I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente, también llamado Congreso de los Trabajadores del Lejano Oriente, convocado por la Internacional Comunista: Moscú, del 21 de enero al 1 de febrero de 1922; sesión de clausura en Petrogrado el 2 de febrero. Los textos se aprobaron en ruso; la única edición libre es la alemana de la Internacional Comunista, que traducimos: Der Erste Kongreß der kommunistischen und revolutionären Organisationen des Fernen Ostens. Moskau, Januar 1922, [Petrogrado], Verlag der Kommunistischen Internationale, 1922, pp. 115-140 (resoluciones, tesis y anexo), según el ejemplar de la reimpresión facsímil de Feltrinelli digitalizado por la Universidad de Toronto en Internet Archive. El texto alemán se ha establecido con un nuevo reconocimiento óptico corregido sobre las imágenes de las páginas. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán
El prólogo de Voitinski, la caracterización de las organizaciones representadas, los informes presentados al congreso y la crónica de la sesión de clausura están en Actas del I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente.
Los resultados de la Conferencia de Washington y la situación en el Lejano Oriente
(Resolución sobre el informe de Zinóviev.)
I.
La Conferencia de Washington1, que condujo a la formación de la muy inconsistente cuádruple alianza en el Lejano Oriente (de Estados Unidos, Japón, Francia e Inglaterra), ha mostrado claramente que la cuestión del Lejano Oriente se ha convertido hoy en el nudo más importante de la política mundial imperialista. Las inmensas riquezas en materias primas y las reservas de fuerza de trabajo barata de la densamente poblada China, las riquezas naturales de Corea, de Mongolia, de la República del Lejano Oriente2 y de la Siberia soviética: todo ello es un bocado apetitoso para el imperialismo mundial, que no puede restablecer el antiguo equilibrio del sistema capitalista y cuenta con encontrar aquí salida para sus mercancías e inversión para su capital.
La Conferencia de Washington ha aplazado por poco tiempo el estallido de una nueva guerra imperialista por el dominio del océano Pacífico. Pero este aplazamiento condicional se ha hecho a costa de los pueblos oprimidos del Lejano Oriente, con la premisa de su ulterior esclavización y sojuzgamiento. En Washington no se dijo ni una palabra de la tan castigada Corea. El imperialismo británico, que mantiene en la esclavitud a la India y a Egipto, borró ya en 1911 el nombre de Corea del tratado anglojaponés a cambio de la garantía de los japoneses de apoyar el dominio colonial de los ingleses. El imperialismo norteamericano, que se apoderó como un bandido de las Filipinas y participa directamente en el saqueo de China, también ha mostrado una completa indiferencia ante la suerte del pueblo coreano. En cuanto a los capitalistas y militaristas franceses, desde la caída del zarismo han actuado invariablemente como aliados de los opresores japoneses, tanto en la lucha contra la Rusia soviética como en lo tocante a la protección de sus intereses particulares en la zona del Ferrocarril Oriental Chino, que pertenece al «Banco Ruso-Asiático» francés. Precisamente en cumplimiento de los acuerdos de la Conferencia de Washington, Japón inicia el avance contra la República del Lejano Oriente.
El acuerdo sobre la aplicación del principio de la «puerta abierta» en China, concluido en Washington, es el reconocimiento de la igualdad formal de derechos de todos los bandidos imperialistas para saquear China, y va dirigido contra Japón como el competidor más fuerte del imperialismo norteamericano. Como compensación se concede a Japón la posibilidad de conservar sus anexiones anteriores, es decir, Corea, Shandong y Manchuria, y de extender sus posesiones hacia la Mongolia autónoma (con ayuda de su protegido Tschang-Tso-Lin3) y hacia la Rusia soviética.
La Conferencia de Washington tiene que matar en las masas populares de Corea, China y Mongolia las últimas ilusiones sobre cualquier ayuda de las potencias imperialistas. Tiene que demostrar a esas masas populares que solo pueden conquistar la independencia y la libertad mediante la lucha unida y organizada contra todos los saqueadores, en alianza con el proletariado internacional y con la Rusia soviética.
II.
La derrota de la Rusia zarista en 1905 dio al Japón imperialista las manos libres en Corea. La toma de posesión de Corea se llevó a cabo con el consentimiento de las grandes potencias, entre ellas también Estados Unidos, que en su día —en el año 1883— se había comprometido a apoyar la independencia de Corea. Primero se arrebataron las mejores tierras —expropiadas, supuestamente, para caminos y líneas férreas—; luego vinieron las confiscaciones en masa de bienes de ciudadanos coreanos, y sus propietarios fueron ejecutados con el pretexto de su falta de fiabilidad política; toda la prensa fue estrangulada; en todo el país se declaró el estado de guerra y se instauró un régimen de terror sangriento. En 1910 Corea fue anexionada formalmente. Alentada por las autoridades japonesas, toda una jauría de mercachifles japoneses se puso a embrutecer a las masas con opio y morfina y a extender la prostitución. La sociedad anónima japonesa «Tschen-Bi-Hoi-Sja» se dedicó a apoderarse sistemáticamente de tierras campesinas y a entregarlas a terratenientes y capitalistas japoneses. Los campesinos coreanos se convirtieron en siervos de los señores japoneses de la tierra. A toda la población coreana se le impusieron tributos que exceden todas sus fuerzas. La agricultura fue exprimida de manera rapaz para llevar sus productos a Japón: en 1916 se exportaron productos agrícolas por valor de 42 millones de yenes; en 1919, por 137 millones de yenes. La especulación con la cosecha de arroz ha echado sólidas raíces en Corea: en 1917 se exportó de Corea arroz por valor de 27 millones de yenes; en 1919, por 113 millones.
