes ven, en ellas se tocan casi todas las cuestiones que afectan a las tareas corrientes de la clase obrera en las condiciones actuales; están reunidos casi todos los problemas que tiene ante sí el proletariado y que debe esforzarse por resolver. Esa es la situación. Naturalmente, todavía tenemos que tratar algunos otros puntos del orden del día, pero, en conjunto, estas Directrices nuestras son nuestro programa y la piedra angular del programa de la III Internacional Comunista, y si los camaradas participan activamente en ellas, entonces coincidiremos con el camarada Albert en que hemos cumplido bastante bien con nuestro deber.
Pausa de cinco minutos.
Lenin: Se reanuda la sesión. El camarada Rutgers ha pedido la palabra. Cada orador dispone de quince minutos.
Rutgers (Holanda): Quisiera plantear la cuestión general de si en las Directrices se subraya suficientemente la posición de las capas medias, de los intelectuales y de los obreros mejor situados. Se señala que la escala de salarios en los Estados imperialistas se eleva a costa de los pueblos coloniales, pero no se señala el hecho de que sobre todo los funcionarios, los intelectuales y los obreros mejor situados obtienen así una posición de excepción a costa de la gran masa, cosa que se aprecia especialmente en América. En esta circunstancia se basa la posibilidad que tienen los capitalistas financieros de ganarse suficientes auxiliares. Ahora estamos viendo, camaradas, que las capas medias son nuestros adversarios más fuertes, y todavía habrá que examinar hasta qué punto desempeña en ello un papel la posibilidad que tienen estas capas de hacerse con la producción. El proletariado no está maduro y necesita apoyo. Solo si los obreros consiguen levantar también con sus propias fuerzas toda la organización de la vida económica podrán cumplir esta tarea. Habría que insistir más en el gran valor de esta tarea práctica para la victoria definitiva del proletariado.
En las Directrices se alude a ello con las siguientes palabras: «Esta tarea de la dictadura proletaria en el terreno económico solo podrá resolverse si el proletariado es capaz de crear una administración centralizada». Pero la situación es más complicada, porque en el terreno económico es imposible una organización parcial. Los obreros tienen que organizar y dominar todo el sistema, o serán dominados por otras capas. Evidentemente, el camino de la victoria no puede conducir a la meta si no puede llevarse a cabo un control obrero. Quizá habría que insistir más en ello. Una observación más sobre las colonias. Sería de desear que se dijera algo más sobre la política colonial, para redactar este apartado de tal forma que también para los pueblos coloniales quede del todo claro que deseamos una colaboración activa, con independencia de que esos pueblos tengan o no su propia ideología, su propia religión. Estamos dispuestos a actuar junto con ellos sobre la base de la resistencia contra el imperialismo, y si, por ejemplo, estallara una insurrección en la India, eso tendría también para nosotros un valor inmenso. Por eso quisiera proponer concretamente que en la página 8, última línea, y en la página 9140, donde se leen las palabras «Para favorecer el hundimiento definitivo del sistema imperialista mundial…», en relación con esta frase y por oposición a la Internacional amarilla, se añada: «una colaboración activa…». Tengo algunos reparos contra la forma de la página 9. Allí se afirma, y primero se dice: «Pero pronto se mostró… Ahora también los Estados de la Entente se desenmascaran como bandidos mundiales». Esto, sin embargo, tiene que producir una impresión extraña en los pueblos coloniales. Durante siglos han sido saqueados y oprimidos, sobre todo por Inglaterra, y ahora declaramos que esos Estados se desenmascaran ahora como bandidos mundiales. Esta forma no está bien escogida y quizá podría modificarse. Tampoco es deseable hablar aquí específicamente de los bárbaros soldados coloniales. Quien conozca las aventuras coloniales que los holandeses y otros emprendieron antes de la guerra contra los hermanos de piel morena no considerará necesario acusar aquí de barbarie a esos soldados coloniales. Para modificar esta formulación tengo una propuesta, que sería la siguiente: en la línea 5 de la página 9, redactar así las palabras que siguen a «naturaleza de bandido»: «Ahora también los Estados de la Entente desenmascaran su verdadero carácter de bandidos mundiales y asesinos del proletariado. Con la misma falta de escrúpulos con que procedieron contra los pueblos coloniales, ahora entregan al hambre a los obreros rusos y alemanes, junto con la burguesía alemana…».
Por último, una observación más: en la página 5, apartado 3, se dice que las condiciones de vida no pueden mejorar porque el precio de compra de todos los artículos de consumo, que sube automáticamente, etc.
A mi juicio, habría que suprimir la palabra «automáticamente». En todo caso es un hecho que la subida de los precios de compra frena esa mejora de las condiciones de vida, pero creo que contra ese «automáticamente» pueden aducirse reparos de principio.
Kuusinen (Finlandia): ¡Estimados camaradas! Nuestra delegación finlandesa está de acuerdo con la idea principal de este proyecto. Estas Directrices que los camaradas nos han leído ya han sido puestas a prueba por la experiencia revolucionaria, y creo que aquí solo puede tratarse de dar con la mejor formulación. Formular un documento de este tipo es, naturalmente, muy difícil, y estoy convencido de que la conferencia puede precisarlo todavía más. Quiero llamar aquí su atención sobre un par de pasajes que, a nuestro parecer, no están formulados como hubiéramos deseado. Habría que hacer una objeción al pasaje del final de la página 4 donde se habla de sindicatos y cooperativas revolucionarios. Nosotros, en Finlandia, no tenemos sindicatos ni cooperativas revolucionarios, y dudamos mucho de que pueda haberlos allí. La forma de esos sindicatos y organizaciones entre nosotros es tal que estamos convencidos de que el nuevo orden después de la revolución podrá implantarse mejor sin esos sindicatos que con ellos o fundándolos de nuevo sobre otra base. Quizá ocurra lo mismo en otros países.
Lo que se dice al final del proyecto sobre la posición defensiva, que el camarada Bujarin ha destacado aquí especialmente, tampoco nos parece muy acertado. Nosotros, en Finlandia, ya hemos librado una vez una revolución defensiva, y no quisiéramos en absoluto pasar por ello otra vez. A nuestro parecer, sería un error, y desde el punto de vista de la agitación tiene mucho más valor dirigir la atención hacia la ofensiva de la revolución proletaria. Quisiera destacar especialmente que este proyecto contiene ideas nuevas muy valiosas, y entre ellas una idea rectora que, a mi juicio, debería subrayarse todavía más y expresarse de forma más concreta. En el último capítulo, el del camino de la victoria, se dice que el auge del movimiento revolucionario en todos los países y muchos otros acontecimientos de los últimos tiempos deben llevar a la fundación de una Internacional Comunista verdaderamente revolucionaria y verdaderamente proletaria. El camarada alemán141 ha expresado antes algunos reparos sobre la madurez del movimiento internacional para esta decisión. En este contexto, naturalmente, no puede tomarse una decisión sobre la fundación de la nueva Internacional, pero creo que el desarrollo histórico tiene que llevar ya ahora a la fundación de la verdadera Internacional proletaria revolucionaria y que, si es posible, ya antes de que termine esta conferencia habrá llevado a ese hecho. Los argumentos del camarada alemán contra esta decisión no nos parecieron convincentes. Pero, por otra parte, la intervención del camarada alemán fue también un gran alivio: ayer, cuando oímos sus reparos, pensamos que quizá tuviera también objeciones de principio contra la fundación de la nueva Internacional. Ahora oímos que no es así. Él cree solamente que la clase obrera vería ahora con cierta desconfianza fundaciones de este tipo. Creo que eso es un error. Hay desconfianza hacia Internacionales como fue la Segunda, que en realidad solo tomaba resoluciones, pero no actuaba conforme a ellas. La III Internacional será en este aspecto completamente distinta. Será la Internacional de la acción, de la acción revolucionaria, de la lucha, y no tomará solo resoluciones de papel. No puedo ocultar a los camaradas que también estas Directrices, si aquí no adoptamos ningún otro acuerdo, ninguna otra decisión que estas Directrices, recordarán un poco las resoluciones de la vieja Internacional. El contenido de estas Directrices es bueno, es revolucionario, es comunista, pero no debería faltar aquí la conclusión práctica que se desprende de ellas, porque el movimiento revolucionario internacional necesita ahora la III Internacional. Esta necesidad ya está madura para hacerse realidad. La única objeción mínimamente seria que podría aducirse contra esta idea sería que la fundación de la nueva Internacional no es tan urgente, porque en los últimos tiempos ya tenemos en realidad una III Internacional, a saber, en la gran Rusia revolucionaria. Ustedes saben, camaradas, que la Rusia revolucionaria ha representado de hecho la nueva Internacional durante más de un año. Ha prestado grandes servicios al movimiento proletario revolucionario internacional, no tanto mediante la agitación directa, como afirma la burguesía, sino indirectamente con su ejemplo, con su gran modelo, el modelo de la gran revolución social. Pero, a pesar de todo, la lucha necesita en la práctica la nueva Internacional. El camarada alemán ha dicho también que esta asamblea es quizá demasiado poco numerosa para tomar esta decisión. Es verdad, pero no es culpa de los partidos obreros revolucionarios de Europa o de América. A mi parecer, esta asamblea no es tan débil comparada con la asamblea que hace ya más de medio siglo fundó la Primera Internacional142. En aquella asamblea también se presentaron muy pocos representantes de los distintos países. Quizá la asamblea actual recuerde a aquella en que también allí estaban representados muy pocos grandes espíritus revolucionarios y más bien elementos que estaban a medio camino en su evolución, pero, aun así, Marx y sus camaradas, en las condiciones que entonces reinaban, no tuvieron reparos contra la fundación de la I Internacional. Tampoco Wilhelm Liebknecht143, el representante de Alemania, tuvo entonces reparos contra la fundación de la nueva Internacional. Estoy convencido de que tampoco su gran hijo, Karl Liebknecht, tendría ahora reparos si estuviera presente. Creo que la fuerza de la nueva Internacional será idéntica a la fuerza del proletariado revolucionario y no a la fuerza de esta pequeña asamblea. Camaradas, se ha dicho que aquí no puede tomarse ninguna decisión sobre la fundación de la nueva Internacional, pero ahora, como ya ayer, tengo que expresar el deseo de que la decisión se tome antes de que termine esta asamblea nuestra. La situación está madura, la revolución internacional ya ha comenzado, y por eso la Internacional revolucionaria debe constituirse ya. Mediante la decisión de la III Internacional debe trazarse una línea divisoria que muestre ahora al movimiento obrero del mundo su lugar, dónde quiere luchar, a este lado o al otro, del lado del proletariado combatiente o del lado de los verdugos del proletariado. Pido, pues, a los camaradas que añadan además a este proyecto, al final, esta gran idea: que la III Internacional quede fundada ahora.
Tiene la palabra para su informe el camarada J. Gruber144 (Austria alemana): ¡Estimados camaradas! Nosotros, los delegados de Austria alemana, no encontramos palabras para expresar los sentimientos que nos animan hoy entre vosotros. Hemos llegado aquí hace una hora, tras un viaje de diecisiete días y en medio de dificultades enormes, y os traemos los saludos y las más ardientes felicitaciones de nuestros camaradas revolucionarios de Austria alemana. Debemos saludaros a todos, pero sobre todo, camaradas, tenemos que dar las gracias a nuestros camaradas rusos, porque con la gran revolución de hace más de un año dieron un poderoso impulso a las fuerzas revolucionarias de Austria. Solo a ellos se debe que hoy tengamos en Austria alemana un partido comunista lleno de fuerza juvenil. Y la historia levantará a los camaradas rusos un monumento duradero, porque ayudaron a la revolución mundial a abrirse paso.
Y ahora quisiera informaros también de los acontecimientos que condujeron a la fundación del Partido Comunista de Austria alemana y de su desarrollo.
Se estaba preparando la paz de Brest-Litovsk. En Austria reinaba el hambre, agravada por la dictadura de una soldadesca desenfrenada. El proletariado deseaba con urgencia y con vehemencia que Austria saliera por fin de la guerra mundial. Pero el gobierno criminal lo entretuvo con promesas. Se le dijo que la paz se firmaría en brevísimo plazo. Pero no fue así. El proletariado se vio de nuevo burlado. Sobrevino un empeoramiento enorme de las condiciones de vida. En enero de 1918 condujo a un movimiento muy fuerte145, que partió de los centros industriales del sur de Viena y cuyas olas llegaron a Viena en unas horas. Las ruedas se pararon. Los representantes del partido socialtraidor en el parlamento se quedaron sin habla. El proletariado no quería tener nada en común ni con los dirigentes de los sindicatos ni con los del partido socialdemócrata.
Cuando el movimiento ya duraba algunos días y se había extendido a todas las regiones industriales, tanto los dirigentes sindicales como los bonzos del partido se pusieron en marcha e intentaron desviar el movimiento por otros cauces. Eso condujo, en efecto, a que todo el movimiento se empantanara. Los señores Seitz, Renner, Leuthner, de la socialdemocracia, Tomschik, Domes y otros, de los sindicatos146, se pusieron a la cabeza y prometieron defender los intereses de la clase obrera. Pero afirmaban que Austria no tenía derecho a retirarse de las filas de los países beligerantes, porque eso significaría el hundimiento de la existencia económica de su proletariado. La clase obrera se dejó engatusar una vez más por sus representantes políticos y sindicales. Estos se interpusieron entre el gobierno y la clase obrera. Formularon algunas reivindicaciones de apariencia radical, obtuvieron del gobierno la declaración convenida, y la clase obrera, tras apenas una semana de máquinas paradas, volvió al trabajo.
Ocurrió lo que tenía que ocurrir. El gobierno había visto que los representantes de la clase obrera eran un instrumento dócil en sus manos, y no pensó en realizar las reivindicaciones concedidas. Tampoco cumplió la promesa de que los dirigentes del movimiento no sufrirían represalias. Estos fueron enviados al frente o enterrados tras los muros de la cárcel. Su existencia quedó destruida. Los camaradas que trabajaban en el movimiento con el nombre de socialdemócratas radicales de izquierda fueron tachados de criminales contra el Estado por los dirigentes del partido, y varios de los camaradas dirigentes fueron expulsados del partido.
El hundimiento de los frentes de Italia y de Bulgaria, el hambre en el país, la destrucción del aparato organizativo de distribución de víveres, el reflujo de los soldados que volvían del frente, todo esto aceleró por fin la descomposición de la monarquía austrohúngara. Se formaron varios Estados conforme a sus bases étnicas —la república checoslovaca y la húngara—; los pueblos eslavos del sur, los italianos y los rumanos se unieron a sus Estados madre, y del tan «glorioso Estado imperial» no quedó más que el resto, la Austria alemana, con unos 9 millones de habitantes. Solo en el último momento se decidió la socialdemocracia de Austria alemana a tomar la dirección de la «revolución» y a proclamar la república en Austria alemana.
Los envarados héroes socialdemócratas siguen hablando hoy de una revolución en Austria. Pero en realidad no la hubo. En el momento en que el proletariado podía de hecho tomar el poder sin lucha, los representantes de la socialdemocracia se pusieron delante de la burguesía para protegerla y dijeron: «Aún no ha llegado el momento de tomar el poder; tenemos que formar una coalición con los burgueses». Se compuso una presidencia formada por el más clerical de los curas, un nacionalista alemán y un socialdemócrata147. Cuando este triunvirato asumió el gobierno, para el proletariado revolucionario de Austria había sonado la hora de la lucha defensiva. Ni siquiera en tiempos de Stürgkh148 fue la reacción más violenta que bajo el régimen de los representantes obreros. El doctor Renner se convirtió en canciller149; el doctor Bauer, ese antiguo radical, en secretario de Estado de Asuntos Exteriores; el ejército quedó a cargo del camarada Deutsch, y en todos los ministerios se sentaban socialdemócratas junto con los burgueses.
En mayo de 1918 se había producido un acercamiento entre los radicales de izquierda y los diversos grupos de oposición, y se buscó una plataforma común. En esa época nació el primer plan de fundar un partido comunista en Austria. Entonces no sabíamos que los camaradas rusos también llegarían a llamarse comunistas; no sabíamos que nuestros camaradas de Alemania, la Liga Espartaco, también se llamarían Partido Comunista. Como pequeño grupo concebimos la idea, quisimos convertirla en acción y empezar una nueva época en el movimiento obrero revolucionario de Austria.
Fueron pocos los que empezaron la lucha. Muchos de nuestros mejores camaradas estaban en la cárcel, y una docena de personas tuvo que poner todas sus fuerzas en esta lucha. Decidimos entonces fundar un periódico con el nombre de Weckruf [«Toque de diana»], semanario comunista. Por primera vez se escribía en nuestra bandera el nombre de «comunismo». Pero el periódico fue confiscado de la primera a la última línea. Debido a esa confiscación no pudimos llevar a cabo nuestra intención de repartir el Weckruf el 1 de mayo entre las masas obreras en fiesta. Pero cuando, con el hundimiento militar, la libertad burguesa quedó más o menos restablecida en Austria, y cuando nuestros valientes camaradas salieron de la cárcel tras nueve meses de prisión, se había creado una base nueva y más sólida. El 3 de noviembre de 1918 nos constituimos como «Partido Comunista de Austria alemana». El órgano central del partido pasó a ser Der Weckruf.
El 12 de noviembre de 1918 iba a proclamarse públicamente la república. Habíamos decidido hablar ese día al proletariado austriaco en un sentido comunista. Sabíamos que el proletariado tenía un estado de ánimo plenamente revolucionario. Innumerables banderas rojas llevaban la inscripción: «¡Venga la república socialista!». Entonces algunos de nuestros camaradas subieron a la rampa del parlamento y proclamaron los principios comunistas. Luego elegimos a algunos comunistas y quisimos entrar en el parlamento para decir a los representantes del gobierno que el proletariado exigía una república socialista y no una burguesa. Pero nos cerraron la puerta en las narices. Nuestros camaradas de la Guardia Roja golpearon la puerta con las culatas de los fusiles y quisieron abrirnos paso. Entonces se produjo el conocido tiroteo. La Guardia Roja y la Volkswehr150 respondieron a los disparos que salían del interior del edificio del parlamento, y la fiesta de la república burguesa, tan bien organizada, terminó con la ocupación temporal del parlamento por el proletariado.
Como represalia, los diputados agrarios decidieron poner contra la pared a los cabecillas de los comunistas. Amenazaron con no enviar víveres a Viena si no se hacía. Los representantes de los socialdemócratas opinaron, en cambio, que eso iba demasiado lejos, pero que los malhechores debían ser castigados con todo rigor. Así fueron detenidos el camarada Steinhardt (Gruber) y la camarada Friedländer151 bajo la acusación de violencia pública, pero quedaron de nuevo en libertad al cabo de dos semanas, sobre todo por la presión de los consejos de la Volkswehr. También varios amigos nuestros rusos fueron procesados y expulsados. Los socialdemócratas del gobierno no solo dieron su consentimiento, sino que en parte fueron los promotores de esta medida.
El movimiento comunista fue puesto bajo la espada. Todo el poder del gobierno se volvió contra nosotros, y con los socialdemócratas del gobierno tuvimos que librar las luchas más duras. En Viena no nos era posible conseguir locales de reunión. En algunos distritos de Viena habíamos intentado celebrar reuniones como partido comunista. Nos quitaron los locales e intentaron paralizarnos así. En provincias, los socialistas gubernamentales pudieron mostrar su poder con más fuerza todavía. En Graz, el centro de la industria de Estiria, durante cuatro semanas no pudimos celebrar ni una reunión. Allí el socialdemócrata Resel, como comandante militar regional, organizó el terror contra los comunistas.
Solo después de que salimos a la calle y nos reunimos en las plazas podemos hoy celebrar reuniones en cualquier local. En toda la Estiria del norte hay ahora organizaciones comunistas, y los obreros vienen a nosotros, discuten con nosotros y se colocan en nuestra plataforma. Hoy nadie se atreve ya a impedirnos celebrar reuniones y desarrollar nuestra organización.
Así nos hemos abierto paso. Pero que el partido socialdemócrata intentara hacer imposible nuestro movimiento con los medios más violentos y más mezquinos será su eterna culpa histórica.
En la agitación nunca dijimos que los obreros socialdemócratas fueran nuestros enemigos, sino que los habían llevado por caminos equivocados. Nuestra actividad se dirige a ganarnos a las partes revolucionarias de la clase obrera. Y se vio, en efecto, que en todas partes los radicales de izquierda se unían a nosotros.
El 9 de febrero de este año tuvimos por fin la posibilidad de pasar revista al movimiento en toda Austria alemana152, y mientras que en el primer congreso, el 3 de noviembre de 1918, se había reunido un puñado muy pequeño de camaradas, el 9 de febrero de 1919 toda Austria alemana estaba representada por organizaciones. Nos colocamos en una plataforma comunista clara y nítidamente formulada y declaramos, respecto de la Asamblea Nacional, que no queríamos tener nada que ver con las elecciones a la Asamblea Nacional, porque esa institución era un instrumento para falsear la revolución. Y precisamente las elecciones eran el punto culminante de la vida política de la socialdemocracia. Frente a ello nosotros planteamos la idea de la dictadura del proletariado y exigimos los consejos de obreros y soldados.
Ese era el estado de cosas cuando salimos de Austria alemana. Tenemos ahora a nuestras espaldas cuatro meses de trabajo organizativo. No damos mucho valor a tener muchísimos afiliados inscritos, sino a que encarnen la voluntad revolucionaria de acción, a que exista un cuerpo revolucionario que dé la talla en el momento decisivo.
Así pues, el Partido Comunista de Austria alemana se mantiene firme y dispuesto para la lucha, perseguido por el gobierno, odiado por los socialdemócratas. Por desgracia, Fritz Adler153 no está en nuestras filas. Cuando mató al presidente del gobierno Stürgkh y cuando la clase obrera de Austria exigió de forma unánime y enérgica su liberación, era para nosotros un símbolo revolucionario. Fritz Adler salió de la cárcel, ¿y qué ocurrió? Los que lo apreciaban, los que querían sacrificarlo todo por él, ya no eran sus amigos, sino que él se había convertido en su adversario. Se puso a disposición del partido socialdemócrata, aquel partido que lo había estigmatizado y lo habría expulsado si no hubiera sido hijo de su gran padre. Fue presentado como candidato a la Asamblea Nacional, y, aliado con los dirigentes reaccionarios de la clase obrera, su nombre se convirtió para muchos obreros en un señuelo para votar por el parlamento.
Se declaró contra cualquier intento de escisión en el movimiento obrero, en particular contra la actividad del Partido Comunista.
Nuestro movimiento es un movimiento de masas. Lo oímos todos los días: «Vosotros, los comunistas, no tenéis dirigentes destacados. Sí, los comunistas rusos tienen un Lenin, un Trotski, un Bujarin, que llevan tanto tiempo luchando por las ideas del comunismo, por la dictadura del proletariado, pero vosotros no tenéis ni un solo dirigente destacado de fama mundial». Pero la clase obrera nos ha tomado en serio a pesar de todo, porque ha visto que no todo lo hace el gran nombre.
A los obreros de Austria alemana nos han contado que en Rusia reinan la destrucción, el saqueo y el sabotaje, y que no tardaría mucho en derrumbarse la gloria de los bolcheviques. Pero vemos que esa gloria se ha consolidado y que el Partido Comunista de Rusia ha abierto hoy una nueva época en la historia universal. Si antes Moscú era el centro de la reacción, hoy se ha convertido en el centro del movimiento comunista, y eso nunca podrá ser destruido. Por eso los obreros de Austria alemana están hoy unidos con amor apasionado al movimiento de los camaradas rusos, porque saben que, si el régimen de los comunistas es aplastado en el Este, en el Oeste será imposible por mucho tiempo construir sobre una base comunista.
