Congreso de fundación de la Internacional Comunista, reunido en el Kremlin de Moscú del 2 al 6 de marzo de 1919. Traducido de la versión alemana oficial, publicada por la propia Internacional: Manifest, Richtlinien, Beschlüsse des Ersten Kongresses (Bibliothek der Kommunistischen Internationale, I), Hamburgo, Carl Hoym, 1920, pp. 1-72 (archive.org). El alemán fue la lengua de trabajo del congreso, pero varios textos se redactaron en ruso: el Manifiesto (Trotski), las Directrices o Plataforma (Bujarin) y las Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado (Lenin); las demás resoluciones se redactaron en alemán o en ruso en las comisiones del congreso. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
Manifiesto de la Internacional Comunista a los proletarios de todo el mundo
Han transcurrido setenta y tres años desde que el Partido Comunista mundial proclamó su programa en forma de un manifiesto escrito por los más grandes maestros de la revolución proletaria, Karl Marx y Friedrich Engels. Ya entonces el comunismo, que apenas había salido a la arena de la lucha, se veía cercado por la persecución, la mentira, el odio y el acoso de las clases poseedoras, que con razón presentían en él a su enemigo mortal. A lo largo de estos siete decenios el desarrollo del comunismo siguió caminos difíciles: tempestades de ascenso, pero también periodos de decadencia; éxitos, pero también duras derrotas. En lo esencial, sin embargo, el desarrollo siguió el camino que le había trazado el Manifiesto del Partido Comunista. La época del combate último y decisivo ha llegado más tarde de lo que los apóstoles de la revolución social esperaban y deseaban. Pero ha llegado. Nosotros, los comunistas, representantes del proletariado revolucionario de distintos países de Europa, América y Asia, reunidos en el Moscú soviético, nos sentimos y nos consideramos continuadores y ejecutores de la causa cuyo programa se proclamó hace setenta y dos años. Nuestra tarea consiste en recapitular la experiencia revolucionaria de la clase obrera, depurar el movimiento de los elementos disolventes del oportunismo y del socialpatriotismo, reunir las fuerzas de todos los partidos verdaderamente revolucionarios del proletariado mundial y, con ello, facilitar y acelerar la victoria de la revolución comunista en el mundo entero.
Ahora que Europa está cubierta de escombros y de ruinas humeantes, los incendiarios más infames se dedican a buscar a los culpables de la guerra. Tras ellos están sus profesores, parlamentarios, periodistas, socialpatriotas y demás proxenetas políticos de la burguesía.
Durante muchos años el socialismo predijo la inevitabilidad de la guerra imperialista y vio su causa en la codicia insaciable de las clases poseedoras de los dos campos principales y, en general, de todos los países capitalistas. Dos años antes de que estallara la guerra, los dirigentes socialistas responsables de todos los países estigmatizaron en el Congreso de Basilea1 al imperialismo como causante de la guerra futura y amenazaron a la burguesía con castigarla mediante la revolución socialista, como represalia del proletariado por los crímenes del militarismo. Ahora, tras la experiencia de cinco años, después de que la historia ha puesto al descubierto los apetitos rapaces de Alemania y ha revelado los actos no menos criminales de los Estados de la Entente, los socialistas de Estado de los países de la Entente siguen desenmascarando una y otra vez, junto con sus gobiernos, al káiser alemán derrocado. Más aún: los socialpatriotas alemanes, que en agosto de 1914 declararon el Libro Blanco diplomático de los Hohenzollern2 el más sagrado evangelio de los pueblos, acusan ahora, con vil servilismo y junto con los socialistas de los países de la Entente, a la monarquía alemana derrocada, a la que antes sirvieron como esclavos, de ser la principal culpable. Así esperan hacer olvidar su propia culpa y ganarse la benevolencia de los vencedores. Pero, junto a las dinastías derrocadas de los Románov, los Hohenzollern y los Habsburgo y a las camarillas capitalistas de esos países, las clases dominantes de Francia, Inglaterra, Italia y los Estados Unidos aparecen, a la luz de los acontecimientos que se suceden y de las revelaciones diplomáticas, en toda su inconmensurable vileza.
La diplomacia inglesa se mantuvo hasta el momento en que se desencadenó la guerra con la visera misteriosamente bajada. El gobierno de la City se guardó de manifestar de forma inequívoca su intención de entrar en la guerra del lado de la Entente, para no disuadir de ella al gobierno de Berlín. En Londres se quería la guerra. Por eso allí se actuó de tal modo que Berlín y Viena confiaban en la neutralidad de Inglaterra mientras París y Petrogrado contaban firmemente con su intervención.
La guerra, preparada por el curso de un desarrollo de decenios, se desencadenó por la provocación directa y consciente de Gran Bretaña. El gobierno inglés calculaba prestar apoyo a Rusia y Francia solo hasta que estas se hubieran agotado por completo y, al mismo tiempo, quedara paralizada Alemania, su enemigo mortal. Pero el poderío de la máquina militar alemana resultó demasiado temible y exigió de Inglaterra no una intervención aparente, sino real, en la guerra. El papel del tercero que ríe, al que Gran Bretaña aspiraba según una vieja tradición, recayó en los Estados Unidos. El gobierno de Washington se resignó tanto más fácilmente al bloqueo inglés, que limitaba de un solo lado las especulaciones de la Bolsa norteamericana con la sangre de Europa, cuanto que los países de la Entente indemnizaban a la burguesía norteamericana con pingües beneficios por la violación del «derecho internacional». Pero la enorme superioridad militar de Alemania movió al gobierno de Washington a salir de su aparente neutralidad. Los Estados Unidos asumieron frente a Europa el papel que Inglaterra había desempeñado frente al continente en guerras anteriores y que había intentado desempeñar en la última: debilitar a un campo con ayuda del otro e inmiscuirse en las operaciones militares solo lo necesario para asegurarse todas las ventajas de la situación. La apuesta de Wilson, conforme a los métodos de la lotería norteamericana, no fue grande, pero fue la última, y con ella se aseguró la ganancia.
Las contradicciones del orden capitalista se han convertido, por obra de la guerra, en tormentos bestiales de hambre y frío para la humanidad, en epidemias, en embrutecimiento moral. Con ello ha quedado también definitivamente zanjada la disputa académica que había en el socialismo sobre la teoría del empobrecimiento y sobre el vaciamiento del capitalismo por el socialismo. Durante decenios, estadísticos y pedantes de la teoría de la atenuación de las contradicciones se esforzaron por arrastrar desde todos los rincones del mundo hechos reales y aparentes que dieran fe del aumento del bienestar de diversos grupos y categorías de la clase obrera. Se daba por enterrada la teoría del empobrecimiento entre los silbidos despectivos de los eunucos de las cátedras burguesas y de los mandarines del oportunismo socialista. Hoy el empobrecimiento está ante nosotros, no solo el social, sino también el fisiológico, el biológico, en toda su estremecedora realidad.
La catástrofe de la guerra imperialista ha barrido de un plumazo todas las conquistas de la lucha sindical y parlamentaria. Y esta guerra ha salido de las tendencias internas del capitalismo en la misma medida que aquellos acuerdos económicos y compromisos parlamentarios que ella ha enterrado en sangre y lodo.
El capital financiero, que arrojó a la humanidad al abismo de la guerra, ha sufrido él mismo cambios catastróficos en el curso de la guerra. La dependencia del papel moneda respecto de la base material de la producción quedó completamente trastornada. Al perder cada vez más su significado como medio y regulador de la circulación capitalista de mercancías, el papel moneda se convirtió en medio de requisa, de rapiña y, en general, de violencia económico-militar. La degeneración completa del papel moneda refleja la crisis mortal general del intercambio capitalista de mercancías. Si en los decenios anteriores a la guerra la libre competencia, como reguladora de la producción y la distribución en las ramas principales de la economía, ya había sido desplazada por el sistema de los trusts y los monopolios, el curso de la guerra arrancó esa función reguladora de las manos de las asociaciones económicas y la entregó directamente al poder militar del Estado. El reparto de las materias primas, la explotación del petróleo de Bakú o de Rumanía, del carbón del Donets, del trigo ucraniano, el destino de las locomotoras, los vagones y los automóviles alemanes, el abastecimiento de pan y de carne a la Europa hambrienta: todas estas cuestiones fundamentales de la vida económica del mundo no se regulan por la libre competencia ni por combinaciones de trusts y consorcios nacionales e internacionales, sino por la aplicación directa de la fuerza militar en interés de su ulterior conservación. Si la subordinación completa del poder del Estado al dominio del capital financiero llevó a la humanidad al matadero imperialista, el capital financiero, con esta matanza en masa, ha militarizado por completo no solo al Estado, sino también a sí mismo, y ya no es capaz de cumplir sus funciones económicas esenciales sino a sangre y hierro.
Los oportunistas que antes de la guerra mundial exhortaban a los obreros a la moderación en nombre del tránsito gradual al socialismo, que durante la guerra exigían humildad de clase en nombre de la paz civil3 y de la defensa de la patria, exigen de nuevo al proletariado abnegación para superar las espantosas consecuencias de la guerra. Si esta prédica hallara eco en las masas obreras, el desarrollo capitalista celebraría su restablecimiento sobre los huesos de varias generaciones, en una forma nueva, aún más concentrada y monstruosa, con la perspectiva de una nueva e inevitable guerra mundial. Por fortuna para la humanidad, eso ya no es posible.
La estatización de la vida económica, a la que tanto se resistía el liberalismo capitalista, se ha convertido en un hecho. No hay vuelta atrás, ni a la libre competencia ni siquiera al dominio de los trusts, los sindicatos patronales y demás monstruos económicos. La única cuestión es quién será en adelante el titular de la producción estatizada: ¿el Estado imperialista o el Estado del proletariado victorioso?
Dicho de otro modo: ¿se convertirá toda la humanidad trabajadora en sierva de la gleba de una camarilla mundial coronada por la victoria que, bajo el nombre de Sociedad de Naciones y con ayuda de un ejército «internacional» y de una flota «internacional», aquí saquea y estrangula, allá arroja un mendrugo, pero en todas partes encadena al proletariado con el único fin de conservar su propio dominio, o tomará la clase obrera de Europa y de los países avanzados de las demás partes del mundo en sus propias manos la economía nacional quebrantada y destruida para asegurar su reconstrucción sobre bases socialistas?
Solo es posible abreviar la época de la crisis actual con los medios de la dictadura proletaria, que no mira hacia el pasado ni tiene en cuenta privilegios hereditarios ni derechos de propiedad, sino que parte de la necesidad de salvar a las masas hambrientas, moviliza con este fin todos los medios y todas las fuerzas, implanta el trabajo obligatorio general, instaura el régimen de la disciplina del trabajo, para de este modo, en el curso de unos pocos años, no solo curar las heridas abiertas por la guerra, sino también elevar a la humanidad a una altura nueva e insospechada.
El Estado nacional, que dio un poderoso impulso al desarrollo capitalista, se ha vuelto demasiado estrecho para el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas. Tanto más insostenible se ha hecho la situación de los pequeños Estados dispersos entre las grandes potencias de Europa y de otras partes del mundo. Estos pequeños Estados, surgidos en distintas épocas como fragmentos de grandes Estados, como calderilla para pagar diversos servicios, como colchones estratégicos, tienen sus dinastías, sus bandas dominantes, sus pretensiones imperialistas, sus maquinaciones diplomáticas. Su independencia ilusoria tenía hasta la guerra el mismo sostén que el equilibrio europeo: el antagonismo ininterrumpido entre los dos campos imperialistas. La guerra rompió ese equilibrio. Al dar al principio a Alemania una superioridad abrumadora, la guerra obligó a los pequeños Estados a buscar salvación y amparo en la magnanimidad del militarismo alemán. Una vez derrotada Alemania, la burguesía de los pequeños Estados, junto con sus «socialistas» patriotas, se volvió hacia el imperialismo victorioso de los aliados y empezó a buscar en los hipócritas puntos del programa de Wilson4 garantías para seguir existiendo de forma independiente. Al mismo tiempo ha crecido el número de pequeños Estados: del cuerpo de la monarquía austrohúngara y de partes del Imperio de los zares se han desgajado nuevas formaciones estatales que, apenas nacidas, se saltan unas a otras al cuello por las fronteras. Entretanto, los imperialistas aliados preparan combinaciones de pequeños Estados nuevos y viejos para atarlos con la responsabilidad solidaria del odio mutuo y la impotencia general.
Mientras oprimen y violentan a los pueblos pequeños y débiles y los entregan al hambre y a la humillación, los imperialistas de la Entente, igual que hacían hasta hace poco los imperialistas de las potencias centrales, no dejan de hablar del derecho de los pueblos a la autodeterminación, que ahora yace completamente pisoteado tanto en Europa como en las demás partes del mundo.
Solo la revolución proletaria puede asegurar a los pueblos pequeños la posibilidad de una existencia libre, porque libera las fuerzas productivas de todos los países de la estrechez de los Estados nacionales, une a los pueblos en la más estrecha colaboración económica sobre la base de un plan económico general y da también al pueblo más pequeño y más débil la posibilidad de llevar libre e independientemente los asuntos de su cultura nacional, sin perjuicio para la economía unificada y centralizada de Europa y del mundo entero.
La última guerra, que fue en buena medida una guerra por las colonias, fue al mismo tiempo una guerra hecha con ayuda de las colonias. La población colonial fue arrastrada a la guerra europea en una escala nunca vista. Indios, negros, árabes y malgaches combatieron en el continente europeo, ¿por qué?, por su derecho a seguir siendo siervos de Inglaterra y Francia. Nunca se mostró más desvergonzado el dominio capitalista, nunca se planteó con tanta crudeza como ahora el problema de la esclavitud colonial.
De ahí una serie de insurrecciones abiertas y la efervescencia revolucionaria en todas las colonias. En la propia Europa, Irlanda recordó en sangrientos combates callejeros5 que sigue siendo un país sojuzgado y que se siente como tal. En Madagascar, en Annam6 y en otros países, las tropas de la república burguesa tuvieron que sofocar durante la guerra más de una insurrección de los esclavos coloniales. En la India el movimiento revolucionario no se ha detenido ni un solo día, y últimamente se ha producido la mayor huelga obrera de Asia, a la que el gobierno de Gran Bretaña respondió poniendo a trabajar los automóviles blindados en Bombay7.