Las masas trabajadoras de Corea llevan una mísera vida de hambre. Los conquistadores japoneses, que siguen conscientemente el rumbo del exterminio físico del pueblo coreano, han organizado al mismo tiempo en Corea una serie de escuelas para educar a la juventud coreana, bajo la etiqueta del panmongolismo, como lacayos serviles de los opresores.
En marzo de 1919, el pueblo coreano, empujado a la desesperación por los incesantes malos tratos, violencias y escarnios, se levantó desarmado como un solo hombre y exigió que se proclamase la independencia4.
Esta revolución de protesta pasiva, dirigida a la llamada sociedad burguesa «civilizada», fue ahogada en ríos de sangre, con la ayuda silenciosa de la Conferencia de Versalles, entonces reunida. Pero la cruel y sangrienta lección convenció a las masas trabajadoras de Corea de que era del todo inútil esperar la ayuda de cualquiera de los bandidos internacionales, y han emprendido abiertamente el camino de la lucha revolucionaria.
La Conferencia de Washington, en nombre de la alianza de los cuatro chupasangres, se ha solidarizado con la política rapaz del imperialismo japonés. Ahora las masas sojuzgadas saben con certeza que solo la victoria del proletariado internacional, en alianza con los pueblos oprimidos del mundo entero, puede asegurarles la libertad y la independencia.
III.
China, con sus 400 millones de habitantes, se ha convertido de hecho en colonia de las grandes potencias rapaces. La Conferencia de Washington ha dado a esta situación su forma acabada.
El sometimiento de China comenzó tras su derrota en la guerra de 1839-1841 con Inglaterra, cuando el capital inglés impuso por la fuerza de las armas al pueblo chino la libre importación de opio5. En el año 1858 se impuso violentamente a China el principio de la extraterritorialidad, es decir, privilegios especiales para los extranjeros en territorio chino. Cada nueva agresión contra China iba acompañada del cobro de contribuciones de toda clase y de la extorsión de nuevas concesiones y privilegios. Desde la llegada de comerciantes, barcos armados y tropas extranjeras, el pueblo chino se convirtió en esclavo en su propio país: invasores europeos, norteamericanos y japoneses se apoderaron de todos los puertos, de todos los nudos de comunicación y de todos los centros político-administrativos de China y se los repartieron entre ellos. La represión de la insurrección de los bóxers de 1901 se convirtió en la señal para la penetración abierta de las expediciones de castigo de Inglaterra, Rusia, Japón, Alemania y Estados Unidos en el interior del país y en el pretexto para la división de China en zonas de influencia.
Si hasta la revolución de 1911 los bandidos imperialistas se sirvieron para sus fines de la dinastía manchú, antinacional, después de la revolución apostaron por la camarilla militarista de China, la convirtieron en un instrumento dócil en sus manos y transformaron China en un foco de guerras civiles permanentes. El imperialismo japonés aprovechó la guerra imperialista de 1914, que desvió temporalmente de China la atención del capital europeo y norteamericano, para obligar a China, mediante engaños militares y diplomáticos y mediante el soborno de los militaristas chinos, a ceder a Japón todos los derechos sobre las antiguas concesiones alemanas en China, que abarcaban la provincia más fértil y rica en recursos del subsuelo, Shandong, y toda la península de Jiaozhou. Japón presentó en forma de ultimátum las conocidas Veintiuna Demandas6, cuyo cumplimiento debía llevar a la completa subordinación de China en lo político, lo financiero, lo militar y lo administrativo. Tanto el sur como el norte de China debían convertirse en zona de dominio de los usurpadores japoneses. La diplomacia imperialista obligó a China a una participación ficticia en la guerra mundial para poder explotarla libremente.
Como los imperialistas norteamericanos no consiguieron entenderse con Japón en la Conferencia de Versalles, intentaron aplicar su política económica en China por medio de un consorcio, es decir, someter todo el país al dominio de un trust bancario en el que Estados Unidos habría desempeñado el papel dirigente. El consorcio se proponía sojuzgar al campesinado chino haciéndose con la recaudación del impuesto sobre la tierra, y estrangular la industria china obteniendo un monopolio de Estado sobre la financiación de todas las empresas industriales de China.
Si Japón no consiguió llevar a cabo por completo sus 21 puntos y si Estados Unidos no consiguió organizar el consorcio, la razón fue, por una parte, la competencia imperialista de los bandidos entre sí y, por otra, la protesta unánime del pueblo chino y la lucha de los revolucionarios del Sur. En Washington, Estados Unidos ha hecho ahora un nuevo intento de formar un consorcio así, y con mejores perspectivas de éxito que hasta ahora, porque ha conseguido aislar a Japón mediante el «acuerdo de los Cuatro».
Hoy China, que tiene ante sí las más ricas posibilidades de desarrollo, es despedazada por los venales tutschunes7. Así, en Manchuria y en el norte de China hace y deshace el protegido japonés Tschang-Tso-Lin. En Pekín, las legaciones extranjeras son dueñas de la situación. La mayor parte de la industria china y las concesiones forestales y de otro tipo están en manos de los extranjeros. El Sur revolucionario de China, que libra la lucha por la existencia nacional, se halla bajo la amenaza constante de los militaristas del Norte y no puede contar con una consolidación duradera de su situación sin la victoria de la revolución nacional-democrática en todo el país.