La conferencia de la Segunda Internacional en Berna es la agonía de una época que se extingue; el congreso de hoy es la primera reunión del proletariado revolucionario para organizar la acción.
Por eso os saludamos y deseamos que esta reunión inaugure una nueva época. Hemos estado diecisiete días de camino de Viena a Moscú. Hemos hecho todo el trayecto como oficiales artesanos en su vuelta por el mundo. En ténderes, en locomotoras, sobre los topes, en vagones de ganado, a pie a través de las líneas de las bandas de salteadores ucranianas y polacas, en constante peligro de muerte, siempre con el pensamiento anhelante: a Moscú queremos ir, a Moscú tenemos que ir, ¡y nada debe impedirnos llegar allí!
Hemos alcanzado nuestra meta. ¡Estamos entre vosotros, camaradas! Y nuestra meta común, la república mundial federativa de los comunistas, tenemos que alcanzarla y, esperamos, la alcanzaremos en un futuro no muy lejano.
Tercera sesión, martes 4 de marzo de 1919
Sesión de la mañana.
Lenin abre la sesión a las doce del mediodía.
Albert (Alemania): Camaradas, el Buró propone que a partir de ahora las sesiones sean públicas, puesto que ya no se puede seguir ocultando que se celebran aquí, e informa de que entretanto han llegado también los demás delegados. La propuesta se aprueba por unanimidad.
Continúa el debate sobre las «Directrices»; tiene la palabra el camarada Reinstein.
Reinstein (Partido Socialista Obrero de América): Quisiera señalar dos puntos que, a mi juicio, deberían figurar en la declaración de principios o subrayarse con más fuerza. El primero es que la III Internacional, en la cuestión del militarismo o de la guerra, rechaza la idea de la defensa de la patria. En la II Internacional, los representantes de los movimientos de todos los países aprobaban resoluciones contra el militarismo, contra el apoyo al gobierno en sus diversos gastos de guerra, etc. Pero la mayoría de los representantes de la II Internacional sostenían que, si su país era atacado, si no era el agresor sino el agredido, si se trataba, pues, de una «guerra defensiva», el proletariado, todo el movimiento obrero y socialista, tenía entonces no solo el derecho, sino el deber de apoyar a su gobierno. Las consecuencias de esta postura las conoce de sobra el proletariado de todos los países. Por eso soy partidario de que la III Internacional deje claro aquí, en pocas frases, que en nuestro siglo no puede haber guerras cuya causa no radique en la competencia capitalista. Mientras exista la sociedad capitalista, habrá guerras en la lucha por los mercados. Dadas estas causas puramente comerciales de las guerras modernas, el proletariado no solo no tiene el deber, sino que tampoco tiene el derecho de apoyar a su gobierno, ni siquiera en las «guerras defensivas». Solo hay una guerra que los proletarios tienen el deber de apoyar, y es la guerra social, la revolución social.
La otra idea que, en mi opinión, no está bien expuesta es el papel de la organización económica, del movimiento sindical. En esta cuestión, nosotros, en América, nos situamos en un punto de vista opuesto al de nuestros camaradas finlandeses. No estamos dispuestos a atribuir al movimiento sindical un papel pequeño, subordinado. Nuestros éxitos en el Estado capitalista más desarrollado, los Estados Unidos, nos enseñan otra cosa. Todos los afiliados del Partido Socialista Obrero, una gran parte del Partido Socialista que dirige Debs, los obreros que se agrupan en torno a la I. W. W. y a los demás sindicatos industriales, consideran las organizaciones sindicales como los órganos más importantes, que han de desempeñar en la lucha revolucionaria un papel no solo importante, sino realmente decisivo. Por eso sostenemos que la III Internacional debe subrayar con más fuerza la necesidad de revolucionar, de transformar el movimiento sindical. Nuestra experiencia nos lleva a pensar que quien lleva la bandera tras la que marchan las masas del proletariado organizado, que dirigentes sindicales como Gompers en América, Karl Legien en Alemania o Henderson en Inglaterra, tienen realmente en sus manos la llave de toda la situación y pueden ejercer una influencia decisiva. Se trata de liberar al movimiento sindical de la funesta influencia de estos lacayos del capital.
Cuando hablo de la reorganización del movimiento sindical, quiero decir que los comunistas de todos los países deben procurar que los sindicatos se sitúen consecuentemente en el terreno de la lucha de clases, no solo de palabra, sino también de hecho. Debemos esforzarnos por organizar los sindicatos en una forma que corresponda a la lucha actual. Me imagino muy bien qué objeciones pueden hacerse. Se objetará seguramente que es una tarea demasiado grande, que llevaría muchísimo tiempo. Admito que es más fácil criticar a los dirigentes capitalistas o socialpatriotas que criticar a los dirigentes económicos de los sindicatos o a los propios sindicatos, sus fines, sus métodos y su espíritu. Es, desde luego, una tarea difícil. Pero consideramos que este trabajo es necesario. Liberar al movimiento sindical internacional de la influencia de los lacayos capitalistas que hay entre sus dirigentes es para nosotros una conditio sine qua non. Por esta razón propongo que se den instrucciones a nuestro comité para que modifique en consecuencia el par de frases correspondientes de este documento, de modo que no se trate en él la organización sindical como algo tan secundario, sino que en nombre de la III Internacional, con el prestigio de la III Internacional, se haga un llamamiento a los proletarios de todos los países para que se pongan manos a la obra con redoblada energía a fin de construir el movimiento sindical tal como debe ser. Si la III Internacional hace semejante llamamiento, puedo asegurarles que, al menos en lo que respecta al movimiento americano, los elementos revolucionarios, tanto en el movimiento sindical como en el político, recibirán el necesario apoyo moral; nuestro trabajo tendrá entonces tanto más éxito y podremos quebrar la influencia de los traidores. Si la III Internacional adopta el punto de vista de que el movimiento sindical es útil, sí, pero no de demasiada importancia, eso es llevar agua al molino de los Gompers y los Henderson. Los Gompers y los Henderson ya están trabajando para fundar un movimiento sindical internacional amarillo, que tendrá la misión de actuar como pararrayos internacional154. Debemos oponernos a ello.
Kascher155 (grupo comunista de Suiza): ¡Camaradas! Quiero sumarme con toda decisión a la opinión del orador que me ha precedido. También yo creo que este proyecto, que la III Internacional difundirá entre los trabajadores de todos los países, debe dar realmente al proletariado algo puramente positivo, algo más práctico, un apoyo en esta dura lucha no solo frente a los burgueses, sino también frente a los socialpatriotas y a todos los matices del centro. Precisamente en este sentido me parece que en el proyecto ha quedado demasiado corto un capítulo, a saber, el del camino de la victoria, un capítulo que, a diferencia de todos los proyectos y llamamientos aparecidos hasta ahora, debe construirse sobre la base de las experiencias de la revolución rusa y de la alemana. En este capítulo se dirigen claramente dos exigencias a los trabajadores de todo el mundo: la necesidad de la lucha de masas y la de fundar partidos comunistas. No consigo sacar de este punto nada más que sea positivo. Querría una precisión mayor de las tareas del proletariado internacional. El primero de los dos puntos es la cuestión del sistema de consejos. Las Directrices tratan aquí del sistema de consejos, pero en un sentido más amplio, como un sistema de consejos que abarca ya el poder político. Yo hablo del sistema de consejos que todavía no es la última etapa de la revolución, que es posible ya ahora en los países en que el proletariado aún no ha tomado el poder político: hablo de los consejos obreros. Tiene que parecer extraño que en estas Directrices no se hable en absoluto de esos consejos obreros que se están formando por todas partes. Quizá los autores lo hayan dado por supuesto, porque surgen espontáneamente en todos los países. Pero, camaradas, quienes han tenido que trabajar en los países donde la revolución todavía no se ha producido saben que tenemos que librar una dura lucha por esos consejos, no solo contra los socialpatriotas, sino también contra los radicales, que por razones de principio no quieren decidirse a defender ya desde ahora los consejos obreros. Si queremos apoyar estas aspiraciones revolucionarias y dar al proletariado un punto de apoyo frente a esos socialpatriotas, entonces la Internacional tiene que decir en estas Directrices que el camino más justo, el mejor camino hacia la victoria, hay que prepararlo ya desde ahora, que ya desde ahora hay que fundar consejos obreros.
El segundo punto que quisiera plantear aquí, y que considero también un factor en el camino de la victoria, es la idea del control de la producción. Este punto corresponde también al tercer apartado del proyecto, donde se habla de la socialización. La nacionalización y la socialización son, para las masas populares de los países donde la revolución todavía no se ha producido, algo monstruoso, algo que recuerda el llamado «caos» ruso, y por eso también allí se libra una lucha entre los obreros que se han decidido por ellas y los distintos dirigentes y tendencias, incluida la radical, que quisieran frenar156 la difusión y el arraigo de estas ideas. A mi juicio, también en este terreno hay que lanzar una consigna que se fije como objetivo provisional una etapa en el camino de la socialización, y esta es el control obrero de la producción y del consumo. No debemos olvidar que los patronos llegaron hace tiempo a esta idea y han intentado coquetear así con el proletariado. Sabemos qué fin se esconde detrás. Otra cosa será cuando sea el propio proletariado quien lance esta consigna.
El tercer punto que quiero subrayar es la preparación para la toma del poder económico. Sé lo difícil que fue encontrar gente, al menos uno o dos camaradas, capaces de explicar a los obreros qué es en realidad la toma de la producción y del poder económico, cómo hay que combatir el sabotaje, cómo se gobierna y se administra en el campo y en la fábrica.
Tengo que pedir a la asamblea y a los autores de las Directrices que discutan estas cuestiones. Si de la III Internacional sale algo que no esté realmente construido sobre las experiencias de la revolución, y si de la III Internacional va a salir ahora algo que no sea capaz de llevar a la acción al proletariado de los países de la Entente, entonces toda nuestra conferencia habrá fracasado. Para terminar, quiero subrayar que también yo opino que no debe aplazarse la fundación de la III Internacional. En todas partes, en todos los países, se la espera; en todas partes hay pequeños grupos que necesitan este centro, y también en Alemania el proletariado quiere a toda costa una III Internacional.
Platten: Camaradas, la comisión de resoluciones tenía la tarea de examinar toda una serie de propuestas. La comisión ha resuelto introducir en el proyecto algunas modificaciones sin importancia:
Viene ahora la propuesta de Rutgers, que la comisión quiere que se tenga en cuenta en la medida en que la frase diga: «Ahora los Estados de la Entente se desenmascaran, incluso ante las masas atrasadas, como bandidos mundiales y asesinos del proletariado». Se ha hecho, pues, la inserción: «incluso ante las masas atrasadas». El camarada Rutgers era más extenso, pero la comisión creyó que bastaba de sobra con insertar el inciso, pues cabe suponer que ya antes de la guerra y durante la guerra no había ninguna duda de que también los Estados de la Entente practicaban una política de rapiña, y solo las masas atrasadas podían seguir creyendo que esos Estados hacían la guerra en realidad por la libertad, el derecho, etc. Con la inserción de esta frase se pretende dejar las cosas claras a este respecto.
Lenin propone que sobre cada enmienda puedan hablar dos oradores, uno a favor y otro en contra. (Se aprueba.)
Nadie pide la palabra.
Albert (Alemania), conclusión: ¡Camaradas! Cuando el camarada Bujarin y yo nos pusimos a elaborar las Directrices, no creímos posible ponernos de acuerdo tan sin dolor sobre las distintas cuestiones, pues de entrada se pensaba que, dada la completa diversidad del desarrollo en los distintos países, sobre todo ahora, habría oposiciones y diferencias en gran medida. Que no haya sido así, que la conferencia haya aceptado las Directrices en líneas generales, es para nosotros extraordinariamente grato. Lo que nos importaba en primer lugar al redactar las Directrices era resumir las diversas etapas de desarrollo de la revolución en los distintos Estados y crear un todo unitario, y tendrán ustedes que admitir que no es un trabajo fácil. Por un lado, los países más avanzados en el desarrollo revolucionario podían plantear exigencias y deseos de largo alcance; por otro, los países atrasados pueden declarar: lo que ustedes exigen aquí en sus Directrices aún no está maduro para nosotros, todavía estamos muy lejos de poder abordar esas cosas. Y, sin embargo, se ha visto que los delegados se han declarado de acuerdo con lo que aquí se propone. Lo que se modificó en estas Directrices en la discusión de ayer lo examinó ayer por la noche la comisión de redacción, en la que participaron también los dos autores. También allí se ha logrado una unidad completa. Las modificaciones que les ha presentado hoy el camarada Platten, como presidente de la comisión de redacción, se han hecho de acuerdo con los autores. No se han introducido cambios de principio, solo algunos cambios de redacción. Hay que decir que las Directrices podrían ampliarse157 con extraordinaria facilidad. Pero desde el principio nos hemos limitado a lo más estrictamente indispensable, para hacer posible que círculos lo más amplios posible y muchas organizaciones se unan en torno a estas Directrices. Paso enseguida a una cuestión muy importante que las Directrices no tratan: el movimiento sindical.
Nos hemos ocupado largamente de esta cuestión. Hemos interrogado a los representantes de los distintos países sobre el movimiento sindical y tenemos que constatar que hoy es imposible tomar posición internacionalmente sobre esta cuestión en las Directrices, porque la situación del proletariado es completamente distinta en cada país. No hay ninguna solución de esta cuestión que podamos establecer como directriz unitaria respecto de los sindicatos. En Rusia se nos dice que el movimiento sindical, gracias a sus tendencias revolucionarias, desempeña un papel muy importante en el sistema soviético, que el poder soviético se apoya en parte en los sindicatos para la distribución de la producción y la dirección de las empresas. Aquí, pues, la cosa sería exactamente al revés; los camaradas finlandeses declaran que es imposible servirse de los sindicatos para la revolución. En Inglaterra, los sindicatos desempeñan a su vez un papel completamente distinto. En Alemania vemos que, tras el estallido de la revolución, los sindicatos han quedado completamente arrinconados, que todas las luchas económicas se llevan a cabo sin los sindicatos, e incluso contra ellos. Sería fácil decir: tenéis que revolucionarlos, poner dirigentes revolucionarios en lugar de los dirigentes amarillos. Pero eso no se puede hacer así como así, porque todas las formas de organización de los sindicatos están adaptadas al viejo sistema estatal, porque el sistema de consejos no es realizable sobre la base de los sindicatos de oficio. Nosotros, en Alemania, hemos confiado la dirección del movimiento económico al sistema de consejos. Los consejos de fábrica han asumido desde el estallido de la revolución toda la actividad, y los sindicatos en Alemania son de hecho meras organizaciones de socorro. No se puede prever ahora cómo seguirá el desarrollo, si será posible revolucionarlos, transformarlos en sindicatos de industria. Todas estas son condiciones que varían de un país a otro, de modo que nos parece imposible dar a los obreros directrices internacionales claras. Como esto no es posible, no podemos decidir hoy esta cuestión; tenemos que dejar que cada organización nacional tome posición sobre ella. Por eso hemos dicho de forma breve y concisa que, allí donde sea posible, hay que servirse de los sindicatos revolucionarios para la lucha.
Se ha pedido que se precise más aquí el concepto de «patria», que se diga a los obreros que, como comunistas, no tenemos ningún interés en la defensa de la patria. Aquí es necesaria una restricción, pues habría que decir: no tenemos ningún interés en la defensa de la patria burguesa, pero con una patria socialista la cuestión cambia para nosotros. Camaradas, vemos cómo los obreros de Rusia tienen un vivo interés en la defensa de la patria. Pero como las Directrices se proponen destruir el aparato del Estado burgués, es evidente que, con el hundimiento del orden social burgués, se hundirá también el concepto burgués de patria. Por esta razón les pido que renuncien también a esta exigencia.
La camarada Kascher desea que se trate más a fondo el sistema de consejos. Quisiera decirle que todavía vamos a discutir la cuestión del sistema de consejos y que se tomará posición sobre ella en resoluciones específicas.
Para terminar, les pido que aprueben las modificaciones propuestas aquí por la comisión de resoluciones y luego las Directrices en su conjunto. Si lo hacemos y se aprueban a ser posible por unanimidad, podremos presentarnos con ellas ante el mundo con plena confianza, podremos decir con plena confianza a los proletarios de todos los países: de vosotros depende crear organizaciones que emprendan sin contemplaciones la lucha en cada país, que se unan en la nueva y gran Tercera Internacional. A mi juicio, solo entonces será posible fundar la Tercera Internacional. Hoy las opiniones sobre lo que quieren los comunistas en los distintos países son tan diversas, y la ignorancia, no solo a causa de las calumnias malintencionadas de la burguesía, está tan extendida, que no hay ninguna posibilidad de informar a los círculos obreros que ya se han declarado por el comunismo sobre lo que piensan y hacen los partidos hermanos, los partidos comunistas de los demás países.
Platten: La discusión está cerrada. Ya no se puede introducir en el debate ninguna propuesta nueva. Ahora bien, el camarada Reinstein ha presentado la siguiente propuesta: la III Internacional Comunista invita a los revolucionarios de todos los países a ponerse manos a la obra con redoblada energía para llevar el movimiento sindical de sus países a un cauce verdaderamente revolucionario, para transformarlo, en cuanto a forma de organización, fines, táctica y espíritu, en un movimiento a la altura de los fines revolucionarios del comunismo.
Parece que lo más oportuno sería votar si la sesión de hoy está dispuesta a remitir esta propuesta de Reinstein a la comisión, para que esta decida definitivamente en qué forma puede hacerse una rectificación.
Albert: Opino que esta propuesta del camarada Reinstein no puede vincularse con las Directrices. Cada delegado es libre de presentar resoluciones aparte, para que se discutan y se voten al final del orden del día junto con las resoluciones generales, sin que se mezclen las propuestas con las Directrices.
Por eso propongo que la propuesta del camarada Reinstein se someta a votación en el punto «Varios».
Reinstein pide que se vote inmediatamente sobre ella.
Lenin: Tenemos que votar sobre estas cuestiones de procedimiento.
La resolución se aprueba por 16 votos contra 11158. No se han propuesto modificaciones, y pasamos a la votación del texto completo.
Klinger: Quien esté a favor de aprobar el texto completo, que responda sí.
| Partido | Voto |
|---|---|
| Partido Comunista de Alemania | sí |
| El Partido Comunista de Rusia | sí |
| El Partido Comunista de la Austria alemana | sí |
| El Partido Comunista de Hungría | sí |
| El Partido Comunista de Suecia | sí |
| Noruega | abstención |
| Suiza | sí |
| S. L. P. americano | sí, con la condición de que se apruebe la declaración. |
| Federación Revolucionaria Balcánica | sí |
| Partido Comunista Polaco | sí |
| Partido finlandés | sí |
| Partido Comunista Ucraniano | sí |
| Partido Comunista Letón | sí |
| Partido Comunista Lituano-Bielorruso | sí |
| Partido Comunista Estonio | sí |
| Partido Comunista Armenio | sí |
| Partido Comunista de las Colonias Alemanas | sí |
Albert: Las Directrices quedan aprobadas por unanimidad, con una abstención.
Reinstein hace constar en acta que vota a favor de la aprobación de las Directrices en la esperanza de que lo que falta en el documento —el énfasis en la necesidad de trabajar por revolucionar el movimiento sindical— quede completado con la aprobación de la resolución que ha presentado en ese sentido.
Albert: Pasamos al siguiente punto del orden del día: Democracia burguesa y dictadura del proletariado.
Lenin: Sobre esta cuestión se han redactado unas tesis. Los presentes tienen las tesis en alemán y en ruso. Los camaradas ingleses y franceses recibirán más tarde traducciones inglesas y francesas, de modo que no considero necesario volver a leer las tesis.
Albert: Se ha propuesto que las tesis solo se repartan, sin leerlas.
Reinstein: Propongo que se pase a otro punto y que las tesis se retomen más adelante, cuando los camaradas hayan tenido tiempo de leerlas.
Platten: Tenemos que seguir con el debate. La comisión de resoluciones ha discutido a fondo qué actitud adoptar ante estas tesis, y como ha llegado a la decisión de no discutir su contenido detallado, sino de presentar propuestas solo en cuanto a su impresión y su difusión internacional, convendría proceder a la lectura de las tesis y no discutir los puntos uno por uno.
Albert: Apoyo la propuesta y pregunto si hay más sugerencias en este sentido. Se propone no esperar a la impresión, sino continuar y pasar a la lectura. ¿Alguien está en contra?
Con un voto en contra se aprueba la propuesta de que se lean las tesis.
Lenin lee las siguientes tesis:
Siguen las tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado: véase la página del congreso.
¡Camaradas! Quisiera añadir algo sobre los dos últimos puntos. Creo que los camaradas que deben informarnos sobre la Conferencia de Berna nos dirán todavía más al respecto.
En toda la Conferencia de Berna no se dijo ni una palabra sobre la importancia del poder soviético. Desde hace dos años discutimos esta cuestión en Rusia. Ya en abril de 1917, en la conferencia del partido159, planteamos teórica y políticamente la cuestión: «¿Qué significa el poder soviético, cuál es su contenido, cuál es su significado histórico?». Desde hace casi dos años discutimos esta cuestión y hemos aprobado resoluciones al respecto en nuestro congreso del partido.
La Freiheit160 de Berlín publica el 11 de febrero un llamamiento al proletariado alemán firmado no solo por la dirección del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania, sino por todos los miembros de la fracción de los independientes. En agosto de 1918, el mayor teórico de estos independientes, Kautsky, escribió en su folleto La dictadura del proletariado161 que estaba a favor de la democracia y de los órganos soviéticos; pero que los sóviets solo debían tener importancia económica y nunca ser reconocidos como organizaciones del Estado. Ahora, en la Freiheit, Kautsky repite lo mismo en los números del 11 de noviembre y del 12 de enero. El 9 de febrero aparece un artículo de Rudolf Hilferding162, que es también una de las mayores autoridades teóricas de la II Internacional. Hilferding propone vincular jurídicamente, por vía estatal, el sistema de consejos con la Asamblea Nacional. Eso fue el 9 de febrero. El 11 de febrero todo el Partido Independiente acepta esta propuesta y la publica en un llamamiento.
Aunque la Asamblea Nacional ya existe, después de que se ha realizado la «democracia pura», después de que los mayores teóricos de los socialdemócratas independientes han declarado que las organizaciones soviéticas no deben ser organizaciones estatales, ¡después de todo eso, otra vez esta vacilación! Esto prueba que esta gente no ha entendido realmente nada del nuevo movimiento ni de sus condiciones de lucha. Pero prueba también otra cosa, a saber, que tiene que haber circunstancias, causas, que provocan esta vacilación.
Después de estos acontecimientos, después de casi dos años de revolución victoriosa en Rusia, cuando se nos presentan resoluciones como las de la Conferencia de Berna, en las que no se dice nada de los consejos ni de su importancia, y en ningún discurso de ningún delegado se ha dicho una palabra sobre ellos, entonces, afirmo, tenemos derecho a decir que toda esta gente está muerta para nosotros como socialistas y como teóricos.