De este modo, la cuestión colonial se ha puesto en el orden del día en toda su amplitud, no solo en la mesa de tapete verde del congreso de diplomáticos de París, sino también en las propias colonias. El programa de Wilson aspira, en el mejor de los casos, a cambiar el rótulo de la esclavitud colonial. La liberación de las colonias solo es posible junto con la liberación de la clase obrera de las metrópolis. Los obreros y campesinos no solo de Annam, Argelia y Bengala, sino también de Persia y Armenia, tendrán la posibilidad de una existencia independiente únicamente cuando los obreros de Inglaterra y Francia hayan derribado a Lloyd George y a Clemenceau y tomado en sus manos el poder del Estado. En las colonias más desarrolladas la lucha no se libra ya solamente bajo la bandera de la liberación nacional, sino que adquiere de inmediato un carácter social abiertamente declarado. Si la Europa capitalista arrastró por la fuerza a las partes atrasadas del mundo al torbellino capitalista, la Europa socialista acudirá en ayuda de las colonias liberadas con su técnica, su organización y su influencia intelectual, para facilitarles el paso a la economía socialista organizada con arreglo a un plan.
¡Esclavos coloniales de África y de Asia! ¡La hora de la dictadura proletaria en Europa será también la hora de vuestra liberación!
Todo el mundo burgués acusa a los comunistas de destruir las libertades y la democracia política. No es verdad. Al llegar al poder, el proletariado no hace más que constatar la imposibilidad absoluta de aplicar los métodos de la democracia burguesa, y crea las condiciones y las formas de una democracia obrera nueva y superior. Todo el curso del desarrollo capitalista, sobre todo en la última época imperialista, ha minado la democracia política no solo porque ha escindido a las naciones en dos clases irreconciliables, sino también porque condena a las numerosas capas pequeñoburguesas y semiproletarias, así como a las capas inferiores del proletariado, a una atrofia económica permanente y a la impotencia política.
La clase obrera de los países en los que el desarrollo histórico le dio la posibilidad de hacerlo ha aprovechado el régimen de la democracia política para organizar la lucha contra el capital. Lo mismo seguirá ocurriendo en los países donde aún no han madurado las condiciones previas de una revolución obrera. Pero las amplias capas intermedias, tanto en el campo como en las ciudades, ven frenado por el capitalismo su desarrollo histórico y se quedan rezagadas épocas enteras. El campesino de Baden y de Baviera, que no ve más allá del campanario de su aldea; el pequeño viticultor francés, arruinado por la adulteración del vino a cargo del gran capital; el pequeño granjero norteamericano, saqueado y engañado por banqueros y diputados: todas estas capas sociales, apartadas por el capitalismo de la gran vía del desarrollo, son llamadas sobre el papel por el régimen de la democracia política a la administración del Estado. En realidad, sin embargo, en todas las cuestiones importantes que deciden el destino de los pueblos, la oligarquía financiera toma sus decisiones a espaldas de la democracia parlamentaria. Así ocurrió ante todo en la cuestión de la guerra, y lo mismo sucede ahora en la cuestión de la paz.
Cuando la oligarquía financiera juzga útil cubrir sus actos de violencia con votaciones parlamentarias, el Estado burgués tiene a su disposición, para alcanzar los fines necesarios, todos los medios heredados de los siglos anteriores de dominio de clase y multiplicados por los prodigios de la técnica capitalista: la mentira, la demagogia, la instigación, la calumnia, el soborno y el terror.
Exigir al proletariado que, en la lucha final contra el capitalismo, en la que se juega la vida o la muerte, siga mansamente como un cordero las exigencias de la democracia burguesa sería como exigir a un hombre que defiende su vida y su existencia contra unos bandidos que observe las reglas artificiales y convencionales de la lucha francesa8, fijadas por su enemigo pero que este no respeta.
En el reino de la destrucción, donde no solo los medios de producción y de transporte, sino también las instituciones de la democracia política, son escombros ensangrentados, el proletariado tiene que crear su propio aparato, que sirva ante todo de vínculo de cohesión de la clase obrera y le asegure la posibilidad de intervenir revolucionariamente en el desarrollo ulterior de la humanidad. Ese aparato son los consejos obreros. Los viejos partidos y los viejos sindicatos, en la persona de sus dirigentes, se han mostrado incapaces de comprender las tareas planteadas por la nueva época, y no digamos de cumplirlas. El proletariado creó una nueva forma de aparato que abarca a toda la clase obrera, independientemente del oficio y de la madurez política; un aparato flexible, capaz de renovarse sin cesar, de ampliarse, de atraer a su esfera nuevas y nuevas capas, de abrir sus puertas a las capas trabajadoras de la ciudad y del campo próximas al proletariado. Esta organización insustituible del autogobierno de la clase obrera, de su lucha y, en el futuro, también de la conquista del poder del Estado, ha sido puesta a prueba por la experiencia de distintos países y representa la mayor conquista y el arma más poderosa del proletariado de nuestro tiempo.
En todos los países donde las masas han despertado a la reflexión se seguirán formando consejos de obreros, soldados y campesinos. Consolidar los consejos, elevar su autoridad, contraponerlos al aparato estatal de la burguesía: esa es ahora la tarea principal de los obreros conscientes y honrados de todos los países. Por medio de los consejos la clase obrera puede salvarse de la descomposición que introducen en su seno los tormentos infernales de la guerra y del hambre, la violencia de los poseedores y la traición de sus antiguos dirigentes. Por medio de los consejos la clase obrera llegará al poder del modo más seguro y más fácil en todos los países donde los consejos agrupen a su alrededor a la mayoría de la población trabajadora. Por medio de los consejos la clase obrera, una vez en el poder, administrará todos los ámbitos de la vida económica y cultural, como ya ocurre hoy en Rusia.
El hundimiento del Estado imperialista, desde el zarista hasta el más democrático, se produce a la vez que el hundimiento del sistema militar imperialista. Los ejércitos de millones de hombres movilizados por el imperialismo solo pudieron resistir mientras el proletariado permaneció obediente bajo el yugo de la burguesía. La ruptura de la unidad nacional significa también la inevitable descomposición del ejército. Así ocurrió primero en Rusia, luego en Austria-Hungría y en Alemania. Lo mismo cabe esperar en los demás Estados imperialistas. La insurrección del campesino contra el terrateniente, del obrero contra el capitalista, y de ambos contra la burocracia monárquica o «democrática», conduce inevitablemente a la insurrección del soldado contra el mando y, más adelante, a una aguda escisión entre los elementos proletarios y los burgueses del ejército. La guerra imperialista, que enfrentaba a una nación con otra, se ha transformado y se está transformando en guerra civil, que enfrenta a una clase con otra.
El griterío del mundo burgués contra la guerra civil y el terror rojo es la hipocresía más monstruosa que haya conocido hasta hoy la historia de las luchas políticas. No habría guerra civil si las camarillas de explotadores que han llevado a la humanidad al borde de la ruina no se hubieran opuesto a cada paso adelante de las masas trabajadoras, si no hubieran urdido conspiraciones y asesinatos y no hubieran pedido ayuda armada del exterior para mantener o restablecer sus privilegios de rapiña.
La guerra civil se la imponen a la clase obrera sus enemigos mortales. La clase obrera tiene que responder golpe por golpe si no quiere renegar de sí misma y de su porvenir, que es a la vez el porvenir de la humanidad entera. Los partidos comunistas, que nunca provocan artificialmente la guerra civil, procuran, cuando se ha convertido en una necesidad de hierro, abreviar en lo posible su duración, reducir el número de sus víctimas y, ante todo, asegurar la victoria al proletariado. De ahí la necesidad de desarmar a tiempo a la burguesía, de armar a los obreros, de formar un ejército comunista que proteja el poder del proletariado y la inviolabilidad de su construcción socialista. Tal es el Ejército Rojo de la Rusia soviética, que ha surgido para defender las conquistas de la clase obrera contra todo ataque interior y exterior. El ejército de los consejos es inseparable del Estado de los consejos.
Conscientes del carácter histórico mundial de sus tareas, los obreros esclarecidos aspiraron a una unión internacional desde los primeros pasos de su movimiento socialista organizado. La primera piedra se puso en 1864, en Londres, con la Primera Internacional. La guerra franco-prusiana, de la que surgió la Alemania de los Hohenzollern, minó la Primera Internacional, a la vez que impulsaba el desarrollo de los partidos obreros nacionales. Ya en 1889 estos partidos se unieron en el congreso de París y crearon la organización de la Segunda Internacional. Pero en ese periodo el centro de gravedad del movimiento obrero estaba enteramente en el terreno nacional, en el marco de los Estados nacionales, sobre la base de la industria nacional, en el campo del parlamentarismo nacional. Decenios de trabajo organizativo y reformista formaron una generación de dirigentes que en su mayoría reconocían de palabra el programa de la revolución social, pero en realidad renegaban de él y se empantanaban en el reformismo y en la adaptación al Estado burgués. El carácter oportunista de los partidos dirigentes de la Segunda Internacional quedó definitivamente al descubierto y condujo al mayor hundimiento de la historia mundial en el momento en que el curso de los acontecimientos exigía de los partidos obreros métodos revolucionarios de lucha. Si la guerra de 1870 asestó un golpe a la Primera Internacional al poner de manifiesto que tras el programa socialrevolucionario no había todavía una fuerza compacta de las masas, la guerra de 1914 mató a la Segunda Internacional al mostrar que por encima de las masas obreras soldadas en un bloque se alzaban partidos que se habían convertido en órganos serviles del Estado burgués.
Esto vale no solo para los socialpatriotas, que hoy se han pasado abiertamente al campo de la burguesía y se han convertido en sus hombres de confianza predilectos y en verdugos seguros de la clase obrera, sino también para el «centro» socialista, difuso e inconstante, que hoy se esfuerza por restaurar la Segunda Internacional, es decir, la estrechez de miras, el oportunismo y la impotencia revolucionaria de su élite dirigente. El Partido Independiente de Alemania, la actual mayoría del Partido Socialista de Francia, el grupo de los mencheviques en Rusia, el Partido Laborista Independiente de Inglaterra9 y otros grupos semejantes intentan de hecho ocupar el lugar que los viejos partidos oficiales de la Segunda Internacional tenían antes de la guerra; se presentan, como antes, con ideas de compromiso y de unidad, paralizan así por todos los medios la energía del proletariado, prolongan la crisis y agravan con ello aún más la miseria de Europa. La lucha contra el «centro» socialista es la condición previa necesaria de una lucha victoriosa contra el imperialismo.
Al rechazar la tibieza, la mendacidad y la podredumbre de los caducos partidos socialistas oficiales, nosotros, los comunistas unidos en la Tercera Internacional, nos sentimos continuadores directos de los esfuerzos heroicos y del martirio de una larga serie de generaciones revolucionarias, desde Babeuf hasta Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo10.
Si la Primera Internacional previó el desarrollo futuro y trazó sus caminos, si la Segunda Internacional reunió y organizó a millones de proletarios, la Tercera Internacional es la Internacional de la acción abierta de masas, la Internacional de la realización revolucionaria, la Internacional de los hechos.
La crítica socialista ha estigmatizado de sobra el orden mundial burgués. La tarea del partido comunista internacional consiste en derribar ese orden y levantar en su lugar el edificio del orden socialista.
Llamamos a los obreros y obreras de todos los países a unirse bajo la bandera comunista, bajo cuyo signo se han conseguido ya las primeras grandes victorias.
¡Proletarios de todos los países! En la lucha contra la barbarie imperialista, contra la monarquía, contra los estamentos privilegiados, contra el Estado burgués y la propiedad burguesa, contra todas las clases y formas de opresión social y nacional, ¡uníos!
Bajo la bandera de los consejos obreros, de la lucha revolucionaria por el poder y la dictadura del proletariado, bajo la bandera de la Tercera Internacional, ¡proletarios de todos los países, uníos!
Firmaron el manifiesto en Moscú, el 6 de marzo de 1919, los representantes: de Alemania, Max Albert11; de Rusia, N. Lenin; de la Austria alemana, K. Gruber; de Hungría, A. Rudnyánszky; de Suecia, Otto Grimlund; de Suiza, Fritz Platten; de los Estados Unidos de Norteamérica, B. Reinstein; de la Federación Balcánica, Ch. Rakovski; de Polonia, J. Unszlicht (Jurowski); de Finlandia, Yrjö Sirola; de Ucrania, Skrýpnik; de Letonia, K. Gailis; de Estonia, Hans Pöögelmann; de Armenia, Gaikuni; de los colonos alemanes del Volga, G. Klinger; de los pueblos orientales de Rusia, Yalýmov; de la izquierda de Zimmerwald francesa, Henri Guilbeaux12.
Directrices de la Internacional Comunista13
Las contradicciones del sistema capitalista mundial, que permanecían ocultas en su seno, se manifestaron con una fuerza colosal en una gigantesca explosión: la gran guerra mundial imperialista.
El capitalismo intentó superar su propia anarquía mediante la organización de la producción. En lugar de numerosos empresarios en competencia, se formaron poderosas asociaciones capitalistas (sindicatos patronales, cárteles, trusts), el capital bancario se fundió con el capital industrial; toda la vida económica pasó a estar dominada por la oligarquía del capital financiero, que, gracias a su organización y sobre la base de ese poder, llegó a una dominación exclusiva. En lugar de la libre competencia surgió el monopolio. El capitalista individual se convierte en capitalista asociado. La anarquía demente es sustituida por la organización.
Pero en la misma medida en que la anarquía queda sustituida por la organización capitalista en cada país, se agudizan cada vez más las contradicciones, la lucha competitiva y la anarquía en la economía mundial. La lucha entre los mayores Estados bandidos organizados condujo con férrea necesidad a la monstruosa guerra mundial imperialista. La sed de ganancia empujó al capital mundial a luchar por nuevos mercados, nuevas esferas de inversión del capital, nuevas fuentes de materias primas, la fuerza de trabajo barata de los esclavos coloniales. Los Estados imperialistas, que se habían repartido el mundo entero y habían convertido a muchos millones de proletarios y campesinos de África, Asia, Australia y América en bestias de carga, tenían que mostrar tarde o temprano, en un choque formidable, la verdadera naturaleza anárquica del capital. Así nació el mayor de los crímenes: la guerra mundial de rapiña.
El capitalismo intentó superar también su contradictoria estructura social. La sociedad burguesa es una sociedad de clases. El capital de los mayores Estados «civilizados» quiso encubrir los antagonismos sociales. A costa de los pueblos coloniales saqueados, el capital corrompió a sus esclavos asalariados, creó la comunidad de intereses entre explotados y explotadores frente a las colonias oprimidas —los pueblos coloniales amarillos, negros y rojos— y encadenó a la clase obrera europea y norteamericana a la «patria» imperialista.
Pero ese mismo método de corrupción permanente, con el que se habían creado el patriotismo de la clase obrera y su sometimiento espiritual, se convirtió con la guerra en su contrario. Aniquilamiento físico, esclavización completa del proletariado, opresión monstruosa, depauperación y degeneración, el hambre mundial: esa fue la última paga de la paz civil. La paz civil se vino abajo. La guerra imperialista se convirtió en guerra civil.
¡Ha nacido la nueva época! La época de la disolución del capitalismo, de su descomposición interna, la época de la revolución comunista del proletariado.