El campesino chino, el obrero chino y el culi son esclavos sin libertad del capital extranjero. El pueblo chino no es dueño de su destino; se le dan órdenes desde Tokio, Washington, Londres y París. No puede librarse de los bárbaros restos de la Edad Media, porque en su intimidación, en su debilidad y en su falta de organización descansa el saqueo imperialista.
La Conferencia de Washington ha desenmascarado ante el mundo entero el verdadero rostro de las grandes potencias, y las masas trabajadoras de China no cuentan en su lucha por la liberación nacional y social con más aliados que las masas trabajadoras y explotadas de los pueblos del mundo entero, que ya se han alzado en la lucha decisiva contra el imperialismo, con la República Socialista Federativa Soviética de Rusia a la cabeza.
IV.
El imperialismo japonés, que ha elegido Mongolia como presa, pero que en la Conferencia de Versalles no llegó a ponerse de acuerdo con Estados Unidos sobre si había de explotar Mongolia él solo o compartir esa misión con Estados Unidos, intentó reservarse el derecho exclusivo de explotar y saquear Mongolia y las riquezas de su subsuelo excluyéndola de la zona de influencia del trust bancario internacional.
El imperialismo japonés intervino activamente en Mongolia a comienzos de 1919 y a finales de 1920 en la persona de sus agentes: uno de los jefes del club «Ahfu» y gobernador encargado de los asuntos de Mongolia, el «pequeño Sju»8, y otra de sus criaturas, el barón Ungern9, que se habían propuesto sojuzgar al pueblo mongol en interés de Japón y hacer de Mongolia una base de operaciones del imperialismo japonés contra la primera república de los trabajadores del mundo, contra la Rusia soviética. La penetración ulterior del imperialismo japonés en Mongolia se produjo a través de su dócil agente, el militarista del norte de China general Tschang-Tso-Lin. Su expedición mongola, su plan de fundar un banco japonés Tschang-Tso-Lin en Mongolia con Tschang-Tso-Lin y el millonario japonés Okura10 como principales accionistas, la destitución del general Tsau-Hun-Di, tutschun de la provincia de Shahe, por «inactividad», a manos del protegido de Tschang-Tso-Lin, el general Tsin-Tsjun, y la provocación de China a nuevas aventuras en Mongolia: estos son los síntomas más característicos de la etapa siguiente de la ofensiva del imperialismo japonés en Mongolia.
Mediante la lucha armada, en colaboración con las tropas rojas de la Rusia soviética amiga, la Mongolia revolucionaria se ha librado de la presión de los opresores extranjeros —los guardias blancos rusos y los militaristas chinos, esos ejecutores del imperialismo japonés— y ha conseguido por fin la posibilidad de decidir por sí misma su destino. Las relaciones amistosas entre el pueblo chino y el mongol las dicta la comunidad de sus intereses, pisoteados por los imperialistas internacionales y por los militaristas del norte de China.
Las masas populares de Mongolia saben que la conspiración imperialista de Washington va dirigida también contra sus intereses vitales.
V.
La política de rapiña del imperialismo japonés en el Lejano Oriente está en contradicción irreconciliable con los intereses de las masas trabajadoras de Japón. La camarilla gobernante de los militaristas, del Genro11 y de la plutocracia aplica esta política no solo para sojuzgar a Corea, China y Mongolia, sino también para someter a las masas obreras y campesinas del propio pueblo japonés. El rápido florecimiento del capitalismo japonés durante la guerra ha desembocado, al desaparecer la favorable «coyuntura de guerra», en una crisis aguda. El capitalismo japonés no puede encontrar otra salida a esta crisis que proseguir la política de anexiones. La clase obrera, privada de todo derecho, y las masas campesinas de Japón, todavía más privadas de derechos, empiezan a comprender cada vez más que solo el derrocamiento de la dominación imperialista puede sacarlas de la miseria más profunda y de la esclavitud asalariada. El proletariado japonés se convierte en una fuerza revolucionaria independiente, muy consciente de que «el enemigo está en su propio país». El deber proletario internacional exige de los obreros japoneses que reconozcan como tarea propia la lucha por la liberación de China y de Corea.
La Conferencia de Washington ha aplazado por muy poco tiempo la nueva guerra imperialista en el Lejano Oriente. Si las masas trabajadoras de Japón no quieren convertirse en carne de cañón de sus clases dominantes y sufrir en sí mismas, en las costas del océano Pacífico, las crueles y sangrientas lecciones de la guerra de 1914-1918, tienen que alzarse en filas cerradas contra sus enemigos de clase. ¡El 48,7 % del presupuesto japonés se destina a gastos militares! En ningún país capitalista vive la clase obrera en condiciones tan espantosas como en Japón. El terror de la clase dominante ahoga sin piedad toda manifestación de su actividad propia. El 70 % de los campesinos japoneses son medio jornaleros que trabajan para el señor de la tierra y para el capitalista. Los imperialistas japoneses justifican hipócritamente su política de anexiones con la superpoblación de las islas. En realidad, el saqueo de países extranjeros no hace más que empeorar la situación de las masas trabajadoras de Japón. Un pueblo que oprime a otros pueblos no puede ser libre. La espada del imperialismo japonés tiene que ser rota por las manos del proletariado japonés.
VI.