Pero en la práctica, desde el punto de vista político, camaradas, es una prueba de que en las masas se está produciendo un gran proceso de transformación el que estos independientes, que teóricamente, por principio, estaban en contra de estas organizaciones estatales, propongan de repente semejante disparate: que se vincule la Asamblea Nacional con el sistema de consejos, es decir, que se una «pacíficamente» la dictadura de la burguesía con la dictadura del proletariado. Vemos cómo todos ellos han quebrado socialista y teóricamente, pero cómo fuera, en las masas, se está produciendo la mayor de las transformaciones. ¡Las masas atrasadas del proletariado alemán vienen hacia nosotros, han venido a nosotros! La importancia teórica, socialista, del Partido Independiente de los socialdemócratas alemanes, la mejor parte de la Conferencia de Berna, es, pues, nula; pero le queda cierta importancia, que consiste en que estos elementos vacilantes nos indican el estado de ánimo de las partes atrasadas del proletariado. En esto consiste también, a mi entender, la mayor importancia histórica de esa conferencia. Algo parecido vivimos en nuestra revolución. Nuestros mencheviques pasaron casi paso a paso por la misma evolución que los teóricos de los independientes en Alemania. Antes estaban a favor de los sóviets, cuando tenían la mayoría en ellos. Entonces se decía: «¡Vivan los sóviets!», y «a favor de los sóviets», «¡los sóviets son la democracia revolucionaria!». Después de que nosotros, los bolcheviques, obtuvimos la mayoría dentro de los sóviets, se dijo que los sóviets no podían existir junto a la Asamblea Nacional, y diversos teóricos mencheviques hicieron casi las mismas propuestas que los independientes alemanes: vincular el sistema de consejos con la Asamblea Nacional y organizarlo en el marco del Estado. Aquí se muestra una vez más que la marcha general de la revolución proletaria es la misma en todo el mundo. Primero, fundación espontánea de los sóviets; luego, su difusión y desarrollo; después, la cuestión que se plantea en la práctica: sóviets o Asamblea Nacional, o Asamblea Constituyente, o parlamentarismo burgués; la más completa confusión de los dirigentes, y por último la revolución proletaria. Pero creo que, tras casi dos años de revolución, no debemos plantear así la cuestión, sino hacer propuestas directas, porque la extensión del sistema de consejos es para nosotros, sobre todo para la mayoría de los países de Europa occidental, la tarea más importante.
Quisiera mencionar aquí solo una resolución de los mencheviques. Había pedido al camarada Obolenski163 que tradujera esta resolución al alemán. Me lo prometió, pero por desgracia no está aquí. Tengo que intentar reproducirla de memoria, porque no tengo aquí el texto completo de esta resolución.
Para un extranjero que no ha oído nada del bolchevismo es sumamente difícil formarse un juicio propio sobre nuestras controversias. Todo lo que dicen los bolcheviques lo niegan los mencheviques, y a la inversa. Naturalmente, en la lucha no puede ser de otro modo, y por eso tiene una importancia especialmente grande que la última conferencia del partido menchevique, en diciembre de 1918, aprobara una resolución larga y detallada, publicada íntegramente en el «Periódico de los Obreros Tipógrafos», menchevique. En esta resolución los propios mencheviques nos dan una breve historia de las luchas de clases y de la guerra civil. La resolución dice que condenan a los grupos de su partido que están aliados con las clases poseedoras, en los Urales, en el sur, en Crimea y en Georgia, y enumera todas esas regiones. Los grupos del partido menchevique que, aliados con las clases poseedoras, marcharon contra el poder soviético, quedan ahora condenados en esta resolución; pero el último punto condena también a quienes se han pasado al comunismo. De ahí vemos, en primer lugar, que los propios mencheviques tienen que reconocer que en su partido no existe unidad, sino que están en parte del lado de la burguesía y en parte del lado del proletariado. La mayor parte de los mencheviques se había pasado al lado de la burguesía y luchaba contra nosotros en la guerra civil. Naturalmente, perseguimos a los mencheviques; incluso los fusilamos cuando combaten en la guerra contra nosotros, contra nuestro Ejército Rojo, cuando fusilan a nuestros oficiales rojos. A la guerra de la burguesía respondimos con la guerra del proletariado; no puede haber otra salida. Así pues, desde el punto de vista político, no es más que hipocresía menchevique. Históricamente no se entiende cómo en la Conferencia de Berna, por encargo de los mencheviques y los socialistas revolucionarios, gentes a las que no se ha declarado oficialmente locas hablan de la lucha de los bolcheviques contra ellos y callan su propia lucha junto a la burguesía contra el proletariado.
Todos ellos hablan con mucha vehemencia contra nosotros porque los perseguimos. Es cierto. ¡Pero ni una palabra sobre la parte que han tomado los mencheviques en la guerra civil! Creo que debo dejar el texto completo de la resolución para el acta y pedir a los camaradas extranjeros que presten atención a esta resolución, porque es un documento histórico que plantea correctamente la cuestión y proporciona el mejor material sobre la disputa entre las tendencias «socialistas» de Rusia. Hay una clase entre el proletariado y la burguesía, gente que vacila de un lado a otro, como siempre ha ocurrido en todas las revoluciones, y es absolutamente imposible que en la sociedad capitalista, donde el proletariado y la burguesía forman campos enemigos, no haya capas intermedias. Son históricamente necesarias y, por desgracia, estos elementos vacilantes, que ni ellos mismos saben de qué lado lucharán mañana, existirán todavía bastante tiempo.
Tengo que hacer una propuesta práctica, que consiste en aprobar una resolución en la que se destaquen específicamente tres puntos.
En primer lugar: una de las tareas más importantes de los camaradas de los países de Europa occidental consiste en explicar a las masas el significado, la importancia y la necesidad del sistema de consejos. En esto hay falta de comprensión. Aunque Kautsky y Hilferding hayan quebrado como teóricos, los últimos artículos de la Freiheit prueban que reflejan correctamente el estado de ánimo de las partes atrasadas del proletariado alemán. Aquí también fue así: en los primeros ocho meses de la revolución rusa se discutió muchísimo la cuestión de las organizaciones soviéticas, y los obreros no tenían claro en qué consistía el nuevo sistema ni si se podía hacer de los sóviets un aparato de Estado. En nuestra revolución procedimos de manera práctica, no teórica. Por ejemplo, antes no planteamos teóricamente la cuestión de la Asamblea Constituyente; no dijimos que no reconocíamos la Asamblea Nacional. Solo más tarde, cuando las organizaciones soviéticas se hubieron extendido por todo el país y conquistado el poder político, solo entonces llegamos a disolver la Asamblea Constituyente164. Ahora vemos que en Hungría y en Suiza la cuestión se plantea de forma mucho más aguda. Por un lado, eso es muy bueno; de ahí sacamos la firme confianza en que la revolución en los países de Europa occidental avanzará más deprisa que entre nosotros y nos traerá mayores victorias. Pero por otro lado hay en ello cierto peligro, a saber, que las luchas se vuelvan tan tempestuosas que la consciencia de las masas obreras no pueda seguir el ritmo de este desarrollo. El significado del sistema de consejos todavía no está claro hoy para la gran masa de los obreros políticamente formados de Alemania, porque se ha educado en el sistema parlamentario y en los prejuicios burgueses.
En segundo lugar: sobre la extensión del sistema de consejos. Cuando oímos con qué rapidez triunfan los consejos en Alemania, e incluso en Inglaterra, esa es para nosotros la prueba más importante de que la revolución proletaria va a vencer. Solo se la puede detener por poco tiempo. Pero otra cosa es cuando el camarada Albert y el camarada Platten nos comunican que en sus países, en el campo, entre los obreros agrícolas y los pequeños campesinos, casi no hay consejos. He leído en la Rote Fahne165 un artículo contra los consejos de campesinos, pero —con toda razón— a favor de los consejos de obreros agrícolas y pequeños campesinos. La consigna de la burguesía y de sus lacayos, como Scheidemann y compañía, era ya: consejos de campesinos. Pero lo que necesitamos son precisamente los consejos de obreros agrícolas y pequeños campesinos. Por desgracia, sin embargo, vemos por los informes de los camaradas Albert, Platten y otros camaradas que —con excepción de Hungría— se ha hecho especialmente poco por extender el sistema de consejos al campo. Quizá resida en ello todavía un peligro práctico y bastante grande para la victoria segura del proletariado alemán. La victoria solo puede estar asegurada si están organizados no solo los obreros de la ciudad, sino también los proletarios del campo, y organizados no como antes en sindicatos y cooperativas, sino en sóviets. A nosotros la victoria nos resultó más fácil porque en octubre de 1917 marchamos con el campesinado, con todo el campesinado. En ese sentido, nuestra revolución era entonces una revolución burguesa. El primer paso de nuestro gobierno proletario consistió en que las viejas reivindicaciones de todo el campesinado, que ya antes, bajo Kérenski, habían expresado los consejos y las asociaciones campesinas, fueran declaradas ley por nuestro gobierno el 26 de octubre de 1917 (antiguo calendario), un día después de la revolución166. En eso consistió nuestra fuerza; por eso nos fue tan fácil ganar una mayoría grande, abrumadora. Entonces nuestra revolución siguió siendo, para el campo, para la aldea, una revolución burguesa, y solo más tarde, al cabo de medio año, nos vimos obligados a organizar luchas de clases en las aldeas en el marco de la organización del Estado, a fundar en cada aldea comités de pobres, de semiproletarios167, y a luchar sistemáticamente contra la burguesía rural. Eso era inevitable entre nosotros por el atraso de Rusia. En Europa occidental será de otro modo, y por eso tenemos que subrayar que la extensión del sistema de consejos también a la población rural, en formas adecuadas, quizá nuevas, es absolutamente necesaria.
En tercer lugar, tenemos que decir que la conquista de una mayoría comunista en los sóviets es la tarea principal en todos los países donde el poder soviético todavía no ha vencido. Ayer nuestra comisión de resoluciones discutió esta cuestión. Quizá otros camaradas informen todavía sobre ello, pero quisiera proponer que aprobemos este tercer punto como resolución aparte. Naturalmente, no podemos prescribir al desarrollo su camino. Es muy probable que la revolución estalle muy pronto en varios países de Europa occidental, pero lo que nosotros, como parte organizada de la clase obrera y como partido, nos proponemos y tenemos que proponernos es ganar la mayoría en los consejos. Entonces nuestra victoria estará asegurada, y ningún poder será capaz de emprender nada contra la revolución comunista. De otro modo, la victoria no será tan fácil ni tan duradera. Quisiera, pues, proponer que se apruebe el tercer punto como resolución aparte.
Albert: La resolución mencionada por el camarada Lenin podrá leerse por la tarde. Pasamos a la discusión de las directrices aquí propuestas y preguntamos si desean entrar en la discusión o remitir estas directrices al Buró para su difusión. ¿Se pide una discusión sobre estas directrices? ¿Están de acuerdo en que se remitan al Buró para su difusión?
Zinóviev: La decisión de la comisión iba algo más lejos: la comisión decidió por unanimidad no solo entregar estas directrices al Buró, sino también declararse solidaria, en nombre de la conferencia, con sus líneas principales.
Albert: Viene a ser lo mismo: que el Buró, en nombre de la conferencia, haga imprimir las directrices en los distintos países y las difunda allí.
Platten: Camaradas, para la sesión de hoy tenemos que presentar, en nombre del Buró, las siguientes propuestas. En primer lugar, hay que señalar que se han recibido dos declaraciones relativas a las Directrices: una declaración del camarada Reinstein y otra de la camarada Kascher. Después se ha presentado una propuesta para tratar la constitución de la III Internacional. A continuación vendría una declaración de los antiguos participantes de Zimmerwald y Kienthal. En tercer lugar, si nos constituimos en congreso, tendremos que decidir sobre el derecho de voto de los delegados que no pueden hacer la declaración en nombre de su partido. Luego vendría el informe sobre la Conferencia de Berna; eventualmente, si estamos en condiciones de designar enseguida al ponente, después del punto «Fundamentación de la resolución» abordaremos todavía el asunto «Política de la Entente». ¿Hay objeciones o se desea alguna aclaración?
Declaración de la camarada Kascher.
Me parece que mi posición sobre las «Directrices» no se ha interpretado conforme a lo que yo pensaba. Esto me obliga a hacer la siguiente declaración: «Estoy completamente de acuerdo con el contenido y con todos los principios expresados en ellas. Solo me parecía muy necesario ver ampliado el punto, sumamente importante, del camino de la victoria en el sentido de las experiencias de la revolución rusa y de la alemana, y por eso no podía votar a favor de unas Directrices que, a mi juicio, son incompletas».
Enmienda del camarada Reinstein a las Directrices.
«La III Internacional Comunista invita a los proletarios revolucionarios de todos los países a ponerse manos a la obra con redoblada energía y decisión para llevar el movimiento sindical de cada país a un cauce verdaderamente revolucionario, para transformarlo, en cuanto a forma de organización, fines, táctica y espíritu, en un movimiento a la altura de los fines revolucionarios del comunismo».
Les doy ahora a conocer una propuesta presentada por los delegados Rakovski, Gruber, Grimlund y Rudnyánszky. Dice así:
La propuesta de constitución de la III Internacional: véase la página del congreso.
Esta propuesta supone que volvamos sobre la decisión de si somos conferencia o congreso. La propuesta pide la constitución de la III Internacional. Se abre la discusión.
Albert: ¡Camaradas! Al comienzo de la conferencia ya nos habíamos ocupado, en largas discusiones, de la cuestión de si esta conferencia debía convertirse en un congreso en el que se fundara la III Internacional o si primero teníamos que hacer los preparativos para la fundación. A instancias de la representación alemana, que se sentía obligada por su mandato a no votar a favor de la fundación inmediata, habíamos acordado que esto fuera una conferencia que preparase la fundación de la III Internacional, y que esta no se fundaría sino más tarde. Como hoy, a pesar de aquella decisión, algunos representantes vuelven a intentar fundar aquí, pese a todo, la III Internacional de inmediato, me veo obligado a exponerles brevemente los motivos que nos llevaron a desaconsejar que se emprenda ya ahora la fundación. Cuando aquí se dice que la fundación de la III Internacional es una necesidad absoluta, nosotros nos atrevemos a negarlo. Cuando se dice que el proletariado, en su lucha, necesita ante todo un centro ideológico, se puede responder que ese centro ya existe, y que todos los elementos que se reúnen sobre la base del sistema de consejos ya se han desligado así, hoy mismo, de todos los demás elementos de la clase obrera que todavía se inclinan por la democracia burguesa; vemos que por todas partes la separación se prepara y se lleva a cabo. Pero lo que tiene que ser una III Internacional no es solo un centro ideológico, no es solo una institución en la que los teóricos se echen unos a otros discursos encendidos, sino que tiene que ser la base de un poder organizado. Si queremos hacer de la III Internacional una herramienta utilizable, si queremos convertir esta Internacional en un medio de lucha, entonces es necesario que existan también las condiciones previas para ello. Así pues, a nuestro juicio, esta cuestión no debe discutirse ni juzgarse solo desde el punto de vista ideológico, sino que es necesario que nos preguntemos con objetividad si existen las bases organizativas. Siempre tengo la impresión de que los camaradas que tanto empujan a la fundación se dejan influir considerablemente por la trayectoria de la II Internacional, y de que, una vez reunida la Conferencia de Berna, quieren oponerle una empresa competidora. Eso nos parece menos importante; y cuando se dice que la clarificación es necesaria porque, de lo contrario, todos los elementos dudosos podrían pasarse a los amarillos, yo digo que la fundación de la III Internacional no detendrá a los elementos que todavía hoy se pasan al otro lado, y si a pesar de todo se pasan, es que su sitio está allí. Pero la cuestión más importante al fundar una III Internacional es, ante todo, saber qué se quiere, sobre qué plataforma existe la posibilidad de unirse unos con otros. Los informes de los camaradas de distintos países han mostrado que no se conocían las opiniones sobre la actividad, sobre los caminos hacia la meta, y si los delegados de los distintos países han venido aquí, no podían venir con la resolución de participar en la fundación de la III Internacional. Su tarea tiene que ser informar primero a sus afiliados, y ya la invitación168 apunta en ese sentido, cuando dice en su primera página: «Todas estas circunstancias nos obligan a tomar la iniciativa para poner a discusión en el orden del día la cuestión de la convocatoria de un congreso internacional de los partidos proletarios revolucionarios». Así pues, ya en la invitación se dice que aquí primero tenemos que examinar la cuestión de si es posible convocar a los camaradas a un congreso fundacional. Que el desconocimiento de los caminos y los fines de cada partido era grande mientras aquí no había tenido lugar todavía el debate lo muestra el hecho de la carta de Longuet, un camarada activo en la vida política que se declara del centro, pero que todavía considera posible que participemos en las sesiones de la Conferencia de Berna. Tampoco nosotros, en Alemania, teníamos idea de lo grandes que son las diferencias entre los partidos; y cuando salí de Alemania iba preparado para duras discusiones sobre las distintas cuestiones. Puedo constatar que coincidimos en la mayoría de las cuestiones, pero eso no lo sabíamos de antemano. Si se quiere emprender la fundación de una III Internacional, hay que decir primero al mundo lo que se quiere, explicar primero qué camino tenemos ante nosotros, sobre el que queremos y podemos unirnos. Cuando se señala que la III Internacional ya se fundó en Zimmerwald, eso no es exacto. Aquello hace mucho que saltó en pedazos, y solo una pequeña parte de la izquierda puede tomarse en consideración para un trabajo común posterior. Si, por un lado, todas estas cosas son decisivas para desaconsejar que se emprenda ya ahora la fundación de la III Internacional, por otro lado son cuestiones de organización las que nos ponen en guardia. Porque ¿cómo están las cosas? Verdaderos partidos comunistas solo existen en unos pocos países; en la mayoría se han creado solo en las últimas semanas; en varios países en los que hoy hay comunistas, estos no tienen todavía organización. Me asombra que el representante de Suecia proponga la fundación de la III Internacional y tenga que admitir que en Suecia no hay todavía una organización puramente comunista, sino solo un gran grupo comunista dentro del partido socialdemócrata sueco. Sabemos que en Suiza y en otros países no existen partidos propiamente dichos, que primero hay que crearlos, de modo que los camaradas que están aquí solo pueden hablar en nombre de grupos. ¿Pueden decir hoy realmente quién está detrás de ellos? Finlandia, Rusia, Suecia, Austria-Hungría; de los Balcanes, ni siquiera toda la federación: los representantes de Grecia y de Serbia no consideran a Rakovski su representante. Lo que falta es toda Europa occidental: Bélgica e Italia no están representadas, el representante suizo no puede hablar en nombre de un partido, faltan Francia, Inglaterra, España, Portugal, y América tampoco está en condiciones de declarar qué partidos estarían con nosotros. Son tan pocas las organizaciones que participan en la fundación de la III Internacional que es difícil presentarse ante la opinión pública. Por tanto, antes de proceder a la fundación es necesario que demos a conocer al mundo nuestra plataforma e invitemos a las organizaciones comunistas a declarar si están dispuestas a fundar con nosotros la III Internacional.
Es necesario impulsar las organizaciones comunistas, porque ya no es posible hacer causa común con los Kautsky y los Scheidemann. Les advierto encarecidamente contra el propósito de fundar hoy la III Internacional; les ruego que no actúen precipitadamente, sino que convoquen en el plazo más breve un congreso en el que se funde entonces la nueva Internacional, pero una Internacional que tenga realmente una fuerza detrás.
Estas son las reservas que mi organización tiene contra la fundación inmediata de la III Internacional, y les ruego que consideren con detenimiento si es aconsejable emprender ya hoy la fundación sobre estas bases tan endebles.
Zinóviev: ¡Camaradas! Ustedes saben que nuestro partido se pronunció desde el comienzo de nuestros trabajos por la fundación inmediata de la III Internacional. En nombre de nuestro Comité Central declaramos que, a nuestro juicio, los intereses del proletariado ruso, así como los de la clase obrera internacional, lo exigen imperiosamente. Pero declaramos también que nuestros amigos alemanes insistían en que se aplazara todavía. Al comienzo de nuestros trabajos nos mostramos dispuestos a constituirnos como conferencia. Pero después llegaron los camaradas de Austria, de los países balcánicos y de Suecia, y nos dicen, como ya esperábamos, que seguir vacilando podría perjudicar al movimiento revolucionario de sus países. Ayer discutimos a fondo la cuestión en la comisión de resoluciones y decidimos por unanimidad proponer a la asamblea que se constituya como III Internacional. El camarada Albert dice: ¿por qué insistimos tanto? ¿Qué necesidad hay de que la III Internacional se funde inmediatamente? Creo que podemos darle la vuelta a la pregunta y pedirle que exponga las razones por las que los obreros de todos los países deberían aplazar ahora la fundación de la III Internacional. Tenemos una revolución proletaria victoriosa en un gran país, tenemos una gran revolución que marcha hacia la victoria en dos países, ¡y después de eso vamos a decir que todavía somos demasiado débiles! Enarbolamos como divisa la consigna de la república internacional de los consejos, y nadie la llamará una utopía. Estamos convencidos de que es cosa del futuro próximo, ¿y vamos a echarnos atrás ante la formación de una III Internacional que no ha de servir sino como herramienta para fundar una república internacional de los consejos? Todo el mundo tendrá que reconocer que, si fundamos la III Internacional, las capas más amplias de las masas obreras de todos los países acogerán este acto con entusiasmo. Pero si vacilamos, nos pondrán grandes signos de interrogación.
¿Querían ustedes tener antes la fundación formal de partidos comunistas en todos los países? Tienen una revolución victoriosa, y eso es más que una fundación formal. Tienen en Alemania un partido que marcha hacia el poder y que dentro de unos meses formará en Alemania un gobierno proletario. ¿Y vamos a vacilar? No nos entenderán. Desde el punto de vista de Longuet podría aplazarse. Que se espere hasta que se hayan reunido los correspondientes señorones de congreso; pero precisamente desde el punto de vista de los comunistas no se puede defender semejante espera. Les recuerdo que la clarificación ideológica comenzó ya en 1915 en Zimmerwald. No solo una clarificación ideológica: ahora tenemos ante nosotros una organización. Y el partido de los actuales comunistas alemanes participó activamente en ello. Les recuerdo que la izquierda de Zimmerwald elaboró una plataforma y que algunos de los comunistas alemanes participaron en su elaboración. Entonces tomamos como base las directrices elaboradas por el grupo Internacional169. Han pasado tres años, ahora estamos juntos de nuevo por primera vez y se trata de dar el paso hacia la organización internacional. Por eso creo que debemos hacerlo. Estamos convencidos de que los obreros alemanes dirán: habéis obrado bien. No queremos trabajar ahora con el sentimiento de que somos demasiado débiles; debemos estar animados por el sentimiento de la mayor fuerza, por la convicción de que el futuro próximo pertenece a la III Internacional, y si trabajamos con este ánimo daremos sin vacilar este paso necesario. Tras madura reflexión, nuestro partido propone, pues, que se forme de inmediato una III Internacional. Eso mostrará al mundo entero que estamos preparados tanto ideológica como organizativamente. Fijémonos en el cuadro que ofrece la Conferencia de Berna. Se trata de que nos presentemos con plena convicción frente a esos pusilánimes. La pobreza ideológica se ve en cada línea de las resoluciones de Berna. No se atrevieron a decir la última palabra. Nosotros tenemos razones para expresar con valentía todo lo que pensamos.