El sistema imperialista se derrumba. Fermentación en las colonias, fermentación entre las pequeñas naciones antes privadas de independencia, insurrecciones del proletariado, revolución proletaria victoriosa en algunos países, descomposición de los ejércitos imperialistas, incapacidad completa de las clases dominantes para seguir dirigiendo los destinos de los pueblos: ese es el cuadro de la situación actual en el mundo entero.
La humanidad, cuya cultura entera yace hoy en ruinas, está amenazada de aniquilamiento completo. Solo hay una fuerza que pueda salvarla, y esa fuerza es el proletariado. El viejo «orden» capitalista ya no existe, ya no puede subsistir. El resultado final del modo de producción capitalista es el caos. Y ese caos solo puede superarlo la mayor clase productiva: la clase obrera. Ella debe crear un orden verdadero, el orden comunista. Debe quebrar la dominación del capital, hacer imposibles las guerras, suprimir las fronteras de los Estados, transformar el mundo entero en una comunidad que trabaje para sí misma, realizar la fraternidad y la liberación de los pueblos.
Contra ello se arma el capital mundial para la lucha final. Bajo el manto de la «Sociedad de Naciones» y con un torrente de frases pacifistas, hace los últimos esfuerzos por volver a pegar las partes del sistema capitalista que se desmoronan espontáneamente y por dirigir sus fuerzas contra la revolución proletaria, que no deja de crecer.
A esta nueva y monstruosa conspiración de la clase capitalista el proletariado debe responder con la conquista del poder político, dirigiendo ese poder contra sus enemigos de clase y poniéndolo en movimiento como palanca de la transformación económica. La victoria definitiva del proletariado mundial significa el comienzo de la verdadera historia de la humanidad liberada.
1. La conquista del poder político
La conquista del poder político por el proletariado significa la destrucción del poder político de la burguesía. El instrumento de poder más fuerte de la burguesía es el aparato del Estado burgués, con su ejército capitalista a las órdenes de oficiales burgueses y junkers14, su policía y su gendarmería, sus carceleros y sus jueces, sus curas, sus funcionarios, etc. La conquista del poder político no significa solo un cambio de personas en los ministerios, sino la destrucción del aparato estatal enemigo, la conquista de la fuerza real, el desarme de la burguesía, de los oficiales contrarrevolucionarios, de la guardia blanca, y el armamento del proletariado, de los soldados revolucionarios, de la guardia roja obrera; la destitución de todos los jueces burgueses y la organización del tribunal proletario; la abolición de la dominación de los funcionarios reaccionarios y la creación de nuevos órganos de administración del proletariado. La victoria del proletariado consiste en la desorganización del poder enemigo y la organización del poder proletario; consiste en la demolición del aparato estatal burgués y la construcción del aparato estatal proletario. Solo después de haber conseguido la victoria y quebrado la resistencia de la burguesía puede el proletariado hacer útiles al nuevo orden a sus antiguos adversarios, poniéndolos bajo su control e incorporándolos poco a poco a la obra de la construcción comunista.
2. La democracia y la dictadura
El Estado proletario es, como todo Estado, un aparato de opresión, pero se dirige contra los enemigos de la clase obrera. Su finalidad es quebrar, hacer imposible la resistencia de los explotadores, que en su lucha desesperada emplean todos los medios para ahogar en sangre la revolución. La dictadura del proletariado, que da abiertamente a este la posición privilegiada en la sociedad, es por otra parte una institución provisional. A medida que se quiebra la resistencia de la burguesía, que esta es expropiada y se convierte poco a poco en una capa trabajadora, la dictadura proletaria desaparece, el Estado se extingue y con él las clases mismas.
La llamada democracia, es decir, la democracia burguesa, no es otra cosa que la dictadura encubierta de la burguesía. La tan alabada «voluntad popular» general existe tan poco como el pueblo unitario. En realidad existen las clases, con voluntades opuestas e inconciliables. Pero como la burguesía es una pequeña minoría, necesita esa ficción, la simulación de la «voluntad popular» nacional, para afianzar bajo esa palabra de buen sonido su dominación sobre las clases trabajadoras e imponerles su propia voluntad de clase. Frente a ello, el proletariado, como inmensa mayoría de la población, ejerce de manera completamente abierta la violencia de clase de su organización de masas, de sus consejos, para eliminar los privilegios de la burguesía y asegurar el paso a la sociedad comunista sin clases.
En la democracia burguesa el peso principal recae en las declaraciones puramente formales de derechos y libertades, que son, sin embargo, inalcanzables precisamente para el pueblo trabajador, para los proletarios y semiproletarios, que no tienen medios materiales, mientras que la burguesía aprovecha sus medios materiales para mentir al pueblo y engañarlo por medio de su prensa y sus organizaciones. Frente a ello, el sistema de consejos, ese nuevo tipo de poder del Estado, pone el peso principal en dar al proletariado la posibilidad de hacer efectivos sus derechos y libertades. El poder de los consejos da al pueblo los mejores palacios, casas, imprentas, existencias de papel, etc., para su prensa, sus reuniones, sus asociaciones. Y solo así se hace posible la verdadera democracia proletaria.
La democracia burguesa, con su sistema parlamentario, solo con palabras hace creer a las masas que participan en la administración del Estado. De hecho, las masas y sus organizaciones están completamente apartadas del poder real y de la verdadera administración del Estado. En el sistema de consejos administran las organizaciones de masas y, por medio de ellas, las masas mismas, pues los consejos incorporan a la administración del Estado a un número cada vez mayor de obreros; solo así participa poco a poco todo el pueblo trabajador en la verdadera administración del Estado. El sistema de consejos se apoya, pues, en las organizaciones de masas del proletariado: en los consejos mismos, en los sindicatos revolucionarios, en las cooperativas, etc.
La democracia burguesa y el sistema parlamentario agudizan la separación entre las masas y el Estado mediante la división en poder legislativo y poder ejecutivo y mediante los mandatos parlamentarios irrevocables. Frente a ello, en el sistema de consejos, el derecho de revocación, la unión del poder legislativo y el ejecutivo y el carácter de los consejos como colegios de trabajo unen a las masas con los órganos de administración. Favorece también esta unión el hecho de que, en el sistema de consejos, las elecciones mismas no se hagan por circunscripciones territoriales artificiales, sino por unidades de producción.
Así realiza el sistema de consejos la verdadera democracia proletaria, la democracia para el proletariado y dentro del proletariado, contra la burguesía. En este sistema se da preferencia al proletariado industrial, como clase dirigente, mejor organizada y políticamente más madura, bajo cuya hegemonía se van elevando poco a poco los semiproletarios y los pequeños campesinos del campo. Estos privilegios provisionales del proletariado industrial deben aprovecharse para sustraer a las masas pequeñoburguesas más pobres del campo a la influencia de los campesinos ricos y de la burguesía, y para organizarlas y educarlas como colaboradoras en la construcción comunista.
3. Expropiación de la burguesía y socialización de la producción
La disolución del orden capitalista y de la disciplina capitalista del trabajo hace imposible, en las relaciones de clase existentes, el restablecimiento de la producción sobre la base anterior. Las luchas salariales de los obreros —aun cuando triunfan— no traen la esperada mejora de sus condiciones de vida, porque el precio de compra de todos los bienes de consumo, que sube a saltos, vuelve ilusorio cualquier éxito. Las condiciones de vida de los obreros solo pueden mejorar si no es la burguesía, sino el proletariado mismo, quien domina la producción. Las formidables luchas salariales de los obreros en todos los países, en las que se expresa claramente su situación desesperada, hacen imposible, por su fuerza elemental y su tendencia a generalizarse, la continuación de la producción capitalista. Para elevar las fuerzas productivas de la economía, para quebrar cuanto antes la resistencia de la burguesía, que prolonga la agonía de la vieja sociedad y lleva así al peligro de la ruina completa de la vida económica, la dictadura proletaria debe llevar a cabo la expropiación de la gran burguesía y de los terratenientes junkers y convertir los medios de producción y de transporte en propiedad común del Estado proletario.
El comunismo nace ahora de las ruinas del capitalismo; la historia no ofrece a la humanidad otra salida. Los oportunistas, que plantean la reivindicación utópica de reconstruir la economía capitalista para aplazar la socialización, no hacen más que prolongar el proceso de disolución y conducen al peligro directo de un hundimiento total. La revolución comunista es al mismo tiempo el mejor y el único medio con el que pueden conservarse la fuerza productiva social más importante —el proletariado— y, con él, la sociedad misma.
La dictadura proletaria no trae consigo en modo alguno un reparto cualquiera de los medios de producción y de transporte; al contrario, su finalidad consiste en someter la producción a un plan único.
Como primeros pasos hacia la socialización de toda la economía hay que mencionar: la socialización del aparato de los grandes bancos, que hoy dirigen la producción; la conquista de todos los órganos económicos del capitalismo de Estado mediante su toma por el poder estatal del proletariado; la toma de todas las empresas municipales; la socialización de las ramas de la producción organizadas en sindicatos patronales y trusts, así como de aquellas ramas en las que la concentración y la centralización del capital lo permitan técnicamente; la socialización de las fincas agrícolas y su transformación en explotaciones agrícolas dirigidas socialmente.
En cuanto a las empresas más pequeñas, el proletariado debe ir agrupándolas poco a poco, según su tamaño.
Hay que subrayar expresamente que la pequeña propiedad no será expropiada en modo alguno y que los propietarios que no explotan trabajo asalariado tampoco serán objeto de medidas de fuerza. Esta capa será atraída poco a poco a la organización socialista por el ejemplo, por la práctica, que le mostrará las ventajas del nuevo orden, del orden que liberará al pequeño campesinado y a la pequeña burguesía urbana de la presión económica del capital usurario y de los junkers, y de la carga de los impuestos (en particular mediante la anulación de las deudas del Estado, etc.).
La tarea de la dictadura proletaria en el terreno económico solo podrá cumplirse en la medida en que el proletariado sea capaz de crear los órganos centralizados de administración de la producción y de realizar la administración obrera. Para ello deberá aprovechar necesariamente aquellas de sus organizaciones de masas que estén más estrechamente ligadas al proceso de producción.
En el terreno de la distribución, la dictadura proletaria debe sustituir el comercio por la distribución adecuada de los productos; en ese camino hay que mencionar las medidas siguientes: la socialización de las empresas de comercio al por mayor; la toma por el proletariado de todos los aparatos de distribución del Estado burgués y de los municipios; el control sobre las grandes cooperativas de consumo, cuya organización seguirá desempeñando un gran papel económico en la época de transición; la centralización progresiva de todos estos órganos y su transformación en un todo único que lleve a cabo racionalmente la distribución de los productos.
Lo mismo en el terreno de la producción que en el de la distribución, hay que aprovechar a todos los técnicos y especialistas cualificados, una vez quebrada su resistencia política y cuando ya sean capaces de ponerse no al servicio del capital, sino del nuevo sistema de producción.
El proletariado no los oprimirá; al contrario, les dará por primera vez la posibilidad de desarrollar el trabajo creador más intenso. La dictadura proletaria sustituirá la separación entre el trabajo físico y el intelectual, que el capitalismo ha desarrollado, por su cooperación, y unirá así la ciencia y el trabajo.
Junto con la expropiación de las fábricas, las minas, las fincas, etc., el proletariado debe abolir también la explotación de la población por los caseros capitalistas, poner las casas grandes en manos de los consejos obreros locales, trasladar a los obreros a las casas burguesas, etc.
Durante este gran periodo de transformación, el poder de los consejos debe ir construyendo sin interrupción todo el aparato de administración de manera cada vez más centralizada y, por otra parte, incorporar capas cada vez más amplias del pueblo trabajador a la administración directa.
4. El camino de la victoria
La época revolucionaria exige del proletariado el empleo de medios de lucha que concentren toda su energía, a saber, el método de las acciones de masas y, como su consecuencia lógica, los choques directos con la máquina del Estado burgués en lucha abierta. A este fin deben subordinarse todos los demás métodos, por ejemplo, la utilización revolucionaria del parlamentarismo burgués.
La condición necesaria de una lucha victoriosa de este tipo es la separación no solo de los lacayos directos del capital y verdugos de la revolución comunista, papel en el que aparecen los socialdemócratas de derecha, sino también del «centro» (kautskianos), que en los momentos más críticos abandona al proletariado para coquetear con sus enemigos declarados.
Por otra parte, es necesario un bloque con aquellos elementos del movimiento obrero revolucionario que, aunque antes no pertenecían al partido socialista, se sitúan ahora en general en el terreno de la dictadura proletaria en la forma del poder de los consejos, por ejemplo, los elementos correspondientes del sindicalismo.
El auge del movimiento revolucionario en todos los países, el peligro de que esta revolución sea ahogada por la alianza de los Estados capitalistas, los intentos de los partidos socialtraidores de unirse entre sí (la formación de la «Internacional» amarilla en Berna15) para prestar servicios a la Sociedad de Wilson16; por último, la necesidad absoluta de coordinar las acciones proletarias: todo esto debe llevar a la fundación de una Internacional Comunista verdaderamente revolucionaria y verdaderamente proletaria.
La Internacional, que subordina a los intereses de la revolución internacional los llamados intereses nacionales, realizará la ayuda mutua del proletariado de los distintos países, pues sin ayuda mutua económica y de otro tipo el proletariado no estará en condiciones de organizar la nueva sociedad. Por otra parte, frente a la Internacional amarilla socialpatriota, el comunismo proletario internacional apoyará a los pueblos coloniales explotados en sus luchas contra el imperialismo, para favorecer el hundimiento definitivo del sistema imperialista mundial.
Los criminales capitalistas afirmaban al comienzo de la guerra mundial que solo defendían la patria común. Pero pronto el imperialismo alemán mostró con sus hechos sangrientos en Rusia, en Ucrania y en Finlandia su verdadera naturaleza de bandido17. Ahora los Estados de la Entente se desenmascaran ante las capas más atrasadas de la población como bandidos mundiales y asesinos del proletariado. Junto con la burguesía alemana y los socialpatriotas, con frases hipócritas sobre la paz en los labios, estrangulan la revolución del proletariado europeo por medio de sus máquinas de guerra y de soldados coloniales embrutecidos y bárbaros. Indescriptible es el terror blanco de los caníbales burgueses. Incontables son las víctimas de la clase obrera. Ha perdido a sus mejores: Liebknecht, Luxemburgo.
¡El proletariado debe defenderse de ello, defenderse a cualquier precio! La Internacional Comunista llama a todo el proletariado mundial a esta lucha final. ¡Arma contra arma! ¡Violencia contra violencia!
¡Abajo la conspiración imperialista del capital!
¡Viva la república internacional de los consejos proletarios!