La conspiración imperialista de los cuatro bandidos en Washington ata definitivamente en un nudo común los destinos de todos los pueblos del Lejano Oriente. La lucha por la liberación nacional de las masas populares de China, Corea y Mongolia es al mismo tiempo la lucha del proletariado japonés por su propia liberación; la lucha del proletariado internacional, con los obreros y campesinos de la Rusia soviética a la cabeza, contra el imperialismo mundial es al mismo tiempo una lucha por la libertad y la independencia de todos los pueblos oprimidos. A la conspiración de los cuatro chupasangres en el Lejano Oriente hay que oponer la alianza revolucionaria de los obreros y campesinos de todo el Lejano Oriente, la alianza de los trabajadores del Lejano Oriente con el proletariado internacional bajo la bandera de la Internacional Comunista.
Las masas trabajadoras del Lejano Oriente solo podrán encontrar una salida a su esclavitud y disfrutar de las inagotables riquezas naturales de sus países si consiguen romper el yugo imperialista y levantar un orden libre basado en la alianza fraternal de los obreros y los campesinos. La experiencia de la construcción revolucionaria en la R. S. F. S. R. demuestra que la forma soviética no solo corresponde a los intereses de la clase obrera, sino también a los de las masas campesinas, y realiza plenamente la verdadera democracia para los trabajadores. En Japón, China y Corea, las masas campesinas, que arrastran una vida igual de miserable como medio jornaleros y medio arrendatarios, sufren hambre de tierra y la explotación de los grandes terratenientes (en Corea, sobre todo de los japoneses; en China, de los propietarios extranjeros de las grandes plantaciones y concesiones) y del capital comercial y usurario. La consigna de la expropiación de la propiedad de la tierra trabajada por manos ajenas tiene que difundirse ampliamente entre las masas campesinas. El campesino chino, que es quien más sufre los desórdenes del país y las insoportables cargas fiscales, necesita un gobierno democrático único y barato que defienda sus intereses, un sistema tributario único y una administración local bien organizada. El enemigo principal de los campesinos coreanos es el invasor extranjero: no solo es su opresor nacional, sino también su enemigo de clase.
En Japón, el proletariado tiene que decidir y decidirá ya en un futuro próximo los destinos políticos. En China y en Corea, la clase obrera como fuerza con consciencia de clase y organizada está todavía formándose, pero también allí su organización de clase es la condición previa más importante para la liberación política y económica de las masas trabajadoras.
Solo cuando hayan vencido al imperialismo en alianza con el proletariado mundial podrán las masas populares trabajadoras del Lejano Oriente ordenar en su interés la colaboración económica entre ellas y con las repúblicas proletarias avanzadas. Solo así podrán asegurarse un desarrollo libre y aprovechar todas las conquistas de la ciencia y la técnica modernas.
El camino justo hacia la libertad y la independencia de las naciones oprimidas del Lejano Oriente pasa por la alianza de las masas trabajadoras de los pueblos del Lejano Oriente con el proletariado de los países avanzados —y solo con él— para luchar contra todos los imperialistas.
Las masas obreras y campesinas del Lejano Oriente, que se cuentan por muchos millones, son las «últimas reservas de la humanidad». Su despertar revolucionario es el golpe mortal para todo el orden mundial de la opresión y la explotación.
Resolución sobre el informe de Sáfarov acerca de la cuestión nacional y colonial
El Congreso de los Trabajadores del Lejano Oriente, tras conocer los acuerdos de los congresos de la Internacional Comunista sobre la cuestión nacional y colonial, declara su plena solidaridad con esos acuerdos; además, subraya especialmente la necesidad de comprender bien las relaciones entre los movimientos nacionales revolucionarios, por una parte, y la lucha de los trabajadores por su liberación social, por otra, y está convencido de que las masas trabajadoras del Lejano Oriente sojuzgadas por el imperialismo solo pueden conquistar su liberación nacional y social en alianza con el proletariado internacional.
Por último, saluda el despertar revolucionario de los proletarios de Japón, China y Corea y ve en él una prenda de la lucha victoriosa.
G. Sáfarov: Tesis sobre las tareas de los comunistas en el Lejano Oriente
I.
La Conferencia de Washington, que condujo a la formación de la inconsistente cuádruple alianza en el Lejano Oriente, ha mostrado claramente que el problema del Lejano Oriente se ha convertido hoy en un foco importantísimo de la política mundial imperialista. Los inmensos tesoros de materias primas y las reservas de fuerza de trabajo de la densamente poblada China, las riquezas naturales del Lejano Oriente ruso y de Siberia, de Corea y de Mongolia: todo eso son bocados apetitosos para el imperialismo mundial, que no puede restablecer el antiguo equilibrio del sistema capitalista y cuenta con encontrar aquí mercados para sus mercancías y sus capitales. Los bandidos capitalistas esperan que la división de China en zonas de influencia aprobada por la Conferencia de Washington atenúe la crisis de superproducción en Estados Unidos y Japón, provocada por el desarrollo desproporcionadamente rápido del capitalismo en esos países durante la guerra, y ayude a los imperialistas europeos a encontrar una salida a la complicada situación en la que se han metido por su propia culpa. En cumplimiento de los acuerdos de la Conferencia de Washington, Japón inició el avance de rapiña contra la República del Lejano Oriente y reveló así con el mayor cinismo que el golpe planeado en Washington va dirigido a la vez contra las masas trabajadoras oprimidas del Lejano Oriente y contra la gran república soviética de los trabajadores.