Balabánova170 (Comisión de Zimmerwald): Aprovecho la ocasión para, cumpliendo con mi deber, transmitir a los aquí reunidos el saludo más caluroso de la gran mayoría de los partidos y organizaciones que pertenecen a Zimmerwald y de todos aquellos que se han agrupado en torno a la bandera de Zimmerwald. Tengo el derecho moral de suponer que, si obstáculos políticos y técnicos no hubieran impedido a los representantes de esos partidos presentarse aquí, no se habrían conformado con un saludo platónico, sino que habrían celebrado y apoyado en persona la fundación de la Tercera Internacional Comunista. En relación con esto, quisiera referirme a las objeciones del camarada Albert. Sus argumentos parecen lógicos, pero no tiene en cuenta lo principal. También en la II Internacional, sobre todo en la última fase de su existencia, se subrayaba a menudo en los discursos el divorcio entre la palabra y la acción. Pero hay momentos históricos en que la palabra se convierte en acción y la palabra no pronunciada a su debido tiempo se convierte en un freno para la acción. Hoy no solo el proletariado, sino toda la opinión pública, todo lo que piensa o siente políticamente, es consciente de que se trata de una lucha decisiva entre el poder de la burguesía y el poder del proletariado. Puesto que me fue dado, hasta el momento en que los acontecimientos —la revolución alemana, por un lado, y la reacción enloquecida de los países de la Entente, ebrios de victoria, por otro— destruyeron el marco de toda organización internacional, mantener en alto la bandera de la organización de Zimmerwald y, en la medida en que lo permitían las circunstancias políticas, seguir en contacto con las organizaciones correspondientes, me creo con derecho a constatar también aquí que, desde la segunda revolución proletaria en Rusia171, la opinión pública revolucionaria y con consciencia de clase se ha puesto por completo del lado del poder soviético ruso y se adhiere a las ideas fundamentales realizadas en él. Por lo que respecta a Zimmerwald, debo subrayar que se trataba de una organización fundada con carácter provisional, que tenía esencialmente el carácter de una defensiva contra la guerra imperialista, contra la conducta vergonzosa de las mayorías socialpatriotas, y no de la fundación definitiva de un nuevo centro internacional. Sabíamos que, cuando la vida política siguiera su curso normal, el proletariado con consciencia de clase, su vanguardia revolucionaria, no dejaría de ajustar cuentas con quienes lo habían traicionado tan vergonzosamente en el momento más difícil y decisivo; entretanto, a los elementos de todos los países que se habían mantenido fieles al socialismo les importaba entrar en contacto teórico y práctico unos con otros, iluminar ante las masas, a la luz del socialismo científico, los abrumadores acontecimientos y sacar de ellos las consecuencias teóricas correspondientes.
¡Camaradas! Tan pueril y presuntuoso como sería pretender que los acontecimientos que están transformando el mundo en Rusia y en Alemania se producen según alguna prescripción concreta de Zimmerwald, igual de injusto sería atribuir a Zimmerwald los descarríos de los partidos o minorías pertenecientes a Zimmerwald. Del mismo modo que los dirigentes de las organizaciones de Zimmerwald consideraron su deber y su derecho, al segundo día de la insurrección proletaria en Rusia, cuando todavía no se sabía si no sería ahogada en las horas siguientes por la derrota y el derramamiento de sangre, declararse solidarios con ella y, con la publicación del llamamiento a la huelga de masas internacional, exhortar a las masas obreras con consciencia de clase a apoyar con todos los medios la causa del proletariado ruso, conforme a las resoluciones de la tercera conferencia de Zimmerwald172, así también creo ahora —sin desconocer en absoluto la gran responsabilidad que asumo— ejercer mi derecho y mi deber al declarar que la mayoría de los partidos agrupados en Zimmerwald apoyan la fundación inmediata de la Tercera Internacional. En una resolución que ha de someterse a la reunión de hoy he leído que se pide al Comité Ejecutivo de la Comisión de Zimmerwald que entregue su archivo a la organización recién fundada. Quisiera añadir —dejando aparte hasta qué punto tengo la competencia jurídica, como secretaria de la C. S. I., para emprender algo concreto sin consultar a los demás miembros de la comisión, y dejando aparte que, por razones policiales y materiales —mi expulsión de Suiza, la imposibilidad de llevarme el archivo y otras por el estilo—, ya no estaba en condiciones de satisfacer esta petición— que quisiera expresar mi convicción de que, si ningún obstáculo policial se interpusiera ante la participación en esta reunión de las capas más amplias del socialismo revolucionario internacional y de las masas más extensas, nos sería dado aportar a la Internacional que aquí se funda no solo la herencia material de Zimmerwald, sino la solidaridad más enérgica, la felicitación más calurosa y la colaboración más enérgica de millones de cerebros y corazones proletarios.
Grimlund: Quisiera subrayar frente al camarada Albert que no me ha entendido del todo bien. Represento al Partido de Izquierda Sueco, que se ha separado del partido socialpatriota. Este partido ha defendido enérgicamente la posición de Zimmerwald y de la revolución proletaria rusa. Es cierto que en el partido no reina una unidad completa, que en él hay elementos que no se adhieren del todo a esta posición, pero no cabe ninguna duda de que en su primer congreso el partido se adherirá también formalmente al Partido Comunista. Me asombra que el camarada Albert, que viene de Alemania, pueda tener reservas y no quiera o no pueda ver que solo en la fundación de una internacional comunista tiene el proletariado la posibilidad de pisar terreno firme. Saludo a la III Internacional y considero que es un deber y una obligación proceder ahora mismo a su fundación.
Rahja173: ¡Camaradas! A la reunión previa que acaba de mencionar el camarada Albert asistieron también los delegados de la organización del Partido Comunista de Finlandia, que represento aquí. Cuando allí se planteó la cuestión de si sería posible y oportuno fundar la III Internacional en esta conferencia, nuestra delegación decidió presentar a toda la conferencia la siguiente declaración, que voy a leer ahora.
Declaración de los representantes del Partido Comunista de Finlandia.
«Dado que el partido que representamos nos ha delegado con un objetivo claramente expresado aquí, a la conferencia fundacional de la III Internacional, quisiéramos presentar a la asamblea la siguiente declaración, brevemente formulada:
Declaración.
El Partido Comunista de Finlandia considera que la cuestión de la fundación de la III Internacional está madura y que esta necesidad la dictan la situación internacional general y las tareas del movimiento internacional del proletariado revolucionario.
La II Internacional, cuyos dirigentes traicionaron la causa del proletariado al comienzo de la guerra mundial, está de hecho muerta para el proletariado revolucionario y, por tanto, no puede servir ya de vínculo en la lucha ulterior por la emancipación de la clase obrera.
La Conferencia de Berna de los socialpatriotas tenía como objetivo principal restablecer las fórmulas ya caducas y crear un centro en torno al cual pudieran agruparse, bajo la máscara de la lucha por la emancipación de las clases oprimidas, los elementos socialpatriotas y vacilantes de la II Internacional; y —lo que es especialmente importante— la Conferencia de Berna ha determinado que la II Internacional ha seguido y sigue existiendo.
La falta de una organización comunista sólidamente trabada en lo ideológico y en lo organizativo a escala internacional ofrece la posibilidad de que, bajo la máscara de la unidad internacional, el engaño internacional bajo la bandera de la II Internacional siga adelante con provecho.
La ruptura con los socialtraidores y los socialpatriotas ya se ha producido efectivamente en una serie de los países más importantes.
Al luchar contra la burguesía imperialista, el proletariado revolucionario de Rusia, Alemania, Italia, Inglaterra, Austria-Hungría, América, Francia, Suecia y una serie de otros países lucha al mismo tiempo contra los socialtraidores y los socialpatriotas, que siguen pavoneándose al amparo de la II Internacional.
La fundación de la III Internacional planteará concretamente, en toda una serie de países, a los partidos y agrupaciones existentes la cuestión de a qué Internacional quieren adherirse y con qué fin, y trazará así sin falta una línea divisoria decisiva y aportará claridad a las relaciones entre las distintas corrientes, con lo que sin ninguna duda se unirán en el plazo más breve las fuerzas revolucionarias del mundo entero.
Si la conferencia aquí reunida está en condiciones de elaborar una plataforma teóricamente indiscutible y tácticamente aplicable, el partido considera que con ello la cuestión de la fundación de la III Internacional quedará de hecho ya resuelta; en cambio, el rechazo formal de tal fundación debilitará las fuerzas del proletariado internacional en su lucha contra el capitalismo y su sostén: la Internacional amarilla socialpatriota.
Esta declaración surgió cuando en la reunión previa solo hubo, de hecho, un intercambio de opiniones entre los delegados de nuestro partido y los de los espartaquistas. En efecto, cuando nuestra delegación celebró entonces la fundación de la III Internacional, el camarada Albert planteó algunas objeciones sobre las que me permito volver ahora. El camarada Albert declara que, antes de proceder a la fundación de la III Internacional, hay que saber a qué se aspira. Me permito dirigir al camarada Albert esta pregunta: el proletariado alemán, que ha luchado tan heroicamente no solo contra la burguesía imperialista, sino también contra los Scheidemann y los Noske174, ¿sabe lo que quiere? Estoy firmemente convencido de que el proletariado alemán, que en este momento ha sufrido una derrota, continuará en todo caso su lucha bajo las mismas consignas, independientemente de que se funde ahora aquí la III Internacional o no. Hoy no se trata en todo el mundo de la cuestión de la propaganda o de la creación de un aparato para educar a las masas. En todos los países se trata de la lucha de dos dictaduras, la dictadura burguesa y la dictadura del proletariado. Esta lucha no tiene hasta ahora ningún centro internacional que la una y se libra de forma dispersa. El camarada Albert ha declarado que todavía no está establecida, por el momento, la posición de los distintos partidos de los diversos países respecto a la fundación de la III Internacional. En nuestra opinión, la opinión del Partido Comunista de Finlandia, la respuesta a esta pregunta la tenemos en el inmenso movimiento revolucionario que se desarrolla ahora en el mundo entero. Esa respuesta dice clara y llanamente a qué aspira el proletariado. Este movimiento revolucionario del proletariado occidental muestra claramente que, si el proletariado del mundo entero tuviera semejante centro que lo uniera, la lucha sería mucho más fácil y más fructífera. El camarada Albert declara que el proletariado revolucionario alemán no puede tener nada en principio contra la fundación de la III Internacional. En su caso se trata solo de consideraciones puramente formales. Pero sería un error aplazar la fundación de la III Internacional por consideraciones de carácter puramente formal o por la falta de algún mandato o del representante de un país cuyo proletariado no ha podido enviarlo. Es perfectamente comprensible que los representantes no hayan podido reunirse aquí en el número necesario. Además, la fundación de la III Internacional es muy importante también porque, como centro del movimiento obrero revolucionario internacional, tendría ahora una importancia inmensa. Si semejante centro hubiera existido ayer, hace una semana, hace un mes, podemos estar seguros de que el proletariado revolucionario de todos los países habría podido librar la lucha que prosigue con heroico esfuerzo de un modo mucho más intenso y acertado. La primera noticia de la fundación de la III Internacional será recibida con júbilo en el mundo entero.
Rakovski hace notar que existe una analogía entre la posición de los actuales representantes de los comunistas alemanes y la del camarada Ledebour, en la medida en que también entonces, cuando se trataba de la aprobación de los créditos, este último declaró que estaba en contra de la aprobación de los créditos, pero que no quería verse obligado por una resolución de la que pudiera decirse que había nacido de la presión del extranjero. Estos prejuicios, el temor a que la opinión pública pudiera hablar de una presión extranjera, han dominado en la II Internacional. Es hora de librarse de estos prejuicios.
También por otras razones es necesaria la fundación inmediata de la III Internacional. Si ahora no se llegara a fundar la III Internacional, se despertaría en el mundo exterior la sospecha de que los comunistas no están unidos entre sí. Además, se estaría autorizado a suponer que se trata de un voto de desconfianza hacia la república soviética rusa, lo que tendría un gran alcance moral y político.
En cuanto a lo práctico, es decir, que aquí no están representados todos los partidos, hay que hacer notar que, cuando se emprendió la fundación de la histórica Primera Internacional, las circunstancias no eran mejores a este respecto; los partidos no estaban representados de forma más completa que ahora. Se trata de dar directrices a la Internacional. En lo principal —en lo que se refiere a la lucha de clases y a la expropiación inmediata de la propiedad de la tierra y del capital— todos están de acuerdo, y por eso no sería oportuno renunciar por razones formales a la fundación inmediata de la III Internacional.
Rudnyánszky: ¡Camaradas! Los comunistas de Hungría se han unido a la propuesta de que la III Internacional se funde aquí también formalmente, porque de hecho vive desde hace mucho. Esta III Internacional nació en la lucha del proletariado ruso contra la burguesía rusa. El Partido Comunista de Hungría se mantiene firme en esta posición. No es posible estar recalcando sin cesar que la II Internacional ha muerto, que las voces de los que deliberan en Berna están muertas y que nosotros, aquí en Moscú, somos participantes de una Internacional viva, nacida ahora en la lucha. ¿Tememos quizá la sanción formal de la fundación de esta III Internacional, que de hecho ha sido conquistada en la lucha del proletariado ruso? Una lucha así la ha empezado también el proletariado comunista alemán, y en una lucha así se encuentra ya hoy el proletariado comunista revolucionario de Hungría. Nosotros, camaradas, esperamos que esta conferencia, como ha propuesto el camarada Zinóviev, se constituya en congreso y funde también formalmente la III Internacional.
Sadoul (traducido por la camarada Balabánova): El camarada Sadoul dice que solo quiere hacer un par de observaciones para refutar las objeciones del camarada Albert. Ante todo, se ha dicho que la asamblea de hoy no está completa. Pero ¿podría contarse con una más completa? No hay que olvidar que los partidos que todavía tienen que luchar en sus países con grandes dificultades políticas no tienen la posibilidad de estar aquí en una fecha determinada.
En segundo lugar, quiere llamar la atención sobre la situación en que se encontrarían los partidos nacionales si el intento no tuviera éxito. Las contradicciones se agudizarían, porque no habría ningún centro. Si se fundara ese centro, se podría regular el movimiento mediante una organización más rigurosa, cuya representación permanente debería estar en Rusia. El camarada Sadoul apela al sentimiento internacionalista del camarada Albert y le pide que renuncie a su posición.
Todas las luchas en los distintos países ganarían en prestigio si fueran dirigidas por un centro internacional.
Gruber (Austria alemana): ¡Camaradas! Como uno de los firmantes de la propuesta, quisiera decir todavía algo para fundamentarla. Los comunistas austriacos pensaron ya desde el comienzo del movimiento en crear una nueva Internacional. Aspirábamos a ello sin saber que en otros países se habían formado partidos sobre la base del Manifiesto comunista, de la dictadura del proletariado. Ahora, para nuestra extrañeza, el representante del Partido Comunista de Alemania declara que por reparos formales no puede decidirse a dar su aprobación a la propuesta. Sabemos que en París se está forjando una obra semejante a la Santa Alianza, destinada a aplastar de raíz todos los movimientos revolucionarios del proletariado internacional175, y que al mismo tiempo en Berna se crea una obra que tiene por objeto desviar la energía revolucionaria del proletariado. En Berna se ha nombrado una comisión que vendrá a Rusia a averiguar cómo están las cosas con el bolchevismo176. Los señores Bauer, Renner, Adler y Kautsky han de encontrar aquí en Moscú no solo una nueva plataforma, sino también una nueva organización del proletariado internacional. Han de ver que no esperamos a averiguar cómo es el bolchevismo en lo más íntimo, sino que pensamos mucho más lejos en el futuro que esas lumbreras científicas del socialismo. Esto me lleva a pedir al camarada Albert que desista de su abstención. Vivimos en una guerra civil permanente. Ya hoy tenemos que oponer a la coalición de la burguesía una coalición sólida del proletariado revolucionario, y ante eso tienen que desaparecer todas las reservas que tengan algunas secciones del proletariado. Me jugaría la cabeza a que, si llegara a Múnich o a Bremen o a cualquier otro lugar y dijera: «Camaradas, ¿habríais estado a favor de que fundáramos en Moscú la Internacional?», estoy seguro de que dirían: «Has tenido razón». E incluso si alguno de nosotros ha recibido la instrucción de no votar, la obra que ha contribuido a crear es mucho más grande e importante que la disciplina formal que cree tener que observar. Nosotros, como comunistas, queremos trabajar con economía, no queremos malgastar fuerzas ni tiempo. Eso solo puede hacerse mediante un organismo central que tenga el derecho de dar directrices determinadas a todas las secciones. Si tenemos un Buró, este tiene que representar a todas las secciones y estar sin falta en contacto con todas las secciones del proletariado. Ahora el camarada Albert quiere informar primero a sus compañeros de partido antes de dar su voto a la fundación de la Internacional. Pero quizá dentro de unos meses todavía no sea posible volver a reunirse. Por eso estamos a favor de que se funde la Internacional. Ya desde el comienzo de la revolución rusa, Rusia es el centro ideológico del movimiento comunista del mundo entero; pero hay que crear también un centro material. Eso solo puede hacerse mediante una organización. No tenemos la culpa de que no estén representados todos los países. Precisamente la III Internacional ha de hacer posible que en los países donde todavía no existen organizaciones sobre bases comunistas se creen organizaciones.
Y así podrían citarse aún una serie de razones a favor de la creación inmediata de la Internacional. Para terminar, les ruego: ¡aprueben la propuesta por unanimidad! Entonces la Conferencia de Moscú se convertirá, en mayor medida aún que la fundación de la I y de la II Internacional, en la encarnación de la voluntad de lucha y de la certeza de la victoria del proletariado revolucionario.
Platten comunica que hay todavía cuatro oradores inscritos y propone cerrar la lista de oradores (se aprueba).
Feinberg (traducido por el camarada Reinstein): El camarada Feinberg quiere advertir al camarada Albert de que no está de acuerdo con sus objeciones. Ciertamente, no está autorizado a hablar en nombre del partido socialista inglés, porque aquí solo representa a una organización local, pero todo lo que ha ocurrido en el movimiento inglés le autoriza a suponer que los obreros ingleses se habrían pronunciado, por supuesto, a favor de la fundación de la III Internacional. Subraya que su partido, aunque no pudo hacerse representar en Zimmerwald, fue considerado miembro de la Unión de Zimmerwald, y cree que podría hacerse lo mismo con los partidos que hoy no han podido acudir por razones técnicas. Señala que el British Socialist Party177 rompió hace ya mucho con la II Internacional y que no cabe ninguna duda de que celebraría la fundación de la III Internacional.
Platten: Se ha presentado una moción de cierre del debate.
¿Quién desea pronunciarse a favor y quién en contra? Se aprueba la moción.
Se ha decidido cerrar el debate. Pasamos, pues, a la votación.
Se somete a votación una propuesta firmada por Rakovski, Gruber, Grimlund y Rudnyánszky.
Se da lectura de ella.
La propuesta de constitución de la III Internacional: véase la página del congreso.
Es una propuesta presentada para que se decida si debe procederse a la fundación de la III Internacional.
Quien esté a favor de esta propuesta, que diga sí; quien esté en contra, que diga no.
Voto deliberativo:
| Partido | Voto |
|---|---|
| Partido Comunista de Alemania | Abstención |
| Rusia | Sí |
| Austria alemana | Sí |
| Hungría | Sí |
| Suecia | Sí |
| Noruega | Sí |
| Suiza | Sí |
| América | Sí |
| Federación Balcánica | Sí |
| Polonia | Sí |
| Finlandia | Sí |
| Ucrania | Sí |
| Letonia | Sí |
| Lituania | Sí |
| Estonia | Sí |
| Armenia | Sí |
| Región de los colonos178 | Sí |
| Grupo Unido de los Pueblos Orientales de Rusia | Sí |
Unanimidad con 5 abstenciones179.
Voto consultivo:
| Partido | Voto |
|---|---|
| Checo | Sí |
| Búlgaro | Sí |
| Sudeslavo | Sí |
| Inglés | Sí |
| Francés | Sí |
| Holandés | Sí |
| Liga Americana de Propaganda Socialista | Sí |
| Suizo | Sí |
| Turquestano | Sí |
| Turco | Sí |
| Georgiano | Sí |
| Azerbaiyán | Sí |
| Persia | Sí |
| Chino | Sí |
| Coreano | Sí |
Resultado: los de voto consultivo, por unanimidad, y los de voto deliberativo, con 5 abstenciones.
(Vivos aplausos.)
Se entona con entusiasmo La Internacional.
Platten: ¡Camaradas! Continuamos los debates con el nombre de «Congreso de la Internacional Comunista». Ante todo tenemos que votar sobre el derecho de voto. Está claro que, dadas las circunstancias en que algunos delegados recibieron su invitación, hay que plantear la cuestión de si están autorizados también a emitir su voto después de la resolución que acabamos de adoptar. La comisión de resoluciones propone por unanimidad que los camaradas conserven el derecho de voto.
¿Hay objeciones? Parece que no. Ustedes han decidido no modificar la proporción de votos. Los delegados ucranianos tienen que dejarnos ahora, deben volver a su tierra para poder participar en un congreso de su país. Conviene dar a los camaradas un saludo para los camaradas de allí.
Dice así: «El Congreso de la Internacional Comunista envía un cordial saludo a los camaradas ucranianos con motivo del tercer congreso de los sóviets de Ucrania180. Por fin los camaradas ucranianos han logrado derrocar a los enemigos en su propio país y hacer saber a los intervencionistas de la Entente que los obreros y los campesinos pobres de Ucrania lucharán por la república soviética y no por el dominio de ninguna burguesía. ¡Viva la dictadura del proletariado! ¡Viva la revolución social!».
Quien quiera dar su aprobación a este saludo, que lo manifieste a mano alzada. Entregamos este saludo a los camaradas ucranianos.
Ahora el camarada Albert ha pedido la palabra para una declaración:
Albert: ¡Camaradas! Por encargo de mi partido, y también por mi convicción personal, me he esforzado al máximo por aplazar la fundación de la Tercera Internacional. A pesar de ello, su fundación es ya un hecho. No puedo ocultar que me asaltan serias dudas y graves preocupaciones cuando pienso que todavía no lleva en sí la fuerza y la solidez que le deseamos. Pero les declaro que volveré a Alemania e intentaré con todas mis fuerzas mover a mis camaradas a declarar lo antes posible que también ellos son miembros de la Tercera Internacional.
Platten: Se ha hecho tarde, pero todavía tenemos que tocar brevemente un punto del orden del día y poner el resto del tiempo a disposición de la comisión. Por parte de los camaradas de Zimmerwald, que están representados aquí por los camaradas Balabánova, Zinóviev, Lenin, Trotski, Platten, etc., se ha presentado la siguiente declaración.
Sigue la declaración de los participantes de Zimmerwald: véase la página del congreso.
Platten: Del camarada Bujarin se ha recibido la siguiente resolución.
Sigue la resolución sobre la Unión de Zimmerwald: véase la página del congreso.
Se aprueba por unanimidad.
Platten levanta a continuación la sesión a las nueve y media.
Cuarta sesión, miércoles 5 de marzo de 1919
6 de marzo de 1919.181
Lenin abre la sesión a las doce y media y concede la palabra al camarada Platten (Suiza).
Tema: «La Conferencia de Berna y la actitud ante las corrientes socialistas».