Tesis sobre la democracia burguesa y la dictadura del proletariado
El crecimiento del movimiento revolucionario del proletariado en todos los países ha provocado en la burguesía y en sus agentes dentro de las organizaciones obreras esfuerzos convulsivos por encontrar argumentos ideológicos y políticos para defender la dominación de los explotadores. Entre estos argumentos se destaca especialmente el rechazo de la dictadura y la defensa de la democracia. Pero la falsedad y la hipocresía de semejante argumento, que la prensa capitalista y la conferencia de la Internacional amarilla celebrada en Berna en febrero de 1919 repiten de mil maneras, son evidentes para todo el que no quiera traicionar los principios del socialismo.
Ante todo, esta argumentación opera con los conceptos de «democracia en general» y «dictadura en general», sin plantear la cuestión de qué clase se trata. Semejante planteamiento, situado fuera o por encima del punto de vista de clase y que pretende valer como punto de vista de todo el pueblo, es una burla directa de la doctrina fundamental del socialismo, a saber, la doctrina de la lucha de clases, que los socialistas reconocen de palabra pero olvidan de hecho cuando se han pasado al campo de la burguesía. Porque en ninguno de los países capitalistas civilizados existe una «democracia en general», sino que solo existe una democracia burguesa, y no se trata de la «dictadura en general», sino de la dictadura de la clase oprimida, es decir, del proletariado, sobre los opresores y explotadores, es decir, la burguesía, con el fin de vencer la resistencia que los explotadores oponen en la lucha por su dominación.
La historia enseña que ninguna clase oprimida ha llegado nunca ni ha podido llegar al poder sin pasar por un periodo de dictadura, es decir, de conquista del poder político y de aplastamiento por la fuerza de la resistencia más desesperada, más salvaje, que no retrocede ante ningún crimen, que siempre oponen los explotadores. La burguesía, cuya dominación defienden hoy los socialistas que se pronuncian contra la «dictadura en general» y abrazan en cuerpo y alma la «democracia en general», conquistó su poder en los países civilizados mediante una serie de insurrecciones y guerras civiles, mediante el aplastamiento por la fuerza de la monarquía, de los señores feudales y los esclavistas y de sus intentos de restauración. Miles y millones de veces han explicado al pueblo los socialistas de todos los países, en sus libros y folletos, en las resoluciones de sus congresos, en sus discursos de agitación, el carácter de clase de esas revoluciones burguesas. Por eso la actual defensa de la «democracia burguesa» en discursos sobre la «democracia en general» y los actuales clamores contra la dictadura del proletariado, en forma de gritos sobre la «dictadura en general», son una traición directa al socialismo, un paso efectivo al campo de la burguesía, la negación del derecho del proletariado a su revolución proletaria, una defensa del reformismo burgués precisamente en un momento histórico en que el reformismo burgués se ha hundido en el mundo entero y en que la guerra ha creado una situación revolucionaria.
Todos los socialistas, al explicar el carácter de clase de la democracia burguesa, del parlamentarismo burgués, han expresado la idea que Marx y Engels formularon con la mayor precisión científica al decir que la república burguesa más democrática no es otra cosa que una máquina para la opresión de la clase obrera por la burguesía, de la masa de los trabajadores por un puñado de capitalistas18. No hay un solo revolucionario ni un solo marxista entre los que hoy alzan sus gritos contra la dictadura y defienden la democracia que no haya jurado solemnemente ante los obreros que reconoce esta verdad fundamental del socialismo; pero ahora, cuando en el proletariado revolucionario ha comenzado una fermentación y un movimiento que se proponen destruir esa máquina de opresión y conquistar la dictadura del proletariado, estos traidores al socialismo presentan las cosas como si la burguesía hubiera regalado a los trabajadores la «democracia pura», como si la burguesía renunciara a resistir y estuviera dispuesta a someterse a la mayoría de los trabajadores, como si en la república democrática no hubiera existido ni existiera un aparato del Estado para la opresión del trabajo por el capital.
La Comuna de París, celebrada de palabra por todos los que quieren pasar por socialistas, porque saben que las masas obreras sienten por ella una simpatía grande y sincera, ha demostrado con especial claridad el carácter históricamente condicionado y el valor limitado del parlamentarismo burgués y de la democracia burguesa, instituciones sumamente progresistas en comparación con la Edad Media, pero que en la época de la revolución proletaria exigen inevitablemente cambios radicales. Precisamente Marx, que fue quien más apreció la importancia histórica de la Comuna, demostró en su análisis de ella el carácter explotador de la democracia burguesa y del parlamentarismo burgués, en los que la clase oprimida recibe el derecho de decidir una vez cada varios años qué diputado de las clases poseedoras representará y aplastará al pueblo en el parlamento19. Precisamente ahora, cuando el movimiento de los consejos, que se extiende por el mundo entero, continúa ante los ojos de todos la causa de la Comuna, los traidores al socialismo olvidan la experiencia práctica y las lecciones concretas de la Comuna de París y repiten la vieja quincalla burguesa de la «democracia en general». La Comuna fue una institución no parlamentaria.
La importancia de la Comuna consiste además en que intentó demoler y destruir de raíz el aparato del Estado burgués, el aparato burocrático, judicial, militar y policial, y sustituirlo por la organización de masas autoadministrada de los obreros, que no conocía la separación entre poder legislativo y poder ejecutivo. Todas las repúblicas democráticas burguesas de nuestro tiempo, entre ellas la alemana, a la que los traidores al socialismo, burlándose de la verdad, llaman proletaria, conservan este aparato del Estado burgués. Esto demuestra una y otra vez, con toda claridad, que los gritos en defensa de la «democracia en general» no son otra cosa que la defensa de la burguesía y de sus privilegios de explotación.
La «libertad de reunión» puede servir de ejemplo de la reivindicación de la «democracia pura». Todo obrero consciente que no haya roto con su clase comprende en el acto que sería absurdo prometer a los explotadores la libertad de reunión también para el periodo y la situación en que oponen resistencia a su derrocamiento y defienden sus privilegios. La burguesía, cuando era revolucionaria, no concedió la libertad de reunión a los monárquicos y a la nobleza ni en Inglaterra en 1649 ni en Francia en 179320, cuando estos llamaban al país a tropas extranjeras y se «reunían» para organizar un intento de restauración. Si la burguesía actual, que hace mucho que se volvió reaccionaria, exige del proletariado que garantice de antemano que se concederá a los explotadores «libertad de reunión» sin tener en cuenta qué resistencia opondrán los capitalistas a su expropiación, los obreros no harán más que reírse de semejante hipocresía de la burguesía.
Por otra parte, los obreros saben muy bien que la «libertad de reunión», incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, es una frase vacía, porque los ricos tienen a su disposición los mejores edificios públicos y privados, tienen también tiempo libre suficiente para reunirse y gozan de la protección del aparato de poder burgués. Los proletarios de la ciudad y del campo, así como los pequeños campesinos, es decir, la inmensa mayoría de la población, no tienen ni lo uno, ni lo otro, ni lo tercero. Mientras las cosas sigan así, la «igualdad», es decir, la «democracia pura», es un engaño. Para conquistar una igualdad real, para realizar efectivamente la democracia para los trabajadores, hay que quitar primero a los explotadores todos los edificios suntuosos públicos y privados, dar primero tiempo libre a los trabajadores, y es necesario que la libertad de sus reuniones la defiendan obreros armados, y no señoritos de la nobleza u oficiales de los círculos capitalistas con soldados atemorizados.
Solo después de semejante cambio se puede hablar de libertad de reunión, de igualdad, sin burlarse de los obreros, del pueblo trabajador, de los pobres. Y este cambio no puede realizarlo nadie más que la vanguardia del pueblo trabajador, el proletariado, que derroca a los explotadores, a la burguesía.
La «libertad de prensa» es también una de las consignas principales de la «democracia pura». Sin embargo, los obreros saben, y los socialistas de todos los países lo han reconocido millones de veces, que esa libertad es un engaño mientras las mejores imprentas y las mayores existencias de papel estén en manos de los capitalistas y mientras subsista el poder del capital sobre la prensa, poder que se manifiesta en el mundo entero de forma tanto más clara, más aguda y más cínica cuanto más desarrollados están el democratismo y el régimen republicano, como, por ejemplo, en América. Para conquistar una igualdad real y una democracia real para las masas trabajadoras, para los obreros y los campesinos, hay que quitar primero a los capitalistas la posibilidad de poner escritores a su servicio, de comprar editoriales y de sobornar periódicos. Y para eso es necesario sacudirse el yugo del capital, derrocar a los explotadores y aplastar su resistencia. Los capitalistas han llamado siempre «libertad» a la libertad de lucro para los ricos y a la libertad de los obreros para morirse de hambre. Los capitalistas llaman libertad de prensa a la libertad de los ricos para sobornar la prensa, a la libertad de usar la riqueza para fabricar y falsear la llamada opinión pública. Los defensores de la «democracia pura» se revelan una vez más, en realidad, como defensores del sistema más sucio y venal de dominación de los ricos sobre los medios de ilustración de las masas, como embaucadores del pueblo, que con frases bien sonantes, pero mentirosas de principio a fin, lo distraen de la tarea histórica concreta de liberar la prensa del capital. Una libertad y una igualdad verdaderas serán las del orden que establezcan los comunistas, en el que no habrá posibilidad de enriquecerse a costa ajena, ninguna posibilidad objetiva de someter directa o indirectamente la prensa al poder del dinero, y en el que nada impedirá a cada obrero (o a un grupo de obreros, por grande que sea) tener y ejercer el mismo derecho al uso de las imprentas y del papel que pertenezcan a la sociedad.
La historia de los siglos XIX y XX nos mostró ya antes de la guerra lo que representa en realidad la tan elogiada «democracia pura» bajo el capitalismo. Los marxistas han afirmado siempre: cuanto más desarrollada, cuanto más «pura» es la democracia, tanto más desnuda, más aguda y más despiadada se vuelve la lucha de clases, tanto más puramente se manifiestan la presión del capital y la dictadura de la burguesía. El caso Dreyfus en la Francia republicana21, los sangrientos ajustes de cuentas de las tropas mercenarias armadas por los capitalistas con los obreros en huelga en la libre y democrática república de América: estos y otros mil hechos semejantes revelan la verdad que la burguesía se esfuerza en vano por ocultar, a saber, que en las repúblicas más democráticas reinan en realidad el terror y la dictadura de la burguesía, que se manifiestan abiertamente cada vez que a los explotadores les parece que el poder del capital se tambalea.
La guerra imperialista de 1914-1918 ha revelado de una vez para siempre, también a los obreros atrasados, este verdadero carácter de la democracia burguesa, incluso en las repúblicas más libres, como carácter de dictadura de la burguesía. Para enriquecer a grupos de millonarios y multimillonarios alemanes e ingleses se asesinó a decenas de millones de personas, y en las repúblicas más libres se instauró la dictadura militar de la burguesía. Esta dictadura militar sigue en pie en los países de la Entente incluso después de la derrota de Alemania. Precisamente la guerra ha abierto los ojos a los trabajadores más que ninguna otra cosa, ha arrancado a la democracia burguesa sus falsos adornos y ha mostrado al pueblo todo el abismo de especulación y afán de lucro durante la guerra y con ocasión de la guerra. La burguesía ha hecho esta guerra en nombre de la libertad y la igualdad; en nombre de la libertad y la igualdad se han enriquecido inauditamente los proveedores del ejército. Ningún esfuerzo de la Internacional amarilla de Berna podrá ocultar a las masas el carácter explotador, ahora definitivamente desenmascarado, de la libertad burguesa, de la igualdad burguesa y de la democracia burguesa.
En el país capitalista más desarrollado del continente europeo, en Alemania, los primeros meses de plena libertad republicana que trajo la derrota de la Alemania imperialista han mostrado a los obreros alemanes y al mundo entero en qué consiste el verdadero contenido de clase de la república democrática burguesa. El asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo es un acontecimiento de importancia histórica mundial, no solo porque han perecido trágicamente las mejores personas y dirigentes de la verdadera Internacional Comunista proletaria, sino también porque se ha revelado definitivamente el carácter de clase del primer Estado europeo —y puede decirse sin exageración que del primero del mundo entero—. Si unos detenidos, es decir, personas puestas bajo la protección del poder del Estado, pudieron ser asesinados impunemente por oficiales y capitalistas bajo un gobierno de socialpatriotas, entonces la república democrática en la que esto pudo ocurrir es, en buena lógica, una dictadura de la burguesía. Quienes expresan su indignación por el asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, pero no comprenden esta verdad, no demuestran con ello más que su estupidez o su hipocresía. En una de las repúblicas más libres y avanzadas del mundo, en la República alemana, existe la «libertad» de matar impunemente a los dirigentes detenidos del proletariado. Y no puede ser de otro modo mientras se mantenga el capitalismo, pues el desarrollo del democratismo no atenúa, sino que agudiza la lucha de clases, que ahora, como resultado y bajo el influjo de la guerra y de sus consecuencias, ha llegado al punto de ebullición.
En todo el mundo civilizado se producen ahora expulsiones, persecuciones y encarcelamientos de bolcheviques, por ejemplo, en una de las repúblicas burguesas más libres, Suiza22, y además en América pogromos contra los bolcheviques y cosas semejantes. Desde el punto de vista de la democracia en general o de la democracia pura, es sencillamente ridículo que países avanzados, civilizados, democráticos, armados hasta los dientes, teman la presencia de unas cuantas decenas de personas procedentes de la Rusia atrasada, hambrienta y arruinada, a la que millones de ejemplares de los periódicos burgueses llaman salvaje y criminal. Está claro que la situación social que ha podido engendrar una contradicción tan clamorosa es en realidad una dictadura de la burguesía.
- En semejante situación, la dictadura del proletariado no solo está plenamente justificada como medio para derrocar a los explotadores y aplastar su resistencia, sino que es también absolutamente necesaria para toda la masa de los trabajadores, como única defensa contra la dictadura de la burguesía, que ha conducido a la guerra y prepara nuevas guerras.
Lo principal, lo que los socialistas no comprenden y lo que constituye su miopía teórica, su dependencia de los prejuicios burgueses y su traición política al proletariado, es que en la sociedad capitalista, en cuanto se agudiza algo la lucha de clases en que se basa, no puede haber término medio fuera de la dictadura de la burguesía o la dictadura del proletariado. Todo sueño de una tercera vía es una lamentación reaccionaria del pequeñoburgués. Así lo atestigua la experiencia de más de cien años de desarrollo de la democracia burguesa y del movimiento obrero en todos los países avanzados, y en especial la experiencia de los últimos cinco años. Así lo dice también toda la ciencia de la economía política, todo el contenido del marxismo, que expone la necesidad económica de la dictadura de la burguesía en toda economía mercantil, una dictadura que nadie puede suprimir más que la clase que el propio desarrollo del capitalismo hace desarrollarse, multiplicarse, cohesionarse y fortalecerse cada vez más, es decir, la clase de los proletarios.