Sean cuales sean los cálculos de los bandidos internacionales, una cosa no ofrece duda: fracasarán cuando choquen con la resistencia desesperada y tenaz de las masas obreras y campesinas de todos los países del Lejano Oriente. Y precisamente por eso es hoy más necesario que nunca que los obreros y campesinos de cada país se den cuenta con claridad de la situación real de las cosas y de las tareas que se les plantean en el camino del movimiento revolucionario.
II.
De todos los países del Lejano Oriente, solo Japón es un país de capitalismo desarrollado. China todavía no ha consumado su paso definitivo del feudalismo militar-burocrático, que se apoya en la economía campesina patriarcal y seminatural, al capitalismo industrial, y, pese a una serie de estallidos revolucionarios anteriores, sigue siendo despedazada por los venales tutschunes, que actúan para complacer a los conquistadores capitalistas y siguiendo sus instrucciones. El imperialismo japonés ha convertido en colonia suya a Corea, país agrario campesino, y aplica allí su política colonial apoyándose en una parte de la aristocracia coreana y en los elementos burocráticos. Los imperialismos europeo, norteamericano y japonés aprovechan la debilidad y el atraso de estos países para reprimir brutalmente toda aspiración de las masas populares a la liberación nacional. En estas condiciones, la primerísima tarea de los partidos comunistas de Japón, China y Corea es librar una consecuente y decidida lucha por la liberación de China y Corea de la esclavitud colonial. Ante todo, es deber de los proletarios japoneses, como la parte del proletariado del Lejano Oriente con mayor consciencia de clase y más avanzada, desenmascarar la política de rapiña del imperialismo japonés y luchar contra él a vida o muerte. «El enemigo está en el propio país»: el golpe mortal se lo tiene que asestar el proletariado japonés.
Los comunistas tienen que explicar a las amplias masas obreras y campesinas de Japón que la política de rapiña del imperialismo japonés en China y Corea mantiene a todo el Lejano Oriente bajo la amenaza constante de una guerra mundial, hace del todo imposibles la convivencia pacífica y las relaciones económicas normales entre los pueblos del Lejano Oriente y solo beneficia a una insignificante camarilla de militaristas y de especuladores salidos de la burguesía de la época de guerra (los narikin12).
El movimiento revolucionario en China y en Corea tiene que revestir inevitablemente, en un primer tiempo, el carácter de un movimiento nacional-revolucionario. De ahí se sigue con claridad la necesidad absoluta de la lucha tanto contra la esclavitud colonial como contra todos los restos de la opresión feudal que contribuye a ella. Apoyando todo movimiento nacional revolucionario en China y en Corea, los comunistas tienen que criticar y desenmascarar a la vez del modo más implacable las vacilaciones y las medias tintas de los elementos liberal-burgueses, más o menos inclinados a hacer negocios con los grupos imperialistas rivales en perjuicio de las masas trabajadoras. Con su lucha inflexible contra el imperialismo sobre la base de las organizaciones de clase y de la educación comunista de los obreros y de las masas campesinas semiproletarias, con su lucha por unir el movimiento nacional-revolucionario del Lejano Oriente a la lucha internacional del proletariado, los partidos comunistas deben ganarse a las amplias masas trabajadoras y, con un trabajo paciente y tenaz, ocupar la posición de vanguardia dirigente del movimiento nacional-revolucionario.
III.
Por otra parte, los partidos comunistas de Japón, China y Corea no deben perder de vista ni un solo instante las tareas de clase propias que se plantean al proletariado de cada uno de estos países. Al contrario, solo organizando a las masas bajo su propia bandera, sobre el terreno de sus intereses vitales, serán capaces de convertirse en una fuerza revolucionaria independiente. La lucha revolucionaria por la mejora económica de la situación de la clase obrera, por la protección de los trabajadores y la legislación obrera, por la libertad de asociación de la clase obrera, por los consejos de fábrica y el control obrero de la producción debe servir a la educación de clase y a la unión de las masas proletarias. En el Japón capitalista desarrollado, la formación de una organización sindical sólida, amplia y unitaria de la clase obrera es la condición previa para arrastrar a las amplias masas proletarias a la lucha revolucionaria por sus intereses. Solo unida a las masas, sobre el terreno de la lucha por las necesidades cotidianas, podrá la minoría comunista agrupar en torno suyo a todas las capas de la clase obrera. En China y en Corea, donde el gran capitalismo todavía no ha podido echar raíces más hondas, los comunistas tienen que esforzarse por todos los medios en adueñarse del movimiento obrero de los centros industriales, pero al mismo tiempo tienen que prestar la mayor atención a las asociaciones de semiproletarios de las pequeñas empresas que existen allí, los gremios, y ayudarlas en la lucha contra las formas de explotación propias de la época de la acumulación primitiva, y procurar poner a sus mejores elementos proletarios en estrecho contacto con las organizaciones puramente proletarias ya formadas. Sin contar para el futuro próximo con la posibilidad de la toma inmediata del poder por el proletariado y las masas campesinas semiproletarias en Japón, China y Corea, los comunistas tienen, sin embargo, que hacer un trabajo preparatorio y propagar los soviets, los únicos capaces de asegurar la victoria duradera de los trabajadores sobre el yugo del capital y el imperialismo, como órganos de la lucha revolucionaria de las masas. Mientras que en China y en Corea la próxima etapa del movimiento revolucionario es una revolución nacional-democrática, en Japón, donde la camarilla dominante de los militaristas, del Genro y del capital financiero se opone resueltamente incluso a la implantación del sufragio universal y reprime con medidas terroristas el joven movimiento obrero, la lucha por una completa democratización del orden político tiene que convertirse en el objetivo inmediato de la lucha por la conquista del poder político por el proletariado.