Platten: ¡Camaradas! Al estallar la guerra, la II Internacional se reveló como un colegio de socialdemócratas que no estaban dispuestos a hacer respetar las resoluciones anteriores ni a desplegar una actividad revolucionaria proletaria. El Buró182 y sus partidarios se pasaron a los socialdemócratas, a aquellos que se afanaban ansiosamente por utilizar su influencia sobre las organizaciones para poner también las organizaciones obreras al servicio del gobierno de su país. A esa gente la exhortamos varias veces durante la guerra a que recordara sus obligaciones internacionales y pasara de una vez a los hechos, conforme a las resoluciones de Stuttgart183, con acciones que hubieran tenido por consecuencia el desarme de la burguesía internacional. El Buró no atendió ese llamamiento, esa exigencia, y es característico que la guerra europea haya podido liquidarse sin que el Buró hiciera lo más mínimo por dirigir un llamamiento a la lucha a los proletarios del mundo entero. Contribuyó a facilitar a las clases dominantes la guerra por el acrecentamiento de sus posesiones.
En ese Buró estaban representados los socialpatriotas, que en materia de mentira y engaño han hecho todo lo que estaba en su mano. Para nosotros, socialistas de concepción revolucionaria y comunista, estaba completamente claro que con esa gente, que se ha vendido a sus gobiernos como un alma en pena al diablo, no podía seguir habiendo relación alguna. Para nosotros la II Internacional está muerta. Que esa gente se reúna en un congreso para recuperar su prestigio y para poder anunciar a los gobiernos que sigue teniendo derecho a existir y que está dispuesta a seguir practicando la traición a los obreros: no conseguirá restaurar la vieja Internacional.
Voy a ponerles al corriente de cómo se fraguó, en el plano puramente organizativo, la reunión internacional de Berna, para mostrarles los esfuerzos que desplegamos por nuestra parte para inducir a nuestros camaradas de Zimmerwald a adoptar una actitud de rechazo frente al congreso. Está completamente claro que con esta conferencia se perseguía el fin de demostrar que el proletariado seguía teniendo una Internacional. La razón más profunda de la reunión era que los señores políticos de la Entente consideraban deseable obtener, además, la sanción correspondiente de la «Internacional socialista» para la política que practicaban. Como fieles servidores de sus gobiernos nacionales, esa gente podía reunirse sin salirse de su papel al constituirse en instrumentos burgueses de las potencias de la Entente. El congreso debió de perseguir también el propósito de, con la resurrección de la II Internacional, romper al mismo tiempo el frente de la revolución, llevar a la disolución al grupo de Zimmerwald en su composición de antes y, si era posible, aislar a los comunistas revolucionarios. Hay que reconocer aquí que Zimmerwald, como estructura política formada por diversas agrupaciones, no tenía fuerza para poder decir que era una Internacional animada por una idea unitaria y por la voluntad de actuar. La Conferencia de Zimmerwald fue una alianza de partidos dispuestos a emprender la lucha contra la continuación de la guerra. Que entre los aliados había graves diferencias se puso de manifiesto en cuanto se abordó la cuestión de la revolucionarización de las masas y del derrocamiento violento. En efecto, al convocar la Conferencia de Berna, los socialpatriotas consiguieron que algunos de los antiguos camaradas de Zimmerwald participaran en ella, lo que prueba lo poco fundada que estaba la ideología revolucionaria en una parte de los zimmerwaldianos. Nosotros, los internacionalistas revolucionarios de Suiza, que podíamos servir de eslabón entre los países de Europa occidental y las potencias centrales, teníamos que resolver una tarea difícil, que consistía ante todo en decidir a nuestro propio partido nacional a no participar en la conferencia. Está claro que, si el partido suizo hubiera decidido participar, lo habría anunciado con gran pompa, pero nosotros, la dirección del partido en Zúrich, habíamos hecho todo lo posible para impedir ese paso.
Hay que mencionar también aquí que tuvimos que cumplir un encargo que me hizo el camarada Longuet, de Francia: comunicar a los camaradas rusos que el partido francés enviaría delegados a la conferencia y que vería con mucho agrado que los camaradas rusos acudieran también. Transmití ese telegrama al camarada Vorovski184, con la esperanza de que mediante nuestras gestiones lograríamos quizá facilitarles a ustedes la entrada en Suiza, pues habíamos oído que, por razones técnicas, no estaban en condiciones de venir a Berna. Que ustedes no participarían como oposición en una conferencia de socialpatriotas, eso lo sabía perfectamente. Como era natural, los partidos representados en esa conferencia en calidad de antiguos partidos zimmerwaldianos eran los de la extrema derecha, la gente que aún esperaba conseguir convencer a los representantes de la vieja Internacional de que tenían que representar una Internacional revolucionaria. Casi todos los franceses, salvo Loriot y Frossard185, opinaban que había sido un error extraordinariamente grande que ni los suizos, ni los rusos, ni los espartaquistas hubieran ido a Berna, porque en esa conferencia se habría podido arrollar a los elementos de derecha. Hemos de decir que, comprendiendo bien la situación, lamentamos desde el primer momento que los camaradas franceses se prestaran a acudir a esa conferencia y no se separaran desde el principio de los socialpatriotas declarados. Para contribuir por nuestra parte a aclarar la posición de los antiguos zimmerwaldianos en esa conferencia, se me ocurrió, junto con algunos otros camaradas, invitar a los camaradas a una reunión de inmediato. Expuse a los reunidos la posición del partido suizo, de los camaradas italianos, de los rusos y, en la medida en que la conocía, también la de los camaradas de otros países. Había que intentar convencerlos de que decidieran boicotear la conferencia y negarse a deliberar junto con los socialpatriotas. A esa reunión se invitó a varios camaradas, entre ellos Fritz Adler, Petrov, Paul Faure186, Frossard, Loriot, Morgari187, Rappaport, Herzfeld, Verfeuil, Burian, Schefflo, Besturo Betritos y Marnus. A estos camaradas les propusimos que anunciaran en una declaración pública que no irían a la Conferencia de Berna. Nosotros habríamos aceptado entonces celebrar con ellos reuniones especiales sobre las nuevas estructuras que podrían crearse en la Internacional y, lo que era lo esencial, quizá habríamos establecido una relación normal con nuestra reunión de hoy. Pero pronto resultó que todos, salvo Loriot y Morgari, ateniéndose a formalidades, declararon que tenían el mandato expreso de participar en la conferencia y que en ella formarían la oposición. Una vez que nos hicieron esa declaración, emprendimos la tarea de ayudarles al menos a organizar la oposición. Les dijimos: «Ya que nos habéis asegurado que solo queréis participar en el congreso como oposición, tenéis que poneros de acuerdo sobre una base», y les propusimos que se constituyeran como izquierda y que en cada punto del orden del día se presentaran con una resolución distinta de la propuesta por el Buró, fustigando desde el punto de vista de Zimmerwald los esfuerzos del Buró como lo que hay que fustigarlos: como una política al servicio de la burguesía. Les explicamos que, como antiguos zimmerwaldianos, no podían dejar de hacer constar que existían contradicciones de principio entre las concepciones de los socialpatriotas y las suyas. Tenían que oponer a las resoluciones del Buró las declaraciones del grupo de Zimmerwald. Durante mucho tiempo intentamos actuar en ese sentido, pero solo con el resultado de que esa gente declaró que no quería dividir sus respectivas representaciones nacionales, sino que quería presentarse en esa unidad de las organizaciones nacionales. Con eso se hacía imposible toda actuación organizada, y los camaradas no eran más que una barca sin timón en un río a la deriva. Ya en el debate sobre la cuestión de las responsabilidades se vio que los delegados del grupo de Zimmerwald se esforzaban en las reuniones de comisión por sacar adelante una resolución lo mejor posible, en el sentido de que se pudiera llegar a acuerdos unánimes. Ya se puede uno imaginar que la política de un Renaudel188 o del socialpatriota alemán Wels189, y sobre todo la de Grumbach190 y Huysmans191, difícilmente se podía conciliar con la concepción de los antiguos zimmerwaldianos, y el hecho de que se lograra la unanimidad no habla en favor de esa resolución. Tendrían que haber salido a la luz las contradicciones.
Se llegó así a un aislamiento completo de los camaradas que habíamos convocado; cada uno actuaba por su cuenta, en contacto con el delegado de su país. Esa posición se mantuvo en la cuestión territorial y también en la de la Sociedad de Naciones. Es conmovedor ver con qué energía los diversos camaradas, también el camarada Adler de Austria, se afanaron por sacar adelante algo con lo que pudieran estar de acuerdo la extrema derecha, el centro y la izquierda. Esa relación se volvió luego interesante en el congreso porque una de las partes se empeñó decididamente en sacar adelante una resolución sobre la Rusia soviética. El trasfondo de esos esfuerzos era imponer una condena tajante de la política bolchevique y una condena tajante del gobierno soviético, no ya para dejar sentada con ello una posición de partido, sino, según sospecho, porque esa gente quería otorgar al mismo tiempo la sanción de la conferencia socialpatriota a una intervención de la Entente que quizá aún estuviera en perspectiva. Estaba claro que, si se aprobaba semejante resolución, se haría público con ello que los socialpatriotas habían dado indirectamente a sus gobiernos el encargo de «poner orden en este caos» de Rusia.
Ese era el propósito principal. Un segundo propósito era que con la aprobación de semejante resolución se consumara al mismo tiempo un descrédito tajante del partido y del movimiento revolucionario de Rusia ante los obreros del extranjero. Los esfuerzos que desplegaron entonces los opositores, los antiguos zimmerwaldianos, tuvieron éxito. Ya al tercer día gente como Grumbach quería presentar esa resolución. Gracias a los esfuerzos del camarada Adler se decidió no entrar en esa cuestión. Adler fundamentó su posición diciendo que no se estaba suficientemente informado de la situación en Rusia y que no se poseía información suficiente sobre la política de los bolcheviques. Había que abstenerse de semejante resolución hasta que una comisión adecuada, tras examinar en persona las condiciones de Rusia, pudiera decidir sobre la valoración de la política del gobierno soviético ruso. Dos días después, Grumbach lanzó una nueva ofensiva. Sobre todo, el francés Renaudel declaró que no podían volver a Francia sin que el congreso hubiera adoptado una posición adecuada en esa cuestión tan importante. Tenían también en mente oponer, mediante la condena de la política bolchevique, un dique, una barrera, a las simpatías hacia los revolucionarios rusos que se extendían cada vez más entre los obreros de Europa occidental. El movimiento de los obreros de Europa occidental está ya orientado a ocuparse casi exclusivamente de las cuestiones del movimiento revolucionario en Rusia, y es característico, y puede decirse, que a los obreros de casi todos los países no les importó en absoluto esa reunión de ocho días de los socialpatriotas en Berna. Quienes hicieron mucho ruido en torno a ella fueron los burgueses; estos tuvieron mucho trabajo para demostrar lo eficaz que era la labor de esa conferencia y qué grandes políticos eran los que habían encontrado el camino que también la burguesía estaba en condiciones de tomar. Los obreros, en cambio, comprendieron que los verdaderos revolucionarios no estaban representados allí, y solo la presencia de Adler podía enturbiar esa imagen. Algunos camaradas se comportaron luego de tal modo que encontramos en ellos un buen apoyo; así, por ejemplo, el camarada Morgari, de Italia, que declaró expresamente que no participaba en la conferencia y que estaba presente esencialmente como representante de la prensa italiana, se esforzó en varias ocasiones por inducir a elementos de izquierda a adoptar una actitud de rechazo. El camarada Loriot, con su declaración, puso de manifiesto el verdadero rostro de la Conferencia de Berna. Hay que señalar también que los camaradas noruegos presentaron igualmente una declaración en la que decían que, por mandato, tenían que participar en la conferencia, pero que no habían estado suficientemente informados sobre su carácter, que por ello se habían abstenido en las votaciones y se habían visto llevados a dar a su labor un carácter puramente informativo.192 Rechazaban toda responsabilidad y declaraban que las resoluciones no les obligaban en modo alguno. Volverían para dar a conocer a su partido el verdadero carácter de la conferencia. Los delegados declararon que querían inducir a su partido a consumar la ruptura definitiva con la II Internacional y a proponer que se adhiriera a la Tercera Internacional.
Otra tarea de los camaradas suizos consistía en procurar entablar conversaciones de carácter privado con los distintos delegados que venían a Berna, para enterarse de cómo estaba el movimiento en los distintos países. Quisiera darles a conocer aquí algunas manifestaciones de nuestros camaradas, aun a riesgo de tener que poner un ligero freno a las grandes esperanzas.
Los primeros camaradas que nos informaron con detalle fueron los italianos. Morgari declaró que, a su juicio, en Italia la revolución no estaba todavía a las puertas, porque el gobierno impedía artificialmente la desmovilización. Las masas de soldados seguían retenidas en territorios extranjeros, y solo cuando se llevara a cabo la desmovilización la situación llegaría a ser tal que el proletariado, empujado por el hambre y por el descontento que los soldados al volver sembraran entre la población, daría la señal de la revolución. En cuanto al momento del estallido, era más pesimista que otros camaradas de Italia. En cambio, resultó interesante una manifestación suya, a saber, que la evolución en el partido y en los sindicatos era tal que se habían vuelto hacia la concepción más extrema dentro de la Internacional revolucionaria, y supimos que el partido italiano se había pronunciado por la dictadura del proletariado. No es de extrañar cuando se sabe que allá abajo la situación es tal que, si el proletariado llega a una insurrección, ya no habrá quien lo detenga hasta que se proclame la dictadura del proletariado. Los camaradas italianos opinan, pues, que en Italia surgirá un movimiento afín a la revolución rusa.
Por un informe del camarada Loriot supimos que cuatro quintas partes de los obreros de Francia estaban resueltamente en contra de una intervención en Rusia. Declaró que, en caso de una acción intervencionista del gobierno francés en Rusia, los obreros no lo aceptarían tranquilamente, sino que se desencadenaría una lucha revolucionaria. Solo había la posibilidad de llevar adelante la intervención en Rusia con ayuda de pueblos coloniales; con los propios soldados ya no era posible. La desmovilización de las tropas había elevado, ciertamente, el ánimo revolucionario de las masas, y sobre todo los soldados que volvían tenían tal disposición que cabía esperar acontecimientos, pero haría falta todavía algún tiempo para condensar ese estado de ánimo en las masas hasta el punto de que pudiera encontrar expresión política. Loriot declaró que eso ocurría principalmente entre los obreros del distrito del Sena. No podía afirmar que dispusiera de un gran número de partidarios ni que detrás de él hubiera un grupo de partido de muchas decenas de miles de camaradas, pero su influencia en el conjunto de los obreros era mucho mayor de lo que su partido representa numéricamente. Las posibilidades de propaganda podrán aumentar todavía ahora, después de la visita a Berna, ya que el desenlace no fue favorable a los socialpatriotas y las diferencias en el partido francés no harán sino crecer.
Una conversación con otro camarada de los medios sindicales nos mostró que los sindicalistas adoptan ya una actitud resuelta frente a los socialpatriotas en Francia; creía que los socialistas ministeriales serán expulsados por completo del partido, con sus partidarios, en muy breve plazo. También para los sindicalistas revolucionarios se ofrece ahora, con la censura atenuada, la ocasión de hacer una propaganda revolucionaria más amplia que hasta ahora. Todos, desde Loriot hasta Longuet, declararon de común acuerdo que defenderían a los camaradas rusos, pues, fueran cuales fueran los errores que pudiera tener el movimiento en el Este, lo seguro era que se trataba de un movimiento auténticamente proletario, y no correspondía a los camaradas de Europa occidental enfrentarse en forma crítica a esos camaradas. De los delegados ingleses se pudo sacar poca cosa. Según sabemos, en Inglaterra, en virtud de un acuerdo entre los distintos partidos, se ha llegado a que sea siempre la mayoría que se forma en una conferencia en la que están representados todos los partidos obreros la que decide qué personas deben enviarse como delegados al extranjero. Los delegados admitieron que también en Inglaterra existía un movimiento extraordinariamente fuerte entre los obreros, y que había muchos que se habían pronunciado resueltamente en contra de asistir a la conferencia de los socialpatriotas y manifestaban sus simpatías hacia los camaradas revolucionarios rusos. Dijeron, eso sí, que en Inglaterra las luchas no tenían un significado revolucionario, de subversión socialista, sino que eran un movimiento puramente económico de dimensiones grandiosas. Podemos suponer que ese movimiento obrero económico de Inglaterra se convertirá muy pronto en un movimiento verdaderamente revolucionario.
El último al que interrogamos sobre la situación en su país, y al que menciono, es el camarada Adler, de Austria. Sus respuestas nos dieron una claridad completa sobre la posición que adopta ante el Partido Comunista de la Austria alemana. Declaró que primero había necesitado un periodo de orientación política y que había tenido que procurar legalizar de nuevo su persona. Cuando luego se le preguntó por qué razones no se ponía a la cabeza de los comunistas, declaró que le era imposible participar en ese movimiento porque tenía la esperanza de suscitar dentro del partido una corriente de izquierda tan fuerte que se pudiera llevar al proletariado de Austria unido a la lucha contra la burguesía. Un examen más detenido de la situación en Austria y de su posición respecto a los obreros de Viena mostró también que Adler retrocedía ante el caos creciente. Quería ser el hombre de la reconstrucción, y declaró rotundamente que, si se cedía a la política de los comunistas, cabía esperar con seguridad que Viena quedara completamente despoblada, pues la lucha de clases entre el campesino y el habitante de la ciudad conduciría al bloqueo de los víveres. A este razonamiento hay que atribuirle una importancia bastante grande, pues puede explicarnos por qué razones adopta una actitud tan vacilante.
Ven ustedes por este informe que los esfuerzos de esos camaradas por defendernos no han tenido un éxito excesivo. Una cosa sí creo: que el movimiento en los distintos países es capaz de abrir los ojos a algunos de ellos, de modo que acaben rompiendo con la II Internacional, la de los socialpatriotas, y se adhieran a la III Internacional, la comunista. «Con los obreros o contra ellos»: esa es la cuestión de conciencia que se ha planteado a los dirigentes. Los obreros con consciencia de clase se adherirán a la nueva Internacional Comunista, con o sin sus dirigentes de hasta ahora.
Lenin: Tiene la palabra el segundo ponente, el camarada Zinóviev.
[…]193 que tratar: la primera, nuestra actitud ante la Conferencia de Berna de los socialpatriotas; la segunda, nuestra actitud ante las corrientes fundamentales del movimiento obrero moderno en general. El material principal para la primera cuestión lo he sacado de un sólido periódico burgués, la Neue Zürcher Zeitung, muy bien dispuesto hacia la Conferencia de Berna y que publicó sobre ella informaciones muy detalladas, casi taquigráficas. Ya son significativas las circunstancias en que se celebró la sesión inaugural. La conferencia la abrió Branting, y en sus primeras palabras recuerda el nacimiento de la Internacional y a su presidente Jaurès194, en cuyo honor todos se ponen en pie. Luego, prosigue la crónica, el señor Branting propone homenajear a un segundo hombre, a un vivo, a saber, al señor Wilson. Ya ven, camaradas, las primeras palabras del presidente fueron muy significativas: a la izquierda, nuestro difunto Jaurès; a la derecha, el todavía vivo Wilson… Sobran los comentarios.
A continuación toma la palabra el señor Albert Thomas, antiguo ministro de la Guerra de Francia. Su discurso pone en movimiento a la apática asamblea. Thomas declara: «La conferencia debe adoptar resoluciones, pero ¿qué efecto tendrán? Antes de la guerra existía la Internacional; ahora se ha vuelto a reunir, pero ¿sois los mismos?, ¿existe todavía la confianza mutua? Ese es el problema, y esa es la razón de la ausencia de Bélgica».
El señor Thomas, uno de los participantes más influyentes de esa conferencia, dijo la verdad. Dijo lo que dice un proverbio ruso: si has mentido una vez, nunca más volverán a confiar en ti. En el fondo de las palabras de Thomas estaba la pregunta: después de haber mentido durante cuatro años, ¿quién os va a creer ahora? El señor Thomas apuntaba contra los socialpatriotas alemanes, pero estos podían hacerle al señor Thomas, con el mismo derecho, la misma pregunta, y ambos habrían tenido razón.
En la segunda sesión, el señor Henderson, uno de los dirigentes más influyentes de la II Internacional, presentó la siguiente resolución:
«La conferencia decide que su labor continúe de manera que le procure, en interés de los obreros y del movimiento socialista de los países representados, la mayor influencia sobre la Conferencia de París».
En estas palabras queda designada la tarea principal de la Conferencia de Berna, y estas palabras las encontramos muchas veces en Henderson y en los demás; ven su tarea exclusivamente en ejercer la mayor influencia posible sobre la Conferencia de París. Esa es la tarea política de la Conferencia de Berna. Y más adelante dice la resolución de Henderson:
«La conferencia reconoce también que la guerra ha tenido como consecuencia malentendidos y fuertes divergencias de opinión respecto a la actitud que había que adoptar».
Así pues, durante cuatro años y medio no habríamos tenido más que pequeños «malentendidos» dentro del movimiento obrero. Lo más alto a lo que se eleva la resolución de Henderson es a atender las exigencias, formuladas también por Wibaut195 y Kautsky, de que no sean los representantes de los gobiernos los que decidan la cuestión de la Sociedad de Naciones, sino los representantes de los parlamentos. Es decir, no los representantes de los obreros y soldados, sino los representantes de los elementos burgueses, ya que gobiernos y elementos burgueses son en lo fundamental la misma cosa. El señor Wilson dominaba espiritualmente esta conferencia, aunque no estaba presente. Huysmans había presentado en la cuarta sesión de la conferencia una resolución sobre la creación de una comisión compuesta por Henderson, Branting y Huysmans y dos delegados de cada país, para ejercer la mayor influencia posible sobre la Conferencia de París y vigilar la ejecución de sus acuerdos. Pero cuando un miembro del centro dijo un par de palabras contra Wilson, Millhaud se levantó y declaró que tendría que abandonar la conferencia en señal de protesta si no se aprobaba la política de Wilson. Al instante se levantó Huysmans y lo tranquilizó: no podía hablarse de que no se aprobara la política de Wilson.
La primera cuestión en la conferencia fue la llamada cuestión de las responsabilidades, estrechamente ligada a la cuestión territorial. En la cuestión de las responsabilidades se adentraron hasta el más mínimo detalle sobre tal o cual paso de tal o cual ministro burgués antes de la guerra. Lo que no se quería era precisamente abrir los ojos al proletariado sobre lo principal, a saber, que los culpables son el capital financiero de ambas coaliciones y los propios socialpatriotas.
En la cuestión territorial y en la de la Sociedad de Naciones la ambigüedad de la Conferencia de Berna alcanza su cima, y sin embargo los señores Thomas y Henderson habían logrado una claridad bastante completa en favor de la burguesía. Decidieron hacer efectivo el llamado derecho de autodeterminación mediante plebiscitos, pero en el punto 2 de la resolución sobre las cuestiones territoriales la conferencia exige:
«En los territorios en litigio, decisión sobre su pertenencia mediante plebiscito bajo el control de la Sociedad de Naciones, que decide en última instancia».
Así pues, el derecho a decidir en esta cuestión se deja al control de la Sociedad de Naciones, ¡de esa Sociedad de Naciones compuesta por imperialistas burgueses!