El segundo error teórico y político de los socialistas consiste en que no comprenden que las formas de la democracia han cambiado inevitablemente a lo largo de los milenios, desde sus gérmenes en la Antigüedad, a la par que una clase dominante era sustituida por otra. En las repúblicas de la antigua Grecia, en las ciudades de la Edad Media, en los Estados capitalistas avanzados, la democracia tiene formas distintas y un alcance distinto. Sería la mayor de las necedades suponer que la mayor revolución de la historia de la humanidad, el primer paso del poder de las manos de la minoría de los explotadores a las manos de la mayoría de los explotados, pueda realizarse en el marco de la vieja democracia parlamentaria burguesa, sin las mayores conmociones, sin crear nuevas formas de democracia, nuevas instituciones, nuevas condiciones de su aplicación, etc.
La dictadura del proletariado se parece a la dictadura de otras clases en que, como cualquier otra dictadura, nace de la necesidad de aplastar por la fuerza la resistencia de la clase que pierde su poder político. La diferencia fundamental entre la dictadura del proletariado y la dictadura de las otras clases, la dictadura de los grandes terratenientes en la Edad Media, la dictadura de la burguesía en todos los países capitalistas civilizados, consiste en que la dictadura de los grandes terratenientes y de la burguesía era el aplastamiento por la fuerza de la resistencia de la inmensa mayoría de la población, es decir, de las masas trabajadoras. En cambio, la dictadura del proletariado es el aplastamiento por la fuerza de la resistencia de los explotadores, es decir, de una minoría manifiesta de la población, de los grandes terratenientes y los capitalistas.
De ahí se sigue a su vez que la dictadura del proletariado, hablando en general, no solo tiene que traer consigo inevitablemente un cambio de las formas e instituciones de la democracia, sino un cambio de tal naturaleza que dé como resultado una extensión jamás vista en el mundo del uso efectivo del democratismo por parte de las clases sojuzgadas por el capitalismo, por parte de las clases trabajadoras.
Y en efecto, la forma de la dictadura del proletariado que ya está realmente elaborada, es decir, el poder soviético en Rusia, el sistema de consejos en Alemania, los comités de shop stewards23 y otras instituciones soviéticas análogas en otros países, todas ellas realizan y significan para las clases trabajadoras, es decir, para la inmensa mayoría de la población, una posibilidad efectiva de servirse de los derechos y libertades democráticos como no la hubo nunca, ni siquiera aproximadamente, en las mejores repúblicas democráticas burguesas.
La esencia del poder soviético consiste en que la organización de masas precisamente de las clases que estaban oprimidas por los capitalistas, es decir, de los obreros y los semiproletarios (los campesinos que no explotan trabajo ajeno y que se ven obligados constantemente a vender al menos una parte de su fuerza de trabajo), es la base permanente y única de todo el poder del Estado, de todo el aparato del Estado. Precisamente las masas que, incluso en las repúblicas burguesas más democráticas, donde eran iguales en derechos según la ley, estaban en realidad apartadas por mil medios y artimañas de la participación en la vida política y del uso de los derechos y libertades democráticos, son incorporadas ahora a una participación permanente, sin trabas y, además, decisiva en la administración democrática del Estado.
La igualdad de los ciudadanos sin distinción de sexo, confesión, raza o nacionalidad, que la democracia burguesa ha prometido siempre y en todas partes, pero no ha llevado a cabo en ninguna, y que no podía llevar a cabo debido a la dominación del capitalismo, el poder soviético o dictadura del proletariado la ha realizado de una vez y por completo, porque solo es capaz de ello el poder de los obreros, que no están interesados en la propiedad privada de los medios de producción ni en la lucha por su reparto y redistribución.
La vieja democracia, es decir, la burguesa, y el parlamentarismo estaban organizados de tal modo que precisamente las clases trabajadoras eran las más alejadas del aparato de administración. El poder soviético, es decir, la dictadura del proletariado, está organizado, por el contrario, de manera que acerca las masas trabajadoras al aparato de administración. Al mismo fin sirven también la unión del poder legislativo y el ejecutivo en la organización soviética del Estado y la sustitución de las circunscripciones electorales territoriales por unidades de producción, como talleres y fábricas.
El ejército era un aparato de opresión no solo bajo la monarquía; siguió siéndolo en todas las repúblicas burguesas, incluso en las más democráticas. Solo el poder soviético, como única organización estatal permanente precisamente de las clases oprimidas por los capitalistas, es capaz de suprimir la dependencia de los militares respecto del mando burgués y de fundir realmente al proletariado con los militares, de llevar a cabo de verdad el armamento del proletariado y el desarme de la burguesía, condiciones previas sin las cuales es imposible la victoria del socialismo.
La organización soviética del Estado está dispuesta de manera que el proletariado, como la clase más concentrada e ilustrada por el capitalismo, desempeñe el papel dirigente en el Estado. La experiencia de todas las revoluciones y de todos los movimientos de las clases sojuzgadas, la experiencia del movimiento socialista mundial, nos enseña que solo el proletariado es capaz de unir y arrastrar consigo a las capas dispersas y atrasadas de la población trabajadora y explotada.
Solo la organización soviética del Estado es capaz de destruir de una vez y por completo el viejo aparato burocrático y judicial, es decir, el burgués, que bajo el capitalismo se mantuvo y tenía que mantenerse incluso en las repúblicas más democráticas, y que se convirtió de hecho, para los obreros y las masas trabajadoras, en el mayor obstáculo para la realización del democratismo. La Comuna de París dio el primer paso de alcance histórico mundial en este camino; el poder soviético, el segundo.
La supresión del poder del Estado es el objetivo que se han propuesto todos los socialistas, entre ellos y a su cabeza Marx. Sin la realización de este objetivo no puede alcanzarse el verdadero democratismo, es decir, la igualdad y la libertad. Pero a este objetivo solo conduce en la práctica la democracia soviética o proletaria, porque empieza de inmediato a preparar la extinción completa de todo Estado, incorporando las organizaciones de masas del pueblo trabajador a una participación permanente e incondicional en la administración del Estado.
La completa bancarrota de los socialistas reunidos en Berna, su completa falta de comprensión de la nueva democracia, es decir, de la democracia proletaria, que salta a la vista, se aprecia sobre todo en lo siguiente. El 10 de febrero de 1919, Branting24 declaró clausurada en Berna la conferencia internacional de la Internacional amarilla. El 11 de febrero de 1919, sus miembros de Berlín publicaron en Die Freiheit25 un llamamiento de los «independientes» al proletariado. En este llamamiento se reconoce el carácter burgués del gobierno de Scheidemann26, se le reprocha que quiera suprimir los consejos, a los que se llama «portadores y protectores de la revolución», y se propone legalizar los consejos, conferirles derechos estatales, darles el derecho de suspender las resoluciones de la Asamblea Nacional y de someter el asunto a votación popular.
Semejante propuesta es la completa bancarrota intelectual de los teóricos que han defendido la democracia sin comprender su carácter burgués. El ridículo intento de unir el sistema de consejos, es decir, la dictadura del proletariado, con la Asamblea Nacional, es decir, la dictadura de la burguesía, revela definitivamente la pobreza intelectual de los socialistas y socialdemócratas amarillos y la política reaccionaria de los pequeños burgueses, así como sus cobardes concesiones a las fuerzas de la nueva democracia proletaria, que crecen de manera incontenible.
- La mayoría de la Internacional amarilla de Berna, que condena el bolchevismo, pero que, por miedo a las masas obreras, no se atrevió a votar formalmente una resolución en ese sentido, ha obrado acertadamente desde el punto de vista de clase. Precisamente esta mayoría es plenamente solidaria con los mencheviques y los socialistas revolucionarios rusos y con los scheidemannianos de Alemania. Los mencheviques y socialistas revolucionarios rusos, que se quejan de las persecuciones por parte de los bolcheviques, se esfuerzan por ocultar el hecho de que esas persecuciones han sido provocadas por la participación de los mencheviques y los socialistas revolucionarios en la guerra civil del lado de la burguesía contra el proletariado. Del mismo modo, en Alemania, los scheidemannianos y su partido han mostrado ya una participación semejante en la guerra civil del lado de la burguesía contra los obreros.
Es, por tanto, completamente natural que la mayoría de los participantes en la Internacional amarilla de Berna se haya pronunciado por la condena de los bolcheviques. Pero en ello no se ha expresado la defensa de la «democracia pura», sino la autodefensa de gentes que sienten que en la guerra civil están del lado de la burguesía contra el proletariado.
Por estas razones hay que calificar de acertada, desde el punto de vista de clase, la resolución de la mayoría de la Internacional amarilla. Pero el proletariado no debe temer la verdad, sino mirarla abiertamente a la cara y sacar de ella todas las conclusiones políticas.
Sobre la base de estas tesis y teniendo en cuenta los informes de los delegados de los más diversos países, el Congreso de la Internacional Comunista declara que la tarea principal de los partidos comunistas en los países donde aún no se ha instaurado el poder de los consejos consiste en lo siguiente:
En explicar a las amplias masas de la clase obrera la importancia histórica y la necesidad política y práctica de una nueva democracia proletaria, que debe ocupar el lugar de la democracia burguesa y del parlamentarismo.
En extender y construir los consejos en todas las ramas de la industria, en el ejército, en la flota, así como entre los obreros agrícolas y los pequeños campesinos.
En conquistar una mayoría comunista segura y consciente dentro de los consejos.
Resolución sobre la actitud ante las corrientes socialistas y la Conferencia de Berna
I.
Ya en 1907, en el congreso socialista internacional de Stuttgart, cuando la Segunda Internacional abordó la cuestión de la política colonial y de las guerras imperialistas, quedó de manifiesto que más de la mitad de la Segunda Internacional y la mayor parte de sus dirigentes estaban en estas cuestiones mucho más cerca de las opiniones de la burguesía que del punto de vista comunista de Marx y Engels.
Pese a ello, el Congreso de Stuttgart aprobó una enmienda propuesta por los representantes del ala revolucionaria, N. Lenin y Rosa Luxemburgo, que decía así27:
«Si a pesar de todo estallara una guerra, los socialistas tienen el deber de intervenir para ponerle fin cuanto antes y de utilizar por todos los medios la crisis económica y política provocada por la guerra para sacudir al pueblo y precipitar así la caída de la dominación capitalista.»
En el Congreso de Basilea, en noviembre de 1912, convocado durante la guerra de los Balcanes, la Segunda Internacional declaró:
«Que no olviden los gobiernos burgueses que la guerra franco-alemana provocó el levantamiento revolucionario de la Comuna y que la guerra ruso-japonesa puso en movimiento las fuerzas revolucionarias de Rusia. Los proletarios consideran un crimen dispararse unos a otros en provecho de la ganancia capitalista, de la rivalidad dinástica y del florecimiento de los tratados diplomáticos.»
Todavía a finales de julio y comienzos de agosto de 1914, veinticuatro horas antes del comienzo de la guerra mundial, los órganos e instituciones dirigentes de la Segunda Internacional seguían condenando la guerra que se avecinaba como el mayor crimen de la burguesía. Las declaraciones de los principales partidos de la Segunda Internacional referidas a aquellos días constituyen la más elocuente acta de acusación contra los dirigentes de la Segunda Internacional.
Con el primer disparo que sonó en los campos de la carnicería imperialista, los partidos principales de la Segunda Internacional traicionaron a la clase obrera y, bajo el manto de la «defensa de la patria», se pasaron cada uno al lado de «su» burguesía. Scheidemann y Ebert en Alemania, Thomas y Renaudel en Francia, Henderson y Hyndman en Inglaterra, Vandervelde y De Brouckère en Bélgica, Renner y Pernerstorfer en Austria, Plejánov y Rubanóvich en Rusia, Branting y su partido en Suecia, Gompers y sus correligionarios en América, Mussolini y compañía en Italia28 exhortaron al proletariado a concertar la «paz civil» con la burguesía de «su» país, a renunciar a la guerra contra la guerra y a convertirse de hecho en carne de cañón para los imperialistas.
Ese fue el momento en que la Segunda Internacional quebró definitivamente y pereció.
Gracias al curso general del desarrollo económico, la burguesía de los países más ricos tuvo la posibilidad de sobornar y seducir a la capa superior de la clase obrera, la aristocracia obrera, con pequeñas limosnas sacadas de sus enormes ganancias. Los «compañeros de viaje» pequeñoburgueses del socialismo afluyeron a las filas de los partidos socialdemócratas oficiales y fueron desviando el rumbo de su política hacia el lado de la burguesía. Con los dirigentes del movimiento obrero parlamentario y pacífico, los jefes de los sindicatos, los secretarios, redactores y funcionarios de la socialdemocracia se formó toda una casta, una burocracia obrera, que tenía sus propios intereses de grupo egoístas y era en realidad hostil al socialismo.
Debido a todas estas circunstancias, la socialdemocracia oficial degeneró en un partido antisocialista y chovinista.
Ya en el seno de la Segunda Internacional se dibujaban tres tendencias fundamentales. En el curso de la guerra y hasta el comienzo de la revolución proletaria en Europa, los contornos de estas tres tendencias se perfilaron con toda claridad:
- La corriente socialchovinista (corriente de la «mayoría»), cuyos representantes típicos son los socialdemócratas alemanes, que hoy comparten el poder con la burguesía alemana y se han convertido en asesinos de los dirigentes de la Internacional Comunista, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo.
Los socialchovinistas se han revelado ya por completo como enemigos de clase del proletariado y siguen el programa de «liquidación» de la guerra que la burguesía les ha dictado: descargar la mayor parte de los impuestos sobre las masas trabajadoras, intangibilidad de la propiedad privada, mantenimiento del ejército en manos de la burguesía, disolución de los consejos obreros que surgen por todas partes, mantenimiento del poder político en manos de la burguesía, «democracia» burguesa contra socialismo.
Por enérgicamente que los comunistas hayan combatido hasta ahora a los «socialdemócratas de la mayoría», los obreros no han comprendido aún todo el peligro con que estos traidores amenazan al proletariado internacional. Abrir los ojos a todos los trabajadores sobre la obra de Judas de los socialchovinistas y reducir a la impotencia, con las armas en la mano, a este partido contrarrevolucionario es una de las tareas más importantes de la revolución proletaria internacional.
- La corriente del «centro» (socialpacifistas, kautskianos, independientes). Esta corriente empezó a formarse ya antes de la guerra, principalmente en Alemania. Al comienzo de la guerra el «centro» coincidía casi en todas partes, en sus líneas fundamentales, con los socialchovinistas. El dirigente teórico del «centro», Kautsky, salió en defensa de la política que seguían los socialchovinistas alemanes y franceses. La Internacional no sería más que un «instrumento de paz». «Lucha por la paz», «lucha de clases… en tiempo de paz»: tal era la consigna de Kautsky.