La hegemonía del proletariado en el movimiento revolucionario general, y más aún la dictadura del proletariado, son imposibles si el proletariado no se gana a las amplias masas campesinas, que gimen bajo el yugo de los señores de la tierra, de los militaristas y de los burócratas y son explotadas bárbaramente por el capitalismo. En los países de economía campesina predominantemente primitiva y de industria poco desarrollada, como en la mayor parte del Lejano Oriente, un amplio movimiento revolucionario solo es concebible con la condición previa de una estrecha alianza de obreros y campesinos en la que la clase obrera esté llamada a desempeñar el papel dirigente. Incluso en Japón, país de capitalismo desarrollado, el peso específico de la economía campesina es muy considerable: en Japón, los pequeños arrendatarios, los medio jornaleros, aspiran ya a unirse a la clase obrera por medio de sus asociaciones, que se proponen como tarea la lucha contra las condiciones de arriendo propias de esclavos. En China, la lucha contra la anarquía feudal existente, por un gobierno nacional-democrático único y «barato» y por un impuesto progresivo único sobre la renta (con la condición de liberar de la carga fiscal al campesinado más pobre), tiene que ganar a las amplias masas del campo para la causa de la clase obrera. En Corea, la lucha por liberarse de la opresión colonial es al mismo tiempo la lucha por la liberación de los campesinos coreanos. La expropiación de las grandes fincas de propiedad privada y de las tierras de la sociedad japonesa de colonización en Corea en beneficio de los campesinos tiene que convertirse en la consigna de los partidos comunistas en Corea y en China, y la nacionalización de la tierra, con la condición de que el Estado la entregue en usufructo a los campesinos que la trabajan con el sudor de su frente, en Japón. Hay que crear sin falta, dondequiera que se presente la posibilidad, asociaciones sindicales y cooperativas semiproletarias y campesinas con el programa de proteger a los pequeños productores contra la explotación del capital comercial y usurario y de la gran propiedad de la tierra. En China, donde la mayoría de los campesinos están todavía impregnados de las relaciones de la organización patriarcal de clan y de comunidad, los comunistas, aprovechando la penetración de la técnica más moderna en la agricultura y los hábitos colectivos tradicionales, tienen que esforzarse especialmente por llevar a las masas campesinas al camino de la construcción cooperativa y allanar así el terreno a la alianza de obreros y campesinos también en este campo.
Aunque en las condiciones internacionales actuales la división del programa de los partidos comunistas en un programa máximo y un programa mínimo solo tiene un valor relativo, hay que admitir, sin embargo, para el próximo periodo precisamente en los países del Lejano Oriente esa división, en la medida en que la próxima etapa del desarrollo en estos países es la revolución democrática y la organización de clase independiente —política y económica— del proletariado.
Saludo del Congreso al presidente del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia de los Soviets, camarada M. I. Kalinin13
La presidencia del Congreso de los Trabajadores del Lejano Oriente envía un saludo fraternal al órgano supremo de legislación y de gobierno de la primera república obrera del mundo, la sesión extraordinaria del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia.
La presidencia del Congreso y los trabajadores de los países del Lejano Oriente saben qué camino de espinas han recorrido los obreros y campesinos rusos; ¡y aun así han conquistado el derecho a dirigir ellos mismos sus destinos y a construir su propio Estado! Esta consciencia llena los corazones de todos los delegados del Congreso, que la llevarán a sus países y la inculcarán allí a los obreros y campesinos.
Al mismo tiempo, el Congreso no puede dejar de expresar su admiración por la línea de política exterior, la única justa, trazada con claridad y llevada a cabo con firmeza, que, preservando la soberanía del Estado obrero y campesino, ha obligado a los imperialistas del mundo a entablar negociaciones con la Rusia soviética.
Katayama, presidente de honor del Congreso.
B. Shumiatski14, secretario.
Manifiesto del I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente a los pueblos del Lejano Oriente
¡Trabajadores del Lejano Oriente!
¡Obreros y campesinos de China, Corea, Japón, Mongolia, las islas del océano Pacífico e Indochina!
¡Pueblos sojuzgados de los países del Lejano Oriente!
Desde hace muchas décadas sufrís la arbitrariedad brutal y el saqueo de los bandidos europeos, norteamericanos y japoneses. Toda Corea, de un extremo a otro, ha sido inundada de sangre por los opresores japoneses. Los bandidos japoneses, norteamericanos, franceses e ingleses saquean China, con sus cuatrocientos millones de habitantes, y la despedazan, levantando su bienestar sobre la sangre y las lágrimas del pueblo chino. No consideran seres humanos a los representantes de las naciones oprimidas. Necesitan oro reluciente, beneficios y riqueza, y para conseguirlo no les importa sacrificar cientos de millones de vidas humanas. En los barrios extranjeros de Pekín, Shanghái, Tianjin, Hong Kong, Seúl y Chemulpo15, a los chinos y a los coreanos, como a los perros, se les prohíbe la entrada en los jardines y en los edificios públicos. Los burgueses extranjeros, cebados con el sudor y la sangre ajenos, se pasean aquí en carritos a los que van uncidos como caballos seres humanos —los rickshaws— y los arrean a patadas y a bastonazos. Para estos parásitos trabaja hasta el agotamiento mortal el esclavo más atemorizado y oprimido del mundo: el culi chino. El campesino chino doblega la espalda de 16 a 18 horas diarias en un trabajo insoportable, pero el producto de su trabajo solo beneficia a los usureros y chupasangres extranjeros y a sus lacayos venales. El coreano pobre no tiene tierra para producir su pan. La tierra está en manos de los plantadores japoneses, de los señores de la tierra y de los capitalistas, que empujan al trabajo a los rebeldes con bayonetas y fusilamientos. Cada palabra de protesta, cada suspiro de desesperación queda ahogado por el tableteo de los fusilamientos en masa en las Filipinas, en Formosa, en Indochina y en las islas de las Indias Holandesas, igual que en la vecina India británica, que se ha convertido hace mucho en una espantosa cárcel para un pueblo de trescientos millones de personas. Millones de vidas obreras han sido destruidas por la cruel explotación en las plantaciones de arroz, café, algodón y otras.