De pasada tocaron también la cuestión colonial, pero no se atrevieron a discutirla a fondo. Los socialpatriotas alemanes suplicaron a la conferencia que se dejaran a Alemania las colonias alemanas, es decir, a la explotación del capital alemán. No se les dio ninguna respuesta directa. Los franceses y los ingleses consideraban evidente que las colonias quedaran entregadas a la explotación del capital francés e inglés. En el punto 5 de la resolución antes mencionada la conferencia exige:
«Protección de las poblaciones de los territorios dependientes, colonias y protectorados por la Sociedad de las Naciones, que ha de procurar que se tomen disposiciones que hagan evolucionar lo más rápidamente posible a sus poblaciones indígenas hacia la autodeterminación estatal».
Podemos imaginarnos cómo protegerá las colonias la Sociedad de Naciones. Así pues, ni una sola sílaba en la resolución sobre que deba cesar en absoluto el sometimiento de las colonias, ni una sílaba de lo que Kautsky escribió una vez: «¡Fuera de las colonias, abajo la explotación de las colonias!», sino solo un enjalbegado de esa política burguesa hacia las colonias. Esas fueron las líneas principales de la política de la mayoría de la Conferencia de Berna.
Pero se formó también un pequeño grupo de los viejos hombres del centro, de los pacifistas, con Wibaut, Kautsky y Bernstein196 a la cabeza. Esa gente no hizo más que encubrir con frases melifluas la política imperialista de la mayoría. Así, Wibaut presentó una resolución que dice lo siguiente:
«La unión de los pueblos en una comunidad figuró desde el principio entre los más nobles ideales de la Internacional socialista. Este ideal corresponde a la solidaridad de los proletarios de todos los países y también al objetivo final socialista».
Pero de lo que se trata es de qué comunidad. ¿De una como la Sociedad de Naciones? Difícilmente sería ese el ideal de la Internacional socialista. Se han repetido muchas frases huecas sobre que la comunidad debía impedir nuevas guerras, pero ni una sola palabra de cómo hay que impedirlas. El señor Troelstra, dirigente de los socialpatriotas holandeses, se había dado también aires de pacifista y declaró que nosotros, los bolcheviques rusos, teníamos la culpa de que la guerra no se interrumpiera ya a principios de 1917. La ofensiva de Brusílov197 significó el comienzo del bolchevismo, y si no se hubiera frustrado la Conferencia de Estocolmo198, los acontecimientos en Rusia se habrían desarrollado sin duda de otra manera. Sería necesario impedir que París fomentara artificialmente el bolchevismo en Alemania. Creo que podemos responder que, den los pasos que den, a pesar de todo fomentarán el bolchevismo en Alemania igual que en todos los demás países. La historia no les ha dejado salida.
La cuestión más importante de todas en la conferencia de Berna fue la de la valoración de la situación en Rusia, o sea, la condena del bolchevismo. Hemos de hacer constar aquí con satisfacción que todo un grupo de nuestros camaradas franceses se enfrentó brillantemente a la mayoría, y que debemos expresarles nuestro agradecimiento en nombre de nuestro partido. Cumplieron con su deber proletario, aunque desde el principio fue un error participar en la conferencia. Paul Faure y Loriot fueron los únicos que dijeron la verdad a la cara a los señores socialpatriotas. Lo más curioso fue el discurso de Kautsky, el dirigente del centro: declaró que había que luchar contra el bolchevismo ya solo porque no se identifica con la revolución rusa. Probablemente piensa que la revolución rusa debería identificarse con los mencheviques, es decir, con la contrarrevolución. La tarea más importante del momento actual es, según Kautsky, volver a enriquecer a la humanidad empobrecida y poner de nuevo en marcha la producción. Sobre qué base hay que ponerla en marcha, eso no le interesa; hay que enriquecer a la humanidad, restablecer la producción capitalista y solo entonces empezar la lucha por el socialismo. Kautsky pasa a la crítica de la labor bolchevique durante un año y declara:
«La revolución rusa ha arruinado las grandes industrias, ha destruido las organizaciones proletarias y ha obligado a los obreros que no perecieron a volver al campo. Los bolcheviques quieren llevar a cabo el socialismo. Pero en realidad su único resultado positivo es la creación de un nuevo militarismo».
Con ello cosecha fuertes aplausos. Naturalmente, nuestro Ejército Rojo no les gusta a esos señores, y todos los que tienen razones bastante fuertes para temerlo también en su propio país tuvieron que aplaudirle. Kautsky prosigue: «Tenemos que adoptar una posición clara ante el bolchevismo para no perder la confianza de las masas». Podemos responderle que no se puede perder lo que no se tiene. Con una toma de posición clara, es decir, con una posición contrarrevolucionaria ante el bolchevismo, esa gente solo podía ganarse la confianza de los señores imperialistas. Los camaradas Faure y Loriot respondieron a ese discurso. Loriot dijo: Tratemos primero de la dictadura de la burguesía; y declaró luego que también en las repúblicas burguesas se ejerce esa dictadura de la burguesía, exactamente igual que en las monarquías. Con eso agarró a Bernstein por el cuello, porque Bernstein había pronunciado un discurso de auténtico pogromista contra el bolchevismo.
Ya saben ustedes que la conferencia no pudo adoptar ninguna resolución contra el bolchevismo. La pequeña oposición que se había formado consiguió que la conferencia no llegara a ningún acuerdo. No queremos ver en ello una victoria diplomática de uno u otro grupo, sino que vemos ahí la prueba directa de que las verdaderas masas del proletariado de Europa occidental no solo no quieren condenarnos, sino que incluso nos miran con simpatía. La conferencia pasó sencillamente por alto las cuestiones más importantes, las que interesan hoy a las amplias masas de la clase obrera. La conferencia no se atrevió a dar su opinión clara y abierta sobre el sistema de consejos obreros. Con ello mostraron su pobreza intelectual, se declararon en bancarrota teórica, como ya expuso ayer el camarada Lenin. No dijeron ni una sola palabra sobre lo que hemos creado. Podrían haberlo condenado, pero al menos tenían que adoptar una posición clara ante nosotros. Pero no pudieron decir nada, y su actitud me recuerda la del congreso de los sindicatos metalúrgicos de Suiza del 9 de diciembre de 1918. Allí hubo que discutir la cuestión de los consejos obreros por las razones siguientes: bastantes obreros metalúrgicos exigían a sus sindicatos que lanzaran como consigna la creación de consejos obreros. Entonces los funcionarios sindicales se ocuparon del asunto y adoptaron una resolución contra los consejos obreros, porque los consejos obreros y sus tendencias se dirigen contra las organizaciones centrales y, lo que es lo principal, serían… ¡contrarios a los estatutos! Esos viejos dirigentes del movimiento socialpatriota no pueden decir contra el movimiento histórico otra cosa sino que es… contrario a los estatutos. Con ello han dado testimonio de su pobreza intelectual en el grado más extremo posible.
Así fue la labor de esa conferencia. Tras esa labor, una delegación se encaminó a París. La delegación fue recibida incluso por el señor Clemenceau, el representante más reaccionario de la burguesía moderna. El señor Clemenceau declaró que la Conferencia de Berna sigue a grandes rasgos los mismos caminos que la Conferencia de París. Propuso a la delegación participar en las comisiones correspondientes de la Conferencia de París. Con ello confirmó públicamente que la Conferencia de Berna no es en realidad más que un instrumento de la conferencia de los imperialistas en París. Con eso queda caracterizada la conferencia. Espero que la gran mayoría de la clase obrera de todos los países caracterice esa conferencia igual que nosotros. La primera mentira mundial, la de la defensa de la patria, los obreros la han captado bien. La primera tarea que la Conferencia de París ha encomendado a la de Berna consiste en convencer a las masas obreras de que refrenden los métodos de liquidación de la guerra que la burguesía establece ahora, es decir, descargar todo el peso de las deudas y de los impuestos sobre los hombros de las masas obreras, dejar en pie las viejas formas del ejército y actuar contra los consejos, contra la dictadura del proletariado.
Camaradas, creo que, si examinamos con atención la labor de la Conferencia de Berna, tenemos que decir que es una consecuencia necesaria por naturaleza de toda la evolución anterior a la guerra y durante ella. Ya antes de la guerra estaba completamente claro que dentro de la II Internacional se había formado una tendencia, una mayoría, que se situaba en el punto de vista del patriotismo burgués, del chovinismo socialista, y no en el punto de vista de Marx y Engels. Les recuerdo los debates del Congreso de Stuttgart. Les recuerdo lo que propusieron públicamente los señores revisionistas, con Bernstein y el holandés Van Kol199 a la cabeza de la II Internacional: que se reconociera la política colonial, pero que solo se llevara a cabo en formas más humanas. Les recuerdo además que en la comisión correspondiente la propuesta de los revisionistas fue rechazada solo por una escasa mayoría. Ya entonces los grupos principales de la II Internacional se situaron, en la cuestión de la política colonial, es decir, en la cuestión del imperialismo, en el punto de vista de la burguesía. Les recuerdo también la frase principal de la resolución de Stuttgart: «Si estallara la guerra, veremos nuestra tarea en sacudir a las masas para luchar contra el capitalismo». Esta frase la propusieron los dirigentes de la izquierda, Lenin y Rosa Luxemburgo, y solo se aprobó bajo la presión de la izquierda. Las líneas principales dentro de la II Internacional las vemos aparecer ya en Stuttgart, siete años antes del comienzo de la guerra. Todos ustedes conocen la resolución de Basilea200, aprobada por unanimidad y con plena conformidad. Pues bien, quisiera recordarles lo que escribió Marcel Sembat201 un par de meses después de Basilea: llamó a esa política el «grand pardon de Bâle» («gran perdón de Basilea»). Se adoptan resoluciones, pero nadie lucha. Lo previó ya antes de la guerra y tenía razón.
Quisiera recordarles además la posición que adoptaron los partidos antes del comienzo de la guerra, al menos sobre el papel. Puede decirse que todavía 24 horas antes del estallido de la guerra de 1914 esa gente hablaba de modo completamente distinto que ahora. Ha aparecido un libro del profesor vienés Karl Grünberg202. Ha reunido los materiales sobre la guerra de las primeras semanas de guerra y de antes de las primeras semanas de guerra. Es el mejor acta de acusación contra la II Internacional, y debemos aprovecharlo ahora ampliamente. 24 horas antes del estallido de la guerra, en Francia L'Humanité, el órgano central del partido, declaró que la guerra era imperialista y se haría en interés de la burguesía. Lo mismo dijeron el Vorwärts, el órgano central de Scheidemann, los órganos de los partidos italianos y la prensa de partido de casi todos los países. Pero, cuando sonó el primer disparo, todos cambiaron de frente y el 4 de agosto203 llamaron blanco a lo que todavía el 2 de agosto habían llamado negro.
Esa evolución no vino de repente; ocurrió lo que tenía que ocurrir. Durante 25 años de movimiento pacífico se fue preparando la bancarrota de la II Internacional. Las tres corrientes fundamentales que distinguimos no se formaron en un día; se formaron a lo largo de años. Tenemos tres corrientes fundamentales: los socialpatriotas, que antes, durante y después de la guerra siguen exactamente la misma línea, la línea del imperialismo y de la democracia burguesa. La segunda corriente, el centro, que ya antes de la guerra estaba encarnado sobre todo en el grupo de Kautsky y que llevaba exactamente la misma política, solo que en otras circunstancias. Antes de la guerra se enfrentaron a los radicales de izquierda y los denigraron como anarquistas. Cuando estalló la guerra, Kautsky salió con un folleto y su famosa fórmula: «Lucha por la paz», «lucha de clases en la paz», es decir, nada de lucha de clases durante la guerra. Luego, su propaganda de la unidad con los señores socialpatriotas, que se convirtieron, espiritual y también físicamente, en ejecutores del asesinato de los dirigentes del proletariado, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. El mismo Kautsky que en Berna propuso a la conferencia honrar, poniéndose en pie, la memoria de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo nos viene con la propaganda de la unidad con los asesinos de Liebknecht y Rosa Luxemburgo. La amnistía recíproca que ahora han exigido Kautsky y una parte de la Conferencia de Berna la propagaban ya al comienzo de la guerra. Kautsky elaboró ya en 1915 toda una teoría de la amnistía recíproca. Y en 1919, cuando la guerra había terminado y la revolución proletaria empezaba, era natural que los socios de ese seguro mutuo se concedieran unos a otros la amnistía. La cuestión es si el proletariado les concederá esa amnistía, pero eso no ocurrirá nunca. El proletariado no permitirá ahora que la cuestión del hundimiento de la II Internacional quede petrificada. Juzgará y resolverá la enorme cuestión que planteó la guerra imperialista de 1914-1919. Y nosotros debemos contribuir a que todo obrero sencillo se interese por ella; debemos exhortar a todos a estudiar esta cuestión principal del socialismo y a comprender por qué la II Internacional se convirtió en instrumento de la burguesía internacional, por qué se hundió y por qué tenemos que construir una III Internacional.
Hay un duelo entre la Internacional amarilla de Berna y la roja, que fundamos ayer. Y no cabe duda de que la Internacional roja vencerá a la amarilla, y además en muy breve plazo.
Lenin: ¿Quién pide la palabra para el debate?
Pasaremos la resolución sobre esta cuestión a la comisión de resoluciones.
Zinóviev da lectura a la resolución.
Sigue la resolución sobre la actitud ante las corrientes socialistas y la Conferencia de Berna: véase la página del congreso.
Lenin: Tenemos esta resolución, luego el proyecto de resolución táctica para presentarlo y un proyecto de resolución del camarada Sadoul, que se está traduciendo al alemán. Proponemos remitir todas estas resoluciones a la comisión de redacción. ¿Hay alguna objeción? Queda, pues, aprobada la propuesta. Este punto del orden del día queda concluido. Ahora damos la palabra al representante de China.
El representante de China204 pronuncia un discurso en chino y luego habla en ruso.
Lenin: Pasamos al punto 7 del orden del día: «La situación internacional y la política». Ponente: el camarada Obolenski.
Platten: Camaradas, tenemos que interrumpir la sesión. No hay traducción del ruso al alemán. Nos vemos obligados a proponer que la sesión se interrumpa ahora y que la comisión de resoluciones reciba el encargo de someter a un examen minucioso las tesis del camarada Obolenski, «La política de la Entente». La comisión informará también sobre las eventuales enmiendas, que pueden presentarse ahora por escrito. Mañana tenemos todavía que tratar la cuestión del terror blanco, la votación sobre el Manifiesto y la cuestión de la elección del Buró y de la organización. El Buró propone empezar la sesión mañana a las 11; a las 3 tiene que terminar. Hay que hacer un trabajo intensivo y concentrado, porque por la tarde se celebra un mitin público en el Teatro Bolshói. ¿Puedo contar con su conformidad? Queda, pues, acordado: nos reunimos mañana a las 11. Debo rogarles que sean puntuales, porque el camarada Lenin me hace notar ahora mismo que mañana a las 11 se empezará a comprobar si los camaradas están todos presentes o no.
Quinta sesión, jueves 6 de marzo de 1919
4 de marzo de 1919.205
Lenin abre la sesión a las once y media de la mañana.
Como representante de la comisión de verificación de mandatos, toma la palabra el camarada Chicherin.
Chicherin: La comisión de mandatos ha examinado la cuestión del mandato del camarada Guilbeaux206. El camarada Guilbeaux es representante permanente de la corriente zimmerwaldiana de izquierda de Francia, es decir, de los amigos de Loriot en la Unión de Zimmerwald, y los zimmerwaldianos de izquierda franceses no consideran la Conferencia de Zimmerwald algo provisional, sino un comienzo de la III Internacional. En ese sentido, su mandato vale también para nuestra conferencia de hoy. Ha estado en contacto permanente con Francia, todavía hace poco ha mantenido correspondencia con Loriot por mediación de su mujer y es, en el pleno sentido de la palabra, el representante de la tendencia de Loriot. Por consiguiente, la comisión de verificación de mandatos ha considerado posible reconocerle un mandato con voto deliberativo como representante de la corriente zimmerwaldiana de izquierda de Francia y, puesto que esta es la única que puede representar a los elementos revolucionarios del proletariado de Francia, reconocerle el número completo de votos de Francia, es decir, 5 votos. Si la asamblea está de acuerdo, pediré a los camaradas que tienen la lista que la completen en ese sentido.
Así pues, estarían representados no 18, sino 19 países, y presentes no 32, sino 33 delegados con voto deliberativo. Aprovecho la ocasión para pedir a los camaradas que corrijan una pequeña inexactitud en el número 32: la organización obrera china. No debe decir «Unión Obrera China», sino «Partido Socialista Obrero Chino»; para Corea: «la Unión Obrera Coreana». Los nombres de los delegados son: por la organización china, los camaradas Lau-Sin-Dschau y Dschan-Jun-Kui207; por la Unión Obrera Coreana, el camarada Kain.
Además, la camarada Balabánova ha sido admitida con voto consultivo como representante de la Comisión de Zimmerwald. Por consiguiente, hay presentes 18 delegados con voto consultivo.
Lenin: Pasamos al punto 8 del orden del día: el Manifiesto. Se propone solo la lectura del Manifiesto.
Platten: ¡Camaradas! Quisiera proponer que pidamos al camarada Trotski que lea el Manifiesto. Él es el autor del Manifiesto, y sin duda causará buena impresión que lo lea él mismo.
El camarada Trotski da lectura al Manifiesto.
Sigue el Manifiesto de la Internacional Comunista a los proletarios de todo el mundo: véase la página del congreso.
Platten: Todas las resoluciones se votarán más tarde. Ahora viene el punto «Terror blanco». La resolución la han presentado los camaradas finlandeses. Tiene la palabra el camarada Sirola.
Sirola lee la resolución. Dice así:
Sigue la resolución sobre el terror blanco: véase la página del congreso.
Lenin: Proponemos que todos se pongan en pie en honor de todas las víctimas del terror blanco.
Todos se ponen en pie; el camarada Lenin da las gracias.
Lenin: Tiene la palabra el camarada Platten como ponente de la comisión de resoluciones.
Platten: Camaradas, una vez escuchados todos los informes, la comisión de resoluciones ha llegado a la propuesta de que hoy reciban todas las resoluciones la sanción del congreso. Como hay que despachar toda una serie de puntos, debemos pedirles que eviten en lo posible la discusión. Puedo asegurarles que la comisión ha pasado horas y noches reunida para examinar con cuidado, en la medida de lo posible, todas las sugerencias y tenerlas en cuenta lo más posible; también el fondo y la forma se han examinado con detenimiento.
Pasamos a las Directrices. Dicen así:
Siguen las Directrices de la Internacional Comunista: véase la página del congreso.
Platten: En el punto «Varios» hemos recibido del camarada Reinstein una resolución que el congreso ha considerado necesario rechazar. Pero, tras una declaración del camarada Reinstein, se le ha comunicado que es libre de presentar la propuesta en el punto «Varios». La comisión opina que convendría remitirla al Buró. No se puede descartar la idea de que esta resolución tenga gran importancia para algunos países, pero creemos que el Buró podría muy bien ocuparse del asunto.
Además, el camarada Rutgers ha presentado una propuesta, una resolución que se basa en publicaciones anteriores en la prensa y en la que el Partido Socialista Japonés expresa que está en contra del envío de tropas japonesas a Rusia208.
Rutgers propone: (lee la resolución de Rutgers).
Resolución de los socialistas japoneses.
«Nosotros, los socialistas de Japón, reunidos en Tokio el 1 de mayo de 1917, expresamos nuestra más honda simpatía a la revolución rusa, que seguimos con admiración.
Reconocemos que la revolución rusa es, por una parte, una revolución política de la burguesía, que se ha alzado contra el absolutismo medieval, y, por otra, una revolución del proletariado, que se ha levantado contra el capitalismo moderno.
La transformación de la revolución rusa en revolución mundial no es solo cosa de los socialistas rusos: es tarea de los socialistas del mundo entero.
El régimen capitalista ha alcanzado ya en todos los países la fase más alta de su desarrollo. Vivimos el periodo del imperialismo capitalista ya plenamente maduro.
Los socialistas de todos los países, si no quieren ser víctimas de los ideólogos del imperialismo, deben defender con firmeza el punto de vista de la Internacional. Todas las fuerzas del proletariado internacional deben dirigirse contra nuestro enemigo común, el capitalismo internacional. Solo si toma este camino estará el proletariado en condiciones de cumplir su misión histórica.
Los socialistas de Rusia deben hacer todo lo que esté en su mano para poner fin a la guerra y para ayudar al proletariado de los países beligerantes a volver las armas, que ahora apuntan contra los hermanos del otro lado de las trincheras, contra las clases dominantes de sus propios países.
Mantenemos nuestra fe en el heroísmo de los socialistas rusos y de nuestros camaradas del mundo entero.
El Comité Ejecutivo del Grupo Socialista de Tokio.»
El Buró propone aprobar esta resolución. Es un estímulo para que los camaradas japoneses, pese a su difícil situación, sigan dedicándose al trabajo revolucionario.
Además, la camarada Kollontai209 ha presentado una propuesta sobre la necesidad de atraer las fuerzas de las mujeres proletarias al partido comunista. Voy a leerla.
La propuesta dice así:
Sigue la resolución sobre la necesidad de atraer a las obreras a la lucha por el socialismo: véase la página del congreso.
El Buró propone aprobar esta resolución. Compartimos plenamente la idea que en ella se expresa.
Debo informar, además, de que a esta comisión se le ha presentado también un escrito del camarada Sadoul, que se propone remitirlo al Buró como declaración de la delegación francesa. Supongo que, como los camaradas no conocen el texto, la presidencia deseará que el camarada Sadoul lo dé a conocer al congreso.
Lenin: Tiene la palabra el camarada Sadoul. Hay diez ejemplares del texto alemán, y el camarada secretario los repartirá.
Sadoul lee el memorándum.
Dice así:
A los obreros de todos los países.
El Primer Congreso de la III Internacional, reunido el 5 de marzo de 1919210 en el Kremlin, dirige al proletariado revolucionario ruso y a su partido dirigente, el Partido Comunista de los bolcheviques, la expresión de su agradecida admiración.
La formidable revolución emprendida para devolver a las fuentes del marxismo la doctrina socialista, corrompida demasiado tiempo por los oportunistas; los esfuerzos sobrehumanos que se vienen haciendo desde hace casi año y medio para poner en lugar del viejo mundo burgués un nuevo orden social comunista, tanto en el terreno de la cultura moral e intelectual como en el de la vida material colectiva o individual, política, económica o social; la ayuda prestada en todo momento a los obreros de todos los países contra sus gobiernos militaristas y opresores: todo ello debe encontrar la aprobación general y entusiasta de las clases trabajadoras de todos los países.
En la construcción de una sociedad fundada en el trabajo y la igualdad se ha logrado ya un éxito inmenso: toda la gran industria se ha convertido en una obra colectiva, dirigida en su conjunto por el Consejo Superior de Economía Nacional211 y en el detalle por los comités obreros. Se ha publicado un Código del Trabajo212 que lleva a la práctica una serie de reformas que superan el viejo programa mínimo del Partido Socialdemócrata. Los tribunales, las universidades, los hospitales, los palacios, en una palabra, todos los órganos de la vida pública, han pasado ya de hecho a manos del pueblo. En otros diversos terrenos, la emancipación del proletariado no es algo que apenas haya comenzado: es una realidad.
La revolución extiende también su acción liberadora y reguladora al campo: no basta con dar la tierra a los campesinos y arrancarlos del yugo espiritual y material de los usureros de aldea. Estas reformas se han llevado ya a cabo desde noviembre de 1917 y marzo de 1918. Ahora ha comenzado con brío la explotación de la tierra liberada y la organización de su cultivo sobre una base comunista, en las comunidades rurales y también en todas las grandes fincas nacionales, terrenos en los que el Estado aplica los últimos inventos de la ciencia agronómica y da un ejemplo fecundo de explotación modélica.