Desde el comienzo de la guerra, el «centro» insiste en la «unidad» con los socialchovinistas. Después del asesinato de Liebknecht y Rosa Luxemburgo, el «centro» sigue predicando la misma «unidad», es decir, la unidad de los obreros comunistas con los asesinos de los dirigentes comunistas Liebknecht y Rosa Luxemburgo.
Ya al comienzo de la guerra el «centro» (Kautsky, Victor Adler, Turati, MacDonald) empezó a predicar la «amnistía recíproca», que debía valer para los dirigentes de los partidos socialchovinistas de Alemania y Austria, por una parte, y de Francia e Inglaterra, por otra. Esta amnistía la sigue predicando el «centro» hoy, terminada la guerra, e impide así que los obreros comprendan las causas del hundimiento de la Segunda Internacional.
El «centro» envió a sus representantes a Berna, a la conferencia internacional de los socialistas conciliadores, y facilitó con ello el engaño de los obreros por los Scheidemann y los Renaudel.
Es absolutamente necesario separar del «centro» a sus elementos más revolucionarios, lo que solo puede lograrse mediante la crítica implacable y el desenmascaramiento de los dirigentes del «centro». La ruptura orgánica con el «centro» es una necesidad histórica absoluta. Corresponde a los comunistas de cada país determinar el momento de esta ruptura según el grado de desarrollo que el movimiento haya alcanzado entre ellos.
- Los comunistas. En la Segunda Internacional, donde esta tendencia defendía las concepciones comunistas y marxistas sobre la guerra y las tareas del proletariado (Stuttgart, 1907, resolución Lenin-Luxemburgo), quedó en minoría. El grupo «radical de izquierda» (más tarde grupo Espartaco) en Alemania, el partido de los bolcheviques en Rusia, los «tribunistas» en Holanda29, la organización juvenil en Suecia y el ala izquierda de la Internacional juvenil en varios países formaron el primer núcleo de la nueva Internacional.
Fiel a los intereses de la clase obrera, esta tendencia proclamó desde el comienzo de la guerra la consigna: transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Esta tendencia se ha constituido ahora en Tercera Internacional.
II.
La Conferencia socialista de Berna de febrero de 1919 fue un intento de galvanizar el cadáver de la Segunda Internacional.
La composición de la Conferencia de Berna muestra a las claras que el proletariado revolucionario del mundo no tiene nada en común con ella.
El proletariado victorioso de Rusia, el heroico proletariado de Alemania, el proletariado italiano, la parte comunista del proletariado de Austria y de Hungría, el proletariado de Suiza, la clase obrera de Bulgaria, Rumanía y Serbia, los partidos obreros de izquierda de Suecia, Noruega y Finlandia, el proletariado ucraniano, letón y polaco, la mejor parte del proletariado organizado de Inglaterra, la Internacional juvenil y la Internacional de mujeres se han negado ostensiblemente a participar en la Conferencia de Berna de los socialpatriotas.
Aquellos participantes de la Conferencia de Berna que aún conservan algún contacto con el movimiento obrero real de nuestro tiempo formaron un grupo de oposición que, al menos en la cuestión principal, la valoración de la revolución rusa, se opuso a los manejos de los socialpatriotas. La declaración del camarada francés Loriot30, que fustigó a la mayoría de la Conferencia de Berna como lacaya de la burguesía, expresa la verdadera opinión de todos los obreros conscientes del mundo entero.
En la llamada «cuestión de las responsabilidades», la Conferencia de Berna se movió siempre en el marco de la ideología burguesa. Los socialpatriotas alemanes y franceses se lanzaron unos a otros las mismas acusaciones que se habían arrojado mutuamente los burgueses alemanes y franceses. La Conferencia de Berna se perdió en detalles mezquinos sobre tal o cual paso de los respectivos ministros burgueses antes de la guerra y no quiso ver que el capitalismo, el capital financiero de ambas coaliciones y sus lacayos socialpatriotas son los principales culpables de la guerra. La mayoría socialpatriota de Berna quería descubrir al principal culpable de la guerra. Con mirarse al espejo se habrían reconocido todos culpables.
Lo que la Conferencia de Berna declaró sobre la cuestión territorial está lleno de ambigüedades. Esa ambigüedad es lo que necesita la burguesía. El representante más reaccionario de la burguesía imperialista, el señor Clemenceau, reconoció los méritos de la conferencia socialpatriota de Berna ante la reacción imperialista al recibir a una delegación de la Conferencia de Berna y proponerle que participara en todas las comisiones correspondientes de la conferencia imperialista de París.
En la cuestión colonial se puso claramente de manifiesto que la Conferencia de Berna navegaba en las aguas de aquellos políticos coloniales liberales burgueses que encuentran justificadas la explotación y la servidumbre de las colonias por la burguesía imperialista y solo procuran encubrirlas con frases humanitarias y filantrópicas. Los socialpatriotas alemanes exigieron que las colonias alemanas siguieran perteneciendo al Imperio alemán, es decir, que continuara la explotación de esas colonias por el capital alemán. Las divergencias que salieron entonces a la luz prueban que los socialpatriotas de la Entente se sitúan en el mismo punto de vista del esclavista y consideran evidente que las colonias francesas e inglesas sigan sometidas al capital nacional. Con ello la Conferencia de Berna mostró que ha olvidado por completo la consigna «¡Fuera de las colonias!».
En su valoración de la «Sociedad de Naciones», la Conferencia de Berna mostró que seguía las huellas de aquellos elementos burgueses que pretendían conjurar la revolución proletaria que crece en el mundo entero con la apariencia engañosa de la llamada «Sociedad de Naciones». En lugar de desenmascarar los manejos de la conferencia de los aliados en París como los de una banda que trafica con pueblos y territorios económicos, la Conferencia de Berna la secundó, rebajándose a ser su instrumento.
La actitud servil de la conferencia, que dejó la solución de la cuestión de la legislación de protección obrera a una conferencia de gobiernos burgueses en París, muestra que los socialpatriotas se han pronunciado conscientemente por el mantenimiento de la esclavitud asalariada capitalista y están dispuestos a dejar que se contente a la clase obrera con reformas mezquinas.
Los intentos, inspirados por la política de la burguesía, de llevar a la Conferencia de Berna a adoptar una resolución bajo la cual una eventual intervención en Rusia encontrara cobertura en la Segunda Internacional solo fracasaron gracias a los esfuerzos de la oposición. En este éxito de la oposición de Berna sobre los elementos abiertamente chovinistas vemos la prueba indirecta de que el proletariado de Europa occidental simpatiza con la revolución proletaria rusa y está dispuesto a luchar contra la burguesía imperialista.
El miedo que estos lacayos de la burguesía tienen a la inevitable extensión de los consejos obreros se reconoce en el temor con que evitan ocuparse en lo más mínimo de este fenómeno de alcance histórico mundial.
Los consejos obreros son el fenómeno más importante desde la Comuna de París. Al ignorar esta cuestión, la Conferencia de Berna ha puesto públicamente de manifiesto su pobreza intelectual, su bancarrota teórica.
El Congreso de la Internacional Comunista considera la «Internacional» que la Conferencia de Berna intenta levantar como una Internacional amarilla, rompehuelgas, que es y seguirá siendo un mero instrumento de la burguesía.
El Congreso exhorta a los obreros de todos los países a emprender la lucha más resuelta contra la Internacional amarilla y a preservar a las más amplias masas del pueblo de esta Internacional de la mentira y el engaño.
Tesis sobre la situación internacional y la política de la Entente
Las experiencias de la guerra mundial han desenmascarado la política imperialista de las «democracias» burguesas como la política de lucha de las grandes potencias, que aspiran a repartirse el mundo y a afianzar la dictadura económica y política del capital financiero sobre las masas explotadas y oprimidas. La aniquilación y mutilación de millones de seres humanos, la pauperización y esclavización del proletariado, el inaudito enriquecimiento de las capas superiores de la burguesía con los suministros de guerra, los empréstitos, etc., el triunfo de la reacción militar en todos los países: todo ello empezó a destruir las ilusiones de la defensa de la patria, de la paz civil y de la «democracia». La «política de paz» descubre las verdaderas aspiraciones de los imperialistas de todos los países y lleva este desenmascaramiento hasta el final.
La paz de Brest-Litovsk y el desenmascaramiento del imperialismo alemán
La paz de Brest-Litovsk y, después, la de Bucarest31 revelaron el carácter rapaz y reaccionario del imperialismo de las potencias centrales. Los vencedores arrancaron a una Rusia indefensa contribuciones y anexiones. Hicieron del derecho de autodeterminación de los pueblos la tapadera de una política anexionista, creando Estados vasallos cuyos gobiernos reaccionarios favorecían la política de rapiña y reprimían el movimiento revolucionario de las masas trabajadoras. El imperialismo alemán, que no había obtenido la victoria completa en la lucha internacional, no tenía entonces la posibilidad de mostrar con toda franqueza sus verdaderas intenciones. Se vio obligado a vivir con la Rusia soviética en una paz aparente y a encubrir su política rapaz y reaccionaria con frases hipócritas.
Las potencias de la Entente, en cambio, en cuanto obtuvieron la victoria mundial, dejaron caer las máscaras y revelaron a la vista de todos el verdadero rostro del imperialismo mundial.
La victoria de la Entente y la agrupación de los Estados
La victoria de la Entente ha dividido los llamados países civilizados del mundo en los grupos siguientes: el primero lo forman los amos del mundo capitalista, las grandes potencias imperialistas triunfantes (Inglaterra, América, Francia, Japón, Italia). Frente a ellas están los países del imperialismo vencido, quebrantados por la guerra y sacudidos en su estructura por el comienzo de la revolución proletaria (Alemania, Austria-Hungría con sus antiguos vasallos). Los Estados vasallos de las potencias de la Entente forman el tercer grupo. Este se compone de pequeños Estados capitalistas que participaron en la guerra del lado de la Entente (Bélgica, Serbia, Portugal, etc.) y también de las repúblicas «nacionales» y Estados tapón recién creados (República Checoslovaca, Polonia, repúblicas contrarrevolucionarias rusas, etc.). Los Estados neutrales se aproximan por su situación a los Estados vasallos, pero sufren una fuerte presión política y económica que a veces hace su situación semejante a la de los Estados vencidos. La República socialista de Rusia es un Estado de obreros y campesinos que está fuera del mundo capitalista y representa un inmenso peligro social para el imperialismo victorioso: el peligro de que todos los resultados de la victoria se malogren bajo el asalto de la revolución mundial.
La «política de paz» del imperialismo de la Entente y su autodesenmascaramiento
La «política de paz» de los cinco amos del mundo ha sido y es, considerada en general, la política de un continuo autodesenmascaramiento.
A despecho de todas las frases sobre su «política exterior democrática», ofrece el triunfo completo de la diplomacia secreta, que decide la suerte del mundo mediante acuerdos entre los apoderados de los trusts financieros, a espaldas y a costa de los millones de trabajadores de todos los países. Todas las cuestiones esenciales, sin excepción, las decide a puerta cerrada el comité de las cinco grandes potencias en París, en ausencia de los representantes de los vencidos, de los neutrales e incluso de los Estados vasallos.
La necesidad de anexiones y contribuciones se proclama y justifica abiertamente en los discursos de Lloyd George, Clemenceau, Sonnino32 y otros.
Pese a las frases mentirosas sobre la «guerra por el desarme general», se declara abiertamente la necesidad de nuevos armamentos y, en particular, del mantenimiento del poderío naval británico con el fin de la llamada «protección de la libertad de los mares».
El derecho de autodeterminación de los pueblos proclamado por la Entente es pisoteado públicamente y sustituido por el reparto de los territorios en litigio entre los Estados dominantes y sus vasallos.
Alsacia-Lorena ha sido anexionada a Francia sin consultar a la población; Irlanda, Egipto y la India no tienen derecho de autodeterminación; el Estado yugoslavo y la República checoslovaca se han fundado mediante el empleo de la fuerza armada; se regatea desvergonzadamente el reparto de la Turquía europea y asiática; el reparto de las colonias alemanas ha comenzado ya de hecho, etc.
La política de contribuciones se ha llevado hasta el grado de un completo saqueo de los vencidos. A los vencidos no solo se les presentan facturas de muchos miles de millones, no solo se les arrebatan todos los medios de guerra: los países de la Entente les quitan también las locomotoras, los vagones de ferrocarril, los barcos, los aperos agrícolas, las reservas de oro, etc. A esto se añade que se pretende convertir a los prisioneros de guerra en esclavos de los vencedores. Se discuten proyectos de trabajo forzoso obligatorio para los obreros alemanes. Las potencias aliadas tienen la intención de reducirlos a la miseria y convertirlos en esclavos hambrientos del capital de la Entente.
La política de extrema incitación al odio entre las naciones se expresa en la continua campaña de odio contra las naciones vencidas por parte de la prensa de la Entente y de las autoridades de ocupación, así como en el bloqueo del hambre, que condena a la extinción a los pueblos de Alemania y Austria. Esta política conduce a pogromos contra los alemanes, organizados por los secuaces de la Entente, los chovinistas checos y polacos, y también a pogromos contra los judíos que superan todas las hazañas del zarismo ruso.
Los Estados «democráticos» de la Entente practican una política de reacción extrema.
La reacción triunfa tanto en el interior de los propios países de la Entente, de los cuales Francia ha vuelto a los peores tiempos de Napoleón III, como en todo el mundo capitalista que se halla bajo la influencia de la Entente. Los aliados estrangulan la revolución en los territorios ocupados de Alemania, Hungría, Bulgaria, etc., y azuzan a los gobiernos burgueses y oportunistas de los países vencidos contra los obreros revolucionarios, amenazándolos con retirarles los víveres. Los aliados han declarado que hundirán todos los barcos alemanes que se atrevan a izar la bandera roja de la revolución; se han negado a reconocer a los consejos alemanes; han abolido la jornada de ocho horas en los territorios ocupados de Alemania. Por no hablar de su apoyo a la política reaccionaria en los países neutrales y de su fomento en los Estados vasallos (el régimen de Paderewski33 en Polonia), los aliados azuzaron a los elementos reaccionarios de esos países (en Finlandia, Polonia, Suecia, etc.) contra la Rusia revolucionaria y reclaman la intervención de las fuerzas armadas alemanas.
Antagonismos entre los Estados de la Entente
Entre las grandes potencias que dominan el mundo capitalista se revela, pese a la igualdad de las líneas fundamentales de su política imperialista, una serie de profundos antagonismos.
Estos antagonismos se concentran principalmente en torno al programa de paz del capital financiero norteamericano (el llamado programa de Wilson). Los puntos más importantes de este programa son: «libertad de los mares», «Sociedad de Naciones» e «internacionalización de las colonias». La consigna de la «libertad de los mares», despojada de su hipócrita tapadera, significa en realidad la supresión del predominio militar de algunas grandes potencias (en primer lugar, Inglaterra) en el mar y la apertura de todas las rutas marítimas al comercio norteamericano. La «Sociedad de Naciones» significa que a las grandes potencias europeas (en primer lugar, Francia) se les niega el derecho a la anexión directa de los Estados y pueblos débiles. La «internacionalización de las colonias» establece la misma regla respecto de los territorios coloniales.