Mongolia acaba de liberarse ayer de la tenaza de los japoneses y los guardias blancos.
En Japón, donde las clases dominantes se han ganado la fama de verdugos del Lejano Oriente, los obreros en las fábricas y los campesinos —los medio jornaleros— en la tierra arrendada llevan una vida verdaderamente animal. Por todas partes se oye el gemido sordo de cientos y cientos de millones de seres humanos sojuzgados. Los opresores no quieren oír hablar de la libertad y la independencia de las naciones oprimidas ni de sus derechos humanos.
Hace poco se reunieron bajo el techo de la Bolsa norteamericana en Washington para ponerse de acuerdo entre ellos sobre el saqueo ulterior de los países del Lejano Oriente. Allí concluyeron su alianza de los cuatro chupasangres, allí entregaron a Japón, para que los saquease, Corea, el Lejano Oriente ruso y Manchuria. Aceptaron el principio del saqueo de China en igualdad de derechos y cedieron al capital norteamericano el papel dirigente en este asunto vergonzoso. El consorcio que Estados Unidos había planeado en 1918 debía convertir a todo el campesinado chino en siervos tributarios del capital norteamericano. Los campesinos chinos habrían tenido que pagar un tributo enorme a los banqueros norteamericanos. La industria china habría tenido que convertirse en un apéndice de la norteamericana. En 1918 este intento fracasó a causa de las discrepancias entre los conquistadores y gracias a la protesta unánime de las masas populares de China. Ahora estos bandidos quieren formar un nuevo consorcio, es decir, una firma internacional para el saqueo militar, financiero e industrial de China. Japón, Estados Unidos, Inglaterra y Francia han aplazado por poco tiempo la guerra, ya inminente, por el dominio del océano Pacífico. La han aplazado, pero no la han suprimido. La han dejado para más adelante, para seguir robando juntos algún tiempo.
La guerra mundial de 1914-1918 ha socavado las fuerzas de los bandidos del mundo. En Europa, escenario de su crimen sangriento, la revolución obrera los agarra por el cuello. Durante cuatro años han combatido contra la Rusia soviética, esa tierra prometida de todos los oprimidos y explotados. Pero ahora se ven obligados a reconocer abiertamente su fuerza y a confesar su impotencia para vencer a los soviets. En el Lejano Oriente esperan restablecer su poder tambaleante. A costa nuestra, al precio de nuestra vida, de nuestra sangre, de nuestro esfuerzo.
Nuevas cadenas, nuevos horrores, una esclavitud nueva y todavía más espantosa: eso nos traen a nosotros, los pueblos sojuzgados del Lejano Oriente, que seguimos siendo pacientes y sumisos.
¡Eso no puede ser, y no sucederá! Queremos ser nosotros mismos los dueños de nuestro destino y dejar de ser un juguete en manos de los imperialistas, que rivalizan unos con otros en codicia.
La Internacional Comunista ha lanzado la gran consigna:
¡Proletarios de todos los países y pueblos oprimidos del mundo entero, uníos!
Queremos llevarla a nuestras aldeas destruidas, a las plantaciones de los esclavistas, a las fábricas, a las escuelas, a los cuarteles.
Nos hemos reunido en Moscú y luego en Petrogrado, las capitales rojas de la república soviética, para alzar desde esta tribuna mundial nuestra voz contra los verdugos del mundo, contra la alianza de Washington de los cuatro chupasangres.