El fin directo de todas estas reformas es aumentar la productividad del trabajo y, con ella, el bienestar del pueblo.
Pero no es culpa del orden soviético ni del bolchevismo si hasta ahora no se ha alcanzado ese fin, si la población de los centros rusos sufre hambre y una escasez creciente de productos elaborados. Porque, muy al contrario, solo este orden y el bolchevismo han puesto un fin radical al caos anárquico provocado por Kérenski y la democracia burguesa; solo ellos han dado al país la posibilidad de mantener su vida económica en la medida en que se mantiene.
La responsabilidad de la crisis recae únicamente en los enemigos interiores y exteriores del poder de los consejos, que con el sabotaje, las conspiraciones y las intervenciones militares han obligado a Rusia a dedicar gran parte de sus fuerzas, recursos y medios a crear un nuevo ejército.
Pese a su ardiente anhelo de paz, todo el pueblo ruso comprendió y aceptó con valor esta necesidad; es conocido el gran éxito que el gobierno soviético ha cosechado en el cumplimiento de esa tarea inmensa. Se puede acusar al bolchevismo, y el mejor medio para convencerse de si la culpa es suya o no sería que las potencias de la Entente dejaran de obligar al poder soviético a la defensa militar.
Para ello, no solo deben abstenerse de enviar tropas armadas a Rusia y de ocupar sus puertos, sino que deben renunciar también a toda influencia interior y dejar de sostener con su dinero, sus armas y sus técnicos a las bandas contrarrevolucionarias, que sin el apoyo exterior de la Entente se disolverían por sí solas en poco tiempo.
Entonces los soldados del Ejército Rojo podrían volver con sus familias, y los mejores obreros, los organizadores más abnegados, los ingenieros más probados quedarían de inmediato disponibles. Su actividad en el terreno de la producción de paz daría con la mayor rapidez los resultados más notables.
No hay que perder de vista, sin embargo, que la joven industria rusa nunca ha podido prescindir de fuerzas extranjeras. La Entente paraliza la nueva organización económica prohibiendo volver a Rusia a los especialistas extranjeros, que de hecho dirigían la industria rusa. Obstaculiza la instalación y el mantenimiento de las fábricas y el transporte de materias primas y combustible; entrega la industria a la ruina y al pueblo al paro al prohibir la importación en Rusia de cualquier máquina, vagón o locomotora. La falta de material de transporte hace imposible abastecer de víveres a las ciudades. Las propias cosechas están en peligro, porque el campesino ya no recibe la maquinaria y los aperos agrícolas indispensables, que procedían todos del extranjero.
La república de los consejos ha expresado oficialmente en repetidas ocasiones el deseo de seguir recurriendo a la ayuda de la industria y de los especialistas extranjeros; se ha declarado dispuesta a pagar caros sus servicios, indispensables para la prosperidad actual de la vida económica de Rusia. Sin embargo, sin tomarse siquiera la molestia de responder a estas propuestas, la Entente ejerce sobre Rusia —y aun sobre las potencias centrales y los países neutrales—, con amenazas y violencias, un bloqueo riguroso.
Las masas trabajadoras de todos los países deben exigir a sus gobiernos la renuncia sincera a toda intervención directa o indirecta contra la Rusia soviética. Para dar forma a estas reivindicaciones, el Congreso de la III Internacional propone a todos los pueblos el siguiente programa de acción:
El honor, la independencia y el interés elemental del proletariado de todos los países exigen que actúe de inmediato para imponer, con todos los medios a su alcance y, si es preciso, con medios revolucionarios, lo siguiente.
La no injerencia de la Entente en los asuntos interiores de la Rusia soviética.
La retirada inmediata de todas las tropas europeas y asiáticas de los Aliados que se encuentran actualmente en Rusia.
El abandono de toda política de intervención directa o indirecta, ya sea en forma de provocación o de apoyo material o moral a los contrarrevolucionarios rusos o a los países limítrofes reaccionarios de Rusia.
La anulación de los tratados ya concluidos que tengan por objeto la intervención propia o la de los contrarrevolucionarios rusos o de los vecinos del Estado ruso; el regreso inmediato a sus respectivos países de las misiones diplomáticas y militares que los gobiernos de la Entente han enviado al norte y al sur de Rusia, a Rumanía, Polonia, Finlandia y los países checos para provocar allí la lucha contra las repúblicas de los consejos.
El reconocimiento del poder de los consejos, que tras dieciocho meses de existencia es más firme y popular que nunca.
La reanudación de las relaciones diplomáticas, entendiendo por ello también el envío de representantes oficiales (socialistas) a Rusia y el reconocimiento de los representantes rusos en el extranjero.
La admisión en el congreso de la paz de delegados del gobierno soviético como representantes, y como únicos representantes, del pueblo ruso. Una paz europea discutida y concluida sin Rusia sería una paz sumamente precaria. Sería odioso y ridículo admitir como representantes de toda Rusia o de una parte de Rusia, sin los bolcheviques o incluso a su lado, a los peleles que forman los diversos gobiernos regionales creados artificialmente por los Aliados, que solo existen gracias al apoyo de la Entente y que, por lo demás, apenas representan algo más que unos cuantos deseos e intereses personales.
El levantamiento del bloqueo económico, cuya continuación entregaría a Rusia en poco tiempo a la ruina industrial y al hambre.
La reanudación de las relaciones comerciales y la firma de un tratado económico.
El envío a Rusia de algunos cientos, o más bien de algunos miles, de organizadores, ingenieros, capataces y obreros experimentados, sobre todo metalúrgicos, que prestarían a la joven república socialista una ayuda decisiva en el terreno industrial, ante todo en la tarea más importante: la reconstrucción del material rodante y de los ferrocarriles y la organización del transporte.
Lenin: ¿Alguien desea que se lea el texto francés o el alemán? No es así. Tiene la palabra el camarada Guilbeaux.
Guilbeaux (traducido por la camarada Kollontai): El camarada Guilbeaux empieza por contar que la última vez que estuvo en contacto con los camaradas rusos, cuando estos dejaban Suiza, les dijo: «La próxima vez nos veremos en Rusia». Y así ha sido. Ahora el camarada Guilbeaux asiste aquí a un gran acontecimiento, la fundación de la III Internacional Comunista, la verdadera Internacional. La II Internacional tenía el defecto de ser burguesa y oportunista. En 1914 los oportunistas se pasaron al partido burgués y sellaron una alianza con él. Ahora, cuando se celebró la Conferencia de Berna, el asesino de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo213 tendió la mano a Thomas, asesino de tantos cientos de miles de soldados, puesto que apoyó la guerra. Pero ahora toda esa gente se queda fuera de la nueva Internacional, que ya está constituida. El mayor peligro para la nueva Internacional son, en cambio, los elementos vacilantes como Kautsky y Longuet, esos elementos que, por un lado, defienden a Lenin y a Trotski y se declaran amigos del nuevo movimiento, pero al mismo tiempo hacen causa común con Wilson. Loriot, el representante de Francia en la Conferencia de Berna, afirmó en su discurso que el movimiento de Zimmerwald está muerto y que en todo el mundo no hay en realidad más que dos campos: de un lado la burguesía, del otro los comunistas; y en nombre de los zimmerwaldianos franceses el camarada Guilbeaux declara que él también opina que el movimiento de Zimmerwald está muerto, pero que ahora saluda a la nueva Internacional, la Internacional que está viva y es capaz de trabajar, y que seguirá desarrollando sus victorias.
Lenin: En nombre de la comisión de resoluciones tiene la palabra el camarada Platten.
Platten: Sigue el punto «Conferencia de Berna». Esta resolución se la ha leído el camarada Zinóviev. Se ha hecho la revisión y no hay motivo para modificaciones. La comisión propone aprobarla.
Lenin: ¿Alguien está en contra? No es así. Queda aprobada la resolución.
Platten: En el punto «Tesis sobre la situación internacional»214, la comisión, tras una deliberación detenida, ha decidido proponer que se suprima el último párrafo de estas tesis, que trata de las tareas del proletariado internacional. Esta supresión debe hacerse porque sobre las tareas del proletariado en relación con la política ya se ha dicho bastante en todos los demás puntos del orden del día, de modo que puede considerarse superflua una repetición. La comisión propone suprimir el último párrafo.
Lenin: ¿No hay objeciones? ¿Alguien pide la palabra para discutirlo? No es así; queda aprobada la propuesta.
Platten: Sigue el Manifiesto del camarada Trotski. Ustedes lo han escuchado. Se ha examinado con el mayor detenimiento en una larga sesión nocturna, y se entiende que es tarea del Buró emprender de inmediato la más amplia difusión del Manifiesto. Proponemos aprobarlo.
Lenin: ¿Alguien desea la palabra sobre esta cuestión? Nadie.
Platten: La comisión ha decidido además que al publicar este Manifiesto se firme, de modo que se consigne la organización y figure al pie del Manifiesto el nombre de los respectivos delegados que han participado en el congreso. Lo han propuesto los delegados extranjeros, que eran los únicos que podían haber puesto objeciones por motivos de clandestinidad. Así pues, firman los presentes en el congreso con derecho a voto.
Pasemos al punto «Terror blanco». Hoy han escuchado ustedes la resolución de boca del camarada Sirola. La comisión aprueba esta resolución sin modificaciones.
Lenin: ¿Alguien desea la palabra sobre esto? No es así. Pasamos ahora a la cuestión de organización.
Platten: Camaradas, la organización ha sido una cuestión que ha ocupado a la comisión muchísimo tiempo. Se trata de saber de qué forma se puede llegar rápidamente a una organización bien fundada. En la comisión se ha dicho que hay que dotarse de dos instancias dirigentes, un Comité Ejecutivo y un Buró. Al discutir la cuestión del Comité Ejecutivo se dijo que es deseable que figuren en él representantes de los países adheridos a nuestra organización y que su sede esté en Moscú, en el supuesto de que se confiera al Buró y al Comité Ejecutivo la facultad de efectuar el traslado de residencia que eventualmente sea necesario. Nosotros, los que estamos aquí como delegados, tenemos que volver a nuestros países, rendir cuentas, hacer que cumplan las decisiones y, por tanto, que procedan a enviar un delegado al Comité Ejecutivo en Moscú. Pasará algún tiempo hasta que esos delegados estén aquí, y se plantea la cuestión de quién debe cargar entretanto con el trabajo necesario. Hemos encontrado una solución y la hemos puesto por escrito, y se la proponemos en nombre de la comisión. El texto es breve; solo más adelante se elaborarán unos estatutos definitivos. El texto dice así:
Sigue la resolución sobre la cuestión de organización: véase la página del congreso.
Lenin: ¿Alguien desea la palabra para discutirlo? No es así. Queda, pues, aprobada la propuesta.
Con esto hemos llegado al final de nuestros trabajos.
Discurso de clausura
Si hemos logrado reunirnos a pesar de todas las dificultades y persecuciones policiales, si hemos logrado tomar en poco tiempo, sin ninguna divergencia digna de consideración, decisiones importantes sobre todas las cuestiones candentes de la época revolucionaria actual, se lo debemos a que las masas del proletariado del mundo entero, con su propia actuación práctica, ya han puesto estas mismas cuestiones en el orden del día y han empezado a resolverlas en la práctica.
Aquí no teníamos más que dejar constancia de lo que las masas ya han conquistado en su lucha revolucionaria.
No solo en los países de Europa oriental, sino también en los de Europa occidental; no solo en los países vencidos, sino también en los vencedores, por ejemplo en Inglaterra, el movimiento de los consejos se extiende cada vez más, y este movimiento de los consejos no es otra cosa que el movimiento para crear la nueva democracia proletaria, el paso más importante en dirección a la dictadura del proletariado, a la victoria completa del comunismo.
Por mucho que se enfurezca la burguesía del mundo entero, por mucho que expulse, encarcele y hasta asesine a los espartaquistas y a los bolcheviques, nada de eso le sirve ya. Con ello las masas no hacen más que esclarecerse, liberarse de sus viejos prejuicios democrático-burgueses y templarse para la lucha. La victoria de la revolución proletaria en el mundo entero es segura. La fundación de la república internacional de los consejos llegará.
Aplausos tempestuosos.
La lista del protocolo nombra en realidad 34 delegados con voto deliberativo. ↩
Karl Liebknecht (1871-1919) y Rosa Luxemburgo (1871-1919), fundadores de la Liga Espartaco y del Partido Comunista de Alemania, asesinados en Berlín el 15 de enero de 1919 por oficiales de la División de Fusileros de Caballería de la Guardia. ↩
Comités de delegados de taller (shop stewards) elegidos directamente por los obreros en las fábricas británicas; durante la guerra dirigieron huelgas al margen de las direcciones sindicales. ↩
Gueorgui Chicherin (1872-1936), comisario del pueblo de Asuntos Exteriores de la Rusia soviética. ↩
Max Albert, seudónimo de Hugo Eberlein (1887-1941), único delegado del Partido Comunista de Alemania; llevaba el mandato de oponerse a la fundación inmediata de la nueva Internacional. ↩
Fritz Platten (1883-1942), secretario del Partido Socialdemócrata Suizo; en 1917 organizó el viaje de Lenin y otros emigrados desde Suiza a través de Alemania. ↩
Gustav Klinger, delegado del partido comunista de los colonos alemanes del Volga. ↩
Alude a Albert (Eberlein), el delegado alemán. ↩
Grigori Zinóviev (1883-1936), presidente del Sóviet de Petrogrado; el congreso lo eligió después presidente del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. ↩
Otto Wille Kuusinen (1881-1964), dirigente del Partido Comunista de Finlandia, fundado en Moscú en agosto de 1918 por emigrados de la revolución finlandesa. ↩
Boris Reinstein (1866-1947), militante del Partido Socialista Obrero (Socialist Labor Party) de los Estados Unidos, en Rusia desde 1917. ↩
Jacques Sadoul (1881-1956), capitán de la misión militar francesa en Rusia que se pasó a los bolcheviques. ↩
Christian Rakovski (1873-1941), presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania; representaba a la Federación Revolucionaria Balcánica, que agrupaba a los «tesniakí» («estrechos», el ala revolucionaria de la socialdemocracia búlgara) y al Partido Comunista Rumano. ↩
El Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD), fundado en Gotha en abril de 1917 por la oposición expulsada del partido socialdemócrata oficial. ↩
Los socialistas mayoritarios eran los del Partido Socialdemócrata (SPD), dirigido por Friedrich Ebert (1871-1925) y Philipp Scheidemann (1865-1939). ↩
Hugo Haase, Wilhelm Dittmann y Emil Barth, del USPD, formaron parte del Consejo de Comisarios del Pueblo junto con los socialdemócratas Ebert, Scheidemann y Landsberg desde el 10 de noviembre de 1918 hasta su dimisión el 29 de diciembre. ↩
El Consejo Central de la República Socialista Alemana, elegido por el I Congreso de los Consejos (Berlín, 16-21 de diciembre de 1918); tras el boicot de los independientes, quedó compuesto solo por socialdemócratas mayoritarios. ↩
Georg Ledebour (1850-1947), uno de los dirigentes del USPD. ↩
El congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania se celebró en Berlín del 30 de diciembre de 1918 al 1 de enero de 1919. ↩
El 6 de diciembre de 1918 tropas de la guarnición abrieron fuego en la Chausseestraße de Berlín contra una manifestación de la Liga de Soldados Rojos y causaron numerosos muertos. ↩
Arnold Lequis (1861-1949), general al mando de las tropas reunidas en torno a Berlín en diciembre de 1918. El protocolo dice «Legius». ↩
La División de Marina Popular, atacada el 24 de diciembre de 1918 por tropas del gobierno en el Palacio y las Caballerizas Reales de Berlín. ↩
Proyectiles de gas (iperita) marcados con una cruz amarilla. ↩
Ernst Däumig (1866-1922), del USPD, uno de los dirigentes de los delegados revolucionarios de Berlín. ↩
Emil Eichhorn (1863-1925), del USPD, destituido el 4 de enero de 1919; su destitución desencadenó la insurrección de enero. Lo sustituyó el socialdemócrata Eugen Ernst. ↩
La ocupación del edificio del Vorwärts, órgano central del SPD, comenzó el 5 de enero de 1919; el 19 de enero fue el día de las elecciones a la Asamblea Nacional. ↩
Karl Radek (1885-1939), enviado del gobierno soviético al congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania; detenido en Berlín el 12 de febrero de 1919 y encerrado en la cárcel de Moabit. ↩
Paz impuesta por Alemania y sus aliados a la Rusia soviética el 3 de marzo de 1918. ↩
Al protocolo le falta aquí una palabra («daß die Zeit ist»); se traduce como si dijera «nahe ist», «está cerca». ↩
Conferencia socialista internacional contra la guerra celebrada en Zimmerwald (Suiza) del 5 al 8 de septiembre de 1915. ↩
Dirigentes del ala derecha del partido suizo; el más conocido era Herman Greulich (1842-1925), veterano del movimiento obrero suizo. ↩
Charles Naine (1874-1926), socialista de la Suiza francófona, delegado en Zimmerwald. ↩
Robert Grimm (1881-1958), dirigente del partido suizo y presidente de la Comisión Socialista Internacional creada en Zimmerwald. ↩
Miembros del Grütliverein, vieja asociación obrera suiza de tendencia patriótica y reformista, adherida al partido, que se separó de él durante la guerra. ↩
En junio de 1917, en Petrogrado, Grimm transmitió un sondeo de paz separada entre Alemania y Rusia procedente del consejero federal suizo Arthur Hoffmann; descubierto el asunto, fue expulsado de Rusia y dejó la presidencia de la Comisión de Zimmerwald. ↩
Alusión al Comité de Acción de Olten, constituido en febrero de 1918 por el partido y la Unión Sindical Suiza, que dirigió la huelga general de noviembre de 1918. ↩
La huelga de protesta de Zúrich empezó el 9 de noviembre de 1918; la huelga general en todo el país duró del 12 al 14 de noviembre. ↩
El Consejo Federal expulsó en noviembre de 1918 a la misión soviética en Berna, encabezada por Jan Berzin. ↩
Conferencia socialista internacional celebrada en Berna en febrero de 1919 para reconstruir la II Internacional. ↩
Aleksandr Kérenski (1881-1970), socialista revolucionario, jefe del Gobierno provisional de julio a octubre de 1917. ↩
Así en el protocolo. El VI Congreso del partido bolchevique (julio-agosto de 1917) dio una cifra de unos 240 000 afiliados. ↩
El VIII Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Rusia se reunió en Moscú del 18 al 23 de marzo de 1919. ↩
Karl Kautsky (1854-1938), principal teórico de la socialdemocracia alemana antes de 1914, miembro de los independientes (USPD) y autor en 1918 de La dictadura del proletariado, contra el poder soviético. ↩
Albert Thomas (1878-1932), socialista francés, ministro de Armamento; Arthur Henderson (1863-1935), dirigente laborista británico, miembro del gabinete de guerra. Ambos viajaron a Rusia en 1917 para animar al Gobierno provisional a continuar la guerra. Irakli Tsereteli (1881-1959), menchevique georgiano, fue ministro del Gobierno provisional. ↩
Aleksandr Konoválov (1875-1949), industrial, ministro de Comercio e Industria del Gobierno provisional; Vasili Maklakov (1869-1957), dirigente kadete, embajador del Gobierno provisional en París; el general Aleksandr Verjovski (1886-1938), ministro de la Guerra del Gobierno provisional de agosto a octubre de 1917; Grigori Alexinski (1879-1967), antiguo diputado socialdemócrata, difundió en julio de 1917 las acusaciones de que Lenin y los bolcheviques eran agentes alemanes. De ahí la comparación con el caso Dreyfus. ↩
Alusión al grupo de socialistas revolucionarios, antiguos diputados de la Asamblea Constituyente disuelta en enero de 1918, que a comienzos de 1919 renunció a la lucha armada contra el poder soviético. ↩
David Lloyd George (1863-1945), primer ministro británico de 1916 a 1922. ↩
Yrjö Sirola (1876-1936), dirigente socialdemócrata finlandés, comisario de Asuntos Exteriores del gobierno revolucionario de 1918 y cofundador del Partido Comunista de Finlandia. ↩
La guerra civil finlandesa (enero-mayo de 1918) enfrentó a la Guardia Roja obrera con los guardias blancos del gobierno burgués, apoyados por tropas alemanas desembarcadas en abril de 1918. ↩
Hjalmar Branting (1860-1925), dirigente de la socialdemocracia sueca y uno de los organizadores de la Conferencia de Berna (febrero de 1919), con la que la socialdemocracia de la guerra intentó reconstruir la II Internacional. ↩
El Partido Comunista de Finlandia se fundó en Moscú a finales de agosto de 1918, en un congreso de emigrados tras la derrota de la revolución. ↩
Carl Gustaf Mannerheim (1867-1951), jefe de los blancos en la guerra civil, fue regente de Finlandia desde diciembre de 1918. «Offizierselend» en el protocolo, literalmente «miseria de oficiales». ↩
Las islas Åland, de población sueca, cuyo movimiento pedía la unión con Suecia. ↩
Voluntarios finlandeses combatieron en Estonia contra el Ejército Rojo desde enero de 1919. ↩
Emil Stange, delegado de la izquierda del Partido Laborista Noruego (Det norske Arbeiderparti), que se adhirió a la Internacional Comunista en 1919 y la abandonó en 1923. ↩
Jacob Vidnes, director de Social-Demokraten, órgano central del partido, hasta el triunfo de la izquierda en 1918. ↩
Así en el protocolo; con esas cifras la propuesta habría sido rechazada. Las cifras parecen erróneas. ↩
Nombre de Oslo hasta 1925. ↩
John Pierpont Morgan (1837-1913), banquero norteamericano. ↩
Samuel Gompers (1850-1924), presidente de la Federación Americana del Trabajo (AFL), sindicalismo de oficio partidario de la colaboración con los patronos y del apoyo a la guerra. ↩
Serguéi Zubátov (1864-1917), jefe de la policía política zarista en Moscú, que organizó sindicatos obreros bajo tutela policial para apartar a los obreros de la revolución. ↩
La Ley Adamson (septiembre de 1916), que el Tribunal Supremo declaró constitucional en marzo de 1917. ↩
Industrial Workers of the World, central sindical revolucionaria fundada en Chicago en 1905. ↩
El congreso extraordinario del Partido Socialista de América reunido en San Luis (Misuri) en abril de 1917, que adoptó una resolución contra la guerra. ↩
Morris Hillquit (1869-1933), dirigente del centro del Partido Socialista de América. ↩