Este programa está condicionado por los hechos siguientes: el capital norteamericano no posee la mayor flota del mundo; no tiene posibilidad de hacer anexiones directas en Europa, y por eso aspira a explotar a los Estados y pueblos débiles mediante el comercio y la inversión de capitales. Por eso quiere obligar a las demás potencias a fundar un sindicato patronal de los trusts estatales, a repartir «equitativamente» entre ellos las participaciones en la explotación mundial y a transformar la lucha entre los trusts estatales en una lucha meramente económica. En el terreno de la explotación económica, el capital financiero norteamericano, altamente desarrollado, conquistará una hegemonía efectiva y podrá asegurarse así el predominio económico y político sobre el mundo.
La «libertad de los mares» está en abierta contradicción con los intereses de Inglaterra, del Japón y en parte también de Italia (en el Adriático). La «Sociedad de Naciones» y la «internacionalización de las colonias» contradicen resueltamente los intereses de Francia y del Japón y, en menor medida, los de todas las demás potencias imperialistas. La política de los imperialistas de Francia, donde la industria está poco desarrollada y las fuerzas productivas han quedado completamente destrozadas por la guerra, se dirige a conservar el régimen capitalista con los medios más desesperados; tales medios son: el saqueo bárbaro de Alemania, el sometimiento directo y la explotación rapaz de los Estados vasallos (proyectos de una federación danubiana, de un Estado yugoslavo) y el cobro por la fuerza de las deudas que el zarismo ruso contrajo con el Shylock francés34. Francia e Italia (en forma modificada, esto vale también para el Japón), como países continentales, están además en condiciones de practicar una política de anexiones directas.
A la vez que están en contradicción con los intereses de América, las grandes potencias se oponen también entre sí. Inglaterra teme el fortalecimiento de Francia en el continente y tiene en Asia Menor y en África intereses que contradicen los de Francia. Los intereses de Italia en la península balcánica y en el Tirol se oponen a los franceses. El Japón disputa con la Australia inglesa las islas del océano Pacífico, etc.
Agrupamientos y tendencias dentro de la Entente
Estos antagonismos entre las grandes potencias hacen posibles diversos agrupamientos dentro de la Entente. Hasta ahora se han perfilado dos combinaciones principales: la combinación franco-anglo-japonesa, dirigida contra América e Italia, y la angloamericana, que se enfrenta a las demás grandes potencias.
La primera combinación predominó hasta comienzos de enero de 1919, mientras el presidente Wilson no había renunciado todavía a su exigencia de suprimir el dominio inglés de los mares. El desarrollo del movimiento revolucionario de obreros y soldados en Inglaterra, que empuja a un entendimiento entre los imperialistas de los distintos países, a la liquidación de la aventura rusa y a acelerar la conclusión de la paz, ha reforzado la inclinación de Inglaterra hacia esta otra combinación, que predomina desde 1919. El bloque angloamericano se opone a la prioridad de Francia en el saqueo de Alemania y a la intensidad excesiva de ese saqueo. Pone ciertos límites a las desmedidas exigencias anexionistas de Francia, Italia y el Japón. Impide que los Estados vasallos recién fundados les queden directamente sometidos. En la cuestión rusa, la combinación angloamericana tiene una disposición más pacífica: quiere tener las manos libres para completar el reparto del mundo, ahogar la revolución europea y aplastar después también la revolución rusa.
A estas dos combinaciones de potencias corresponden dos tendencias en el interior de las propias grandes potencias, una extremadamente anexionista y otra más moderada, la última de las cuales apoya la combinación Wilson-Lloyd George.
La «Sociedad de Naciones»
Ante los antagonismos irreconciliables que han salido a relucir en los propios círculos de la Entente, la Sociedad de Naciones, si llega a constituirse sobre el papel, no desempeñará más papel que el de una santa alianza de los capitalistas para aplastar la revolución obrera. La propaganda de la «Sociedad de Naciones» es el mejor medio para confundir la consciencia revolucionaria de la clase obrera. En lugar de la consigna de una Internacional de repúblicas obreras revolucionarias se lanza la consigna de una unión internacional de democracias aparentes, que habría de lograrse mediante una coalición del proletariado con las clases burguesas.
La «Sociedad de Naciones» es una consigna engañosa por medio de la cual los socialtraidores, por encargo del capital internacional, dividen las fuerzas del proletariado y favorecen la contrarrevolución imperialista.
Los proletarios revolucionarios de todos los países del mundo deben librar una lucha implacable contra la idea de la «Sociedad de Naciones» de Wilson y alzar su protesta contra la entrada en esta liga del robo, de la explotación y de la contrarrevolución imperialista.
Política exterior e interior en los países vencidos
El aplastamiento militar y el hundimiento interior del imperialismo austriaco y alemán han traído en los Estados centrales, durante el primer periodo de la revolución, la dominación del régimen burgués y socialoportunista. Tras el escudo de la democracia y del socialismo, los socialtraidores de Alemania protegen y restauran la dominación económica y la dictadura política de la burguesía. En su política exterior aspiran a restablecer el imperialismo alemán, reclamando la devolución de las colonias y la admisión de Alemania en la rapaz Sociedad de Naciones. Cuanto más se refuerzan las bandas de la guardia blanca en Alemania y más avanza el proceso de descomposición en el campo de la Entente, más crecen también las tendencias de gran potencia de la burguesía y de los socialtraidores. Al mismo tiempo, el gobierno burgués y socialoportunista socava también la solidaridad internacional del proletariado y separa a los obreros alemanes de sus hermanos obreros de otros países, cumpliendo los encargos contrarrevolucionarios de los aliados y, en particular, azuzando a los obreros alemanes contra la revolución obrera rusa para complacer a la Entente. La política de la burguesía y de los socialoportunistas en Austria y Hungría repite en forma atenuada la política del bloque burgués y oportunista de Alemania.
Los Estados vasallos de la Entente
En los Estados vasallos y en las repúblicas creadas recientemente por la Entente (Chequia, Yugoslavia, a las que hay que añadir Polonia, Finlandia, etc.), la política de la Entente tiende a crear, apoyándose en las clases dominantes y en los socialnacionalistas, focos de un movimiento contrarrevolucionario nacional. Este movimiento ha de dirigirse contra los vencidos, ha de mantener en equilibrio las fuerzas de los Estados recién surgidos y someterlos a la Entente, ha de frenar los movimientos revolucionarios que se desarrollan en el seno de las nuevas repúblicas «nacionales» y, por último, ha de suministrar guardias blancos para la lucha contra la revolución internacional y, en particular, contra la rusa.
En cuanto a Bélgica, Portugal, Grecia y otros países pequeños aliados de la Entente, su política la determina por completo la política de los grandes bandoleros, a los que están enteramente sometidos y cuya ayuda solicitan para obtener pequeñas anexiones e indemnizaciones de guerra.
Los Estados neutrales
Los Estados neutrales caen en la situación de vasallos no privilegiados del imperialismo de la Entente, que aplica con ellos, en forma más suave, los mismos métodos que con los vencidos. Los Estados neutrales más favorecidos presentan diversas reivindicaciones a los adversarios de la Entente (pretensiones de Dinamarca sobre Flensburgo, propuesta suiza de internacionalizar el Rin, etc.). Al mismo tiempo cumplen los encargos contrarrevolucionarios de la Entente (expulsión de las legaciones rusas, reclutamiento de guardias blancos en los países escandinavos, etc.). Otros, en cambio, están expuestos al peligro del desmembramiento territorial (proyecto de anexionar a Bélgica la provincia holandesa de Limburgo y de internacionalizar la desembocadura del Escalda).
La Entente y la Rusia soviética
Respecto de la Rusia soviética es donde con más claridad se manifiesta el carácter rapaz, inhumano y reaccionario del imperialismo de la Entente. Desde el comienzo de la Revolución de Noviembre, las potencias de la Entente se pusieron del lado de los partidos y gobiernos contrarrevolucionarios de Rusia. Con la ayuda de los contrarrevolucionarios burgueses se anexionaron Siberia, los Urales, las costas de la Rusia europea, el Cáucaso y una parte del Turquestán. De los territorios anexionados sustraen materias primas (madera, nafta, mineral de manganeso, etc.). Con la ayuda de las bandas checoslovacas a sueldo robaron la reserva de oro del Imperio ruso35. Bajo la dirección del diplomático inglés Lockhart36, espías ingleses y franceses prepararon la voladura de puentes y la destrucción de ferrocarriles e intentaron impedir el abastecimiento de víveres. La Entente apoyó con dinero, armas y ayuda militar a los generales reaccionarios Denikin, Kolchak y Krasnov, que ahorcaron y fusilaron a miles de obreros y campesinos en Rostov, Yúzovka, Novorosíisk, Omsk, etc. En los discursos de Clemenceau y Pichon, la Entente proclamó abiertamente el principio del «cerco económico», es decir, del hambre y la aniquilación de la república revolucionaria de obreros y campesinos, y prometió «apoyo técnico» a las bandas de Denikin, Kolchak y Krasnov. La Entente ha rechazado las reiteradas ofertas de paz del poder soviético.
El 23 de enero de 1919, las potencias de la Entente, entre las cuales se había reforzado temporalmente la tendencia más moderada, dirigieron a todos los gobiernos rusos la propuesta de enviar representantes a las islas de los Príncipes37. Esta propuesta encerraba sin duda también una intención provocadora respecto del gobierno soviético. Aunque el 4 de febrero la Entente recibió una respuesta afirmativa del gobierno soviético, en la que este se declaraba incluso dispuesto a aceptar anexiones, contribuciones y concesiones con tal de librar a los obreros y campesinos rusos de la guerra que la Entente les había impuesto, la Entente dejó también sin respuesta esta oferta de paz de la Rusia soviética.
Esto confirma que las tendencias anexionistas y reaccionarias se asientan sobre terreno firme en las filas de los imperialistas de la Entente. Amenazan a la república socialista con nuevas anexiones y agresiones contrarrevolucionarias.
La «política de paz» de la Entente revela aquí definitivamente ante el proletariado internacional la esencia del imperialismo de la Entente y del imperialismo en general. Al mismo tiempo demuestra que los gobiernos imperialistas son incapaces de concluir una paz «justa» y «justa y duradera», y que el capital financiero no es capaz de restablecer la economía destruida. La continuación del dominio del capital financiero conduciría o bien a la aniquilación completa de la sociedad civilizada, o bien a un aumento de la explotación, de la esclavización, de la reacción política, de la política de armamentos y, finalmente, a nuevas guerras devastadoras.
Resolución sobre el terror blanco
El sistema capitalista fue desde el principio un sistema de rapiña y de asesinato en masa. Los horrores de la acumulación originaria; la política colonial, que con la Biblia, la sífilis y el aguardiente trajo también el exterminio despiadado de tribus y pueblos enteros; la miseria, la muerte por hambre, el agotamiento y la desaparición prematura de incontables millones de proletarios explotados; la represión sangrienta de la clase obrera cada vez que se alzaba contra sus explotadores; por último, la gigantesca, monstruosa matanza que convierte la producción mundial en producción de cadáveres humanos: tal es el cuadro del orden capitalista. Ya desde el comienzo de la guerra, las clases dominantes, que en los campos de batalla habían asesinado a más de diez millones de personas y mutilado a muchas más, instauraron también en el interior de sus países el régimen de la dictadura sangrienta. El gobierno zarista ruso fusilaba y ahorcaba a los obreros, organizaba pogromos contra los judíos, exterminaba todo lo que tenía vida en el país. La monarquía austriaca ahogó en sangre el levantamiento de los campesinos y obreros ucranianos y checos. La burguesía inglesa sacrificó a los mejores representantes del pueblo irlandés. El imperialismo alemán hacía estragos en el interior de su país, y los marineros revolucionarios fueron las primeras víctimas de esa fiera. En Francia se abatía a tiros a los soldados rusos que no estaban dispuestos a defender los beneficios de los banqueros franceses38. En América la burguesía linchaba a los internacionalistas, condenaba a cientos de los mejores hombres del proletariado a veinte años de presidio y ametrallaba a los obreros por hacer huelga.
Cuando la guerra imperialista empezó a transformarse en guerra civil y las clases dominantes, los mayores criminales que ha conocido la historia de la humanidad, vieron muy cerca el peligro de que su régimen sangriento se hundiera, su bestialidad se volvió aún más cruel.
En la lucha por el mantenimiento del orden capitalista, la burguesía recurre a los métodos más inauditos, ante los cuales palidecen todas las crueldades de la Edad Media, de la Inquisición y del saqueo colonial.
La clase burguesa, que al borde de su tumba aniquila ahora físicamente la fuerza productiva más importante de la sociedad humana, el proletariado, se ha mostrado con este terror blanco en toda su abominable desnudez.
Los generales rusos, esa encarnación viva del régimen zarista, fusilaron y siguen fusilando en masa a los obreros, y ello con el apoyo directo o indirecto de los socialtraidores. Durante el dominio de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques en Rusia, miles de obreros y campesinos llenaban las cárceles y los generales exterminaban regimientos enteros por desobediencia. Ahora Krasnov y Denikin, que gozan del benévolo apoyo de las potencias de la Entente, han asesinado y ahorcado a muchos miles de obreros, han fusilado a «uno de cada diez»; incluso dejaban los cadáveres de los ahorcados tres días colgados de la horca para aterrorizar a los que quedaban. En los Urales y en la región del Volga, las bandas checoslovacas y de guardias blancos cortaban a los prisioneros las piernas y los brazos, los ahogaban en el Volga, los enterraban vivos. En Siberia los generales mataron a miles de comunistas y aniquilaron a innumerables obreros y campesinos.
Los burgueses y socialtraidores alemanes y austriacos mostraron sobradamente su naturaleza de caníbales cuando en Ucrania ahorcaron en horcas de hierro transportables a los obreros y campesinos a los que habían saqueado, a los comunistas, a sus propios compatriotas, a nuestros camaradas austriacos y alemanes. En Finlandia, ese país del democratismo burgués, ayudaron a los burgueses finlandeses a fusilar a 13 000 o 14 000 proletarios y a hacer morir a más de 15 000 en las cárceles entre tormentos.
En Helsinki39 hacían marchar delante de ellos a mujeres y niños como escudo contra el fuego de las ametralladoras. Con su apoyo se hicieron posibles las más sangrientas orgías de los guardias blancos finlandeses y de sus secuaces suecos contra el proletariado finlandés vencido. En Tampere se obligó a mujeres y niños condenados a muerte a cavar ellos mismos sus tumbas; en Víborg se dio muerte a miles de hombres, mujeres y niños rusos.
