Publicado sin firma en la Neue Rheinische Zeitung, núm. 10, del 10 de junio de 1848; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 5 (Berlín, 1971, pp. 57-58), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. Texto original en alemán.
**Colonia, 9 de junio. Según informan periódicos alemanes, el señor Camphausen1 desahogó el día 6 del corriente su rebosante corazón ante sus pactistas.2 Pronunció
«un discurso no tanto brillante como brotado del más íntimo manantial del corazón, que recordaba a Pablo cuando dice: "¡Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como bronce que suena!".3 Su discurso era rico en aquella santa emoción que llamamos amor... hablaba con entusiasmo a entusiasmados, los aplausos no querían terminar... y fue necesaria una pausa bastante larga para entregarse a toda su impresión y absorberla».
¿Y quién era el héroe de este discurso amoroso, brotado del manantial del corazón? ¿Quién era el tema que entusiasmaba tanto al señor Camphausen que hablaba con entusiasmo a entusiasmados? ¿Quién el Eneas de esta Eneida del 6 de junio?
¡Quién iba a ser sino el príncipe de Prusia!4
Léase en el acta taquigráfica cómo el poético presidente del Consejo describe los viajes del moderno hijo de Anquises; cómo, cuando llegó el día
en que la sagrada Ilión sucumbió,
y Príamo y el pueblo del rey de la buena lanza,5
cómo, tras la caída de la Troya de los junkers y tras largas andanzas por tierra y por mar, fue a parar por fin a la playa de la moderna Cartago y fue recibido con la mayor amabilidad por la reina Dido;6 cómo le fue mejor que a Eneas I, porque se encontró un Camphausen que restauró Troya en lo posible y redescubrió el sagrado «terreno del derecho»;7 cómo Camphausen dejó por fin volver a su Eneas a sus penates y cómo ahora vuelve a reinar la alegría en las salas de Troya.8 Todo eso, y un sinnúmero de adornos poéticos, hay que leerlo para sentir lo que significa que alguien que entusiasma hable a entusiasmados.
Por lo demás, toda esta epopeya solo le sirve al señor Camphausen de pretexto para un ditirambo a sí mismo y a su propio ministerio.
«Sí», exclama, «hemos creído que correspondía al espíritu de la constitución que nosotros ocupáramos el lugar de una alta personalidad, que nosotros nos presentáramos como las personalidades contra las que debían dirigirse todos los ataques... Así ha ocurrido. ¡Nos hemos puesto como escudo delante de la dinastía y hemos atraído sobre nosotros todos los peligros y todos los ataques!».
¡Qué cumplido para la «alta personalidad», qué cumplido para la «dinastía»! Sin el señor Camphausen y sus seis paladines, la dinastía estaba perdida. ¡Por qué dinastía tan vigorosa, tan «profundamente arraigada en el pueblo» debe de tener el señor Camphausen a la casa de Hohenzollern para hablar así! En verdad, si el señor Camphausen hubiera hablado con menos «entusiasmo a entusiasmados», si hubiera sido menos «rico en aquella santa emoción que llamamos amor», o si hubiera dejado hablar solo a su Hansemann,9 que se contenta con el «bronce que suena», ¡mejor habría sido para la dinastía!
«Pero, señores, no digo esto con orgullo provocador, sino con la humildad que nace de la conciencia de que la alta tarea que se nos ha encomendado a ustedes y a nosotros solo puede cumplirse si el espíritu de la benevolencia y de la reconciliación desciende también sobre esta Asamblea, si junto a su justicia encontramos también su indulgencia».
¡Tiene razón el señor Camphausen en pedir benevolencia e indulgencia para sí a una Asamblea que tanto necesita ella misma de la benevolencia y la indulgencia del público!
Ludolf Camphausen, banquero de Colonia, presidente del gobierno prusiano desde el 29 de marzo de 1848. ↩
La Asamblea Nacional prusiana, reunida en Berlín desde el 22 de mayo de 1848, había sido convocada para pactar (vereinbaren) la constitución con la Corona. La Neue Rheinische Zeitung la llama por eso, con sorna, «Asamblea pactista», y a sus diputados, «pactistas» (Vereinbarer). ↩
Primera epístola a los Corintios, 13, 1. ↩
Guillermo, hermano de Federico Guillermo IV y heredero del trono (el futuro emperador Guillermo I), considerado responsable de la matanza del 18 de marzo de 1848 en Berlín; huyó a Inglaterra y volvió a Prusia a comienzos de junio, tras ser elegido diputado de la Asamblea Nacional prusiana. ↩
Homero, Ilíada, IV, 164-165, y VI, 448-449, versos que en el original están en futuro («llegará un día en que...»). ↩
Es decir, Inglaterra y la reina Victoria. ↩
El «terreno del derecho» (Rechtsboden) era la consigna con la que el gabinete Camphausen sostenía la continuidad jurídica entre la monarquía anterior a marzo y el nuevo orden constitucional, negando el carácter revolucionario de los sucesos de marzo. ↩
Eco del primer verso del poema de Schiller Casandra: «Había alegría en las salas de Troya». ↩
David Hansemann, banquero y comerciante de Aquisgrán, ministro de Hacienda en el gabinete de Camphausen. ↩