Eugene V. Debs (1855-1926), principal figura del Partido Socialista de América, condenado en 1918 a diez años de cárcel por un discurso contra la guerra. El protocolo escribe «Debbs». ↩
Socialist Labor Party, partido marxista fundado en 1876 y orientado por Daniel De Leon hasta su muerte en 1914. ↩
Endre Rudnyánszky, comunista húngaro, antiguo prisionero de guerra en Rusia y miembro del grupo húngaro del Partido Comunista ruso en Moscú. ↩
Fundado en Budapest el 24 de noviembre de 1918 por Béla Kun y otros antiguos prisioneros de guerra que habían vuelto de Rusia, junto con socialistas de izquierda. El 21 de marzo de 1919, pocos días después del congreso, se proclamó la República Húngara de los Consejos. ↩
El archiduque José Augusto de Habsburgo, a quien el emperador Carlos había confiado los poderes reales en Hungría; fue él quien nombró a Károlyi jefe del gobierno el 31 de octubre de 1918. ↩
Mihály Károlyi (1875-1955), aristócrata liberal, jefe del gobierno desde la revolución de octubre de 1918 y presidente provisional de la república desde enero de 1919. ↩
El Consejo Nacional Húngaro, formado en octubre de 1918 por el Partido de la Independencia de Károlyi, los radicales burgueses y los socialdemócratas; los «independentistas» son los miembros del Partido de la Independencia. ↩
El grupo de delegados que, encabezado por Lenin, defendió en la conferencia socialista internacional de Zimmerwald (Suiza, septiembre de 1915) la ruptura con los socialpatriotas y la transformación de la guerra imperialista en guerra civil. ↩
Die Forderung («La Reivindicación»), periódico del grupo comunista de Zúrich; de ahí el nombre de «gente de la Forderung» que se da más abajo a sus partidarios. ↩
Jakob Herzog, dirigente del grupo comunista de Zúrich y de las organizaciones de soldados. ↩
Los disturbios de Zúrich de noviembre de 1917, que el ejército reprimió con varios muertos. ↩
Diario socialdemócrata de Zúrich. ↩
La huelga de los empleados de banca de Zúrich a finales de septiembre de 1918, apoyada por una huelga general local de solidaridad. ↩
La huelga general de toda Suiza del 12 al 14 de noviembre de 1918. ↩
León Trotski (1879-1940), comisario del pueblo para la Guerra y presidente del Consejo Militar Revolucionario de la República. ↩
Friedrich Ebert, presidente del Reich desde el 11 de febrero de 1919, y Philipp Scheidemann, jefe del gobierno desde el 13 de febrero de 1919, ambos socialdemócratas mayoritarios. ↩
Carl von Clausewitz (1780-1831), general y teórico militar prusiano, autor de De la guerra. ↩
El Ejército del Don, de los cosacos contrarrevolucionarios del atamán Krasnov. ↩
El Ejército Popular del Comité de Miembros de la Asamblea Constituyente (Komuch), gobierno de eseristas y mencheviques formado en Samara en junio de 1918. En noviembre de 1918 el almirante Kolchak dio un golpe de Estado en Omsk, hizo detener a los ministros eseristas del Directorio y se proclamó «gobernante supremo». ↩
La acusación figura en el folleto de Kautsky La dictadura del proletariado (1918). ↩
El protocolo dice «führen» por «fühlen» («sentirse»). ↩
Sebald Justinus Rutgers (1879-1961), ingeniero y comunista holandés que había vivido y militado en los Estados Unidos. ↩
De Tribune apareció en 1907; sus redactores fueron expulsados del Partido Obrero Socialdemócrata (SDAP) en 1909 y fundaron entonces el Partido Socialdemócrata (SDP), que en noviembre de 1918 tomó el nombre de Partido Comunista de Holanda. ↩
Henriette Roland Holst (1869-1952), poeta; Herman Gorter (1864-1927), poeta; Anton Pannekoek (1873-1960), astrónomo; Willem van Ravesteyn (1876-1970) y David Wijnkoop (1876-1941), presidente del partido: los principales dirigentes de la izquierda marxista holandesa. ↩
Pieter Jelles Troelstra (1860-1930), dirigente del Partido Obrero Socialdemócrata holandés; en noviembre de 1918 anunció la toma del poder por la clase obrera y se retractó a los pocos días. ↩
La Federación Socialdemócrata Revolucionaria Balcánica, constituida en la conferencia socialista interbalcánica de Bucarest de julio de 1915. ↩
«Estrechos»: el Partido Obrero Socialdemócrata de Bulgaria (estrechos), dirigido por Dimitar Blagóev; en mayo de 1919 tomó el nombre de Partido Comunista Búlgaro. ↩
En el verano de 1914 los dos diputados socialdemócratas de la Skupština serbia, Dragiša Lapčević y Triša Kaclerović, votaron contra los créditos de guerra. ↩
Triša Kaclerović (1879-1964), dirigente del Partido Socialdemócrata Serbio, participó en la Conferencia de Kienthal (abril de 1916). Dušan Popović (1884-1918) era el secretario del partido; ambos estuvieron en Estocolmo en 1917, cuando se preparaba allí una conferencia socialista internacional. ↩
Ilija Milkić, socialista serbio, delegado con voto consultivo. Su rectificación no figura en el protocolo. ↩
Mykola Skrýpnik (1872-1933), bolchevique ucraniano, dirigente del Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania y miembro del gobierno soviético ucraniano. ↩
El III Congreso del Partido Comunista (bolchevique) de Ucrania se reunió en Járkov del 1 al 6 de marzo de 1919. ↩
El protocolo dice «ausländische» (extranjeras); por el contexto, y según la edición rusa del protocolo (1933), se trata de divisiones insurgentes. ↩
El Hetmanato fue el régimen del hetman Pavló Skoropadski, instaurado bajo la ocupación alemana en abril de 1918 y derribado en diciembre de ese año. El Directorio, el gobierno de la República Popular Ucraniana restablecida entonces. ↩
Así en el protocolo alemán («Gali Timofejeff»); la edición rusa de 1933 da el nombre en femenino (Galia Timoféieva). ↩
Volodímir Vinnichenko (1880-1951), escritor y dirigente socialdemócrata ucraniano, presidente del Directorio hasta febrero de 1919. ↩
La cifra está cortada en el escaneo; la restituimos según la edición rusa de 1933 («unos 180 000»). ↩
Simon Petliura (1879-1926), dirigente socialdemócrata ucraniano y comandante en jefe de las tropas del Directorio. ↩
La Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia, partido socialdemócrata judío. ↩
El Partido Socialdemócrata Obrero Ucraniano (independentistas), escindido en enero de 1919. ↩
Fedir Shvets y Opanas Andriievski, miembros del Directorio. ↩
Oleksandr Grekov, antiguo general zarista, ministro de la Guerra del Directorio a comienzos de 1919. ↩
Piotr Krasnov (1869-1947), general zarista, atamán de los cosacos del Don y jefe de su ejército blanco. ↩
Stanislau (Stanisławów), en la Galitzia oriental; hoy Ivano-Frankivsk (Ucrania). ↩
El frente contra las tropas de la Entente desembarcadas en 1918 en Múrmansk y Arcángel. ↩
La Legión Checoslovaca, formada por antiguos prisioneros de guerra, que se sublevó contra el poder soviético en mayo de 1918 a lo largo del Transiberiano. ↩
Aleksandr Kolchak, almirante, «gobernante supremo» de los blancos en Siberia desde noviembre de 1918; Antón Denikin, general, jefe de los ejércitos blancos del sur de Rusia; Carl Gustaf Mannerheim, general que mandó a los blancos en la guerra civil finlandesa de 1918 y regente de Finlandia desde diciembre de ese año; Ignacy Paderewski, pianista, presidente del gobierno polaco desde enero de 1919. ↩
El Partido Socialista (SFIO, Sección Francesa de la Internacional Obrera) y la Confederación General del Trabajo (CGT), la central sindical francesa. ↩
Jean Longuet (1876-1938), nieto de Marx, dirigente de la minoría centrista del Partido Socialista francés durante la guerra. ↩
El Consejo Nacional del Partido Socialista de octubre de 1918, en el que la antigua minoría de Longuet obtuvo la mayoría. ↩
Léon Jouhaux (1879-1954), secretario general de la CGT y partidario de la unión sagrada durante la guerra; Alphonse Merrheim (1871-1925), dirigente de la federación de los metalúrgicos y participante en la Conferencia de Zimmerwald. ↩
Marcel Cachin (1869-1958) y Ernest Lafont (1879-1946), diputados socialistas; Pierre Renaudel (1871-1935), dirigente de la mayoría socialpatriota del partido y director de L'Humanité hasta octubre de 1918. ↩
Raoul Verfeuil y Fernand Loriot (1870-1932), socialistas de izquierda franceses; Loriot fue después uno de los fundadores del Partido Comunista Francés. ↩
Nota del protocolo: «Las cartas de los camaradas Loriot y Verfeuil que leyó el camarada Sadoul se publicaron en el n.º 1 de La Internacional Comunista». ↩
Joseph Fineberg (1886-1957), socialista nacido en el Imperio ruso y emigrado a Gran Bretaña, miembro del Partido Socialista Británico (British Socialist Party); vivía en la Rusia soviética desde 1918 y fue después traductor de Lenin al inglés. ↩
En agosto de 1911, durante la huelga del transporte de Liverpool y la primera huelga ferroviaria nacional, el Gobierno desplegó tropas; en Liverpool y en Llanelli (Gales) los soldados dispararon contra los huelguistas y mataron a varios. ↩
Así en el impreso: «Whitely Report». Informes de la comisión presidida por el diputado liberal John Henry Whitley (1917-1918), que proponían consejos paritarios de patronos y sindicatos en cada industria (los Whitley Councils). ↩
La conferencia de Leeds del 3 de junio de 1917, convocada por el Partido Laborista Independiente y el Partido Socialista Británico para saludar la revolución rusa de febrero; acordó crear consejos de obreros y soldados en Gran Bretaña. ↩
El cartismo, movimiento obrero británico de los años 1838-1848 por la Carta del Pueblo (sufragio universal masculino, entre otras reivindicaciones), reunió varias «convenciones» nacionales, la primera en 1839. ↩
Partido nacionalista irlandés partidario de la independencia. En las elecciones de diciembre de 1918 ganó la gran mayoría de los escaños irlandeses y en enero de 1919 sus diputados se constituyeron en Dublín como parlamento de Irlanda (Dáil Éireann). ↩
El protocolo dice «1915». El levantamiento de Pascua de Dublín fue en abril de 1916. James Connolly (1868-1916), marxista irlandés, dirigente del Sindicato Irlandés del Transporte y de Trabajadores en General y del Ejército Ciudadano Irlandés, fue fusilado tras la derrota del levantamiento. ↩
Las elecciones generales británicas del 14 de diciembre de 1918, que dieron una amplia mayoría a la coalición de Lloyd George. ↩
Otto Grimlund, delegado del Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia; firmó el Manifiesto del congreso. ↩
Alusión a la resolución sobre la guerra del congreso de Stuttgart (1907), reafirmada en el congreso extraordinario de Basilea (1912), el último de la II Internacional antes de la guerra. ↩
La Sociedad de Naciones, cuyo proyecto de pacto se presentó en febrero de 1919 en la Conferencia de Paz de París. ↩
Zentrumsleute: los socialistas del «centro», es decir, los kautskianos y los independientes alemanes, no el partido católico alemán del Centro. ↩
Los grandes terratenientes nobles de Prusia. ↩
Nikolái Ivánovich Bujarin (1888-1938), miembro del Comité Central del Partido Comunista de Rusia (bolchevique) y director de Pravda; ponente sobre las Directrices. ↩
Sobre todo Engels en el Anti-Dühring (1878): el Estado «no es "abolido": se extingue» (er stirbt ab). ↩
El protocolo dice «la minoría explotada» (ausgebeuteten Minderheit), errata evidente por «explotadora». ↩
Al amparo de la Ley de Espionaje de 1917, la administración de Correos de Estados Unidos negó el envío postal a numerosos periódicos socialistas y radicales. ↩
Los tribunistas: el Partido Socialdemócrata (SDP) de los Países Bajos, formado en 1909 en torno al periódico De Tribune por la izquierda expulsada del partido socialdemócrata; en noviembre de 1918 tomó el nombre de Partido Comunista. ↩
Was will der Spartakusbund?, programa de la Liga Espartaco redactado por Rosa Luxemburgo, publicado en Die Rote Fahne el 14 de diciembre de 1918 y adoptado por el congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania (30 de diciembre de 1918 - 1 de enero de 1919). ↩
Carl Legien (1861-1920), presidente de la Comisión General de los Sindicatos de Alemania, la central de los sindicatos socialdemócratas. ↩
Las páginas citadas son las del proyecto de Directrices repartido a los delegados. Los pasajes corresponden al final del apartado «El camino de la victoria» del texto aprobado (véase la página del congreso), cuya redacción difiere en parte de la del proyecto. ↩
Max Albert (Hugo Eberlein), que por mandato del KPD se oponía a fundar ya la nueva Internacional. ↩
La Asociación Internacional de los Trabajadores, fundada en Londres el 28 de septiembre de 1864. ↩
Wilhelm Liebknecht (1826-1900), cofundador de la socialdemocracia alemana. Su hijo Karl Liebknecht (1871-1919), cofundador de la Liga Espartaco y del KPD, fue asesinado el 15 de enero de 1919. ↩
Gruber: seudónimo de Karl Steinhardt (1875-1963), cofundador del Partido Comunista de Austria alemana (véase más abajo «Steinhardt (Gruber)»). El protocolo le da la inicial «J.». ↩
La huelga general de enero de 1918, iniciada el 14 de enero en Wiener Neustadt, que se extendió a toda Austria y a Hungría y dio lugar a los primeros consejos obreros. ↩
Karl Seitz, Karl Renner y Karl Leuthner, dirigentes del Partido Socialdemócrata austriaco; Josef Tomschik y Franz Domes, dirigentes de los sindicatos ferroviario y metalúrgico, respectivamente. ↩
Alusión a los tres presidentes de la Asamblea Nacional Provisional de Austria alemana (octubre de 1918): el prelado cristianosocial Johann Nepomuk Hauser, el nacionalista alemán Franz Dinghofer y el socialdemócrata Karl Seitz. ↩
El conde Karl von Stürgkh (1859-1916), presidente del gobierno austriaco desde 1911, gobernó durante la guerra con el parlamento cerrado. Friedrich Adler lo mató a tiros el 21 de octubre de 1916. ↩
Karl Renner fue canciller de Estado (Staatskanzler; el protocolo dice Reichskanzler) desde el 30 de octubre de 1918. Otto Bauer (1881-1938) fue secretario de Estado de Asuntos Exteriores desde noviembre de 1918, y Julius Deutsch (1884-1968) estuvo al frente de los asuntos militares. ↩
Volkswehr («defensa popular»): el ejército de la república austriaca, creado en noviembre de 1918, con consejos de soldados propios y bajo fuerte influencia socialdemócrata. ↩
Elfriede Friedländer (1895-1961), cofundadora del Partido Comunista de Austria alemana, conocida más tarde como Ruth Fischer. ↩
El congreso del Partido Comunista de Austria alemana del 9 de febrero de 1919, una semana antes de las elecciones a la Asamblea Nacional Constituyente del 16 de febrero. ↩
Friedrich (Fritz) Adler (1879-1960), hijo de Victor Adler, fundador de la socialdemocracia austriaca. Condenado a muerte por matar a Stürgkh, la pena le fue conmutada y fue liberado en noviembre de 1918; en febrero de 1919 fue elegido diputado socialdemócrata a la Asamblea Nacional. ↩
El protocolo dice «Blitzarbeiter»; entendemos «Blitzableiter», pararrayos. ↩
Leonie Kascher, delegada del grupo comunista de Suiza, con voto consultivo. ↩
El protocolo dice «kennen» («conocer»); por el sentido, entendemos «hemmen», frenar. ↩
El protocolo dice «erreicht» («alcanzar»); por el sentido, entendemos «erweitert», ampliar. ↩
El acta no precisa cuál de las propuestas de procedimiento se votó. ↩
La VII Conferencia (de abril) del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia (bolchevique), celebrada en Petrogrado del 24 al 29 de abril de 1917, que adoptó la consigna de todo el poder a los sóviets. ↩
Die Freiheit, diario berlinés del Partido Socialdemócrata Independiente (USPD). ↩
Karl Kautsky, Die Diktatur des Proletariats (Viena, 1918), al que Lenin respondió con La revolución proletaria y el renegado Kautsky. ↩
Rudolf Hilferding (1877-1941), economista, autor de El capital financiero (1910), dirigente del USPD y redactor jefe de Die Freiheit. ↩
Valerián Obolenski (1887-1938), economista bolchevique conocido como N. Osinski. ↩
La Asamblea Constituyente rusa, reunida el 5 (18) de enero de 1918, fue disuelta al día siguiente por decreto del Comité Ejecutivo Central de los sóviets. ↩
Die Rote Fahne, órgano de la Liga Espartaco y después del Partido Comunista de Alemania. ↩
El Decreto sobre la tierra, aprobado por el II Congreso de los Sóviets el 26 de octubre (8 de noviembre) de 1917, que recogía el mandato campesino elaborado a partir de 242 mandatos locales. ↩
Los comités de campesinos pobres (kombedy), creados por decreto de junio de 1918. ↩
La carta de invitación al congreso, de enero de 1919, firmada por el Partido Comunista de Rusia y otros partidos y grupos. ↩
El grupo de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, llamado así por su revista Die Internationale (1915), núcleo de la Liga Espartaco. ↩
Angelica Balabanoff (1878-1965), socialista de origen ruso, militante en Italia y en Suiza; secretaria de la Comisión Socialista Internacional (C. S. I.), órgano permanente de la Unión de Zimmerwald. Había sido expulsada de Suiza en noviembre de 1918. ↩
La revolución de Octubre de 1917; la primera fue la de Febrero. ↩
Celebrada en Estocolmo en septiembre de 1917. ↩
El acta no precisa cuál de los dos hermanos Rahja, Jukka o Eino, ambos en la delegación finlandesa. ↩
Philipp Scheidemann, jefe del gobierno alemán desde febrero de 1919, y Gustav Noske, el ministro socialdemócrata que dirigió la represión de los levantamientos de Berlín en enero de 1919. ↩
La Conferencia de Paz de París, abierta en enero de 1919; la Santa Alianza fue el pacto de las monarquías europeas contra la revolución tras las guerras napoleónicas (1815). ↩
La Conferencia de Berna acordó enviar a Rusia una comisión de investigación, que no llegó a hacer el viaje. Otto Bauer y Karl Renner eran dirigentes de la socialdemocracia austriaca (Renner, canciller de la Austria alemana); Friedrich Adler, del ala izquierda de la misma; Karl Kautsky, el principal teórico de la II Internacional. ↩
El protocolo dice «British Socialist Labour Party», cruce de British Socialist Party (BSP) y Socialist Labour Party; por el contexto se trata del BSP. ↩
Kolonistengebiet: las colonias alemanas del Volga. ↩
Los cinco votos deliberativos del Partido Comunista de Alemania. ↩
El III Congreso de los Sóviets de Ucrania se reunió en Járkov del 6 al 10 de marzo de 1919. ↩
Así en el protocolo alemán, por errata: la cuarta sesión se celebró el 5 de marzo, como indica la edición rusa de las actas (Moscú, 1933). ↩
El Buró Socialista Internacional, órgano ejecutivo de la II Internacional, con sede en Bruselas. ↩
Las resoluciones del Congreso Socialista Internacional de Stuttgart (agosto de 1907), en particular la resolución sobre el militarismo y los conflictos internacionales. ↩
Vatslav Vorovski (1871-1923), bolchevique, representante diplomático de la Rusia soviética en los países escandinavos. ↩
Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946), secretario general del Partido Socialista francés desde octubre de 1918. ↩
Paul Faure (1878-1960), dirigente de la tendencia centrista del Partido Socialista francés. ↩
Oddino Morgari (1865-1944), diputado del Partido Socialista Italiano, uno de los organizadores de la Conferencia de Zimmerwald. ↩
Pierre Renaudel (1871-1935), dirigente socialpatriota del Partido Socialista francés. ↩
Otto Wels (1873-1939), dirigente del Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD). ↩
Salomon Grumbach (1884-1952), socialista alsaciano, socialpatriota del Partido Socialista francés. ↩
Camille Huysmans (1871-1968), socialista belga, secretario del Buró Socialista Internacional. ↩
El Partido Laborista Noruego se adhirió a la Internacional Comunista ese mismo año de 1919. ↩
El impreso omite el comienzo de la intervención de Zinóviev: la p. 156 empieza a mitad de frase y repite la primera línea con una variante («zu besprechen: die erste: unser Verhalten zu der Berner Kon-»). Por el contexto, el ponente anunciaba dos cuestiones que había que tratar. ↩
Jean Jaurès (1859-1914), dirigente del socialismo francés, asesinado por un nacionalista el 31 de julio de 1914, en vísperas de la guerra. ↩
Florentinus Marinus Wibaut (1859-1936), socialdemócrata holandés; el protocolo escribe «Vibaut». ↩
Eduard Bernstein (1850-1932), socialdemócrata alemán, principal exponente del revisionismo. ↩
Alexéi Brusílov dio nombre a la gran ofensiva rusa de junio de 1916; en junio de 1917, ya como comandante en jefe, dirigió la ofensiva ordenada por el Gobierno Provisional (la llamada ofensiva de Kérenski), a la que probablemente se refiere aquí Troelstra. ↩
Conferencia socialista internacional por la paz proyectada en Estocolmo en 1917; no llegó a celebrarse, entre otras razones porque los gobiernos de la Entente negaron los pasaportes a sus delegados. ↩
Henri van Kol (1852-1925), socialdemócrata holandés, defensor de una «política colonial socialista» en el Congreso de Stuttgart; el protocolo escribe «van Cool». ↩
Congreso extraordinario de la II Internacional reunido en Basilea en noviembre de 1912, durante las guerras balcánicas; su manifiesto contra la guerra fue aprobado por unanimidad. ↩
Marcel Sembat (1862-1922), socialista francés, ministro de Obras Públicas en el gobierno de unión sagrada de 1914 a 1916. ↩
Carl Grünberg (1861-1940), profesor de la Universidad de Viena, editor de Die Internationale und der Weltkrieg (Leipzig, 1916), recopilación de documentos de los partidos socialistas sobre el comienzo de la guerra. ↩
El 4 de agosto de 1914 el grupo parlamentario socialdemócrata votó en el Reichstag los créditos de guerra; ese mismo día los socialistas franceses se sumaron a la unión sagrada en la Cámara. ↩
Liu Shaozhou, delegado de la Unión de Obreros Chinos en Rusia, con voto consultivo. ↩
Así en el protocolo alemán, por errata: la quinta y última sesión se celebró el 6 de marzo, como indica la edición rusa de las actas (Moscú, 1933). ↩
Henri Guilbeaux (1884-1938), escritor y periodista francés, zimmerwaldiano; durante la guerra editó en Ginebra la revista Demain. ↩
Lau-Sin-Dschau es Liu Shaozhou; los nombres de los otros dos delegados se dan como los transcribe el protocolo. ↩
Japón participaba desde 1918 en la intervención aliada en Siberia y el Extremo Oriente ruso, con el mayor contingente de tropas. ↩
Alexandra Kollontai (1872-1952), bolchevique, comisaria del pueblo de Asistencia Pública en 1917-1918. ↩
Así en el protocolo; el congreso se abrió el 2 de marzo de 1919. ↩
Órgano soviético de dirección de la economía, creado en diciembre de 1917. ↩
El Código de las Leyes del Trabajo de la república soviética rusa, aprobado en diciembre de 1918. ↩
Alusión a los socialdemócratas mayoritarios alemanes, presentes en Berna, cuyo gobierno (Ebert, Scheidemann, Noske) aplastó la insurrección de enero de 1919 en Berlín, en la que fueron asesinados Liebknecht y Luxemburgo. ↩
Las «Tesis sobre la situación internacional y la política de la Entente»: véase la página del congreso. ↩