Nosotros, los representantes de las masas oprimidas de China, con sus cuatro millones16 de habitantes, representantes de las organizaciones nacional-revolucionarias de los obreros, campesinos e intelectuales trabajadores, del partido republicano «Go-Min-Dan»17 de la China del Sur, de las organizaciones revolucionarias de las provincias de Shandong, Hunan, Anhui, Cantón y Zhejiang, de las ciudades de Hankou, Shanghái, Ga-Yuan, Han-Dsak, Tianjin y Changsha, de la asociación nacional-revolucionaria «Joven China», de las organizaciones sindicales, de la Unión de Ferroviarios, del Partido Comunista de China, de la Liga Patriótica de Mujeres, de la prensa nacional en la persona del «Periódico Republicano» y de la revista «El Mensajero del Océano Pacífico y China»;
Nosotros, los representantes de las masas trabajadoras oprimidas del Japón imperialista, de la organización obrera «Radoschi», del ala izquierda de la Federación Sindical de Japón, de la Unión de Tipógrafos de Tokio, Osaka y Kyushu, de la Federación de Mineros Kei-Sju-Kai, del Partido Obrero de Japón y del Partido Comunista de Japón;
Nosotros, los representantes de la Corea oprimida, que gime bajo el yugo del imperialismo japonés, de la Gran Unión Obrera de Corea «Keng-San-Do», de la asociación sindical de los obreros de la provincia de Shi-Do, del Partido Comunista de Corea, de la Unión de Juventudes Comunistas de Corea, de la liga revolucionaria y patriótica de cristianos coreanos «To-Kung-Go», de las tropas revolucionarias coreanas, de la organización «Restauración de Corea», de la Unión de las Organizaciones de Juventud Coreanas, de la Unión de Juventud «Joven Corea», de la Unión de Estudiantes Coreanos en China, del Club de Estudiantes Coreanos en Japón, de la Unión Central de la Juventud Estudiantil Coreana y de la redacción del periódico «Independencia de Corea»;
Nosotros, los representantes de la Mongolia liberada, del Partido Revolucionario del Pueblo de Mongolia y de la Unión de la Juventud Revolucionaria de Mongolia;
Nosotros, por último, los representantes de los trabajadores de las Indias Holandesas, oprimidos por el imperialismo norteamericano, inglés y holandés, del ala izquierda de la organización «Sarikat-Islam»18, de la Federación Sindical Roja de las Indias Holandesas y del Partido Comunista de las Indias Holandesas:
¡Exigimos igualdad, libertad e independencia!
Llamamos a la lucha sagrada, llamamos al camino recto a todos los que no han traicionado a su pueblo, a todos los que aprecian los intereses vitales de los seres humanos oprimidos, a todos los que son esclavos pero no quieren seguir siéndolo.
Sabemos que no hemos de esperar la libertad de manos de nuestros verdugos.
Sabemos que la lucha por la liberación será dura y penosa.
Pero queremos vivir y tomar por la fuerza lo que nos pertenece por derecho. Somos la mayoría, somos cientos de millones, nuestra fuerza está en la unidad.
Declaramos la guerra a vida o muerte a los bandidos del mundo japoneses, norteamericanos, ingleses, franceses y a todos los demás. Declaramos la guerra a vida o muerte a los venales seguidores y lacayos de nuestros opresores en China. Declaramos la guerra a vida o muerte al hipócrita imperialismo norteamericano y a los codiciosos bandidos británicos.
¡Fuera de China y de Corea, de Indochina y de las Indias Holandesas! ¡Fuera de las islas del océano Pacífico! ¡Abajo todos los invasores del Lejano Oriente!
La clase obrera de Japón tiende fraternalmente la mano a los trabajadores de China y de Corea. La espada del imperialismo japonés será rota por las manos del proletariado japonés.
Desde hoy sellamos una alianza indisoluble de los trabajadores del Lejano Oriente bajo la bandera de la Internacional Comunista.
Conquistaremos la liberación. Derribaremos a los opresores y levantaremos un orden justo de los trabajadores; expulsaremos a los parásitos y pondremos en el poder a los nuestros, salidos de las filas de los obreros y campesinos.
¡Organizaos! ¡Entrad en nuestras filas de combate! ¡Fundad asociaciones obreras y campesinas para luchar contra el capital y el imperialismo! ¡Preparaos para la lucha!
¡Abajo los conspiradores de Washington! ¡Abajo la alianza de los cuatro chupasangres!
¡Viva la alianza de los trabajadores del Lejano Oriente! ¡Viva la Internacional Comunista!
Conferencia de Washington sobre la limitación de los armamentos y las cuestiones del Pacífico y del Lejano Oriente (12 de noviembre de 1921-6 de febrero de 1922). El tratado de las Cuatro Potencias (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Japón) se firmó el 13 de diciembre de 1921. ↩
República del Lejano Oriente: Estado tapón creado en 1920 en el Lejano Oriente ruso, con capital en Chitá; se unió a la Rusia soviética en noviembre de 1922. ↩
Zhang Zuolin (1875-1928), caudillo militar de Manchuria. ↩
El movimiento del Primero de Marzo de 1919. ↩
La primera guerra del opio, que terminó con el tratado de Nankín de 1842. ↩
Las Veintiuna Demandas que Japón presentó a China en enero de 1915. ↩
En el original, Tutschunen: los dujun (tuchün en la transcripción de la época), gobernadores militares de las provincias chinas. ↩
El club «Ahfu» es la camarilla de Anfu, facción militarista proyaponesa del Gobierno de Pekín; el «pequeño Sju» es el general Xu Shuzheng, que en 1919 ocupó Urga y suprimió la autonomía de Mongolia. ↩
El barón Roman von Ungern-Sternberg, jefe de guardias blancos que tomó Urga en febrero de 1921; fue capturado y fusilado ese mismo año. ↩
Ōkura Kihachirō (1837-1928), magnate japonés. ↩
El Genro: consejo de viejos estadistas que asesoraba al emperador de Japón. ↩
En el original, Narekine: los narikin, nuevos ricos de la guerra. ↩
Mijaíl Ivánovich Kalinin (1875-1946), presidente del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia desde 1919. ↩
Borís Shumiatski (1886-1938), dirigente bolchevique en Siberia y representante de la Internacional Comunista en el Lejano Oriente. ↩
Hoy Incheon. ↩
Así en la edición alemana («viermillionenköpfigen»), por «de cuatrocientos millones», como dice el propio manifiesto más arriba. ↩
El Kuomintang, partido nacionalista de Sun Yat-sen. ↩
Sarekat Islam, organización de masas del nacionalismo indonesio. ↩