En el interior de su país, los burgueses y los socialdemócratas alemanes han alcanzado el grado extremo de la furia reaccionaria con la represión sangrienta de la insurrección obrera comunista, con el asesinato bestial de Liebknecht y Rosa Luxemburgo, con el asesinato y la aniquilación de los obreros espartaquistas. El terror blanco, de masas e individual: esa es la bandera bajo la cual marcha la burguesía.
El mismo cuadro se observa también en otros países. En la democrática Suiza todo está preparado para ejecutar a los obreros si se atreven a violar la ley capitalista. En América, el presidio, el linchamiento y la silla eléctrica son los símbolos escogidos de la democracia y la libertad.
En Hungría y en Inglaterra, en Bohemia y en Polonia, en todas partes lo mismo. Los asesinos burgueses no retroceden ante ninguna infamia. Para afianzar su dominio atizan el chovinismo y organizan (por ejemplo, la democracia burguesa ucraniana con el menchevique Petliura a la cabeza, la polaca con el socialpatriota Piłsudski40, etc.) monstruosos pogromos contra los judíos, que superan con mucho los organizados por los policías del zar. Y si la chusma reaccionaria y «socialista» polaca asesinó a los representantes de la Cruz Roja rusa, eso no es más que una gota en el mar de crímenes y atrocidades del canibalismo burgués en su ocaso. La «Sociedad de Naciones», que según la declaración de sus creadores ha de traer la paz, avanza con una guerra sangrienta contra el proletariado de todos los países. Las potencias de la Entente, que quieren salvar su dominio, abren con tropas negras el camino a un terror de una brutalidad increíble.
Al lanzar su anatema contra los asesinos capitalistas y sus cómplices socialdemócratas, el Primer Congreso de la Internacional Comunista llama a los obreros de todos los países a poner en tensión todas sus fuerzas para acabar para siempre con el sistema de asesinato y rapiña mediante el derrocamiento del poder del régimen capitalista.
Resolución sobre la necesidad de atraer a las obreras a la lucha por el socialismo
El Congreso de la Internacional Comunista hace constar que tanto el éxito de todas las tareas que se ha propuesto como la victoria definitiva del proletariado mundial y la abolición completa del orden capitalista solo pueden asegurarse mediante la lucha común y estrechamente unida de las mujeres y los hombres de la clase obrera.
El empleo colosalmente creciente de la fuerza de trabajo femenina en todas las ramas de la economía, el hecho de que no menos de la mitad de todos los valores del mundo sea producida por manos de mujeres y, por otra parte, el reconocimiento del importante papel que desempeñan las mujeres proletarias en la construcción del nuevo orden social comunista, en particular en el paso a la economía doméstica comunista, en la reforma de la vida familiar y en la realización de la educación social socialista de los niños, cuya tarea es formar ciudadanos de las repúblicas de los consejos aptos para el trabajo y llenos del espíritu de solidaridad: todo ello hace que sea tarea urgente de todos los partidos adheridos a la Internacional Comunista trabajar con toda su fuerza y energía por ganar a las mujeres proletarias para los partidos y emplear todos los medios para educar a las obreras en el espíritu de las nuevas formas sociales y de la ética comunista en la vida social y familiar.
La dictadura del proletariado solo puede realizarse y mantenerse con la participación viva y activa de las mujeres de la clase obrera.
Propuesta de constitución de la III Internacional
Los representantes del Partido Comunista de Austria alemana, del Partido Socialdemócrata de izquierda de Suecia, de la Federación Socialdemócrata Revolucionaria Obrera de los Balcanes y del Partido Comunista de Hungría proponen la fundación de la Internacional Comunista.
La necesidad de la lucha por la dictadura del proletariado exige una organización internacional única y cohesionada de todos los elementos comunistas que se sitúan en este terreno.
La fundación de semejante centro se convierte en un deber tanto más imperioso cuanto que en este momento se está intentando en Berna, y quizá más tarde también en otros lugares, restablecer la vieja Internacional oportunista y reunir de nuevo a todos los elementos confusos e indecisos del proletariado. Por eso es necesario trazar una separación tajante entre los elementos proletarios revolucionarios y los socialtraidores.
Si la conferencia reunida en Moscú no fundara la Tercera Internacional, podría dar la impresión de que los partidos comunistas están desunidos, lo que debilitaría nuestra posición y aumentaría la confusión entre los elementos vacilantes del proletariado de todos los países.
La constitución de la Tercera Internacional es, por tanto, un imperativo histórico ineludible y debe hacerla realidad la Conferencia Comunista Internacional reunida en Moscú.
Resolución de la Conferencia Comunista Internacional de Moscú sobre la constitución de la Internacional Comunista (4 de marzo de 1919)
La Conferencia Comunista Internacional decide constituirse en Tercera Internacional y adoptar el nombre de Internacional Comunista. La proporción de votos sigue siendo la misma. Todos los partidos, organizaciones y grupos conservan el derecho a declarar definitivamente su adhesión a la Tercera Internacional en un plazo de ocho meses.
Resolución del Congreso de la Internacional Comunista en Moscú sobre la cuestión de organización
Para poder empezar a trabajar sin demora, el Congreso elige de inmediato los órganos necesarios, en el entendimiento de que la constitución definitiva de la Internacional Comunista la dará el próximo congreso a propuesta del Buró.
La dirección de la Internacional Comunista se confía a un Comité Ejecutivo. Este se compone de un representante de cada uno de los partidos comunistas de los países más importantes. Al primer Comité Ejecutivo deben enviar de inmediato sus representantes los partidos de Rusia, Alemania, Austria alemana, Hungría, la Federación Balcánica, Suiza y Escandinavia.
Los partidos de los países que declaren su adhesión antes del Segundo Congreso de la Internacional Comunista obtendrán un puesto en el Comité Ejecutivo.
Hasta la llegada de los representantes del extranjero, los camaradas del país en que tenga su sede el Comité Ejecutivo asumirán el peso del trabajo.
El Comité Ejecutivo elige un Buró de cinco personas.
Declaración de los participantes de Zimmerwald en el Congreso de la Internacional Comunista en Moscú
Las conferencias de Zimmerwald y de Kienthal41 tuvieron importancia en un momento en que era necesario unir a todos aquellos elementos del proletariado que estaban dispuestos a protestar, de una u otra forma, contra la matanza imperialista. Pero en la Unión de Zimmerwald entraron, junto con elementos resueltamente comunistas, también elementos del «centro», pacifistas y vacilantes. Estos elementos del centro, como mostró la Conferencia de Berna, se unen ahora con los socialpatriotas para luchar contra el proletariado revolucionario y explotan así Zimmerwald en interés de la reacción.
Al mismo tiempo, la corriente comunista se ha fortalecido en toda una serie de países, y la lucha contra los elementos del centro, que frenan el desarrollo de la revolución social, se ha convertido en una de las tareas más urgentes del proletariado revolucionario.
La Unión de Zimmerwald ha caducado. Todo lo que había de verdaderamente revolucionario en la Unión de Zimmerwald pasa a la Internacional Comunista.
Los abajo firmantes, participantes de Zimmerwald, declaran que consideran liquidada la organización de Zimmerwald y piden al Buró de la Conferencia de Zimmerwald que entregue todos sus documentos al Comité Ejecutivo de la III Internacional.
Ch. Rakovski, N. Lenin, G. Zinóviev, L. Trotski, Fritz Platten.
Resolución sobre la Unión de Zimmerwald
Habiendo escuchado el informe de la secretaria de la C. S. I. de Zimmerwald42, la camarada Balabánova, y la declaración de los participantes de la Unión de Zimmerwald, los camaradas Rakovski, Platten, Lenin, Trotski y Zinóviev, el Primer Congreso de la Internacional Comunista decide considerar liquidada la Unión de Zimmerwald.
Congreso extraordinario de la Segunda Internacional reunido en Basilea en noviembre de 1912, durante las guerras balcánicas; su manifiesto contra la guerra llamaba a aprovechar la crisis que esta provocara para precipitar la caída del dominio capitalista. ↩
Colección de documentos diplomáticos con la que el gobierno alemán justificó su entrada en la guerra en agosto de 1914. ↩
Burgfrieden, la tregua entre partidos y clases proclamada en Alemania al empezar la guerra, equivalente a la union sacrée francesa. ↩
Los «Catorce Puntos» expuestos por el presidente norteamericano Woodrow Wilson en enero de 1918 como base de la paz. ↩
El Alzamiento de Pascua de Dublín, en abril de 1916, aplastado por el ejército británico. ↩
Región central de Vietnam, entonces protectorado de la Indochina francesa; el original dice «Anam». ↩
La huelga general de los obreros textiles de Bombay de enero de 1919. ↩
Así se llamaba entonces a la lucha grecorromana. ↩
Independent Labour Party (ILP), partido socialista británico que se opuso a la guerra con posiciones pacifistas. ↩
François-Noël «Gracchus» Babeuf (1760-1797), revolucionario francés, guillotinado tras la Conspiración de los Iguales. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, fundadores del Partido Comunista de Alemania, fueron asesinados en Berlín el 15 de enero de 1919 por cuerpos francos al servicio del gobierno socialdemócrata. ↩
Seudónimo de Hugo Eberlein, delegado del Partido Comunista de Alemania. ↩
En el original, por errata, «2. Reinstein» (Boris Reinstein). Hemos dado los nombres en su grafía habitual: Rakovski por Rakowski, Unszlicht por Unschlicht, Pöögelmann por Pögelmann, Gaikuni por Hoaikuni, Yalýmov por Jalymow. ↩
Conocidas también como «Plataforma de la Internacional Comunista». Aprobadas por el congreso el 4 de marzo de 1919; Bujarin fue el ponente. ↩
Junkers: la nobleza terrateniente prusiana, de la que salía buena parte de la oficialidad del ejército alemán. ↩
La conferencia socialista internacional celebrada en Berna del 3 al 10 de febrero de 1919, primer paso para reconstituir la II Internacional. ↩
La Sociedad de Naciones, promovida por el presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson. ↩
Alusión a la ocupación alemana de amplios territorios de Rusia y Ucrania tras la paz de Brest-Litovsk y a la intervención alemana en la guerra civil finlandesa en la primavera de 1918. ↩
Véase sobre todo la introducción de Engels de 1891 a La guerra civil en Francia de Marx: el Estado «no es más que una máquina para la opresión de una clase por otra, y esto en la república democrática no menos que en la monarquía». ↩
Alusión a La guerra civil en Francia (1871), donde Marx escribe que el sufragio universal, en lugar de servir para decidir una vez cada tres o seis años qué miembro de la clase dominante ha de representar y aplastar al pueblo en el parlamento (ver- und zertreten), debía servir al pueblo organizado en comunas. ↩
En 1649 la revolución inglesa ejecutó a Carlos I y proclamó la república; en 1793 la Convención francesa, tras la ejecución de Luis XVI, hizo frente a la coalición monárquica extranjera y a la insurrección realista. ↩
El proceso contra el capitán Alfred Dreyfus, condenado en 1894 por un espionaje que no había cometido y rehabilitado en 1906; el caso sacó a la luz el antisemitismo y la arbitrariedad del Estado Mayor y dividió a la Francia republicana. ↩
En noviembre de 1918, durante la huelga general suiza, el gobierno federal expulsó a la misión diplomática soviética. ↩
Shop stewards: delegados de taller elegidos por los obreros en las fábricas británicas; durante la guerra sus comités dirigieron huelgas al margen de las direcciones sindicales. ↩
Hjalmar Branting (1860-1925), dirigente de la socialdemocracia sueca, presidió la conferencia de Berna. ↩
Die Freiheit, diario de Berlín del Partido Socialdemócrata Independiente de Alemania (USPD). ↩
Philipp Scheidemann (1865-1939), dirigente del Partido Socialdemócrata (SPD), miembro del Consejo de Comisarios del Pueblo desde noviembre de 1918 y jefe del gobierno desde el 13 de febrero de 1919. ↩
Enmienda a la resolución sobre el militarismo y los conflictos internacionales del Congreso de Stuttgart (agosto de 1907), presentada por Lenin, Rosa Luxemburgo y Mártov. ↩
Henry Hyndman, fundador de la Federación Socialdemócrata británica; Ilia Rubanóvich, socialista revolucionario ruso; Samuel Gompers, presidente de la Federación Americana del Trabajo. Mussolini, entonces director del Avanti!, fue expulsado del Partido Socialista Italiano en noviembre de 1914 por defender la intervención en la guerra (el original dice «Mussalini»). ↩
Ala izquierda de la socialdemocracia holandesa agrupada en torno al periódico De Tribune (Gorter, Pannekoek, Wijnkoop), que fundó en 1909 el Partido Socialdemócrata (SDP), más tarde Partido Comunista de Holanda. ↩
Fernand Loriot, dirigente de la minoría internacionalista del Partido Socialista francés y luego uno de los fundadores del Partido Comunista Francés. ↩
Tratado de Brest-Litovsk entre la Rusia soviética y las potencias centrales (3 de marzo de 1918) y paz de Bucarest impuesta a Rumanía (7 de mayo de 1918). ↩
Sidney Sonnino, ministro de Asuntos Exteriores de Italia y delegado en la Conferencia de Paz de París. ↩
Ignacy Paderewski, pianista y político, presidente del Consejo de Ministros de Polonia en 1919. ↩
Shylock: el usurero de El mercader de Venecia, de Shakespeare. ↩
En agosto de 1918 la Legión Checoslovaca y las tropas del Komuch se apoderaron en Kazán de buena parte de la reserva de oro del Estado ruso, que pasó luego a manos de Kolchak. ↩
Robert Bruce Lockhart, agente británico en Moscú, implicado en la conspiración de 1918 contra el poder soviético («complot de los embajadores»). ↩
Islas de los Príncipes (Prinkipo), en el mar de Mármara, cerca de Constantinopla. La conferencia propuesta no llegó a celebrarse. ↩
Soldados del Cuerpo Expedicionario Ruso en Francia, amotinados en el campo de La Courtine y reducidos a cañonazos en septiembre de 1917. ↩
En el original, Helsingfors, nombre sueco de Helsinki; Tammerfors y Wiborg son Tampere y Víborg (Viipuri). Se trata de la guerra civil finlandesa de 1918. ↩
Symon Petliura, dirigente del Directorio de la República Popular Ucraniana; Józef Piłsudski, procedente del Partido Socialista Polaco, jefe del Estado polaco desde noviembre de 1918. ↩
Conferencias socialistas internacionales contra la guerra celebradas en Suiza en septiembre de 1915 (Zimmerwald) y abril de 1916 (Kienthal). ↩
Comisión Socialista Internacional (Internationale Sozialistische Kommission), órgano permanente de la Unión de Zimmerwald. Angélica Balabánova era su secretaria. ↩