Escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado en el Telegraph für Deutschland (Hamburgo), núm. 178, de noviembre de 1839, pp. 1420-1422, con la firma «S. Oswald», así en la MEGA, en lugar del habitual «F. Oswald»: Engels firmaba entonces sus colaboraciones con el seudónimo «Friedrich Oswald» o «F. O.». Traducido de Marx/Engels, Gesamtausgabe (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 45-46, por la Escuela de marxismo, 2026. Las demás notas son nuestras. Texto original en alemán.
Desde hace algún tiempo se oyen quejas, quejas amargas sobre la fuerza desoladora del escepticismo; aquí y allá se miraba con tristeza el edificio derribado de la vieja fe, aguardando con angustia que se rasgaran las nubes que cubren el cielo del futuro. Con un sentimiento parecido, melancólico, dejo de la mano las Canciones de un amigo que partió a la casa del Padre;1 son canciones de un muerto, de un auténtico cristiano del Wuppertal, que recuerdan el tiempo dichoso en que uno mismo podía aún creer como un niño en una doctrina cuyas contradicciones se pueden contar hoy con los dedos, en que uno ardía de santo celo contra la libertad de pensamiento en religión, un celo del que hoy se sonríe o se sonroja. — Ya el lugar de impresión muestra que estos versos no pueden juzgarse con la medida habitual, que no hay aquí pensamientos deslumbrantes ni el vuelo sin trabas de un espíritu libre; más aún, sería injusto pedir otra cosa que productos del pietismo. La única medida justa que puede aplicarse a estos poemas la da la literatura anterior del Wuppertal, contra la que ya he descargado bastante mi enojo como para poder juzgar ahora, por una vez, uno de sus productos desde otro punto de vista. Y salta a la vista que en este libro hay un progreso. Los poemas, que parecen salir de un laico, aunque no de un laico inculto, están, por las ideas, por lo menos a la altura de los de los predicadores Döring y Pol,2 y a veces no se puede negar en ellos un leve soplo de romanticismo, todo lo que de él puede pegarse a la doctrina calvinista. Pero por la forma son sin discusión lo mejor que ha producido hasta ahora el Wuppertal; rimas nuevas o raras están colocadas a menudo con cierta destreza, y el autor se ha elevado incluso hasta el dístico y la oda libre, aunque estas formas le venían grandes. La influencia de Krummacher es innegable; sus giros y sus imágenes se aprovechan por todas partes; pero cuando el poeta canta:
Peregrino: Pobre ovejita del rebaño de Cristo,
no veo en ti nada de su gloria,
oh ovejita, tan callada.
Ovejita: Humillada un ratito, después muy enaltecida
está la ovejita en el paraíso.
Calla, peregrino, y hazte corderito,
los que se inclinan en silencio entran por la puerta estrecha,
así que calla y reza y hazte corderito,
esto ya no es imitación de Krummacher, ¡es él en persona! En cambio, hay en estos poemas pasajes sueltos que conmueven de verdad por la verdad del sentimiento… ¡ay, solo que nunca puede olvidarse que ese sentimiento es en su mayor parte enfermizo! Y sin embargo también aquí se ve cuánto fortalece y consuela siempre una religión que se ha hecho de veras cosa del corazón, aun en sus extremos más tristes.
Querido lector, perdóname que te haya presentado un libro que no puede tener para ti sino un interés infinitamente pequeño; tú no naciste en el Wuppertal, quizá nunca estuviste en sus montes ni viste a tus pies las dos ciudades; pero también tú tienes una patria, y quizá vuelves con el mismo amor que yo a sus manifestaciones insignificantes después de haber descargado tu cólera contra sus extravagancias. —
S. Oswald3
Lieder eines heimgegangenen Freundes, colección póstuma de poesías religiosas de un autor del Wuppertal que no hemos podido identificar. «Heimgehen», «volver a casa», es en el lenguaje pietista morir. ↩
Karl August Döring, predicador en Elberfeld, y Johann Pol, pastor en Heedfeld, cerca de Iserlohn, autores de poesías religiosas de los que Engels se había burlado en las Cartas desde el Wuppertal. ↩
(Nota de la redacción del Telegraph.) Autor de las Cartas desde el Wuppertal, que el Telegraph publicó hace poco y que nadie acogió con más mansedumbre que F. W. Krummacher. ↩